La historia de Marie Heurtin, de Jean-Pierre Améris

La_historia_de_Marie_Heurtin-814895053-largeCANTO A LA EDUCACIÓN

Cuando el cineasta Jean-Pierre Améris (1961, Lyon. Francia), -autor de películas muy notables como La vida (2001), Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Tímidos anónimos (2010)-, conoció la historia de Marie Heurtin, una niña de 14 años sorda y ciega, que a finales del siglo XIX fue recluida en un asilo de monjas para recibir educación, no lo dudó un instante, y se trasladó hasta los escenarios reales donde aconteció la historia, en el Instituto de Larnay, cerca de Poitiers. En ese espacio, Améris edifica el entramado argumental de su película. La historia arranca cuando los padres de Marie incapaces de educar a su hija, la llevan hasta el asilo, allí, debido a su grave minusvalía, la madre superiora rechaza su ingreso, pero la obstinación y perseverancia de la monja Sor Marguerite la hacen cambiar de opinión y la llevan a aceptar a la niña.

Así empieza este cuento hermosísimo sobre la superación de un ser que vive en la más absolutas de las oscuridades y silencios, una niña a la que se le ha negado la capacidad de comunicarse, y además se ha pasado casi toda su vida viviendo como una animal salvaje. El trabajo incansable, paciente y extraordinario de la monja, que en algunos momentos más que sesiones de aprendizaje, parecen combates de lucha, harán posible que Marie se convierta en una persona, primero, y luego, en una mujer inteligente, sensible y humana. Améris sustenta su película a través de sus dos personajes, y la amistad y el amor que entablan la monja Sor Marguerite (estupenda Isabelle Carré) y Marie (cálida la debutante Ariana Rivoire), que se erigen como el pilar de esta historia emocionante y contenida. El realizador francés adopta la línea emprendida por obras antecesoras que planteaban historias similares como El milagro de Anna Sullivan (1962, Arthur Penn), donde una institutriz se enfrentaba a una niña, Helen, también sorda y ciega, o El pequeño salvaje (1970, François Truffaut), donde el genial cineasta francés recogía la historia de Victor de Aveyron, un niño criado solo en el bosque, que era rescatado por un doctor que lo educaba.

El punto de partida de las tres obras es similar, aunque Améris ofrece una mirada propia, abre una senda diferente, sitúa su historia en la naturaleza, al principio, una parte de la educación se ubica en las cuatro paredes del convento, pero el desarrollo de los sentidos y su interrelación se produce en la naturaleza, en el contacto con los rayos de luz, la brisa que acaricia el rostro, las  hierbas que se mecen por el viento, las flores que adoptan formas, colores y multitud de significados… La desbordante e indescriptible emoción de quién aprende algo por primera vez, que relaciona las cosas que le rodean, que las conoce y sabe relacionarlas entre sí. Un cuento humano y poético, donde los pequeños e insignificantes detalles de los que estamos rodeados adquieren una gran importancia, en el que asistimos a la emocionante alegría que siente el que enseña con cada pequeñísimo paso que obtiene el que está aprendiendo. Un espacio donde el sentido del tacto lo es todo, y onde Marie se enfrentará al descubrimiento de la alegría y la felicidad, pero también a los sinsabores y la ausencia. Un delicado y dulce relato sobre la voluntad de superación de cada uno a pesar de los obstáculos más firmes y difíciles que nos podamos encontrar. Una maravillosa lección de pedagogía que rubrica el grandísimo valor del lenguaje, sea de la forma que sea, como elemento indispensable para que todo ser humano pueda comunicarse y relacionarse entre sí y los demás.

 

Camino de la cruz, de Dietrich Brüggemann

kreuzweg-posterMaría y los lobos

El arranque de la película deja muy claras sus intenciones, tanto estilísticas como formales. Nos presenta a unos adolescentes sentados alrededor de una mesa, mientras escuchan a un párroco joven que les adoctrina los evangelios de forma estricta y servil. El grupo queda encuadrado en un plano fijo que permanecerá inmóvil los casi 15 minutos que tiene de duración. Dietrich Brüggemann (Munich, 1976), en su cuarto trabajo, se adentra en el terreno del fundamentalismo religioso, a través del via crucis particular que sufrirá María, una niña de 14 años habitante de una ciudad gélida de la Alemania actual. La niña pertenece a una familia, donde una madre posesiva, dominante e intransigente, lleva las riendas de su prole formada por padre, dos hermanos pequeños, Johannes –que padece una extraña enfermedad que le impide hablar- y María. La matriarca impone la doctrina de la iglesia a la que pertenecen, -una fe basada en la culpa y la sumisión que anula la identidad individual-, que sigue con vehemencia los preceptos y cánones de la Sociedad ficticia de San Pablo, reflejo de la Sociedad de San Pío X, que rechazó las reformas del Concilio Vaticano II (1962-1965), que abogaban por la modernización del credo religioso, al considerarlas que traicionaban los preceptos religiosos tradicionales del catolicismo. María se ve envuelta en las dificultades propias de la edad, motivo por el cual mantiene una disputa interna consigo misma, que la debate entre la doctrina que recibe de su madre y sus deseos personales. Brüggeman, autor también del guión junto a su hermana Anna, sitúa a su personaje en la semana de su confirmación, en el tránsito que dejará de ser niña para convertirse en adulta, instante que empezarán a aparecer las situaciones de la adolescente que es, como conocer chicos y sentirse atraída o hacer otro tipo de actividades que le apetecen… Brüggeman es fiel a su narración, una estudiada y calculada estructura que, a través de una forma estilizada compuesta por 14 planos fijos de unos 15 minutos de duración, (Las 14 estaciones de la Cruz, que van desde que Jesús es condenado a muerte hasta que es sepultado después de morir clavado en la cruz) -ya practicada en su debut, Neun Szenen (2006), pero en un contexto de comedia-, donde los personajes se mueven como si actuarán encima de un escenario, extrayendo de cada uno de ellos todo su armamento emocional y complejidad. Un relato que va in crescendo, asfixiándonos suavemente, con paciencia, observando como la joven protagonista se ve arrastrada al abismo por una madre dictatorial y cruel que la consume y machaca en pos de la fe católica. Un relato hermosísimo y terrorífico, que hiela el alma. Una ejercicio muy emparentado con  Paraiso: Fe (2012), de Ulrich Seidl, otra película de la vecina Austria, que también planteaba un relato sobre los límites de la crueldad en favor de la catolización. Mención especial tiene la magnífica composición de la maltratada María por parte de la debutante Lea Van Acken, una maravillosa interpretación apoyada en unas delicadas miradas y gestos, que reflejan, a base de íntimos detalles, todo el desmoronamiento emocional que es sometido la niña. Una película galardonada con el Oso de plata en la Berlinale y la Espiga de Plata en la Seminci, dos grandes premios que certifican el discurso moral y religioso que imparte Brüggemann de forma brillante y certera.