Apples, de Christos Nikou

LA NUEVA IDENTIDAD.

“Me pregunto si la identidad personal consiste precisamente en la posesión de ciertos recuerdos que nunca se olvidan”.

Jorge Luis Borges

En el hermosísimo plano que cierra la magistral Primavera tardía (1949) de Yasujiro Ozu, en el que observamos como el anciano Shukichi pela pacientemente una manzana, metáfora de la inminente soledad que le espera después de la ruptura con su hija Noriko. El mismo sentimiento recorre la existencia de Aris cuando hace la misma acción, una soledad de alguien que no recuerda quién es. Dos almas solitarias que, en circunstancias completamente diferentes, deben hacer frente a lo que son sin el amparo de alguien a su lado. Muchos conocemos la trayectoria de Christos Nikou (Atenas, Grecia, 1984), por la excelente acogida internacional de KM (2012), un cortometraje que protagonizaba Aris Servetalis, y de sus trabajos como ayudante de dirección con Yorgos Lanthimos en Canino (2009), y con Richard Linklater en Antes del anochecer (2013). Para su opera prima, el cineasta griego nos sitúa en una sociedad muy parecida a la nuestra, en la que imagina una pandemia que ha afectado en la memoria de la mayoría de ciudadanos, una dolencia que ha provocado amnesias masivas en la población.

Apples («Manzanas», en el original), con un guion que firman Stavros Raptis y el propio director, y tiene a la gran actriz Cate Blanchett como productora ejecutiva, nos sitúa en el aquí y ahora de la existencia de Aris, interpretado por Servetalis, que vuelve a ponerse a las órdenes de Nikou, en un personaje del que solo conocemos su presente, no sabemos nada de su pasado, solo que no lo recuerda. La película se enfunda en clave de thriller psicológico, pero muy emocional, lleno de quietud y pausa, donde un equipo de médicos ha diseñado una serie de actividades muy curiosas y rutinarias para que los pacientes aprendan o mejor dicho, reconstruyan su “Nueva identidad”. La película navega de forma transparente y natural por el drama íntimo, la comedia negra, el romanticismo, la ciencia-ficción, y el citado thriller, y la atemporalidad como marco muy identificable, creando una atmósfera fría, grisácea y surrealista en muchos tramos, una excelente cinematografía que firma Bartosz Swiniarski, donde destaca el formato 4:3, en la que hay cercanía pero también frialdad, y el preciso trabajo de montaje de Giorgos Zafeiris, y la música de Alexander Voulgaris, y el añadido de las canciones rockeras americanas que alimentan ese aspecto de no tiempo y no sociedad que tanto se busca, después del apocalipsis al que se han enfrentado del que nosotros solo conocemos sus traumas y consecuencias.

Apples ni reniega ni escapa de los marcos psicológicos y extraños de muchas de las películas surgidas de Grecia en la última década como las dirigidas por el citado Lanthimos, Xenia (2014), de Panos H. Koutras, Chevalier (2015), de Athina Rachel Tsangari o Love me Not (2017), de Alexandros Avranas, entre otras. Un cine pegado a lu realidad más inmediata de la catástrofe económica de su país, pero con propuestas, formatos y texturas propias del cine de género, construyen todo un discurso sobre los males ancestrales de la sociedad, y sobre todo, las terribles consecuencias en los habitantes. Otro elemento extraordinario de Apples, como ocurre en todo el cine griego actual, es su trabajado y formidable reparto, empezando por su inolvidable protagonista, el mencionado Aris Servetalis, al que habíamos visto en Alps (2011), de Lanthimos, en un rol de tipo perdido, con esa barba frondosa, y esa ropa tan corta, con esos movimientos mecánicos, convertido en una especie de espectro automatizado, realizando con exactitud y voluntad todas las actividades rutinarias, con esas fotografías Polaroid, a la vez que divertidas e inquietantes.

A su lado, Sofia Georgovassilli como Anna, la mujer con el mantiene una relación que no logramos definir, ni falta que le hace, y luego, dos de los encargados del método médico como Anna Kalaitzidou, que ya estuvo en Canino, y Argyris Bakirtzis. Nikou ha construido una película con carácter y humana, que bucea en los laberintos imposibles de la mente humana, pero no a partir de la explicación, sino de la acción, una acción emocional y también, física, adentrándose en la irracional condición humana, huyendo completamente de la identificación del espectador, sino generando sensaciones y emociones contradictorias en el público, tendiendo ideas y reflexiones muy reveladoras para los tiempos de pandemia que estamos viviendo, y esa idea malvada y alineadora del gobierno, la de llenar de actividades rutinarias a los amnésicos, no para que recuerden la vida de antes, sino para que se construyan una nueva, una que sea más manejable para el poder, porque lo que la película deja muy claro que, a pesar de todo lo ocurrido, la amnesia es solo una desesperanzadora metáfora de una sociedad que no cambiará, y seguirá generando muchos pacientes con problemas mentales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

You Go to My Head, de Dimitri de Clercq

UNA MUJER SIN PASADO.

“La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”

Jean Paul

En mitad del desierto del Sahara, una pareja ha sufrido un terrible accidente del que solo ha sobrevivido Dafne, una treintañera atractiva rubia platino que comienza a caminar sin rumbo, adentrándose en el silencio y la desolación del vasto océano de arena, hasta que cae inconsciente. Jake, un arquitecto en la sesentena, obsesionado en los fines naturales del desierto aplicados a su profesión, encuentra a Dafne y la lleva a un médico. Cuando la mujer despierta, Jake le explica que es su mujer, y se la lleva a una lujosa villa, alejada de todos y todo. Dimitri de Clercq (Bélgica, 1967) empezó en el cine produciendo a cineastas tan importantes como Mathieu Kassovitz, Alain Robbe-Grillet o Raúl Ruiz. Su fascinación por el desierto y los lugares desolados le llevó a producir Earth and Ashes (2005), de AtiqRahimi, y Son of Babylon (2009), de Mohamed Al-Daradji. Con You Go to My Head debuta en el largometraje como director de Clercq, construyendo un fascinante thriller psicológico, situado en un lugar mágico y oscuro, a través de esa casa en mitad del desierto, en ese espacio vacío, ausente y perdido, como una especie de oasis artificial.

El cineasta belga nos cuenta un relato sencillo e íntimo, a través de dos personajes, la amnésica Dafne que ha perdido la memoria, y por lo tanto, no sabe quién es, y deberá reconstruir su vida y su propia identidad, y Jake, como ese reflejo en el espejo roto de Dafne, alguien solitario que miente para retener a Dafne, convenciéndola y sobre todo actuando como si fuesen marido y mujer. La cinta se construye a través de una inquietante y penetrante atmósfera en este macabro juego de identidades, recuerdos y espacios físicos y emocionales, en que esa casa de diseño en mitad del desierto, actúa como el lugar propicio donde la soledad y el vacío están jugando un papel importante. De Clercq maneja un guión, escrito por Pierre Bourdy, Rosemary Ricchio y él mismo, de forma sencilla y admirable, en un ejercicio de terror psicológico partido en dos mitades bien diferenciadas.

Si en la primera, la pareja se mantiene en la casa, con esas habitaciones demasiado perfectas, sin vida, con esos pasillos interminables y el blanco inundado por el sol, causando un efecto extraño, como si fuesen otros, generando esa macabra juego de mentiras, sombras extrañas y personalidades inventadas, creyendo ser otro en todo momento, quizás esa vida que nunca llegó pero que se ansiaba en el interior. O ese jardín, que genera cercanía y rechazo, o esa piscina con las escaleras, que recuerda a la Casa Malaparte en la isla de Capri, donde Godard rodó El desprecio. En la segunda mitad, la pareja sale de la casa y en el land rover se dirigen a conocer otros ambientes, las playas salvajes de fuerte oleaje, los frondosos y tupidos bosques rodeados de monos, las rocas y montañas bermellones o esos hoteles cálidos de color marrón que pululan a través de las regiones desérticas. Lugares que acercará a la extraña pareja y además, despertará recuerdos en Dafne, convirtiéndola en alguien que ya nos e siente tan sola y vacía.

De Clerq juega con astucia y brillantez sus cartas, sabiendo que la sencillez y cercanía de su relato ayuda a mantener el baile de máscaras a los que nos invita la película constantemente, a través de esos silencios que ahogan, esas miradas que dicen y callan tanto, o esos movimientos casi fantasmales de Dafne recorriendo una casa que se supone que recuerda. O las interesantes y breves apariciones de otros personajes, como el conserje de la casa o el joven empleado del hotel, que alimentan aún más si cabe el misterio que se cierne sobre la existencia de Dafne/Kitty y su memoria. La película recoge el aroma de las películas situadas en el desierto y en el vacío de la  desolación como Zabriskie Point o El reportero, de Antonioni, en que el genio italiano manejaba como nadie esa sensación de extrañeza y fantasmagórica de sus personajes, o las atmósferas terroríficas de David Lynch, donde sus criaturas acaban sumergiéndose en universos paralelos llenos de verdades, mentiras y ficciones que no saben manejar, o en ese mundo inquietante que planteaba una película como La ardilla roja, de Julio Medem, en que la amnesia de una joven accidentada servía para resucitar a un música ahogada en la tragedia, o incluso en Un hombre sin pasado, en la que Kaurismäki abogaba por la reconstrucción memorística de un amnésico rodeado de los desheredados que viven con casi nada.

De Clercq ha creado una película, sencilla, pequeña y acertada, que se mira con atención y descubrimiento, que lentamente nos va penetrando en el alma y va focalizándonos en una historia pesadillesca y oscura, para luego, situarnos en un relato de amour fou, en la conviven la soledad, el vacío y la manipulación del otro, en la que destaca la brillante y estimulante pareja protagonista con Delfine Bafort (que había trabajado en Promises Written in Water, de Vincent Gallo, entre otras) como la rubia platino amnésica y auténtico objeto de deseo del solitario Jake, interpretado por el actor serbio Svetozar Cvetkovic, veterano intérprete que tiene en su currículum nombres tan ilustres como Dusan Makavejev o Goran Paskaljevic, entre muchísimos otros. Una pareja que mantiene la inquietud, la desolación y la extrañeza que tiene esta fábula moderna, absorbiéndonos despacio como esa brisa del desierto,  ese sol abrasador, la envolvente voz de Chet Baker cantando el tema que da título a la cinta, o ese baño placentero y purificador, podríamos decir, en la piscina donde solo se baña ella, como si fuese una reliquia única en ese palacio vacío del desierto, donde mora el maduro solo a la espera de su oportunidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Barbet Schroeder

Entrevista al cineasta Barbet Schroeder, con motivo del ciclo «Mostrar sense jutjar», en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 1 de febrero de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Barbet Schroeder, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Encuentro con Barbet Schroeder

Encuentro con el cineasta Barbet Schroeder, junto a Esteve Riambau, con motivo del ciclo «Mostrar sense jutjar», en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 1 de febrero de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Barbet Schroeder, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.