Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado «reales» del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fellini de los espíritus, de Anselma Dell’Olio

FELLINI AL OTRO LADO DEL ESPEJO.

“Hablar de sueños es como hablar de películas, ya que el cine utiliza el lenguaje de los sueños: años pueden pasar en segundos y se puede saltar en un lugar a otro”

Federico Fellini

En la mítica serie francesa “Cineastas de nuestro tiempo”, muchos autores se acercaban a las figuras míticas de grandes directores de cine, y lo hacían desde ángulos y reflexiones que se alejaban del simple reportaje que aglutinaba vida y milagros del personaje en cuestión. En Fellini de los espíritus, que conmemora el centenario de su nacimiento, la figura que nos muestran del genial autor italiano es cuanto menos muy novedosa y especial, ya que la película bucea en aquello que el propio Fellini se refería como “el misterio”, todos esos universos invisibles del director, desde el mundo de los sueños, capital en su cine, el psicoanálisis, de la mano de Jung, el espiritismo y lo esotérico, todas aquellas materias sensibles en las que el cine del maestro italiano convocaba en cada una de sus películas. La directora Anselma Dell’Olio (Los Ángeles, EE.UU., 1941), con toda una vida dedicada al mundo del cine, despuntó como codiciada directora de doblaje para autores de gran prestigio como Antonioni, Fellini, Valerio Zurlini, William Friedkin y Stanley Kubrick, y autora de diversos documentales sobre cine, entre los que destaca el que dedicó a la figura de Ferreri bajo el título de La lucida follia di Marco Ferreri (2017), de la que fue amigo personal.

Dell’Olio, como si se tratase de Alicia, nos muestra «el otro lado del espejo», adentrándose en el inabarcable universo felliniano adoptando un título mítico en la carrera del cineasta italiano, el de Giuletta de los espíritus (1965), una película poliédrica, barroca y profunda sobre una mujer que, en un matrimonio en crisis, bucea en su psique y se adentra en una búsqueda incesante y espiritual, a través de su vida, su tiempo, sus sueños, el más allá, y todo aquellos mundos imperceptibles en esta dimensión, donde vida, ficción, realidad y sueño se confunden y mezclan de manera sorprendente y delicada, de ese modo tan característico en Fellini, que aunaba lo personal con lo espiritual y lo onírico. Fellini de los espíritus se impregna de manera sobresaliente y transparente del universo felliniano, creando una película muy barroca y laberíntica, que repasa todos los ámbitos de la vida y los sueños del maestro, y lo hace echando mano a múltiples materiales de archivo, desde imágenes de sus películas, como Los inútiles, La strada, La dolce vita, Fellini 8 ½, La voz de la luna, entre otras, entrevistas al propio Fellini, algunas imágenes del rodaje de sus películas, otras imágenes de Nino Rota, su músico, de Jung.

Las imágenes están bien acompañadas por un gran número de entrevistas que abarcan desde amigos y colaboradores de sus películas, o incluso historiadores de cine y expertos en su cine, como Gianluca Farinelli, Vincenzo Mollica, Annalisa Carlucci, Marina Cicogna, Nicola Piovani, Maurizio Porro, Serge Toubiana, entre otros, y directores admiradores de Fellini como William Friedkin, Damien Chazelle y Terry Gilliam, testimonios que nos muestran ese “otro lado” del director italiano, todos esos universos sin fin que se convirtieron en materia para su cine, donde todo ese mundo invisible guiaba sus pasos y el de sus criaturas. La película investiga, profundiza y deja constancia de la peculiar forma felliniana convocarnos a otros mundos, otras posibilidades, otras miradas, otros cuerpos, y otros lugares, ya sean imaginados, soñados, espirituales, de este mundo y de otros, en una mezcla y fusión sin estridencias ni sentimentalismos, solo un camino real o no, o la mezcla de ambos, en que sus personajes se adentraban en otros territorios, en sus vidas, las pasadas y las venideras, y las de ahora, creando una forma honesta y prodigiosa de mirar el mundo y como nos relacionamos con el entorno.

La película muestra “el otro lado”, ese que tanto fascinaba a Fellini, descubriendo todo lo que somos, desde el que fuimos y nunca seremos, todas esos viajes, aventuras, partidas, estados, regresos y derrotas, que conforman nuestras existencias, en una profunda y sincera búsqueda en todo aquello misterioso de nuestras vidas, adentrándonos en lo más profundo de nuestra alma, para seguir descubriendo y descubriéndonos, adoptando las vidas que dejamos, las que somos ahora, y las que seremos o no en el futuro, creando de esa manera todos los reflejos de un espejo con infinitas posiciones, ángulos y demás derivaciones y miradas. Fellini de los espíritus  es una película fascinante y maravillosa, que no solo nos muestra el cine visible del maestro italiano, sino que va más allá, mostrándonos esos otros mundos invisibles, eso misterios de la vida y la existencia que tanto le fascinaban, y lo hace desde su cine, y sus inquietudes, miedos, amores, alegrías y tristezas, con la estupenda aportación de todos aquellos que lo trataron, lo conocieron y lo soñaron, porque si Fellini dejó un grandiosa filmografía que seguimos disfrutando, también, dejó toda una sincera y profunda reflexión sobre la condición humana, y todo aquello que somos, soñados, sentimos y vemos de los demás y sobre todo, de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Manual de la buena esposa, de Martin Provost

MUJERES LIBRES.

“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”.

Emily Dickinson

Hasta el año 1977, la Sección Femenina, encabezada por Pilar Primo de Rivera, educó y adiestró a cientos de miles de mujeres en la España franquista, reivindicando un modelo de mujer esposa y madre, obediente, educada y sobre todo, sumisa al hombre. En Francia, también funcionaron este tipo de instituciones contra la libertad de la mujer, las llamadas “Escuelas de economía doméstica”, centros en los que mujeres de origen humilde y campesinado en su mayoría, recibían instrucción de cómo ser una buena esposa, bajo un estricto control moral y religioso. En Manuel de la buena esposa conocemos una de estas escuelas tradicionalistas y muy conservadoras, una ubicada en Alsacia-Mosela, en la frontera con Alemania, durante el curso de 1967-68, tiempo de cambios, de reformas y libertad. El director Martin Provost (Brest, Francia, 1957), del que habíamos visto las estimables Séraphine (2008), sobre la sencilla y peculiar vida de la pintora Séraphie de Senlis, Violette (2013), sobre la sincera amistad de Violette Leduc y Simone de Beauvoir, o Dos mujeres (2017) que se adentraba en el reencuentro entre una comadrona y la amante de su difunto padre. Relatos sobre mujeres de carácter, libres y humildes, relatos para todos los públicos, donde se reivindica la necesidad de contar historias de mujeres fuertes y resistentes, y enfrentadas a sus circunstancias.

En su nuevo trabajo, Provst, que coescribe el guion con Séverine Werba, capitanea su relato a través de Paulette Van Der Beck, que protagoniza con sabiduría y cercanía una grandísima Juliette Binoche, que siempre está brillante. Paulette es una de esas mujeres que hizo lo que debía y no lo que sentía, que se casó con Robert y ahora lleva la dirección de la escuela. Con la muerte del muermo y salido de su esposo, empieza tanto su liberación personal, a raíz de André Grunvald (fantástico el actor Edouard Baer, poniendo ese contrapunto masculino al relato), un antiguo amante que llegó tarde de la guerra, y la liberación social, que se avecina en la Francia del revolucionario 1968. A su lado, dos mujeres más, la hermana Marie Thérèse (interpretada por una desatada Noémie Lvovsky), que representa la ejecución de esa moral cristiana sobre las mujeres, con ordeno y mando por bandera, y Gilbert, la cuñada de Paulette, la maestra de la cocina, muy reservada y enamorada en secreto de los hombres que la rechazan, que hace una grandiosa Yolande Moreau, actriz fetiche del director.

En la otra parte de la cancha, encontramos a las alumnas, un buen ramillete de jovencitas con esos aires de cambio, como ese maravilloso momento donde bailan desatadas la canción de moda, encabezadas por Annie (Marie Zabulkovec), la más lanzada y liberal con los hombres, Albane (Anamaria Vartolomei) y Corinne (Pauline Briand), que descubrirán que su relación va más allá de la amistad y sueñan con una vida en común en la bohemia de París, y finalmente, Yvette (Lily Taïeb), más apocada y callada, que quiere liberarse de un matrimonio forzado. Provost nos cuenta la cotidianidad de las clases, con sus conflictos propios de una escuela que inculca sometimiento y cadenas a las mujeres, mientras que, en la Francia de entonces, los cambios sociales, y sobre todo, relacionados con las mujeres están cambiando a pasos agigantados. La mezcla de comedia disparatada, con sus momentos “Slapstick”, sus momentos irreverentes y chocantes entre maestras y alumnas, o esos momentos delicados en los que vamos conociendo mucho más los sentimientos que ocultan los diferentes personajes, en los que su trabajo difiere mucho con su intimidad.

La comedia se mezcla con el melodrama, un melodrama femenino, íntimo y singular, donde cada mujer tiene sus motivos para romper las cadenas, ponerse de pie y abrazar otra vida, más libre, más suya, y sobre todo, mirándose al espejo de frente, y relacionarse con los hombres de otra manera, más humana y por igual. Cuanto más se desata y más loca se vuelve la película, más divertida, comprometida y estupenda se vuelve, como ese extraordinario momento con Paulette y André lanzados a correr y jugar por el prado, solos y sin miradas indiscretas, y sobre todo, sin la moral impuesta, se sienten vivos y libres después de muchísimos años, o ese momento completamente hilarante con el equipo de televisión grabando las buena moral de la escuela. Provost ha construido una película de sentimientos y también, de actrices, como sus trabajos anteriores, donde el relato adquiere toda su fuerza y energía por el magnífico trabajo interpretativo de las actrices en cuestión, generando ese espacio donde intérprete e historia casan a la perfección y donde todo gira hacia donde se desea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El año que dejamos de jugar, de Caroline Link

EL DIARIO DE ANNA KEMPER.

“Toda la gente famosa lo había pasado fatal. Uno tenía un padre borracho. Otro tartamudeaba. Otro había tenido que lavar centenares de botellas sucias. Todos habían tenido lo que se llama una infancia difícil. Estaba claro que había que tenerla si se quería llegar a ser famoso”

Judith Kerr de su novela Cuando Hitler robó el conejo rosa.

La niña Ana Frank escribió un diario íntimo durante los dos años y medio que se ocultó de los nazis, junto a su familia en su casa de Ámsterdam. En 1944, cuando contaba con quince años, fue descubierta y enviada a un campo de concentración donde moriría un año más tarde. Su sobrecogedor y valiente testimonio, ya no solo forma parte de la historia de Europa del siglo XX, sino de la historia íntima de cualquier lector que ha conocido su triste realidad. Otra realidad, esta de la escritora Judith Kerr (1923-2019), fue la que plasmó en su novela Cuando Hitler robó el conejo rosa, donde nos habla de la pequeña Anna Kemper, de apenas 9 años, cuando en los albores de la victoria hitleriana en las elecciones de febrero de 1933, huyó junto a sus padres y su hermano mayor a Suiza, escapando de las represalias nazis a una familia judía.

La directora Caroline Link (Bad Nauheim, Alemania, 1964), poseedora de una excelente trayectoria donde ha trabajado tanto en televisión, documental y ficción, es la encargada de dirigir la adaptación de la novela de Kerr, Cuando Hitler robó el conejo rosa, con un guión firmado por Anna Brüggemann y ella misma, en la que pone en imágenes una novela que nos habla de la perdida de la inocencia de una niña, ojito derecho de su padre, una niña que deja el país de las maravillas que es el Berlín de los años treinta, para iniciar un periplo que arranca en un pequeño pueblo de Suiza, para luego trasladarse a uno de los barrios populares de París. Dos años de idas y venidas, de adaptarse a nuevos cambios, como el idioma, las costumbres, y las dificultades económicas, en una familia encabezada por Arthur Kemper, su padre famoso y reputado crítico teatral en Alemania, pero ahora convertido en un refugiado. Junto a Dorothea, la madre, y Max, su hermano mayor, deambulan por países extranjeros, intentando sobrevivir, empezando de cero, luchando por seguir adelante, mostrándonos una existencia que abarca dos años, desde 1933 a 1935, dos largos años de existencias difíciles con algunos momentos de alegrías.

Link que ya había hablado de la infancia en alguna de sus películas, vuelve al tema del nazismo, como lo hizo en su película más internacional y galardonada, En un lugar de África (2001), también basada en una novela autobiográfica, en esa ocasión de Stefanie Zweig, donde vuelve hablarnos de una huida, la de una mujer y su hija que se reunirán con su marido, un reputado abogado judío, oculto en Kenia, y la difícil adaptación y supervivencia en la nueva tierra. Bella Halben vuelve a colaborar con Link, para construir una brillante cinematografía que contrasta con los diferentes lugares por los que la familia se mueve, la luz acogedora y doméstica de Berlín, como contrapunto a ese aire malsano y frío de la calle, la alegre luz  y natural en la Suiza rural, y la sombría del pequeño piso de París, que choca con la luz cegadora de la calle. Patricia Rommel que ha destacado por su trabajo con el estupendo director Florian Henckel von Donnersmark, conmueve con su elaborada y magnífica edición en una película que abarca dos años de vida.

La realizadora germana ha logrado un relato convencional y sin sobresaltos, pero de una grandísima fuerza y sensibilidad, optando por la mirada de Anna para contarnos la huida, la condición de refugiados, los conflictos que van cayendo debido a las enormes dificultades, y las continuas adaptaciones a los nuevos países y circunstancias. Estamos en esa Europa de los años treinta, todavía viva, libre y despreocupada, sin adivinar la tragedia que la asolaría años después. No obstante, la película muestra cada nuevo país, y sus formas de vida, de forma humana y elegante, sin caer en tópicos ni nada por el estilo, haciéndolo de frente, enseñándonos las peculiaridades y diferentes formas de vida social, laboral y escolar. La película aborda la tragedia de una familia judía que en Alemania vivían acomodados, para adentrarse en otra vida, más difícil y social, sufriendo para sobrevivir, con los problemas que surgen cuando hay que empezar de cero y en un país desconocido, pero entre los cuatro harán lo imposible para reír y no tomarse las cosas de forma trágica ni triste, mostrando una entereza envidiable cuando afrontan los conflictos, tanto internos como externos, como la victoria de los nazis, las pérdidas materiales y emocionales, y la vida alejada de los suyos y el descenso en la escala social, de unos privilegiados a unos más que tratan de sobrevivir con lo mínimo.

La cineasta alemana reúne a un reparto brillante que está natural y cercano, empezando por la pequeña Anna que interpreta Riva Krymalowski, una niña inteligente, que sabe de su condición de refugiada, muy espabilada, y cariñosa, y una excelente ilustradora, bien acompañada por Oliver Masucci como el padre, que sigue firme a sus ideales y a su identidad a pesar de las dificultades, Carla Juri da vida a la madre, protectora, valiente y decidida, que sacrificará su sueño en pos a su familia, Justus von Dóhnanyi es Max, el hermano mayor, un referente para Anna, Marinus Hohmann es el tío Julius, esa figura, encargado de zoo que consigue hacer soñar a Anna, y finalmente la veterana Ursula Werner da vida a Heimpi, la criada y segunda madre de Anna. Link ha construido una película excelente y tierna, que nunca decrece en su idea y ritmo, reivindicando la tragedia de tantas familias judías que huyeron de la Alemania nazi y su recorrido triste y complejo, como ocurre hoy en día con tantas familias que huyen de sus países de origen por la guerra y demás dificultades, moviéndose por esa Europa alegre que pronto dejará de ser, como le ocurre al personaje de Anna, la niña que dejará de ser la inocente y miedosa cuando vivía en Berlín, para ir poco a poco convirtiéndose en una adulta de repente, en alguien que, como toda la familia, deberá empujar y nadar para que todo siga a flote, y no rendirse ante las adversidades, que no serán pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a David Ilundain

Entrevista a David Ilundain, director de la película «Uno para todos», en un banco de Diagonal en Barcelona, el jueves 17 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Ilundain, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dersu Uzala, de Akira Kurosawa

 

CANTO A LA VIDA Y LA AMISTAD.

A mi primo More.

“Todas mis películas tienen un tema común: ¿por qué los hombres no pueden ser felices juntos?

Akira Kurosawa

Esta cita del maestro japonés Akira Kurosawa describe admirablemente la película que nos ocupa, Dersu Uzala, un bellísimo canto a la vida y a la naturaleza, y, sobre todo, a la amistad entre dos seres humanos: un capitán del ejército ruso en tareas cartográficas, Arseniev, y Dersu Uzala, un solitario cazador mongol y último superviviente de su familia. Kurosawa abre este delicado y humanista poema en 1910, cuando el capitán busca en vano la tumba del amigo muerto, momento que nos evoca el film El hombre que mató a Liberty Balance (The Man who shot Liberty Balance, 1961, de John Ford). El nombre de Dersu pronunciado por Arseniev, abre y cierra el relato, a través del flashback, el relato personal de Arseniev nos sumerge en esta historia que se divide en dos episodios. En el primero, que se desarrolla durante el invierno de 1902, asistimos al encuentro entre el capitán y el cazador, y en el segundo, al reencuentro entre estos dos personajes durante el verano de 1907. Estos dos personajes antagónicos, se descubrirán a sí mismos y vivirán, y sobre todo, sobrevivirán en el ambiente hostil de la taiga siberiana.

El camino que en 1974 llevó a Kurosawa hasta la extinta Unión Soviética para rodar esta película parece emular al de sus criaturas cinematográficas. A principios de 1970, el cineasta japonés se encontraba inmerso en una profunda depresión que incluso le llevó a un intento de suicidio frustrado, debido a sus fracasos comerciales con Barbarroja (1965), que le llevó a estar cinco años alejado del cine, y Dodes-ka-den (1970), que le mantuvo inactivo el mismo período. En 1971 conoce al director de cine ruso Serge Guerassimov, que le propone hacer una película en la URSS. Kurosawa, buen conocedor de la literatura rusa, que ya había adaptado anteriormente en dos ocasiones con Dostoievski y Gorki, propone los libros Dersu Uzala (1902) y Una expedición a Siberia (1907), del explorador y escritor ruso Vladimir Karavievitch Arseniev, que había leído hacía treinta años. El 27 de mayo de 1974, en la ciudad de Oussouri, comenzaba el rodaje de Dersu Uzala, que devolvería a Kurosawa el reconocimiento internacional avalado por el Oscar de Hollywood, entre innumerables premio, y sobre todo, nos devolvería al cineasta que también conoce y filma el ser humano, tal y como él mismo relataba: “Acerca de si soy humanista, todo lo que deseo es que, cuando un espectador ha visto uno de mis filmes, sienta la necesidad de una reflexión. No quiero dar una lección directa, sino simplemente exponer mi manera de pensar de una forma indirecta, sugerirla al espectador”.

Nos encontramos ante dos personajes que tienen dos formas de ver la naturaleza. Uno, el capitán ruso, la mira a través de la razón, de transitar por un decorado que le es hostil y a la vez, interesante y sugerente. El otro, el cazador que se adapta al medio, lo respeta y se convierte en un árbol o en un animal más de ese medio que le ayuda a sobrevivir, pero que conoce y huele sus peligros. Resulta ejemplarizante toda la escena de lago helado, donde el cazador primero alerta sobre el peligro que se avecina y luego insta al capitán a recoger cañizos para protegerse de la ventisca y del frío polar de la noche. Aquí Kurosawa hace alarde de su oficio cinematográfico y nos invita a asistir a toda una serie de maravilloso encuadres, filmados en 70 mm, en los que el plano general, con los personajes a contra luz, nos devuelve a ese cine de corte clásico; además de hacer un virtuoso ejercicio de montaje made in Kurosawa, una de las marcas de la casa de su magnífica trayectoria. Otro de los grandes hallazagos de la película es que Kurosawa respeta mucho a sus criaturas y nunca toma partido por ninguna de las dos. Son dos formas de enfrentarse al medio, esa naturaleza llena de gran belleza y de peligros.

La amistad de estos dos hombres nace desde el respeto y la creencia de que el otro siempre tiene algo que ofrecernos. Al final del segundo episodio, cuando Dersu, acechado por la edad, empieza a perder la vista y la naturaleza le devuelve la espalda, le pide al capitán que lo lleve con él. En la ciudad, Dersu se sentirá huérfano de su naturaleza y la hostilidad de la civilización lo encerrará en su casa. Es en ese instante cuando Kurosawa nos regala una maravillosa secuencia sin diálogos en la que el capitán comprende que Dersu quiere volver a la taiga para morir en libertad y le regla su mejor fusil para que pueda sobrevivir. Dersu Uzala nos devuelve el gran cine, ese cine que se instala en nuestras retinas y nos sumerge en otro tiempo, en otro lugar, ese cine del que no nos cansamos de volver. En palabras del desparecido crítico Ángel Fernández-Santos: “El tiempo no ha erosionado su inmensa delicadeza. La hija de los años no ha levantado asperezas en la apasionada elegancia de este canto a la amistad y al esfuerzo; al sueño de que vivir y convivir prevalezcan sobre el envejecimiento y el desgaste” (El País, 14 de julio de 1996).

Mención especial merece el impecable trabajo del actor Maxim Munzuk que da vida al anciano cazador mongol (que vivió como el cazador que interpreta antes de la Revolución Rusa de 1917), actor que hizo el filme con 62 años, y era su tercer película, después de una carrera de actor y director de escena. Sustituyó al primer candidato Toshiro Mifune, el actor por excelencia de Kurosawa, con el que rodó 16 filmes, que rechazó el papel por la extrema dureza del rodaje. Disfruten de esta maravillosa fácula, esta lección de humanidad que nos regaló Akira Kurowasa, que encierra una reflexión profunda sobre la existencia humana. Acomódense en su butaca y disfruten con la astucia y la ingenuidad de Dersu Uzala y su buen y fiel amigo el capitán de ingenieros del ejército ruso, Arseniev. Me despido de ustedes, como lo harían sus personajes: “CAPITÁN” “DERSU”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Silvia Alonso

Entrevista a Silvia Alonso, actriz de la película «La lista de los deseos», de Álvaro Díaz Lorenzo, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Silvia Alonso, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La lista de los deseos, de Álvaro Díaz Lorenzo

TODAS LAS COSAS QUE SIEMPRE QUISISTE HACER Y NUNCA TE HAS ATREVIDO.

“ (…) disfruta y saborea cada momento con tus amigas, porque la vida es  eso;  Disfrutar  de  las  cosas  buenas  con  la  gente  que  quieres.  Lo  demás,  es mierda.”

En Francia tienen una comedia dramática y comercial muy interesante, que toca temas profundos desde un prisma cómico, divertido y vital, con títulos de gran éxito comercial como pueden ser Salir del armario (donde se tocaba la homosexualidad), Intocable (que tocaba el tema de la discapacidad y la inmigración), Amor sobre ruedas (sobre los prejuicios de lo diferente a través de la discapacidad), entre muchas otras. Un tipo de película que en España cuesta mucho ver, donde la comedia de ese estilo suele llevarse por otros derroteros más superficiales y verbeneros. La lista de los deseos es ese tipo de película deudora de esa comedia dramática francesa, capaz de tratar un tema tan serio como la enfermedad, en este caso, el cáncer de mama, desde una posición más cómica y divertida, en una cinta sobre la vida, las ganas de vivir el momento, de hacer lo que tenga en gana, olvidando los prejuicios y las responsabilidades, esas ilusiones que dejamos en un cajón olvidadas, porque creemos que la vida es muy larga.

El director Álvaro Díaz Lorenzo (Madrid, 1977) arrancó con Café solo o con ellas (2007) comedia generacional sobre asuntos sentimentales, le siguió La despedida (2014) que tendría algún que otro paralelismo con La lista de los deseos, ya que seguía a tres amigos viajando por Europa con la urna de las cenizas de un amigo. Con Señor dame paciencia (2016) y Los Japón (2018), se introducía en esa comedia comercial, deudora de las series televisivas de éxito, donde prima una comedia de puro cachondeo y diversión, sin más. En La lista de los deseos deja de lado esa comedia-producto para adentrarse en otro terreno, más agradecido para el espectador, en el que se atreve a tocar un tema tan serio y espinoso como la enfermedad desde una mirada alegre y vitalista, donde la comedia loca y gamberra tienen mucho que ver, tocando la tragicomedia con astucia e inteligencia, donde la comedia americana “screwball”, tendría ese espejo donde constantemente se mira el relato que cuenta, con esas dosis equilibradas de drama y comedia, mezclándolos con acierto y sensibilidad, sin caer en el sentimentalismo recurrente.

La película, planteada como una road movie,  cuenta la aventura o no de Carmen, cincuentona de buen ver, que lleva un cuarto de siglo enferma de cáncer de mama, que conoce a Eva, en las sesiones de quimio, treintañera y veterinaria, que deciden tomar las riendas de su vida y llevar a la práctica esos deseos no realizados, antes de saber los resultados de sus tratamientos. Les acompaña Mar, amiga de Eva, recién separada, un torbellino y alocada alma capaz de todo, desde lo más inverosímil a lo más complejo, una especie de Susan Vance, el personaje que interpretaba Katherine Hepburn en la maravillosa La fiera de mi niña (1938), de Hawks. Las tres mujeres, como si estuviesen en su último viaje juntas, con esa idea de no cortarse de nada ni con nadie, a bordo de un auto caravana, , deciden viajar saliendo desde Sevilla hasta Marruecos, en un viaje lleno de aventuras y desventuras, pasando por diferentes mundos y universos, viviendo situaciones muy cómicas y locas, y haciendo todo lo posible para llevar a cabo esos deseos soñados, algunos fáciles y otros, inverosímiles, siendo obedientes en llevar a  cabo la lista de tres deseos de cada una.

Díaz Lorenzo pone toda la carne en el asador confiando en el trío protagonista, las increíbles y estupendas Victoria Abril, la hermana mayor de todas, la voz de la experiencia, de vueltas de todo, y serena a pesar de la enfermedad, María León (que repite con Díaz Lorenzo) la otra enferma, llena de pasión por sus animales e independiente, que desea volver a su padre que la abandonó de niña, y finalmente, Silvia Alonso (que también repite con el director) ese huracán capaz de todo y nada tranquilo, que será ese puente agitador que lleva a las otras dos por lugares nunca transitados y haciendo locuras a doquier. Y como comedia con hechuras, el resto del reparto tiene que lidiar con contundencia y energía con las tres protagonistas, tenemos a Boré Buika (que ya estuvo en Los Japón), como ese profe de surf que conocerá a Eva, Salva Reina, ese gaditano aspirante a chef que se tropezará, y nunca mejor dicho, con el tsunami de Mar. Y por último, un actor del calado de Paco Tous dando vida al padre de Eva, y conociendo la verdad de su separación.

Eva, Carmen y Mar se convertirán en confidentes, en una piña, como unas amigas inseparables o una familia bien avenida, tan distintas pero compartiendo ese viaje único, un viaje que les ayudará a mirar la vida de otro forma, quizás desde una posición diferente, como si la mirasen por primera vez, sacándole todo el juego y convirtiéndose en unas almas libres, felices y sobre todo, capaces de todo, experimentando de forma física y muy emocional el viaje de sus vidas, o al menos, ese viaje que siempre han soñado y nunca se han atrevido a hacer, viviendo y compartiendo experiencias inimaginables y llenas de vida, tristeza, con alegrías y amarguras, con momentos divertidos y otros, no tanto, sintiendo que todo aquello que querían hacer estaba demasiado cerca y solo les impedía llevarlo a cabo, aquello que nunca se han atrevido, esos miedos e inseguridades, o quizás, esa idea de que la vida siempre hay tiempo para todo y un día lo tendremos, pero en ocasiones, ese tiempo se vuelve finito y las cosas son ahora o nunca, porque mañana puede que sea tarde o no llegue. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un verano inolvidable, de Sharon von Wietersheim

LA JOVEN QUE SUSURRABA A LOS CABALLOS.

“Él lo sabrá. Confía en él”

En las películas familiares estadounidenses acostumbran a llevar una carga demasiado pesada en lo que se refiere al mensaje, siempre positivo, excesivamente edulcoradas, muy patrióticas, y el exceso dramático, que en muchas ocasiones, rallando lo ridículo e inverosímil. Un verano inolvidable, de Sharon von Wietersheim (Fort Stewart, Georgia, EE.UU., 1959) reúne muchos tópicos del cine familiar, pero en algunos aspectos se desvía de esa tendencia demasiado azucarada que se impone en el género. Immenhof, título original en alemán, nombre ficticio del lugar donde se desarrollan las películas, son una serie de películas en lo que se llamó “Heimatfilme” (películas de la patria) que entre 1955 y 1974, produjeron cinco películas sobre la granja y las hermanas Jansen, de gran éxito entre el público. Ahora, y de la mano de von Wietersheim, que creció en Alemania, y con amplísima experiencia en televisión como guionista, productora y directora, volvemos al mundo de Immenhof y la granja de caballos de cierta edad, dedicada a cuidarlos y darles un retiro decente y humano.

Conoceremos a Lou Jansen, la joven de 16 años, que ha heredado el talento de su padre, medallista olímpico, ya fallecido, para el cuidado y el entendimiento de los caballos. También, sabremos que la granja no atraviesa por sus mejores momentos con la ausencia paterna y está agobiada por las deudas contraídas por el antiguo socio de su padre. En esas aparece Cagliostro, un pura sangre que tiene que ser el no va más de las carreras, pero el animal, después de un accidente, no se siente bien, y recurrirán al buen hacer de Lou para animar y convertir al caballo en un auténtico campeón. La película se centra en el viaje emocional que vive Lou, con la llegada a la granja de Leon, un joven voluntario de trabajo, que rivalizará con Matz, el íntimo amigo de Lou, y despertará en la joven sentimientos contradictorios, y las otras dos hermanas Jansen, Charlye, la mayor, y Emmie, la más pequeña. La cinta se aleja de los tópicos del género familiar, introduciendo el conflicto sentimental de la joven, y sobre todo, en esa idea de amor hacia los animales de una forma íntima y sincera, conociendo realmente los problemas de cada caballo y ofreciéndolos todo aquello que necesitan para su retiro, como hace Lou con Holly, el caballo que montaba su padre cuando fue campeón olímpico.

En contrapartida, vemos al malvado de turno y sus secuaces, que ven en los animales como una fuente económica, quizás la parte más tópica de la película, pero el buen hacer de la joven Leia Holtwick manejando con solvencia y sensibilidad el personaje de Lou, que vivirá un verano completamente diferente, donde todo puede ocurrir y las cosas no son tan sencillas como parecen. Unos personajes que a veces intentan hacer las cosas bien, pero también se equivocan y hacen daño, o los conflictos internos que aparecen cuando las cosas se tornan demasiado sombrías, y parece que hay pocas salidas para encarar el entuerto, donde el pasado y todo lo que ocurrió adquiere una importante enorme en el devenir de los sucesos, en los que cada uno de los personajes deberá enfrentarse a aquello que hizo o dejado de hacer y mirarse en ese espejo que nos devuelve los recuerdos que menos nos satisfacen y más nos incomodan, devolviéndonos nuestros errores y aquello que lastimó a los que queríamos y por miedo nos hizo perder aquello que amábamos.

El relato se cuenta bien, con los bellísimos paisajes de sus exteriores, esa naturaleza salvaje alejada del mundanal ruido de la ciudad, o las fantásticas filmaciones de los caballos al galope, unos hermosos ejemplares que en buenas manos se convierten en únicos. También, se añaden elementos que lo hacen atractivo y honesto, nunca se desvía de la parte fundamental de lo que nos quieren contar, introduce elementos interesantes como el primer amor, la amistad, el amor a los animales, las dificultades entre las diferentes opiniones entre las hermanas, y otros conflictos que la hacen atractiva y sugerente no solo para el público familiar, sino para todo aquel espectador que quiera pasar un buen rato, reflexionar un poco y dejarse llevar por la extraordinaria habilidad física, inteligencia emocional y lenguaje de los caballos que convierten la película en un interesante retrato de la humanidad que pueden tener los animales y tanto hace falta a los humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA