Almudena, de Azucena Rodríguez

ALMUDENA FRENTE AL ESPEJO. 

“La alegría me había hecho fuerte, porque (…) me había enseñado que no hay trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría”. 

Almudena Grandes 

Permítanme que les cuente mi experiencia personal con Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021), que sucedió un Sant Jordi en Barcelona, el de la edición de 2007, cuando guardé escrupulosa cola para ser uno de los agraciados que se llevase a casa la dedicatoria y la firma de la insigne escritora en su último libro “Corazón helado”. La cosa fue bien, o más bien, fue inolvidable y muy emocionante, ya que Almudena se mostró cercana, simpática y sobre todo, natural y acogedora, haciéndote sentir especial en aquellos breves minutos que duró el encuentro. Cuando volvía a casa en tren miraba atónito como hipnotizado sin dejar de mirar su letra y pensando en su mirada y nuestro encuentro. Fue el primero de otros encuentros, aunque en ese instante lo desconocía, eso sí, los otros fueron igual de sinceros e inolvidables. Recuerdo uno junto a mi hermano, igual de emocionante, aunque eso es ya otra historia.  

Ahora sí, vamos a centrarnos en Almudena, la película que ha hecho Azucena Rodríguez (Madrid, 1955), que adaptó una de sus novelas “Atlas de la geografía humana” en 2007, amén de ser una de sus mejores amigas. Su retrato se centra en Almudena contado por la propia Almudena, a través de su compromiso con la vida, la infancia, la familia, la literatura, la política y demás aspectos de la vida, rastreando en una fascinante material de archivo donde podemos encontrar a aquella niña morena y de facciones bruscas que soñaba con escribir e inventar su propio mundo, y otras imágenes que nos van ilustrando junto a la voz inconfundible de la escritora. La estructura no obedece a una linealidad, sino todo lo contrario, la cosa se va contando de aquí para allá, adelante y atrás y vuelta a empezar o acabar, recorriendo sus ideas, sus fantasías, ilusiones, sus novelas, su amor, sus amigos, sus experiencias buenas y no tan buenas y demás aspectos de la vida y de la no vida. Recorremos su ciudad Madrid junto a ella, y un espacio importante que se abre con la Granada que compartió junto a su hombre Luis García Montero, el excelente poeta que muestra otra faceta de Almudena, y abre ese lado del duelo cuando la vida continúa a pesar de la ausencia de la escritora, como hacen sus hijos, sus hermanas y algún que otro más. Sin olvidar las playas de Rota en Cádiz, donde las vacaciones junto a amigos como Sabina, Prado y demás se convertían en noches sin fin. 

Un buen equipo técnico encabezado por Juan Barrero, amén de director de La jungla interior y Chillida: Lo profundo es el aire, y editor de documentales del desaparecido Diego Galán, y de Samuel Alarcón o de ficciones con Emma Tusell, que se encarga de la cinematografía y montaje, en un excelente trabajo donde todo gira en torno a Almudena, donde hay de todo, risas y alegría por la vida y por todo lo que contiene en sus entretenidos y reflexivos 80 minutos de metraje. La música corre a cargo de Rosa Torres-Pardo, que la conocemos por su trabajo como pianista, para Carlos Saura en Iberia y Arantxa Aguirre en El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados, aportando esa sensibilidad e intimidad que tanto demanda una película que habla de una mujer excepcional, de carácter, libre y tozuda y del atleti, y el temazo que canta Enrique Morente sobre un poema de Lorca, ahí es nada. Elementos que nos ayudan a viajar por Almudena y su mundo, el que vivió y la huella que nos dejó, tanto en sus novelas, recibidas con gran entusiasmo tanto por la crítica como el público convirtiéndola en una magnífica novelista de nuestro tiempo, y esa otra parte humana cuando las puertas se cerraban. Dos espacios que convergen con naturalidad y sencillez durante toda la película. 

El tratamiento tan cercano e íntimo construye una película que consigue atrapar a cualquier espectador ávido del pensamiento y la reflexión, independientemente que conozcan a la escritora y su trabajo, es lo de menos, porque el retrato que se hace de ella, el presente escuchándola y el otro presente, el de ahora, cuando la escritora ya no está, es de una delicadeza sobrecogedora, porque construye un profundo y honesto retrato de quién era, quién fue y qué ha dejado, una huella y legado que todos los que la conocieron y leyeron siguen experimentando cada vez que la leen, que la escuchan y la piensan, porque en cada libro hay un pedacito de ella, en cada palabra escuchada y leída sigue muy presente, por su forma de ser, por su valentía, su capacidad para afrontar retos y obstáculos y mostrarse como lo que era, una mujer humanista que hablaba desde el corazón y la razón, muy conocedora de su tiempo, de la España que le tocó vivir, de esa España deudora de guerra y miserias, de la que tanto escribió, pensó y analizó. Acérquense a ver Almudena, de Azucena Rodríguez, porque de seguro que les va a emocionar y hacer reflexionar, porque no es triste ni condescendiente, sino un retrato sobre alguien de verdad, y con los tiempos que corren, eso es mucho. Para finalizar, me permito otra licencia personal como la que encabeza este texto y les dejó con Almudena y la dedicatoria de aquel primer encuentro: “Para José Antonio, con la esperanza de que le caliente el corazón”. Allá donde estés querida Almudena, seguimos luchando para que el corazón siga caliente. Un abrazo!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ernest Cole: Lost and Found, de Raoul Peck

EL FOTÓGRAFO EXILIADO. 

“Sí, Sudáfrica es mi país, pero también es mi infierno”. 

Ernest Cole

La trayectoria de Raoul Peck (Puerto Príncipe, Haití, 1953), ha pasado por el periodismo, la fotografía y el Ministerio de Cultura de su país hasta el cine con el que arrancó a finales de los ochenta con Haitian Corner (1988), sobre un exiliado que cree tropezarse con su torturador. Los expulsados, exiliados y apátridas enfrentados a las injusticias sociales ya sean en su país natal, África o Estados Unidos son los activistas y luchadores que pululan en una filmografía que se centra en rescatar del olvido a personas que se pusieron de pie ante la injusticia de los pdoerosos en una carrera que ronda la veintena de títulos entre la ficción, el documental y las series, con títulos como los que ha dedicado al líder anticolonialista congoleño en Lumumba, la muerte de un profeta (1990), L`homme sur les quais (1993), El camino de Silver Dollar  (2023), y los estrenados por estos lares como El joven Karl Marx (2017), y I Am Not Your Negro (2016), sobre el activismo del escritor afroamericano James Baldwin. 

Si pensamos en Sudáfrica nos vienen a la mente los nombres de Nelson Mandela (1918-2013), que se pasó 27 años de su vida en prisión por luchar por los derechos de su gente, o el de Steve Biko (1946-1977), otro líder contra el apartheid que fue asesinado por el gobierno. De la figura de Ernest Levi Tsoloane Kole, conocido por el nombre de Ernest Cole (Eersterust, Pretoria, Sudáfrica, 1940 – New York, EE. UU., 1990) no sabíamos nada, así que la película Ernet Cole: Lost and Found se torna fundamental porque viene a rescatar la importancia de su figura y legado, ya que fue el primer fotógrafo que documentó los horrores del apartheid sudafricano a través de unas bellísimas y poderosas fotografías publicadas en el libro “House of Bondage” (Casa de esclavitud), publicado en 1967 con sólo 27 años que le obligó a exiliarse a Estados Unidos, donde siguió capturando la vida: “Para mí la fotografía es parte de la vida y cualquier fotografía que valga la pena mirar dos veces es un reflejo de la realidad, de la naturaleza, de las personas, del trabajo de los hombres, desde el arte hasta la guerra”, y sobre todo, esperando que su país cambiase y los negros tuviesen el derecho de ser personas de pleno derecho y no súbditos de segunda, pisoteados y vilipendiados diariamente por la minoría blanca encabezada por De Klerk. 

El dispositivo de Peck es muy sencillo y a la vez, brillante, porque nos convoca a un viaje maravilloso en el que nos cuenta la vida de Cole a través de dos pilares: sus magníficas fotografías, tanto las que hizo en Sudáfrica como en EE. UU., mostrando la realidad más cruda de muchas personas que vivían sometidas al gobierno y la injusticia social. Acompañando todas esas imágenes escuchamos la voz del actor afroamericano Laketih Stanfield, en inglés, (el propio director hace la versión francesa), como si fuese el propio Ernest Cole que nos contase su propia historia, recuperando textos y documentos que dejó el fotógrafo. También, vemos otras imágenes del propio Cole y otras que documentan la vida y la muerte en los dos países, así como el descubrimiento de sus fotografías. Un estupendo trabajo de cinematografía del trío Moses Tau, Wolfgang Held, del que conocemos su trabajo en Joan Baez: I Am A Noise, y el propio director, así como la excelente música que firma Alexei Aigui, que ha trabajado con Peck en 9 ocasiones, además de nombres comos los de Todorovsky, Serebrennikov y Bonitzer, que ayuda a paliar la triste historia de Cole, que nunca pudo volver a su país, y el interesante montaje de Alexandra Strauss, seis películas con el director que, logra darle constancia y solidez a la amalgama de imágenes y narración en los estupendos 106 minutos de metraje.  

El trabajo de Cole quedó en el olvido y él siguió malviviendo por New York hasta que un cáncer de páncreas acabó con su vida. Fue en 2017 cuando se encontraron en un banco de Suecia más de 60.000 negativos que se creían perdidos y su nombre volvió a recuperarse como uno de los combatientes más relevantes contra el apartheid, cómo refleja con sobriedad la película de Peck que, vuelve a asombrarnos con sus relatos contundentes y políticos sobre personas que han quedado relegadas a un olvido injusto y triste, aunque su cine se niega y lucha contra esa ausencia y quiere dejar constancia del legado de tantos fantasmas que vagan por las cavernas de la historia en este planeta que corre demasiado y se para muy poco, siempre pensando en un futuro que nunca llegará y olvidando el pasado, ese lugar real porque ha existido y es de dónde venimos todos. Todos los espectadores ávidos de conocer las tantísimas historias olvidadas que existen, no deberían dejar pasar una película como Ernest Cole: Lost and Found, del director Raoul Peck, y no sólo eso, sino que nos encontramos con uno de los más grandes fotógrafos que, impulsado por la fotografía de Henri Cartier-Bresson, cogió una cámara y empezó a disparar a diestro y siniestro ante la realidad social en la que vivía, un horror que era olvidado por los países enriquecidos, como sucede ahora con Palestina. En fin, siempre nos quedará el arte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manolo Solo y Avelina Prat

Entrevista a Manolo solo y Avelina Prat, actor y directora de la película «Una quinta portuguesa», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el viernes 2 de mayo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manolo Solo y Avelina Prat, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una quinta portuguesa, de Avelina Prat

UN LUGAR PARA OLVIDARSE DEL MUNDO. 

“Cuanto más te disfraces, más te parecerás a ti mismo”. 

De la novela “El hombre duplicado”, de José Saramago

Temas sobre mirar al otro, observarlo, reconocerse y en pocos casos, relacionarse con él de forma que los muros desaparezcan y encontrar todo aquello que compartimos o no, todo aquello que queda fuera de lo que creemos que somos. Muchas de estas cuestiones ya se planteaban en la brillante y magnética Vasil (2022), la ópera prima de Avelina Prat (Valencia, 1972), que relataba la extraña relación entre Alfredo, un jubilado profesor de matemáticas y un recién llegado de Bulgaria. Lo humano explicado a través de la cotidianidad y sencillez de unas personas que rompían sus moldes establecidos para reencontrarse con su otro yo, para mirar hacia afuera, para tropezarse con otras realidades muy cercanas a ellos. Muchos de esos elementos los volvemos a encontrar en Una quinta portuguesa, la segunda película de Prat, en el pone el foco en la existencia de Fernando, un reservado y silencioso profesor de geografía que un día, sin mediar palabra y sin ningún conflicto aparente, Milena, su mujer serbia coge la maleta y se marcha. Fernando deja su vida y se va a Portugal, donde todo virará hacia otra idea. 

La peripecia de Vasil es parecida a la de Fernando, ya que se encuentra en un lugar extraño con gentes extrañas y a modo de Robinson Crusoe explorará su nueva realidad adentrándose en el otro convirtiéndose en otro y otros, como forma de supervivencia emocional para olvidarse de quién eres y encontrarse con lo que deseas o simplemente, huyendo de uno mismo y de quién eras. Las ideas que planean sobre la película son muy trascendentales y profundas, pero la película no lo es, porque adopta un forma y relato muy sencillo, donde las relaciones copan el entramado, contado a partir de una home movie, en esa casa que es el centro de todo y de todos, a través de poquísimas palabras llenas de silencios e interludios que nos dicen mucho más de los personas que el diálogo, con sus acciones, sus momentos en soledad y sus miradas y gestos diarios. Una quinta portuguesa es de esas películas tranquilas y reposadas, en las que el conflicto se puede contar en una frase pero que todo lo que cuenta, y su peculiar forma de hacerlo, la hace muy grande, porque vuelve al cine donde todo lo rodeaba el misterio, el cine como herramienta de profundizar en el interior de las personas, en lo que somos, en lo que creen los demás que somos, y sobre todo, en esas partes calladas en las que sabemos quiénes somos y nos encantaría ser otro u otros.  

Para su segundo trabajo, la directora valenciana se ha vuelto a rodear de los técnicos que la acompañaron en su debut como el cinematógrafo Santiago Racaj, un gran director de fotografía con más de medio centenar de películas al lado de grandes nombres como Javier Rebollo, Jonás Trueba, Fernando Franco, Celia Rico y Carla Simón. Una luz cercana que traspasa la intimidad de los personajes y del espacio generando un paisaje humano donde cada elemento resulta reconocible y misterioso. La estupenda música de Vincent Barrière, que ha trabajado mucho en el cine valenciano junto a Adán Aliaga, coproductor de la cinta, Roser Aguilar, Claudia Pinto y la reciente Un bany propi, de Lucía Casañ Rodríguez, con esos toques de quietud e inquietud que ayudan a crear esa atmósfera que va entre lo doméstico y las sombras. La mezcla de sonido de Iván Martínez-Rufat resulta esencial para crear ese pequeño universo entre lo misterioso y lo mundano. El montaje de Juliana Montañés que, en sus inquietantes 114 minutos de metraje, nos van cogiendo de la mano, sin prisas, pero con extrañeza y misterio para ir descubriendo el lugar, la casa y los habitantes que por allí se mueven. 

Como sucedía en Vasil con un plantel encabezado por unos magníficos Karra Elejalde e Ivan Barnev acompañados de un elenco que transmitía veracidad y una cercanía que traspasaba la pantalla. En Una quinta portuguesa pasa lo mismo, con personajes que se instalan en lo misterioso, en esos lados donde todos actuamos, donde somos quiénes nos gustaría ser y no lo que nos ha tocado en suerte, con un gran Manolo Solo, tan conciso, sobrio y silencioso, que se asemeja al Delon de Le samurai, de Melville, alejado de sus oscuros personajes para encarnar a Fernando en una encrucijada en la que se deja llevar y convertirse en otro o en otros, huyendo de sí mismo, en un tipo parecido al que hizo en Cerrar los ojos, de Erice, porque si allí buscaba a otro, aquí se busca a su otro yo. Le acompañan los portugueses capitaneados por una extraordinaria María de Medeiros, como la mestressa de la casa, Rita Cabaço como la que cocina y limpia, Luisa Cruz, que tiene en su haber trabajos con Lisandro Alonso, Joâo Nicolao y Miguel Gomes, y Rui Morrison con Benoît Jacquot y Raoul Ruiz, son dos jugadores de cartas, las cartas otra vez haciendo presencia en el universo de Prat, y Branka Katic, la actriz que interpreta a un personaje inolvidable que ha trabajado con Kusturica, entre muchos otros. 

Si tuviéramos que hermanar la película con otras que reúnan algunas de sus singularidades podríamos pensar en el cine de Chabrol y Losey, y no lo digo por el lado policíaco que, en cierta medida, podríamos encontrar en la película de Prat, aunque los tiros y nunca mejor dicho, no van por ese lado, sino por cómo plantea la construcción de los lugares y la interacción de los personajes, encajados en una normalidad y sencillez poderosísimas, en el que las cosas y muchos menos las situaciones, son lo que parecen, donde los distintos individuos siempre andan ocultando cosas de ellos y de sus pasados, donde el misterio hace mover la trama que, es muy mínima, porque lo interesante de estas películas no es lo que cuenta, eso sólo es una excusa, lo que importa es cómo se cuentan, y cómo reaccionan los personajes ante los diferentes hechos, en un relato que los espectadores sabemos lo que ocurre y tenemos la información, siguiendo el patrón que mencionaba Hitchcock que de esa manera se creaba mucho más inquietud e interés cuando se sabía un poco más que algún personaje. No se lo piensen y descubran Una quinta portuguesa, de Avelina Prat y quédense con su nombre porque dará mucho que hablar, ya que nos devuelve el cine que hacía del misterio su razón de ser, donde sus personajes y sus hechos se erigían como misterios que había que resolver o no.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nicolás Herzog

Entrevista a Nicolás Herzog, director de la película «Elda y los monstruos», en el marco del D’A Film Festival, en los Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolás Herzog, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo del D’A Film Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La historia de Souleymane, de Boris Lojkine

MOI UN NOIR. 

“No sé por qué vine a Francia”. 

Desde el primer instante La historia de Souleymane, de Boris Lojkine (París, Francia, 1969), nos sitúa en el fragor de la batalla diaria de su protagonista, un guineano que pedalea por las densas calles de París llevando envíos de un lugar a otro. Su realidad es invisible en todos los sentidos. Pedalea y trabaja para otro que a cambio de un dinero le cede su imagen, es decir, su visibilidad, porque el joven vive y trabaja sin papeles. En tres días tiene la entrevista para regularizar su situación, que intenta aprenderse su relato de refugiado político a través de la experiencia de otro a cambio de dinero, of course. Una realidad impostada, una no realidad que Souleymane sobrevive en plena agitación, donde lo físico impera sobre todo lo demás, de aquí para allá, sin movimiento. Las únicas pausas llegan de noche, cuando el inmigrante debe buscar un lugar donde dormir. Cada día, cada noche es una forma de subsistir en una urbe donde los que hay como él, intentan aguantar aunque no resulta para nada fácil. La vida de este joven es una más de todas esas vidas que nos cruzamos a diario en nuestras ciudades, vidas no vidas. 

La relación con África en el cine de Lojkine es muy importante, ya que sus anteriores trabajos versaban sobre ese continente y sus consecuencias. En su ópera prima Hope (2014), se centraba en la odisea de una nigeriana y un camerunés que deambulaban por el norte de África intentando llegar a Europa. En Camille (2019), la cosa iba sobre una fotógrafa idealista en la República Centroafricana donde se topa con una realidad muy distinta. Después de transitar por el territorio africano, ya sea desde la posición africana y europea, ahora se centra en la mirada africana en Europa, y más concretamente en París, y lo hace con un guion coescrito junto a Delphine Agut, desde la intimidad y la realidad de un inmigrante más, escuchando su respiración y agitación constantes, sin caer en el sentimentalismo ni la condescendencia, sino creando un retrato veraz, honesto y humano, situando su cámara a la altura de sus ojos, en un formato que cierra el plano y por ende, el espacio, el 1,66:1 ayuda a seguir sin pestañear los tres días intensos y difíciles en la existencia de Souleymane con su bicicleta, el único tesoro físico que tiene, y su ilusión o no de quedarse en la France, como espeta en algún instante, más casi como un lamento que una necesidad de su error al viajar a  Europa. 

A partir de una cinematografía de verdad, es decir, sin florituras y demás adornos que intenten crear una ilusión falsa y panfletaria, donde prima lo crudo sin ser tremendista, que firma Tristan Galand, que tiene en su haber varios documentales y trabajos con la cineasta Pauline Beugnies. La ausencia de música extradiegética que se suple con temas que añaden esa sensación de fisicidad y a contrareloj que tiene toda la película, en la que el sonido resulta crucial para el devenir de la película en la que aparecen tres cabezas visibles conocidos del director ya que estuvieron en Camille, como son Marc Olivier-Brullé, Pierre Bariaud y Charlotte Butrak construyendo una banda sonora brutal y compleja capturando todos los sonidos y ruidos de la cotidianidad del joven guineano. En el montaje encontramos a otro cómplice del director parisino como Xavier Sirven, del que también lo conocemos por su trabajo en Padre y soldado (2022), de Mathieu Valdepied con un estelar Omar Sy como protagonista. Una edición muy certera y sólida en sus 93 minutos de metraje en la que todo ocurre a partir de una agitación muy asfixiante, donde todo va a gran velocidad, muy deprisa, sin descanso, a partir de cortes abruptos y planos secuencias en modo laberíntico sorteando objetos y personas. 

En el campo artístico también va en consonancia con la idea de veracidad y realidad que busca la película, por eso la elección de Abou Sangaré para dar vida a Souleymane como ya hiciese Boris Lojkine en la citada Hope, donde sus protagonistas también eran intérpretes naturales. Una interpretación magnífica para alguien que había trabajado como mecánico, en una composición brutal, sin concesiones y compleja en la que aporta una mirada, un gesto y unos silencios sinceros y nada impostados. Una gran elección por parte del director ya que es capital en la historia, porque la vemos y oímos a través de él. Le acompaña Nina Meurisse como agente de la Ofpra, que vuelve al universo Lojkine ya que fue la fotógrafa idealista de Camille, participando en una de las secuencias clave en la trama. Otros actores naturales acompañan al protagonista, también sin ninguna experiencia anterior como los Alpha Oumar Sow, Emmanuel Yovaine, Younoussa Diallo y Gishlain Mahan, entre muchos otros, reclutados en un casting laborioso que vienen, como el caso de Sangaré a través de asociaciones de guineanos y otros colectivos. 

No se pierdan una película como La historia de Souleymane, porque verán sin adornos ni mensajes buenísimos una realidad muy invisible y muy real que transita por las calles y barrios de París, y de otra cualquier urbe europea, donde no hay buenos ni malos, sino una realidad donde los inmigrantes más antiguos se aprovechan de la situación de los recién llegados, que da una visión real y triste de la condición humana, tan interesada y aprovechada, y con poca humanidad, al igual que las leyes de Francia, donde tratan a los inmigrantes como invasores más como personas que han dejado sus nulos futuros naturales para lanzarse a un viaje peligroso y que los que llegan se enfrentan a la ilegalidad, a las prisas y a la invisibilidad y a ser tratados como delincuentes. En fin, nos encanta conocer nuevas culturas pero no verlas en la puerta de casa. Nos quedaremos con el nombre de Boris Lojkine que, después de ver su tercer largometraje como director, el primero que ve servidor, me han quedado ganas de ver sus otros trabajos, porque en este sabe adentrarse en una realidad que duele, en una triste realidad que nos vapulea las conciencias, que está ahí y que no queremos verla, queremos seguir con nuestras vidas, con nuestras cosas y sobre todo, disfrutando de nuestros privilegios sin importarnos cuáles son sus orígenes, porque no nos gustaría saberlo o simplemente, hacemos por ignorarlo como hacemos con personas como Souleymane. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sálvese quien pueda, de Alexe Poukine

EN LA PIEL DEL OTRO.  

“Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron”. 

Hipócrates

Si recuerdan cómo empezaba Todo sobre mi madre (1999), de Almodóvar, con unos doctores realizando un taller de formación con psicólogos en los que se trabaja la empatía y sobre todo, el momento de dar información delicada y difícil. Una situación parecida como la que se vive en la película Sálvese quien pueda (“Sauve qui peut”, en el original), de Alexe Poukine, originaria de Francia e instalada en Bruselas (Bélgica), la historia se centra en los cursos de formación para sanitarios, empezando por una simulación en la que un doctor debe informar a un paciente de su enfermedad, un cáncer que no tiene cura, después estamos con unos estudiantes de medicina, y cómo se recaba la información necesaria para el trato, estudio y posterior diagnóstico de los pacientes, y finalmente, enfermeras y diferentes oficios de la sanidad participan en los diferentes aspectos de su trabajo, los pros y contras y atacan a un sistema demasiado colapsado y privado que prima los beneficios en pos de una salud pública, con más tiempo y atención para cada paciente.

Poukine debutó con Duerme, duerme en las piedras (2013), en la que mediante sus familiares reconstruyen la vida de su tío que murió como vagabundo. También, la conocíamos Lo que no te mata (“Sans frapper”, en el original) de 2019, que también pasó por El Documental del mes, en la que recogía el testimonio de una mujer violada a través de la teatralización de un grupo de mujeres que revivían la experiencia y contaba las terribles consecuencias del suceso. Un contundente documental en la que, sin florituras ni estridencias, se hablada de frente de la violación y los traumas que dejaban en la víctima, en un tono frío, directo y sensible. Usando el mismo aspecto formal, en la que prevalece la cotidianidad, el tono cercano e íntimo y nada impostado, y además, un continuo espacio de diálogo donde cada uno de los integrantes explica sus realidades y en grupo se comparten con la mediación de los profesionales de la psicología. Nos encontramos en Lausana (Suiza), en unos talleres de formación en la que a partir de simulaciones en los que se exponen todos los problemas a los que se enfrentan diariamente los sanitarios, ya sean de orden laboral, con los innumerables recortes y demás aspectos de su trabajo, la falta de herramientas y el poco tiempo para tratar a los pacientes, y los otros problemas, los que tienen que ver con el diálogo con los enfermos, a los que deben de informar de su enfermedad y demás cuestiones que resultan sumamente complejas. 

El tono de Sálvese quien pueda es de frente y sin cortapisas, aspecto que le añade una gran “verdad” en todo lo que se cuenta, con una cámara que capta todos los detalles que allí se producen, tomando la distancia adecuada y sin ser demasiado entrometida, convirtiéndose en un testigo privilegiado y observador que recoge todo aquello que vemos y lo que no, generando un espacio de libertad, sensibilidad y humanidad entre los participantes, con unos profesionales de la sanidad que participan en grupo realizando unos talleres no sólo de formación, sino también de establecer diálogos necesarios y sumamente importantes para hablar de su trabajo, de sus conflictos, y sobre todo, de sí mismos, de sus preocupaciones, miedos, trabas, complejidades y demás situaciones con las que deben convivir diariamente en sus centros de trabajo, donde se trabaja la empatía, la mirada, la caricia y la cercanía ya que deben vivir momentos altamente dificultosos en los que deben lidiar con problemas por la falta de inversión, de recursos y demás, con unas personas enfermas con las que, en muchas ocasiones, exigen un tratamiento y una cura en enfermedades que ya no lo tienen. 

Esta película debería ser de visión obligatoria no sólo como estímulo y ayuda a todos los profesionales de la sanidad, sino también a todo el mundo, porque si no trabajamos como sanitarios, en algún momento de nuestras vidas, vamos a ser pacientes y casi seguro, enfermos. Así que, todos y todas debemos aceptar las reglas del juego y ponernos en la piel del otro y establecer un espacio de empatía, intimidad y miradas que nos ayuden, a unos y otros, a querernos y abrazarnos, y a comprendernos los unos a los otros, y trazar esos puentes de ayuda y tiempo tan necesarios para lidiar con los asuntos tan complejos de la salud y sus procesos. Alexe Poukine sitúa su mirada-cámara en el foco del conflicto, pero no lanza respuestas milagrosas que quizás, muchos esperan con los brazos abiertos. La cosa no va por ahí, va mucho más allá, va de hablar y comunicarse, pero de verdad, tomándonos el tiempo necesario, escuchar en silencio al otro/a, y tender esos puentes necesarios para que unos trabajen con las mejores herramientas y otros, sean atendidos de la mejor forma, sin prisas y con la intimidad necesarias, con el fin de que todos/as vivan sus respectivos roles: los trabajados y los pacientes con la libertad y la sensibilidad acordes para experimentar sus difíciles caminos con amor y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Riccardo Milani

Entrevista a Riccardo Milani, director de la película «Bienvenido a la montaña (Un mondo a parte)», en el marco de la Mostra de Cinema Italià de Barcelona, en el hall del Hotel Condes en Barcelona, el viernes 13 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Riccardo Milani, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Kayara, la guerrera del imperio Inca, de César Zelada y codirigida por Dirk Hampel

LA JOVEN REVOLUCIONARIA. 

“No puedes comprar la revolución. No puedes hacer la revolución. Sólo puedes ser la revolución. Está en tu espíritu o no está en ningún sitio”. 

Ursula K. Le Guin 

No es la primera vez que sabemos de Tunche Films de los hermanos Zelada, un estudio peruano de cine de animación, ya que está detrás de las producciones Anibo, el espíritu del Amazonas (2021), y la reciente Mariposas negras, de David Baute. Ahora, nos llega Kayara, la guerrera del imperio Inca, dirigida por César Zelada y codirigida por el irlandés Dirk Hampel, un especialista del cine animado con más de 20 títulos. Estamos ante un relato lleno de aventuras y de acción trepidante protagonizado por Kayara, que significa “flor del desierto”, en quechua, una joven que sueña con ser chasqui (Mensajero), como su padre. Aunque la cosa está difícil ya que ese honor está sólo reservado para los hombres. Kayara no se dará por vencida tan fácilmente y luchará contra las leyes machistas y los convencionalismos del Imperio Inca, ahora que gobierna Paullu, su amigo de la infancia.  

La historia se basa en el guión de Brian y Jason Cleveland, que también estuvieron en la citada Ainbo, y del propio director, en el que prima la fisicidad bien fusionada con las maniobras desde la oscuridad para asaltar el poder por parte del maléfico Villa Oma, uno de esos tipos cercanos al emperador que oculta sus propios intereses que están más cerca de comprar su poder con el oro de las regiones. Estamos ante una historia convencional, que podría resultar poco o nada atractiva, aunque la película consigue lo contrario, porque construye un relato complejo en muchos momentos, añadiendo la valentía y el coraje de la protagonista que debe de luchar contra los elementos y tradiciones ancestrales para ser tratada como una más. Kayara, con su inseparable cobaya como compañero fiel, es un personaje vital, firme y poderoso, una mujer que nos recuerda a tantas que desafiaron el poder y lo establecido para poder ser libres o al menos, ocupar esos puestos que siempre les negaron. La película no transita por el panfleto ni las proclamas como otras producciones, sino que se acerca a la complejidad del asunto y más aún cuando es una película de animación con vocación al gran público. Un personaje que nos recuerda a aquel que protagonizó Yentl (1983), en la película que dirigió ella misma, que desafiaba el poder que no permitía a las mujeres estudiar. 

Un equipo asombroso y muy imaginativo está detrás de cada plano y encuadre de Kayara, como la música del catalán Toni M. Mir, ya que la película es una coproducción entre Perú, Irlanda y España, un autor que conocemos por su trabajo con Ventura Durall, la excelente película El ciudadano ilustre (2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat, y los populares anuncios de la cerveza Estrella Damm, entre otros. Una música poderosa y brillante que ayuda a acompañar las peripecias de una rebelde e incansable Kayara, sin caer en esa melodía facilona y épica que hubiese ensombrecido las excelentes imágenes que llenan la película. La película se toma las evidentes licencias históricas que no dañan la historia que cuenta, al contrario, le da un dinamismo y credibilidad a los hechos que consigue ir hilando toda la maraña de manipulación en la sombra que hace el personaje de Villa Oma, uno de esos tipos que siempre andan junto al emperador esperando su momento para atacar el poder desde el sigilo, el silencio y las sombras. La introducción de la conspiración, el saqueo del oro en nombre del emperador y las traiciones junto a los españoles invasores ocurrieron de formas diferentes, pero la verdad es que ocurrieron.  

La valentía, la perseverancia y el poder de Kayara no está muy lejos de aquel que seguían otras maravillosas heroínas que protagonizaron grandes obras del Studio Ghibli como Nausicaa del valle del viento, La princesa Mononoke y El viaje de Chihiro que, luchando contra lo establecido, no sólo demostraron una valentía excepcional, sino un gran emblema para el resto de la comunidad, al igual que pasa con la joven guerrera inca. En este texto he mencionado varias ideas para empujar al público a ver la película, quizás, un espectador más habituado al cine de Disney, donde la estética predomina sobre las historias, que acaban siendo demasiado planas y previsibles. En Kayara, la guerrera del imperio Inca, no podemos decir que la historia no tenga convencionalidad, pero además, tiene gracia y talento para contarla, porque aquí la protagonista es una mujer, una mujer revolucionaria y eso la hace muy distinta a las películas de la factoría estadounidense, y la acerca más a otro cine de animación para todos los públicos pero más adulto, maduro y diferente. Así que no lo piensen demasiado, que ya saben como se las gasta el torbellino de estrenos de cada semana, que si no acuden presto, quizás desaparece de las carteleras y ustedes no se han percatado. El signo de los tiempos, en fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bienvenido a la montaña, de Riccardo Milani

TODOS A UNA. 

“Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”. 

George Orwell

Esta es la historia de Michele, un maestro cansado y amargado que lleva demasiado tiempo intentando enseñar en la jungla romana. Un día, le llega la gran noticia. Su traslado se ha hecho efectivo y coge el coche y se va al Instituto Cesidio Gentile, conocido como “Jurico”, en la pequeña localidad de Rupe con 378 habitantes, en el corazón de los Abruzos, en uno de esos pequeños pueblos rodeados de montañas y nieve. En ese recóndito y aislado lugar, Michele empezará de nuevo y a reencontrarse con el maestro que ya ha olvidado. Allí se encuentra con otra realidad, la adaptación no es fácil, y encima, el Instituto amenaza cierre por falta de nuevos alumnos. Agnese, la directora del centro le enseñará otra forma de vivir, de enseñar y de hacer comunidad. En Bienvenido a la montaña (“Un mondo a parte”, en el original), de Riccardo Milani (Roma, Italia, 1958) con una trayectoria que abarca los 12 largometrajes, unas cuántas series y algún que otro documental, se ha especializado en comedias divertidas que sacuden las convencionalidades en las que vivimos en un tono ligero y punzante, en la que ha tenido grandes éxitos como Mamá o Papá y Cómo pez fuera del agua, ambas de 2017, protagonizadas por el dúo Paola Cortellesi y Antonio Albanese, el Michele de la que nos ocupa.

La historia gira en torno en los valores perdidos por la urbe como el contacto con el otro, la naturaleza y su observación y preservación, así como el respeto de su fauna salvaje, la cooperación como mejor arma contra las adversidades, y sobre todo, la enseñanza como vehículo de comunidad y de aprender desde la base, desde los problemas cotidianos y no dejar de ser un profesor que enseña sino uno más que aprende, vive y lucha por los demás y por sí mismo. El tono ligero de la película ayuda a encontrar este interesante cruce que va desde la comedia y lo social, a partir de una posición donde prevalece lo humano a lo mercantil, sin lanzar proclamas ni nada por el estilo, sino construyendo relaciones humanas y conflictos cotidianos y reales que pasan en muchos lados en relación a las escuelas rurales por falta de habitantes en las zonas y por ende, de nuevos alumnos. Milani construye una historia pequeña pero que puede ocurrir en cualquier lugar, muy local y general a la vez, sin tiempo, mezclando con inteligencia los momentos divertidos, muy a lo Buster Keaton que padece el recién llegado y otras situaciones, más sociales que generan “el problema”.   

El director romano ha mantenido en la totalidad de su filmografía una constante fidelidad en relación a sus colaboradores como demuestran los nombres que componen el equipo de Bienvenido a la montaña, repleto de amigos y cómplices técnicos como el músico Piernicola Di Muro, con el que ha hecho dos series y Rodando hacia ti (2022). El cinematógrafo Saverio Guarna, con el que ha trabajado en 14 títulos entre películas y series, amén de una película con el gran Mario Monicelli. La pareja de montadores Patricia Ceresani con 12 y Francesco Renda con 8. Lo mismo pasa con el reparto encabezado por el mencionado Antonio Albanese, que da vida al “despertado” Michele, 6 títulos con Milani, amén de haber dirigido 5 películas, en una carrera al lado de grandes cineastas como los hermanos Taviani, Pupi Avati, Gianni Amelio, Woody Allen, entre otros. A su lado, Virginia Rafaele como Agnese, que debuta en el universo del director italiano, componiendo un personaje en constante lucha, contra sí misma, con su marido ausente y la escuela que tanto ama, una actriz vista en comedias al lado de directores como Veronesi, Brizzi y De Luigi, entre otros. Amén de la mayoría del elenco compuesto por lugareños de la zona, tanto de niños como adultos.

La película Bienvenido a la montaña, de Riccardo Milani podrá gustar más o menos a los espectadores que se acerquen a ella. Lo que sí tiene, y eso no podrá discutirlo nadie, es su honestidad y su voluntad de hablar de temas serios y reales, eso sí, sin ponerse trascendente, o no haciéndolo sin esperanza, sino con la idea que las cosas pueden cambiar, aunque sean desde un lugar tan apartado, casi invisible e inexistente para los problemas de las grandes urbes. Porque lo que nos cuenta una película como esta es que cuando pierdes tu identidad y el amor a un oficio como el de enseñar, quizás lo recuperas o al menos, lo ves desde otra prisma en un lugar perdido entre montañas que, en invierno se aísla por la nieve y en verano es inaguantable por el calor que hacer. Si, en ese inhóspito y difícil lugar, ya no sólo para vivir sino para ejercer tu profesión, las cosas que van más lentas se ven y sobre todo, se miran y se observan de otra forma, quizás la forma que necesitabas para volver a mirar y vivir todas esas cosas que ya no miras: como a ti mismo, a los demás y a tu entorno, un mundo a descubrir y sentir que te haga despertar y cambiar de sentido y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA