Joker, de Todd Phillips

EL HOMBRE QUE RÍE.

“No hay persona más triste que el hombre que ríe demasiado”

Jean-Paul

La película arranca de forma magistral y contundente, con una cámara que avanza por el interior de un pasillo hasta llegar a un camerino compartido. De espaldas, sin camisa, extremadamente flaco, vemos el rostro de Arthur Fleck reflejado en el espejo. Su rostro impertérrito y apagado se mira fijamente, observándose detenidamente, con sus manos se dibuja en la cara una mueca de tristeza, y a continuación, una sonrisa, como hiciesen Lillian Gish en Broken Blossoms o Buster Keaton en Steamboat Bill, Jr. Una sonrisa interpretada, fingida, falsa. Una sonrisa, al fin y al cabo, de alguien que nunca sonríe. Arthur Fleck tiene una psicopatía que le provoca una risa incontrolable, es alguien invisible e ignorado por la sociedad, alguien que vive con su madre enferma, alguien que quiere ser cómico, que quiere hacer la vida agradable a los demás, aunque no lo consigue por mucho que se esfuerce. Un personaje que nació en 1940 de la mano de Bill Finger, Bob Kane y Jerry Robinson para el cómic de Batman en DC comics, convirtiéndose en el criminal más famoso y querido por los lectores de Gotham City. A lo largo de sus casi 80 años ha sufrido muchos cambios, tanto en su aspecto físico como psíquico, y se ha visto en más de 250 producciones bajo distintas apariencias.

Muchos recordamos la apariencia de Jack Nicholson como Joker en el Batman de 1989 dirigido por Tim Burton, aunque en muchos instantes era un ser despreciable y terrorífico, en otros, casaba dentro del tono comercial y caricaturesco de la película, en el que parecía un personaje demasiado anclado al cómic del que venía. Antes, en televisión, en la mítica serie de Batman de los 60, César Romero interpretó por primera vez a Joker, un tipo que ya vestía los trajes púrpuras y se maquilla excéntricamente. Un Joker, al igual que el de Nicholson, del que se nutre bastante el que interpreta Joaquin Phoenix, aunque hay que añadir que ese tono oscuro y realista del personaje sea uno de los elementos que más nos seducen de esta nueva incursión en tan mítico personaje. El director Todd Phillips (Brooklyn, New York, EE.UU.,  1970) había destacado en comedias más o menos inteligentes, como la trilogía de Resacón en Las Vegas, o cintas como Escuela de pringaos, la versión cinematográfica kitsch de Starsky & Hutch, la película o Juego de armas, entre otras, muy alejadas en tono y forma de la típica comedieta hollywodiense para reventar taquillas de aspecto juvenil y superficial.

Con Joker, el trabajo de Phillips entra en otra liga, consiguiendo una de las mejores películas de personajes de cómics, si bien el personaje de Batman y todo su universo ya se enmarcaba en ese ambiente oscuro y terrorífico de las clásicas películas de monstruos de los treinta de la Universal, con el permiso de otros monumentos como el Batman Returns, de Tim Burton, con ese aspecto de expresionismo alemán y crudeza que perseguía toda la película, donde aparecían una Catwoman especial en la piel de una exultante Michelle Pfeiffer, y el Pingüino protagonizado por un inconmensurable Danny DeVito, un presencia brutal y oscura en la que el Joker, de Phillips se reflejaría y bebería bastante. Phillips sitúa su película en un Gotham muy parecido a aquel Nueva York de finales de los 70 y principios de los 80, con esos carteles de películas eróticas, con una crisis económica de caballo y mucha suciedad y delincuencia por las calles, en una atmósfera opresiva y muy oscura, siguiendo a un tipo como Arthur Fleck, alguien solitario, que es vapuleado y defenestrado por todos y todo, que se mueve como un espectro, rechazado por su enfermedad mental, que aún lo invisibiliza aún más si cabe, alguien sin suerte, que no ha conocido a su padre y vive engañado por su identidad, carne de cañón para el olvido, la calle y el delito, por una sociedad que ignora a los enfermos mentales.

Arthur Fleck/Joker es un perdedor en toda regla, que no estaría muy lejos de la atmósfera violenta y oscura que recorría mucho del cine estadounidense de los setenta, donde pululaban gentes como los Sonny Wortzik que interpretaba Al Pacino en Tarde de perros, de Lumet, o el Travis Bickle que hacía Robert De Niro en Taxi Driver, de Scorsese, a los que habría que sumar el último personaje interpretado por Joaquin Phoenix, el Joe de En realidad, nunca estuviste aquí, todos ellos fieles reflejos de ese Joker que anda solitario, hastiado de una sociedad corrupta, deshumanizada y violenta que nada tiene que ofrecer a personas diferentes, inadaptadas y tremendamente críticas con su entorno. Arthur Fleck se esfuerza en ser alguien normal, uno más, pero el estigma que supone para el resto su enfermedad mental lo convierte en alguien sin ayudas y abandonado, como hará el estado con su terapia por recortes de fondos, una idea que ya plasmaba Paul Leni en El hombre que ríe, en 1928, basándose en una novela de Vítor Hugo, fuente de inspiración para el personaje de Joker,  donde Gwynplaine que hacía el actor Conrad Veidt, se veía estigmatizado y castigado por tener una cicatriz provocada que le dibujaba una sonrisa en el rostro convirtiéndolo en un ser señalado y machacado por esa deformación.

Phillips construye una película social, valiente, política, durísima, violenta y necesaria para contarnos la existencia de todos esos seres invisibles y fantasmales que pululan diariamente por las ciudades, ocultos de todas esas miradas intransigentes, cínicas y crueles que desprecian lo diferente, aquellos que no encajan en esa normalidad impuesta por los poderes, contribuyendo a encender una mecha de consecuencias imprevisibles como en el caso de Arthur Fleck, alguien que quizás con un poco de cariño, amor y respeto, y alguna que otra palabra amable, no le llevaría a ese pozo oscuro de soledad y miedo que provoca esa furia descontrolada que saca a la luz después de tanto tiempo de hostigamiento y golpes. La enigmática, oscura, velada y expresionista luz obra de Lawrence Sher, habitual de Phillips, o el sobrio y reposado montaje de Jeff Groth, otro habitual en el cine del director, juntamente a  esa banda sonora que rescata temas que mucho tienen que ver con esa alma enferma y solitaria de Joker, en el que nos encontramos grandes temas como That’s Life de Sinatra, el Smile  de Jimmy Durante, el White Room de los Cream, entre otros, o la excelente banda sonora atmosférica y bestial, con ese sonido afilado y de lija de chelo, obra de la islandesa Hildur Gudnadóttir, habitual de Villeneuve.

Joaquin Phoenix en la piel de Joker vuelve a deleitarnos en un personaje de una fuerza abrumadora, creíble y con una naturalidad asombrosa, ya desde su forma de caminar, en que el actor es todo un maestro en ese aspecto, y del gesto, con ese cuerpo delgadísimo, desgarrado y espectral, llevándonos por ese submundo al que pertenece, del que lucha encarnizadamente por salir pero no encuentra la salida, con esa idea inocente de convertirse en un cómico e ir al programa televisivo de moda como soñaba Rupert Pupkin, el tipo de ropa excéntrica y bigotito ridículo, que también vivía con su madre y contaba chistes malos, que hacía Robert De Niro en El rey de la comedia, de Scorsese, película que se homenajea en Joker con el mismo De Niro heredando el personaje de Jerry Lewis, el maestro de ceremonias del citado programa televisivo. Phillips retrata la crónica de los hechos que llevan a cómo alguien invisible e ignorado por la sociedad se convierte en un estandarte para esa parte de la sociedad, la gran mayoría, que se siente despreciada y olvidada por los poderes económicos.

Joker, con ese traje púrpura, su maquillaje que le sirve para enmascarar y ocultar esa alma herida que le persigue desde su infancia, una forma de ser otro, muy diferente a quién es, alguien capaz de despertar de esa pesadilla que es su vida, alguien que emergerá de lo oculto y se convierte en una especie de líder para los más desfavorecidos, los pisoteados y los invisibles, despertándolos y teniendo un motivo para seguir en la lucha diaria, levantándose y protestando contra esos tipejos de traje como Thomas Wayne, fantástico guiño al padre de Bruce Wayne, que se convertirá en Batman, como ese momento extraordinario cuando la clase dirigente de Gotham se ríe a carcajadas viendo Tiempos Modernos, de Chaplin, una alegoría del mundo en el que vivimos, una película que critica ferozmente feroz al capitalismo y a todos esos hombres déspotas y malvados que empobrecen y ensucian la sociedad. Fleck fantasea con una vida que jamás tendrá, como una relación con su vecina negra como ocurría en El rey de la comedia, o ser uno más con sus compañeros de trabajo, pero le resulta imposible, porque el mundo que le ha tocado vivir hace mucho tiempo que dejó de ser humano y feliz, porque ahora se ha convertido en un mundo lleno de consumidores, individualistas, tristes y solitarios que andan como pollos sin cabeza huyendo de no sabe qué y corriendo hacia no se sabe donde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Madre, de Rodrigo Sorogoyen

EL ALMA HERIDA.

Desde que comenzaron a trabajar juntos allá por el año 2008 en la serie Impares, Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) e Isabel Peña (Zaragoza, 1983) se han convertidos en inseparables, profesionalmente hablando, salvo en alguna excepción. Una colaboración fiel e intensa, en la que han visto la luz un par de series y tres películas dirigidas por Sorogoyen, entre las que destacan Stockholm (2013) Que Dios nos perdone (2016) El Reino (2018) y Madre (2019). Si algo caracteriza al trabajo del director y Peña es la carga dramática de sus historias, envueltas en el thriller más cercano e íntimo, en el que sus personajes siempre penden de un hilo muy fino, al borde del abismo, en una carrera contrarreloj en el que harán lo imposible para salvar su cuello, en una especie de espiral kafkiana sin fin, envueltos en una aparente calma que se irá convirtiendo en pesadilla y en un estado emocionalmente tenso en el que deberán enfrentar su pasado, a través de ese presente oscuro y complejo con el que tienen que lidiar. En Madre recuperan el personaje de Elena, aquella mujer desesperada que recibía la llamada de auxilio de su hijo de seis años, acosado en una playa del sur de Francia, que era la trama angustiosa del cortometraje filmado en el 2017, que ahora se convierte en los primeros diecinueve minutos de la película.

Sorogoyen y Peña no se quedan en los días de después de la tragedia de la muerte del niño, sino que avanzan en el relato diez años después, con una Elena regentando un bar de temporada en la misma playa donde desapareció su hijo. Elena tiene una relación con Joseba, un pilar para su reconstrucción emocional durante este período, y la cotidianidad parece encaminada a una vida mejor y tranquila de Elena. Pero, todo eso empieza a torcerse cuando Elena se tropieza con Jean, un adolescente francés que le recuerda mucho a su hijo. Casi sin quererlo, sin pensarlo, entre Elena y Jean nace una relación de amistad que se irá revolviendo en una íntima relación maternal. A partir de la mirada, el gesto y el movimiento de una magnífica Marta Nieto, en su mejor papel hasta la fecha, llenando la pantalla con esa mirada triste y esperanzadora, enjuta y afilada, que se desplaza por su trabajo, su casa y la playa de manera espectral, arrastrando ese dolor que le ha consumido, convirtiéndola en una especie de fantasma que ha encontrado algo de paz sin todavía ser ni mucho menos plena. El encuentro con Jean la desestabiliza y la somete a una espiral emocional en cadena, viéndose aprisionada a esa extraña luz que la ha abierto en canal, desbordando sus emociones y llevándola hacia algo extraño y complejo.

El relato  camina en libertad y alejado de los cánones de género, yendo a un lugar y a otro con total naturalidad, sin cortapisas, caminando con ímpetu y solidez, desde el drama más íntimo y sencillo nos encaminamos a un marco muy diferente, más próximo al thriller psicológico y muy oscuro, casi de terror, mezclándolos y fusionándolos según el momento, sin cambiar el aspecto de la película, que mantiene ese tono sombrío, con esa luz decadente y velada que recorre cada espacio de la película, en que las secuencias nocturnas, donde los personajes se convierten casi en meras sombras en las que apenas los vislumbramos moverse como si fuesen resquicios de luz, firmada por Álex de Pablo, cinematógrafo de todas las películas de Sorogoyen, misma sensación ocurre con la forma, plagada de planos medios y generales desde la perspectiva del personaje de Elena, con esos planos secuencia donde el movimiento se torna suave como en suspensión, o la belleza y melancólica música del músico francés Olivier Arson, con Sorogoyen desde Que Dios nos perdone, combatiendo con sensibilidad y dureza toda ese torrente emocional por el que atraviesa Elena.

Sorogoyen nos sitúa en ese verano, que enfila su final de temporada, con los primeros aires y temperaturas que van avecinando ese otoño impaciente, capturando el espacio y las emociones siempre desde la mirada triste y ajada de Elena, en este viaje del dolor al amor, protagonizado por una mujer que ha empezado a ver su luz, esa que lleva diez años buscando con la ayuda de Joseba, pero que la aparición de Jean, convertido en ese hijo que perdió, o en alguien que pudiera ser su hijo, no en la realidad, pero sí en su realidad, en su existencia, devolviendo a Elena a ese camino oscuro y terrorífico, donde el dolor y la culpa cada día se alimentan de miedo y desesperanza, donde las cosas obedecen a un tiempo quieto, estático, sin tiempo, en que las emociones la devuelven a ese fatídico día, a esa pérdida irreparable, a esa playa que ahora se encuentra cada día, a ese lugar donde siempre dejará algo de ella, algo de lo que imaginó, algo que ya no podrá ser. A través de una extraordinaria sutileza y belleza plástica, la película aborda el conflicto doloroso que arrastra Elena, bien acompañado por el joven Jules Porier y un sobrio Alex Brendemühl, sin nunca caer en subrayados inútiles ni en sentimentalismos.

La película se desarrolla con ritmo reposado pero sin caer en el tedio,  consiguiendo atraparnos de forma elegante y natural en lo que va sucediendo en la película, con esos instantes extraños y tensos que recoge la película, que en cierta manera recuerdan al cine de Haneke, en que la trama se va tornando muy gris y oscura, y los personajes se sienten cada vez más perdidos y a la deriva, emocionalmente hablando, y en su fisicidad, envolviéndonos en una madeja extenuante de bandazos emocionales, que no atienden a razones, donde el amor va abriéndose paso de manera inquietante, en el que los personajes se verán sometidos en encrucijadas emocionales de primer órdago, expuestos a todo aquello que sienten, a toda esa felicidad inalcanzable, a todo ese miedo que atrapa, agota y deja a cualquiera sin fuerzas para seguir, para respirar, para responder, porque el pasado y el dolor que lo atraviesa, se empeña en  continuar en nuestras vidas, en desestabilizarnos, en devolvernos a aquello que tanto duele, a rompernos el alma cada día, y es en esos instantes donde la película vibra con más fuerza, donde los personajes se sienten más vulnerables, sobrepasados por las situaciones y expuestos a sus instintos y pasiones más bajas y ocultas, donde la vida corre por todos los lados como si fuese un tsunami torrencial del que nada quedará sin decir, y sobre todo, nadie podrá escapar por mucho que lo desee. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas

Entrevista a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas, intérpretes de la película «Ardara», de Raimon Fransoy y Xavier Puig, en el Soho House en Barcelona, el lunes 18 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ALTERNATIVA 26: REENCUENTRO CON EL CINE.

El pasado domingo 17 de noviembre finalizaron las proyecciones y actividades de la edición número 26 de l’Alternativa, después de la celebración el pasado año de su edición número 25. L’Alternativa es un certamen plenamente consolidado en el panorama cinematográfico de la ciudad que, sigue manteniéndose fiel a un estilo marcado por un cine diferente, alejado de la bienintencionada industria, y nacido en los márgenes, en la resistencia y la disidencia. Un cine alejado de un entramado cinematográfico, casi un coto cerrado, demasiado obsesionado en embellecerse y dar la espalda a la reflexión y el conocimiento del mundo en el que vivimos, alejándose de las realidades del ser humano y su tiempo. L’Alternativa propone cine resistente, cine furioso, cine complejo, cine guerrillero, cine abierto a todas las miradas inquietas y curiosas, lleno de energía. Un cine venido de diferentes lugares del mundo, heterogéneo en su esencia, rabiosamente contemporáneo y atemporal, cercano en su materia y su naturaleza Un cine que nos mira y propone nuevos caminos vistos desde infinidad de miradas diferentes, cine próximo e íntimo, un cine que nos acerca y nos transporta a universos imperceptibles e invisibles, mundos que buscan miradas críticas que los miren con atención y reposo. Unos trabajos muy necesarios que nos muestran realidades complejas, oscuras y tremendamente vivas, orgánicas y sinceras. Cine con espíritu dialoguista que huye de convencionalismos y sentimentalismos, construido en base a una identidad muy personal que lo hace muy reivindicativo, profundo y bello. Este año el  certamen cumple 26 ediciones, casi nada, 26 citas a favor de otro cine, de aquel que apenas tiene visibilidad, aquel que triunfa en festivales internacionales, el que grita sin que se lo oiga, en que un festival tan necesario como este le ofrece ventanas para mostrarse y compartir. Un cine que sorprende y deja huella, 26 citas que iluminan el otoño de la ciudad, que alumbran con cine los primeros fríos y lluvias.

El lunes 11, a media tarde, como suele ser habitual, arrancó la nueva edición con la película de inauguración, que en este caso se desmarcaron con una película para ofrecernos algo diferente, la propuesta ANDREI RUBLEV, una paniconografia (versión radiofónica), de Societat Doctor Alonso. La performance no dejó a nadie indiferente, todo el mundo se levantó diferente y especial, porque la propuesta era aguerrida y sorprendente, en el que a partir de la película de Tarkovski, en la que retrataba el viaje del pintor de iconos de la Rusia medieval para colorear los frescos de la catedral del Kremlin, de la que veremos imágenes fragmentadas y proyectadas en distintos lugares como tablets, pantallas y paredes, con su sonido en versión original, y mediante un sonido envolvente y fascinante, acompañado de una escenografía particular e íntima, nos hacen un recorrido sobre el arte, a través de sus diferentes realidades y formatos, donde la realidad muta, se muestra diferente y compleja. El martes 12 arrancaban las programaciones de películas de las diferentes secciones, así como sus talleres, seminarios y las actividades de profesionales. Mi segunda cita fue con LAS LETRAS DE JORDI, de Maider Fernández Iriarte. La directora una vieja conocida del festival por sus primeros cortometrajes, vuelve con su primer largo en la que aborda la palabra como medio de comunicación y sobre todo, la comunicación y el diálogo como herramienta fundamental para entenderse y compartir, a través de Jordi, que tiene parálisis cerebral, y las conversaciones que mantiene con la directora a través de un abecedario escrito en una cuartilla. Seguimos esta crónica diaria en la que descubrimos un ser humano con una gran comunicación y sentido del humor, en la vicisitud de dejar la vivienda con sus padres e ingresar en una residencia. La directora donostiarra crea un espacio sensible e íntimo donde captura la verdad y la humanidad de alguien discapacitado que da lecciones de vida y muestra su inmensa capacidad emocional, en una película bellísima, necesaria y sincera.

ERDE, de Nikolaus Geyrhalter. El director austriaco filma una película bestial y necesaria para contarnos de forma pausada e incisiva las acciones del ser humano en remover las tierras y construir túneles y subterráneos en una codicia sin fondo en dominar la tierra para conseguir crecer y crecer y capturar los minerales preciados como el cobre. Geyrhalter lo hace de una forma innovadora, porque mezcla los trabajos mediante máquinas y tecnología de última generación con los diferentes testimonios de los trabajadores que en muchos casos son conscientes del daño al planeta con su trabajo y en otros, los pocos, se consideran unos privilegiados y disfrutan de su trabajo. La película nos muestra diferentes países y lugares, interviniendo lo mínimo y capturando todo ese sin sentido en que se ha convertido el trabajo y nos habla con sinceridad de las terribles consecuencias para el medio ambiente. CAMPO, de Tiago Hespanha. Trabajo surgido del Máster de Documental de creación de la UPF, el director portugués nos sitúa en las afueras de Lisboa en el campo de tiro más grande de Europa, en el que a partir de una forma y narrativa reposado y contemplativa, nos va mostrando las diferentes realidades que en ese espacio magnético y bello conviven, como las maniobras militares con sus quehaceres cotidianos, aficionados a la astronomía que reflexionan sobre el espacio y sus estrellas, y demás moradores de un lugar que en ocasiones parece fuera de este planeta, como suspendido en el cielo, donde las cosas más mundanas y complejas se dan la mano de forma natural, donde el día y la noche parecen obedecer a un tiempo sin tiempo, a un lugar con memoria, que alberga todas las contradicciones humanas.

ZUMIRIKI, de Oskar Alegria. El director navarro ya estuvo en L’Alternativa con su primer largo La casa de Emak Bakia (2012). Ahora vuelve a deleitarnos con un trabajo inmenso y especial, lleno de sabiduría y esplendor cinematográficos, con un dispositivo sencillo y muy profundo, en que Alegria se marcha cuatro meses del verano de 2018 a reencontrarse con su memoria, al lugar donde siendo niño pasaba los veranos con su familia, frente al río y la pequeña isla, ahora sumergida por la construcción de una presa, pero todavía visibles las ramas de los árboles que se erigían en la isla. Como si fuese un Robinson Crusoe diferente, más cercano a Viernes, el director pamplonés nos seduce con sensibilidad y magnetismo en una película sobre el tiempo, la naturaleza, los animales, el conocimiento, la búsqueda personal y los recuerdos que están presentes aunque sean a través de unas pocas ramas. De la sesión de Cortos que vi el viernes 15, me detengo en PADRE NO NUESTRO, de María Cañas. La archivera de Sevilla vuelve al festival que en 2014 se le dedicó una retrospectiva dando buena cuenta de la presencia de los robots en nuestras vidas en consonancia con la transformación de las relaciones afectivas en tiempos de apps y demás. Como es habitual en su cine, Cañas muestra un sentido del humor desbordante en un mosaico infinito de imágenes que dialogan, disputan y reflexionan entre ellas, de toda índole capturadas de Youtube, esa nueva caja de pandora donde se publican los interminables deseos, frustraciones y desesperanzas de una sociedad vacía, caótica y sin rumbo. Otro de los trabajos de la sesión fue BUBOTA, de Carlota Bujosa. El primer trabajo de la mallorquina se adentra en la memoria y la construcción de la identidad, a través de un recorrido heterogéneo y sincero por su archivo familiar, en un viaje a su intimidad y a su familia, redescubriendo unas imágenes que a la vez son cercanas y lejanas, en una manera de recuperar la memoria y su propia identidad de sus dos padres, ahora convertidos en meras figuras, sombras y fantasmas que pululan por esas imágenes y encuentran su sentido en esas ausencias que conviven en el presente de la directora. DE UNA ISLA, de José Luis Guerín. Hace cuatro años La academia de las musas, el anterior trabajo de Guerin, cerró L’Alternativa. Ahora vuelve al certamen con una película bellísima y enigmática en la que hace un recorrido con una imagen cautivadora en 16 mm y en blanco y negro, en el que a través de intertítulos nos va explicando los orígenes y el presente de la isla de Lanzarote, filmando de forma poética y maravillosa toda su naturaleza, en un trabajo sencillo, sincero y magistral, donde Guerin vuelve a deleitarnos con su inmensa capacidad para ver lo oculto y ocultar aquello que no hace falta mostrar.

SWARM SEASON, de Sarah J. Christman. La directora estadounidense regresa al festival con una película de corte ecológico y fascinante en que nos sitúa en Hawaii en las proximidades del volcán Mauna Kea, donde conoceremos a una madre y su hija que cuidan con detalle y mimo a sus abejas, mientras el padre protesta por la construcción de un gran telescopio en la montaña, y más allá, seguimos los experimentos de unos científicos con la idea de viajar a Marte. Todo ese microcosmos, lleno de contradicciones, donde los autóctonos luchan por preservar su modo de vida en consonancia con la naturaleza en pos a ese progreso que antepone el ser humano a la vida y los animales, nos lo cuenta Christman de un modo sencillo, íntimo y existencialista, capturando al detalle toda el esplendor de las abejas y la naturaleza, y todo aquello que parece olvidarse de lo que somos y hacia dónde vamos. DE NUEVO OTRA VEZ, de Romina Paula. La actriz, escritora y directora teatral argentina se funde en un retrato sincero e íntimo, entre el documento y la ficción, en una vuelta a sus orígenes para hablarnos de la feminidad, la maternidad, crecer emocionalmente y la búsqueda de uno mismo, en una película sencilla y honesta donde vuelve al hogar familiar junto a su madre y su hijo pequeño, intentando poner en orden su vida y su tiempo, en una catarsis emocional donde se mezclan las relaciones afectivas de hoy en día, la amistad, las dificultades para encontrar trabajo y sentirse bien contigo mismo, en una cinta que huye de convencionalismos y constantemente se está haciendo preguntas e interpelando a los espectadores, a partir de un tono ligero y tranquilo, acercándose de forma natural a las grandes cuestiones de la existencia, a través de una profunda reflexión sobre la vida y las emociones. EL CUARTO REINO, de Adán Aliaga y Àlex Lora. https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2019/11/23/el-cuarto-reino-de-adan-aliaga-y-alex-lora/. https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2019/11/24/entrevista-a-adan-aliaga/

BAIT, de Mark Jenkin. El cineasta británico nos sitúa en Cornualla, un pequeño pueblo de pescadores inglés, donde a partir de la rivalidad de dos hermanos con distinta suerte, nos habla de tiempo, memoria, tensiones y conflictos emocionales, amor, amistad, choque de clases entre aquellos que se niegan al cambio de las cosas, y a los otros, que invaden ese espacio ancestral con su turismo y sus necesidades tan diferentes. Todo contado de forma brutal e íntima con un brutal 16 mm en blanco y negro, cercano al estilo de los primeros filmes de Loach, Leigh o Frears, en el que podamos contar su grano, que casa con naturalidad con esa dureza y violencia física y emocional que recorre toda la película, con ese tono de ilusiones rotas y deseperanza. LE MER DU MILIEU, de Jean-Marc Chapoulie. El artista y director de cine francés, que ha trabajado en la serie Cinéma, de notre temps, nos propone una película innovadora y muy sorprendente, porque rescata todas esas imágenes del circuito cerrado de los hoteles encaradas al mar mediterráneo, a partir de la correspondencia que mantiene con la escritora Nathalie Quintane, destinada a Siria durante la guerra, nos va explicando la memoria y el presente de un mar que simboliza las contradicciones y la miseria de nuestro tiempo, bien complementado con los humorísticos diálogos que mantiene el director junto a su hijo adolescente, en un retrato íntimo y profundo sobre los males de nuestro tiempo a partir de las diferencias entre capitalismo y vida.

Hasta aquí mi camino por L’Alternativa 26, que ha ofrecido una gran programación en esta edición, como suele ser habitual, con un nivel altísimo de gran cine, de ese cine reflexivo, auténtico, sincero, duro, inquieto y sobre todo, cine imperdible y sensible, lleno de retratos de personas de toda condición y lugar, dejando el listón muy alto para la próxima edición, que desde este momento esperamos con expectación, y nos vamos muy contentos por haber vivido la experiencia de esta, porque L’Alternativa sigue más enérgica, más audaz, y provocadora que nunca, manteniéndose firme en sus principios y, caracterizándose como un festival fiel a su idiosincrasia, ofreciendo un cine que gustará más o menos, pero que sigue fiel a su espíritu contestatario, complejo y sumamente radical tanto en su forma como en su contenido. GRACIAS POR TODO A AQUELLOS QUE HAN HECHO POSIBLE L’ALTERNATIVA 26, muchísimas felicidades por el cumpleaños, y nos vemos el año que viene…

Entrevista a Andrés Wood

Entrevista a Andrés Wood, director de la película «Araña», en el Soho House en Barcelona, el lunes 18 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrés Wood, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Violeta Medina de Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Adán Aliaga

Entrevista a Adán Aliaga, director de la película «El Cuarto Reino», en el Soho House en Barcelona, el martes 19 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Adán Aliaga, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Araña, de Andrés Wood

AYER, HOY Y SIEMPRE.

“Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”

Bertolt Brecht

Después de una puesta de largo como Historias del fútbol (1997) en que Mario Benedetti era uno de sus guionistas y un par de series más, el nombre de Andrés Wood (Santiago de Chile, 1965) empezó a sonar con fuerza en el panorama internacional con La fiebre del loco (2001) donde relataba la codicia y locura, parecida a la del oro, que se desataba con “El Loco”, un molusco muy preciado. Con Machuca (2004) contaba la historia de un par de niños de distinta clase social en el convulso Chile de 1973. En La buena vida (2008) se centraba en la vorágine urbana actual a través de cuatro personajes en busca de realizar su sueño. En Violeta se va a los cielos (2011) reconstruye de forma apasionada y compleja la vida de la cantante Violeta Parra.

Wood después de unos años dedicados al medio televisivo, vuelve a la gran pantalla con un relato de reminiscencias históricas, mirando al pasado de su país en una película compleja y durísima como Araña, en un guión que firman el propio director y Guillermo Calderón, guionista de Pablo Larraín en El Club y Neruda, que ya habían colaborado en el libreto de Violeta se va los cielos, con el asesoramiento de Eliseo Altunaga, un colaborador de Wood en el pasado. La película nos sitúa en dos tiempos diferentes pero desgraciadamente muy parecidos. Por un lado, el Chile de principios de los setenta en el seno de “Patria y Libertad”, un grupo de extrema derecha violento y asesino que dinamitaba el gobierno de Allende, en el que conoceremos a tres de sus jóvenes intrigantes, Inés, atractiva y peligrosa, su marido Justo, pusilánime y segundón, y Gerardo, antiguo militar y apasionado por la causa, que mantiene una relación apasionada en secreto con Inés. Y por el otro lado, el Chile actual, donde veremos que ha sido de la vida de esta terna fascista de aquellos años, donde Inés se ha convertido en una profesional reputada, que sigue casada con Justo, un pobre diablo alcohólico y neurótico, y Gerardo, al que han perdido la pista, pero que volverá a sus vidas, ya que sigue empeñado en resucitar la causa y seguir instaurando un mundo de violencia y terror.

Wood, con la maestría que nos tiene acostumbrados, va de un tiempo a otro con una naturalidad y una precisión extraordinarias, a través de un montaje enérgico y magnífico obra de Andrea Chignoli, una cómplice del cine del director chileno, y su penetrante y sobria luz obra de otro de sus cómplices más queridos, veinte de trabajo juntos, el cinematógrafo Miguel Ioann Littín Menz. El universo de Wood marco un ritmo bestial en sus narraciones, yendo de un espacio a otro y de un punto de vista a otro con una precisión maravillosa, encajando las diferentes piezas de manera excelente y deteniéndose en esos detalles que hacen de la película contado un inmenso puzle donde sus piezas que a priori parecen inconexas encontrando su perfecto encaje de manera sencilla, sobria y natural para los espectadores. El realizador chileno mira a su país y su historia de manera compleja y sincera, narrándonos los claroscuros y los secretos que se ocultan en la historia, desenterrando todo aquello que tiene una relevancia en la actualidad, como si el tiempo solo fuese un marco donde los conflictos solo se mutan y cambian de forma y apariencia.

Araña tiene ese aroma de thriller político de primera altura, donde consigue retrotraernos al cine de Costa Gavras, en su calculada precisión, complejidad y escenificación, situándonos a los espectadores en el abismo constantemente, interpelándonos de todas las maneras posibles para que seamos unos testigos activos y sobre todo, conozcamos la historia para entender de manera clara la actualidad que nos rodea. Otro de los elementos que destaca en el cine de Wood son sus repartos, concisos y extraordinarios, consiguiendo eso que es tan difícil en el cine como filmar a personas y no a personajes, donde el director chileno aprueba con grandísima nota, intérpretes que combinan unos gestos medidos y unas miradas penetrantes,  en un elenco encabezado por Mercedes Morán haciendo de Inés adulta, y María Valverde en los setenta, como ocurre con Gerardo, en la actualidad lo hace Marcelo Alonso, visto en El club o Princesita, y Pedro Fontaine en los setenta, y el personaje de Justo, ahora en la piel de Felipe Armas, y en los setenta Gabriel Urzúa.

Wood encaja su relato en esos 105 minutos de vaivenes históricos y emocionales, con sus necesarias e inquietantes pausas, con esas estupendas secuencias donde el hijo de Inés y Justo se muestra acusador ante el pasado violento de sus padres, en el que Wood destaca esa generación que se ha aprovechado de innumerables privilegios gracias a ese paso oscuro de sus padres. Wood con un pulso firme y apabullante nos cuenta una historia de radiante actualidad, donde se mezclan vida, política, sociedad, amor, amistad, lealtad, en la que conoceremos al detalle todas las argucias violentas y asesinas de un grupo que funcionaba para derrocar a Allende y seguir disfrutando de sus poderes económicos con la patria y la bandera como excusas. Wood vuelve a deleitarnos con una historia excelente y brutal con ecos del pasado y de ahora, que nos habla del paso del tiempo, del amor y las actitudes violentas de muchos que harán lo imposible para perpetrar sus privilegios económicos y sociales cueste lo que cueste y se lleven quién se lleve. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/371422881″>Trailer ARA&Ntilde;A. Dirigida por Andres Wood.</a> from <a href=»https://vimeo.com/aterafilms»>ATERA FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Raimon Fransoy y Xavier Puig

Entrevista a Raimon Fransoy y Xavier Puig, directores de la película «Ardara», en el Soho House en Barcelona, el lunes 18 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Raimon Fransoy y Xavier Puig, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El Cuarto Reino, de Adán Aliaga y Àlex Lora

UN LUGAR PARA LA ESPERANZA.

“Los humanos vivimos generalmente bajo la ilusión de seguridad y de encontrarnos en nuestro hogar en un entorno físico y humano elegante y confiado. No obstante, cuando se interrumpe el ritmo diario, nos damos cuenta de que somos como náufragos que intentamos mantener el equilibrio sobre unas planchas rotas den medio del mar, olvidando de dónde venimos y sin conocer cómo marcar el rumbo”

Albert Einstein

Hace un par de años Adán Aliaga, director entre otras de La casa de mi abuela, La mujer del Eternauta o El arca de Noé, y Àlex Lora, director de Thy Father’s Chair y un buen puñado de películas breves, unieron sus fuerzas para dirigir la película breve The Fourth Kingdom, en el que nos contaban en 15 minutos las vicisitudes de un grupo de personas, desplazados e inmigrantes ilegales, que se ganaban la vida mediante una cooperativa de reciclaje situada en Brooklyn, en Nueva York. Partiendo de esa primera experiencia y con un extenso material filmado de más de 300 horas, ha nacido El Cuarto Reino, al que añaden el subtítulo de El reino de los plásticos, como lo llaman muchos de sus empleados.

Aliaga y Lora vuelven a El Cuarto Reino para explicarnos en 83 minutos cómo siguen las vidas de aquellos que conocimos, sitúandonos en el corazón de ese lugar, rodeados de montañas de bolsas con plásticos, latas y vidrio, a través de pasillos y espacios donde se almacena todo el material de desecho y se manipula para que siga su curso de reciclaje, nunca lo veremos en su totalidad, siempre fragmentado, al igual que las vidas de las personas, en su mayoría hombres, que por una cuestión u otra, han acabado trabajando y viviendo de la planta cooperativa Sure We Can, fundada hace diez años por Ana, una misionera española. Allí conoceremos a René, un mexicano que todavía arrastra problemas de alcoholismo, a Walter, un guatemalteca audaz que fabrica gafas especiales para ver una realidad diferente, a Pier, estadounidense, ex pianista de jazz que una depresión le hizo empezar de nuevo, o Eugene, también americano, que su adicción a las drogas lo llevó a la mala vida e intenta recuperarse en el centro, y otras almas que han encontrada en la cooperativa una forma de agarrarse a la vida, todos ellos han sido víctimas de ese sueño americano que arrastra a tantas personas cada año a intentar mejorar sus vidas atraídos por esas barras y estrellas tan brillantes que acaban cegando a la mayoría.

Los directores españoles nos cuentan una crónica diaria que abarca varios meses, vemos nieve, calor y las diferentes circunstancias, tanto físicas, psicológicas como laborales en las que se ven inmersos los que allí se emplean, así como sus habituales y sorprendentes relaciones y diálogos, donde hablan de sus vidas anteriores, toda la familia que dejaron en sus países de origen, de nostalgia, de esa existencia que les llevó a la oscuridad, de reencontrarse, y también, de su posible futuro, sin olvidarnos de las estrellas y los seres del más allá, de esas otras vidas que tanto tienen que ver con sus experiencias y sus realidades. Una película narrada con pausa y sobriedad, sin caer en el sentimentalismo ni en nada que se le parezca, sino explicando con lo mínimo ni subrayados innecesarios, todas esas vidas en ese limbo maravilloso que es el centro de reciclaje, y la vida que se desata constantemente, como esos momentos divertidos con los chinos a través de la dificultad originada por la comunicación, o los diferentes artistas que asan por allí para representar obras de teatro diferentes y enigmáticas, u otros artistas como pintores que buscan inspiración en ese lugar especial y lleno de energía.

Una obra que nos habla de injusticia y desigualdades, de pasados durísimos y existencias difíciles, pero también, de realidades llenas de esperanza y vitalidad, de forma inteligente y sencilla, capturando no sólo la cotidianidad de unos seres que están en procesos vitales de reconstrucción, sino que también va más allá, como esas estrellas y seres de otros planetas que tienen tan ensimismados a muchos de los que vemos, sumergiéndonos en el alma humana de esas personas, con el preciso y natural montaje que firman los dos directores junto a Sergi Dies (que ha editado para Isaki lacuesta, Lisandro Alonso, o el propio Aliaga, entre otros) evidenciando todo aquello que se nos escapa, lo que queda bajo la superficie de lo que hablan y lo que hacen, todo aquello que los sigue, todo aquello que sienten, o simplemente, todo aquello que fueron, y sobre todo, les gustaría ser, convirtiéndose en todo un ejemplo de autocrítica y trabajo personal para concienciarse de sus problemas y la forma de resolverlos para tener una vida más digna, justa y humana, muy alejada de ese sueño americano tan falso, vacío y mercantilizado, que nada ayuda a tantos aventureros que acaban siendo náufragos de sus propias vidas y sueños frustrados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/335672756″>El Cuarto Reino – Directed by Ad&aacute;n Aliaga &amp; &Agrave;lex Lora – Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/jaibofilms»>Jaibo Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Ardara, de Raimon Fransoy y Xavier Puig

EL ÚLTIMO VERANO.

“Contar historias es justamente esto: encontrar la conexión que logra reunir a los seres humanos más allá del tiempo y el espacio“.

Lorenzo Silva

Primero fue Macià. Un joven de Menorca que se desplazó hasta Ardara, un pequeño pueblo de la costa noroeste de Irlanda, que seguía los pasos que veinte años atrás hicieron sus padres, empapándose del lugar, conociendo a sus habitantes y filmando los espacios que antes habían conocido sus progenitores. Por otro lado, Bruna y María, actrices hastiadas de tanto casting inútil y sin sentido, escaparon a Ardara, para sentirse libres, lejos del mundanal ruido y sobre todo, reiniciarse de todos y todo. Los tres jóvenes se encontraron en Ardara, se conocieron y filmaron los lugares buscados de Macià. Un día desaparecieron sin dejar rastro. Nadie conoce sus destinos, solo que estuvieron allí, eran agradables  andaban de aquí para allá capturando el tiempo, el espacio y aquello que no vemos pero siempre está delante nuestro. Raimon Fransoy y Xavier Puig son los responsables de Ardara, su primera aventura en la ficción, antes habían hecho mucho camino en el mundo de la música firmando videoclips, programas de televisión y documentales sobre artistas como Adrià Puntí, jazz o el Festival Altaveu.

Los directores catalanes, a través de una campaña de micromecenazgo arrancaron una película rodada entre Ardara, Barcelona y Menorca, que narra la crónica de un viaje a través de muchas miradas, en un retrato múltiple donde habitan varios narradores y diferentes formas de narración, tanto oral, los habitantes de Ardara que trataron a los tres jóvenes, como fílmica, con tantas horas de grabación encontradas cerca del lugar donde se supone que desparecieron, y otros testimonios como Elisabet, la novia de Macià. Fransoy y Puig sumergen a los espectadores en un viaje físico y emocional hacia lo desconocido, hacia aquello invisible y oculto, con ecos del cine de Antonioni y Wes Anderson, moviéndonos hacia un universo que tiene mucho de imaginación y fábula, de cómo contamos nuestras vidas y reconstruimos los recuerdos, la construcción de nuestra propia identidad y la representación de aquello que vemos, como nos definimos constantemente entre aquello que sentimos, aquello que decimos a los demás y todo lo que callamos, que no compartimos, la multiplicidad de nuestras emociones y nuestras identidades en continua transformación.

Fransoy y Puig que también firman el montaje y se reparten el guión y la cinematografía, nos embarcan en un viaje contado de forma pausada, sin prisas, capturando toda su laberíntica estructura y forma cinematográficas, en el marco de un enigma, situándonos en una especie de limbo donde el tiempo parece haber enterrado todo lo sucedido, siguiendo las huellas y el rastro de los jóvenes, explorando con naturalidad e ingenio las diferentes texturas de la película, desde el cine de terror más puro y tenebroso, donde aparecen unas horas de filmación de unos desconocidos que han desparecido, el thriller de investigación, en la que los propios directores graban testimonios de aquellos habitantes de Ardara que conocieron a los desparecidos en forma de fake, y la propia cotidianidad de los tres jóvenes, interpretando a unos personajes a partir de sus vidas reales, explorando sus filmaciones, los espacios que visitan y a ellos mismos, en forma de autoficción constante, la vida que experimentan y su exploración que encuentran en los paisajes nebulosos y atrayentes de Ardara, un lugar místico y mítico, donde se acaba Europa en esos acantilados que nos recuerdan a amores románticos o aventureros perdidos.

Imágenes grabadas que desvelan y revelan cosas y secretos de los jóvenes o no, enigmas ocultos que guardan esas imágenes o no, contado de forma magnífica a través de la capacidad visual de los directores para mostrarnos un entorno cotidiano convertido en un espacio de misterio, donde habitan unos fantasmas extranjeros que quizás nunca pasaron por ese lugar o sí. La sensibilidad y naturalidad de la que hacen gala la terna de protagonistas encabezados por Bruna Cusí, primer largometraje que rodaba, antes del boom de Incerta glòria y Estiu 1993, María García Vera, vista en Los campos magnéticos, de Lluís de Sola, cómplice de la aventura Ardara, y Macià Florit, también en labores de dirección. Y la presencia de una Elisabet Casanovas acogedora y enigmática. Y la delicada y absorbente música de Ricky Falkner donde también escuchamos las voces de Núria Graham o Maria Coma.

Y qué decir de la extraordinaria aportación de los habitantes de Ardara que se interpretan a sí mismos a partir de la ficción que nos cuenta la película,  introduciéndonos esa mirada autóctona de aquellos testigos de la presencia de los tres jóvenes desaparecidos, destacando el testimonio de Don Bryne, una especie de oráculo, de alguien que siempre ve más allá, más allá del espacio físico, de aquello que se muestra invisible, oculto a nuestras miradas y razonamiento, más emocional y espiritual, y sus interesantes reflexiones sobre nuestra forma de mirar, de contar y recordar, sobre la ficción de las realidades o simplemente el hecho que marca la película, detrás de cada historia hay miles de historias que se empeñan en contarnos lo ocurrido, siempre a través de ellos mismos, quizás la única verdad es que la verdad no existe y nos empeñamos en racionalizar aquello que no entendemos, que se escapa al entendimiento, aquello que solo vive en el mundo de los sueños o en otros unviersos, verdades ajenas a todos y todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/118426252″>Ardara | teaser | VOSC</a> from <a href=»https://vimeo.com/elsabeth»>elsabeth</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>