Entrevista a Miki Esparbé, actor de la película «Tres», de Juanjo Giménez, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 27 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miki Esparbé, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Juanjo Giménez, director de la película «Tres», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 27 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juanjo Giménez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Rafa Molés y Pepe Andreu, directores de la película «Lobster Soup», en el marco del DocsBarcelona, en su alojamiento en Barcelona, el jueves 20 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rafa Molés y Pepe Andreu, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del DocsBarcelona, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La vida no es un problema para ser resuelto, es un misterio para ser vivido”
Thomas Jefferson
El cine de Ryûsuke Hamaguchi (Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), vive por y para el misterio de la vida, pero sin intentar comprenderlo o sacar alguna conclusión al respecto, sino todo lo contrario, su base se caracteriza en sus temas emocionales, en el azar y la imaginación de sus individuos, que son gentes corrientes, personas de aquí y ahora, con vidas más o menos convencionales, eso sí, atrapados en los entresijos y extrañezas de la amistad y el amor, y llevados hacía aquí y hacía allá, expuestos a esas misteriosas y reveladoras coincidencias de la vida, aunque quizás el cine de Hamaguchi nos es más que un pretexto para hablarnos de las múltiples realidades e irrealidades de un mundo en continuo movimiento, y unas relaciones expuestas a la fragilidad y la vulnerabilidad de los sentimientos, y la fugacidad de nuestra existencia. Todos los amantes del cine con conciencia de causa nos quedamos absolutamente maravillados con la excelencia que contenía cada plano de Happy Hour (2015), una monumental película-retrato de más de cinco horas, sobre las relaciones de cuatro amigas. Una obra que cimentó el aura de gran autor de Hamaguchi, y además, demostró ser un cineasta muy personal y profundo en esta milimétrica radiografía actual sobre lo que somos y como nos relacionamos con los demás, con todos esos misterios propios y ajenos.
En La ruleta de la fortuna y la fantasía, título muy esclarecedor de las intenciones de la película, nos divide el relato en tres episodios aparentemente diferentes, porque explica tres historias distintas, pero con muchísimos puntos en común en relación a los temas y elementos que concurren en ellos. En el primer capítulo: Magia (o algo menos reconfortante), nos habla de uno de los temas predilectos del cineasta, las coincidencias o azares de la vida, a través de dos mujeres que acaban de conocerse, la más joven, modelo, y la otra, más mayor, del equipo de rodaje, y resulta que la más joven fue la pareja del hombre que la otra acaba de conocer. Pero el director japonés nos lo presenta de manera interesantes. Primero, nos muestra una conversación en un taxi de las dos mujeres, y luego, la joven acude a la oficina del hombre, y ahí, nos damos cuenta de la terrible o no coincidencia. En el segundo: Una Puerta abierta de par en par, el relato se centra en un joven que convence a su chica, más mayor, para que seduzca a su profesor que le ha suspendido injustamente. El epicentro de la historia se centra en el intento de seducción de la mujer al profesor, mientras lee un capítulo erótico del libro que acaba de publicar el citado docente. Y finalmente, en el episodio que cierra la película: Una vez más, se centra en una coincidencia de dos mujeres que no se veían desde que compartieron clase en el instituto y tuvieron un affaire sentimental que quedó en suspenso.
El aspecto formal de Hamaguchi es extraordinariamente sencillo, ínitmo y directo, porque se aleja de todo artificio que pueda distraernos o esos incómodos elementos que nos recuerdan que estamos ante una película, el cineasta nipón quiere y construye una película que huye del entramado cinematográfico todo lo que más puede, apoyándose en la luz natural siempre, con esos encuadres oscurecidos por la poca luz del espacio, no le importa al realizador todos esos inconvenientes elegidos, porque su cine se basa en la palabra, en los rostros de sus personajes, en sus pensamientos, silencios y errores. Con esos maravillosos primeros planos, al estilo de Yasujiro Ozu, con sus personajes hablando entre ellos, pero también, hablándonos a nosotros. Con largas secuencias, inteligentemente troceadas y editadas, con ritmo, pausa e intimidad, sin prisas, donde a veces, se detiene a contemplar y contemplarse, tanto unos personajes con otros, como el entorno en el que se encuentran, donde el inevitable azar hace acto de presencia irremediablemente. Y esos epílogos de cada episodio, donde el tiempo ya no es aquí y ahora, y ha pasado un tiempo, en el que se define mucho más las consecuencias irremediables del destino. Su grupo de intérpretes, principalmente femenino, no adornan sus actuaciones, todo está pensadísimo, ocupando su espacio, y sobre todo, regalándonos unas escuetas, adorables y brillantes composiciones de unos individuos que se ríen, lloran, se equivocan, aciertan, y andan muy perdidos en los temas de la vida, el amor y de ellos mismos.
Hamaguchi construye historias mínimas y reveladoras, y lo hace con el sello inconfundible de películas como La ronda (195), de Max Ophüls, con la que comparte esa idea de la vida como un interminable e infinito carrusel que nunca se detiene, y nos lleva a un destino que nunca podemos controlar, y Mesas separadas (1958), de Delbert Mann, donde las diferentes historias se confundían y nos hablan de esas pequeñas cosas que no damos importancia pero definen completamente nuestras fugaces existencias, o el inequívoco aroma de cineastas como Rohmer y Hong Sang-soo, entre otros, donde todo se cuenta desde la emoción y las palabras, donde las cosas nunca son lo que parecen, en el que cada plano muestra una quietud y una conciencia diferente, donde la realidad es un mero pretexto, porque nunca se entiende, y lo que nos hace estar en ella es un misterio que nunca sabremos en qué consiste, y mucho menos para qué, pero siempre nos quedarán nuestras emociones y cómo nos relacionamos con ellas, y con los demás, aunque con frecuencia todo eso nos lleve a la frustración y la soledad, pero la vida es así, y por mucho que nos empeñemos en que pueda ser de otra manera, no hay nada que hacer, la lucha está perdida, así que, vivamos como podamos, no hagamos un drama de nuestras continuas equivocaciones, y aunque lo consigamos muy poco, seamos buenos con los demás, y sobre todo, con nosotros, o al menos soñemos que podemos hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Un sonido nunca debe acudir en auxilio de una imagen, ni una imagen en auxilio del sonido (…) La imagen y el sonido no tienen que prestarse ayuda, sino que han de trabajar cada uno a su vez por una suerte de relevo”.
Robert Bresson
La carrera cinematográfica de Juanjo Giménez (Barcelona, 1963), ha tocado todos los palos, como dirían en el flamenco, porque ha sido muy heterogénea y movida. Ha dirigido cortos y largos, indistintamente, tanto de ficción como documental, también, ha producido varias películas, entre ellas las de Adán Aliaga tan interesantes como La casa de mi abuela, Estigmas y El arca de Noé, y sobre todo, ha cimentado una originalísima y peculiar filmografía donde cada trabajo tenía un peldaño más, una forma de experimentar tanto con la imagen como el sonido. Sus reveladores y magníficos trabajos en este campo son Nitbus (2007), magnífica pieza de nueve minutos, filmada en un plano fijo, donde la profundidad de campo es fundamental, en un relato sobre un trío sentimental, donde imagen y sonido se confabulaban para mostrarnos una realidad oculta. En Timecode (2016), un cortometraje de 15 minutos que le llevó a ganar el primer premio del prestigioso Festival de Cannes, en un relato sobre la imagen, a través de las cámaras de circuito cerrado, en una historia de amor, a través del movimiento y la danza, donde no había sonido.
En Tres, escrita por Pere Altimira, junto al propio director, con el que ya había escrito las fundamentales Nitbus y Timecode, Giménez parece ponerse al otro lado del espejo de Timecode, porque en su nuevo trabajo lo que prevalece es el sonido, y todas sus laberínticos caminos. Todo lo que había experimentado y reconocido en Nitbus, vuelve en Tres con muchísima fuerza, sumergiéndonos en la existencia de una mujer, al que se le llama C., o una mujer sin nombre, y sin identidad, claves en la trama, que trabaja como ingeniera de sonido, y descubre que el sonido va a con tres frames de retraso, y más adelante, la mujer escucha el sonido minuto y medio después, y el problema irá en aumento, adentrándose en un relato sobre la identidad y la memoria, donde la absoluta protagonista es C., en el que la película no solo nos muestra de forma física y corporal, sino también, emocional y sensorial, con esos silencios inquietantes, que dicen mucho más que las imágenes, aunque eso sí, la película nos envuelve en un enigmático ejercicio donde todo adquiere situaciones surrealistas y de corte fantástico.
Una película filmada en Barcelona y alrededores, en esos espacios no comunes de la ciudad, con esas calles empinadas, esos lugares no lugares, faltos de identidad y lúgubres, con esa luz mortecina, donde los cielos grises y plomizos y la levedad de la luz en el estudio, van apoderándose de la vida y el conflicto de C., en un grandioso trabajo de luz del cinematógrafo Javier Arrontes, que ya había sido el responsable de Nitbus, y de la película tu vida en 65 minutos, de María Ripoll, y la excelente música del lituano Domas Strupinskas, que nos va envolviendo en una trama personal y profunda donde el pasado de C., y su identidad, serán claves para enfrentarse a su problema y poder resolverlo. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Cristóbal Fernández (autor entre otras, de trabajos de Oliver Laxe, León Siminiani, y la reciente My Mexican Bretzel, de Núria Giménez Lorang), clave en un trabajo donde imagen y sonido están desincronizados, y vemos las cosas y todo lo que sucede, a través de C. y su problema, con el sonido que le viene más tarde, en una absorbente fusión entre cotidianidad, intimidad y terror naturalista, donde los monstruos que nos atacan no vienen de fuera, sino de nuestro interior.
Tres tiene el aroma del cine polaco de los ochenta, como Kiéslowski, donde lo personal, lo político y lo fantástico, casaban de forma eficaz y brillantísima en títulos como Sin fin (1985), y La doble vida de Verónica (1991), y otros, como La posesión (1981), de Zulawski, películas en los que penetrábamos en el mundo de la protagonista, en ese nuevo estado físico y mental, donde las cosas, los objetos, la existencia, y sobre todo, la memoria se volvían del revés, diferente, sumidos en una extrañeza terrorífica, donde todo se tornaba enfermizo y perturbador, y había que bucear en la memoria para comprender todo lo que estaba sucediendo, y sobre todo, hacia donde íbamos, en un viaje psíquico sobre nuestra identidad y memoria. La magnífica e hipnótica Marta Nieto es nuestra anti heroína que se mete en la piel y en la mente de C., una mujer obsesionada con su trabajo, que deberá lidiar con el conflicto que tiene, que la someterá y aislará, y la llevará a reencontrarse consigo misma, y emprender un viaje hacia lo más profundo de su alma y reconocerse en el espejo como le ocurría a Alicia, a verse de otra manera, y ver de otra manera, porque ella había cambiado, y todo había que mirar y sobre todo, relacionarse de formas diferentes.
C., a pesar de su envoltorio de rigidez y soledad, tiene a Iván, ese compañero que la quiere ayudar, una especie de ángel de la guarda para C., que interpreta con oficio y brillantez un estupendo Miki Esparbé, un tipo que estará a su lado, a pesar del aislamiento que se impone una mujer tan independiente como C., con esa maravillosa secuencia de la cafetería y el cine, que revela mucho tanto del problema de C., como de la relación que hay entre ellos dos, y otro personaje también revelador en la vida de C., como el de su madre, que hace Cristina García, que le ayudará a entender y a mirar en su pasado, donde se origina todo y es clave para entender que le ocurre. Giménez ha construido una película que no deja indiferente en absoluto, que sigue la senda de Nitbus y Timecode, donde la experimentación con la imagen y el sonido convierten lo más mínimo y el detalle más insignificante en algo extraordinario, done lo cotidiano se vuelve diferente porque uno se detiene a mirarlo desde otra perspectiva, donde el sonido es más un objeto físico, una especie de memoria en continuo movimiento, que nos puede ayudar a saber quiénes somos y sobre todo, quiénes son aquellos que nos rodean. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Óscar Aibar, director de la película «El sustituto», en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Aibar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“En el mundo, hay dos extremos para el género, hombre y mujer. Pero, en el medio, hay un montón de formas de expresarse, miles, millones. Yo creo que cada persona es una expresión en sí misma. Yo creo que esa es la riqueza del ser humano”.
Tina Recio en un instante de la película
Desde sus primeros trabajos, el director Adrián Silvestre (Valencia, 1981), se ha sensibilizado por los colectivos de mujeres inmigrantes, de género y LGBTI, como demuestran Exit, Un corto a la Carta (2012) y Natalia Nikolaevna (2014), sendos cortometrajes en los que se detenía en la inmigración femenina. En Los objetos amorosos (2016), su opera prima, relacionaba el tema de la mujer inmigrante con una relación lésbica, componiendo una mirada crítica, humanista y reveladora sobre los nuevos roles en una sociedad tremendamente cambiante y diversa, donde combinaba la ficción con el documento indistintamente. Con Sedimentos, su segundo trabajo hasta la fecha, se detiene en seis mujeres trans, pero no lo hace en su ambiente cotidiano, sino que se las lleva de viaje a pasar cinco días al pequeño pueblo leonés de una de ellas.
Magdalena Brasas, Alicia de Benito, Cristina Millán, Tina Recio, Saya Solana y Yolanda Terol son las seis protagonistas de esta película-viaje-conocimiento. Seis mujeres muy diferentes entre sí, unas más jóvenes que otras, unas con más experiencia, otras con menos, de caracteres diferentes, inquietudes y diversas formas de ver sus vidas y su entorno. Cinco días en los que estaremos siempre con ellas, conociéndolas mejor, escuchándolos mucho, porque la película de Silvestre es una película que se detiene en la escucha, en sus conversaciones, en sus lejanías y cercanías, siendo una más en este grupo heterogéneo y muy parecido, cada una con sus historias, sus recuerdos, su pasado, su relación con la sociedad, casi siempre fea y hostil, pero la película nunca cae en el victimismo y la tristeza, sino todo lo contrario, lo hace sin drama y a ratos, muy divertida, mostrando estas seis realidades de forma extraordinariamente cotidiana e íntima, con vitalidad y honestidad, en la que nos acabamos olvidando que estamos en una película, y nos convertimos en testigos privilegiados en conocer a estas seis almas que sin tapujos, ni obstáculos, ni prejuicios hablan entre ellas de todo, sus miedos, alegrías, inseguridades, sus transiciones, sus futuros y sobre todo, sus existencias.
La mágica y cercana luz de Laura Herrero Garvín, que conocemos por haber dirigido los interesantísimos documentales El remolino (2016) y La Mami (2019), en México, y el extraordinario trabajo de montaje del propio director, que además ha escrito, coproducido y dirigido la película, consigue fusionar con sabiduría y naturalidad tanto los interiores, con esa fraternidad y disputa entre ellas, y también, los exteriores, con esas visitas a la mina de carbón natural, con los sedimentos del título, con esas capas y estratos que conforman cada pliegue, y las diferentes rocas que surgen, y la fantástica visita a la cueva, con esas formas que se van creando que estimulan la imaginación y el proceso en el que se encuentra cada una de las diferentes mujeres. El director valenciano no hace solo seis retratos sobre estas mujeres trans, sino que sube muchos más peldaños, porque sus seis mujeres hablan y escuchan, pero sobre todo, nos visibilizan a las mujeres trans, contándonos sus experiencias a corazón abierto, totalmente libres, totalmente sinceras, echando toda la carne en el asador, y lo hacen de forma descarnada y desnuda, mientras comen, se divierten, discuten, se enfadan, conocen el entorno y se conocen entre ellas.
Sedimentos es la película que había que hacer, y hacerla a través de una sensibilidad tan sutil, tan de verdad, sin edulcorantes ni nada que se le parezca, sino así, tan natural, tan cercana, y tan maravillosa, porque por fuera poco, aparte de mostrarnos estas seis realidades trans de estas mujeres, también, nos reímos, porque es muy divertida por momentos, también, tierna y muy de piel y cuerpo, en todos esos reflejos que nos acaban contaminando de vida, de existencias, de ellas mismas, con sus alegrías, ilusiones, tiempos, pasado, sencillez, traumas, y sobre todo, humanidad. Me rindo a los pies de estas seis mujeres: Magdalena, Alicia, Cristina, Tina, Saya y Yolanda, que no solo son ellas mismas, tan transparentes y cercanísimas, sino que en muchas ocasiones durante la película, nos olvidamos de estar viendo una película, porque la propia película trasciende de su hecho para ser otra cosa, vivísima y universal, haciéndonos sentir testigos únicos de estar presenciando una cosa mágica, de verdad y llena de amor y humanidad. Silvestre ha vuelto a hacer una película llena de vida, de conflictos, tanto ajenos como internos, y lanza una película donde el entusiasmo y valentía de sus protagonistas ayuda a que el mundo no lo veamos tan feo y mísero, sino con un poquito de belleza, gratitud, y libertad, que buena falta nos hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
EL VIEJO CAFÉ DE MARINEROS DE GRINDAVIK SE CIERRA.
“No nos podemos convertir en un país al servicio de los demás, porque sino perdemos nuestra alma”
Gudbergur Bergsson
Desde que se conocieron en la Facultad de Ciencias de la Información, Pepe Andreu (Elche, Alicante, 1973), y Rafa Molés (Castellón, 1974), han unido sus fuerzas y talento y han codirigido cuatro películas, cuatro retratos partiendo de una realidad desconocida, incómoda y versátil, que demuestra que los cineastas han cimentado una filmografía basada en la inquietud y la curiosidad de aquello que vive y se transforma, adentrándose en aspectos de la vida, de la memoria y la actualidad más íntima. En Five Days to Dance (2014), su opera prima, nos hablaban de los primeros pasos en el baile de unos aficionados, en Sara Baras: Todas las voces (2017), cruzaban el otro lado del espejo, y filmaban a una de las mejores bailaoras de los últimos años, en Operación Stuka (2018), rescataban de la memoria unos sucesos olvidados sobre las operaciones secretas de los nazis en la provincia de Castellón, y en Picotazos contra el cristal (2019), un documento sobre la educación actual y su cuestionamiento.
Su quinta película juntos, Lobster Soup, se trasladan al pequeño pueblo de Grindavik, en la costa oeste de Islandia, con sus poco más de 2400 habitantes, con sus bajísimas temperaturas, y más concretamente, en el Café Bryggjan, una cafetería junto al puerto, regentada por los hermanos Krilli, el que abre por la mañana y el cocinero de la famosa “Sopa de Langosta”, y Alli, alma mater del lugar, con su imponente físico, su barba blanca, que le da un aspecto de vikingo auténtico, y los demás parroquianos del lugar: el último boxeador de Islandia, el citado Gudbergur Bergsson, novelista y traductor de ”El Quijote” en islandés, y demás viejos marineros, ahora retirados, que hablan del mundo, de su pequeña comunidad, y de aquello otro y más allá. Andreu y Molés huyen del documental de postal, y penetran en el alma del lugar y de todas aquellas personas que conforman tan variopinto y auténtico lugar, mostrando su esencia, su lado humano y sobre todo, el contexto en el que se desarrolla. Un café en el que una vez por semana se habla de los que ya no están, de sus difuntos, otra noche, hay música en directo, y muchos días, se agolpan cientos de turistas, ansiosos por probar su famosa sopa y vivir la experiencia de conocer un lugar con seña e identidad, quizás el último que queda.
Lobster Soup tiene ese aspecto de documental antropológico de esa zona en cuestión de Islandia, con esas formas de ser tan peculiares, sus formas de hablar, de explicar y esos silencios que tanto llenan y cuentan, pero la película no se queda ahí, va muchísimo más allá, porque nos habla de cómo el turismo masivo ha cambiado todo, porque los turistas que llegan a parte de consumir “La Laguna Azul”, un espacio de aguas termales muy concurrido, se pasan por el Café Bryggjan, para degustar su sopa, y ver por última vez un lugar perdido en el tiempo y en el espacio, que todavía pervive a pesar de la globalización y el capitalismo, que todo lo consume y lo compra, aunque será por poco tiempo, porque los hermanos han recibido una sustanciosa oferta y todo cambiará, el café se convertirá en otra cosa, y los lugareños del lugar deberán buscarse otro espacio para pasar las horas y la vida. Aunque los directores valencianos no hacen una película nostálgica y triste, sino todo lo contrario, porque Lobster Soup es ante todo, una obra vitalista, llena de amor y vida hacia unas personas que recuerdan sus años de marineros de competitividad por quién capturaba más pescado, años de mar y de una forma de vida que va despareciendo, porque la película no solo muestra un tiempo que se pierde, sino también, una forma de vida, en la que estos hombres de mar representan, y el Café es ese espacio de tertulia, de amistad y fraternidad, y la película recoge sus últimos meses, donde todos acuden a despedirse por todos los años vividos, todos las charlas, todas las sopas.
Andreu y Molés han construido una película que bebe mucho de la atmósfera y el aroma que desprendía el cine de Ozu y su última película El sabor del sake (1962), con esos amigos bebiendo y recordando su vida, y el primer cine británico de los Loach, Frears y Leigh, donde después de una dura jornada laboral, todos bebían pintas y pasaban las penas, y Kaurismäki, con esos hombres de bar y cafés, con la jarra en la mano y escuchando música en vivo, donde se emana felicidad, amor y fraternidad, y frente todo eso, el voraz capitalismo y ese turismo consumista y devastador que todo lo quiere ver, en el menor tiempo posible, y cuánto más mejor, donde todo se consume y nada se vive, nada se contempla, todo con prisa y ya. Ante esa vorágine estúpida, malsana y contaminante, los tipos del Café Bryggjan son una especie de limbo, de gentes que todavía viven y miran su alrededor, una especie de outsiders como los de las películas de Fuller o Jarmusch, o aquellos pistoleros de Grupo salvaje, de Peckinpah, que ante el avance de los nuevos tiempos con cacharros de motor, incluso algunos que vuelan, ellos preferían seguir siendo lo que eran, seguir siendo auténticos frente a un mundo cada vez más irreconocible, deshumanizado y lleno de estupidez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Encuentro con el cineasta Werner Herzog, con la presencia de Marc Vila y Liliana Díaz, Coordinadores Acceleradora de Cinema – La Selva. Ecosistema Creatiu, y Javier Fuentes Feo, Director Muestra de Cine de Lanzarote, en el Hall del CCCB en Barcelona, el miércoles 20 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Werner Herzog, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la gran labor de la intérprete Marta Altimira, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA