Entrevista a Zoe Stein

Entrevista a Zoe Stein, actriz de la película «Mantícora», de Carlos Vermut, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 23 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Stein, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Lara Pérez Camiña de BTeam, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Vermut

Entrevista a Carlos Vermut, director de la película «Mantícora», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 23 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Lara Pérez Camiña de BTeam, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mantícora, de Carlos Vermut

EL MONSTRUO OCULTO.

“Me gustan tus monstruos. Tienen mucha vida interior… ¿no?. Tienen esa mirada melancólica, como si les preocupara algo…”

El universo cinematográfico de Carlos Vermut (Madrid, 1980), se mueve en los espacios de una aplastante cotidianidad, en los que la acción física está supeditada a lo emocional, a la parte psicológica, a esos mundos interiores donde sus personajes luchan contra sí mismos, deambulando por sus infiernos particulares, en una pesadilla constante del que hacen lo imposible para salir de ella, aunque con resultados extraños y perturbadores. Un cine de terror, peor un terror que de tan cercano, asusta más, porque los monstruos de sus películas no tienen un aspecto terrible, sino que son como nosotros, incluso nosotros, seres heridos que se mueven entre las sombras ocultas, entre las tinieblas de sus realidades, y sobre todo, monstruos sensibles, melancólicos y solitarios que inevitablemente no pueden huir de ellos mismos. Con Mantícora, esa criatura mitológica con cabeza humana y cuerpo de animal, vuelve a los terrenos que transitó en Magical Girl (2014), que era heredera directa de aquella gran sensación que fue Diamond Flash (2011), con esos personajes complejos y sus discutibles acciones, y deja el melodrama de terror que practicó en Quién te cantará (2018).

 

La película se centra en Julián y lo sigue en esa especie de diario de su protagonista, un joven modelador de monstruos para videojuegos, como esa apertura sensacional de la película, en que vemos en la pantalla el resultado virtual del monstruo que está diseñando el protagonista. Un tipo que se debate entre dos realidades, la suya propia, que intenta ocultar por todos los medios, y esa otra, la virtual, aquella en la que su imaginación se suelta y se libera. Todo ese quehacer diario de casa y trabajo, se rompe con la irrupción de Diana, una veinteañera de otra ciudad que está en Madrid cuidando de su padre enfermo, y en un momento de su vida en pleno tránsito, pensando que hacer con ella. Vermut plantea una película sencilla y muy trabajada, donde nada deja al azar, desde el implacable diseño de producción de Laia Ateca, que estuvo en la citada Quién te cantará y en La abuela, con guion de Vermut y dirigida por Paco Plaza, el conciso y cortante montaje que se va a las dos horas de metraje, medida habitual del director madrileño, que firma Emma Tusell, que vuelve a trabajar con el director después de la experiencia de Magical Girl, y esa luz claroscura de tonos suaves que impregna la trama de Alana Mejía González, que tiene en su haber el último trabajo de Carla Simón, y el interesante cortometraje Forastera (2020), de Lucia Aleñar Iglesias.

 

Y qué decir de su asombrosa y peculiar pareja protagonista formada por un Nacho Sánchez, que después que flipáramos con su Ismael en Diecisiete (2019), de Daniel Sánchez Arévalo, en un rol contenido y de hermano mayor, y de su estrambótico Carlo en Doctor Portuondo, la serie de Carlo Padial para Filmin, nos encontramos con otro registro muy diferente en el que da vida a Julián, un tipo solitario y melancólico, como los monstruos que diseña, alguien encerrado que con la aparición de Diana, deberá enfrentarse a todo aquello que esconde. Y la otra parte de esa inusual y bien escogida pareja es Zoe Stein, que nos había encantado en L’oreig (2014), de Blanca Camell, y en la mencionada Forastera, sendos cortometrajes en los que interpretaba a adolescentes, una en el final de un tiempo, y otra, en ayudar a la demencia de su abuelo. En Mantícora es Diana, un joven que, como Julián, se encuentra perdida, sola y sin más vida que una realidad difícil y sin rumbo. Una pareja que nos encanta por su absorbente naturalidad, cercanía y ese lado complejo que también muestran y ocultan según el momento.

 

La película de Vermut es un inquietante y perturbador cuento de terror, que se asemeja mucho a aquellos films de los sesenta y setenta como los que hacían Losey, Melville, Polanski, Saura, Fernán Gómez y Erice, entre otros, donde prima más el aspecto psicológico de los personajes, siempre en espacios domésticos, donde la carga del pasado es sumamente importante, y donde la cotidianidad los ahoga y se sientes desencajados y desplazados del resto y una sociedad demasiado hedonista y material. Las historias del cineasta madrileño se mueven a partir de conflictos invisibles, donde aparentemente, sus individuos parecen ajenos a lo que sucede, donde sus tramas están estructuradas a partir de un crescendo magnífico, en el que a los espectadores nos va envolviendo de forma sutil y elegante, casi sin darnos cuenta, en unas construcciones que recuerdan al imaginario hitchcockiano, recuerdan aquellas de Encadenados, Recuerda y La sombra de la duda, donde se juega a todo aquello que se muestra y a todo aquello que se oculta, en un juego macabro en que el respetado público deberá decidir sobre la moral de las acciones de los personajes, si es que se ve capaz, porque nunca es sencillo y mucho menos claro.

 

Vermut nos habla de temas incómodos, invisibles y muy tenebrosos, peor lo hace de forma inteligente, pausada y sin estridencias ni atajos sensibleros ni ninguna otra artimaña de trilero. Todo lo hace desde la emocionalidad, desde la sensibilidad de acercarse a unos personajes oscuros, a unas personas que no se muestran mucho, de escarbar en su cotidianidad, en sus pequeñas acciones, en sus relaciones sencillas, en todo aquello que está en sus vidas pero hay que acercarse detenidamente para poder verlo, construyendo todo el artificio cinematográfico de la forma más natural e íntima para que todo lo que nos ocultan se revele frente a nosotros, sin obstáculos, sin mediadores, mostrándose en toda su fealdad, mirándonos fijamente, sin poder desviar la mirada, sumergiéndonos en todo eso que intentamos no ver ni aceptar, pero que está, y el cine de Vermut lo mira, lo describe, y sobre todo, reflexiona sobre ello, y lo hace de forma inteligente y brillante. No se pierdan Mantícora, porque indaga en lo más oscuro de la condición humana y aunque no queramos asumirlo, también pertenece a lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Corten!, de Michel Hazanavicius

¡REMI SE HA EMPEÑADO EN SALVAR LA PELÍCULA!

“El cine es cuestión de amor.”

Jess Franco, director de cine

Si exceptuamos alguna película que otra, el cine del director Michel Hazanavicius (París, Francia, 1967), tiene como costumbre instalarse en la parodia para revertir mucho de sus géneros preferidos, como hizo en su exitosa OSS 117 El Cairo, nido de espías (2006), y su secuela, dos años después, donde se daba un festín de carcajadas a costa de las películas de espías y más concretamente, al infantiloide y machista mundo de James Bond. Tampoco es la primera vez que dirige un remake, ya lo hizo con The Search en 2014, en una película serie sobre la guerra. Ni mucho menos, es la primera vez que se adentra en los entresijos del cine y todo lo que queda detrás, como su primer éxito Mes amis (1999), donde dos tipos, un productor de sitcom y un actor se enfrentaban a un cadáver. En The Artist (2011), su película más exitosa, tanto a nivel de público como de crítica, con nominaciones al Oscar y todo, se reivindicaba como autor serio con un excelente retrato sobre el Hollywood de los años veinte, rodada como una película muda y en blanco y negro, eso sí, con sus toques de comedia y burla. Siguiendo la estela de The Artist, volvió al cine y sus genios, en este caso, el de Godard y su relación con Anne Wiazemsky y los convulsos años sesenta en la estupenda Mal genio (2014).

Aunque todo hay que decirlo, con Corten!, nunca nos había divertido tanto ni lo habíamos visto tan desatado y gamberro, quizás la película original en la que se basa tiene mucha responsabilidad, porque One Cut of The Head (2017), de Shinichirô Ueda, película japonesa de fin de carrera, es todo un sincero y apasionado amor al cine, y sobre todo, a las ganas de hacer cine con los medios ridículos que se tengan, la misma sensación que tiene Remi (enamorados hemos quedado con la increíble interpretación de Romain Duris, que nunca lo habíamos visto tan alocado, nerviosísimo y sobre todo, tan encantador), porque tiene el encargo de hacer una película en directo y en plano secuencia, ahí es nada, y se empeñará con sabiduría, fuerza y todo lo que haga falta para acabar el rodaje y por ende, la película. El director francés, muy fiel al original, y con ecos de Zombies Party (2004), de Edgar Wright (una de las más gloriosas parodias del cine de zombies de los últimos años), nos sitúa en el rodaje de una película, en una película que tiene muchas partes dentro de sí misma y también, en una comedia, con muchas texturas y formas.

Empezamos viendo la película de zombies que están filmando, muy a lo serie B, incluso Z, todo muy al uso y destinada al público más gore, en que la comedia es muy disparatada. Luego, pasamos a ver otra película, que empieza unas semanas antes y nos muestran la preparación del rodaje, donde la cámara está más reposada y la comedia es más inteligente y elegante, dentro de lo que cabe. Y finalmente, en el tercer segmento, nos metemos de lleno en el rodaje en sí, y vamos viendo, con todo lujo de detalles, lo que queda detrás, lo que no vemos, como se van desarrollando las situaciones y los innumerables imprevistos que se van sucediendo donde no había nada pensado ni planificado, y todo se hace a lo bestia y de cualquier manera, donde la comedia es muy disparatada, burlona y surrealista, donde encima van a aparecer los zombies reales, a los que nadie del equipo, dentro de ese caos y locura, se percatan que son reales. Todos estos elementos juegan a favor de la película, que no pide seriedad ni mucho menos, sino todo lo contrario, muchas dosis de terror zeta, parodia y muchísima sangre y gore a doquier, en plan salvaje in crescendo y muy bestia.

La cámara de Jonatahan Ricquebourg, que ha trabajado con Albert Serra y Lucile Hadzihalilovic, es la más desatada de todos y todas, porque se sumerge en el rodaje, mimetizando en cada uno de los diferentes personajes y situaciones rocambolescas, en un grandioso trabajo digno de mención, como el extraordinario trabajo de montaje de Michael Dumontier, que corta cuando es precio, dando más importancia a los diferentes planos secuencia, y aglutina todos los momentos de la película, que son muchos, en sus casi dos horas de metraje, que para nada resultan flojas o aburridas, todo lo contrario, mantienen un ritmo infernal y lleno de diversión y locura. La música de un grande como Alexandre Desplat hace lo que falta, creando esa tensión, esa pausa, y esos ataques de nervios entre los personajes. El reparto juega de forma maravillosa a la propuesta de la película, con el ya mencionado Duris, ese antihéroe que viene a ocupar el rol de Jean Dujardin en muchas películas del director parisino, siendo ese cineasta de trabajos rutinarios que desea hacer su película, cueste lo que cueste, ese director, bueno, bonito y barato, para una película pagada por una japonesa que parece de los yakuza, tierna y dura.

La locura en la que se ha enredado Remi, tiene a sus cómplices de turno, que van a muerte con él, como su mujer, una brillante Bérénice Bejo, musa de Hazanavicius, aquí convertida en Nadia, una caracterizadora muy peculiar con sus momentos de karate. Y otros intérpretes como Grégory Gadebois, que repite con el director, y otros, al igual de divertidos y desatados, como Mathilda Anna Ingrid Lutz, como un actriz con poco talento, Finnegan Oldfield, el actor que lo piensa todo y demasiado, y otros integrantes del equipo a cual más nervioso y perdido. Hazanavicius ha construido un remake muy digno, y ha hecho una película que es una profunda y sentida cinta de amor al cine, al trabajo de equipo, al esfuerzo titánico y bestial que hay detrás de cada película, y sobre todo, al cooperativismo y la confianza que resultan necesarias para llevar a cabo el rodaje de una película, independientemente el resultado artístico de la película, con ese Remi, un director del montón, que va a hacer lo imposible para llevar a buen término su encargo, llevándose a todos los zombies por delante, ya sean reales o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cerdita, de Carlota Pereda

SARA Y LOS MONSTRUOS.

“Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y,  a veces, ellos ganan”.

Stephen King

Desde que apareció el cortometraje Cerdita en 2018, la película se ha convertido en todo un fenómeno con sus más de 300 participaciones en festivales de todo el mundo, y sus más de 90 premios. Su directora Carlota Pereda (Madrid, 1975), con amplísima experiencia en televisión como script, guionista y directora en series como Periodistas, Acacias 38, El secreto del Puente Viejo y Águila roja, entre otras, ya había hecho un par de películas cortas como Las rubias (2016), y Habrá monstruos (2019). Toda esa gran trayectoria hizo que el cortometraje se convirtiera en el largometraje que ahora nos ocupa, y Cerdita se convirtiera en su opera prima y en toda una realidad, que ahora podemos disfrutar todos los espectadores. La película se centra únicamente en una sola jornada, en la que nos cuenta la historia de Sara, una adolescente obesa y apocada, que recibe los insultos y el acoso constante de las demás chicas y chicos.

La película se sitúa en uno de esos pueblos perdidos de la provincia de Extremadura, pero podría ser otro pequeño municipio a lo largo y ancho del país. Es verano, el calor es sofocante y asqueroso tanto en el pueblo como en la carnicería que regentan sus padres. Sara aprovecha el desierto y el silencio de las calles a la hora de la siesta, para acudir a la balsa de las afueras para refrescarse. Cuando todo parece tranquilo, llegan las de siempre, Claudia, Roci y Maca, y se ceban con ella, dejándola a su suerte. Aunque, ese día, en ese lugar, y a esa hora, todo cambiará, porque un desconocido acecha a las chicas, y la realidad triste y oscura de Sara cambiará por completo. Los anteriores trabajos de Pereda se habían instalado en el género, ya fuese thriller o terror, pero sin olvidarse de la idiosincrasia tan de aquí, con toques de humor negro y exponiendo muchos temas como el miedo, los conflictos personales de identidad y con los demás, y todos los monstruos físicos y espirituales que nos habitan y en relación con nuestro entorno y con los que nos rodean.

Cerdita construye su relato a partir de todos esos elementos, personificando en la mirada y el cuerpo de su protagonista, alguien que se oculta ante el recelo y el bullying, mostrándose seca y cerrada ante los demás, alguien con un cuerpo grande, convertida en un monstruo feo y triste en su pueblo. La directora madrileña viaja por diferentes marcos en su primera película, desde el drama íntimo, los conflictos propios de la adolescencia, el despertar sexual, el psycho killer rural, y la venganza, y la redención íntima de alguien que deja ser un patito feo para convertirse en la reina del lugar, situación que la emparenta directamente con Carrie (1976), de Brian de Palma, que está basada en una novela de Stephen King. Pereda recluta algunos de sus más fervientes cómplices como Rita Noriega en la cinematografía, que ya estuvo en sus cortos de Cerdita y Habrá monstruos, y tiene en su haber películas con Kike Maíllo y Álex de la Iglesia, que consigue con esa luz que quema, toda la asfixia y el agobio del personaje y del lugar, tanto de día como esa noche oscura y fragmentada. Otro compañero de viaje es el montado David Pelegrín, también del corto Cerdita, que condensa con aplomo y pausa los cien minutos de metraje, con ese ir y venir entre Sara y el resto, entre Sara pueblo y las afueras, en un constante espejo-reflejo, donde el personaje esta en continuo conflicto consigo mismo, en que el espectador actúa como testigo-juez de sus acciones, porque al igual que ella, sabemos todo lo que ocurre.

El inmenso trabajo de sonido con Nacho Arenas, que estuvo en Las rubias y Cerdita, con más de 120 películas a sus espaldas, en un brutal composición junto a dos fenómenos como Nicolás de Poulpiquet, con más de 190 trabajos y Nicolás Mas, que ha estado en los equipos de Crudo, de Julia Ducournau y Malgré la nuit, de Philippe Grandrieux. Y las nuevas incorporaciones al universo de Pereda como la excelente música de Olivier Arson, habitual en el cine de Sorogoyen, y el gran trabajo de casting de Arantza Vélez, a la que le arropan películas como La herida, Hermosa juventud, A cambio de nada, Verónica y As bestas, que trabaja con Paula Cámara, como en Cerdita. Un reparto bien escogido y mejor trabajado encabezado por una Laura Galán, que repite el personaje de Cerdita, en una composición natural y cercanísima, en la que la vemos sufrir de todo: el infernal calor y a las personajes, esos demonios con patas que siempre serán el animal más peligroso, y la descubriremos en todos los sentidos, tanto en lo sexual y en la rabia que sacará a su debido momento, en lo exterior como en el interior.

El resto el reparto no desentona en absoluto, al contrario, le da una profundidad maravillosa, entre dos “veteranas” como las tótems Carmen Machi, como la madre de Sara, que es capaz de hacer de tía con pasta como de esposa de carnicero y madre de pueblo, y la presencia de Pilar Castro, y un ramillete de intérpretes poco conocidos en la gran pantalla que demuestra una naturalidad desbordante e intimidad, como los sorprendentes jóvenes como Irene Ferreiro como Claudia, Camille Aguilar como Roci, y Claudia Salas como Maca, José Pastor como Pedro, un tipo que estará más cerca de Sara de lo que ella cree, la peculiar pareja de civiles en los que encontramos un veterano muy eficiente como Chema del Barco y el joven Fernando Delgado-Hierro, el Juancarlitos, con esos toques de humor Berlanguiano, y finalmente, Richard Holmes como el desconocido, ese tipo que nadie sabe quién es y que nadie ha visto y que sembrará el terror en el pueblo. Celebramos con gran entusiasmo la llegada al largometraje de Carlota Pereda, porque estamos seguros que su cine seguirá ofreciéndonos relatos contundentes y sensibles sobre nuestra forma de ser, sobre la forma en que nos relaciones con los demás y sobre todo, con nosotros, y con ese aroma de cine de género, ya sea thriller o terror, incluso algo de gore, porque la fusión de relato sobrio y crónica de una sociedad y sus habitantes, con lo más oscuro de nuestro ser, resulta en Cerdita  extraordinario, lleno de fuerza, y brillante, en esta fábula de terror anclada en uno de esos lugares donde nunca pasa nada, pero cuando pasa, pasa de verdad… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los cinco diablos, de Léa Mysius

LA NIÑA OBSESIONADA POR LOS OLORES.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

La trayectoria como guionista de Léa Mysius (Bordeaux, Francia, 1989), es realmente impresionante ya que ha trabajado en películas de Jacques Audiard, Arnaud Desplechin, André Techiné, Claire Denis y Stefano Savona. Ahí es nada. Como directora nos había encantado su opera prima Ava (2017), sobre una niña de trece años que se está quedando ciega durante sus vacaciones junto a su madre, rodeada de playas y mucho sol. Para su segundo trabajo, Los cinco diablos, la directora francesa se ha ido al otro extremo, a un lugar dominado por el frío y la nieve, más concretamente a la pequeña localidad de Rhönes Alpes, al pie de las famosa cordillera, y nuevamente, en el seno de una familia, una familia muy diversa y diferente, encabezada por Joanne, la profesora de natación, el marido Jimmy, jefe de bomberos de piel negra, y la hija de ambos, Vicky, una niña mestiza que está obsesionada por los olores, que logra diferenciarlos y almacenar sus aromas en botes que etiqueta y guarda celosamente.

Toda esa apariencia tranquila, pero muy incómoda y fría, se desatará con la llegada de Julia, la hermana de Jimmy, abre una profunda grieta en el seno familiar, porque destapará un pasado oscuro y tenebroso que el matrimonio intenta olvidar. Además, Vicky descubrirá por azar que uno de sus aromas la lleva físicamente a ese pasado que los adultos se callan. Mysius enmarca su película en el género fantástico, introduciendo el terror en una fábula tremendamente cotidiana y cercanísima, para profundizar en la condición humana, en todas las secuencias de nuestros actos del pasado, y la condena de vivir con esas acciones equivocadas. Temas como la diversidad, el odio, el racismo, la transmisión, la comunicación, el amor frustrado, el peso del pasado, y sobre todo, el silencio como forma de supervivencia y sufrimiento constante. La película juega mucho con los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua, muy presentes en las existencias de los seis personajes en liza, en una estructura clásica en su forma pero enrevesada en su narración, por sus continuos flashbacks que se entienden sin problema, para generar esa oscuridad y silencio del presente y todos los acontecimientos adversos y complejos que vivieron en el pasado los diferentes actores del relato.

La cineasta francesa se rodea de estupendos técnicos para llevar a buen puerto su enigmática y a ratos, mística propuesta, y para ello recupera a dos cómplices de su primer largo, como Paul Gilhaume, que hace labores de coguionista junto a la directora y se encarga de la cinematografía, en un magnífico trabajo donde fusiona con credibilidad e intimidad lo gélido del lugar con la intensidad emocional que viven los protagonistas, donde se maneja con soltura a pesar de la complejidad de la historia, y la cómplice Florencia Di Concilio, en la música, importantísima en una película que debe callar información y construir esa inestabilidad emocional y física tan fundamental en una película de estas características, donde el silencio es tan importante como la música que escuchamos. La incorporación de Marie Loustalot en el apartado de montaje, que impone un eficaz y fabuloso ritmo de cadencia y concisión en un metraje de noventa y cinco minutos, donde abundan las miradas, los silencios y sobre todo, los abundantes secretos que se amontonan en las vidas pasadas y presentes de los personajes.

Un reparto lleno de contención y sencilla composición ayuda a la credibilidad tanto de los individuos como de la inquietante historia que se nos cuenta, encabezado por una extraordinaria Adèle Exarchopoulos como Joanne, esa madre y profesora de natación, que tanto guarda y tanto dolor lleva, con esos extraños baños en el lago helado. La niña Sally Dramé como Vicky, debutante en el cine, consigue con muy poco dar vida y aplomo a una niña que tan importante es en el relato, actuando como testigo del pasado siniestro que recorre a los adultos. Swala Emati como Julia, un personaje que parece una cosa pero es otra muy distinta, crucial en el devenir de la trama. Moustapha Mbengue, ese padre callado, casi ausente, que cada vez tendrá más presencia a medida que los acontecimientos se vayan desatando. Daphné Patakia es Nadine, amiga de Joanne, con su parte de implicación en el suceso en “Los cinco diablos”, un lugar metido en la memoria de los diferentes personajes, y finalmente, Patrick Bouchitey como el padre de Joanne, un tipo que niega muchas cosas y rechaza otras, como su racismo cotidiano, que no vocifera pero existe en mucha parte de la sociedad que no se considera racista.

Léa Mysius demuestra con Los cinco diablos (sugerente título que también es otro misterio que la película revelará a su debido momento), ha acertado de pleno con su mirada crítica a una sociedad cada vez más inmadura emocionalmente, incapaz de resolver sus conflictos, optando por la cobardía, en la que huyen por el distanciamiento y se ocultan en un silencio hipócrita y doloroso. Un relato aparentemente cotidiano, pero muy profundo en su quirúrgico análisis de la condición humana, en esta interesantísima mezcla de amores frustrados, drama íntimo y fantástico y terror, con el mejor aroma de The Innocents, de Clayton, El bebé de Rosemary, de Polanski, El resplandor, de Kubrick o más reciente Déjame entrar, de Alfredson, entre otras, para contarnos una película sobre nosotros, sobre la sociedad en la que vivimos, con nuestros prejuicios, miedos e inseguridades, en la cual debemos mirar al pasado, a todos nuestros errores, y si es posible, enmendarlos, porque el tiempo va en nuestra contra y quizás, nos estamos perdiendo a las personas que más nos han emocionado, y más hemos querido, no tarden, mañana ya es tarde, por la vida siempre pasa y más rápido de lo que nos gustaría imaginar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Innocents, de Eskil Vogt

JUEGOS INFANTILES.

“Los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades”

Michel de Montaigne

El trabajo de Eskil Vogt (Oslo, Noruega, 1974), no es en absoluto desconocido, porque lo hemos conocido por su labor como guionista junto al director Joachim Trier, con el que ha coescrito los ocho títulos del cineasta noruego nacido en Dinamarca. Hace ocho años vimos Blind, su opera prima, en la que retraba de forma sólida y terrorífica de la vida de una mujer que acaba de quedarse ciega, protagonizada por una espléndida Ellen Dorrit Petersen, con reminiscencias de Repulsión, de Polanski. Con The innocents, su segunda película, continúa en el marco y el fondo del cine de terror, pero un terror alejado de clichés y efectismo, un terror psicológico que atrae, fascina y aterra por igual, encerrándonos en un grupo de altos edificios en los suburbios de Oslo, donde un parque y el bosque serán presencias cotidianas en las vidas de tres niñas y un niño que descubren que tienen poderes telequinésicos y otros que pueden controlar la voluntad ajena. Estamos en verano, el barrio está casi vacío, la mayoría están fuera de vacaciones. Somos testigos de los juegos de estos cuatro infantes que tienen entre siete y once años.

Tenemos a Ida de nueve años, en la que la película se posara buena parte de su metraje, también a Anna, su hermana mayor que padece autismo, que acaban de aterrizar en el barrio periférico, y los otros niños, a Ben, pakistaní que vive con su madre que no le hace mucho caso, y juega con Ida, juegos cada vez más siniestros, y por último, Aisha, que entabla una relación muy sensible e íntima con Anna, con la que mantiene un lenguaje secreto. Los juegos infantiles que comienzan como inocentes van adquiriendo connotaciones inquietantes y terroríficas a medida que los niños van conociendo sus poderes y todo aquello que pueden hacer a los demás. The innocents tiene el aroma del mejor cine de terror infantil, como las recordadas The innocents (1961), de Jack Clayton, El otro (1972), de Robert Mulligan, El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, a la que Vogt considera una gran inspiración, y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador, entre otras, donde los niños y niñas son el protagonista, en el que se profundiza en sus interiores, donde el terror adquiere dimensiones profundamente psicológicas y nos envuelven en una atmósfera cotidiana, muy alejada de los lugares abonados del género, y construyendo cuentos naturalistas y transparentes donde el terror se apodera dentro de nosotros, porque puede ser cercano y tremendamente cotidiano.

La cámara de Sturla Brandth Grovlen (al que conocemos por sus trabajos en las interesantes Otra ronda, Rams  y Victoria, entre otras), desciende a la altura de sus protagonistas, componiendo primeros planos cuidando mucho los detalles y planos generales, y se olvida de la negritud habituales para construir una película de día, llena de colores cálidos, donde prima lo paranormal y lo inquietante, en un universo muy desconocido que asusta por su incertidumbre y desconocimientos absolutos. Un exquisito y ágil montaje de Jens Christian Fodstad, que ya estuvo en Blind, que condensa con gran ritmo y su enorme tempo los ciento diecisiete minutos del metraje. La excelente música de Pessi Levanto, ayuda a descubrir los deseos bondadosos y malignos que encierra cada uno de los infantes, y finalmente hay que aplaudir y celebrar el grandísimo trabajo de casting de Kjersti Paulsen reclutando a los cuatro protagonistas y debutantes en el medio cinematográfico: Rakel lenora Flottum como Ida, hija real de la citada actriz Ellen Dorrit Petersen, que se reserva el rol de madre de la mencionada Ida y Anna que hace Alva Brynsmo Ramstad, Mina Yasmin Bremeseth Asheim como Aisha, y Sam Ashraf es Ben, el niño que usa los poderes para calmar ese mundo interior lleno de rabia y miedo.

Vogt no busca el efectismo ni la grandilocuencia, ni mucho menos el excesivo uso del efecto digital, sino que el efecto especial está totalmente integrado en la trama que se está contando, de forma natural y transparente, sumergiéndonos en ese mundo infantil, en esa fábula de niños y niñas donde juegan y muestran el interior de unas vidas precarias, vacías y muy solitarias, con esos adultos que están a la suya, con sus quehaceres cotidianos y sobre todo, muy alejados de la realidad de sus vástagos que, quizás no es tan simple e inocente como creen, porque hay juegos y juegos, y estos niños usan sus poderes para evidenciar en algún caso un tremendo abandono por parte de los padres, y en muchos casos, puede llegar a consecuencias terribles, no solo para ellos mismos, sino para muchos otros inocentes que sufrirán la ira de un niño solo, no querido y lleno de miedo ante ese mundo adulto que va a la suya. El director noruego nos habla de muchos temas, peor lo hace sin lanzar ninguna proclama ni nada que se le parezca, él solo muestra y lo hace desde la verdad, desde las niñas y niño de esta historia, un relato que parece de lo más sencillo y cotidiano, pero encierra muchos de sus temores y peligros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La casa entre los cactus, de Carlota González-Adrio

LA FAMILIA FELIZ. 

“La familia está rodeada de dolor”

Ernesto Sábato

Las imágenes que abren una película deberían ser unas imágenes que fueran acorde con la historia que se pretende contar. En La casa entre los cactus siguen esta premisa con eficacia e inteligencia, porque las imágenes que nos introducen al relato son muy potentes e inquietantes, que nos recuerdan al comienzo de El resplandor, de Kubrick, con esas montañas y la cámara avanzando entre ellas, llevándonos hacia esa casa, una casa anclada en un hueco, alejada de todos y todo, rodeada de abundante vegetación y los imponentes cactus, toda una metáfora de ese lugar, un lugar bello, aparentemente demasiado tranquilo y sobre todo, que encierra un secreto. La ópera prima de Carlota González-Adrio (Barcelona, 1996), que ya despuntó con su interesante cortometraje Solsticio de verano (2019), que también daba vueltas en el entorno familiar y un secreto que se nos revelaría poniendo patas arriba el aparentemente orden.

Con su primera película, no abandona el núcleo familiar ni tampoco ese artificioso espacio de felicidad, porque nos sitúa en algún rural de las Islas Canarias, en la década de los setenta, maravilloso el trabajo de arte de Soledad Seseña, que la hemos visto en películas de Fernando León de Aranoa, Fernando Colomo y Joaquín Oristrell, entre otros, con esa ropa ajustada y volantín, ese mercadillo que abre y cierra la película, y esos coches con el mítico Renault 4 mítico y demás. El guion obra de Paul Pen, basado en su novela homónima, similar proceso que hizo con El aviso (2018), que llevó al cine Daniel Calparsoro, es un cuento de terror, pero a la forma clásica, donde destaca el aspecto psicológico y todo lo que se calla y se silencia, dejando de lado el susto fácil y el subidón de sonido, tan de modo en los tiempos actuales. Aquí, seguimos la cotidianidad de esta familia, en pleno verano caluroso y agobiante, una familia formada por el matrimonio pasados los cuarenta, y las cinco hijas: la mayor, Lis, que perderá la vida trágicamente, después Iris, la joven devoradora de Jane Austen y deseosa de ver, descubrir y enamorarse, luego encontramos a Melissa, la adolescente apasionada del dibujo, observadora e inteligente, y finalmente, Lila y Dalia, las dos gemelas que, algunas veces, optan la personalidad de Margarita.

Una historia bien construida, dosificando la información de forma excelente, como mandan los cánones, con sus estupendos ochenta y ocho minutos que dan para mucho, explicando y callando todo aquello necesario, creando esa atmósfera malsana y perturbadora con el aroma de los mejores relatos de terror de la época victoriana. Todo ese ambiente raruno y frío cambiará con la llegada del intruso, de un visitante inesperado que no pasa de largo sino que se queda, y ese no es otro que Rafa, un tipo que parece perdido o eso al menos dice. La poca experiencia de la directora se nutre como hacía Querejeta en sus películas, con un buen puñado de grandes profesionales como Zeltia Montes en la música, que ha trabajado en thrillers como Adiós, El silencio del pantano y comedias negras como El buen patrón, entre otras, el montaje de Sofi Escudé, que ha estado en trabajos de Mar Coll, en series como Todos mienten y Hache, y en películas tan estimulantes como Las niñas (2020), de Pilar Palomero, y un fenómeno de la luz cálida y transparente como el cinematógrafo Kiko de la Rica, un crack que tiene una filmografía con nombres tan ilustres como los de Medem, Calparsoro, De la Iglesia, Verger y David Serrano, entre otros.

El reparto está muy bien escogido, porque son intérpretes de sobrada calidad y experiencia como Ariadna Gil, sobran los elogios para una de las grandes de nuestro cine, en el rol de una madre protectora y llena de vida, que esconde algo, no sabemos qué, al igual que el padre, un Daniel Grao, que sabe interpretar todo lo que le echen, en la piel de un progenitor que manda y controla a sus hijas. Y luego, están las hijas: Aina Picarolo como Iris, que se ha fogueado en varias series, Zoe Arnao, que la recordamos como Brisa, una de las maravillosas protagonistas de Las niñas, y las dos gemelas debutantes Anna y Carla Ruiz. Amén del visitante, ese recién llegado hostil, alguien que hay que expulsar del paraíso creado por Emilio y Rosa, esos padres junto a sus hijas, que no es otro que Ricardo Gómez, con otro interesante papel como los que ha hecho en El sustituto y en Mía y Moi, generando ese ser del que no se sabe nada y parece querer algo, alguien que aparece de la nada y que viene a desmontarlo todo, una especie de Terence Stamp en Teorema, de Pasolini, pero en otro aspecto del misterio que se cierne sobre esa familia. 

La casa entre los cactus bebe mucho, tanto de la literatura de los cincuenta como del cine setentero, que posaron su mirada en el realismo social, en la violencia de lo rural, en lo atávico y en lo más intrínseco de la condición humana de las gentes de este país, con títulos tan recordados como La familia de Pascual Duarte, de Cela, El Jarama, de Ferlosio y Con el viento solano, de Aldecoa, en los libros, y Furtivos, de Borau, y las adaptaciones de las novelas citadas dirigidas por Ricardo Franco y Mario Camus, respectivamente. Carlota González-Adrio ha tejido una primera película con hechuras, valiente y sobria, alejándose de modas y corrientes de la actualidad, yéndose a los grandes temas de la literatura y el cine, construyendo una interesantísima y profunda reflexión sobre el hecho de ser padres, del significado de construir una familia y sobre todo, las consecuencias de las decisiones por cumplir unos deseos que, quizás, debían haberse quedado en un lugar cerrado, en una de las películas más oscuras y terroríficas sobre los aspectos más profundos e inquietantes de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Atrapados en la oscuridad, de James Ashcroft

EL PASADO NO OLVIDA. 

“El pasado no solo no es fugaz, es que no se mueve del sitio»

Marcel Proust

Nos encontramos en algún lugar de Nueva Zelanda. Siguiendo en automóvil a la familia que forman los profesores Allan Hoaggie y Jill, y sus dos hijos adolescentes. La idea es pasar unos días experimentando con la naturaleza, caminando entre montañas y lagos, solos con sus cosas. Todo parece ir normal, cuando se les acercan dos tipos malcarados armados. Lo que iba a ser un día de excursión, se convierte en una pesadilla para los cuatros miembros. Lo que parece una situación accidental, pronto derivará en un encuentro que tiene poco de fortuna, porque los dos tipos son viejos conocidos del maduro profesor. El director James Ashcroft (Paraparaumu, Nueva Zelanda, 1978), ha cimentado una carrera como intérprete en el medio televisivo que abarca casi tres décadas. Su labor como director se desarrolla en el largometraje y algún episodio para televisión, así que Atrapados en la oscuridad supone su opera prima. Una película basada en la novela homónima de Owen Marshall, en un guion escrito por el propio director y Eli Kent, que ya trabajó en Ovejas asesinas (2006), donde Ashcroft hacía un personaje.

La historia nos sitúa en un thriller psicológico, de marcada atmósfera muy cargada y asfixiante, con pocos personajes, apenas cuatro, y rodeados de la nada, un ambiente desolado alejados de todos y todo, en un relato enmarcado en una sola jornada, un día en el que sucederán muchas cosas, pero sobre todo, el pasado irrumpirá de forma violenta y seca en el presente. Viendo la película es inevitable pensar en películas como Perros de paja (1971), de Sam Peckinpah, Los visitantes (1972), de Elia Kazan, y Defensa (1972), de John Boorman, tres títulos memorables, rodados en apenas dos años, en el que se plantea el enfrentamiento entre lo rural y lo urbano, entre lo salvaje y lo racional, entre lo ancestral y lo moderno, aunque como pasará en la película de Ashcroft, las apariencias siempre engañan y los roles socialmente establecidos cambiarán según avancen las circunstancias. Estamos ante una cinta que también bebe de las películas de terror que tanto se popularizaron a partir de La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, a partir de la premisa de urbanitas que visitan la naturaleza y allí, se encuentran con un mal que los violenta, como ocurría en muchas de las películas de Corman, donde deben hacer frente a una amenaza inesperada.

El cineasta neozelandés construye una película de corte clásico, donde todo avanza de forma sencilla y directa, no hay trucos ni atajos. Todo se cuenta desde el presente y a través de los personajes, en un fascinante in crescendo donde a medida que avanza el metraje, vamos conociendo las verdaderas intenciones de los secuestradores, y la sombra oscura que se va cerniendo entre los captores y las víctimas, que quizás no lo son tanto, porque el juego del gato y el ratón que plantea la historia tiene muchas zonas complejas y los personajes no son todo lo claros que pudieran parecer en un principio. Dos elementos brillan en la oscuridad de la película. La atmósfera terrorífica y sus brutales 92 minutos de metraje, y los grandes intérpretes que están muy conectados aunque no lo parezca. Unos intérpretes que brillan dentro de la oscuridad en la que se desarrolla la película consiguen introducirnos en el meollo de la cuestión, con unas composiciones basadas en los silencios y en las miradas, creando esa tensión brutal que te engancha desde el primer minuto.

La estupenda pareja que forman el veterano Erik Thompson y Miriama McDowell como el matrimonio secuestrado, frente a la tenebrosa pareja de psicópatas encabezados por un excelente Daniel Gillies, dando vida a Mandrake, que deja por un instante sus intervenciones en los blockbuster hollywodienses, para crear un personaje torturado por su pasado, muy violento y sin escrúpulos que no se detendrá ante nada ni nadie, bien acompañado por Matthias Luafutu como Tubs, un personaje mudo que solo ejecuta las órdenes del citado Mandrake. Quizás la parte final de la película nos deja un poco extraños, porque la película nos guiaba hacia otro estado, pero un desliz no empaña la película que plantea Ashcroft, que al ser su primera vez en esto de los largometrajes, queda bien servido y su propuesta convence, entretiene, y sobre todo, genera una tensión espectacular en toda la película, con ese regusto inquietante y terrorífico que tenía y tiene Funny Games (1997), de Michael Haneke, donde la atmósfera perversa y violenta nos acompaña durante toda la película, una sensación de miedo que no te suelta, de esas que nunca olvidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La pasajera, de Fernando González Gómez y Raúl Cerezo

VINIERON DE OTRO MUNDO.

“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”

Gabriel García Márquez

Una película como La pasajera, que quiere contar una historia que entretenga, que distraiga como se decía antes. Aunque, a diferencia de otras por el estilo, su forma radica en algo distinto. A saber, estamos ante un relato que opta por un variopinto grupito de personajes muy distintos entre sí. Tenemos a Blasco, un tipo que habla demasiado, que fuma, que adora su furgoneta de más de veinte años junto a él, y es el conductor de este inusitado viaje por esa España vaciada, y más concretamente, las carreteras secundarias de Navarra. Le acompañan unos pasajeros que comparten viaje a través de una web. Está Mariela, una mexicana que enferma de cáncer quiere reencontrarse con su padre huido años atrás, y luego, tenemos a Lidia, una madre separada que lleva a su rebelde y peculiar hija Marta, junto a su padre. Un cuarteto que pronto verá que su apacible y entretenido viaje derivará en algo turbio y terrorífico, porque recogen a una turista que convierte a la mexicana en una bestia salvaje sedienta de carne humana. Y ahí, empezará una lucha sin cuartel en que la supervivencia será el único viaje posible.

Todo esto arrancó con una idea de Raúl Cerezo (Madrid, 1976), todo un referente en el mundo del cortometraje y en el fantaterror español, que muchos lo conocerán por su prestigioso 8 (2011), que derivó en un guion que firmaron Asier Guerricaechevarría y Javier Echániz, que Luis Sánchez Polack acabó de rematar, en una película que dirigen y coproducen el propio Cerezo que debuta en el largometraje, junto a Fernando González Gómez (Madrid, 1984), con más de una treintena de cortometrajes en su haber, que conocíamos por su sorprendente e hilarante comedia negra Estándar (2020), que supuso su debut en la gran pantalla. A parte de los personajes tan diferentes, otra baza que juega la película es mezclar con acierto y sin prejuicios temas como el slasher, el terror de toda la vida estadounidense donde unos corren porque hay un loco asesino que quiere matarlos, fusionado por lo más intrínseco de aquí, como esa música de Blasco, los pasodobles que le dan un toque nada convencional, y ofrecen otra cosa al relamido tema de los psicópatas asesinos.

La película tiene lugares comunes como el aislamiento, y añade que en La pasajera los asesinos son conocidos de ellos, como ocurría en la inolvidable La noche de los muertos vivientes, todo un referente para el género y para esta cinta, con la noche como aliada, y esa persecución que parece no terminar nunca, donde los que parecían antagónicos acabaran por unir fuerzas por obligación. Como ocurría en la mencionada Estándar, la película se mueve con habilidad e inteligencia por ese terror inquietante bien fusionado con la comicidad, porque la situaciones tienen todos los ingredientes, donde hay poco susto, y esto se agradece, y sobre todo, hay mucha mala uva, donde los roles y los conflictos van cambiando según avanzan los extraños y sorprendentes acontecimientos. Otro de los elementos que hacen de La pasajera una película muy atractiva es su reparto, que se olvida de rostros conocidos, para forman un cuarteto realmente muy interesante. González Gómez rescata de Estándar a Ramiro Blas, en su primer papel protagonista, como el inefable y bondadoso Blasco, un tipo con carisma, muy suyo, muy cañí, amante de los pasodobles, de los toros, y un solitario empedernido con su “Vane”, como llama a su adorada furgoneta, una especie de lobo de mar, en este caso, de carretera, curtido en mil batallas y más.

Acompañan a Blasco tres mujeres, muy diferentes entre sí, como la fabulosa Paula Gallego, que conocíamos como la menor de los Alcántara de Cuéntame cómo pasó, en la piel de la descreída y reacia Marta, que irá dejando su armadura para confiar, y sobre todo, sobrevivir junto a Blasco y los demás, la mexicana Cecilia Suárez como Mariela, una mujer que oculta demasiadas cosas que verá como a medida que avanza la noche todo irá entornándose de otro color, y finalmente, Cristina Álcazar como Lidia, la madre de Marta, muy curtida en series de televisión como la citada Cuéntame cómo pasó y Amar es para siempre, completan este variado y extraño cuarteto que se enfrentará a la noche de sus vidas, perdidos ante todos y todo. La pasajera es un intento loable de hacer un cine entretenido con los referentes del terror, pero añadiendo la idiosincrasia tan de aquí, donde se mueven con naturalidad y buen criterio el terror más reconocible con la comedia más disparatada y negrísima, como ocurría en Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez, en que el thriller se convertía en una comedia terrorífica cuando entraban en el famoso local fronterizo de “La teta enroscada”, y la noche de juerga se tornaba una guerra sin cuartel contra unos vampiros sedientos de sangre, en La pasajera son seres de otro mundo, pero también hay que sobrevivir a sus fieros ataques. Disfruten, pasen miedo y sobre todo, ríanse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA