La vampira de Barcelona, de Lluís Danés

UN MONSTRUO ENTRE NOSOTROS.

“El mal es vulgar y siempre humano, y duerme en nuestra cama y come en nuestra mesa”.

A. H. Auden

Los más cinéfilos recordarán a Hans Beckert, el asesino de niñas de M, el vampiro de Düsseldorf (1931), la célebre y terrorífica película de Fritz Lang, una crítica abierta y directa a otro asesino, el nazismo, que empezaba a resurgir en Alemania. La historia de Enriqueta Martí, la mal llamada “Vampira de Barcelona”, se encamina por derroteros parecidos al del relato de Lang, ya que nos sitúa en una sociedad dividida entre dominantes y necesitados, entre las altas esferas de la Barcelona de 1913, y aquella otra que se pierde entre callejones del distrito del Hospital, llenos de miseria y depravación, por cabarets canallas, rondando putas desdentadas, pidiendo limosna y al servicio de la caridad de los poderosos. De Enriqueta Martí hay novelas, ensayos, incluso una novela gráfica, que rescatan a un personaje del primer tercio de siglo que, muy a su pesar, se convirtió en enemigo público, al que se le atribuyeron desapariciones y horrendos crímenes de niñas. Lluís Danés (Arenys de Mar, Barcelona, 1972), ha construido una carrera muy interesante como director artístico y director, con títulos como Llach. La revolta permanent (2006), sobre la elaboración del trabajo ”Campanades a Morts”, de Lluís Llach, sobre los asesinatos de Vitoria en 1976, o el personal telefilme Laia (2016), basado en una novela de Salvador Espriu, sobre amores trágicos.

Con La vampira de Barcelona, el director de Arenys, se adentra en otro terreno, más ambicioso, peor con la humildad y la personalidad que caracterizan sus trabajos, poco es más. Lo que más destaca la película es su grandísimo trabajo del espacio cinematográfico, que coge de la citada novela gráfica, con su maravillosa ambientación y empleo visual, con las maravillosas siluetas animadas, herencia de  la gran Lotte Reiniger, que agrandan el encuadre, creando esa maravilla de profundidad de campo, donde cada lugar es físico y emocional a la vez, donde un bar se convierte en una calle, y donde los pensamientos y las acciones de los personajes conforman una especie de laberinto escénico, donde todo es posible. El grandísimo trabajo de cinematografía obra de Josep M. Civit, con ese sobrio y elegante blanco y negro, que explica la negrura y sombría Barcelona, con las huellas de la semana trágica de 1909, la inestabilidad política, y la alarmante escalada  social y criminal constante. Un b/n, azotado por elementos de color, como hacía Coppola en Rumble Fish, con ese rojo sangre, o el colorido del burdel, donde acaban todo el esplendor de esa falsa Barcelona, que resalta con la negritud del resto, en un mundo donde sueños y pesadillas se mezclan, perdiendo su verdadero significado, donde todo es pura apariencia, donde en mitad de pocos metros, se anudan la vida y la muerte, como el gran teatre del Liceu, o esas calles siniestras en las que pululan seres desesperadas como el padre que busca a su hija desaparecida.

Sebastià Comas es el periodista-guía que usa Danés para mostrarnos su película y su contexto histórico, que abarca medio año, en un potente flashback, que nos remonta al inicio de todo, o el final, según se mire. Comas (en la piel de un grandísimo Roger Casamajor), es un tipo con ideales, alguien en busca de la verdad, un personaje integro que tropezara con los designios de su jefe, que además es su protegido, alguien que cree en un mundo más justo y real, que alivia con morfina sus trastornos psicológicos, un perdedor en toda regla, un antihéroe como los que habitan en las novelas de Baroja o Valle-Inclán o los westerns de Peckinpah o Hellman, un pobre diablo que lucha contra gigantes en forma de molino, un personaje quijotesco, sobrepasado por sus traumas, intentando encontrar su lugar en un mundo atroz y sin escrúpulos, en una sociedad en mantener las formas y más interesada en el dinero y la depravación.

Comas es el puente de este mundo miserable y lleno de mentiras, porque frecuenta la alta burguesía y los bajos fondos, se relaciona con tipos como el abogado Salvat o el jefe policial Amorós y Madame Leonor, la dueña del prostíbulo, pero también, con gente como Amèlia, una puta sin más, que también intenta huir como Comas, o Fuster, el padre enloquecido, o la propia Enriqueta Martí, una curandera y pobre como tantos de esas calles. La película se construye a través de la investigación de Comas sobre unas niñas desaparecidas, con un guion que firman Lluís Arcarazo y María Jaén (que ya habían estado en los anteriores trabajos de Danés), construyendo todo ese imaginario, a través de un rítmico montaje que firma Dani Arregui, el consumado trabajo con el sonido, y el fuera de campo, y al excelente partitura musical, creando ese universo de fábula, lleno de otros mundos, con ese aire romántico y terrorífico a la vez. Danés opta por la artesanía cinematográfica, desde lo mostrado como el impecable trabajo de vestuario y maquillaje, o lo oculto, como esas pesadillas del protagonista, donde cada mirada y gesto de los personajes se vuelve tangible e íntimo,  como cada objeto o calle, con ideas fantásticas, como la suciedad y la miseria de esas calles empedradas, el sonido ambiental, esas sábanas-lonas que escenifican las calles, o esos momentos fantásticos, donde realidad y pesadilla se confrontan con el protagonista, elementos que ayudan a crear esa atmósfera inquietante y fantástica que recorre toda la película.

Un extraordinario grupo de intérpretes viene elegidos para encarnas los personajes de esa Barcelona como el citado Casamajor, Bruna Cusí demostrando su enorme valía en cada trabajo, encarnado a Amélia, el personaje que más entiende a Comas, la mirada de Nora Navas para ser la mártir de la función, la Enriqueta Martí de turno, y luego, todo un ramillete de estupendos intérpretes como Francesc Orella, Sergi López, Núria Prims, Mario Gas, Pablo Derqui, Anna Alarcón, Francesca Piñón, Albert Pla, y muchos más, conforman un abanico heterogéneo y peculiar como era la Barcelona de 1913, recorrida por el poder absolutista, heredado de las colonias, con ese otro universo, el que se consumía por las callejones oscuros y malolientes del distrito Hospital, en el Raval, donde gentes sin nombre se mueven entre basuras, escombros y olvidos, intentando sobrevivir y existir por algún pedazo de pan que llevarse a la boca, a expensas de una clase dominante que dirige, ordena y disfruta a su merced. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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