Reina Cristina, la mujer que fue Rey, de Mika Kaurismäki

reina_cristina-cartel-6712UN CORAZóN INDOMABLE.

El arranque de la película nos introduce de manera sutil y tenebrosa en el espíritu que transitaba en la Suecia del primer tercio del siglo XVII, un mundo lleno de caos, guerras y destrucción. Vemos a la futura reina Cristina, cuando apenas es una niña de 6 años, obligada por una madre de carácter fiero y trastornada, a besar el cadáver de su padre difunto, el rey Gustavo Adolfo II, que su madre sigue tratando como si estuviera vivo. Después de aquello, Cristina es nombrada heredera y trasladada al castillo para seguir su educación, bajo el amparo de la iglesia luterana. A los 18 años, es nombrada reina. El director Mika Kaurismäki (1955, Ormattila, Finlandia) – empezó su carrera junto a su hermano, el también director Aki, pero a comienzos de los 90 los dos hermanos separaron sus caminos, Mika se instaló en Brasil, donde ha seguido dirigiendo películas documentales, y dirigiendo en otros lugares, donde se ha labrado una interesante filmografía -.

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Kaurismäki, que ha necesitado de una década para levantar el proyecto, encontró en la figura de Michel Marc Bouchard (escritor quebequés de gran éxito, que también ha escrito para Xavier Dolan, y su obra Cristina, la reina hombre, de gran éxito en Canadá en 2012, y posteriormente, traducida al inglés en 2014) el vehículo perfecto para acercarse a la figura de la Reina Cristina. Un enorme esfuerzo de producción que ha agrupado a compañías de cuatro países como Finlandia, Canadá, Alemania y Suecia, y un rodaje de 40 días realizado en el sudoeste de Finlandia, y en la región de Bavaria en Alemania, para contar una película de época, cuidada hasta el más mínimo de los detalles, que huye de obras ambientadas en ese marco, aquí no hay heroísmos ni grandes discursos, ni la épica de grandes batallas y conquistas, la cinta viaja por otros derroteros, se centra en los personajes, empezando por la Reina Cristina, una mujer educada como un varón, ejecutiva, contradictoria, excéntrica y solitaria, que tiene que lidiar con su país, enfrascado en una guerra, llamada de los 30 años, entre católicos y protestantes, que la Reina quiere zanjar, y las continuas conspiraciones que le acechan. Una mujer adelantada a su tiempo, que tuvo que elegir entre la pasión y la razón, moderna, de espíritu libre, que lucha a espada con todos sus enemigos para modernizar su país del oscurantismo de la religión, dotando a su país de ideas nuevas, basadas en las ciencias y artes.

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Kaurismäki centra su relato en la Reina Cristina, en su mirada y sus gestos, su manera de moverse y ocupar la secuencia, una mujer que se mueve en un mundo dominado por hombres, que se enfrentará a todos y a ella misma, para ser la persona que quiere ser, y amar a quién desea, como su amor por la Condesa Ebba Sparre, a la que hace dama de compañía, y compañera de lecho, una relación oculta, y llena de deseo y pasión, que la llevará a múltiples problemas y conflictos, elegir entre su pueblo y ella, entre lo que uno siente, y lo que los demás desean. La amistad con el filósofo René Descartes le guiará a abrir su mente, a decidir por ella misma, abandonando la voluntad de Dios, y aceptar que más allá de las murallas de su reino y su vida, hay un mundo de saber y conocimiento que la espera a ser conquistado. Una película arrolladora, de excelente concepción formal, de narración enérgica, con personajes complejos y pasionales (como el canciller, aliado de la Reina), o los hombres que quieren conquistar el corazón solitario e independiente de la monarca, o la figura de la madre, que odia a su hija). Excepcional el trabajo de todo el elenco (en la que destaca la figura de Malin Buska, que interpreta con sabiduría y temple a la inquieta y confusa Reina). Una cinta de bellísima y fría luz obra de Gy Dufaux (cinematógrafo de Dennys Arcand, entre otros), que desde un tiempo pasado, aquel 1632, edifica las relaciones y lazos con la historia actual, con sus intrigas, conspiraciones y enfrentamientos políticos, en la que un mundo antiguo se niega a desaparecer y luchará para no hacerlo, enfrentado a otro, uno moderno que avanza sin cesar, a pesar de los obstáculos, para iniciar otro camino, provocando un cambio en la manera de pensar, dotado de una naturaleza más abierta, humana y honesta.

K2. Tocando el cielo, de Eliza Kubarska

poster_castUN VIAJE AL PASADO.

“Lo que uno descarta de un minuto no lo restituye una eternidad”

Kurt Diemberg

El verano de 1986, nueve expediciones se instalaron en el campamento base con el objetivo de alcanzar la cima de la montaña del K2, una de las más peligrosas del mundo, por la vía más complicada. Trece alpinistas perecieron. La cineasta y alpinista Eliza Kubarska (1978, Lodz, Polonia) – autora de prestigiosos documentales como What happened on Pam Island, filmado en Groenlandia, o Walking under water, sobre la tribu Badjao, una comunidad nómada en peligro de extinción que vive en las aguas del sudeste asiático – en compañía de cuatro de los hijos de tres alpinistas que murieron, vuelven al lugar que vieron sus progenitores por última vez, con el fin de encontrar respuestas y recordarlos.

Kubarska plantea una película breve (72 minutos) en el que recoge con su cámara la belleza y el abismo del entorno, de una manera serena y tranquila, en la que naturaleza se alza majestuosa en un lugar desolado y gélido. Un espacio que sigue atrayendo a cientos de alpinistas de todo el mundo, en la que unos alcanzarán la gloria conquistándola, y otros, encontrarán la muerte. Un documento que nos habla sobre la naturaleza humana, y sus múltiples complejidades, sobre materializar la pasión, aunque conlleve un riesgo muy alto para la vida. Las difíciles decisiones de la vida, entre elegir dar rienda suelta a la pasión que bulle en nuestros interiores, o formar una familia, asumiendo las obligaciones que lleva la maternidad. La propia directora, madre y alpinista, se pregunta a sí misma y pregunta a sus protagonistas, los hijos de aquellos que ya no están, sobre su pasado, aquella infancia alejados de sus padres, y luego, crecer sin la figura ausente.

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Habla con ellos, su cámara penetra de manera íntima y cercana en sus almas, en sus miedos, críticas e inseguridades con respecto a la vida de sus padres, mezcladas con imágenes de archivo grabadas por los alpinistas fallecidos, y a sus diarios personales, en los que van explicando lo que van sintiendo en su expedición, mientras los acompaña filmando cada uno de sus pasos, sus alientos y emociones, en una travesía de homenaje a sus padres, a su pasión, y sobre todo, a ellos mismos, a entender a unos padres, que no conocieron profundamente, que les parecen extraños, pero al fin y al cabo, eran sus padres, a los que aman y odian. Kubarska deja para el tramo final de su película, el testimonio del único superviviente de aquella expedición, Kurt Diemberg, en el que explica las razones de ser alpinista, momentos profundos e íntimos de sus amigos fallecidos, e indaga en la montaña del K2, su inagotable belleza acompañada de su extrema peligrosidad. La cineasta polaca ha conseguido una película humanista y sobrecogedora, de aparente sencillez, y extrema sensibilidad, que nunca cae en el sentimentalismo ni la compasión construyendo un documento de grandísimo valor didáctico, que no solamente recoge la experiencia de unos alpinistas fallecidos, y la memoria de sus hijos que vuelven al lugar tres décadas después, sino coloca el foco en las complejidades del alma humana, y los deseos e ilusiones que nos mueven en nuestras vidas, que nos llenan de vida, aunque contradictoriamente, también nos la pueden quitar.

Mi amor, de Maïwenn

169429AMAR EN EL ABISMO.

«L’Âge d’Or es también —y sobre todo— una película de amour fou (amor loco), de un impulso irresistible que, en cualesquiera circunstancias, empuja el uno hacia el otro a un hombre y una mujer que nunca pueden unirse.»

Luis Buñuel

Enamorarse puede ser la emoción más profunda y placentera que existe, aunque también, puede convertirse en todo lo contrario, en una emoción destructora y terrible. La actriz-directora Maïwenn (1976, Les Lilas, Francia) que ha trabajado como actriz bajo las órdenes de directores como Becker, Besson o Lelouch, entre otros, aquí se pone tras las cámaras, en su cuarto título de directora, para contarnos una historia de amour fou, de amor al límite, que arranca de forma pasional y placentera, para derivar en una historia de amor destructivo, neurótico y catártico.

Maïwenn nos conduce por las existencias de una mujer, Tony, abogada, que pasa de los cuarenta, atractiva, pero no guapa, que conoce a Giorgio, que lleva un restaurante con clase, de la misma edad, pasional, alocado, manipulador y actractivo, acostumbrado a una vida desordenada, excesiva y visceral. La bomba del amor, y todo lo que eso conlleva, estalla entre los dos y comienzan una relación al límite, no hay tregua, todo es irracional, sin tiempo, a velocidad de vértigo, se aman, se gritan, y se matan. El tiempo se va fugazmente y el futuro no existe, existe el aquí y ahora, pero de una forma combativa y sin tregua, entre el uno y el otro. Se dejan llevar y viajan a través de un abismo que los mantiene a flote en una cuerda floja que tensan y rompen, que los hunde, pero se levantan, se caen y así van. Se casan y tienen un hijo, y empiezan las disputas de carácter, de relación, de modo de ver las cosas y sobre todo, de manera de vivir. La cámara de Maïween se mueve entre ellos de forma íntima y cercana, pegados a ellos, los escruta, filma sus miradas, sus cuerpos de manera naturalista y honesta, el sexo se vive de forma contundente y verdadera, no hay ningún truco, la cámara los acaricia y seduce, respira a su ritmo, escucha sus respiraciones, huele lo que desprenden, y todo aquello que ronda a su alrededor, amigos, familia, trabajos, y lugares por donde transitan su relación oscura, terrorífica y demoledora.

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La directora francesa opta por el punto de vista de ella para contarnos la historia. Arranca desde el presente, cuando Tony ha sufrido un accidente, se ha roto la pierna y se encuentra en un centro de rehabilitación recuperándose. Tony nos cuenta la historia, a modo de flashback, de esos diez años con Giorgio, cómo se conocieron, se enamoraron y compartieron su vida. La película viaja de un tiempo a otro, sin vacilar, con energía y fortaleza, mostrando la fragilidad del amor, de nuestros sentimientos y las relaciones que mantenemos con los demás, los instantes de felicidad y tristeza, los altibajos que sentimos, todos esos momentos mezclados, fusionados, difíciles de llevar, que nos hacen sentir vivos, pero también nos hacen sufrir, espacios donde no existe el equilibrio, todo es blanco o negro, y nosotros yendo de una emoción a otro, la que nos hace vibrar o nos ahoga, la que amamos o nos acojona, la que mataríamos por ella, y la que nos mata. Maïwenn ha hecho una película brutal, llena de vida, y tremendamente visceral, de un amor duro y en ocasiones violento, de ese amor que te engancha y trastorna, que no te deja aire para respirar, que te asfixia, pero no puedes dejarlo, no sabes porque, pero no puedes, sigues en el cómo si te fuese la vida en ello, no lo entiendes, pero sigues. Una pareja protagonista en estado de gracia, que interpretan unos personajes devoradores y apisonadores, Vincent Cassel, al que amamos pero también detestamos, por su forma de vivir y relacionarse, y ella, Emmanuelle Bercot, interpretación que le valió la Palma de Oro en Cannes, se lanza al vacío con este personaje que lucha, grita de dolor, llora de rabia, pero ama con locura y vive agitada por el viento, el aroma de la pasión, pero también conoce lo oscuro de amar y todas sus consecuencias.

Carol, de Todd Haynes

carol-cartelMUJERES QUE SE AMAN.

“Sus ojos se encontraron en el mismo instante, cuando Therese levantó la vista de la caja que estaba abriendo y la mujer volvió la cabeza, mirando directamente hacia Therese. Era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura. Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego. Atrapada por aquellos ojos, Therese no podía apartar la mirada. Oyó que el cliente que tenía enfrente le repetía una pregunta, pero ella siguió muda. La mujer también miraba a Therese, con expresión preocupada. Parecía que una parte de su mente estuviera pensando en lo que iba a comprar allí, y aunque hubiera muchas otras empleadas, Therese sabía que se dirigía a ella. Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo. Sintió como le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más”.

(Extracto del libro “El precio de la sal”, de Patricia Highsmith).

Los primeros cinco minutos de una película son suficientes para conocer el espíritu de la misma y hacía donde nos pretenden llevar. El arranque de Carol es sublime e hipnotizador. En un fondo negro escuchamos el sonido del tren, luego entra la música de Burwell y sobre una especie de rejilla comienzan a aparecer los títulos de crédito. La cámara avanza, sale de la estación e irrumpe en plena calle, automóviles y personas de arriba abajo, absorbidos por la vorágine de la gran ciudad. Es viernes por la tarde, nos encontramos en Nueva York, en 1950. La cámara continúa hasta entrar en un restaurante, allí descubrimos el punto de vista que hemos estado siguiendo, un joven que, tras saludar al barman detrás de la barra, mira a su alrededor y observamos en panorámica el interior del local. La cámara se detiene en dos mujeres que comparten una mesa, el joven reconoce a la más joven y se acerca. El joven las interrumpe (situación similar a la planteada en Breve encuentro), todavía no las conocemos y menos de que estaban hablando, lo sabremos más tarde. La sexta película de Todd Haynes (1961, Los Ángeles) está contada a modo de flashback, iremos descubriendo suavemente el relato que nos cuentan, una película arrolladora, ejecutada desde lo más íntimo, contada con una elegancia que abruma, una mise en scène sublime y elegante, dominada por los colores cromáticos y esa luz velada e invernal, y de comienzos de primavera tenue que inunda de melancolía y tonalidades oscuras la pantalla, en la que los personajes están dispuestos y dirigen su mirada a través de cristales (como ocurría en la reciente La academia de las musas, de Guerín), unos encuadres que te dejan sin palabras, que enamoran en cada plano, que no deja indiferente, que captura con lo más sencillo, como una brizna de hierba, que recitaba Lorca.

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Haynes nos sitúa en la década de los 50, en aquel Nueva York después de la segunda guerra mundial, en aquel país que comenzaba a despertar después de la pesadilla, en un país que debía enfrentarse a sus miedos y sobre todo, a su moralidad, enfrentada a esa modernidad que traía nuevas costumbres y que avanzaba sin detenerse. Nos cuenta la historia de amor entre dos mujeres, tenemos a Therese Belivet, una joven de 20 años que trabaja como dependienta en unos grandes almacenes, pero su gran sueño es dedicarse a la fotografía, sale con Richard, un joven que aspira a convertirse en su marido y vivir felices en una casa rodeados de hijos. La otra mujer, Carol Aird, es una mujer madura y elegante, con una hija y en proceso de divorcio de su marido Harge, que le ofrece una vida burguesa pero carente de amor y vida. La película cuestiona y de qué manera el American way of life, como hacía el novelista Richard Yates (1926-1992) en su obra (Revolutionary Road, Once maneras de sentirse sólo, entre otras), esas vidas atrapadas y succionadas por el American dream, esas vidas enloquecidas por el éxito personal, donde la cotidianidad se consume con amigos idiotas, que se pavonean de su riqueza y de su país, donde hay meriendas en el jardín, trabajos para la comunidad, fiestas nocturnas en mansiones, y esa idea del matrimonio perfecto con hijos rubios y bellos, existencias vacías y solitarias que claman por una vida más plena y sencilla, más acorde con lo que sienten. Basada en la novela de Patricia Highsmith (1921-1995), publicada en 1952 con el título El precio de la sal y seudónimo de Clarice Morgan, sería el segundo libro de la autora después de Extraños en un tren. Una adaptación eficiente y maravillosa que ha hecho Phyllis Nagy (que ya había adaptado a la Hihgsmith de El talento de Mr. Ripley en teatro, y realizado con éxito para televisión Mrs. Harris, una tragedia que escribió y dirigió, en la que una mujer asesinaba a su marido del que se había separado). Haynes que subió a los altares del melodrama con Lejos del cielo (2002), una historia protagonizada por Julianne Moore situada en los 50, donde se criticaba duramente la sociedad puritana que rechazaba lo diferente, y  Mildred Pierce (2011), la miniserie de 3 episodios que protagonizó Kate Winslet, en la que durante la época de la gran depresión, una madre soltera lucha para que no le quiten a su hija. En Carol, se manejan los mismos derroteros, la (in)feliz ama de casa y la madre soltera tienen mucho que ver con el personaje de Carol, aunque ésta lleva su pasión más allá poniendo en peligro la custodia de su hija, la cual le quieren arrebatar por su conducta inmoral.

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Haynes propone un relato de ritmo cadencioso, de manera íntima y acercándose con encanto y sigilo a sus criaturas, una mujeres que tienen que enfrentarse a lo que sienten, y luego a esa sociedad fascista y burguesa que rechaza de forma salvaje lo que se sale de la norma, lo que no entienden ni tampoco quieren entender. El cineasta estadounidense que ya deslumbró con I’m not here (2007), en la que nos contaba la vida del músico Bob Dylan, a través de varios intérpretes que lo encarnaban desde su juventud hasta su madurez, con una increíble Cate Blanchett que asumía de forma admirable el rol del carismático músico. Aquí, vuelve a encandilarnos con este melodrama sobrio y maravilloso, como los de antes, como los que hicieron los maestros Douglas Sirk (Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Imitación a la vida, entre otros) o John M. Stahl (Sublime obsesión, Débil es la carne, Que el cielo la juzgue, etc…), historias de pasión devoradora, de amor en su infinita locura, amores difíciles, arrebatadores, complejos, rodeados de esa sociedad estadounidense que pretende ser ejemplo y acaba siendo castradora y perversa. Haynes nos sumerge en una love story, en una historia de amor de verdad, de ese amor que se siente profundamente, que te atrapa y domina, del que no puedes escapar, del que te abruma y te pierde, dejándote sin aliento. Un amor donde la pasión y el deseo se materializan de modo natural y sin poder detenerlos, (la secuencia de sexo, que viene precedida de ese viaje en automóvil, entre las dos mujeres, filmada con un romanticismo y candidez contundente, ejemplifica sus sentimientos más profundos y ese espacio de libertad que no disfrutan en su realidad), una voluntad por encima de la razón, por encima de todo, y de uno mismo. Dos mujeres que se aman, que se desean, que descubren que su relación las completa, les llena ese vacío que inunda sus vidas, un amor sincero e inolvidable, aunque frente a ellas, está esa sociedad americana puritana y conservadora, que las rechaza, las juzga y las castra, que aniquila y extermina cualquier modo de vida o pensamiento que no sea el suyo, el inmovilizado, el de familia feliz con hijos.

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Haynes nos devuelve ese cine clásico, pero con una mirada actualizada y revisada, como hizo Fassbinder en 1974, en otro tono, con Todos nos llamamos Alí. En el que devolvía y colocaba en el lugar que se merecía Sólo el cielo lo sabe (1955), de Sirk, explorando aquellos temas que Sirk no pudo ejecutar en libertad, valiéndose de una viuda que se casaba con un inmigrante marroquí y veía como era criticada y juzgada. El realizador estadounidense nos entrega una obra sobre la mirada, el oficio de mirar, sobre el deseo y la pasión, un ejercicio memorable y brutal, de una contundencia que sobrecoge, filmada en estado de gracia, donde vuelve a contar con algunos de sus más íntimos colaboradores, como Ed Lachman, su cinematógrafo en buena parte de su filmografía, y dos colaboradores que estuvieron en Mildred pierce, el montador Affonso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los hermanos Coen), que nos regala una composición sutil y conmovedora que registra de forma audaz y mágica todas las miradas, gestos y silencios que se dedican las dos excelentes actrices, una Cate Blanchett que, domina todos los registros interpretativos, componiéndonos una señora valiente y fuerte que deberá, no sólo enfrentarse a sí misma, sino a una sociedad que la juzga y la condena, y la presencia de Rooney Mara «un ángel caído del cielo», como la define Carol (muy alejada de la hacker tatuada de las adaptaciones de las novelas de Larsson) aquí nos encandila con esa mirada inquieta y nerviosa (en ocasiones recuerda a la Audrey Hepburn de Desauyno con diamantes o Dos en la carretera), encarnando a esa luz apagada que no siente ilusión por la vida, que camina perdida y sin esperanza, hasta que se encuentra con Carol Aird, y entonces, para la joven There Velivet, todo cambia, y cambiará para siempre… como nos canta en un momento la gran Billie Holyday en su Easy living:

“Living for you is easy living.

It’s easy to live when you’re in love.

And I’m so in love.

The is nothing life but you”.

 

Encuentro con Isabel Coixet

Encuentro con la cineasta Isabel Coixet, con motivo de la programación en la Filmoteca de Catalunya de la retrospectiva íntegra de su obra, y el ciclo Dones (Bastant) perdudes, elegido por ella. El evento tuvo lugar el lunes 11 de enero de 2016, en la cafetería de la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Coixet, por su tiempo, conocimiento y sabiduría, y a Pilar García de Comunicación de la Filmoteca, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y cariño.

La academia de las musas, de José Luis Guerín

La-academia-de-las-musasFILMAR LA PALABRA.

“El cine no será libre hasta que no pueda ser hecho con la misma sencillez que un poema”

Jean Cocteau

El cine de José Luis Guerín (1960, Barcelona) arrancó con decisión en su primera película, Los motivos de Berta, filmada en 1983, donde a través de un híbrido entre el cine documental y el de ficción construía una obra propia e inusual. Tuvieron que transcurrir siete años para volver a disfrutar una película de Guerín, Inisfree, filmada en el mismo pueblo que John Ford hizo El hombre tranquilo, que además de retratar a unas gentes y unos lugares, pretendía dejar testimonio de un modo de vida que desaparecía, luego llegó Tren de sombras (1997), un homenaje al cine a través de las películas amateur, donde el reto consistía en asistir al proceso de recuperación de los negativos olvidados. En el año 2001, realiza En construcción, junto con alumnos del máster UPF de documental de creación, una película fundacional en su cine, que marcará una nueva forma de mirar y filmar sus obras, la narración, aludía directamente a su título, donde además de testimoniar la transformación urbanística del barrio del Raval de Barcelona, el film mostraba los aspectos formales de construcción de la propia película. En el 2007, En la ciudad de Sylvia, filmada en Nantes y en francés, que en cierto modo es una adaptación de la edición que hizo Raffaele Pinto de La vida nueva de Dante, seguía a un joven dibujante que buscaba incesantemente a una joven que conocía tiempo atrás, a partir de la mirada y la ensoñación y la abstracción construía un relato sencillo sobre la imagen y la figura de la mujer como mito del deseo y el amor. Guest, del 2011, nacía a partir de la anterior, porque debido a los innumerables festivales donde fue invitada, Guerín documentó con su cámara de video, no el festival ni su devenir, sino los aledaños y lugares de las ciudades que no aparecían en el foco, iluminando una hermosísima película donde los personajes y lugares se apoderaban de su mirada y de la construcción de la propia obra.

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Ahora, nos llega La academia de las musas, donde recupera al profesor Raffaele Pinto y filma su experiencia pedagógica, como nos anuncia en el texto informativo que abre la película, una obra hija de la crisis, sin ayudas ni instituciones detrás, rodada con un equipo mínimo, Guerín y Amanda Villavieja, su sonidista habitual. La película arranca en la Facultad de Filología de Barcelona, donde Pinto imparte un seminario de poesía sobre La divina comedia, de Dante. Unos alumnos escuchan atentamente y algunos intervienen. Guerín lo filma de modo documental, casi amateur, nos invita a su dispositivo para que seamos testigos, junto con él, del descubrimiento de la película. Narrada con estructura de cuento, otro texto informativo ( muy del uso del cine mudo, que nos acompañarán durante el resto del metraje) nos conduce hasta la casa del profesor, donde aquí Guerín nos sumerge en el campo de la ficción, que ya no abandonará, donde la forma y la mirada adquieren otro sentido, a la distancia que marca lo que se nos está contando. Pinto dialoga/discute con su mujer, Rosa Delor Muns, (sus momentos se caracterizan por la comedia y la ironía) ésta se posiciona en contra de la idea de las musas, y la imagen de la mujer, es la voz disentida, la mujer que no cree en absoluto que la poesía servirá como redención de este mundo, (un instante que parece extraído del cine de Bergman y sus Escenas de matrimonio). La película se desarrolla a partir de la palabra, de los diferentes diálogos y posiciones, donde hablan de sus experiencias y relaciones, (donde conviven de manera natural los diferentes idiomas, castellano, catalán, italiano y sardo) que mantendrán las alumnas, Mireia Iniesta y Emanuela Forguetta, que confluyen con la idea de amor romántico que propone el profesor a través de la poesía de Dante. El deseo, las emociones y la materialización del amor son el contenido de las diálogos que mantienen los personajes en los pasillos de la universidad, en el café Estudiantil o en el interior de los automóviles, (donde podemos adivinar el cine de Rohmer o Rivette, o a los Garrel o Hong Sang-Soo) donde Guerín mantiene su cámara fuera, en la calle, y utiliza de modo acertado los espejos y el reflejo que inunda el espacio de sus personajes, donde los rostros de sus protagonistas se convierten en formas desdibujadas y fascinantes.

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El viaje y la experiencia que nos propone Guerín, nos lleva hasta la isla de Cerdeña, a conocer a sus pastores y su lengua, el sardo, y cómo se relacionan con la naturaleza a través de sus cantos, paisaje del origen de la palabra, a esa Arcadia perdida, al paraíso donde la palabra vive y late con más fuerza, a escuchar el sonido del viento, de los pájaros, a inundarnos con las emociones que no se ven, y a descubrir que en sardo no existe la palabra amor (uno de los momentos más bellos de la película), donde el universo de Rosellini contamina la película, y el documento trasciende a la propia obra, y en el lado opuesto, también nos conducirá hasta Nápoles, en las inmediaciones del lago Averno, donde según Dante, se encontraba la puerta del infierno, filmado de forma abstracta y casi fantasmagórica, donde el lugar y las imágenes se convierten en un reflejo del interior de los personajes (como ocurría con Ingrid Bergman en Viaggio in Italia). Es la película de Guerín con más comedia, las situaciones que se provocan y la ironía que se utiliza nos lleva a momentos de grandes carcajadas, (donde irrumpe el estilo de la comedia clásica de Hollywood de los Cukor o Hawks). Una obra que muestra la capacidad de seducción de la palabra, llena de reflexión y conocimiento, también de sombras y lugares extraños, de personajes vitales e ilusos, de razonamientos, equívocos y frustraciones sobre el amor, el deseo, la pasión, la seducción y la creación. Guerín ha fabricado una hermosísima obra, una obra de resistencia, de amor al cine, a filmar las experiencias vitales del cineasta y los cómplices que le rodean, la capacidad de emocionarnos con lo mínimo (ausencia de música extradiegética), donde el cine, la pintura, la literatura, y demás artes confluyen de manera hipnotizadora y conmovedora, en el que los personajes siguen fieles a lo que sienten a pesar de los golpes que reciben, en el que ya no importa tanto que sucede y cómo, sino la naturaleza de vivir y experimentar mientras se va descubriendo y haciendo la película, donde todo sucede de la forma más sencilla posible, pero que en su interior, encierra las más bellas y profundas emociones humanas.

La Novia, de Paula Ortiz

023043EL AMOR QUE ARRASTRA Y DEVORA

“porque me arrastras… y voy… y me dices que me vuelva… y te sigo por el aire… como una brizna de hierba…”

La obra Bodas de Sangre, de Federico García Lorca, se escribió en 1931 y desde entonces, este poema trágico en 3 actos y 7 cuadros, escrito en prosa y verso, ha sido representada en infinidad de representaciones teatrales y es una de las obras más famosas y traducidas del autor. En cine, ha habido pocas adaptaciones, la más conocida es la que hizo Carlos Saura en 1981, basada en el ballet Crónica del suceso de bodas de sangre (1974) de Antonio Gades. Ahora, nos llega esta adaptación libre, escrita por la directora junto a Javier García Arredondo, también editor de la cinta, que recoge el espíritu de Lorca de un modo poético, magnético y evocador, dirigida por Paula Ortiz (Zaragoza, 1979) que ya apuntó maneras con su primera película De tu ventana a la mía (2011), premiada en la Seminci, donde a través de tres mujeres de diferentes edades y épocas, realizaba una obra de gran calado formal y estético, en el que construía un mundo muy personal y lírico.

En su segunda obra, se enfrenta al texto lorquiano, en el que en cierta medida, ya había acariciado en su anterior película, en uno de los segmentos, en el que se situaba a comienzos de los 40, donde Inés, una mujer que vivía en el campo, de la siega, que aparte de sufrir el sol abrasador y las dificultades de un mundo hostil, tenía que sobrevivir angustiada por tener a su marido preso. Ortiz nos envuelve en un mundo onírico, lleno de simbología y magnetismo, ya desde la primera imagen que vemos, donde una mujer enfangada con la ropa hecha jirones y el rostro oculto, lanza un alarido de auxilio o de rabia. Corta a un grupo de mujeres, y un hombre, todos de cierta edad, de espaldas a nosotros, en situación de espera. Aparece la novia, sucia y perdida, que camina hacia ellos, como un espectro, sin vida y sin alma. En ese instante, arranca la película, al inicio de todo, cuando se desata la tragedia que vamos a ver. Un joven novio, acaudalado y enamorado de la novia, que ahora rezuma azahar y jazmín y una belleza y una tez morena que hipnotiza y vuelve loco. Se van a casar, aunque ella quiere a otro, ama a Leonardo, pero éste se casó con su prima. Los tres, que fueron amigos de siempre, ahora distanciados, se ven inmersos en los odios ancestrales de sus familias, que arrastran el dolor por las muertes a navajas que hubo en el pasado.

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La cineasta aragonesa ha capturado de forma magnífica y poética el verso de Lorca, el cual transcribe de forma mimética en la película, no añade nada que no pertenezca al autor granaino, ha localizado los escenarios que se respiran en la obra en dos lugares lejanos entre sí, pero entrelazados en la película, la Capadocia turca (escenario de las películas de Nuri Bilge Ceylan) con sus caminos y casas tallados en la dura roca caliza, y en Los Monegros, ese desierto árido, de mala tierra, que hay que trabajarla y llorarla, de sol abrasador, que quema y no deja respirar, que mata el alma de los que andan por ahí, de ese calor agobiante que revuelve el estómago, que no deja vivir, que se clava en la garganta como puñales. Ortiz acoge los elementos lorquianos de forma magistral, cotidiana e hipnótica, el caballo de Leonardo (el único personaje con nombre), ese hombre que cabalga en libertad al acecho de la amada, la luna, que representa la noche, y la muerte, el momento que todo se revela, y la mendiga, que vaga sin rumbo con ese olor a podrido acechando a los que van a morir. Elementos lorquianos que Ortiz atrapa con delicadeza y soltura, de forma sencilla y honesta, formando su propio universo, caracterizado por una cuidadosa y trabajada forma donde cada plano vive en sí mismo, capturando la esencia y la emoción de los escenarios, y sobre todo, el interior de los personajes. Ortiz sale airosa de este viaje personal y emocionante en el que se ha embarcado, mira a Lorca y a su texto de frente, cuidando los detalles más íntimos, los objetos como el zootropo o los vidrios que nos dejan ver ese mundo que no vemos. La película respira ese aroma en el aire que corroe el alma de los gritos que no se escuchan, del dolor que revienta las sienes, de la pérdida y el recuerdo de los que ya no están, de la vida enfangada y mordida que no le deja a uno tirar hacía ningún lado, y del amor, ese amor fou, que tanto gustaba a Buñuel, ese amor loco, que atormenta, que no deja vivir, que te sucumbe en el abismo de la pasión y el dolor, que domina tu voluntad y te deja sin sentido, que se agarra en tus entrañas y no te suelta, y te convierte en quién no quieres y te mata lentamente.

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Una obra que hipnotiza por su bellísima factura visual, donde la luz cálida y penetrante, que sabe a sal y gloria, de Migue Amodeo, que vuelve a colaborar con la directora, se erige como una suave encantamiento que envuelve a los personajes y a los lugares de forma cadenciosa, la hermosísima música que nos atrapa del gran Shigeru Umebayashi (autor de la música de las películas de Won Kar Wai, entre otros), mezclada con canciones basadas en textos de Lorca como “Nana del caballo grande”, “La Tarara” o “Pequeño vals vienés”, entre otras, melodías que nos hacen vibrar y nos emociona. Ortiz ha sabido conjugar la compleja tarea de construir el universo lorquiano y colocar a sus personajes, unos personajes sin nombre, pero con vida, existencias a rastras, que huelen a tierra, de mujeres enlutadas, el aliento a odio, a alegría, a callarse, a no decir lo que les mata, y a cantar y bailar, a mirar y no hablar, a ver y sentir. Unos personajes interpretados por un plantel actoral que de gran altura que transmiten pasión, dolor y amor, que respiran esa tierra que tiene la culpa, que duele, que abrasa y ahoga, y acaba matando, unos secundarios de altura, como Luisa Gavasa, (que repite con la directora) de madre del novio, y Carlos Novoa, como el padre de la novia, con Leticia Dolera, Ana Fernández y Consuelo Trujillo, que sólo con la mirada componen sus papeles, y los principales, los dos chicos, Alex García y Asier Exteandía, pasión y razón, alma y bondad, las dos caras del interior oscuro de la novia, una inmensa y brutal Inma Cuesta, su interpretación más enérgica y apabullante de su carrera, una composición cargada de fuerza, belleza en la mirada y gesto delicado, esa novia que le mata el sol abrasador, que le asaltan las dudas, el miedo y la complejidad de amar y ser amada, y de dejarse llevar por lo que siente de verdad. Paula Ortiz ha construido una obra hermosa, de grandísima belleza visual y ritmo enérgico, que atrapa desde el primer instante, y nos arrastra a su mirada lorquiana a través de los deseos que nos hacen vivir, de lo que amamos y lo que sentimos, de lo que somos y anhelamos.

 

 

Entrevista a Anna M. Bofarull

Entrevista a Anna M. Bofarull, directora de «Sonata para Violonchelo». El encuentro tuvo lugar el viernes 20 de noviembre de 2015, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna M. Bofarull, por su tiempo, generosidad y amistad, a Eva Calleja de Prismaideas, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a Diana Toucedo, montadora de la película, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.