Macbeth, de Justin Kurzel

db_posters_34361SEDIENTOS DE PODER

La obra de Macbeth, escrita a principios del S. XVII por William Shakespeare, es una de las tragedias más admiradas y representadas del universo del bardo de Stratford. Ahora, una nueva aproximación al general escocés, de la mano de Justin Kurzel (1974, Gawler, Australia), que ya deslumbró con su debut Snowtown (2011), un relato basado en hechos reales, donde describía como una familia sangrienta provocaba el terror en la comunidad donde residían. Kurzel tiene muy presente las grandes adaptaciones sobre Macbeth, las dirigidas con gran maestría por Welles, Kurosawa y Polanski, pero no se limita a copiarlas, sólo las mira como referencia, muy acertado por su parte, le sirven como fuente de inspiración para arrancar de ahí, pero adentrarse en una mirada diferente, complementaria eso sí, pero desde otro punto de vista.

Arrancar la película con el entierro del retoño de los Macbeth, en una secuencia magistral, obedece a una rigurosidad que no sólo afectará al resto de la película, sino que nos someterá, desde el primer instante, a esa brutal descripción del mundo que les rodea, un entorno en continúa guerra, la muerte y la pérdida que provocan un dolor infinito, una sangría de cuerpos putrefactos, y un paisaje con olor a amargura y tristeza. El universo de Shakespeare es un género en sí mismo, no hay nada por azar o descuido, ni mucho menos, todo ocupa su espacio y todo encaja a la perfección, aunque su entendimiento sea muy complejo. El cineasta australiano captura de forma magnífica ese universo, lo traslada a ese mundo en guerra infinita, lo desarrolla en espacios naturales, en su mayoría, y lo cuece con aires expresionistas y fantasmagóricos. Las batallas, siempre desde el punto de vista de los protagonistas, nos devuelven a la memoria las que filmó Branagh en Enrique V, o Konitsev en El rey Lear. Hay también un rigor y un gusto narrativo en la imagen y en los encuadres, muy a lo Welles en Campanadas de medianoche o en las adaptaciones de Laurence Olivier. Kurzel ha parido una película rigurosa y sobria, donde el matrimonio formado por Macbeth y Lady Macbeth deja a su paso un reguero de sangre y crueldad para conseguir su premio, una historia de amour fou, donde todo vale y el fin justifica los medios.

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Como en su anterior película, la psicología de los personajes, escenificada en los miedos internos y la locura que se va a apoderando de esa pareja enfermiza, representa un valor inmenso en la trama, donde todo parece tener un destino implacable y cruel, y nada ni nadie puede pararlo, todo está escrito, como profetizan las brujas que se aparecen a Macbeth. Un ejemplar grupo de interpretes hace el resto de la función, secundarios de lujo curtidos en mil batallas como David Thewlis o Paddy Considine, entre otros, se acoplan de forma contundente con la brutal y maravillosa pareja protagonista formada por Marion Cotillard y Michael Fassbender, dos seres que sus ansías de poder y codicia ha contaminado sus almas, llevándoles por un camino de sangre y destrucción, donde no tendrán escapatoria ni paz posible, condenados a vagar por el infierno como pago por sus múltiples fechorías y maldades ocasionadas a las gentes y la tierra de Escocia.

Dos días, una noche, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

490001Fábula sobre la (in)solidaridad

Había una vez una mujer llamada Sandra, de unos cuarenta años, casada y madre de dos hijos que, después de atender una llamada, cae derrotada en su cama llorando desconsoladamente. Al rato, llega Manu, su marido, que le trae buenas noticias, hay una posibilidad de salvar su puesto de trabajo. Sandra se anima, recobra algo de fuerza y se dibuja algo de esperanza en su rostro. Jean-Pierre y Luc Dardenne, vuelven a poner el dedo en la llaga, con una historia terrible, esta vez nos cuentan el conflicto de Sandra, que después de sufrir una grave depresión, se dispone a reincorporarse a su trabajo, pero su jefe se ha desmarcado con una oferta insólita y macabra, ha propuesto a sus compañeros, elegir entre cobrar una prima de 1000 euros o mantener el puesto de Sandra. La trama gira en torno a un fin de semana, un par de días, en los que Sandra intentará convencer a sus compañeros que la elijan a ella en vez de la prima, ya que el lunes habrá una votación en la que deberán decidir. Parecido dispositivo empleado por Kiarostami en la magistral El sabor de las cerezas (1997), donde un señor a bordo de su automóvil, intentaba encontrar a alguien que le ayudase a ser enterrado una vez que se suicidase. Las dos películas plantean sendos dilemas morales con la complicidad del espectador. Los Dardenne, desde que debutasen a finales de los 80, han creado una magnífica y laboriosa filmografía en la que las injusticias sociales y los seres desplazados por su condición, tanto física, emocional o falta de trabajo, tienen el protagonismo. Relatos construidos con delicadeza, en los que no falta una dureza, y a veces una violencia, emocional o física, tremendamente seca. Una cámara que los sigue sin descanso, los escruta, en largos planos secuencia, dotando sus películas de retratos vivos, actuales, que respiran agitadamente, y que no sólo nos hablan de nuestro presente, sino también, del pasado y el futuro. Fábulas ambientadas en suburbios, en barrios obreros, en lugares cercanos, habitaciones que conocemos, personas que nos abren sus vidas y sus problemas. Los Dardenne no juzgan, sólo relatan, y de qué forma, transmitiéndonos toda la ilusión y desesperanzas de sus personajes. Sandra en su particular vía crucis, barrio a barrio y casa a casa, se encuentra con unos compañeros que le exponen razones económicas justificadas para aceptar la prima, su misión no es fácil, pero el apoyo de su familia y de algún compañero que se suma a su causa, le ayudan a seguir hacia delante y luchar por su trabajo. El rostro y la mirada de Marion Cotillard nos guían maravillosamente por este itinerario urbano, en una composición bellísima, creando un personaje que lucha por su dignidad a fuerza de embestidas. Cotillard sigue en esa línea de seres machacados por la vida, como la joven que pierde sus piernas en De óxido a hueso (2012), o la polaca que se prostituía en el Nueva York de principios de siglo en El sueño de Ellis (2013). Una fábula moderna que nos habla directamente, sin tapujos, en la que se pone en juego la difícil elección entre el pan y la honra, entre ser solidarios con el prójimo o no serlo. Los realizadores belgas analizan y exponen una realidad durísima, en una sociedad europea capitalizada muy injusta que, trata a los seres humanos como simples productos para generar dinero, donde los valores y principios éticos ya no existen.

 

El sueño de Ellis, de James Gray

360675-affiche-usa-the-immigrant-620x0-1Amargura en el Nuevo Mundo

En 1917, Charles Chaplin dirigió The immigrant, un cortometraje de 25 minutos, protagonizado por el mítico Charlot, donde se relataba las dificultades en las que se veían envueltos los inmigrantes que viajaban hacía una nueva vida en EE.UU. Al llegar a la isla de Ellis, fente a Nueva York, Charlot era acusado injustamente de robar. Casi un siglo después, James Gray retoma el título del genio y nos presenta una historia que arranca de la misma forma. Ahora, las que arriban son dos hermanas polacas, Magda, que se queda seis meses retenida a causa de su tuberculosis, la otra, y Ewa, que al igual que le sucedía a la criatura de Chaplin, es acusada injustamente, en esta ocasión, el delito radica en la moral relajada durante la travesía. Pero, un golpe del destino o de la fatalidad, según se mire, en el momento que va a ser deportada, aparece Bruno, un malhechor y proxeneta con influencias en la policía, que la sacará del apuro y la obligará a prostituirse para liberar a su hermana enferma. Gray fabrica un producto que bebe de las fuentes clásicas, de los independientes hollywoodienses y de la generación de los 70. Una obra que en apariencia parece una película muda, aunque podría mirarse como una eficaz y fiel reconstrucción de las dificultades en las que se encontraban los inmigrantes que querían empezar una nueva vida en el nuevo mundo a principios del siglo pasado. La película tiene una textura marca de la casa,  sigue fiel a ese  cine rabioso, contenido e inteligente que nos tiene acostumbrados el realizador estadounidense. No obstante, guarda enormes paralelismos con su anterior obra, Two lovers (2008), en los que Leonard (Joaquin Phoenix), con graves problemas emocionales, se debatía entre dos amores, el del tradicional que le ofrecía, Sandra, o el de la aventura que le proponía la vecina Michelle. Ahora, Ewa, el alma de la función, se debate entre dos hombres, aunque en circunstancias diferentes, por un lado, está  Bruno, que la ama en secreto, y hará todo lo posible para retenerla, y más cuando aparece Orlando, una mago buscavidas y primo de Bruno, que es la antítesis del anterior, y en cambio, le ofrece una nueva vida a la desdichada Ewa. Un obra a contracorriente y maravillosa, exquisitamente fotografiada, extrayendo esa luz mortecina que acompaña a toda la película, en la que no faltan los toques de thriller que sazonan la dramaturgia de Gray, los personajes ambiguos y en deriva emocional, que transitan por lugares oscuros y lúgubres, y que se ahogan en circunstancias amargas que las únicas vías de salida que encuentran los abocan a un destino fatalista. Todo el relato de Gray se sostiene a través de la mirada de Ewa, una Marion Cotillard – que nos recuerda a las heroínas del mudo como Lilian Gish, Claro Bow o Janet Gaynor -, en un registro diferente al que nos tiene acostumbrados, componiendo un personaje de apariencia frágil,  pero que esconde una mujer fuerte y dispuesta a sobrevivir a pesar de las dificultades en las que se ve sometida, a su lado, un Phoenix, magnífico en su rol de malvado y amargado personaje, y el tercer vértice, Jeremy Renner, que aporta el contrapunto positivo abriendo un nuevo camino a la protagonista. Un relato de apariencias, de espejos deformantes que reflejan unas vidas de personajes solitarios que caminan sin rumbo fijo. Una obra de madurez que nos devuelve el mejor cine de la mano de uno de los nombres más importantes de su generación, que están renovando y de qué manera el panorama cinematográfico estadounidense con los Alexander Payne, Wes Anderson, Paul Thomas Anderson, Sofia Coppola…