La primera cita, de Jesús Ponce

LAS VIDAS DE ANTES.

“Las enfermedades son como la lluvia. No avisan. Y tienen por costumbre pillarte sin paraguas”.

La película se abre con una fotografía, una fotografía que nos muestra el mar, una fotografía que pertenece a un álbum de fotografías, de recuerdos, de instantes del pasado, de momentos fugaces, instantes de una vida ahora pasada, casi olvidada en el presente, imágenes que iremos viendo mientras se suceden los títulos iniciales, que cuanto estos terminen, volveremos a esa primera imagen, la fotografía de la playa, una imagen que oculta un misterio, algo que desvelar, algo que revelar hundido en la memoria del pasado. La vida vivida, el pasado y la memoria son los ejes en los que se sustenta el quinto trabajo como director de Jesús Ponce (Sevilla, 1971) una carrera que alumbró con 15 días contigo (2005) relato crudo y complejo de las existencias de dos homeless y el cariño y el amor que se tienen, protagonizada por dos de sus actores fetiches, Isabel Ampudia y Sebastián Haro. A esa primera película, le siguieron Skizo (2006) y Déjate caer (2007) dos filmes de género, thriller y comedia, que se alejaban de la mirada intimista y profunda que tenía su debut. Después de años dedicado a las series en televisión, en el año 2015 dirigió Todo saldrá bien, retrato que le devolvía a los elementos de su primera película, en la que nos hablaba de la difícil relación entre dos hermanas mientras esperaban el fallecimiento de su madre enferma, protagonizada por Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos.

Ahora, tres años después de aquella, vuelve a sus caminos transitados con otra película anclada en la enfermedad, en los primeros botes del alzhéimer de Isabel, a la que da vida una extraordinaria Isabel Ampudia, y la reacción de su marido, el teniente prejubilado Haro, magnífico Sebastián Haro, y cómo esos primeros síntomas de la enfermedad van erosionando una pareja de por sí ya resquebrajada por la actitud machista del esposo. Ponce vuelve a contar con sus colaboradores habituales, David Barrio en la cinematografía, con esa luz naturalista y próxima, que evidencia las complejas relaciones del matrimonio, teniendo en cuenta todo aquello que vemos y todo aquello que se ocultan, y la excelente música de Juan Cantón, que imprime al relato ese marco de drama sin ser sentimentalista, sino que mantener esa congoja y desesperación sin ser muy trágica. Ponce nos traslada a una playa de invierno, más concretamente, en Matalascañas, en Huelva, un lugar desierto, vacío, un espacio que en invierno, sin verano ni turistas, se tiene que reinventar, volver a su cotidianidad, un sitio que casa a la perfección con las lagunas de memoria que tiene el personaje de Isabel, un lugar reconocible para ella, pero a la vez extraño, ausente, difícilmente cercano, como en la secuencia que deambula por sus calles intentando buscar el cine Delicias, ahora ya cerrado, pero de su ciudad habitual.

El director sevillano construye una película intimista, de apenas tres personajes, si añadimos a Mercedes, un personaje del pasado en la vida del marido, una prostituta para aliviar el cariño de las pesadas maniobras lejos del hogar, alguien que aparecerá en las vidas de este matrimonio para saldar mentiras y verdades ocultas, para dar luz a tanta oscuridad del esposo, con ese especial momento en la orilla de la playa, donde las mujeres conversan hablando del marido y cliente, respectivamente, conociendo el verdadero carácter de un hombre que invisibilizó a su mujer, ignorándola y tratándola de forma despectiva y cruel, y ahora, con su enfermedad, deberá reinventar su matrimonio, su amor, y empezar de nuevo, mostrándole todo el cariño que antes no le dio, enfrentándose a sus miedos e inseguridades, y sobre todo, a él mismo, al hombre que fue y que ya no puede ser, a rendirse cuentas emocionales.

Un reparto de primer orden con Isabel Ampudia y Sebastián Haro, naturales, convincentes y sinceros, bien acompañados por Mercedes Hoyos como esa prostituta de vueltas de todo, que deja el personaje amargado e infeliz de Todo saldrá bien, para construir un rol muy diferente, donde da vida a una mujer entera, con los años bien llevados, y sobre todo, con esa peculiar destreza para las palabras, para decir verdades e ironías, sin caer en el dramatismo de la ocasión,  tres rostros de vida, maduros y resquebrajados, y Víctor Clavijo y Darío Paso, dos habituales de Ponce, y Bruto Pomeroy, el coronel Rivas, que tiene una secuencia con Haro llena de rabia, violencia y sentido común. Ponce ha construido una película sobre el amor,  honesta y sencilla, que no fácil, llena de memoria, pasado y olvido, o la falta de él, donde sus personajes se enfrentan al mayor reto de sus vidas, a vivir con una enfermedad cruel y despiadada, que les devolverá a todo aquello que hicieron mal, a enfrentarse a ellos mismos, a sentir que la vida se redescubre a cada instante, casi sin tiempo, adaptándose a esos cambios o no, a engancharse a ella, a esas oportunidades que el destino, en ocasiones, brinda, casi sin tiempo a reaccionar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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