La zona de interés, de Jonathan Glazer

EL HORROR ESTÁ AL OTRO LADO DEL MURO. 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. 

Del libro: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt. 

En la monumental Shoah (1985), de Claude Lanzmann, quizás la reflexión más humana y profunda de lo que significó el exterminio nazi, se obvian las imágenes de archivo, y se da el protagonismo al relato, al testimonio de aquellos que lo conocieron y sufrieron. La película se decanta por no mostrar, por no enseñar el horror y la muerte. Todas las imágenes que hemos visto en muchas ocasiones son imágenes que filmaron una vez que se liberaron los campos de exterminio. De las imágenes cotidianas en los campos no tenemos constancia, incluso los nazis no las filmaron. Así que, puestos a retratar ese horror, debemos inventarlas, o irnos hacia el otro lado, no mostrarlas. Obviando la mayoría de películas sobre el mismo tema que las inventaron, decisión que no comparto, nos vamos a centrar en esas otras, como Shoah, que las obviaron, y como se hizo en El hijo de Saúl (2015), de László Nemes, donde el off complementa esa ausencia del horror, que no vemos pero esta muy presente, porque lo escuchamos y sentimos. 

En La zona de interés, de Jonathan Glazer (London, Reino Unido, 1965), basada en la novela homónima del británico Martin Amis (1949-2023), se centra en Auschwitz, pero no en el campo y lo que sucedía allí dentro, sino lo que hay al otro lado del muro, la casa colindante del comandante jefe Rudolf Höss, su mujer Hedwig y sus cuatro hijos, y el servicio. El relato se centra en los quehaceres diarios de la casa, el detalle perfeccionista de Hedwig en mantener limpio y bello su gran jardín, y en ser una excelente anfitriona con sus visitas, y tener una dedicación a sus hijos. La película filma la “normalidad” de unas personas “normales”, como menciona Arendt en la frase que encabeza este texto. La naturalización del horror, porque no pasa en su casa, sino al otro lado del muro, donde nos vienen gritos, ráfagas de metralleta, ladridos de perros y el incesante humo de los hornos crematorios que se confunden con los sonidos de la cotidianidad del hogar, como ya anunciaba su ejemplar arranque con ese cuadro negro en el que escuchamos gritos de horror a lo lejos, y poco a poco, se van y aparecen el sonido de pájaros, el río y unos niños hasta que se abre y vemos una estampa familiar, la de los Höss pasando un día en la naturaleza. Un cuadro que llena de una naturalidad que inquieta y perturba hasta la extenuación, como esos instantes que vemos vestirse al comandante y mirándose al espejo, al que vemos de espaldas, con ese peculiar corte de pelo, y esa forma de caminar, tan seguro y tan convencida. 

Estamos ante una película de gestos, nada extravagantes ni estridentes, sólo cotidianos, filmados en un estatismo que incómoda y una forma cuadrada que evidencia ese voyeurismo en el que está planificada todas las secuencias, estamos ahí, miramos y escuchamos, y somos testigos del horror que no vemos, mirando a unas personas que lo provocan, y que viven así, como si nada. Un espectacular trabajo de cinematografía del polaco Lukasz Zal, del que conocíamos por sus películas con Pawel Pawlikowski en Ida (2013) y Cold War (2018), y en Loving Vincent (2017), y en Estoy pensando en dejarlo (2020), de Kaufman, en una exhaustiva planificación donde el plano se mantiene firme y sólido, con apenas algún movimiento, y con esa luz natural que duele, o podríamos decirlo de otra forma, que se mueve entre lo artificial y lo natural, entre lo bello y la fealdad, entre lo físico y lo emocional, en ese limbo e intermedio en el que todo convive, la vida y la muerte apenas separadas por los pocos centímetros de un muro. Un exquisito trabajo de sonido del dúo Johnnie Burn, del que lo conocíamos por sus trabajos con Lanthimos y la tercera colaboración con Glazer, y Tarn Willers, con una trayectoria de más de 70 títulos, construyen un sonido que se mueve entre la cotidianidad del hogar y las conversaciones, con aquellos que provienen del otro lado, que sin llenar el cuadro, también están presentes y se convierten en algo físico. 

El mismo trabajo del sonido podríamos decir de la estupenda música de Mica Levi, con un tratamiento entre lo perturbador, muy al estilo del cine de terror clásico, con algunas distorsiones que dan ese tono de horror en el que se vive sin más, una música que se convierte en un estado más de ese siniestro lugar, como ya hizo en películas como Jackie (2016), de Larraín, y en Monos (2019), de Alejandro Landes, en su segunda cinta con Glazer después de Under the Skin, donde también jugaba a ese sonido/musical que convertía la historia en un siniestro y perturbador cuento de terror muy íntimo, como hace en La zona de interés. El montaje de Paul Watts, que casi todo su trabajo ha estado vinculado al de Glazer, se mueve entre el corte limpio, y una edición donde prima los diferentes planos y encuadres desde varios puntos de vista, en el que nos muestran al detalle esa casa y su jardín, lo bello y lo normalizado en contraposición a lo que sucede al otro lado del muro, en una trama sencilla, directa y sobre todo, inquietamente natural en sus poderosos 106 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y sobre todo, nos incomodan, sólo enseñándonos eso, junto a lo otro. 

Del reparto destacamos tres figuras esenciales para la película: tenemos a la deslumbrante y “perfecta” Sandra Hüller, que también protagoniza este año otro gran filme como Anatomía de una caída, de Justine Triet, hace de Hedwig, la señora de la casa, tanto en su forma de vestir, de peinarse, de caminar y toda su figura y su desplazamiento la hace de una normalidad que perturba, donde el horror no reside en lo que hace, que es de lo más sencillo y natural, sino en el lugar que ha convertido su hogar, que es la muerte para tantos. Le acompaña Christian Friedel que hace de su esposo, padre de sus hijos y comandante de Auschwitz, que ya lo habíamos visto en La cinta blanca (2009), de Haneke, y Amor Fou (2014), de Jessica Hausner, entre otras, su nazi no es un tipo que da pavor, sino uno más de la maquinaria, un funcionario que llevaba a cabo las órdenes sin rechistar y creyendo que hacía el bien de su ideología, nada más, por eso da más miedo, porque podríamos ser nosotros, y luego están otros intérpretes alemanes que dan esa profundidad tan necesaria en una película estática pero muy física. 

Glazer que hasta ahora se había en el género: el thriller en Sexy Beast (2000), el fantástico en Birth (2004) y en el terror en Under the Skin (2013), vuelve una década después con su mejor obra, por todo lo que hemos explicado anteriormente, y sobre todo, porque esa naturalización del horror tan presente en nuestros días, eso sí, al otro lado del muro de Melilla, de México, y de tantos otros muros de la vergüenza y el horror que los países enriquecidos alzan para que aquellos invisibles que provienen de los países empobrecidos sigan siendo “los otros”, los que no se muestran, los que mueren y los que desaparecen. Se habla mucho de la memoria, de recordar, de tener presentes los desmanes pasados, con museos y demás. Pero, ¿De qué sirve recordar? ¿Hemos aprendido algo? Seguramente, no. Visto el presente donde el orden mundial sigue alimentando guerras, injusticias y muros para que el horror quede al otro lado, y sigan habiendo funcionarios como los nazis que materializan tantas órdenes miserables que atentan contra la vida de los invisibles, desposeídos, de los nadies que mencionaba Galeano. En fin, un horror Quedémonos con películas como La zona de interés, de Glazer, que profundizan y reflexionan sobre lo que fuimos, lo que somos y en lo fácil que es convertirse en un monstruo y seguir siendo una persona “normal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fallen Leaves, de Aki Kaurismäki

LA MUJER QUE ME ENSEÑÓ EL AMOR. 

“Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay”.

Emily Dickinson

La primera vez que vi una película de Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957), fue Nubes pasajeras (1996). Sus dos protagonistas Ilona y Lauri perdían sus trabajos y se sumían en una triste y solitaria existencia donde los problemas económicos eran su pan diario. Aunque no tenían nada si les quedaba lo más importante: el amor que se tenían, que pese a quién pesará, seguía firme en su interior. A día de hoy, sigo recordando como me conmovió lo que sentían el uno por el otro a pesar de las tremendas dificultades. Al acabar la película, pensé si alguna vez sentiría un amor parecido como el que se tenían Ilona y Lauri. He visto casi todas las películas del cineasta finés, y todas, absolutamente todas, se instalan a partir de dos pilares fundamentales: el trabajo y el amor, o dicho de otra manera, el trabajo como espacio de miseria, explotación y tristeza, y el amor como el otro lado del espejo, o quizás, el espacio donde encontrarnos a nosotros mismos ante tanta desgracia laboral, y sobre todo, encontrar a esa persona donde compartir nuestra soledad, nuestras emociones y sobre todo, sentir que el mundo en el que vivimos tiene ilusión y esperanza, en cierta medida, un poco más humano. 

En la película número 17 de Kaurismäki, nos encontramos a Ansa y Holappa, dos personas invisibles de cualquier ciudad del mundo occidental, que tienen sus empleos insatisfechos, vidas tranquilas, quizás demasiado, y poco más. Una noche, la noche del viernes hay karaoke en uno de esos bares tan característicos en la filmografía del finlandés, se miran y se atraen, pero como ocurre en la vida y en las películas del director finlandés, las circunstancias van impidiendo que esa atracción se materialice y la “posible” pareja no se encuentra. Tanto la forma como en el fondo, la película no camufla sus inspiraciones, todo lo contrario, las hace muy evidentes, desde Tiempos modernos, de Chaplin, donde se evidencia esa deshumanización del trabajo y las condiciones miserables que padecen los trabajadores. El humanismo y la intimidad de Cuentos de Tokio, de Ozu, y la austeridad y el minimalismo de Bresson, a los que habría que añadir el Made in Kaurismäki: las actuaciones musicales que usa como leit motiv de lo que está contando, y la falta de empatía y el no sentimentalismo de la actuación de sus personajes, amén de unos diálogos nada empáticos y cortos, en los que profundiza el carácter nórdico, donde es mejor mantenerse en silencio que hablar demasiado. 

Un cine apoyado en todo aquello que no se ve como el silencio, que remite al cine mudo, como ya hizo Kaurismäki con Juha, que no necesita alardes ni subrayados, sino una mirada y un gesto, más que en la palabra, lleno de personajes solitarios, de vidas anodinas, y caracteres reservados, que acostumbran a vivir con poco y junto a ellos mismos, que como todos, desean encontrar a alguien, pero a alguien de verdad, a alguien con quién mirarse, compartir soledades y caminar en silencio en la misma dirección. Una cinematografía basada en los claroscuros, que acompañan leves luces de neón, muy del estilo de Ozu, en que el rostro de los protagonistas es el centro de la acción, más por lo que no dicen, con esos maravilloso momentos donde los vemos viajar en tren y tranvías, con esa atmósfera atemporal que tiene el cine del finlandés, que firma Timo Salminen, que ha no iluminado toda la filmografía de Kaurismäki, erigiéndose no solo en su más fiel colaborador, sino en una persona indispensable para emocionarnos con el cine del finlandés. El montaje que vuelve a firmar Samuel Keikkilä, como ya hiciese con la anterior, El otro lado de la esperanza, vuelve a ser todo un alarde de condensación y ritmo, con su corta historia, apenas alcanza los 81 minutos de metraje, donde está todo lo que se tiene que decir y de la forma que se tiene que decir. Todo una lección sin pretenderlo. 

Solo podemos rendirnos a las interpretaciones de su pareja protagonista, porque es maravilloso cómo componen sus personajes, desde lo que no se dice, desde la mirada profunda, contenida y sostenida, aquella que lo dice todo. Una pareja que amamos al instante, por sus silencios y su sencillez. Tenemos a  Alma Pöysti es Ansa, que debuta en el universo Kaurismäki, componiendo una mujer sencilla y muy solitaria, con todos esos trabajos cada vez más duros y más sucios, pero con una entereza brutal, una guía para todos porque su fuerza inquebrantable es admirable, que tiene muy claro que no quiere un alcohólico en su vida como le espeta a Holappa, que interpreta Jussi Vatanen, que también debuta junto al realizador finés, que arrastra su alcoholismo y le lleva a ser rechazado. Junto a ellos, intérpretes que repiten con Kaurismäki como Janne Hyytiäinen que hace de amigo con problemas sentimentales y aficionado al karaoke, que fue Kostinen, el atribulado guardia de seguridad de Luces al atardecer, también está Nuppu Koivu como amiga de Ansa, con los mismos conflictos que el anterior, pero sin ser muy del karaoke, y Sherwan Haji, que era el refugiado sirio de El otro lado de la esperanza, aquí como breve compañero laboral del protagonista. 

La última película de Kaurismäki recibe el nombre de Fallen Leaves, esas “Hojas caídas” que nos describen el otoño, esa estación intermedio, y hace alusión al poema y a la canción que escuchamos, no es una historia de amor, es una historia sobre el amor, sobre ir al cine y mirar a la persona que tenemos al lado, que precisamente van a ver Los muertos no mueren, de Jarmusch, con esos carteles del vestíbulo en los que podemos ver los de Breve encuentro, de Lean, clara referencia a la película, porque Kaurismäki habla sobre cine en cada una de sus películas, y no lo hace desde la referencia, sino desde el amor, del que siempre ha reivindicado en un mundo cada vez más lleno de guerras (como evidencia la constante información de la invasión de Rusia a Ucrania), un amor a las cosas de nos hacen humanos: la fraternidad, el compañerismo, la mirada al otro, la empatía, la compasión, el humanismo, que tanto ha explicado en sus películas, donde el amor se ha visto en sus múltiples formas, texturas y conceptos como sucedía en Sombras en el paraíso, Contraté a un asesino a sueldo, La vida de bohemia, la mencionada Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado, y la citada Luces al atardecer. Amores tranquilos, amores cotidianos, amores sencillos en un mundo precario y periférico, amores como el que tienen Ansa a Holappa, que le pide lo que le pide para estar con ella, como ese instante donde ella junto a la perra abandonada… y hasta aquí puedo leer. Una mujer que enseña a amar a Holappa, a amar de verdad, a ser mejor persona, a descubrirse a sí mismo, a dejar todo lo que le hace mal, y sobre todo, a compartir la soledad, una mirada, una película en un cine, una cena con una flor en medio, a compartir un silencio en mitad de la noche, y a ser mejores personas a pesar de este mundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese

EL DINERO DE LOS OSAGE. 

“El dinero es la felicidad humana en abstracto; en consecuencia, aquel que no es capaz de ser feliz en concreto, pone todo su corazón en el dinero”. 

William Shakespeare

Tres años después de El irlandés, financiada por Netflix, volvemos a encontrarnos con una película de Martin Scorsese (New York, EE.UU., 1942), Los asesinos de la luna (Killers of the Flower Moon), con Apple Studios al frente de la producción. La película se basa en el libro de David Grann, transformado en un guion escrito por el propio Scorsese y Eric Roth, uno de los grandes escritores cinematográficos estadounidenses con casi medio siglo de carrera al lado de nombres como los de Mulligan, Mann, Spielberg, Fincher y Villeneuve, que escribió El buen pastor (2006), segunda cinta como director de Robert De Niro. La trama se posa en la década de los veinte del siglo pasado, acabada la Primera Guerra Mundial, en la zona de Oklahoma, con la llegada de Ernest Burkhart a casa de su tío William Hale, una especie de benefactor e íntimo amigo de los indios Osage, unos nativos expulsados de sus tierras a Oklahoma, donde se tropezaron con el petróleo y se convirtieron en los más ricos del país. La película nos cuenta como cientos de blancos llegaron al lugar y se hicieron amigos de los nuevos ricos con el fin de atraerlos y quedarse con su riqueza. 

El film número 26 de Scorsese es una película tipo de su magnífica e intensa filmografía en la que ha dedicado muchas historias a explorar y profundizar en todos aquellos que llegaron al Nuevo Mundo con el afán de enriquecerse fuera por los medios que fueran, dedicándose al mundo oscuro y al gansterismo. En este caso, como suele ocurrir, las cabezas visibles son personas aceptadas por la comunidad, gentes de bien que se suele decir, personas que llevan vidas paralelas, porque cuando no los ven, hacen y deshacen a su antojo, con el único fin de quedarse aquello que no es suyo, por ejemplo, el dinero de los indios Osage. La película se cuenta y se saborea, contándonos los detalles cotidianos, arrancando con el excelente prólogo donde nos ponen en situación, dando buena cuenta del pasado y presente de los Osage, en el que vamos asistiendo a sus fiestas y tradiciones, costumbres, sus plegarias y demás componentes que nos ayudan a ver todo lo que allí acontece y cómo. La trama gira en torno al romance, boda e hijos de la pareja del citado Ernest Bukhart y la india Mollie Kyle, todo bajo el amparo del tío Hale, todo un mandamás en la sombra que hace todo lo posible e imposible para que sus planes de riqueza a costa de la inmensa fortuna de los Osage caiga en sus manos. 

La cinta tiene una calidad técnica excepcional en una historia pensada para verse en una pantalla grande con sus encuadres panorámicos y sus planos a lo Ford y Wyler, en la que ha vuelto a contar con el trabajo del cinematógrafo Rodrigo Prieto, en su cuarta película juntos, donde lo íntimo como lo colectivo tiene una factura exquisita y tremendamente visual, en que cada detalle y cada encuadre está al servicio de lo que se quiere contar y cómo hacerlo. Mención aparte tiene la montadora Thelma Schoonmaker, con 83 años de edad, y editora de casi todas las películas del director italo-estadounidense con el que empezó en ¿Quién llama a mi puerta? en 1967, consiguiendo un relato pausado y lleno de tensión y un ritmo cadencioso y tranquilo, sin prisas, donde todo se va contando con esa idea de la cotidianidad más sencilla y transparente, donde sus 206 minutos de metraje no cansan en absoluto, sino todo lo contrario, nos quedamos saciados de un relato dividido en ⅔ partes en los que vemos una cosa, y luego, vemos otra, que prefiero no desvelar por el bien de la experiencia del espectador. 

La música de Robbie Robertson también va en consonancia con sus imágenes dejando la épica a un lado y escarbando en estos pecados originales de la construcción de los Estados Unidos donde en unos cuatro años, los que van de 1921 a 1925, unos setenta indios fueron asesinados por esos blancos codiciosos sin escrúpulos y sin humanidad. Tiene la película semejanza con aquel otro monumento que es La puerta del cielo (1980), de Michael Cimino, casi idéntica en duración, que posándose a finales del XIX, también sacaba de la alfombra las matanzas que hubo por Wyoming de los colonos más antiguos a los inmigrantes que venían de Europa del Este, en el que se escarbaba también en los cimientos asesinos y oscuros de Estados Unidos. La película es uno de los proyectos más codiciados por Scorsese desde sus inicios, que por fin a podido ver la luz, y eso se nota en cada instante, en que el director aparece como uno de los productores, porque no quería que ningún detalle por ínfimo que fuese quedase al azar, como su extensa duración, a la que algunos les ha parecido errónea, aunque para el que está escribiendo este texto, la película necesita ese tiempo y ese ritmo, porque no resultaba nada fácil armar semejante trama, sin no detenerse en las complejas relaciones de unos y otros.

El reparto de la película, como sucede en las del cineasta americano, siempre resulta muy bien elegido y mejor interpretado, empezando por Leonardo DiCaprio, en el sexto largometraje con el director, dando vida a Ernest Bukhart, un rudo, pardillo y truhan sin oficio ni beneficio, que quedará al amparo de su tío, siendo la arma ejecutora de sus asesinatos, y demás deslices criminales y mucho más, convirtiéndolo en esposo de la india para que se acaba quedando con su dinero. De Robert De Niro poco hay que decir, que bien está cuando lo coge un tipo como Scorsese, en su décima película al alimón, porque su William Hale es el prototipo de rico americano, porque tiene muchas caras, la buena que ama toda la comunidad, porque hace edificios, hospitales y demás cosas que ayudan, pero por otro lado, es un vulgar criminal que hace y deshace a su antojo, eliminando indios sin más. La gran sorpresa de la película es la presencia de Lily Gladstone como Mollie Burkhart, la esposa de Ernest, que ya nos encantó tanto en Certain Women (2016) y First Cow (2019), ambas de Kelly Reichardt. Su papel como india Osage es de una profundidad excelente, como mira esta mujer, como se mueve y cómo se coloca la falta y ese mantón que la resguarda de los malos augurios y de los malos hombres blancos. Todo un acierto para un personaje con un gran peso en la trama de la película. Después tenemos una retahíla de personajes made in Scorsese, y digo esto porque no parecen intérpretes, porque son ellos sin necesidad de adornos superfluos ni estridencias de ningún tipo, como Jesse Plemons, que ya estaba en El irlandés, Tantoo Cardinal, John Lithgow, Brendan Fraser, Cara Jade Myers, Scott Shepherd, Louis Cancelmi, Sturgill Simpson, y muchos más, que explican el buen hacer de Scorsese en la exhaustiva elección del reparto y su concienzuda dirección de actores donde todos son y nada más. 

Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese es una nueva muestra, y esto lo digo para los escépticos, de uno de los grandes del cine, un tipo que ha sido fiel a su cine y su forma de hacerlo, desenterrando las miserias y la violencia del país donde nació, en el que se ha sumergido sacando todo aquello que la política blanca y mercantilista nunca ha querido ver y siempre se ha esforzado por negar y ocultar, ya sea en el New York oscuro, violento y mugriento de los británicos que lo crearon y los italianos que lo continuaron o de los americanos que han vuelto de una guerra tan absurda y perdida como la de Vietnam, o los gangsters que construyeron Las Vegas, o esos tipos blancos que se creyeron los reyes de todo, hasta llegar a esos blancos también que asesinaban para enriquecerse siempre bien vestidos y con buenos modales, esos hombres blancos que hoy día siguen manejando el cotarro, y haciendo que otros sigan haciendo lo que ellos quieran para que las cosas sigan su curso y siga todo tan mal para todos los demás, como muestra la última de Scorsese, que esperemos que no sea la última y siga encontrando recursos para seguir mirando su país y todos esos hombres malolientes y asesinos que lo construyeron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de la película «Pacifiction», de Albert Serra, en Andergraun Films en Barcelona, el lunes 3 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Montse Triola, productora de Andergraun Films, por su paciencia, generosidad, voluntad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Berger

Entrevista a Pablo Berger, director de la película «Robot Dreams», en una placita en Poblenou en Barcelona, el lunes 27 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Berger, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anatomía de una caída, de Justine Triet

LA DISECCIÓN DEL AMOR. 

“No sé como es el amor y no lo puedo describir. La mayoría de las veces no puedo sentirlo”.

De Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman

Antes de hablar de Anatomía de una caída, el cuarto trabajo de Justine Triet (Fécamp, Francia, 1978), debemos escarbar un poco en sus tres películas y un cortometraje anteriores, porque la mirada de la directora hacia el mundo femenino tiene mucho de disección, en la que ha mostrado diferentes mujeres que se ven condicionadas en la toma de sus decisiones y viven atrapadas en mundos de los que quieren escapar. Tenemos a Laëtitia, una actriz de calentamiento en paro en Vilaine Fille, mauvaus garçon (2012), estupendo corto qué podéis ver en Filmin bajo el nombre Chica traviesa, chico malo, atrapada en una vida insulsa y al cuidado de un hermano discapacitado mental. A Leticia, la periodista que cubre las elecciones del 2012 en La batalla de Solferino (2013), que debe afrontar una jornada frenética y aguantar las demandas en un entorno hostil. A Victoria, la abogada penalista de Los casos de Victoria (2016), que no puede escapar de una profesión demasiado intensa. Y a Sybil, la terapeuta de El reflejo de Sybil (2019), que desea cambiar de oficio y ponerse a escribir. 

Mujeres que tienen empleos muy estresantes y además, están atrapadas en relaciones insatisfechas o no encuentran el amor de verdad. Una parte de cada una de esas mujeres que ha retratado la cineasta está en Sandra Voyter, el personaje protagonista de Anatomía de una caída, porque es una novelista de éxito, madre y convive en pareja. Todo cambia cuando Samuel, su pareja y padre de su hijo Daniel de 11 años, es encontrado muerto en la entrada de la casa de la montaña aislada donde viven. A partir de un guion excelente de Arthur Harari y la propia directora, que ha coescrito dos películas junto a Triet, amén de dirigir películas como Onoda, 10000 noches en la jungla (2021), la trama nos sumerge en la  investigación para desvelar que ha sucedido, si la caída ha sido accidental o no, a través de un larguísimo interrogatorio en el que se cuestiona absolutamente todo, el que somete Vincent, el abogado amigo de Sandra, a la protagonista, que clama por su inocencia, y luego, un año después, en el juicio que se llevará a cabo por parte del enérgico fiscal. 

Estamos ante un descenso a los infiernos a modo de cinta de terror que bucea en las miserias de la vida en pareja de la propia Sandra y el fallecido Samuel, y el rol que los dos tenían en su relación. Ella, una escritora de éxito, libre e independiente, y él, un profesor que da clases a su hijo, e incapaz de acabar una novela. Dos roles, dos opuestos, y sobre todo, dos enamorados que viven en común sus ilusiones, frustraciones y (des) esperanzas. A modo de ejercicio estilístico quirúrgico, donde el thriller psicológico se impone en una historia que bebe de Hitchcock, en su metódica aproximación a la oscuridad de las relaciones de pareja, y a todo lo que lleva en sí misma, a hablar sin tapujos y sacando toda la mierda de lo que llamamos amor y sus terribles consecuencias. Sólo un flashback para hablarnos de la “secuencia” de la película, indispensable para conocer en qué estado se encontraba el “amor” de los mencionados. Un guión bien construido que está lleno de sorpresas, no de las que nos levantan de la butaca, sino de las que nos hunden más en ella, en el que resulta crucial el rol de Daniel, el hijo de ambos que padece una deficiencia visual derivada de un accidente, que también hará acto presencia en el juicio, porque es un personaje vital en la película porque llegados a cierto momento, deberá tomar una decisión que afectará al devenir del citado juicio. 

La gran utilización del sonido, firmado por el cuarteto Julien Sicart, Fanny Martin, Jeanne Delplancq y Olivier Goinard, como evidencia su arranque, en ese intenso prólogo en el que la música llena el cuadro, ahogándonos mucho. Un sonido que nos lleva al pasado del día de autos y a otros pasados de la pareja, esenciales para comprender algunas partes que nos han llevado hasta aquí. El estupendo trabajo de cinematografía de Simon Beaufils, que ha estado en las tres últimas de Triet, amén de Paolo Virzi, Yann González y Valeria Bruni Tedeschi, donde priman los planos y encuadres sucios, es decir, los movidos, los rugosos y demás imperfecciones que ayudan a adentrarnos en esa relación con más sombras que luces, y contarnos todos los pormenores entre ellos, entre todo aquello que no se nos desvela en la película, todo aquello que debemos suponer e imaginar. El montaje de Laurent Sénéchal, otro cómplice de la directora, consigue un gran trabajo en una película muy dificultosa de contar por sus 150 minutos de metraje, que en ningún momento pierde su interés, al contrario, lo va aumentando de forma ejemplar, sumergiéndonos en ese espacio doméstico, que acaba siendo una prisión insoportable, donde abundan los reproches, silencios y mucha incomodidad, dejando al descubierto todos los males de la pareja y el supuesto amor. 

Una película donde constantemente se está mirando de arriba a abajo y viceversa, convirtiendo lo doméstico en un universo propio diseccionado de todas las formas posibles, según la interpretación de los diferentes actores que lo miran e investigan. Una trama que asfixia a los personajes, y juega con la ficción del relato, porque no deja de construir muchos relatos como personajes ahí, ya que cada uno de ellos construye su relato, y el juicio construye el suyo propio, en un laberinto en constante ebullición de construcción de relatos, en el que todos exponen sus razones y entre todos van construyendo los hechos en cuestión, o algo que se le parezca, porque la verdad de lo que ocurrió se la guardan los personajes implicados, y sobre todo, el personaje de Sandra, porque la película en un extraordinario acierto, no desvela los hechos, no entra en mostrarnos lo que pasó realmente, tampoco lo necesita para contar la historia que muestra, y en su misterio, deja a los espectadores que dilucidamos que ocurrió exactamente o no, y construyamos nuestro relato, porque como sucede en cualquier situación hay muchas formas de contarlo, pero sólo una que es cierta. 

Los pocos personajes, muy importantes en una película de esta índole, están muy bien interpretados por Sandra Hüller, que nos enamoró cuando la descubrimos en la formidable Toni Erdmann (2016), de Maren Ade, en su segunda película con Triet después de El reflejo de Sybil, siendo esa Sandra, que ha tenido que renunciar a muchas cosas: vivir en un pueblo de montaña de los Alpes, cuando no lo deseaba, hablar en inglés cuando es alemana y tiene una pareja francesa, y soportar la frustración de un compañero que quiere escribir y no puede. Un personaje sumamente complejo y oscuro que Hüller le da naturalidad y cercanía dentro de la ambigüedad en la que se mueve. Frente a ella, su abogado Vincent, que hace el actor Swann Arlaud, un intérprete que mira muy bien y habla mejor, que nos encantó hace no mucho en Quiero hablar sobre Duras, siendo el enigmático último novio joven de la célebre escritora. El niño Milo Machado Graner que hace de Daniel, un niño que no conoce el suceso, porque estaba paseando al perro, otro perro como el que había en Los casos de Victoria, que tendrá su protagonismo durante el juicio y será testigo de la verdad de sus padres, una verdad que se le ocultaba, la enérgica composición del fiscal que hace Antoine Reinartz, que era uno de los chicos de 120 pulsaciones por minuto, y en films de Assayas y Desplechin, entre otros, y Samuel Theis es el muerto, un personaje que tiene poca y mucha presencia, ya que su fallecimiento es clave en el devenir de la acción, que tiene esa “secuencia” clave en la película, tan importante que mejor no desvelar nada de su contenido. 

Si han llegado hasta aquí, cosa que les agradezco enormemente, ya saben que me ha interesado mucho Anatomía de una caída, por los muchos valores cinematográficos que tiene, y en su ejemplar ejecución de trama y como está contada, clave en el hecho cinematográfico como saben, y sobre todo, en su disección quirúrgica sobre el amor y las relaciones humanas, que sin ánimo de exagerar, se podría hermanar con ese tótem sobre el mismo tema que es Secretos de un matrimonio, de Bergman, que una de sus citas actúa como arranque de este texto, porque tanto una como otra juegan en el mismo espacio, en ese lugar que vive cuando se cierra la puerta de las casas que habitan las parejas, esos espacios desconocidos que son un universo paralelo en sí mismo, donde habitan los sentimientos, las (des) ilusiones, las (in) satisfacciones, y sobre todo, el amor o aquello que creemos que es, porque como menciona la propia Justine Triet: “La igualdad en una pareja es una maravillosa utopía sumamente difícil de alcanzar”. Su película aborda este tema y todos aquellos que no vemos, y que están ahí, como el recorrido que traza la propia película, construyendo un relato de lo que puede haber pasado o no juzguen ustedes mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Robot Dreams, de Pablo Berger

CUANDO DOG ENCONTRÓ A ROBOT. 

“En un mundo de sueños, nuestra única realidad es el amor”. 

De “Tokyo Blues”, Haruki Murakami

Había una vez un perro llamado Dog, que vivía en East Village, uno de esos barrios cosmopolitas del New York de los ochenta. Su vida es cotidiana, algo aburrida y muy solitaria. El tiempo pasa sin necesidad de llenar plenamente y la vida se ha instalado en algún sin más muy lejos de allí. Un día pasa algo diferente, como suceden la mayoría de las cosas, y es que después de ver un anuncio en la insulsa programación televisiva. Un día Dog encarga un robot a domicilio y se construye su propio amigo. La vida vacía y solitaria de Dog se llena de Robot, un ser de otro mundo que se convierte en la parte más importante del mundo de Dog, alguien con quién jugar, patinar por Central Park, comerse un hot dog en cualquier esquina del barrio, sentarse en silencio mientras observan la fauna de la ciudad, y un compañero con el que pasar un día en la playa de Long Island. Un amigo del alma para saborear la vida y sobre todo, para llevar los sinsabores de la existencia de forma más reconfortante, aunque la vida también tiene su lado menos amable y otras circunstancias, provocan que Dog debe despedirse de Robot, quizás algún día vuelvan a encontrarse o no, sólo el tiempo y sus avatares responderán a esa cuestión. 

El cuarto largometraje de Pablo Berger (Bilbao, 1963), basado en la novela gráfica homónima de Sara Varon, como hizo en su premiadísimo cortometraje Mama (1988), inspirado en el cómic de Vuillemin, sigue el mismo camino que trazó con la maravillosa Blancanieves (2012), porque si en aquella volvía a los orígenes del cine construyendo una historia muda, en blanco y negro, y adaptando el famoso cuento trasladando la trama al Madrid de los años veinte en un entorno de amor, circo y toros. Ahora, también vuelve a los orígenes del cine, porque Robot Dreams opta por el mudo y la animación para contarnos una nueva fábula, llena de animales en el que conviven razas y etnias en esa city extraordinariamente diversa, en una comedia en el que vuelve a su ópera prima Torremolinos 73 (2003), y Abracadabra (2017), y una comedia en la que tocó diversos palos como el slapstick, recordando a los pioneros como Chaplin, Keaton y Lloyd, entre otros, la romántica, y la negra, así como el musical emulando a las sirenas de la Williams, o ese otro de los grandes tiempos de la Metro, o el más casolà, en que la cotidianidad se mezcla con lo cotidiano, y el mundo de los sueños, el verdadero leitmotiv de la trama, donde la comedia indie existencialista hace acto de presencia, en el que está muy cerca de los Jarmusch, Wes Anderson y Baumbach y demás. 

El cineasta vasco se acompaña de algunos de los grandes de la ilustración y la animación como el ilustrador José Luis Agreda, del que conocemos por su trabajo en Buñuel en el laberinto de las tortugas, y el diseñador de personajes Daniel Fernández Casas, que estuvo en Klaus, y el gran director de animación Benoît Feroumont, del que hemos visto Les triplettes de Belleville y The Secret of Kells, dos monumentos de la animación europea de las últimas dos décadas. Para la música vuelve a contar con un cómplice como Alfonso de Vilallonga, que consigue componer una delicia de banda sonora, a la altura de sus bellas e íntimas imágenes, porque la película demandaba una música heterogénea ya que su historia va por muchos derroteros emocionales. Con el acompañamiento de algunos hits ochenteros como “September”, de Earth, Wind and Fire, y “Let’s Go”, de The Feelies, entre otros, que conjugan a la perfección con las melodías del músico barcelonés. Para el diseño de sonido otra cómplice como Fabiola Ordoyo, que ya estuvo en Abracadabra, consiguiendo esa sonoridad tan especial que da la oportunidad profundidad a una película de estas características. El montaje de otro “colega” como Fernando Franco, que sabe condensar de ritmo y pausa a una película que va del llanto a la alegría en cuestión de un instante, en una trama estándar que se va a los 95 minutos de metraje. 

La mirada de Berger a ese New York ochentero, que conoció las huellas que dejó cuando se pasó una década en la ciudad estudiante cine en los noventa, se mueve entre la realidad y la fantasía, esa mezcla que funciona tan bien en una trama que habla en profundidad sobre temas tan humanos como la amistad, el amor, la pérdida, la ausencia, la memoria y el olvido, y sobre todo, la aceptación de aquello que perdemos y el proceso de duelo de alguien que estuvo en nuestras vidas, que significó y significa muchísimo, pero las circunstancias hicieron que les dijéramos adiós, un adiós que cuesta, que hace desprenderse una parte de nosotros, pero no sabíamos como no lo sabía Dog, el protagonista, que las cosas suceden muy a pesar nuestro, a pesar de nuestra voluntad férrea y demás fantasías, porque la vida y sus circunstancias son lo que son, y nada ni nadie puede evitar que se produzcan, y sólo podemos aceptarlas y seguir caminando aunque sea lejos de aquellos que amamos en un tiempo, siempre nos quedará su recuerdo, unos días más fuerte que otros, y quizás, el tiempo, el juez más implacable, nos dirá si esa persona vuelve o no a nuestras vidas, mientras eso se produce, si alguna vez se produce, debemos seguir con nuestras vidas, unos días mejores que otros. 

Robot Dreams es una película de dibujos animados para todos los públicos y están muy bien realizada y mejor contada, porque tiene ese alma de las cosas sencillas, pequeñas y honestas hechas con amor y de verdad, desde adentro, como las películas de Ghibli como Nausicaä del valle del viento, Mi vecino Totoro y La princesa Mononoke, entre otras, donde la fantasía y los sueños nos ayudan a soportar las oscuridades de la existencia que, a veces se pone muy difícil y trabajosa, pero que en otras, la vida es más amable, porque nos pone en el camino a esa persona que nos cambiará para siempre, y casi siempre para mejor, que nos ayuda a crecer, a ser mejores, a sentirnos, a ayudarnos, a vernos, a nos escapar de nosotros mismos, a ser quiénes deseamos ser y no nos atrevemos, a mirarnos en esos espejos que no queremos mirarnos por miedo a no ver lo que queremos ver, a compartirnos, a seguir creyéndonos en nosotros y en las cosas que hacemos, a vivir lo que sentimos, a no tener miedo, ese miedo a fracasar que nos impide a ser nosotros mismos, a disfrutar la vida, a levantarnos cuando nos caemos, a ser quiénes somos, y sobre todo, y esto lo más importante, personas que un día se cruzan por nuestra vida y nos enseñan a querernos, posiblemente nos harán daño, pero un dolor tan necesario para despertarnos y afrontar la vida y sus consecuencias, y algo así nunca se olvida, como le sucede a nuestro Dog con Robot. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Retratos fantasma, de Kleber Mendonça Filho

LOS ESPACIOS DE LA MEMORIA. 

“Un edificio tiene dos vidas. La que imagina su creador y la vida que tiene. Y no siempre son iguales”. 

Rem Koolhaas

Hay ciudades totalmente conectadas con la filmografía de un cineasta. Hay casos muy notorios como Truffaut y París, Fellini y Roma, Woody Allen y New York, Almodóvar y Madrid, y muchos más. Ciudades que se convierten en un decorado esencial en el que los directores/as se nutren, generando un sinfín de ideas de ida y vuelta, en el que nunca llegamos a reconocer la realidad de la ficción. En el caso de Kleber Mendonça Filho (Recife, Pernambuco, Brasil, 1968), la ciudad de Recibe, al noreste del país sudamericano, se ha convertido en el paisaje de toda carrera, desde sus cortometrajes como Enjaulado (1997), Electrodoméstica (2005) y Recife Frío (2009), hasta sus largos como Sonidos de barrio (2012), Doña Clara (2016). El director brasileño ya había explorado la materia cinematográfica desde el documento como hizo en Crítico (2008), en el que investiga las difíciles relaciones entre cineastas y críticos, y Bacurau no Mapa (2019), que homenajea la extraordinaria película Bacurau, del mismo año, que codirigió junto a Juliano Dornelles.

Con Retratos fantasma nos ofrece un intenso y maravilloso viaje y nos invita a sumergirnos en los espacios urbanos de Recibe, rompiendo su relato en tres tramos que tienen mucho en común. Se abre con la casa de la calle Setúbal, la casa de su madre, convertida en su casa a la muerte de ésta. Un espacio que ha sido testigo de su vida, y su cine, donde ha servido de decorado en varias de sus películas. Luego, en el segundo segmento, se centra en los cines del centro de Recife, lugares de formación vital para el futuro cineasta, y por último, se detiene en la evolución de estos cines, ahora convertidos en lugares de culto, en los que cientos de evangelistas los han reconvertido en sus centros de religiosidad. Como anuncia su fabuloso prólogo, con esas fotografías que muestran el Recife de los sesenta, cuando la vorágine estúpida de construcciones desaforadas todavía no había hecho acto de presencia, Mendonça Filho mezcla de forma inteligente y eficaz las imágenes de archivo, ya sean fotografías o películas filmadas, tanto domésticas, de documentación, o de la ficción de sus películas, en un acto de relaciones infinitas, donde vemos la ficción en relación a su realidad, donde la película se convierte en un interesantísimo ensayo cinematográfico. 

Narrada por el propio director, en que hace un profundo recorrido por la arquitectura de su vida, y lo digo, porque va de lo más íntimo y cercano, empezando por su hogar, pasando por los cines, y terminando por lo más exterior y alejado, como esos centros evangelistas que han copado la ciudad. A partir de los espacios y lugares urbanos, el cineasta recifense traza también un maravilloso estudio sobre la sociedad de su país, tanto a nivel cultural, económico, político y social, en el que vamos conociendo los espacios de la ciudad, a partir de los movimientos políticos del país, y las diferentes maneras de ocio y diversión de los habitantes. Sin olvidar, eso sí, todos los fantasmas y espectros que van quedando por el camino, olvidados y expulsados de ese progreso enfermizo y psicótico que impone un ritmo desenfrenado de cambios y movimientos de las ciudades en pos del pelotazo económico y demás barbaridades. Acompañan al realizador pernambucano dos fenómenos como el cinematógrafo Pedro Sotero, con el que ha hecho cuatro películas juntos, amén de trabajar con interesantes cineastas brasileños como Gabriel Mascaro, Felipe Barbosa y Daniel Aragâo, entre otros, que consigue una formidable fusión del archivo, en multitud de formatos y texturas, con las nuevas imágenes, que estructuran este intenso viaje a Recife, y por ende, a la transformación del cine como acto colectivo y social hacía otra cosa, también colectiva, muy diferente. Tenemos a Matheus Farias, con dos películas juntos, que disecciona con maestría el diferente origen de las imágenes, y los continuos viajes al pasado y al presente, en este potente caleidoscopio, donde sus 93 minutos no saben a muy poco, y nos encantaría quedarnos en ese Recife cinematográfico, donde el tiempo, el espacio y demás, viven en uno sólo, donde todo vibra de forma muy sólida y atractiva para el espectador. 

No se pierdan Retratos fantasma, de Kleber Mendonça Filho, porque no sólo hace un recorrido personal e íntimo sobre su infancia, adolescencia y juventud en su casa y en sus cines, y todos sus objetos, pérdidas y ausencias, sino que también, nos pone en cuestión como cambian nuestros lugares, nuestro pasado y sobre todo, nuestra memoria, ese espacio lleno de fragilidad y tan vulnerable continuamente amenazado por el llamado progreso, que no es otra cosa que las ansías estúpidas de una sociedad trastornada que prima el dinero y lo material en pos de una vida más sencilla, más de verdad y más humana. Sin ser una política abiertamente política, es una película política, porque habla del pasado, de sus fantasmas, y ahora convertidos en otra especie de espectros, eso sí, que va de la mano a ese tsunami de extrema derecha del país con la llegada de Bolsonaro y esa fiebre de religiosidad, con tantas y tantas iglesias evangelistas que lo único que buscan es volver a un pasado muy oscuro y violento. Los fantasmas que habla la película, quizás, sigue habitando en el archivo, en esa memoria que nos habla de los espacios, en unos espacios pensados para otros menesteres, y como explica la película, en lugares donde la realidad se fusiona con la ficción, y hacía el mundo mucho mejor, y a sus espectador, mejores, no cabe duda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Samir Guesmi y Rachid Bouchareb

Entrevista a Samir Guesmi y Rachid Bouchareb, actor y director de la película «Nos frangins», en el marco del Ohlalà Festival de Cinema Francòfon de Barcelona, en el Hotel Majestic, el lunes 6 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Samir Guesmi y Rachid Bouchareb, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento, y a Mélody Brechet-Gleizes, Ana-Belén Fernández y Martin Samper  de la comunicación del Festival, por la traducción, su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Felipe Gálvez

Entrevista a Felipe Gálvez, director de la película «Los colonos», en el hall del Hotel Catalonia Diagonal Centro en Barcelona, el lunes 16 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Felipe Gálvez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, y a María Oliva de Sideral Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA