Entrevista a Paula Labordeta y Gaizka Urresti, directores de la película «Labordeta, un hombre sin más», en los Cinemes Boliche en Barcelona, el martes 6 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paula Labordeta y Gaizka Urresti, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Alexandra Hernández de Hayeda Cultura, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Recuérdame como un árbol batido; como un pájaro herido; como un hombre sin más. Recuérdame como un verano ido; como un lobo cansino; como un hombre sin más”
De la canción Ya ves, de José Antonio Labordeta
Cuando todavía era niño no entendía el activismo de mi padre, aunque siempre que mi madre me dejaba, lo acompañaba. Él siempre estuvo afiliado a partidos de izquierda, incluso llegó a ser candidato a la alcaldía de Sabadell. Era feliz acompañándolo a enganchadas de carteles, reuniones y diferentes actos políticos y manifestaciones. Lo que más recuerdo de aquellos años, años de agitación política que raro era el día que no se escuchaban muchas canciones protesta, entre ellas, como no, “Canto a la Libertad”, de José Antonio Labordeta (1935-2010), que nació un año antes que mi padre. De adulto, conocí a Labordeta , tanto al poeta como al hombre, y no era solo aquel tipo de “Un país en la mochila” de TVE, sino un hombre del pueblo, alguien que siempre defendió al reprimido, al perseguido, al huido, a aquel que siempre se enfrentó al capital, como se decía antes. Un hombre que escribió, cantó y habló sobre los derechos de los olvidados, de los que nadie hacía caso, de los que no paran de trabajar y apenas tienen algo. Perteneció a la generación de mis padres, aquellos que crecieron en dictadura, aquellos que no se dejaron domar, como decía el gran Marcelino Camacho, aquellos que trajeron la libertad y la democracia a este país, con sus luchas, protestas, política y humanidad.
La película Labordeta. Un hombre sin más, de Paula Labordeta, su hija menor, que ha estado toda la vida realizando televisión, junto a Gaizka Urresti, cineasta de larga trayectoria que ha producido a gente tan importante como Agustí Villaronga, Carlos Saura y Santiago Tabernero, entre otros, y dirigido películas sobre Buñuel o Luis Eduardo Aute, entre otros. La película con guion de Miguel Mena, Ana Labordeta y los propios directores, no es un homenaje al uso, porque profundiza en su lado más íntimo y personal, y lo hace a través de los suyos, su viuda Juana de Andrés, sus tres hijas, Ana, Ángela y Paula, y sus nietas, amén de amigos como el dramaturgo Sanchis Sinistierra y algunos más, e indagando en el hombre desde dentro, del humano, del que dudaba, del que sentía miedo, del que se frustraba, pero también reía, se ilusionaba, y a pesar de los pesares, como diría el poeta, seguía en la lucha, aunque bien sabía que había mucho que hacer para conseguir tan poco, cosas de este país tan oscuro y tan triste, donde siempre acaba mal, como mencionaba Gil de Biedma.
La cinta repasa su vida, sus publicaciones, su poesía, su etapa como político, su vida familiar, y sus tantas vidas de alguien inquieto, muy curioso, y alguien que miraba el mundo desde otras perspectivas, desde otra forma, y hacía música para reivindicar a lo pequeño, a lo sencillo, a todo aquello que se les negaba a sus gentes sin más de Aragón. Como buen retrato, no hay espacio para el edulcoramiento y demás falsedades narrativas, porque el propósito de la película es abordar todo aquello del hombre que menos se conoce, porque vemos momentos célebres de su vida, y otros, menos cómodos, donde le asaltaban las dudas, la desilusión y la tristeza. La película ayudará a recordar a uno de los grandes tipos que vivió, cantó y luchó en buena parte de la dictadura y su final, y aquellos años de euforia de la democracia recién nacida y su posterior asentamiento, aquellos años de miedo y oscuridad que muchos intentan contar de otra manera, y también, ayudará a todos aquellos que todavía no conocen su vida y quieran conocerlo, peor conocerlo de verdad, a través de sus hazañas, como contaba aquel tebeo mítico, y sus tristezas, que también las hubo, y las pasó como se pasan, con mucha ayuda y casi siempre en soledad.
El mayor logro de Labordeta. Un hombre sin más, de los muchos que tiene, es su sencillez, su transparencia y su humildad, porque hablar de un hombre como Labordeta que era todo humanidad e intimidad, requería una película así, una película construida como un homenaje de verdad, de los que ya apenas se hacen, con cara y ojos y cuerpo y alma, para hablar de alguien que era uno más, pero a pesar de su existencia sin más, logró destacar y convertirse en un referente, que en este pobre mundo tanta falta hacen, porque ahora parece que cualquier mojigato de tres al cuarto cree hacer algo y mucho más, qué equivocados andan, porque seguramente no conocen a tipos como Labordeta, que era mucho más de lo que fue, sin pretenderlo, y mucho menos sin buscarlo. Y también, es un sincero y profundo homenaje no solo a Labordeta sino a todos aquellos que le acompañaron, tanto conocidos como desconocidos, todos aquellos que lucharon por un mundo mejor y por un trozo de libertad. Para despedir este texto no puedo hacerlo de otras manera que cediendo la palabra y la música al poeta: “Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad… Vivan todos aquellos que soñaron con la libertad, y a José Antonio Labordeta, único, irrepetible y sobre todo, un tipo sin más, que hizo mucho, que en este país es toda una proeza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ariadna Ribas, comontadora de «Pacifiction», de Albert Serra, entre muchas otras, en su domicilio en Barcelona, el martes 6 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariadna Ribas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por hacernos un retrato tan bonito. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Nando Caballero, director de la película «L’últim salt», en su domicilio en Sabadell, el domingo 18 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nando Caballero, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todo el mundo quiere largarse de este barrio. Lo oyes cada día. La verdad es que lo llevo oyendo toda mi vida. Planes de mierda y sueños rotos que no se llegan a cumplir. Pensando en cómo irse para no volver”
La secuencia, a modo de prólogo, que abre Libélulas, muestra a las dos protagonistas Alex y Cata en ese estado de estar sin estar, deambulando por aquí por allá, sin nada que hacer ni rumbo que tomar, haciendo como si se divirtiesen o quizás, una propia representación de esa vida que les gustaría tener y que para nada tienen. Sumergidas en una existencia detenida, malviviendo en esos barrios de la periferia donde no ocurre nada que valga la pena, perdiéndose en las noches donde se drogan, juegan a divertirse y también, se pelean. Son dos jóvenes, amigas de toda la vida, que sueñan con huir de su realidad, pero su realidad hace mucho que las dejó tiradas o tal vez, todavía lo de escapar se ha convertido en un sueño, no en una realidad real.
El director Luc Knowles, que se fraguado en el videoclip y la publicidad, opta por un marco reconocible y atemporal, es decir, su aspecto y su imagen son muy próximas a ese cine del extrarradio, al cine de Larry Clark, Greg Araki, Harmony Korine y Sean Baker, entre otros, sin olvidar a películas como Rosetta (1999), de los Dardenne o Winter’s Bone (2010), de Debra Granik, donde abundan las casas baratas prefabricadas o esas caravanas, gentes sin trabajo o trabajos precarios, gentes sin alma que trapichean, se drogan y pierden su poca vida en noches tan largas que hacen del día un tiempo insoportable. La cámara de Iván Sánchez Boró (que ha trabajado en películas de Ramón Luque), es una cámara pegada al cuerpo y la piel de los protagonistas, metiéndose entre ellos, sumergiéndose en su irrealidad y en su intimidad, sin juzgarlos solo retratando su cotidianidad, sus conversaciones y esa soledad compartida que duele y que entristece. La música de Iván Espejo (aka John Vermont) resulta fundamental en este retrato de aquí y ahora, que sabe escrutar y describir los diferentes estados de ánimo de los diferentes individuos, sus montañas rusas emocionales y ese ir y venir intenso y muy loco.
Una banda sonora que incluye un temazo como los que se marcaba el gran Bambino, porque escuchar “Culpable”, mientras vemos el rostro desencajado de Milena Smit es oro puro, uno de esos momentos del cine español de esta temporada. La trama es sumamente sencilla, vemos las jornadas de estos jóvenes y sobre todo, sus noches de drogadicción y fiestas locas y sexuales, mientras seguimos a un par de polis, uno de ellos corrupto, que investigan quién o quiénes están moviendo por el barrio medio kilo de perico, donde el director usa para ver ese barrio o lo que queda de él, sumido en su depresión enfermiza, con tiendas cerradas y abandonadas, lugares convertidos en basureros, y una desolación que tiene que ver con ese aire fantasmal de los lugares donde la vida pasó de largo. Estos jóvenes podrían ser los hermanos mayores de Javi, Manu y Rai, los tres chavales que pululaban por Barrio (1998), de Fernando Léon de Aranoa, porque si uno de los grandes puntazos de la película es su increíble reparto, que destila alma y fisicidad.
Un extraordinario casting en el que mezcla algún que otro veterano con un reparto lleno de caras desconocidas y muchos debutantes o con poquísima trayectoria en esto del cine, si exceptuamos a Milena Smit como Cata, que nos flipa cada vez que la vemos en sus inquietos y sinceros personajes, con ese aire de fragilidad e inocencia, pero con un alma fortísima en su interior, como la chica oscura de No matarás o la madre-niña de Madres paralelas. Bien acompañada por Olivia Baglivi como Alex, con la que hace una pareja rompedora, que se comen la pantalla, traspasándola y conmoviéndonos a través de una pureza y cercanía maravillosas. Son dos grandes agitadoras ye inquietas y agitando cada secuencia en la que están presente, que no estarían muy lejos de las chicas de la reciente Las gentiles, de Santi Amodeo. Alex es la chica que planea pirarse con su chico Jota que hace Gonzalo Herrero, Pol Hermoso es el rubio, el que se lo hace con Cata, con sus rollos y demás, Lei Lei Wu es el chino, un cocinero al que le va Alex, y trabaja con Marina Esteve, la hermana de Alex. También encontramos a Javier Collado como Nico, el poli de armas tomar, yonqui y putero, toda una joya en la cinta, al que le acompaña Raquel Brel.
Libélulas, gran título que hace referencia a esa fragilidad fusionado con el continuado aleteo, un no parar en unas vidas que pueden deshacerse en cualquier instante. Una película atípica dentro del panorama del cine español, por su transgresora propuesta, su forma y fondo, en continua búsqueda como sus protagonistas, dos mujeres al borde todo y en la nada perenne. Un filme que recoge el aroma de ese cine indie estadounidense que tanto ha brillado a nivel internacional, mostrando las miserias humanas y sociales de aquellos que son expulsados del paraíso que nos hablaba el gran Jarmusch, o aquellos otros, más alejados que tanto le gustaban a Waters, en todo caso, celebramos el estreno de una película como esta, y nos alegramos de la llegada a nuestro cine de un tipo como Luc Knowles, y deseamos que su talento siga trabajando en el cine y sigamos conociendo su forma de hacer y deshacer, y sobre todo, esa intuitiva y humana mirada a los de abajo, a los excluidos y a los que nada tienen y sienten mucho, nos deje algunas obras interesantes, honestas y humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Nyika Jancsó, cinematógrafo e hijo de Márta Mészáros, cineasta a la que la Filmoteca de Catalunya le dedica una retrospectiva, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 14 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nyika Jancsó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos, a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”.
Barón Pierre de Coubertin
En abril de 2015, en un ciclo de Cine contemporáneo polaco que tuvo lugar en la Filmoteca de Cataluña, visioné la película Mundial. Gra o wszystko, de Michal Bielawski. Un documental que se aproximaba a la experiencia de la selección polaca del fútbol en el Mundial del 82 celebrado en España, mientras en su país había protestas, ley marcial, militares en las calles y opositores inundando las cárceles. Una extraordinaria exploración sobre el deporte y la política, sobre lo personal y lo colectivo. Un proceso parecido al que ha realizado el cineasta Elie Grappe (Lyon, Francia, 1994), que después de dirigir un cortometraje sobre danza, inmediatamente después codirigió un documental sobre una orquesta, donde conoció la experiencia de una violinista ucraniana que llegó a Suiza justo antes del Euromaidán (el nombre al que se le dio a las revueltas y protestas del pueblo ucraniano, entre noviembre 2013 y febrero de 2014, que derrocaron al presidente Víktor Janukóvich). A partir de esa idea nació Olga, su primer largometraje.
Con un guion de Raphaëlle Desplechin (del que hemos visto películas tan interesantes como Tournée, de Mathieu Amalric o Curiosa, de Lou Jeunet, entre otras), con el protagonismo de la citada Olga, una niña ucraniana de quince años, gimnasta de élite que debido a los ataques que sufre su madre periodista opositora al gobierno, es enviada a Suiza, la patria de un padre que apenas conoció, y a seguir entrenando para participar en el Campeonato de Europa que sirve de preparación para los Juegos Olímpicos. El director francés fusiona extraordinariamente el documento, rescatando imágenes reales de las protestas grabadas con el móvil por los propios manifestantes ucranianos con esas otras imágenes construidas para la película, que también podrían enmarcarse en el documento, ya que utiliza gimnastas de élite, pero pasado por el filtro de la ficción, creando un relato de muchísima fuerza, tensión, ejemplar naturalidad y sobre todo, una brillante y concienzuda aproximación a la complejidad de una persona exiliada por obligación y compitiendo, mientras su país está en mitad de un proceso revolucionario histórico.
Una apabullante cinematografía de Lucie Baudinaud, que ya estuvo en Suspendú (2015), cortometraje de Grappe, en la que sobresale su férrea cercanía, en la que filma los rostros, los cuerpos y el movimiento de las gimnastas. El estupendo montaje de Suzana Pedro, consigue sumergirnos de forma brutal e inmersiva tanto en ese mundo interior contradictorio y lleno de tensión en el que vive la protagonista, tanto en lo emocional, recibiendo esas imágenes, los videos con su madre y Sasha, su amiga y también gimnasta, como en lo físico, con sus duros entrenamientos, sacrifico y fuerza, y ese espacio de Magglingen, sobre Biena, encerrada en esas meseta estrecha de duro invierno y aislada. El magnífico trabajo interpretativo de la debutante Anastasia Budiashkina en la piel de la antiheroína que, al igual que Sabrina Rubtsova, que se mete en la piel de la citada Sasha, pertenecen al equipo de reserva de la selección de Ucrania de gimnasia, situación que le da a la película y a lo que está contando una verosimilitud y una intimidad extraordinarias, al igual que ocurre con el resto del reparto, todos son integrantes de equipos de gimnasia de élite, tanto preparadores como deportistas.
Estamos ante una película llena de matices, de complejidades y de una honestidad profunda y bien construida, donde no hay buenos ni males, ni ese odioso mensaje de superación ni nada que se le acerque. Aquí hay verdad, a través de la ficción, pero una ficción que podría ser la de cualquier persona que se halle en una situación tan difícil y dolorosa como la que vive Olga, una niña que se va a hacer mayor de repente y de forma intensa, y como pasa en estos casos, todo será traumático, violento y tremendamente tortuoso, una experiencia que la joven la vivirá como puede, entre dos aguas, entre su país, entre todo lo que ha quedado allí, su madre, su amiga del alma, sus raíces, su vida, contra donde está ahora, un exilio forzoso, una salvación que deberá gestionar emocionalmente y físicamente ente durísimos entrenamientos, un nuevo idioma del que no entiende la jerga y una nueva vida, que no resultará nada sencilla debido a los conflictos emocionales en los que está inmersa. Una protagonista que a pesar de los inconvenientes en los que se encuentra inmersa, demostrará una grandísima fuerza y compromiso ante todo y todos. Olga es una película que deberían ver todos los estudiantes y deportistas del mundo, porque no solo se acerca a la vida y al deporte como es, con sus alegrías, tristezas y vuelta a empezar. Toda una enseñanza y lo hace desde la humildad y la humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Justin Lerner, director de la película «Cadejo blanco», en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 14 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Justin Lerner, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”.
Georges Flaconnet y Nadine Lefaucheur (1975)
El relato arranca en la mirada y cuerpo de Daniel, del que sabremos que ha sido expulsado de su empleo como instructor de policía por agredir a uno de sus alumnos. Su vida se pierde atendiendo a su padre demente y teniendo una relación fría con su hermana pequeña. Su único aliciente en la vida es Sara, una mujer a la que no conoce personalmente, pero mantiene una relación online. Un día, agobiado por todo, deja Curitiba, en el sur de Brasil, y con su ranchera se lanza a hacer 3000 kilómetros para darle una sorpresa a Sara, que vive en Sobradinho, al noreste del país.
El director Aly Muritiba (Mairi, Bahía, Brasil, 1979), plantea en su tercera película en solitario, un guion que firman Henrique dos Santos y él mismo, a través de una historia de contrastes, de opuestos, ya desde su pareja protagonista, el mencionado Daniel, que vive al sur, en la fría y conservadora Curitiba, y frente, lo contrario, porque Sara vive en la noreste, cálida y libre Sobradinho. Una trama que parte de una búsqueda, de una forma de encontrar lo que somos de verdad, de nuestra forma de estar en el mundo y sobre todo, la manera de relacionarnos con los demás. También habla de transformación, de tránsito, de dejar quién parece ser que has de ser para ser quién de verdad eres, de dejar de tener miedo, de escucharte, de sentirse y dejar de autoengañarse. El cineasta brasileño no edulcora ni sentimentaliza su película, al contrario, la construye a partir de la verdad, de la intimidad de sus personajes, tejiendo con sumo cuidado un relato donde se indaga en lo social, en las dificultades exteriores e interiores de cada individuo, generando una empatía que va más allá de la apariencia, donde nos habla de un encuentro, un encuentro que cambiará las existencias oscuras y silenciosas de los dos protagonistas, que viven a su manera, en una cárcel social y propia.
Una estructura interesante en la que nos muestran la vida de Daniel, sus conflictos y sus amarguras, y tras veinte minutos, aparecen los títulos de crédito iniciales. Luego, pasamos a la vida de Sara, en la que la veremos en su cotidianidad, su trabajo, su vida con su abuela, y la relación de amistad con su amigo del alma, y su no vida de ocultación y de negarse ante una sociedad que lo rechaza y quiere “curarlo”, como le espeta el sacerdote de su iglesia. Finalmente, la película muestra este encuentro con sus desencuentros, una relación diferente, de autoconocimiento, de libertad, de dejar la oscuridad para abrazar la luz, a través del deseo y el amor, un amor inesperado, de cuerpos y piel, muy erótico, un amor que estaba esperando a materializarse por dos seres que se esperaban, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. La excelente cinematografía de Luis Armando Arteaga, del que hemos visto sus trabajos con Jayro Bustamante y en Las herederas (2018), de Marcelo Martinessi, donde los cuerpos y la piel están pegados a la cámara, sintiendo todo ese vacío, esa búsqueda y esa soledad que tanto acompaña a los protagonistas, que recuerda a la misma luz de Beau travail (1999), de Claire Denis.
La excelente música de Felipe Ayres, ejecutada a la perfección que no limita para acompañar en su periplo vital y de autoconocimiento a los protagonistas, sino que se esfuerza en explicar todo aquello que los diálogos no dicen pero está, con la inclusión del tema ochentero “Total Eclipse of the Heart·, de Bonnie Tyler, que acompaña dos momentos muy importantes de la cinta. El exquisito y magnífico montaje de una grande como Patricia Saramago, que ha trabajado ni más ni menos con dos tótems del cine portugués como Pedro Costa y Rita Azaevedo Gomes, y en Longa noite (2019), de Eloy Enciso, que condensa muy bien la información y la relación in crescendo de los dos personajes, en un metraje amplio que se va hasta los ciento veinticinco minutos. Desierto particular no solo funciona como un drama interior muy psicológico, sino que también realiza una concisión de los diferentes estratos sociales y las múltiples complejidades que hay ahora en un país como Brasil, con sus antagónicas formas de pensamiento y alejamiento en cuestiones humanas, sociales y culturales.
Una película basada tanto en el interior de unos personajes asfixiados por ellos mismos y sobre todo, por el conservadurismo y tradicionalidad de una sociedad arcaica en muchos sentidos, y más con la llegada del fascista Jair Bolsonaro a la presidencia del país desde 2019, donde la comunidad LGBTQIA+ se ha visto fuertemente atacada, vejada y asesinada, debía tener un par de excelentes intérpretes como Arntonio Saboia, al que hemos visto en películas tan interesantes como El lobo detrás de la puerta y Bacurau, entre otras, en la piel de Daniel, un rudo y malcarado policía, ahora expulsado, atrapado en esa masculinidad marcada por los estereotipos y prejuicios ancestrales, frente a la juventud de Pedro Fasanaro en la piel de Sara, el objeto de deseo de Daniel, el joven que debuta en el cine, marcándose un doble rol que eriza la piel, transmitiendo toda la naturalidad posible, metiéndose en un personaje que no está muy lejos de la oscuridad por la que atraviesa Daniel. Una pareja atípica en apariencia, pero que resultará que no están tan lejos, porque sus desiertos particulares están llenos de demasiadas cosas que hasta la fecha habían tristemente obviado y aún más, cosas que les hubieran sacada de su ostracismo y su tristeza. Viva el amor y sobre todo, el amor hacía uno mismo, sin miedo y sin cárceles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“hay una manera de salir del bosque oscuro, pero la mala noticia es que el camino atraviesa el infierno. Y”
Mihaly Csikszentmihalyi
Según la Real Academia de la Lengua Española, el término “cadejo”, recoge la siguiente definición: En la mitología popular de países como Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, se trata de un animal fantástica al que se le atribuye aparecerse a algunas personas para asustarlas o llevárselas. A partir de esta premisa, el cineasta Justin Lerner (State College, Pensilvania, EE.UU., 1980), en un viaje para abrir una escuela de cine en la Ciudad de Guatemala, conoció las “cliclas”, bandas desorganizadas e ilegales llenas de jóvenes delincuentes que se dedican al narcotráfico, al robo y al asesinato. Con todos estos elementos imagina la historia de Sarita, una joven guatemalteca que, una noche después de desaparecer su hermana Bea, sigue al ex novio de esta, Andrés, que la llevará a la ciudad portuaria de Puerto Barrios, en el noreste del país, en la que se infiltrará en la banda a la que pertenece el joven para conocer el paradero de su hermana desaparecida.
Con un guion escrito por el propio Lerner, seguimos el descenso a los infiernos que protagoniza Sarita, una joven sin nada, que nada tiene que perder, y sobre todo, le obsesiona la desaparición de su hermana, un objetivo que no la detendrá a pesar de meterse en lo más profundo de la violencia extrema de Guatemala. Con un gran trabajo de cinematografía que firma el austriaco Roman Kasseroller, del que conocíamos sus trabajos en Juana a los 12, de Martin Shanly, y Cocote, de Nelson Cairo de los Santos Arias, el relato se centra en la mirada y la posición de la protagonista, sumergiéndonos en ese infierno en el que Sarita hará todo y mucho más para ser una más y ganarse la confianza de los delincuentes y así saber que fue de su hermana. Un gran trabajo de montaje del propio director y César Díaz (del que hemos visto su película como director Nuestras madres, sobre los desaparecidos de la dictadura de Guatemala), en el que prima la pausa y el realismo crudo y sucio para una película de ritmo intenso y oscuro que se va a las dos horas.
Díaz también actúa como productor, junto a otros grandes nombres del cine independiente como Mauricio Escobar, en los trabajos de Jayro Bustamante, y el productor estadounidense Ryan Friedkin, responsable de películas como Monos, de Alejandro Landes, y la última de Ruben Ostlund, y Gino Falsetto, detrás de nombres tan potentes como Clint Eastwood y Martin Scorsese. El espectacular trabajo de sonido de un grande como Frank Gaeta, que está al frente de películas de Alexander Payne, Walter Salles y otros productos blockbuster. Un grandísimo reparto encabezado por Karen Martínez dando vida a Sarita, inolvidable protagonista de La jaula de oro, de Diego Quemada-Díez, que ejecuta a la perfección un personaje aislado, que se mete en la boca del lobo en soledad, con valentía y mucho de inconsciencia,. Una joven temeraria y tenaz en su propósito sin calibrar las consecuencias de tan tamaña y peligrosa empresa. Una mujer que radia fragilidad, belleza, fuerza y un coraje inquebrantable.
Un reparto que se completa con Rudy Rodríguez como Andrés, un antiguo miembro de una “clica”, que bajo las órdenes de Tatiana Palomo, una prestigiosa coach de actores no profesionales que, aprendió en la escuela de Carlos Reygadas, actúa de forma natural ante la cámara, al igual que los otros amateur de la película que forman la “banda”. También encontramos a otro de La jaula de oro, el actor Brandon López como Damian, otro de los “gallitos” de la cinta, y al actor guatemalteco Juan Pablo Olyslager, que hemos visto como protagonista en Temblores, y en el reparto de La llorona, ambas de Jayro Bustamante, en un rol de gánster y malcarado. Cadejo blanco tiene el aroma de películas como Accattone (1961), de Pasolini, con esos jóvenes de la periferia, sin futuro y echados al crimen como una salida para sobrevivir, o títulos como Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en los tugurios del sexo más depravado, y en Matar a Jesús (2017), de Laura Mora, donde una joven se introducía en los bajos fondos de la violencia en Colombia para vengar el asesinato de su padre. Bajo una apariencia de thriller de investigación, el relato nos guía por un país muy desigual e injusto, muy bien reflejado en la relación de Sarita y el joven de clase alta con el que se relaciona sexualmente.
Un país en el que una buena parte de su población está destinada a vivir de forma pobre y miserable o eligiendo salidas como las “clicas” dirigidas por sinvergüenzas como “el patrón”, un tipo aparentemente buen ciudadano, padre de familia y simpático, que capitanea esa legión de jóvenes delincuentes que hacen el trabajo sucio para su enriquecimiento. Un gran acierto es no hacer una película condescendiente ni edulcorada, donde las cosas sean blancas o negras, sino llenas de matices e innumerables grises, en que la línea que separa lo honesto y la violencia es finísima, donde uno o una debe cuidarse a sí mismo y hacer lo que tiene que hacer, a pesar de cruzar todas las líneas posibles e imposibles. Sarita no quiere vengarse, solo quiere saber qué ha sido de su hermana, y para ello, no se detendrá ante nada ni nadie, siendo consciente o no del peligro que corre su vida, pero cuando has perdido lo que más querías, porque no arriesgarse en conocer la verdad, aunque está te haga cruzar el lado más oscuro de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA