Louis-Claude de Saint-Martin, “El filósofo desconocido”, 1743-1803
El año pasado, tanto propios como extraños, nos quedamos fascinados por la fuerza expresiva y narrativa de la película La venganza de una mujer, de la directora portuguesa Rita Azevedo Gomes (Lisboa, 1952) una pieza de cámara absorbente y fascinante que adaptaba de manera sublime Las diabólicas, de Barbey d’Aurebilly. Un relato de poderosas imágenes que nos atrapan a través del testimonio desgarrador de una mujer que relataba la penosa experiencia de un amor imposible del pasado. Ahora, Azevedo Gomes (que arrancó su carrera a comienzos de los 70) vuelve a mostrarnos un relato sobre el pasado, sobre la memoria, centrado en dos de las figuras más representativas de la literatura portuguesa del siglo XX, Jorge de Sena (1949-1978) perseguido por la dictadura de Salazar se exilió, primero a Brasil y finalmente a EE.UU., y Sophia de Mello Breyner Andresen (1919-2004), y la relación epistolar que mantuvieron ambos durante el período comprendido entre 1959 al 1978.
La película-viaje de Azevedo Gomes se desmarca del contenido político de las misivas para centrarse en la poesía de ambos, sus inquietudes personales y reflexiones sobre la vida, la muerte, la ausencia, el amor, etc… Y la cineasta portuguesa lo hace desde lo más profundo, acercándose a aquello que no vemos, aquello que se oculta en las sombras, aquello que forma parte de cada uno de nosotros, pero rara vez podemos explicar, y crea un mundo onírico, un mundo de luces y sombras, un caleidoscopio sin fin, en el que conviven texturas, colores, formas, pensamientos, ideas y todo aquello que la materia fílmica puede capturar, en el que viajamos hacia aquellos lugares que forman parte de la memoria de las poesías que vamos escuchando mientras reconocidas figuras van leyendo, tanto del arte como de la vida social, desde Luis Miguel Cintra, Rita Durâo, Pierre Léon, Eva Truffaut…La directora portuguesa abandona cualquier orden cronológico y estructura lineal, dejándose llevar por las diferentes poesías y creando un universo lleno de otros submundos que desconocemos donde empiezan y menos de donde acaban, en un continuo sinfín de imágenes, sonidos y lecturas que respiran unas con otras, dialogando entre ellas, y mezclándose en una elegía sobre un tiempo sin tiempo, un mundo soñado, alejado de éste, que obliga a los poetas abandonar su tiempo, lugar y vida.
Azevedo Gomes parece haber hecho su peculiar y personal viaje en el tiempo, en un tiempo sin fechas, sin lugares, y sin gente, en un tiempo onírico, imaginado, en su trabajo más libre y visceral, en una producción artesanal y con amigos, donde no había prisas ni agendas, sino tiempo para vivir y para filmar, capturando todo aquello que rebelaba lo que estaba sucediendo, lo que se vivía en ese instante, en una película-ensayo que nos devuelve la imagen primaria del cine, aquella en la que todo estaba por descubrir, aquella que nadie había manipulado jamás, cuando en sus inicios, alimentaba de sueños, mundos imposibles y lugares sin espacio y tiempo, donde la materia cinematografía se transmutaba en orgánica, como un pedazo de historia tangible y sedoso, en el que uno se podía imaginar mundos imaginarios, personas fantasmagóricas, y objetos en tránsito, como en un viaje infinito en que el alma se apropiaba de los sentidos y las ideas viajaban sin cesar, en el que tiempo y materia se mezclaban perdiendo su origen natural, y creando un espacio inmaterial y sin tiempo, en el que todo estaba dispuesto para tallar la imagen fílmica y soñada.
La realizadora portuguesa (que tuvo en Manoel de Oliveira a su mentor) ha construido un poema elegiaco, con esa característica mágica que solo encontramos en los grandes como Mekas o Sokúrov, un filme de imágenes poderosas que nos transportan hacia el interior de uno mismo, en un viaje sobre el exilio, la memoria, y la ausencia, donde la vida y la muerte conviven en un solo espacio, donde el agua (elemento primordial en la cinta, que aparece como elemento icónico en los viajes que se relatan en la película) nos devuelve hacia aquel tiempo en el que las cosas eran diferentes, en ese sueño utópico donde las cosas podrían ser de otra manera. Una película que invita al espectador a dejarse llevar, a introducirse en su materia poética de forma inocente, sumergiéndose en las lecturas de las poesías de forma reposada y con pausa, a través de sus 145 minutos, que se pasan volando, casi sin querer, en el que parece que los espectadores asistimos a una especie de trance fílmico donde nuestros sentidos viajan sin cesar hacia esos lugares imaginarios, profundos, interiores, no sólo de la película, sino de cada uno de nosotros.
¿Vivimos la vida realmente que queremos? ¿Decidimos nuestra existencia en relación a lo que sentimos o lo que debemos hacer? ¿Estamos felices con nosotros mismos? ¿Nos arrepentimos más de lo que hemos hecho o lo que hemos dejado de hacer? Esta serie de cuestiones, y otras relativas a la felicidad, a quiénes somos y qué tipo de vida llevamos son las que plantea la primera película de Marga Melià (Palma de Mallorca, 1982) periodista de oficio y cineasta de vocación, que ya exploró los mecanismos de la felicidad en su primer trabajo, un cortometraje de curioso título El síndrome del calcetín desparejado (2012) donde confrontaba las diferencias entre la vida que llevamos y los sueños que tenemos o dejamos atrás. En su puesta de largo, vuelve a aquellos temas, o mejor dicho, continúa investigando sobre los temores, preocupaciones y demás que afectan a la gente de su edad, treintañeros que se mueven casi por inercia, que no acaban por encontrarse, y sobre todo, se sienten frustrados con su existencia, incapaces de vivir la vida que realmente desean.
La trama, sencilla y honesta, gira en torno a una pareja que tiene que separarse. Él, feliz en su trabajo, se traslada a Londres por un tiempo, ella, infeliz en su profesión, se queda sola en Barcelona, y además, tendrá que buscar compañero de piso para sufragar los gastos de la vivienda. El elegido es Luuk, un fotógrafo holandés extrovertido y pura vitalidad, que espabilará y abrirá los ojos a Julia, y le descubrirá más sobre ella misma de lo que ésta imaginaba. Melià hace de la modestia y la simpleza sus armas argumentales y formales, quizás alguna secuencia se muestra algo forzada y sin el debido tiempo que merecería, pero no deslucen el conjunto, construyendo una película pequeña, pero de gran sentido y complicidad con el espectador. Una película luminosa, atractiva y artesanal, que arranca describiendo la Barcelona turística para acercarse a los rincones más personales y auténticos de la ciudad, creando el decorado idóneo para contarnos esta historia romántica, con momentos surrealistas, y otros no tanto, sobre aquello que deseamos y quizás no nos atrevemos a vivir, a veces por falta de tiempo, por inercia, o simplemente por miedo.
Un relato sentimental breve (apenas 72 minutos) que nos sumerge en unos días agridulces, como nos anuncia el título, días para pensar, para darnos cuenta de cosas que nos gustaría hacer, días para sentir aquello que dejamos de sentir, o para mirarnos al espejo y reconocernos en el reflejo que tenemos delante, en una historia que nos habla sobre la amistad, el amor, y sobre todo, de nosotros mismos, sobre quiénes somos en realidad, y como nos relacionamos con nuestros semejantes. La deliciosa música de los Lili’s House añade más sensibilidad y magnetismo a la película, creando esa armonía tranquila y apacible que respira todo el conjunto. Esther González y Brian Teuwen, novatos en estas lides, dan vida a los protagonistas de la película, aportando frescura, vitalidad y humanidad a unos personajes en un momento crucial en sus vidas. Una, entre lo que siente y lo que vive, quizás la eterna cuestión de identidad que azota a muchos jóvenes de hoy en día, y él, enfrentándose a unos sentimientos que parecía tener claros.
Melià que se acerca al aroma que se respira en filmes de Miranda July o Jonás Trueba, nos lleva de la mano por este cuento de verano, mientras compartimos un libro que marcó nuestra adolescencia, o vemos aquella película que siempre nos gustó, o tomamos copas acompañados de unas risas cómplices, y paseamos sin rumbo por la ciudad, o acabamos bañándonos al amanecer, y alquilamos una película en alguno de los pocos videoclubs que todavía resisten, o pasamos unos días en Mallorca probando sus aguas y descubriéndonos a nosotros mismos… Días de verano, días en que conocemos a alguien, que nos enamoramos, o simplemente, sentimos que vivimos por primera vez, o tal vez, nos damos cuenta que hacía mucho tiempo que no nos sentíamos así de bien, o quizás lo habíamos olvidado, tan centrados y agobiados con nuestra vida, o con eso que llamamos vida, muy alejados a aquello que nos hacía sentirnos bien y felices con nosotros mismos.
“El periodismo es contar la verdad, defender al débil del fuerte, luchar por la justicia, aportar consuelo y perspectiva para soportar los odios y los temores de la humanidad con la esperanza de un día crear un mundo en el que los hombres celebren sus diferencias en lugar de matarse entre ellos en su nombre”
I. F. Stone
“Una mentira contada mil veces, acaba siendo verdad”, frase pronunciada por Joseph Goebbles, ministro de propaganda nazi, que creó un imperio de mentiras para propagar su discurso nacionalsocialista por el mundo. Una estrategia que continúan los medios de comunicación actuales, sometidos a los intereses económicos y poderosos de las grandes corporaciones, se han convertido en meros altavoces de esos gigantescos grupos de comunicación que hacen y deshacen según les conviene en un mundo cada vez más deshumanizado, mercantilista y egoísta. La aparición de otras miradas, otras voces, y otras reflexiones, ayuda a comprender la convulsa y compleja realidad mundial, acercándonos a la veracidad de la información, a entender la materia intrínseca de los sucesos y a tener ese espacio necesario para reflexionar sobre lo ocurrido desde un prisma humanista, claro y tranquilo. Alfred Peabody, periodista y cineasta de oficio y vocación, ha dedicado su carrera profesional a estos menesteres, ya desde su programa de investigación The Fifth Estate para la CBC (Cadena pública canadiense) donde contribuyó a ofrecer un periodismo alejado de los intereses económicos y ejerciendo su arma arrojadiza ante las mentiras de los poderosos.
Ahora, con la producción de dos grandes críticos del poder como Oliver Stone y Jeff Cohen en la producción, realiza este documento de político, de poderosa fuerza y sumergiéndose en las entrañas oscuras de los mecanismos del poder, un trabajo sobre la prensa, y todas aquellas personas que trabajan para ejercer un periodismo de verdad, independiente y libre, apartado de las “verdades” interesadas de los grandes medios de comunicación. A partir de la figura de I. F. Stone ( 1907-1989) pilar indiscutible de la libertad de prensa, que en los años 60 se convirtió en la voz crítica contra los desmanes del poder y las mentiras políticas que arrojaban contra la población estadounidense a través del semanario If Stone’s Weekly, un diario independiente que se convirtió en un emblema para toda una generación de periodistas y sobre todo, un símbolo para una parte de la población ávida de conocer la verdad y harta de las patrañas estatales. Peabody realiza una película con nervio, inteligencia y brutal, con ese ritmo endiablado de los mejores thrillers políticos de los 60 o 70, como El político,El mensajero del miedo, Cuatro días de mayo, Los tres días del cóndor o Todos los hombres del presidente (del que se hace referencia explícita en la película, además de aparecer como testimonio Carl Berntein, uno de los periodistas que destapó el escándalo del Watergate que acabó con la presidencia de Nixon).
Escuchamos a periodistas que trabajan en los márgenes, en las zangas de la investigación, lejos del mundanal ruido, con independencia y libertad, siguiendo el inmenso legado de Stone, como Amy Goodman desde su canal de televisión Democrazy Now!, Matt Taibbi en las páginas de Rolling Stone o por Glenn Greenwald y Jeremy Scahill desde The Intercept, periodistas en busca de la verdad, de destapar las vergüenzas de unos poderosos que parecen funcionar al margen de la ley y por encima de todo y todos, sacando a la luz temas espinosos y conflictos enterrados como las revelaciones de la NSA sobre el caso Snowden, las fosas comunes ilegales de inmigrantes mexicanos en la frontera, los asesinatos selectivos con drones militares en oriente Medio, o la falsedad de los motivos que justificaron la invasión de Irak, entre otros temas, con la participación de destacadas figuras de la investigación como Noah Chomsky, Michael Moore, hombres a contracorriente, hombres que conocen sobradamente los hilos invisibles del poder, los que manejan los grandes medios como la CBS o la CNN, porque saben que eso genera hábitos y opiniones en la población. Peabody construye un puzle complejo y siniestro sobre los malos usos de la información de los gobiernos y cómo este grupo de hombres buenos y profesionales (recuerdan la figura que interpretaba Cary Grant en Luna nueva, ese jefe voraz y enérgico, que valiéndose de sus artimañas para no perder a su mejor periodista, y así esclarecer la verdad para salvar a un inocente) se dedican a recabar información y llegar hasta el quid de la cuestión, a través de sus medios digitales, su fuerza narrativa y su mente creadora para esquivar los obstáculos del poder y presentar una información veraz, inteligente y necesaria.
Master class y presentación del libro Evolución en libertad: El cine chileno de fines de los sesenta, presentada por sus autores Verónica Cortínez y Manfred Engelbert, en el marco del ciclo «Una revisió del cinema xilè dels seixanta». El encuentro tuvo lugar el martes 4 de abril de 2017, en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.
Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que ha hecho posible este encuentro: a Verónica Cortínez y Manfred Engelbert, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su organización, generosidad y paciencia.
El pasado domingo 7 de mayo, cerró sus puertas la VII Edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. Después de 10 intensos días de cine, presentaciones, mesas redondas, y demás actividades relacionadas con el mundo cinematográfico. La retrospectiva de este año estuvo dedicada al cineasta mexicano Amat Escalante, las secciones, como vienen siendo habitual, se dividieron en Direccions, Talents y Transicions, y se recuperó la sección de Un impulso colectivo, comisariada por Carlos Losilla, y por primera vez, hubo una sección para los cortometraje. También, se volvió a abrir el certamen a otras sedes fuera del epicentro Barcelona, continuando la propuesta iniciada el año anterior. La noche del sábado, en el Teatre CCCB, antes de la película de clausura, se entregaron los galardones: El Premio Talents recayó en People That are not me, de Hadas Ben Aroya. El Premio de la Crítica fue a parar a El futuro perfecto, de Nele Wholatz, jurado que también hizo una mención a La película de nuestra vida, de Enrique Baró, y finalmente, el Premio del Público se lo llevó The Woman who left, de Lav Diaz. Premios que dieron carpetazo a un sinfín de actividades para todos los paladares, en un festival que después de 7 años, viene dedicándose al cine resistente, diferente, reflexivo y contundente, consolidándose en una ciudad en la que existe un público interesado por este cine, y ha hecho de esta cita, a comienzos de primavera, una concentración del cine que ha dejado huella en festivales prestigiosos de todo el mundo.
Mi aventura en el D’A arrancó con la película LE PARC, de Damien Manivel. Segundo título del cineasta francés que se inicia con una pareja adolescente que se citan en un parque, mientras juegan al amor, hablan de sus cosas, incluso de filosofía, y se adentran en el interior de sus partes más íntimas mientras avanza el día. Manivel, a través de un formato 1:33, nos cuenta dos películas, en la primera, asistimos a una comedia romántica al estilo de Rohmer o Garrel, en el que el amor iniciático parece apoderarse de los chicos, en la segunda mitad, la película cambia de registro, sumiéndonos en un juego kafkiano de resonancias oscuras, dentro del tono minimalista de la primera mitad. Un juego sobre el amor, los sentimientos, y su reflejo en el espejo, una mirada hacia lo oscuro de nuestro ser y sobre todo, de todas las realidades y personalidades que se apoderan de nosotros y en cierta manera, nos definen frente a los demás. Siguiendo en la sección de TALENTS, seguí con A LOS NIÑOS LA BELLEZA, de Rocío Caliri y Melina Marcow. Una propuesta muy singular, que no deja indiferente, procedente de Argentina, pero muy alejada de las películas que se cuecen por allí, aquí no hay problemas sobre juventud y miserias del país, sus dos directoras, afrontan su segundo largo, situándonos en la Dinamarca de principios del siglo XX, en una mansión solitaria y apartada en medio del campo, donde una familia bienintencionada, sufre una tragedia, un recién nacido nace con una malformación y la madre perece en el parto. A partir de ese suceso, el dolor, la amargura y el silencio se apoderan de tan siniestro lugar. Las directoras utilizando el formato 1:33, nos invitan a un tono sutil y distanciado, sin caer en trampas melodramáticas, sino que cuecen su relato a ritmo pausado, componiendo una forma intensa y calculada, de luz etérea, y planos cerrados, que acaban asfixiando y agobiando a todos los personajes, unos seres que se mueven entre mentiras, cinismo y perversiones.
También me acerqué a THE BEACH HOUSE, de Roy Dib. El cineasta debutante procedente del Líbano, nos invita a una velada que acontecerá en una casa de costa con el mediterráneo bramando al lado. Dos hermanas y dos amigos de la más joven, comen, se drogan y hablan sobre sus realidades y las del país: la emigración hacia otros países, la sexualidad, el conflicto árabe-palestino, en un ambiente distendido pero que poco a poco, se encamina hacia el interior de cada uno de ellos, en el que dejarán caer sus respectivas máscaras, y se expondrán al otro, a través de sus sentimientos e inquietudes, en un presente difícil y un futuro igual de oscuro. Un relato con rasgos sociales, pero con una atmósfera inquietante, en el que las relaciones humanas se apoderan de una cinta con tono teatral y ambiguo. L’INDOMPTÉE, de Caroline Deruas. Primer largo de la ayudante de cineastas como Váleria Bruni Tedeschi o Philippe Garrel, con el que ha escrito sus últimas películas. Deruas se basa en una experiencia real para contarnos la experiencia de dos artistas en la majestuosa Villa Medici de Roma (Sede de la Academia Francesa). Seguimos a una escritora que no logra escribir y además tiene como pareja a un escritor maduro y consagrando, y por otro lado, a una pintora, de energía y pasión descontroladas, pero incapaz de encontrar el amor y además, asaltada por los fantasmas del lugar. Deruas reflexiona sobre la creación artística y el amor, en una película de tormentos, neuras y poses artísticas, en las que unos sujetos pasean su (in)capacidad para enfrentarse a sus miedos y alegrías, en un viaje hacía lo más profundo en este inquietante, sobrio y descarnado retrato femenino en el mundo artístico.
KÉKSZAKÀLLÚ, de Gastón Solnicki. Otra muestra del irreverente y fascinante cine argentino actual, en una obra en la que Solnicki, en su tercera película, adopta el título de “Barba Azul”, la única ópera de Béla Bartók, en el que retrata el complejo paso de la adolescencia a la edad adulta, a través de una serie de chicas, que se mueven entre la desidia, el desencanto y la opresión de una vida que no les atrae, les aburre y encima, les obliga a hacer cosas que no les agrada en absoluto. A través de un juego enigmático entre los diferentes espacios y el entorno, y sus cuerpos moviéndose en ellos. E director argentino nos somete a una película de silencios incómodos, de largas tomas, y la distancia prudente e inquieta, con esperas sin sentido, en el que se cuelan las miradas de Antonioni sobre la burguesía, y la inoperancia de éstos para construir sus vidas o encontrar algo que les atraiga y distraiga, en una lucha enfermiza para no aceptar el destino paterno y emprender una huida constante. Para cerrar esta sección, también vi PEOPLE THAT ARE NOT ME, de Hadas Ben Aroya. Primera película de la joven directora israelí, que ella misma produce, escribe, dirige y protagoniza, en un retrato sobre la vida de una joven que intenta superar una ruptura sentimental, a través de una incesante búsqueda de hombres con la necesidad de estar con alguien, pero a la vez seguir manteniendo su independencia. Un estilo directo y naturalista, en el que seguimos a la protagonista por las calles, las habitaciones de su casa, la discoteca y sus incursiones en internet, mostrándonos una intimidad en la que el sexo y los cuerpos se muestran de forma explícita y sin rodeos, capturando las pulsiones y los sentimientos más profundos. Una cinta de arrolladora energía que se erige tanto como un retrato de la juventud veinteañera israelí, sus condiciones de vida y esos lugares de provincia, que no distan mucho de nuestro entorno más próximo.
De la sección de Direcciones, disfruté de lo lindo con DÍAS DE COLOR NARANJA, de Pablo Llorca. Nuevo trabajo de uno de los cineastas más prolíficos del país, en el que a través de un tono naturalista y una forma libre y adaptable, se adentra en una road movie a través de los países mediterráneos, con insistencia en Italia y Croacia, para contarnos una historia de amor en un contexto de crisis y decadencia europea. Llorca construye una película libre, minimalista y artesanal, en el que viajamos en tren, autobús y bicicleta, por las diferentes regiones que la pareja de enamorados va visitando, en la que asistimos al inicio del enamoramiento, a la amistad, y la de compartir entre unos jóvenes que se encuentran de casualidad y continúan viajando y conociéndose, en una Europa que deambula sin sentido sin encontrar su lugar. Una película divertida, romántica y sencilla, que nos atrapa desde lo más íntimo y profundo, retratando no sólo una juventud en medio del caos, sino también la memoria de unos que ya no se reconocen en el continente tan cambiante y lúgubre. Cerré la sesión con BITTER MONEY de Wang Bing. El documentalista chino sigue mostrando las vergüenzas y miserias de su mastodonte nación. Ahora, vuelve a las ciudades-fábrica que asolan las regiones industriales de China, para contarnos, a través de un tono directo e implacable, las terribles y durísimas condiciones laborales de unas personas que dejan sus entornos rurales para sobrevivir o simplemente existir-trabajar en una fábricas colmenas donde se trabaja-esclaviza de sol a sol para mal ganarse la vida. Bing huye de todo aquello que manipule su discurso, deja que las personajes, sus rostros y sus cuerpos inunden su dramaturgia, creando un mundo oscuro, tenebroso, casi terrorífico, por el que se mueven estos individuos que desean volver a su tierra y dejar ese mundo o mejor dicho, submundo, que sólo funciona para enriquecer a unos poquísimos, a través de las empresas extranjeras que facilitan esa mano de obra barata y miserable.
Finalmente, de la sección Un impulso colectivo, que volvía al festival, tuvo la oportunidad de ver CONVERSO, de David Arratibel. Un documento terapia en el que el cineasta español sigue a los cuatro miembros de su familia que se han convertido a la religión católica, y lo hace desde la intimidad de las conversaciones, donde todos explican sus razones, su fe y la llamada de Dios. Arratibel no sólo nos habla sobre la fe, la religión, sino que también, nos habla de la familia y las relaciones que se producen entre todos sus integrantes, y lo hace desde lo más sencillo y directo, hablando y conversando de manera natural y directa con ellos, en un viaje hacia lo más profundo de cada uno, en el que exponen sus creencias, sus inquietudes y su vida, lo más íntimo, lo que no se suele explicar. Arratibel se sirve del cine para explicarnos aquello que lo ha distanciado, lo que no se han dicho, todo lo que se han guardado. Una película sobre la familia, sobre la memoria, y la religión, pero ante todo, un interesante y valiente documento sobre nuestra propia identidad y ser. Seguí con LA MALDITA PRIMAVERA, de Marc Ferrer. Después de su descubrimiento el año pasado en el festival con Nos parecía importante, Marc Ferrer vuelve con una película protagonizada por el grupo de pop “Papa Topo”, en una comedia alocada, divertidísima y desenfrenada, que recuerda a Waters, Lester, y la comedia madrileña de finales de los setenta y primeros de los ochenta con Colomo, Almodóvar y demás. Ferrer construye una película que mezcla géneros, desde la comedia sentimental, la ciencia-ficción y el retrato de una generación en permanentemente búsqueda de un amor que no acaba de llegar, o si lo hace, es de una manera poco satisfactoria y decepcionante. Una película de risas, canciones y devaneos sentimentales, en el que es un canto al amor al cine amateur, al cine hecho con pasión, aventura y extraordinario sentido del ritmo, logrando mezclar con sabiduría situaciones divertidas con otras más profundas y sinceras.
COMO LA ESPUMA, de Roberto Pérez Toledo. Tercera película de Pérez Toledo que nos sitúa en un solo día, en una jornada, en el que un chico monta una fiesta en la casa que comparte con un amigo, para levantarle el ánimo a éste (ya que ha quedado minusválido después de un accidente) y su principal reclamo será que se organizará una orgía. Una comedia alocada y disparatada, que se convierte en una fiesta sobre la vida, el amor y el sexo desenfrenado, en el que a través de unos diálogos inteligentes, y unas situaciones cómicas y complejas, nos seduce y nos convierte en un personaje más, metiéndonos de lleno en un retrato sobre la juventud, sus inquietudes y reflexiones a través de la vida en pareja, las relaciones humanas y las aventuras sentimentales. El cineasta se desenvuelve con energía y logra una comedia adulta con ecos a Blake Edwards, en una cinta coral en el que todos ellos vivirán no sólo sexo y aventura, sino también, una mirada seria y adulta a sus inquietudes e ideas sobre la vida y el amor. Una película que puso el broche de oro a un festival que se ha convertido en una cita imprescindible y muy necesaria en la ciudad de Barcelona, erigiéndose en uno de los festivales más interesantes y audaces en el actual panorama, que como viene siendo habitual, en la gala de clausura, se anunciaron las fechas de la próxima edición que se celebrará del 26 de abril al 6 de mayo del 2018. Larga vida al D’A y sobre todo, al cine que viaja a lugares inexplorados con miradas interesantes y reflexivas, que nos ayuden a entender a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, o si no lo conseguimos, que por lo menos, lo intentemos.
Entrevista a Luis López Carrasco, director de «El futuro», en el marco del ciclo «Gelatina Dura. La cara oculta de la Transició». El encuentro tuvo lugar el jueves 16 de marzo de 2017 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis López Carrasco, por su tiempo, generosidad y cariño, a Mireia Collado de Macba, por su amabilidad, paciencia, atención y generosidad, y a Octaví Martí y Pilar García de Filmoteca por su ammabilidad y generosidad.
Encuentro con la filósofa y ensayista Marina Garcés con motivo de la presentación de la película «Wittgenstein» de Derek Jarman, en el ciclo Per amor a les Arts. El acto tuvo lugar el martes 7 de marzo de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marina Garcés, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.
Entrevista a Pedro Aguilera, director de «Demonios tus ojos». El encuentro tuvo lugar el viernes 28 de abril de 2017 en el hall del Teatre CCCB, en el marco del D’A Film Festival 2017 en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Aguilera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.
“La historia es una pesadilla de la que estamos tratando de despertar”
James Joyce
Es uno de esos días de verano a mediodía, brilla el sol y el calor empieza a ser sofocante. Una pareja de jóvenes retoza y juega al amor a orillas de un lago. Ríen y disfrutan, mientras imaginan que les deparará el futuro fuera del pueblo al que han decidido abandonar y vivir su amor fuera de miradas hostiles. De repente, un ruido llama su atención, suben una pequeña colina y frente a ellos, por el camino, desfila un convoy de vehículos militares que rompe la armonía del instante y parece que de repento todo se ha nublado (como ocurría en Desaparecido, de Costa-Gavras, cuando los jóvenes idealistas americanos se despertaban al ruido de los helicópteros y vehículos militares en la soleada Viña del Mar). El arranque de la película deja clara las intenciones de su historia, la guerra, la maldita guerra se interpondrá en el camino de los jóvenes enamorados, alrededor de la veintena, que protagonizarán las tres historias, diferentes entre sí, pero que sucederán en el mismo espacio, un pueblo dividido entre serbios y croatas, y a lo largo de dos décadas, y con la estación estival como escenario. Una película que pone el dedo en la llaga en la guerra de los Balcanes (Los Balcanes y su eterna disputa que fue el motor de la cinematografía de Angelopoulos) zona de perpetuo conflicto por el odio entre etnias, la intolerancia y la dificultad intrínseca de que puedan vivir en paz unos con otros.
Dalibor Matanic (Zagreb, Croacia, 1975) es un cineasta que ha dedicado su filmografía a explorar y reflexionar sobre los temas candentes que sacuden su tierra, una tierra preciosa, llena de buenas gentes, pero que la diferencia religiosa, social y política los ha conducido a una guerra abierta e interior de difícil solución. La primera de la historias la protagonizan Jelena e Ivan, ella, serbia, y él, croata, situada en 1991, cuando ya se observan los primeros escarceos militares en los que ya se adivinan que la situación insostenible entre unos y otros, iba a desembocar en una guerra cruenta y devastadora que se alargó 4 años. La segunda, nos lleva diez años después, cuando dos mujeres, madre e hija, vuelven a su pueblo y tienen la necesidad de regresar y empezar de nuevo, a reconstruir sus vidas tras la guerra. Natasa, serbia, y Ante, croata, son los personajes que nos conducirán por ese segundo segmento, en el que las heridas de la guerra y el odio, más aún si cabe, se ha apoderado de cada uno de ellos. Y finalmente, el relato que cierra la película, el director nos lo sitúa en el 2011, un tiempo actual, en el que Luka, croata, vuelve a su pueblo, tras unos años estudiando en la ciudad, y se reencuentra con Marija, serbia, con la que en el pasado tuvo una relación y algo más. Las inevitables heridas y el dolor siguen presentes en los personajes, unos seres que intentan levantar sus vidas a pesar de todo lo que ha sucedido, y todo lo que han perdido.
El director croata nos muestra una mise en scène diferente en las tres historias, si bien en la primera el pueblo y sus diferentes escenarios toman protagonismo, a través de tomas largas y muy cercanas (aunque el tono intimismta nos acompañará durante toda la película) en las que vemos el caldo de cultivo de odio entre las etnias que se respira en el ambiente, donde ese primer amor se vive con intensidad y quizás, con esa inocencia de que todos sus sentimientos podrán vencer el odio, la indiferencia y la guerra que se avecina. En la segunda, la película se recoge en las cuatro paredes de la casa, donde los personajes en cuestión, primero se evitan y lentamente van acercándose, aunque con la rabia contenida y la maldad como bandera, un segmento agobiante y asfixiante, en el que la reconstrucción de la casa escenifica el ánimo de muchos que quisieron comenzar de nuevo venciendo el dolor que sentían. En el último, Matanic, nos habla de los jóvenes que no sufrieron las desgracias de la guerra, aunque son arrastrados por el odio imperante y arcaico de su pueblo y sus familias. Luka, al regresar a su tierra, le vuelven todo lo perdido y lo dejado, e intenta reconciliarse primero consigo mismo y luego con su familia, y con la mujer que amó. Aquí la cinta se apodera de la noche, la oscuridad y las luces inundan los encuadres, en el que reinan los contrastes de la fiesta loca nocturna, en el que la música psicótica martillea al protagonista, con la casa de ella, en la que la soledad y la tristeza supuran cada rincón del hogar.
La poderosa y magnética pareja de actores, otro de los grandes aciertos de la película, que además de originar una estupenda química, a los que vemos crecer, con simples pero estudiados matices, a lo largo de las tres historias. Él, Goran Markovic, que interpreta a los hombres de la película, varonil, de poderosa fuerza y aplomo, y ella, Tihana Lazovic, la mujer serbia, que emana vida, lucidez y una enorme expresividad y sensualidad, conviertiéndola en una de las agradables sorpresas que contienen la película, representando esa mujer herida, pero enamorada, esa mujer que va capturando los pequeños matices que ayudan a profundizar en sus diferentes roles. Una película de luz bellísima, que consigue transmitirnos la belleza del verano, con sus colores, su brisa y sus alegrías, en contraposición con la guerra y todos los odios, y traumas que genera en la población. Una tierra de eterna belleza sacudida inexorablemente por la tragedia de la guerra, en la que la película de Matanic se erige como un canto a la vida, a la intolerancia, al respeto, y sobre todo, al amor, superando de esta manera los odios, las diferencias, sean cuales sean, y vengan de donde vengan.
Entrevista a Andreu Castro, director de «Pasaje al amanecer». El encuentro tuvo lugar el martes 18 de abril de 2017 en la cafetería de los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andreu Castro, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.