Entrevista a Pere Arquillué, actor de la obra de teatro «53 Diumenges», de Cesc Gay , en el Teatre Romea en Barcelona, el miércoles 2 de diciembre de 2020.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pere Arquillué, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Suriol de La Costa Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.
“El mal es vulgar y siempre humano, y duerme en nuestra cama y come en nuestra mesa”.
A. H. Auden
Los más cinéfilos recordarán a Hans Beckert, el asesino de niñas de M, el vampiro de Düsseldorf (1931), la célebre y terrorífica película de Fritz Lang, una crítica abierta y directa a otro asesino, el nazismo, que empezaba a resurgir en Alemania. La historia de Enriqueta Martí, la mal llamada “Vampira de Barcelona”, se encamina por derroteros parecidos al del relato de Lang, ya que nos sitúa en una sociedad dividida entre dominantes y necesitados, entre las altas esferas de la Barcelona de 1913, y aquella otra que se pierde entre callejones del distrito del Hospital, llenos de miseria y depravación, por cabarets canallas, rondando putas desdentadas, pidiendo limosna y al servicio de la caridad de los poderosos. De Enriqueta Martí hay novelas, ensayos, incluso una novela gráfica, que rescatan a un personaje del primer tercio de siglo que, muy a su pesar, se convirtió en enemigo público, al que se le atribuyeron desapariciones y horrendos crímenes de niñas. Lluís Danés (Arenys de Mar, Barcelona, 1972), ha construido una carrera muy interesante como director artístico y director, con títulos como Llach. La revolta permanent (2006), sobre la elaboración del trabajo ”Campanades a Morts”, de Lluís Llach, sobre los asesinatos de Vitoria en 1976, o el personal telefilme Laia (2016), basado en una novela de Salvador Espriu, sobre amores trágicos.
Con La vampira de Barcelona, el director de Arenys, se adentra en otro terreno, más ambicioso, peor con la humildad y la personalidad que caracterizan sus trabajos, poco es más. Lo que más destaca la película es su grandísimo trabajo del espacio cinematográfico, que coge de la citada novela gráfica, con su maravillosa ambientación y empleo visual, con las maravillosas siluetas animadas, herencia de la gran Lotte Reiniger, que agrandan el encuadre, creando esa maravilla de profundidad de campo, donde cada lugar es físico y emocional a la vez, donde un bar se convierte en una calle, y donde los pensamientos y las acciones de los personajes conforman una especie de laberinto escénico, donde todo es posible. El grandísimo trabajo de cinematografía obra de Josep M. Civit, con ese sobrio y elegante blanco y negro, que explica la negrura y sombría Barcelona, con las huellas de la semana trágica de 1909, la inestabilidad política, y la alarmante escalada social y criminal constante. Un b/n, azotado por elementos de color, como hacía Coppola en Rumble Fish, con ese rojo sangre, o el colorido del burdel, donde acaban todo el esplendor de esa falsa Barcelona, que resalta con la negritud del resto, en un mundo donde sueños y pesadillas se mezclan, perdiendo su verdadero significado, donde todo es pura apariencia, donde en mitad de pocos metros, se anudan la vida y la muerte, como el gran teatre del Liceu, o esas calles siniestras en las que pululan seres desesperadas como el padre que busca a su hija desaparecida.
Sebastià Comas es el periodista-guía que usa Danés para mostrarnos su película y su contexto histórico, que abarca medio año, en un potente flashback, que nos remonta al inicio de todo, o el final, según se mire. Comas (en la piel de un grandísimo Roger Casamajor), es un tipo con ideales, alguien en busca de la verdad, un personaje integro que tropezara con los designios de su jefe, que además es su protegido, alguien que cree en un mundo más justo y real, que alivia con morfina sus trastornos psicológicos, un perdedor en toda regla, un antihéroe como los que habitan en las novelas de Baroja o Valle-Inclán o los westerns de Peckinpah o Hellman, un pobre diablo que lucha contra gigantes en forma de molino, un personaje quijotesco, sobrepasado por sus traumas, intentando encontrar su lugar en un mundo atroz y sin escrúpulos, en una sociedad en mantener las formas y más interesada en el dinero y la depravación.
Comas es el puente de este mundo miserable y lleno de mentiras, porque frecuenta la alta burguesía y los bajos fondos, se relaciona con tipos como el abogado Salvat o el jefe policial Amorós y Madame Leonor, la dueña del prostíbulo, pero también, con gente como Amèlia, una puta sin más, que también intenta huir como Comas, o Fuster, el padre enloquecido, o la propia Enriqueta Martí, una curandera y pobre como tantos de esas calles. La película se construye a través de la investigación de Comas sobre unas niñas desaparecidas, con un guion que firman Lluís Arcarazo y María Jaén (que ya habían estado en los anteriores trabajos de Danés), construyendo todo ese imaginario, a través de un rítmico montaje que firma Dani Arregui, el consumado trabajo con el sonido, y el fuera de campo, y al excelente partitura musical, creando ese universo de fábula, lleno de otros mundos, con ese aire romántico y terrorífico a la vez. Danés opta por la artesanía cinematográfica, desde lo mostrado como el impecable trabajo de vestuario y maquillaje, o lo oculto, como esas pesadillas del protagonista, donde cada mirada y gesto de los personajes se vuelve tangible e íntimo, como cada objeto o calle, con ideas fantásticas, como la suciedad y la miseria de esas calles empedradas, el sonido ambiental, esas sábanas-lonas que escenifican las calles, o esos momentos fantásticos, donde realidad y pesadilla se confrontan con el protagonista, elementos que ayudan a crear esa atmósfera inquietante y fantástica que recorre toda la película.
Un extraordinario grupo de intérpretes viene elegidos para encarnas los personajes de esa Barcelona como el citado Casamajor, Bruna Cusí demostrando su enorme valía en cada trabajo, encarnado a Amélia, el personaje que más entiende a Comas, la mirada de Nora Navas para ser la mártir de la función, la Enriqueta Martí de turno, y luego, todo un ramillete de estupendos intérpretes como Francesc Orella, Sergi López, Núria Prims, Mario Gas, Pablo Derqui, Anna Alarcón, Francesca Piñón, Albert Pla, y muchos más, conforman un abanico heterogéneo y peculiar como era la Barcelona de 1913, recorrida por el poder absolutista, heredado de las colonias, con ese otro universo, el que se consumía por las callejones oscuros y malolientes del distrito Hospital, en el Raval, donde gentes sin nombre se mueven entre basuras, escombros y olvidos, intentando sobrevivir y existir por algún pedazo de pan que llevarse a la boca, a expensas de una clase dominante que dirige, ordena y disfruta a su merced. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Lupe Pérez García, directora de la película «Pa’tras ni pa’tomar impulso», en los jardines Mercè Vilaret en Barcelona, el miércoles 2 de diciembre de 2020.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lupe Pérez García, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.
“No importa lo duro que trabajes aquí en Filipinas, nunca vas a ganar el mismo dinero que limpiando váteres en el extranjero”.
La primera imagen que vemos en una película tiene una importancia primordial en el desarrollo del relato. Una primera imagen que definirá tanto el contenido como la forma de dicha obra. La primera imagen que vemos de Overseas (que se traduciría como “de ultramar”), vemos en un plano fijo, en silencio, a una joven filipina, de rodillas, mientras limpia un váter. En cierto momento, comienza a llorar desconsoladamente, sin dejar de seguir con su tarea. Sin recurrir a ningún diálogo, la directora Sung-A Yoon (Seúl, Corea del Sur, 1977), nos explica que sienten las llamadas OFW (Overseas Filipino Workers), mujeres filipinas que marchan al extranjero a trabajar como empleadas del hogar. La cineasta francesa, nacida en Corea, y afincada en Bruselas, debutó en el largometraje con el documental Full Of Missing Links (2012), en la que emprendía una búsqueda de su padre, ausente desde su infancia, que la llevó por muchos certámenes internacionales. Ahora, nos habla desde la intimidad y la sensibilidad, de un grupo de mujeres filipinas, mientras se preparan en un centro de formación para trabajar en el extranjero. A modo de diario, la película nos muestra varias de estas mujeres, sus actividades de formación, sus formas de comportarse a la hora de trabajar y tratar a sus futuros empleadores, asistimos a las representaciones de su futura cotidianidad, en la que hacen tanto de criadas como amas, trabajando las situaciones a las que deberán enfrentarse, como posibles abusos, maltratos y demás vejaciones.
Seguiremos la cotidianidad formativa de un grupo de mujeres a las que conoceremos y escucharemos, como hablan de la familia que dejarán por algunos años, de la falta de oportunidades en Filipinas, de los miedos e inseguridades que las acechan, de enfrentarse a una vida en el extranjero y solas, sin nadie que las ayude o las socorra, de las tremendas dificultades de las exhaustas jornadas laborales a las que serán sometidas, y a no rendirse jamás para ayudar a su familia. La directora sur coreana-francesa nos brinda la oportunidad de testimoniar estas sesiones de preparación, de conocer su interior y sus sentimientos, sus desconsolados llantos al dejar a sus familias y enfrentarse a un mundo hostil, que hablan en otro idioma, y además, el aura de servidumbre y pobreza que las persigue, empleos esclavizados en que el mundo privilegiado y dominante explota al resto del mundo, a aquellos que siglos de colonización y abusos económicos, sociales y culturales, los han abocado a una realidad de inmigración y desarraigo.
Overseas lanza una mirada crítica, durísima y de denuncia, ante la situación de vulnerabilidad y abusos que viven estas mujeres, aunque la película también muestra un lado más amable, desde el humor negro y las situaciones surrealistas que viven cuando cambian su rol y hacen de ama, y es cuando las risas y la relajación afloran en unas mujeres, que algunas ya han vivido y sufrido la experiencia de trabajo en el extranjero, y otras, se preparan para vivirlo por primera vez. En la película escuchamos los idiomas originarios de las mujeres, como el talago e ilongo, y también, el inglés, el idioma del trabajo en el extranjero, el que hablan sus “amos”, que vivirán en Corea del Sur, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, etc…, todos ellos países donde el neoliberalismo acomodado explota sin compasión a todos aquellos que llegan con la ilusión de mejorar sus vidas, algunas mujeres se encuentran jefes amables y comprensivos, pero otras, se tropiezan con seres abusadores, explotadores y malvados.
Sung-A Yoon no solo ha construido una película inteligente y conmovedora, sino también, un retrato humanista y honesto, en el que no lo visibiliza el trabajo y el sacrificio de todas estas mujeres, según cálculos oficiales, se trata de unas 10 millones de trabajadoras filipinas que cada año se van a trabajar como empleadas en el extranjero. Overseas nos muestra quienes hay detrás de estas cifras económicas, quienes son realmente, que sienten y sobre todo, sus humildes y cotidianas existencias, en una película que se desarrolla íntegramente en las cuatro paredes del centro de formación, con ese precioso epílogo que seguro emocionará a los espectadores, porque como nos viene a decir la película, en las vidas de estas mujeres hay muchas más cosas a parte del trabajo, la servidumbre y la explotación a laque son sometidas en el extranjero, también, hay vida y sentimientos, aunque estos no se vean, y haya que sumergirse para mostrarlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Lo que cuenta no es de dónde vienes, sino adónde vas”.
Ella Fitzgerald
Sandra vive en Dublín, tiene la treintena de años, y dos hijas adorables. Pero, tiene un marido maltratador, y después de una paliza, decide coger a sus pequeñas y largarse. Pero, no le resultará nada fácil. Sandra vive en un hotel que paga el estado, y mantiene dos empleos, uno como camarera, y el otro, cogiendo el legado de su madre, en las tareas de limpiadora y cuidadora de la Dra. Peggy. Además, mantiene la custodia compartida con su ex. Las jornadas maratonianas y las dificultades se amontonan en la vida de Sandra. Ella hace todo lo que puede, pero quizás no es suficiente. La actriz Clare Dunne imaginó la historia de Sandra y se puso a escribir, una tarea a la se unió Malcolm Campbell, para contar el relato de Sandra, de cómo deja un matrimonio negativo, para comenzar de nuevo, y sobre todo, construir un hogar para sus dos hijas y ella.
Phyllida Lloyd (Bristol, Reino Unido, 1957), se ha pasado toda su carrera entre el teatro y la opera, hasta que en 2008 con ¡Mamma Mia!, la adaptación cinematográfica de la famosa obra de los Abba, consiguió un éxito planetario, que le llevó a repetir con Meryl Streep en La dama de hierro (2011), retratando a la política conservadora Margaret Tatcher. Ahora, Lloy vuelve a ponerse tras la cámara para contar el retrato de otra mujer, Sandra, está más terrenal y de ahora, siguiendo sus momentos agridulces en el sombrío y plomizo Dublín, de alguien que no se rinde, que continua batallando para darles un nuevo hogar a sus hijas, y la tarea no le resultará nada fácil. Herself, en su título original, que se traduciría como “Sí misma”, es toda una declaración de principios del personaje principal, en un viaje emocional en el que será ella misma que tenga que dar un paso al frente y comenzar a caminar un periplo nada sencillo, pero necesario para crecer como persona y seguir remando a contracorriente. Volver a empezar sigue la línea de títulos de creadores como Loach o Leigh, en la que nos hablan de los desajustes sociales a través de personas sencillas, con empleos cotidianos, y que diariamente se levantan para seguir en la lucha, mantener su trabajo e intentar mejorar sus vidas.
El tono de Lloyd es duro, pero también, cercano y más ligero, su intención es retratar a una mujer decidida y valiente, pero también, vulnerable y temerosa ante el abismo al que se enfrenta, dejando una vida acomodada pero tremendamente infeliz, para adentrarse en otra vida, más incierta y con muchísimas dificultades. La película es sensible, sin caer en la sensiblería, cuenta muestra utilizando un marco directo y transparente, si que encontramos esos instantes en que las sombras se convierten en luces, en que los astros ayudan a Sandra, y lo que parece un callejón sin salida, se convierte en un resquicio de luz pro el que adentrarse. Una historia que mantiene un ritmo que no decae en ningún instante, ya que el personaje de Sandra no se detiene, no puede ni debe permitirse ese lujo, porque el reloj corre en su contra, debe mantenerse activa y accionarse para conseguir su objetivo, a pesar de todos los obstáculos con los que se encontrará.
La directora británica logra de una forma sencilla y cercana, contarnos una realidad en la que muchas mujeres occidentales se encuentran, dejar a su marido y lanzarse sin red a una nueva vida, a una nueva esperanza. Una película de estas características debía encontrar a una actriz de mirada intensa y gesto conmovedor para interpretar a un personaje fuerte y vulnerable como Sandra, y se ha encontrado en la figura de la actriz Clare Dunne, la mujer que empezó a escribir un guión, bien acompañada por Harriet Walter como la Dra. Peggy, esa alma benefactora tan bienvenida para Sandra, o Conleth Hill, el obrero que ayuda a Sandra a levantar una nueva vida. Volver a empezar, coloca el acento irlandés en una problemática muy habitual en este mundo donde cada día es más difícil saber lo que uno quiere, saber querer y saber dónde ir, elementos indispensables contados con sabiduría y sobriedad, en una película que llega al alma, porque nos habla de valentía, de no rendirse, de fraternidad, en estos tiempos donde ayudarse es esencial para vivir y salir del pozo, y sobre todo, nos habla de mirar al otro y tenderle la mano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”
Friedrich Nietzsche
La película se abre de una forma salvaje y terrorífica. En el interior de una pequeña iglesia de Testigos de Jehová (opción minoritaria religiosa en Georgia), en la pequeña localidad de Lagodekhi, localizada en la parte inferior de la cordillera del Cáucaso, en la frontera con Azerbaiyán. Mientras los fieles escuchan al líder religioso, unos desconocidos lanzan unos artefactos incendiarios que dejará la iglesia reducida a escombros. Después, el relato se centra en Yana, la esposa de David, el líder religioso, y Girogi, el hijo de ambos. La película sigue a Yana, una mujer relegada al ámbito de esposa y madre, alejada de sus deseos personales, una mujer que sufrirá un cambio, y le llevará a un camino sin retorno, donde experimentará todo aquello interior que se mantiene oculto y encerrado.
La opera prima de Dea Kulumbegashvili (Lagodekhi, Georgia, 1986), es un cuento moderno de aquí y ahora, que nos habla de intolerancia, pequeñas y aisladas comunidades, centrado en la figura de una mujer, que parece que tiene todo lo que quería, pero nos daremos cuenta que todo es apariencia, que dentro de ella, las cosas claman hacia otras cosas, de alguien perdido, de alguien que se siente atrapada en un rol que no ha elegido, en el epicentro de una comunidad pequeña, aislada y perseguida. La directora georgiana nos sumerge en la mirada y el cuerpo de Yana, siguiendo con su cámara el periplo del personaje, enfrascado en un viaje interior y personal de proporciones inciertas. La película usa el formato cuadrado, un encuadro quieto, a partir de planos secuencias, en que la cámara apenas se mueve, en tres instantes contó el que suscribe, consiguiendo ese estado donde el personaje detenido o en movimiento mira hacia fuera de lo que vemos, o le hablan en off, mientas la observamos, siguiendo casi en silencio su peculiar travesía a los abismos de su alma, a su descenso a los infiernos, a una forma de encontrarse o huir de su penosa existencia, atravesada por una crisis matrimonial, y convirtiéndose en una extraña de su propia vida.
Con el mismo aroma que arrecia en el universo de Haneke o Lanthimos, la realizadora georgiana administra con inteligencia el tempo cinematográfico, consiguiendo esa aura de misterio y terror que recorre cada plano y encuadre, tanto lo que se ve como lo que no, donde nunca sabemos hacia dónde va a ir cada secuencia, ni tampoco la que vendrá inmediatamente después, haciendo gala de un increíble uso del off, tanto en el espacio como sensorialmente, atrapándonos en cada instante de la película, en que todo el entorno e interior de alma se tornan inquietantes, donde nada parece real o fantasioso, donde realidad y sueño se mezclan, se entorpecen y todo su mundo se llena de una neblina espesa y terrorífica. La aparición de un personaje como Alex, el policía que investiga el ataque, en la existencia de Yana, provocando situaciones muy perturbadoras, donde lo doméstico, tanto en su interior como en sus alrededores, se convierte en un espacio difícil de descifrar y sobre todo, reconocer.
La cinematografía de Arseni Khachaturan, esencial en una película de estas características, donde es primordial el uso del ritmo y el espacio, tanto el que vemos como el que no, en que tanto como el hogar como sus alrededores, se bañan de una luz sombría, siguiendo sin descanso a un personaje cada vez más ausente, contradictorio y lleno de dolor, como les sucedía a las mujeres de Gritos y susurros, de Bergman. Una planificación que convierte cada encuadre de la película en una asombrosa experiencia, consiguiendo una brutal atmósfera, de una plasticidad impecable, bellísima en su forma e imagen, y de puro terror en su contenido, como si el tiempo y el espacio de Yana, reconocible hace un tiempo, ahora lleno de fantasmas y monstruos acechantes, con esas sombras que tanto abundaban en el cine estadounidense de los cuarenta y cincuenta en películas como House by the River, de Fritz Lang, o Almas desnudas, de Ophüls, entre otras, donde al igual que le ocurre a Yana, sus personajes se introducían, a su pesar, en una espiral de autoengaño, psicosis y violencia, que les llevaba a acciones y situaciones terribles.
Un buen reparto en el que destacan Rati Oneli, como marido de Yana, también coguionista y productor, Kakha Kintsurashvili como el enigmático Alex, y La magnífica composición de la actriz Ia Sukhitashvili (que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Alexei German y Mohsen Makhmalbaf), alma mater de la cinta, interpretando a la antiheroína y desdichada Yana, una mujer que acepto su condición de esposa y madre, y que ahora, se siente en una cárcel, en su propia celda, en un lugar que no reconoce, en un sitio oscuro y lleno de espectros que la acechan, en un momento de su existencia en el que todo lo extraño se está apoderando de su existencia, en el que ha empezado un camino de funestas consecuencias, donde ya nada tiene sentido, si es que antes lo tenía, donde se ha dado cuenta que ya no ha vuelta atrás, que todo su esfuerzo por ser quien no quería ser, se ha desvanecido, porque su mundo empieza a encaminarse a un abismo que, curiosamente, como suele ocurrir, estaba más cerca de lo que Yana imaginaba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todos gozáis de buena salud, pero ni os imagináis la felicidad suprema que siente un epiléptico un segundo antes de la crisis. Toda la felicidad recibida a lo largo de una vida no la cambiaría por nada del mundo ante eso”
Fiodor Dostoïevski
“Los cineastas tenemos una gran responsabilidad. Debemos elevar el film del plano de la industria al del arte”
Carl Theodor Dreyer
En Climax (2018), la anterior película que vimos de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963), el relato de unos jóvenes que se encierran para bailar música dance, mezclando drogas, sexo y violencia. Climax define muy acertadamente todas las pulsiones e intereses del universo de Noé. Un mundo en el que la narrativa deja de tener importancia, para sumergirnos en un relato poliédrico, en el que todo ocurre aquí y ahora, con una cámara escrutadora y muy cercana, que sigue incansablemente a sus criaturas, unos seres en continua agitación, moviéndose de un lugar a otro, en el que se suceden las diferentes historias y acciones personales al unísono, en que la película se convierte en un todo, con múltiples ventanas y relatos, una especie de laberinto que ni empieza ni termina, simplemente, continua.
No es de extrañar, que Noé, un cineasta que lleva dos décadas en el oficio, se detenga a investigar no solo las narrativas y representaciones del cine, sino sus rodajes, esos espacios en el que un grupo de personas que, en muchos casos, se conocen poco y casi nada tienen en común emocionalmente, se encierran en cuatro paredes para trabajar juntos, organizarse y construir una película. Aprovechando el encargo de la firma de moda de Saint Laurent, Noé se hace cargo de Self 04, con el único condicionamiento por parte de la compañía de promocionar sus rostros y colecciones, en que el director argentino afincado en Francia, aprovecha para introducirnos en la vorágine y psicosis de un rodaje, el de la película “L’oeuvre de Dieu”, una película ambientada en la caza de brujas durante la Edad Media. La secuencia que preparan se trata de la quema en la hoguera de tres brujas, y nos sumergimos en la preparación ya en el set de filmación.
Lux Aaternea, el nuevo viaje sin frenos al subconsciente de Noé, arranca con sendas citas sobre la naturaleza y el propósito del arte, leeremos otras de otros cineastas como Godard, Fassbinder o Buñuel, entre otros. Veremos experimentos narrativos, en que la pantalla partida o duplicada, donde nos muestra la misma acción desde diversas perspectivas, y en otras, enseña dos acciones paralelas que ocurren en el mismo instante. La verborrea de los personajes es constante, no paran de hablar, dialogar y discutir, tranquilos o enfadados, y moviéndose constantemente, si exceptuamos la obertura, en que observamos a Béatrice Dalle, como la directora y a Charlotte Gainsbourg, dando vida a la actriz protagonista., en la que hablan, en un tono entre documento y ficción, de sus experiencias en rodajes. Aparece el productor, totalmente desencantado y tenso, que pretende echar a la directora, la propia directora echa pestes de todos, y vocifera constantemente, la actriz protagonista más preocupada de su hija que del rodaje, el camarógrafo se siente incomprendido, hay un tipo que por orden del productor, graba a la directora, las modelos que serán quemadas en la hoguera se quejan del vestuario y la nula organización, además, existen invitados o gentes que conocen a alguien del rodaje, y se han colado, como un periodista con ganas de jaleo, o un aspirante a director demasiado engreído.
Con esa cámara-sombra que sigue con planos secuencia los diferentes conflictos y acciones de los personajes, en los que somos testigos de sus gestos, miradas y trifulcas, tanto verbales como físicas, y sobre todo, del caos absoluto del rodaje, la producción y la incapacidad para llevar a cabo la filmación. Son solo cincuenta y un minutos, pero llenos de nerviosismo, tensión y violentos, registrando las diferentes situaciones que se generan en cualquier rodaje multitudinario, con referencias a película del calado de Häxan, de Benjamin Christensen, o Dies Irae, de Dreyer, dos clásicos sobre la caza de brujas, de los que también se incluyen algunos fragmentos de sus películas. El director argentino, afincado en Francia, habla del cine, de la dificultad de hacer cine, de la psicología que hay que tener para manejar un grupo de individuos, con sus conflictos internos y egos varios, llenando cada plano y encuadre en un viaje psicótico sin fin, ayudado por esa luz sombría que contamina todo el estudio, y la estroboscopia de luz, que define el caos reinante, con esos destellos de luz parpadeantes con colores brillantes, que algunos les da paz y a otros, los pone atacados. Quizás la mejor definición de lo que es el cine y todos los que trabajan en él, un carta de amor y odio al cine, al arte, a la pasión y al desenfreno. Una dicotomía frágil y sensible, por un lado, y psicótica y desorientada, por otro, y en mitad de todo, una película que hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino cuando la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”.
Gabriel García Márquez
El sábado 14 de marzo de 2020, con el anuncio del gobierno del “Estado de alarma”, arrancaron unos meses de incertidumbre y auténtico terror en el país. Mientras todos estábamos confinados en casa, la vida continuaba, y muchos trabajadores luchaban incansablemente contra la pandemia del Covid-19, un virus contagioso que se propagaba por el mundo a velocidad de crucero, dejando en su recorrido millones de enfermos y cientos de miles de fallecidos. El director Hernán Zin (Buenos Aires, Argentina, 1971), con experiencia de más de una década como camarógrafo de guerra y documentalista, con trabajos sobre derechos humanos y países en guerra como en Nacido en Gaza (2014) y Nacido en Siria (2016), donde niños nos explican su terrible cotidianidad, y Morir para contar (2017), en el que dio voz a los periodistas de guerra, como él, contando sus experiencias y traumas.
Ahora nos llega 2020, en la que Zin y su reducido equipo, se han sumergido en Madrid, el epicentro de la tragedia, en las entrañas de la pandemia y en la primera ola de contagios, documentando el lado humano de la tragedia, en los profesionales que diariamente batallaban para salvar vidas. La película narra en un tono realista e íntimo, todo lo que se ha vivido en los espacios del Covid-19, lugares como hospitales, residencias, funerarias y cementerios, calles vacías, y cómo los familiares de enfermos o fallecidos han vivido ese tiempo. El director bonaerense captura la vida y el trabajo de tantas personas implicadas en el proceso, mientras las escuchamos, en las que nos cuentan sus reflexiones, miedos e inseguridades, todo lo vivido, todo lo experimentado, y lo hacen de frente, relatándonos toda la vida y la muerte que vivieron, que lucharon y sintieron. 2020, no es un documental que muestra heroicidades ni nada semejante, huye de toda esa idea romántica de la batalla contra la pandemia, mostrando todo su humanismo y crudeza, toda la miseria, pero sin caer nunca en el tremendismo o lo sentimental, hay sensibilidad, como no podía ser de otra manera, pero bien entendida, aquella que nos hace conmovernos y provoca reflexión. La cinta captura toda la verdad y realidad vivida y experimentada, o al menos, una parte de esa realidad que tantos vivieron en la primera línea de la enfermedad.
La mirada de Zin nos habla de humanidad, de trabajo extenuante, de organización cuando reinaba el caos, y faltaban herramientas y utensilios para trabajar, de personas que trabajaban con lo que disponían para salvar vidas. El director, afincado en Madrid, construye un complejo y crudo retrato-caleidoscopio, en el que filma con respeto y sobriedad, como demuestra en el encuadre que abre la película, llenando la pantalla de diversas vidas y experiencias de profesionales sanitarios, empleados de funerarias, fuerzas del orden, familiares de residentes, y un largo etcétera. Un grupo humano que trabaja y siente todo lo que experimenta, que explican sin tapujos la dureza de un virus muy fuerte y aniquilador, que ha destapado las miserias de una sociedad demasiado preocupada por el éxito individual y en lo económico, que desprecia la parte humana, y sobre todo, lo colectivo, partes esenciales que nos están salvando de esa tragedia, una tragedia que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. Zin y su equipo nos muestran el cuaderno diario de esos dos primeros meses, imágenes espeluznantes que tardarán en marcharse de nuestra memoria colectiva, cuando se amontonaban los fallecidos, con las enormes dificultades que vivieron los sanitarios, el inmenso pabellón de feria de Ifema convertido en hospital, las hileras de ataúdes, el trabajo a destajo de los enterradores, las tristes y solitarias despedidas de los familiares a sus difuntos, las terribles consecuencias en las residencias con tantos mayores fallecidos, y muchas más derrotas que ha provocado el dañino virus.
El director argentino y su equipo, se han convertido en uno más, en esa mirada de complicidad que tanto necesitaban los profesionales, sintiendo ese amor que en estos momentos trágicos necesitaban. Una película construida sobre la memoria de ese tiempo, un tiempo que jamás habíamos vivido, un tiempo en que, cuando la vida se había detenido, otros seguían con sus vidas, y sobre todo, con sus trabajos, luchando contra la pandemia, siendo testigos de la magnitud de la tragedia, siendo testigos de tanta fatalidad. La película reivindica el trabajo de estos profesionales, y lo hace desde la honestidad y la sencillez, mostrando su trabajo y su lado humano, porque como ha demostrado la pandemia, es de vital necesidad para la vida la gestión pública, y el inmenso trabajo de tantos profesionales que, sobre todo, necesitan más y mejores recursos para seguir trabajando en mejores condiciones laborales, porque si queremos una sociedad justa e igualitaria, hay que seguir trabajando para eliminar tantas desigualdades, para estar mejor preparados para la próxima vez que lo necesitemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
<p><a href=»https://vimeo.com/479792841″>Tráiler 2020 documental Hernán Zin</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
“A veces, cuando taconeo siento que me meto en la tierra, y siento que me quedo ahí, clavá, me siento como un árbol de esos de mi pueblo, porque ahí, ahí está el secreto de la bellota, en crecer pa’bajo, pa’luego, crecer mucho, mucho, pero que mucho pa’arriba”
En la imagen que nos da la bienvenida a la película, vemos a Carmen con los ojos cerrados, muy cerca de la cámara, como soñando, para luego pasarnos a otra, en la que la bailaora muestra su arte a un grupo de niños y niñas indígenas, en alguna remota aldea de los Andes, en la Argentina. Sobre las imágenes que no tienen sonido, escuchamos la voz andaluza de la bailaora, expresando en palabras lo que siente cuando baila. A partir de ese instante, ya no podemos mirar hacia otro lado, la gracia, el arte, la mirada y el gesto, y el flamenco que desprende por todos sus poros Carmen, se convierten en nuestro camino y destino. La película entrará en su vida, en su alma y nos descubrirá a la artista y a la persona.
De la directora Lupe Pérez García (Buenos Aires, Argentina, 1970), ya habíamos visto Diario argentino (2006), en la que la propia Lupe volvía a su país natal, después de años como inmigrante en Barcelona, para mostrarnos sus ilusiones, inseguridades y un trozo de su vida y su entorno, y el sentimiento de arraigo de todos los que abandonan su tierra. Como editora en El cielo gira, de Mercedes Álvarez, y en El cuaderno de barro, de Isaki Lacuesta, y su segundo trabajo, Antígona despierta (2014), una recreación del mito de Sófocles, en la que indagaba en las formas de representación, los límites de la narración, y la figura del mito en la mujer contemporánea. Ahora, nos llega su nuevo trabajo, un proyecto que nace de la productora Marta Esteban (Barcelona, 1949), una mujer que lelva casi tres décadas produciendo cine de nombres como los de Tanner, Cesc Gay, etc…, también responsable de Diario argentino. Esteban conoce en Argentina a la bailaora Carmen Mesa (Encinas Reales, Córdoba, 1975).
Pérez García hace suya la película, y construye un relato enormemente vitalista y magnífico, que nos habla sobre inmigración, algo que conoce mucho la directora. Un mosaico sobre retazos en la vida de alguien que persiguiendo un sueño de convertirse en artista, llegó hasta Argentina. Allí, a modo de diario íntimo y muy personal, la vemos bailando, dando clases, extrañando a su familia, con la tristeza de la hermana enferma, un desengaño amoroso, y la difícil sensación de continuar o volver a su tierra. La directora argentina la sigue por los espacios bonaerenses, por las comunidades indígenas, por los caminos polvorientos de los Andes, por cualquier lugar que vaya, Carmen tiene amigos, gente que la quiere, que la acompaña, que la siente. La bailaora es pura pasión, puro sentimiento, no se arruga ante nada, “Siempre pa’lante”, como nos indica el revelador título de la película, toda una intención de actitud ante uno mismo y ante la vida, y sus avatares.
La directora muestra y captura la vida y el desarraigo de Carmen, y lo hace desde la sensibilidad y el amor hacia una mujer de carácter, alguien firme, una persona fuerte, alguien que se muestra transparente, que viene a ofrecer su corazón, como cantaba la gran Mercedes Sosa, que cada día pelea, que baila y baila, y taconea y taconea, sin descanso, aceptando las tristezas de la vida, y recomponiéndose para mostrar su baile, su gran pasión, su gran sueño, su único amante que nunca la abandonará. Casi a modo de road movie, como esos eternos viajes a los cerros de los Andes, donde les espera el amor y la inocencia de unos niños que aman su baile y quieren ser como ella cuando baila, porque Carmen solo es Carmen, cuando baila, cuando se pone ese vestida y mueve con gracia y salero esa bata de cola, siguiendo su ritmo, elevando al cielo todo ese arte, “De dentro pa’fuera”, como menciona en algún momento de la película, un arte que sale de su alma, de su interior, sin cortapisas, sin barreras, arrebatándolo todo, con esa fuerza y pasión que caracteriza el baile y al vida de Carmen.
Pa’tras ni pa’tomar impulso es un retrato femenino muy íntimo, personal y profundo, que sigue la estela iniciada con la propia directora, siguiendo con Antígona, y ahora, con Carmen, tres mujeres que siguen, que nunca se rinden, que luchan por ser ellas mismas, a pesar del entorno hostil y difícil. Una película que nos habla sobre la necesidad vital de perseguir un sueño, de hacer lo imposible para que nuestra vida sea lo más aproximado a lo que sentimos, a hacer lo que sea para ser quién sientes que has de ser, lanzándose a todos los abismos que encuentres, saliendo adelante de tantas vicisitudes, malas historias y desilusiones, encontrándose, reencontrando y conociendo a personas, que entran y salen de nuestras vidas, que van y vienen por nuestro universo, unas más o menos, sintiendo la vida en toda su plenitud, en toda ella, con sus alegrías y tristezas, sus buenos y malos momentos, pero siempre bailando, recomponiendo las partes dañadas, agarrando fuerzas y continuar bailando. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Uno no defiende a su dios. Su dios es, en sí mismo, una defensa.”
El universo literario de Henry James (1843-1916), a pesar de su enorme complejidad, ha sido adaptado en numerosas películas, quizás las recordadas son mucho menores, como La heredera, de William Wyler, The Innocents, de Jack Clayton, La habitación verde, de François Truffaut, las tres firmadas por James Ivory, Retrato de una dama, de Jane Champion o Washington Square, de Agnieszka Holland. Concretamente, Los papeles de Aspern, ya tuvo una adaptación a principios de los noventa dirigida por Jordi Cadena. Ahora, nos llega una nueva adaptación de la famosa novela corta del autor estadounidense-británico, escrita en Venecia y publicada en 1888, en la que nos trasladamos a la Venecia de finales del XIX, en la mirada y gesto de Morton Vint, un maquiavélico y seductor editor británico, dotado de belleza y sin escrúpulos, que hará lo impensable para obtener un preciado tesoro. Se trata de los codiciados papeles del poeta Jeffrey Aspern, fallecido sesenta años antes, y que se encuentran bajo la custodia de Juliana Bordereau, una anciana que fue amante del poeta en su juventud. Junto a la nonagenaria, la acompaña la señorita Tina, una solterona, aburrida y callada.
Sin más preámbulos, Morton se presenta en el palazzo donde viven las dos mujeres, y haciéndose pasar por floricultor con la idea de llenar de flores y color el jardín. A partir de ese momento, entre el editor y Tina, arrancará un juego perverso de seducción, mentiras, manipulación y deseo. El director debutante Julien Landais (Angers, Francia, 1981), que además de actor, ha dirigido piezas cortas y experiencia en publicidad, firma la adaptación junto al escritor francés Jean Pavans de Ceccatty (que ya había adaptado la novela para las tablas) y la escritora británica Hannah Bhuiya, un guión que tuvo el asesoramiento de James Ivory (que conoce el universo de James, ya que lo ha adaptado en Los europeos, Las bostonianas y La copa dorada), que también actúa como productor ejecutivo. Un relato lleno de intriga y misterio, en que los documentos de Aspern se convierten en el tesoro, en un macguffin que hace mover a las personas y sus secretos ocultos, que irán desvelando a su momento.
Exceptuando algunos pasajes entre la realidad y la fantasía que padece el personaje del editor, la película se muestra fiel al original, al espíritu de Henry James, con esos palazzo elegantes, sofisticados y llenos de habitaciones oscuras y misteriosas, con esos personajes dotados de belleza, de exquisitez en sus formas y gestos, de indudable formalidad y atención, vestidos adecuadamente según la ocasión, poseedores de miradas que traspasan, pero sin ofender ni incomodar, que emiten la información que se espera de ellos, y sobre todo, que nunca muestran sus verdaderas intenciones, agazapados en múltiples personalidades que irán usando según las circunstancias les favorezcan o no. Un mundo especial y exquisito dentro de otros mundos, llenos de personajes surgidos de la nada, personajes inquietantes, con pasados que se irán desvelando, como el protagonista ausente del relato, el poeta Jeffrey Aspern, un cruce entre Percy Bisshe Shelley (que sus cartas a Claire Clairmont, hermanastra de su mujer, sirvieron a Henry James como base literaria para su cuento), y Lord Byron, y todo ese mundo de los románticos, donde el amor, el deseo y el placer, no solo eran un juego de seducción para adivinar los verdaderos sueños o pesadillas que se ocultaban.
El relato se apoya sobre todo en unos diálogos inteligentes y escurridizos, unos encuentros donde es tan importante lo que se dice como lo que no, donde se asumen estrategias y despistes entre los personajes para alcanzar sus objetivos, un juego de gato y ratón a ver quién seduce a quién, y sobre todo, quién logra doblegar al otro. La película cuenta con una cuidadísima ambientación y un espectacular diseño de producción que firma Livia Borgognoni, en la que el palazzo de las Bordereau es espacioso, vacío, sombrío y silencioso, que contrasta con el de la Sra. Prest, amiga de Morton, todo de luz, color y apabullante, al igual ocurre con el vestuario, clásico, pulcro y recatado, como de un tiempo lejano, con las dos mujeres, y extravagante, colorido y modernista, en el caso de Morton y su ambiente. Una luz íntima y llena de claroscuros del francés Philippe Guilbert, y la edición sobria de Hansjörg Weissbrich (colaborador con directores de la talla de Sokurov), el “Tristan e Isolda”, de Wagner y otra melodía de Liszt, junto a la composición de Vincent Carlo, logran introducirnos en esas dos Venecias, la exterior, que juega con las máscaras y la interior, que sin máscara, oculta más secretos.
Un extraordinario reparto en el que brillan la veterana Vanessa Redgrave (que ya hizo de la señorita Tina en el teatro junto a su padre Michael), en el rol de la anciana, postrada en esa silla de ruedas, cabizbaja, como una especie de espectro, que recuerda al compositor Gustav von Aschenbach, otra alma herida y decadente en una Venecia deprimida. Joely Richardson, hija de la Redgrave (productora ejecutiva de la cinta, junto a Rhys Meyers), toma el papel de la señorita Tina, apocada, callada y tímida, que esconde muchas cosas, y finalmente, Jonathan Rhys Meyers, que sin ser una gran actuación, mantiene el pulso de su manipulador editor. Los papeles de Aspern, nos habla del pasado, del paso del tiempo, los amores imposibles y las oportunidades perdidas, elementos que llenan la literatura de James. Un deseo, un amor o un juego de seducción que revelará a los dos personajes principales, o mejor dicho, un perverso, inquietante y oscuro juego en que, tanto uno como otro, nunca olvidarán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA