Entrevista a Vicky Luengo, actriz de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vicky Luengo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”.
Cesare Pavese
De las cinco películas que componen la mirada de Céline Sciamma (Ponotise, Francia, 1978), es recurrente el tema de la edad temprana, tanto de la infancia en Tomboy (2011), como de la adolescencia en Naissance des Pieuvres (2007), su opera prima, en Girlhood (2014), y en Cuando tienes diecisiete años (2016), de André Techiné, en la que actuó como coguionista. Todas ellas retratos de diferentes formas, estilos e intimidades, sobre los primeros amores, la transexualidad, la diversidad cultural, la violencia, etc… Después de la grandiosa Retrato de una mujer en llamas (2019), la que elevó el genio de Sciamma hacia los altares del cine, en las que nos transportaba a la Francia del siglo XVii, a través del amor entre una pintora y su modelo. La directora francesa vuelve a la infancia, a los primeros años, a los que ya retrató como coguionista en La vida de Calabacín (2016), de Claude Barras, excelente cinta de animación stop-motion sobre unos niños desamparados.
Ahora, lo hace con Petite Maman, una deliciosa e íntima película sobre una niña llamada Nelly, de ocho años que, después de perder a su abuela, va junto a sus padres a la casa de la fallecida para vaciarla. Una casa limítrofe con un bosque donde se tropezará con un secreto, porque entablará amistad con Marion, otra niña de su misma edad, que al parecer es su madre. Sciamma compone un delicado cuento de hadas, construyendo una película sencillísima y sensible, donde huye de todo artificio y piruetas argumentales o narrativas, para centrarse en ese maravilloso encuentro, o podríamos decir, reencuentro, nunca lo sabremos. Desmonta todo tipo de géneros, y nos sumerge en un extraordinario y conmovedor drama sobre la infancia, sobre el duelo en la infancia, sobre mirar al otro, sobre entender al otro, en un tiempo indeterminado, sin tiempo, en un espacio que es la misma casa, con leves pero significativas variaciones, y un bosque mágico, un universo totalmente infantil, donde los adultos siempre aparecen desde fuera, en el que todo lo que sucede solo es de ellas, esas confidencias, esas miradas, esos juegos, y sobre todo, el secreto que las ha juntado, las ha encontrado en el tiempo de la infancia de la madre, que la hija visita después de tantos años.
La cineasta francesa vuelve a contar con la cinematógrafa Claire Mathon, que ya estuvo en Retrato de una mujer en llamas, en otro trabajo apasionante, intenso y estilizado, aprovechando la luz natural tanto en los exteriores como interiores, creando toda esa luz que nos sumerge en el bosque, con esa cabaña como centro neurálgico de toda la trama, y la casa, la misma, que ejerce como lugar mítico y fabulador para toda la experiencia interior que viven tanto Nelly como Marion, una luz que nos acoge mediante planos largos todo el espacio de la película, sumamente cotidiano, pero a la vez, con ese toque fantástico, como de otro tiempo. El montaje lo firma Julien Lacheray, presente en todas las películas de Sciamma, donde realiza un grandísimo trabajo de delicadeza y cadencia, donde todo se desarrolla bajo el amparo de la fisicidad, donde cada corte nos lleva de un tiempo a otro, y al actual, todo muy sutil y sin estridencias, sumergiéndonos en ese otro tiempo no tiempo, donde tanto madre como hija tienen la misma edad y disfrutan y comparten de su tiempo juntas.
Petite Maman tiene el aroma que desprendían las Ana e Isabel de El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, Ponette (1996), de Jacques Doillon, Nana (2011), de Valérie Massadian, y las Frida y Anna, las dos niñas de Verano 1993 (2017), de Carla Simón, títulos que nos acercaban la infancia desde una perspectiva infantil, con sus miradas, sus juegos, sus confidencias, soledades y tristezas, donde la cámara descendía para mirarlas frente a frente, de igual a igual, cimentando la película a través de su tiempo, con sus existencias, pausando cada encuadre, asistiendo a la vida desde otro ángulo, otra mirada, encogiéndonos en otro tiempo, otro lugar y otra mirada, mucho más profunda, más calmada, y en otro universo. Rendirse y aplaudir a rabiar la maravillosa elección de las dos hermanas Joséphine y Gabrielle Sanz para encarnar a Nelly y Marion, respectivamente. Porque las dos niñas debutantes, no solo hacen creíbles sus personajes, sino que los envuelven en una deliciosa naturalidad y espontaneidad que, en muchos instantes, se acerca al tratamiento documental, a través de unas maravillosas interpretaciones resplandecientes, que son todo el epicentro del relato y las diferentes relaciones y conflictos que coexisten en la película.
Sciamma ha vuelto a emocionarnos y maravillarnos con su mirada sobre la infancia, filmada en la ciudad de Cergy, donde la directora creció, acompañándonos en este ejemplar y brillantísimo cruce entre el drama íntimo, el fantástico y lo rural, sobre las difíciles relaciones materno-filiales, sin olvidarse de los adultos, con esa madre que huye de los conflictos, y ese padre en sus cosas, y mientras tanto, dos niñas, madre e hija, se han encontrado, y no solo eso, que entre las dos viven su propio duelo, entre este espacio-limbo cinematográfico que la película evoca de forma apasionante, honesta y sencillísima, en un interesante ejercicio donde todos nosotros no solo nos vemos reflejados en la relación que propone la película, sino que cada uno en su imaginación o no, ha vislumbrado como sería el encuentro con nuestras madres o padres cuando eran niños, quizás, como explica Sciama, no se trata solo de imaginarlo, sino de vivirlo, y sobre todo, sentirlo para que de esa manera se produzca y ocurra dentro de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Un héroe lo es en todos sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma”.
Thomas Carlyle
Erase una vez un tipo llamado Andrés Expósito, alguien de infancia dura, un poli curtido en los barrios obreros llenos de quinquis de finales de los setenta. Alguien que deja Madrid buscando el aire y la tranquilidad de la costa levantina, más concretamente el de Denia (Alicante), junto a su mujer e hija pequeña, que aquejada de una enfermedad, necesita respirar mejor. Estamos en la primavera-verano de 1982, con los juicios del 23-F, y el Mundial de Fútbol que se celebra en España para aparentar al mundo una modernidad falsa, que escondía otra realidad más siniestra y violenta. En un lugar tranquilo, aparentemente, Andrés se encontrará con un pasado terrible que las autoridades ocultan y sobre todo, lo protegen. El séptimo trabajo de Óscar Aibar, Barcelona, 1967), sigue la línea de algunas de sus películas, recordamos Atolladero (1995), su opera prima, donde en un pequeño pueblo de una Texas pos atómica, el joven ayudante del sheriff, interpretado por Pere Ponce, hacía lo imposible por largarse ante la oposición del cacique de turno, y El bosc (2012), a partir de un cuento de Albert Sánchez Piñol, un interesante cruce entre la retaguardia de la Guerra Civil Española en un pequeño pueblo del bajo Aragón, y otros mundos fantásticos.
No es la primera vez que el cine de Aibar se cuece a partir de un hecho histórico real, en su segunda película Platillos volantes (20014) recogía unos extraños sucesos ocurridos en la Terrassa de 1972, en los que dos amigos creían haber recibido una llamada de los extraterrestres. En el cine del director barcelonés siempre encontramos un denominador común, sus protagonistas son tipos a contracorriente, individuos que se desplazan de lo normativo para hacer la guerra por su cuenta, gentes solitarias, de pocos amigos o ninguno, héroes cotidianos e invisibles, que intentan romper esa paz impuesta y hacer su propia guerra, aunque para ellos deban pagar un precio demasiado alto. Andrés Expósito es un tipo así. Alguien que empieza a investigar una muerte, la del compañero que sustituye, a escondidas, solo con la única ayuda de Colombo, un cincuentón amargado, enfermo y vilipendiado en la comisaría, que guarda un secreto que compartirá con Andrés. La investigación lo llevará a conocer a Eva, una joven doctora demasiado ambiciosa, y le enfrentará a la oposición de Barea, su corrupto y franquista jefe.
Aibar, con el guion que firma junto a María Luisa Calderón, rescata un suceso histórico y totalmente oculto, la de un grupo de nazis que descansan escondidos en la paradisíaca Denia, disfrazados de respetados alemanes y promotores inmobiliarios, y viviendo a cuerpo de rey, donde nos llevarán las pesquisas de Andrés con la ayuda del decadente Colombo. La película goza de una grandísima factura técnica, el arte de Uxua Castelló (que ha trabajado en películas de Coixet, Querejeta y Ballús, entre otras), el sonido de Eduardo Esquida, que ya estuvo en El gran Vázquez (2010), donde Aibar registraba la vida y milagros del famoso dibujante de cómics, la excelente composición musical del francés Manuel Roland, el ágil, exquisito y extraordinario montaje de una grande como Teresa Font, que se encargó del de Fanny Pelopaja (1984), y de Luna caliente (2019), ambas de Aranda, con las que dialoga muy estrechamente El sustituto, y la brutal, imaginativa y solidez de la cinematografía de Álex de Pablo (habitual en el cine de Sorogoyen), y el brutal trabajo de caracterización de Pepe Quetglas, toda una institución en el cine español en el que lleva medio siglo trabajando.
Qué decir del magnífico elenco de la película, encabezado por un asombroso Ricardo Gómez, con ese bigote y esa planta poderosísima, que este mismo año ha interpretado a Moi, un tipo depresivo en la interesante Mia y Moi, y luego, este Andrés, un personaje diez años más mayor que él, que con esa imagen nos recuerda al Poncela de Las aventuras de Pepe Carvalho, y el Raúl Arévalo de La isla mínima, todo un reto que el actor madrileño supera con creces, dotando a su personaje de credibilidad, fuerza y vulnerabilidad. A su lado, una interesante Vicky Luengo en la piel de Eva, la doctora que ayudará a Andrés, y también velará por sus intereses, una femme fatale en toda regla que no estaría muy lejos de la Phyllis Dietrichson de Perdición, en otra buena composición de la joven actriz. Colombo, el poli cansado, enfermo y agujereado, al que da vida un inmenso Pere Ponce, que aparece en cinco de la siete películas dirigidas por Aibar, en un personaje caramelo, en las antípodas de aquel joven de Atolladero, quizás el futuro de aquel que no logró salir del pueblo, que parece sacado de las películas de Peckinpah, tipos de vueltas de todo, perdedores de siempre, vaciados de vida, llenos de alcohol, y metidos en mil y historias y ninguna beneficiosa. Y luego, toda esa retahíla de secundarios, que ayudan a que el conjunto desprenda naturalidad, composición y cercanía como ese jefe que hace Joaquín Climent, más en el bar que en la comisaría, nostálgicos del antiguo régimen, o el joven fascista de Fuerza nueva que hace Pol López, un actor tremendo, esa putita que hace la extraordinaria Marta Poveda, y los nazis, el actor belga Frank Feys, que lleva muchos años trabajando en el cine español, hace de Klaus, un respetable hombre de negocios y un miserable oculto, y el veterano Hans-Peter Deppe da vida al nazi doctor muerte, ahora un tranquilo anciano en su retiro dorado.
Aibar hace su mejor película, porque tiene tensión, una violencia seca, como esa espectacular secuencia de persecución que recuerda a las mejores cintas del género policiaco, con una atmósfera acojonante, llena de matices y detalles cuidados al máximo, donde cada objeto tiene su presencia y su porqué, como esa navaja que recuerda a aquella otra que aparecía en Leo (2000), de José Luis Borau. El sustituto tiene una trama creíble y reposada, y unos personajes muy cercanos, que a veces se salen con la suya, y otras, pierden de forma abrupta, y en el centro Andrés que recuerda tanto a la soledad de Will Kane de Solo ante el peligro, y al Terry Malloy de La ley del silencio, con el mejor aroma del noir que tanto elevó la genialidad de Melville, y el thriller político e íntimo que se hacía en el cine estadounidense de los setenta con los Lumet, Schlesinger, Boorman, etc…, con unas imágenes sucias, que rompen el alma y desencadenan el abismo, con las películas Marathon Man, Odessa y Tras el cristal en el horizonte, sumergiéndonos en un lugar tranquilo donde nunca pasa nada, porque el mal en persona, representado en esos nazis ancianos que se han escondido muy bien, ayudados por las autoridades de la nueva democracia española que tanto se parece al franquismo, que los mismos gobernantes decían que ya formaba parte del pasado. Una sinrazón pero en fin, ahí seguimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Jonás Trueba, director de la película «Quién lo impide», en el Hotel Market Barcelona, el jueves 21 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, y a Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Candela Recio, una de las protagonistas de la película «Quién lo impide», de Jonás Trueba, en el Hotel Market Barcelona, el jueves 21 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Candela Recio, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, y a Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Aquel que no se atreve a agarrar la espina, no debería ansiar la rosa”.
Anne Brontë
La cinematografía francesa tiene entre otras virtudes, la de manejar con acierto y brillantez esa dicotomía entre el cine más personal y profundo y la comercialidad de la propia película, generando un género en sí mismo, la de un cine con voz propia y además, con excelente vocación comercial, toda una capacidad que en otras cinematografía del entorno, por ejemplo, como la nuestra, se ve en muy raras ocasiones. Entre rosas, con el título original de Le fine fleur), no sitúa en la actualidad, en la piel de Eve, que en un pasado no muy lejano, creaba rosas que arrasaban en los concursos nacionales. Ahora, sus días son difíciles, están llenos de demasiada nostalgia y amargura, y sus rosas se han quedado anticuadas y ya no interesan a nadie, y además, su empresa, «Rosas Vernet», heredada de su difunto padre, está en la bancarrota, y aún hay más, la gran empresa de la creación de rosas, quiere comprarle su negocio y convertirla en una más. Ante este oscuro panorama, Vera, su fiel asistente, tiene una idea peculiar, contrata a un trío de empleados de un programa de inserción social. Una locura o su última tabla de salvación.
La tercera película de Pierre Pinaud (Montauban, Francia, 1969), sigue la línea de sus anteriores trabajos. En Les miettes (2008), un cortometraje de 30 minutos, se centraba en una mujer que veía trastocada su vida con el cierre de la fábrica donde trabaja. En Hábleme de usted (2012), su opera prima, nos hablaba de una famosa locutora de radio, que en su cotidianidad está soltera y quiere conocer a su madre. Todas ellas mujeres, mujeres perdidas en un tiempo definido, que tienen sus vidas en suspenso, existencias azotadas por los problemas económicos y emocionales. Eve está a punto de tirar la toalla cuando aparecen los tres nuevos empleados. El director francés construye una historia sencilla y lineal, que se desarrolla casi en su totalidad en la empresa de Eve, rodeados de invernaderos y líneas de rosas plantadas, donde los recién llegados aprenderán el oficio, y ayudarán a reflotar la empresa, o al menos intentarlo, tres personas que trabajan para salir del agujero y recuperar sus vidas, como la de Fred, un joven que ansía tener relación con unos padres a los que se les quitó la custodia de su hijo.
Lo más importante de la película es la relación entre los personajes, entre Eve y sus empleados, que tienen unas circunstancias muy parecidas, todos necesitan trabajar y, algo de suerte para salir del atolladero en el que se encuentran en sus vidas. Entre rosas tiene su parte documental, porque asistimos a todo el proceso para crear una rosa, pero no una rosa cualquiera, sino una rosa especial, una rosa campeona en los concursos, una flor con un aroma muy peculiar, y una forma que deslumbré y sobre todo, seduzca a todos. La película se mueve entre esa comedia inteligente y el drama más íntimo y humanista, que explica las existencias de cada personaje sin caer en el manido tema de la superación ni cosas por el estilo, sino todo lo contrario, nos habla de frente y de forma directa de los conflictos entre ellos, entre sí mismos, y entre la dificultad de reflotar la empresa en declive, situación que pasa por crear esa flor, esa rosa bella y seductora que alivie sus maltrechas vidas, la rosa como metáfora de esas vidas feas que deben reconstruirse y crear caminos con menos obstáculos.
Aunque si hay algo que caracteriza a este tipo de películas, no es otra que su magnífica elección de sus intérpretes. Con una brillante Catherine Frot en la piel de Eve, manteniendo el pulso humano que tanto necesita su personaje, con esa montaña rusa a la que está sometida continuamente, con esa valentía y esa soledad que desprende un personaje del aquí y ahora, transparente y muy cercano. El joven Melan Ormeta interpreta a Fred, el joven, tan solo como la protagonista, que encontrará su camino, quién lo diría, en un ambiente tan ajeno a él como el cultivo y la creación de rosas. Bien acompañados por Olivia Coté, que da vida a Vera, la fiel asistente, que nunca abandonará a Eve, y hará lo indecible para seguir trabajando en la empresa. Fatsah Bouyahmed como Samir, el cincuentón que necesita el empleo y su contrato indefinido, y la joven Marie Peitot como Nadège, que quiere otra oportunidad y trabajará como una jabata para no perderla, y finalmente, el “malo” de la función, Vincent Dedienne como Lamarzelle, el tipo de la educación privada, que sabe tropecientos idiomas, y no entiende de seres humanos, sino de números con muchos cero, el fiel reflejo de ese capitalismo voraz y deshumanizado que lo quiere todo, y para conseguirlo, usará todos sus medios económicos, que son muchísimos, para conseguirlo, sin ningún tipo de remordimiento. Pinaud ha construido una película, dedicada a su madre fallecida, llena de sensibilidad, de verdad, de amor, y también, de oscuridades, porque como decía el poeta, la belleza de la rosa va acompañada de sus espinas, porque todo tiene sus lados, tanto buenos como malos, porque todo se sustenta en el modo de mirar las cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Entre las flores te fuiste. Entre las flores me quedo”
Miguel Hernández
En Corazón silencioso (2014), de Bille August, una de sus mejores películas, con permiso de Las mejores intenciones (1992), con guion de Ingmar Bergman, una mujer, enferma terminal, reúne a todos los suyos para poner fin a su vida, decisión que provocaría una retahíla de reproches y posiciones contrarias. La segunda película de Harry Macqueen (Leicester, Reino Unido, 1984), después de la interesante Hinterland (2014), nos sumerge en un relato que tiene mucho que ver con la película de August. En esta ocasión, la historia gira en torno a Sam y Tusker, dos hombres que llevan veinte años de relación, y deciden, después que Tusker sea diagnosticado con demencia precoz, realizar un viaje en furgoneta recorriendo aquellos lugares que tienen una importancia en sus vidas, y también, volver a reencontrarse con familiares y amigos. Supernova, el título viene por la grandísima afición a la astronomía de Tusker, y el origen de la vida, es una película física, hay mucho movimiento, de aquí para allá, pero el director inglés nos sumerge en un cuento muy íntimo y conmovedor, y sobre todo, su gran sensibilidad y delicadeza al tratar un tema como el fin de la vida.
Todo en la película funciona por su extremo cuidado en los detalles y las miradas de sus protagonistas, y esos silencios, que describen el sentir de los dos personajes en cuestión, y esas soledades, donde sin decir nada, se dice tanto, en un guion que funciona como un reloj suizo, que escribe el propio Macqueen. A nivel técnico, la película está a la altura de la historia que cuenta, convertida en toda una pieza de orfebrería, porque no deja al azar nada, todo está muy pensado y desarrollado, como la maravillosa y descriptiva luz otoñal del gran cinematógrafo Dick Pope (todo un veterano en estas artes cinematográficas ya que ha trabajado en diez títulos del gran Mike Leigh), el estupendo montaje que firma Chris Wyatt (responsable de películas tan interesantes como This in England y Tierra de Dios, entre muchas otras), y la excelente composición musical, que aparte de tener algunos temas populares de los sesenta y actuales, tiene en Keaton Henson, debutante en el cine, esos temas que tanto ayudan a entender los conflictos de los personajes.
Aunque toda la técnica quedaría en poco, si el reparto de la película no estuviese en consonancia con todo lo que va sucediendo, y en ese aspecto, Macqueen, que ha tenido una interesante carrera como intérprete, tiene en sus manos a dos de los mejores actores de su generación, Colin Firth y Stanley Tucci. Sam y Tusker, respectivamente. Firth es un músico que hace tiempo que lo dejó, y Tuccy, un escritor que, debido a su temprana dolencia, ya no escribe. Una pareja que funciona a las mil maravillas, haciéndolo todo muy fácil, cuando frente a ellos tienen dos personajes complicados, llenos de matices, llenos de recuerdos, los de una pareja con veinte años a sus espaldas, cuando Tusker, estadounidense, cruzó el charco y se instaló en Inglaterra con Sam. Toda una vida juntos, han crecido y han madurado, y la vida los enfrenta al reto más difícil de sus existencias, a ese instante que no queremos ni siquiera recordar, y mucho menos vivir, a enfrentarse a la despedida, a la muerte, a decir adiós, un adiós motivado por las circunstancias, un adiós que los dos deben aprender a aceptar, a mirar al otro, y quererlo más que nunca, como nunca lo haya hecho, porque tanto la vida como el amor son eso, aceptar y comprender al otro, al que tienes delante, aunque lo que decida no nos agrade en absoluto.
Supernova es una historia de amor, de esas sencillas que nos atrapan, y también es, una película sobre el amor, sobre aprender a amar, sobre un proceso que necesita mucho tiempo, porque cuando lleguen los conflictos de verdad, y nos tengamos que enfrentar a la muerte, al adiós definitivo, debemos estar preparados y sobre todo, ayudarnos y ayudar, porque no hay amor más grande que el que se basa en el respeto, la confianza y la libertad del otro, si queremos cambiarlo, no es amor, es otra cosa, y eso conlleva, todo aquello que sea mejor para la otra persona, aunque nos lleve a aceptar decisiones que son muy difíciles. Macqueen ha construido una película desde el corazón, desde lo más profundo del alma, como una melodía de blues, como esos acordes de trompeta de algún tema de Miles Davis, con ese ritmo cadencioso, en mitad de la nada, casi sin nadie, exceptuando de tanto en tanto algunos amigos de la vida, con tiempo para estar, para ser y sobre todo, para sentir, sin nada más, solos, en ruta, en cierta manera, el último viaje juntos, para despedir su amor, para despedirse ellos, para volver a esos lugares en los que fueron felices, para verlos juntos por última vez. Aunque es una película con momentos tristes, la mirada de Macqueen es vitalista y humanista, nunca cae en el regocijo de la tristeza, sino en la aceptación de las cosas, de la vida, y su propia naturaleza, que tarde o temprano, si nos concede tiempo, nos obligará a despedirnos de la vida, del mundo, de los nuestros, de nosotros mismos, y de nuestro amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Si tienes quince años / y pretendes escapar / con eso basta y sobra para hacerlo / podrías irte antes / de que estas luces de ciudad / se apaguen para siempre sin remedio / podrías cambiar tu nombre / por otro que suene mejor /
acabar con tu linaje de una vez por todas / apuntarías en un cuaderno / un nuevo código de honor / pero siempre en verso, nunca en prosa / Quién lo impide / quién lo impide / quién lo impide / Nadie lo impide…”
Fragmento de la canción “Quién lo impide”, de Rafael Berrio.
En Mes petites amoureuses (1974), de Jean Eustache, una de las películas que mejor ha retratado la adolescencia, desde sus zonas oscuras, frágiles e inciertas, con esos amores principiantes, y sobre todo, con esos primeros conflictos con un mismo y con todo aquello que nos rodea. Uno de sus momentos mágicos, que tiene muchos, vemos al propio Eustache sentado en un banco, mientras observa a sus jóvenes protagonistas besándose, en un gesto revelador, que lo lleva a su adolescencia, a sus recuerdos de esa época, o quizás, simplemente no lo lleva a ningún lugar, porque el director francés siempre se consideró adolescente. Algo parecido le sucede a Jonás Trueba (Madrid, 1981), que, como aseverará en la película, él sigue siendo un adolescente.
Retratar a los adolescentes y la adolescencia siempre ha sido un elemento importante en el cine de Jonás Trueba. En su primer cortometraje Cero en conciencia (2000), nos hablaba de un chaval enamorado de la novia de su hermano mayor, el mismo año, coescribió junto a Víctor García León, la película que este último dirigió Más pena que gloria, donde nos acercábamos a la vida, tristezas y amores de un quinceañero llamado David. Tiempo después, en su cuarto trabajo como director La reconquista (2016), volvía a la adolescencia a través del cuento de verano de la película, que recogía el amor adolescente de los protagonistas adultos. En ese rodaje, conoció a Candela Recio y Pablo Hoyos, y después de la experiencia, no quería dejar de filmarlos, y sobre todo, escucharlos y retratarlos. La canción “Quién lo impide”, de Rafael Berrio (1963-2020), brillante retrato sobre el período adolescente, era una de las canciones que se escuchaban en la película, y también, el título de una experiencia inmersivo y sin tiempo, que arrancó en otoño del 2016, donde a partir de la pregunta que hace Jonás a un grupo de adolescentes: ¿Cómo os gustaría que el cine retratase la adolescencia?, se da forma a este grandísimo trabajo sobre la adolescencia.
Un proyecto que alumbró en el año 2018 cuatro películas: Tu también lo has vivido, que recogía con testimonios a cámara de un puñado de adolescentes hablando de sus vidas, sus futuros y demás temas que les interesaban, en Si vamos 28, volvemos 28, el relato de un viaje de fin de curso por Andalucía a través de los ojos de Pablo, un chaval introvertido, en Sólo somos (un grupo de chicos y chicas hablan entre ellos sobre todo aquello que les preocupa), y finalmente, en Principiantes, la historia seguía las primeras veces de Candela y Pablo, tanto en el amor como en lo espiritual. Aunque la idea de Jonás siempre fue hacer un largometraje con todo este material, recopilando todos esos momentos, filmaciones y revelaciones filmadas durante cinco años, los comprendidos entre el 2016 al 2020, siguiendo a sus personas-personajes de entre 16 hasta los 21 años de edad, y construir una película bajo el título Quién lo impide. La película arranca con una video llamada que la pandemia obligó a recuperar, donde Jonás anuncia a sus adolescentes que la película ya está acabada, otra video llamada despedirá la película.
Jonás hace un retrato sobre la adolescencia desde dentro, desde el que mira y se siente uno de ellos, no hay juicios, lecciones ni nada que se le parezca, todo rezuma vida, naturalidad, intimidad y magia, porque la película consigue que nos olvidemos que estamos ante una película, y todo parece desarrollarse en ese momento, en un mágico cruce entre working progress, ensayo, documento, ficción y vida, donde nunca sabemos dónde empieza uno y el otro, porque la verdadera intención de Jonás es mostrar muchas vidas, muchos pensamientos, ideas, reflexiones, acciones, incertidumbres y demás, nunca hacer “el retrato”, sino decenas de ellos, que respiren por sí mismos, y se muevan de un lado a otro durante esos cinco años de filmación, con una narrativa desordenada, caótica y agujereada, muy alejada de ese cine normativo, como las existencias de estos adolescentes, que van cambiando de estilo, de peinado, de ideas, de todo, y sobre todo, están dejando la infancia para entrar en el mundo de los adultos, con esas incertidumbres e inquietudes, ese puente que tiembla a cada paso, pero sin perder la esperanza por un futuro diferente.
Los doscientos veinte minutos de duración de la película no obedecen a una película estructurada y pulcra, todo lo contrario, las imperfecciones son oro en esta cinta, porque Jonás busca retratar las pulsiones y las existencias de sus protagonistas, sus interiores, sus amores, sus inquietudes, sus salidas, sus caracteres, y lo hace de la forma más sencilla posible, mirándolos de frente, donde los escucha, los retrata, los sigue, y nunca los analiza, esa parte, sabiamente, la deja al espectador. A los mencionados Candela y Pablo, se unen otros chicos y chicas como Silvio Aguilar, Rony-Michelle Pinzaru, Pablo Gavira, Claudia Navarro, Marta Casado y Sancho Javiérez, y otros muchos, que van pasando por delante de la cámara de Jonás, donde los escuchamos de muchas maneras, hablando entre ellos, ante la cámara, con el propio Jonás, narrando en off las situaciones de los otros, como cuando Candela habla de Pablo en su viaje andaluz, o a la inversa, cuando Pablo habla de Candela en su relación con Silvio, todo se cruza, todo se vive, todo se siente desde aquí, desde ese instante, como si no hubiera nada más, de forma rápida, pura energía, en el aquí y ahora, con esa cámara cercanísima, convertida como si fuera una parte más de su cuerpo, de su alma, de sus ideas, de todo lo que hacen, miran, hablan y sienten. Recuerda en cuerpo y alma a los trabajos de Moi, un noir 1958), de Jean Rouch, y High School (1968), de Frederik Wiseman, por ese cine directo, vivo, libre, a contracorriente, imperfecto y brillante, que no solo desgrana lo que tiene delante, sino también, a las personas que lo ven, como un reflejo que rebota constantemente.
Qué decir del magnífico trabajo de montaje de Marta Velasco, la montadora de todas la filmografía de Jonás, que consigue un ritmo ágil, penetrante, divertido y audaz con el inmenso material rodado durante cinco años, que se ve con naturalidad, ejerciendo de maestro de ceremonias y adaptándose completamente a lo que demanda la película, todo un gran trabajo de montaje que en una película de esta duración es esencial. Quién lo impide es mucho más que una película, es ante todo, uno de los documentos más fascinantes, reveladores y atrevidos que nunca se han hecho en el cine español, por todo lo que cuenta, y sobre todo, y esto es lo esencial en el cine, cómo lo hace, porque habíamos visto muchas películas sobre la adolescencia y adolescentes, pero quizás, nunca las habíamos visto hechas de esta forma, y con esta gratitud y honestidad en todo lo que vemos, porque estos adolescentes que retrata de forma tan sincera y humanista Jonás, son los adolescentes de ahora, pero también, son los adolescentes de antes, o lo que es lo mismo, somos nosotros cuando éramos adolescentes, o como explica Jonás, somos los adolescentes de antes, de ahora y del mañana, porque de todos los cambios que sufrimos en la vida, la adolescencia es ese período que algunos más nos negamos a cambiar, porque todo está ahí, porque en ese instante todo está vivo, y por hacer, porque cada paso es un mundo, y cada decisión nos convierte en quiénes deseamos ser o no. Solo falta decir una cosa. Gracias Jonás y gracias a todos los chicos y chicas que se han lanzado a ser retratados y filmados por su cámara, y por ser tan naturales y transparentes, interesantes y también, tan humanos, que en los tiempos que corren, es todo un logro inmenso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Prometieron que los sueños pueden hacerse realidad, pero olvidaron mencionar que las pesadillas también son sueños”.
Oscar Wilde
Habíamos muchas películas que hablan del mundo del porno desde diferentes ámbitos, formas y géneros, adentrándose en el interior de una de las industrias más millonarias del planeta. Pero, quizás, nunca habíamos visto sus entrañas de forma tan cruda, explicita y demoledora como lo hace Pleasure, opera prima de Ninja Thyberg (Gotemburgo, Suecia, 1984), que no es solo una película sobre el mundo del porno, sino que nos sumerge en un universo donde encontramos de todo: neones, éxito, fantasía, miseria, violencia, sexo, y sobre todo, nos tropezamos con una crudísima realidad que se oculta detrás de los focos, detrás de todo ese oropel que vende y vende. Pleasure ya había sido el título de un cortometraje filmado en el 2013, de tan solo 15 minutos, donde Thyberg ya se adentraba en la industria pornográfica, a través de una chica que quería hacer una escena difícil para hacerse un hueco en el sistema.
Ahora se convierte en un largometraje, protagonizado por la debutante Sofia Kappel, de la que luego hablaremos más detenidamente, en la piel de Jessica, una joven de 19 años que, deja su Suecia natal, para llegar a Los Ángeles convertida en Bella Cherry, y con la firme intención de ser una porn star. El guion escrito por la propia directora y Peter Modestij (que ya estaba en el cortometraje Pleasure), sigue a Bella Cherry por su periplo por la “Big City”, peor muy alejada de los lugares turísticos que tanto se venden, andamos por esas casas en las colinas, donde chicas como ella, veteranas y debutantes, esperan su oportunidad, entrando en ese negocio de exponerse, mostrando carne, acudiendo a fiestas e intentar conectarse con la gente importante. Acompañamos a Bella Cherry a sus pruebas, que siempre van de menos a más, porque no solo hay que demostrar la valía, sino también ser capaz de todo, de participar en escenas duras, donde la joven es humillada, azotada y practicar sexo duro de todas las formas desagradables y dolorosas.
La película se mueve entre un realismo salvaje, son una naturalidad que duele, sin dejarse nada fuera, mostrándolo todo, sin caer en el morbo, sino en captar todos los sentimientos contradictorios de la Bella, que ambiciona un lugar en el porno, pero desconocía por completo todas las pruebas durísimas que tiene que pasar, pero ella sigue adelante, sometida a un grupo de hombres, que dominan el negocio, y dan carnaza y suciedad porque saben que es lo que más vende. La fría y naturalista luz de la cinematógrafa Sophie Winqvist (que también trabajó en el cortometraje Pleasure), capta de manera creíble y sincera todo el interior de la joven protagonista, que se mueve entre la luz mortecina de la casa donde vive, con esa otra luz falsa y artificial de los rodajes, donde todo el resultado final envuelve una realidad muy dolorosa, angustiosa y miserable por la que deben pasar todas las chicas que quieren ser la nueva porn star. El ágil y rítmico montaje que firman Olivia Neerrgaard-Holm (responsable de títulos tan interesantes como Victoria, Holiday y Border, entre otros), y Amalie Westerlin Tjellesen, hacen que el retrato se vea con una gran fuerza, donde las esperas de la casa, y demás, se ven cruzados con todas esas escenas tan viles por las que pasa Bella.
Pleasure sería otra película sin la presencia de Sofia Kappel, auténtica revelación del film, metiéndose en la piel y el cuerpo de Bella Cherry, ambiciosa e ingenua, que transmite todo el esplendor y las pesadillas de su personaje, con esa grandísima fuerza y naturalidad, en continuo debate consigo misma, entre aquel placer que la seduce, y a la vea, todo el dolor y sufrimiento por el que debe pasar para conseguirlo. Kappel muestra toda la vulnerabilidad de un personaje inolvidable, con toda ese ímpetu, su valentía y también, sus miedos, su dolor y sobre todo, su posición de soledad y vacío en ese mundo de sombras, pesadillas y mentira, como les sucedía a otras mujeres que vieron en Los Ángeles y el mundo del cine, una forma de ser felices o no, hablamos de las Betty y Rita de Mulholland Drive (2001), de David Lynch, las mujeres de Maps to the Stars (2014), de David Cronenberg, y la Jesse de The Neon Demon (2016), de Nicolas Winding Refn, entre otras muchas incursiones cinematográficas al mundo de la fábrica de sueños, o pesadillas, porque según se mire y quién lo cuente, porque hay muchas historias, retratos y personajes.
Otro gran acierto de la película es mostrar la industria pornográfica desde dentro y a través de sus personas reales, ya que vemos muchos de ellos interpretándose a sí mismos, como Mark Spiegler, fundador de “Spiegler Girls”, una de las agencias más importantes, o las actrices porno Evelyn Claire, Dana Dearmond y Kendra Spade, entre otras. Ninja Thyberg, auspiciada por el director sueco Ruben Östlund, responsable de grandes títulos como Fuerza mayor y The Square¸ se convierte con Pleasure en una de las directoras más interesantes del actual panorama europeo, porque no solo ha hecho uno de los retratos más profundos, incisivos y brutales del mundo del porno, sino que lo ha construido de forma crudísima y reveladora, con una transparencia que a ratos parece un documento del aquí y ahora, y en otros, una fábula de toda la negritud que encierra ese universo de placer y dolor, con uno de esos personajes que lo tiene todo y le falta todo, alguien capaz de todo y de nada, alguien que se lanza al vacío sin nada que perder, aunque no ha reflexionado en todas esas partes oscurísimas que existen, pero hay que entrar para verlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Presentación de las actividades del ANY CHOMÓN, con Esteve Riambau, director de la Filmoteca, Marina Vinyes, Jefa de programación, Mariona Bruzzo y Rosa Cardona, comisarias del «Any Chomón», y la participación del mago Mag Hausson, Anna Díaz de Hamill Industries y Joaquim Rabaseda del Esmuc, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el lunes 18 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a todos los participantes en la presentación, y a Jordi Martínez de Prensa y Comunicación de la Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA