La parra, de Alberto Gracia

LA CIUDAD ERRANTE. 

“Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se demuestren, lo esencial se resiste a ser contado”. 

Paul Auster

Después de tres largos y algún que otro corto, podemos decir que el cine de Alberto Gracia (Ferrol, 1978), se sustenta en dos pilares fundamentales: los lugares y cómo sus personajes lo habitan. El director gallego construye un universo altamente atmosférico y sensorial, donde la realidad, o supuestamente lo que llamamos realidad, se va diluyendo y se instala en un estado de duermevela, de limbo entre la realidad, la existencia y la ensoñación, algo así como un espacio perpetuo en el que sus individuos parecen detenidos en una nada muy real y onírica a la vez, porque en el cine de Gracia las certezas desaparecen y los misterios aumentan, no uno, sino varios, incluso el de la propia película, convertida así en un misterio indescifrable, en un artefacto que transita por infinidad de paisajes, texturas, formas y géneros, dejando pinceladas o incluso meras sombras, que están ahí y qué podemos ver, pero no más allá. Es un cine de fantasmas, de espectros, de personajes vivos o muertos, de sensaciones y sobre todo, un cine real e impenetrable. 

Estamos ante su tercer largometraje, después de O quinto evanxeo de Gaspar Hauser (2013), y La estrella errante (2018) y Tengan cuidado ahí fuera (2021), de título muy cotidiano La parra, que hace referencia a una mítica pensión de Ferrol, donde llega Damián, una especie de Robinson Crusoe a la deriva vital y existencial, con una vida en Madrid, con más negrura que otra cosa, y después de la muerte de su padre, regresa a su ciudad natal, o a lo que queda de ella, porque ese Ferrol que describe la película, parece más un estado de ánimo que una ciudad en sí misma, con gente y con vida, pero no sabemos si real o no. Es una vuelta a los tiempos, como la que hacía “A”, interpretado por Keitel en La mirada de Ulises (1995), de Theo Angelopoulos, donde se reencuentra con su pasado, muy duro por los restos que va encontrando, y con un paisaje inhabitable, lleno de personajes en tránsito, como evidencian todos los moradores de la mencionada pensión, aunque Damián es el más perplejo de todos, porque no sabemos hacia dónde va, ni mucho menos, donde va a quedarse, si es que se queda en algún lugar. Su vida o más bien su huida, porque parece estar huyendo de algo o quizás, de sí mismo, es una no vida, de prestado, de llegar tarde a todo o nada, de ir y volver, de volver a Ferrol o lo que queda de una ciudad siempre en perpetuo estado de naufragio. 

Gracia parece continuar en La parra todo aquello que ya se veía en La estrella errante, no como una segunda parte, ni mucho menos, sino en una mirada a la nada, o aq aquello que creemos que es la nada, en un náufrago infinito que habita sin habitar un paisaje ajeno, invisible y misterioso. Para ello es crucial la cinematografía de Ion de Sosa, que ya hizo la del citado Tengan cuidado ahí fuera, porque le da la textura y el tacto del cine setentero y principios de los ochenta, lleno de vacíos, de seres invisibles, donde el cielo plomizo y nocturno se van apoderando del alma de los personajes. Al igual que la música de Jonay Armas, del que conocemos su trabajo en películas como Europa, Blanco en blanco, Un cielo impasible y la reciente La hojarasca, creando esa idea de laberinto existencial y a la vez, en un tono real o digamos, cotidiano. El certero y conciso montaje de Velasco Broca y el propio Gracia, ahonda en sus 88 minutos de metraje, en esa continua metamorfosis que no llega a su fin en que Damián va de aquí para allá, envuelto en un aura de insatisfacción, de búsqueda o no, perdido en una ciudad demasiado cercana y a la vez, desconocida, sumergida en un no tiempo que, no parece desaparecer, todo lo contrario, revelándose más misteriosa y ausente. 

Como ya hiciese con Rober Perdut, el protagonista de La estrella errante, los personajes de Gracia son seres vapuleados por la vida, como aquellos que tanto gustaban a Peckinpah, individuos con mucho pasado y sin anda de futuro, perdidos en su limbo y en el limbo, si es que existe. El Damián de La parra lo interpreta Alfonso Mínguez, con un rostro y cuerpo que no pasan desapercibidos, con tanto pasado como dureza, donde se puede leer una biografía maleante y llena de oscuros. Un actor que compone un personaje de pocas palabras, pero que transmite toda esa desazón y perplejidad en la que habita. Le acompañan Lorena Iglesias, en un personaje convertida en un mueble más de la pensión, sin más suerte que la de encontrar un estímulo como puede ser la presencia de Damián. Pilar Soto es la dueña de la pensión y Emilio Buale es otro inquilino de la pensión a la caza de un billete o de algo que le ayude a paliar ese limbo en el que se encuentra. El propio Gracia se reserva el personaje que abre la película guiando a cinco invidentes, que luego volverán a aparecer, en una apertura que ya deja muchas evidencias del misterio la trama de la película y la propia película. 

No vean La parra, de Alberto Gracia intentando descifrar que esconde o dejándose guiar por las estructuras convencionales del cine telegrafiado. Aquí no hay nada de eso, porque sus imágenes convocan a otros menesteres: al cine negro de atmósfera y cotidiano, a la realidad social de la desindustrialización que asoló el norte del país a principios de los ochenta, el costumbrismo español del cine de los cincuenta y sesenta, al documental propiamente dicho, donde las imágenes de archivo dialogan con el tiempo presente, a la ciencia-ficción que remueve los tiempos, las texturas y los formatos, a la ficción y sus múltiples estructuras donde bifurcan temas y elementos antagónicos y demás. Todo esto y más existe en La parra, una de esas películas llenas de misterio, donde el misterio de lo que vemos es infinito, pero también la propia película, como explica muy bien Carlos Losilla, devolviendo al cine su esencia original, aquella que filmaba todos los fantasmas y espectros que nos rodean, los visibles e invisibles, porque, entre otras cosas, una de las funciones del cine es construir imágenes y sonidos que nos lleven a otras imágenes y sonidos, y La parra, de Gracia lo hace, incluso su material, tan cotidiano y a la vez, tan impenetrable, hace que su propuesta sea tan bella como radical, tan profunda como doméstica, y tan magnífica que la verías en bucle, convirtiéndote en otro personaje de la película, porque su relato fascinante, enigmático e íntimo se va apoderando de ti y no te suelta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cristian Beteta

Entrevista a Cristian Beteta, director de la película «Mi zona», en una de las aulas de la EASD Josep Serra i Abella en L’Hospitalet de Llobregat, el lunes 9 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristian Beteta, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ken Wardrop

Entrevista a Ken Wardrop, directora de la película «Una Navidad para todos», en el marco de El Documental del Mes, iniciativa de DocsBarcelona, en los Jardins Mercè Vilaret en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ken Wardrop, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sam Wallis, por su gran labor como intérprete, y a Carla Font de Comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Renée Nader Messora y Joâo Salaviza

Entrevista a Renée Nader Messora y Joâo Salaviza, directores de la película «La flor del Buriti», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 24 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Renée Nader Messora y Joâo Salaviza, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento, y a Sylvie Leray de Reverso Films y al equipo de comunicación de la Mostra, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Here, de Robert Zemeckis

UN LUGAR, UNA LARGA HISTORIA. 

“El presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza”. 

Llorenç Vilallonga

La carrera de Robert Zemeckis (Chicago, EE.UU., 1952), desde que debutó con I Wanna Hold Your Hand (1978), que recogía la aventura de unos jóvenes que querían ver un concierto de The Beatles, ha pasado por muchos trabajos tan diferentes como las comedias auspiciadas por Spielberg, entre las que se encuentra la novedosa ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), la exitosa trilogía de Regreso al futuro (1985, 89, 90), su confirmación en Forrest Gump (1994), que le valió el preciado Óscar, películas de corte comercial como Contact (1997), Lo que la verdad esconde y Náufrago (1998), films de animación como Polar Express (2004), Beowulf (2007) y Cuento de Navidad (2009), y más films convencionales como El vuelo (2021), Aliados (2016), y Bienvenidos a Marwen (2018), entre otras, hasta llegar a la cifra de 22 largometrajes y un buen puñado de capítulos para series. Un cineasta que ha sabido generar una filmografía muy variada en la difícil y competitiva industria hollywoodense mezclando títulos más o menos interesantes siempre con vocación taquillera.  

Con Here, que resume adecuadamente su línea como cineasta, hacer una película con hechuras y bien contada que convoque al público. a partir de la novela gráfica homónima de Richard Mcguire, que ya tenía el dispositivo del único lugar mirado desde un único punto de vista fija e inalterable que repasa la historia de un lugar y de paso todos sus habitantes haciendo hincapié en el siglo XX y en particular a una familia: la que forman Al y Rose y la posterior de uno de sus hijos, Richard y su historia de amor con Margaret. Un tableau vivant que nos remite a los orígenes del cinematógrafo y a las películas de Roy Andersson y La crónica francesa, de Wes Anderson donde a modo de teatralización la secuencia ocurre ante nosotros y el movimiento en el interior del espacio resulta fundamental para contarnos todo lo que vemos y lo que no. Zemeckis plantea una película que es, ante todo, una revisión de la historia estadounidense, su antes, cuando no existía y su después, pasando por los momentos históricos, siempre de forma cotidiana y anónima de tantos personajes protagonistas de ella. Aunque pueda parecer un dispositivo poco atrayente, en mi caso, no me lo ha parecido en absoluto, porque el interesante manejo del montaje que firma Jesse Goldsmith (3 películas con Zemeckis, las tres últimas), es decir, la correlación de las diferentes escenas consiguen una cinta donde acabamos viendo un caleidoscopio de tantos que nos precedieron y el implacable paso del tiempo y de las personas y los momentos que van desapareciendo con él. 

El magnífico trabajo de cinematografía de Don Burgess (10 películas con Zemeckis desde la citada Forrest Gump), de arte y de efectos digitales, consiguen atraparnos desde el primer minuto, viendo las diferentes escenas que se van sucediendo sin descanso delante de nuestra mirada en sus 104 minutos de una película coescrita por el gran Eric Roth (con más de medio siglo de carrera al lado de grandes cineastas como Mulligan, Mann, Spielberg, Fincher, Scorsese y Villeneuve, entre otros) y el propio Zemeckis, en la que la historia de amor entre los mencionados Richard y Margaret se convierte en el epicentro del relato. Una historia de verdad, con sus altibajos, sus alegrías y tristezas, sus ilusiones y desesperanzas, con todo lo que tienen y lo que perdieron, donde la vida va y nosotros parece que estamos presentes y ausentes a la vez. La tranquila y conmovedora música de Alan Silvestri (20 películas junto a Zemeckis y más de 135 en su extensísima filmografía), ayuda a participar como uno más en la historia de este lugar, que no resulta un sitio protagonista de la historia en mayúsculas, sino un lugar como otro cualquiera, donde habitaron y habitan personas como nosotros, con sus cosas y sus miserias. 

Una película de este calibre necesitaba un reparto de altura o al menos, un reparto bien conocido y amigo para el cineasta de Illinois como son Tom Hanks y Robin Wright, la inolvidable pareja que formaron Forrest y Jenny en la exitosa película, donde también curiosamente repasan la más de cuatro décadas de la historia estadounidense desde los años posteriores de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los convulsos sesenta con el Vietnam y los problemas raciales y demás, hasta llegar a los ochenta con el SIDA. Vemos a los dos intérpretes rejuvenecidos y envejecidos gracias a los extraordinarios efectos digitales, y componiendo unos personajes atrapados por la vida acomodada y monótona donde sus sueños siempre se van a dormir antes de tiempo, siendo testigos de su historia, de su amor, de sus años de convivencia y de ese lugar, que como se decía en Campanadas de medianoche, de Welles, “¡Cuantas cosas hemos visto!”, y tantas cosas que no veremos… Les acompañan unos estupendos Paul Bettany y Kelly Reilly como los padres del mencionado Richard, entre otros, que consiguen transmitir la felicidad de los años de juventud, la insatisfacción de la edad adulta y la decadencia de la vejez.

Me ha gustado Here, de Robert Zemeckis, porque tiene muchos aciertos como el citado dispositivo, porque consigue reunir la vida, la muerte y todo lo demás, en un sólo escenario, construyendo un espacio que emula la vida como acto de ficción, como mentira a la que nos agarramos para encontrar alguna verdad, si es que esta existe, y lo hace sin esa sensiblería ni embellecimiento de nada ni nada, mirando la vida en su profundidad, con sus cosas buenas y no tan buenas, y la grandísima ayuda de una cámara fija e inamovible que actúa como privilegiada testigo, sin juzgar ni endulzar ningún hecho ni nada que se le parezca, y es, en ese sentido, donde la película se eleva enormemente, porque vemos a unos personajes, sobre todo, el personaje de Richard, un hombre que define esa maldita idea del “American Dream”, que tanto daño ha hecho a tanta gente, porque la sociedad mercantilista y todo lo que experimentamos en ella, siempre estará sujeta a lo que se espera de nosotros ante los ojos de los demás, y no por el contrario, a lo que queremos hacer de verdad, a aquello que nos bulle el alma. El conflicto eterno de la condición humana. Entre quiénes somos y el valor de ejercer esa identidad que es sólo nuestra y de nadie más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuel Castillo, María Olga Matte y Mina El Hammani

Entrevista a Manuel Castillo, María Olga Matte y Mina El Hammani, director, actriz y productora de la película «El monstruo de la fortuna», en el Hotel Axe Two en Barcelona, el martes 3 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Castillo, María Olga Matte y Mina El Hammani, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una Navidad para todos, de Ken Wardrop

EN ALGÚN LUGAR DE IRLANDA…

“La esperanza es como el sol, que si bien se pone al final de cada día, vuelve a salir cada mañana”. 

Charles Dickens

Érase un pueblo de Irlanda. Uno de esos pueblos que para nosotros no tendrá nombre. Uno de esos pueblos en los que conoceremos a cinco personas: un viudo con dos hijos pequeños, una madre soltera con tres hijos, una mujer sola que imagina una vida que no tiene, un obrero que vive sólo junto a su perro y una señora que está sola en su casa y con sus recuerdos. La película se llama Una Navidad para todos (“So This is Christmas”, en el original) de Ken Wardrop (Portarlingron, Irlanda, 1973) y nos cuenta la vida de unas personas tan cercanas como nosotros. Cinco miradas a la soledad. Cinco individuos que, a pesar de los palos vitales, siguen cada día tirando del carro. La acción arranca a finales de noviembre, un mes vista del día de Navidad, donde el bullicio de las calles, el trasiego de gente preparando y comprando la comida y los consabidos regalos hacen de la pequeña ciudad un hervidero de entusiasmo y alegría. La película no va en contra de la Navidad ni mucho menos, si no que nos explica las cotidianidades de estas cinco almas en las que la vida se ha vuelto difícil, algo amarga y llena de ausencias.

El cine de Wardrop se construye a partir de las complejidades de las relaciones humanas, de todo aquello que somos y lo que no, y cómo nos relacionamos con los otros. En su cine ha hablado de temas como los hombres que han pasado por las vidas de un grupo de mujeres en His & Hers (2009), de la masculinidad y la relación con sus madres en Mom and Me (2015), Making the Grade (2017), sobre la educación. Historias que rescatan la sencillez y la naturalidad de las personas anónimas y las vicisitudes de sus vidas. En Una Navidad para todos, no relega el humor, todo lo contrario, la película está impregnada de humor para contarnos vidas muy duras, llenas de presencias y sobre todo, de ausencias, de personas perdidas en una especie de limbo entre la vida y la muerte, que deben seguir viviendo a pesar de los pesares, a pesar de los que ya no están, a pesar de ellos mismos. Tiene el aroma de la mejor literatura dickensiana y el gran cine humanista británico, del que hacen hecho Loach, Leigh, Frears, Sheridan y Andrea Arnold,  entre otros, donde encontramos miradas a esos barrios obreros ingleses en los que la realidad se palpa en cada espacio, habitados por personas que se levantan cada día intentando que sus existencias sean mejores, o al menos no vayan a peor. 

La magnífica cinematografía de Narayan Van Maele, a través del 35mm que ayuda a crear ese efecto atemporal que ayuda a no revelar el lugar concreto donde ocurre la trama, y sobre todo, esa cercanía e intimidad que tanto busca la historia, en que las personas/personajes están al lado nuestro, con esa cámara que es uno más, un observador que mira sin molestar, que entra en sus vidas, en sus casas con precisión y detalle. El montaje de John O’Connor construye en sus reposados 86 minutos de metraje, un relato sin prisas y con mucha pausa cada retrato en el retrato de la Navidad, lo que no vemos ante tantas luces y destellos y fluorescentes parpadeantes, la realidad que se oculta de los demás, las tantas vidas que van de aquí para allá. El cineasta irlandés quiere que nos detengamos, y las miremos y no las juzguemos, la cinta no lo hace, sino que las trata con honestidad y humanidad. La cinta es un retrato de cinco personajes en situaciones muy duras y emocionalmente difíciles de digerir, pero la película no cae en el tremendismo ni mucho menos en la sensiblería, sino que opta por desenterrar la esperanza de cada uno de ellos, desde lo sincero y la transparencia.  

Resulta muy acertado estrenar una película como Una Navidad para todos en este período, y no lo digo porque sea contraria a la Navidad, ni mucho menos, eso sí, nos habla de los valores de este período, como se menciona en el maravilloso arranque de la película con los niños y el párroco y la sorprendente llamada telefónica. Unos valores como la esperanza y la tristeza y soledades compartidas, muy alejados de los valores mercantilistas y de consumo estúpido en los que se ha envuelto la Navidad, un período de derroche inútil donde prevalece la apariencia y el materialismo y el individualismo y la desigualdad más imperantes de la débil y torpe condición humana. La película de Wardrop es un toque de atención, es una llamada al orden humano, a dejar de seguir girando en esta rueda vacía de gastos y más gastos y prisas y egos sin sentido, y volver, si alguna vez hemos estado, a esa idea de fraternidad y hermandad, aunque sólo sea por unos días, quizás un tiempo, donde no nos miremos tanto al ombligo ni al éxito, que vaya usted a saber qué diantres es, y seamos más humanos, pero de verdad, un poco más, y que no se nos olvide, que el mundo y la sociedad de la formamos parte seguro que nos lo agradece y sobre todo, nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Sandra Romero

Entrevista a Sandra Romero, directora de la película «Por donde pasa el silencio», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en la cafetería del CCCB en Barcelona, el viernes 22 de noviembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sandra Romero, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Herrero y Violeta Cussac de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero

ENTRE DOS AGUAS. 

“La soledad se descubre a menudo en la necesidad de un abrazo”. 

De la novela “La voz dormida”, de Dulce Chacón 

Esta es la historia de Antonio, un ecijano que encontró en Madrid su porvenir o quizás, su manera de huir del pueblo que lo vio nacer. Como cada Semana Santa, Antonio vuelve a Écija para reencontrarse con los suyos: sus padres, su hermana María y Javier, su hermano mellizo, que padece una discapacidad y necesita su ayuda y por qué no, un abrazo. El revelador título de Por donde pasa el silencio es la ópera prima de Sandra Romero (Écija, Sevilla, 1993), autora también del guion, que hace más largo el cortometraje homónimo de 2020. La película nos cuenta la difícil relación de dos hermanos, pero también, es la historia de los Araque, una familia a medias, casi como todas, donde apenas se explican las cosas importantes, moviéndose entre pequeñas islas que cada uno de ellos ha ido construyendo para aislarse y sobre todo, protegerse de los demás y de todas esas cosas que cuestan tanto hablar. Estamos ante un relato complejo, de donde emergen todas esas aristas que crecen sin cesar en el seno de las familias, a partir de dos hermanos que se quieren y odian a su manera, donde hay reproches, malas palabras y poco cariño, por no decir ninguno. 

Aunque los tres protagonistas sean hermanos reales, y Antonio Araque sea el actor en los cuatro cortometrajes de la directora, la película se mueve en los mismos contornos que se movía ese monumento al cine que es Entre dos aguas (2018), de Isaki Lacuesta, porque partiendo de unos personajes reales, la cinta construye una ficción que juega a contar una verdad que nada tiene que ver con la realidad existente. Una película que se pregunta a sí misma por los límites del documento y la ficción, con la misma premisa que construían las películas los neorrealistas italianos en que la realidad se elaboraba y se origina una ficción que relata una verdad o alguna de ellas. Romero sitúa su mirada en mitad de esta familia, en mitad de los dos hermanos, en su relación, en su deconstrucción, entre dos seres alejados y cercanos, entre esos abrazos que no se dan, entre tantos reproches y huidas constantes. Dos personajes contradictorios llenos de cercanía y de distancia, de un quiero y no puedo constante, de tan parecidos que no se aguantan, de tanto amor que no sé qué siento. Dos almas en perpetua pelea con ellos mismos y contra los demás, en una feroz batalla que quieren finalizar pero no saben cómo hacerlo. Una película que habla de eso que no se habla, pero que está ahí, y que nos mata a diario. 

La directora sevillana ha tenido mucha cura al apartado técnico, que se aleja de lo convencional en consonancia con su propuesta donde prevalece la naturalidad, la cercanía y todas esas emociones que bullen sin ser reconocidas ni mucho menos compartidas, por ese motivo compone un relato ejemplar sobre las complicadas relaciones familiares y lo que nos cuesta hablar de lo que sentimos, y lo hace a partir de una cinematografía muy elaborada y precisa, donde el azar tiene su protagonismo, en un gran trabajo de Angelo Facci, con esa cámara libre y ligera que se mueve entre ellos, junto a ellos y convirtiéndose en un personaje más. El magnífico montaje de Cristóbal Fernández, que huye de lo convencional para adentrarse en esos espacios llenos de matices y pliegues ocultos, con unos 99 minutos de metraje in crescendo en el que la tensión y el silencio se vuelven insoportables. La música de Paloma Peñarrubia, que tiene en su haber películas como Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez y Secaderos (2022), de Rocío Mesa, dos muestras que al igual que la película de Romero, son dos miradas a lo rural, a las gentes que lo habitan y a sus trabajos.

Si el dispositivo creado para la película funciona con precisión y libremente, se debe a su magnífico trío protagonista: Antonio, Javier y María Araque, que componen unos personajes de verdad, llenos de contradicciones, torpes en lo emocional, como somos todos, que se mueven entre las oscuridades de sus cotidianidades y del problema de Javier, el hermano discapacitado que necesita ayuda pero le cuesta manejarse con su problema. A Antonio, del que ya hemos citado que es, de momento, el actor fetiche de la directora, que vimos en esa pequeña maravilla que es Notas sobre un verano (2023), de Diego Llorente, y los hermanos debutantes Javier y María. Y las estupendas presencias de Mona Martínez como la madre, creando con muy poco todo lo que arrastra una mujer que sufre por su hijo, y que en su silencio lleva su pena y su dolor, y Tamara Casellas como la pareja de Javier, una actriz muy dotada para reflejar toda esa carga y esa dureza que la vida y las relaciones han hecho en ella. Nicolás Montoya es el padre, un hombre que acepta los embates de un hijo dolido consigo mismo y con todos. Y finalmente, la presencia de Emmanuel Medina que participó en el corto homónimo.

Me encantaría que fuesen a ver una película como Por donde pasa el silencio, de Sandra Romero, porque a parte de todas las cualidades que he intentado expresar en este texto, es una película de corazón, es decir, que habla de personajes de carne y hueso, con vidas y trabajos normales y de mierda, que se levantan cada día a intentar ser mejores personas aunque raras veces lo consiguen, pero eso sí, no cesarán de intentarlo el día siguiente y los próximos. Personajes que cuesta ver en el cine de este país, personas como nosotros, con sus vidas en precario, tanto en lo económico como en lo emocional, con esos deseos de huir de los lugares que los vieron nacer y de ellos mismos, sobre todo, de ellos mismos. Una película que, al igual que la mencionada Entre dos aguas se seguirá hablando pasados los años, y si no recuerden estas palabras, porque lo que cuenta Por donde pasa el silencio, además de ser verdad, está muy bien contado, desde lo más profundo del alma, desde ese lugar donde no hay mentira ni impostura, sino una mirada sencilla y muy honesta. No olviden el nombre de Sandra Romero, a la que deseamos suerte para poder seguir contando las historias que desee y que vuelva a emocionarnos y hacernos reflexionar como su ejemplar debut. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA