Hotel Cambridge, de Eliane Caffé

LA BABEL DE LOS DESHEREDADOS.

“Brasileño, extranjero, todos somos refugiados.

Refugiados porque no tenemos derechos”.

La apertura de la película nos muestra diversas imágenes de edificios abandonados en la ciudad de Sao Paulo, en Brasil. En un instante, se centra en uno de ellos, uno que tiempo atrás albergo un hotel lujoso, y nos introducimos en su interior. El lugar muestra limpieza y orden, y en su entrada, tras un mostrador, unos que salen y entran se apuntan en un control, seguimos a los que acaban de entrar y empezamos a descubrir lo que se cuece en el edificio y conocemos a sus moradores. La directora Eliane Caffé (Sao Paulo, Brasil, 1961) psicóloga de oficio y cineasta de vocación, ha centrado su cine en explorar las zonas de conflicto sociales, tanto en el ámbito rural como en el urbano, construyendo una filmografía muy interesante sobre los conflictos que afectan a los ciudadanos de su país. En Hotel Cambridge vuelve a profundizar sobre los mismos temas enfrentándonos a la cotidianidad de un grupo de desplazados que ocupan un hotel en desuso, organizándose entre todos a nivel cooperativa, donde encontramos a brasileños sin techo, desahuciados, sin recursos, y demás gentes excluidos por un sistema fascista, sangrante y demoledor con los de abajo,  por el otro lado, encontramos refugiados, palestinos, sirios, libios, africanos, colombianos, y demás nacionalidades que han huido de la guerra de sus países de origen para labrarse una vida, y sobre todo, tener un futuro en sus vidas.

Vidas de seres sin hogar y sin vida, organizados a través de asambleas donde deciden la convivencia, que a veces se muestra difícil y conflictiva, debido al choque de culturas, religiones y diversas maneras de vivir y afrontar los problemas cotidianos. Entre todos ellos, emerge la figura de Carmen Silva, una cincuentona brasileña que se ha convertido en la líder de la comunidad, ordena la convivencia y los diversos quehaceres, siempre desde el diálogo y la armonía, que en ocasiones cuesta de mantener. También, encontramos a Hassam, un refugiado palestino poeta que ayuda a otros árabes haciéndolos pasar por familiares, y vive angustiado por la difícil situación que atraviesa su pueblo, Ngandu, que viene del Congo, vive entre los problemas familiares que ha dejado en su país, y los conflictos que se crean en su nueva existencia en el extranjero, con una incipiente historia de amor. Apolo, brasileño y actor en paro, se refugia en sus actividades de teatro y sus obras “vivientes”, con una actividad frenética y excitante. Gilda, una anciana retirada artista circense, participa con alegría a pesar de sus lagunas de memoria, Krak, es un africano “arregla todo” que se encarga del mantenimiento del edificio, por citar a aquellos que la cámara les ofrece más protagonismo.

Caffé cimenta su película contando un relato de ficción que arranca con la amenaza de desahucio, a través de secuencias extraídas de las propias vidas de sus personajes, unas personas que conviven con la fecha del desahucio en el horizonte, unos individuos que se organizan para rescatar muebles antiguos, encontrar nuevos inmuebles que ocupar y vidas que conviven entre los diversos conflictos, preocupaciones, y esperanzas, y con el amor y la amistad que se desarrollan entre ellos, una vida en la incertidumbre constante, entre internet y skype, con una mirada hacia su país que dejaron y el país de acogida que presenta las dificultades con las que tienen que lidiar. La cineasta brasileña se inspira en el Toni, de Renoir, en la captura de lo real a través de la ficción, utilizando todos los elementos naturales, y sin adornos técnicos, para de esa manera crear un relato que funciona como documento antropológico de una realidad durísima y demasiado cotidiano en este mundo globalizado y deshumanizado, y también, como una ficción con su estructura dramática, con el conflicto del desahucio como elemento principal. Características formales y de fondo que también encontramos en El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi, en el que contando con campesinos desarrollaba las duras condiciones de la vida rural de finales del XIX, y más reciente, en En construcción, donde José Luis Guerin, utilizaba la transformación arquitectónica del barrio chino para explorar como afecta a la vida cotidiana de sus vecinos.

Caffé ha logrado una película de imágenes vivas, poderosas, serias y apabullantes, donde logra una autenticidad brutal, dentro de un entramado sencillo y muy elaborado, a la vez, contándonos las diferentes e innumerables existencias que se mueven en ese edificio sin fin,  donde se respira realidad digna de admiración, alejada de lo establecido, creando focos de debate, donde otro mundo, aunque sea difícil, es posible (como lo demuestra el FLM, el movimiento de lucha social por la vivienda, creado en Brasil) donde sus imágenes se agarran en nuestro interior, mostrándonos todo aquello que los poderosos nos niegan, imágenes que penetran en nuestra conciencia, muy alejadas del tratamiento banal de los informativos occidentales, donde la criminalización que hacen de estos colectivos que ocupan edificios es una constante de la “información” promovida y financiada por los grandes capitales. Un relato que nos atrapa desde el primer instante, sin caer en ningún sentimentalismo facilón, porque en la película de Caffé hay espacio para el diálogo, el conflicto, la lucha y sobre todo, la fuerza de unos seres, desgraciadamente invisibles, que pelean por sus derechos y por ser reconocidos, a través de su movimiento social, en un mundo egoísta y carente de humanidad y solo preocupado en amasar dinero a costa de los más desfavorecidos.

La tortuga roja, de Michael Dudok de Wit

clickEL MISTERIO DE LA VIDA.

Había una vez un hombre, del que desconocíamos su procedencia, que naufragó en una isla tropical. Allí, en ese lugar inhóspito, con la única compañía de animales, vegetación y rodeado de agua, sobrevivivió a duras penas alimentándose de pescado y frutos, aunque su verdadero propósito era abandonar el lugar a bordo de una embarcación construida por él mismo, pero sus esfuerzos resultaron vanos, porque ya en alta mar, se encontraba con una tortuga roja que le destrozaba la balsa impidiéndole avanzar. La puesta de largo del cineasta Michael Dudok de Wit (Acoude, Países Bajos, 1963) mantiene los conceptos ya explorados en sus anteriores trabajos: la nostalgia y la eternidad (un guion firmado con Pascale Ferran , responsable de Pequeños arreglos con los muertos, Lady Chatterley o Bird People, obras de prestigio en los ambientes autorales) además de una animación sencilla y poética, compuesta de trazo limpio y formas reposadas, que estructuraban sus obras predecesoras y premiadas: Le moin et le poisson (1996) galardonado con el César, nos hablaba de las desventuras de un monje intentando capturar un pescado, y en la siguiente Father and Daughter (2001), que se llevó el Oscar al mejor cortometraje de animación, el relato giraba en torno a una niña que se convierte en mujer y hace su vida, aunque nunca podrá olvidar el recuerdo hacía su padre que se marchó en un barco siendo ella pequeña.

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En su primer largo animado Dudok de Wit tiene el mejor de los compañeros de viaje, la coproducción del prestigioso Studio Ghibli, en su primera coproducción europea (Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki e Isao Takahata con una filmografia de órdago en el campo de la animación con títulos ya clásicos como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o La tumba de las luciérnagas…, películas construidas a través de una animación artesanal de magnífica composición, tanto de formas como colores, dotadas de una infinita  imaginación, en el que conviven de forma natural el mundo más cotidiano y sus fantasmas con la fantasía más bella y poética, en la que transmiten valores humanos como la amistad, la tolerancia hacia los demás, y el respeto hacia la naturaleza y todo aquello que nos rodea. La tortuga roja se alimenta de todos estos valores, además de recoger la tradición de la animación francesa de los 70 y 80,  de René Leloux (El planeta salvaje o Los amos del tiempo), y las recientes El secreto del libro de Kells (Tom Moore, 2009) o Ernest & Célestine (2012), para conseguir una fábula atemporal, una alegoría humanista y bellísima sobre la vida, el tiempo y los ciclos vitales.

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Construida a través de un dibujo artesanal, que apenas ha recurrido a lo digital, que se mueve entre la luminosidad de colores por el día, y una luz velada para las noches dibujadas en blanco y negro, consigue una conjugación absorbente y veraz de los sonidos de la naturaleza, como el viento, el mar y los animales, centrándose en los detalles más ínfimos, componiendo una sinfonía muda, en la que se han evitado los diálogos con el fin de centrarse completamente en la naturaleza y sus sonidos, envolventes y realistas que ayudan a componer la poética del film, en la que destaca una score de grandísimo nivel obra del compositor Laurent Pérez del Mar, una música de melodías finas y rítmicas que envuelven la historia en una majestuosa poesía de formas, colores y sonidos que nos transportan a otro mundo, aquel en el que todo puede suceder, a un mundo mágico, un universo de sueños, en el que cohabitan de manera natural hombres, naturaleza, animales y espíritus, ya sean reales o mitológicos, en el que todos y cada uno de los seres vivos funcionan a la par en un organismo vivo y en continuo movimiento y cambio. La estructura lineal y circular nos invita no sólo a ser testigos de la deriva emocional del náufrago que, a pesar de sus intentos arduos de abandonar la isla, no consigue su objetivo y deberá enfrentarse a un ser, la tortuga roja, al que no puede vencer y no tendrá otro remedio que resignarse a esa fuerza de la naturaleza que parece condenarlo a su soledad.

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El cineasta holandés compone un poema de connotaciones universales, del que no conocemos casi nada, ni el origen del hombre ni en que lugar del mundo en que se encuentra la isla, sólo sabremos su periplo vital, y las situaciones en las que se vera inmerso, y sobre todo, el mundo interior del naufrago, con sus alegrías y tristezas, sus miedos, y cómo afectan a sus emociones sus vivencias a partir de su encuentro mágico con la tortuga. Dudok de Wit nos propone un viaje sobre el alma, una obra de maravilloso prodigio visual, sobre el destino de cada uno de nosotros, de todo aquello que somos y todo lo que nos rodea, de todos los seres, tanto animales como vegetales, que forman nuestro universo, incluso aquellos microcosmos que se muestran invisibles ante nosotros, pero si nos acercamos a ellos y los miramos con detenimiento, podremos no sólo descubrir más cosas, sino descubrirnos a nosotros mismos, admirando nuestras virtudes y siendo benévolos con nuestros defectos.

 

Entrevista a Eugenio Canevari

Entrevista a Eugenio Canevari, director de «Paula». El encuentro tuvo lugar el miércoles 16 de noviembre de 2016 en el Teatre CCCB durante el marco de la XXIII l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de  Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eugenio Canevari, por su generosidad, sabiduría y tiempo, a Cristina Riera, Tess Renaudo, Marc Vaillo y a todo el quipo de L’Alternativa, por su trabajo, dedicación, resistencia y cariño, y a Marta Suriol y Maria Gracia de La Costa Comunicació, por su trabajo, amabilidad, paciencia y cariño, y a todas las entidades que hacen posible la existencia de L’alternativa.

Entrevista a Nely Reguera

Entrevista a Nely Reguera, directora de «María (y los demás)». El encuentro tuvo lugar el miércoles 30 de noviembre de 2016 en la Plaza Joan Llongueras en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nely Reguera, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia y cariño, y al cineasta Sergi Pérez, por su amistad y cariño, y tener el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

El tesoro, de Corneliu Porumboiu

eltesoro_cartel_70x100-21SUEÑOS ENTERRADOS EN UNA CAJA DE METAL.

A principios del siglo XXI, un nutrido grupo de cineastas rumanos como los Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Calin Peter Netzer y el propio Corneliu Porumboiu, entre otros, renovaron la cinematografía rumana con una mirada que profundizaba sobre su memoria más reciente, centrada en los últimos años de la dictadura comunista de Ceaucescu, su caída, y los posteriores años que trajeron la ansiada libertad, que trajo más sombras que claros. Un cine formalmente cuidado, minimalista, seco, sin concesiones, comprometido socialmente y a nivel político, y que goza de éxito fuera de sus fronteras, con grandes premios en festivales internacionales de prestigio. Un cine de fuerte arraigo social que explora los condicionamientos morales de una población muy machacada que, comenzaba a ir hacia adelante, aunque muy lentamente, después de muchos años en la más terribles de las oscuridades.

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Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975) es una de sus figuras más exponentes de este nueva remesa de autores con títulos como 12:08 Al este de Bucarest (2006), centrada en dos personajes que recordaban los años de la revolución, en Politist, adjectiv (2009), planteaba un conflicto moral de un policía que se negaba a detener a un joven por ofrecer droga, y en When evening falls on Bucarest of Metabolism (2013), seguía la difícil situación de un director de cine en pleno rodaje y la filmación de una secuencia, en The second game (2014) rescataba, junto a su padre, la memoria y los recuerdos personales a través de un partido de fútbol de 1988. En este nuevo trabajo, Porumboiu, que filma en digital por primera vez, se adentra en un relato extremadamente sencillo, en el que Costi, de vida convencional y algo gris, junto a su mujer e hijo, un hijo al que le cuenta cada noche la historia de Robin Hood, recibe una propuesta insólita de su vecino, Adrian (que pasa apuros económicos graves por culpa de su hipoteca) que consiste en viajar a su pueblo familiar y allí buscar un tesoro escondido en el jardín que enterró su bisabuelo cuando entraron los comunistas, pese a las reticencias iníciales de Costi,  finalmente accederá a la misión.

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Porumboiu centra casi toda su película durante la noche en el jardín, cuando los tres hombres (al que se suma un especialista en detectar metales) emprenden la búsqueda ansiada del tesoro, que ayudará a uno a pagar sus deudas, y a Costi a demostrar a su hijo que él también puede ser un héroe que reparta dinero entre los pobres como Robin Hood. El cineasta rumano va dilatando el tiempo de forma ejemplar, lo que al inicio parecía una empresa fácil, se va complicando ya que el agujero cada vez es más profundo y no hay rastro del tesoro. Además, si en un primer tramo, la narración se basa en primeros planos y su contracampo, cuando aterrizan en el jardín, la cámara se abre, y la forma se abraza a los planos generales y el punto de vista de Costi, que es el personaje que nos guía por la película. Poromboiu sigue preocupado por cuestiones como la historia, en que la casa, y la historia que encierra, le sirven como excusa para hablarnos de  más de siglo y medio de memoria rumana, porque se remonta hasta la revolución de 1848, y de ahí en adelante, la segunda guerra mundial con los nazis ocupando la casa, luego, con la llegada de los comunistas que la convirtieron en un jardín de infancia, y más tarde, con la caída de Ceaucescu, que fue un local de striptease, para finalmente volver a propiedad de la familia de Adrian. El tono minimalista, y la luz tenue, presidida por ese foco que deslumbra, en la que nos convoca a una historia sobre la memoria, en que el presente, difícil y triste, dominado por las penurias económicas, sirve como telón de fondo para investigar un pasado convulso que quizás ayude a impulsar en las dificultades actuales.

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Los personajes de Porumboiu se mueven por sus intereses y bajos instintos, la caza del tesoro está por encima de todo, la ansiada libertad en forma de democracia, no ha ayudado a vivir mejor, a tener una vida más digna, y entonces, les ha llevado a moverse como hienas en busca de una ilusión en forma de tesoro que acabe con sus dificultades. La tensión dramática de la película va in crescendo, pero de forma sutil, las horas de la noche van cayendo encima de cada uno de los personajes, y su paciencia se va resquebrajando, las discusiones y hostilidades entre los distintos personajes provocan esos silencios incómodos y el malestar por el trabajo de cavar y desesperarse por no encontrar nada de lo prometido. Poromboiu se centra en una trama de individualismos en las que juega con los espectadores en una especie de thriller social y costumbrista, con toques de comedia del absurdo, y vuelve a plantearnos una fábula donde ahonda en el conflicto moral, como en sus anteriores películas, que no sólo recuerda a grandes clásicos como El tesoro de Sierra Madre, del genial Huston, sino que ofrece una radiografía oportuna y crítica de la Rumanía actual, en la que todo lo soñado ha quedado reducido a unos cuantos bienes materiales carísimos en los que la vida ha quedado relegada, como lo muestra el elocuente y revelador cierre de la película.

María (y los demás), de Nely Reguera

24a71575-maria-cartazVIVIR SU VIDA.

María tiene treinta tantos y trabaja en una editorial, aunque le encantaría ser escritora (pero es incapaz o tiene miedo de acabar su libro, al que apenas le queda un párrafo), también, es el pilar de su familia, después de la muerte de su madre, se ha convertido en la luz que ilumina a su padre, al que ha cuidado en su dura enfermedad, y a sus hermanos. Sentimentalmente, tampoco le va muy bien, se acuesta con alguien, aunque ella está ilusionada, el otro parece que no está tan encantado. Su vida vive para los demás, ella ha guardado demasiados cosas en los cajones, y ahora parece ocuparse para no tener tiempo para abrirlos, ella, hace, va y viene, y tiene mil cosas en la cabeza, pero las que de verdad importan, las que tienen que ver con su vida, no son su prioridad, las va dejando, puede que por miedo, o porque es más fácil ocuparse de los demás que de uno mismo.

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La puesta de largo de Nely Reguera (Barcelona, 1978) se centra en la mirada de María y sus conflictos internos (ya demostró su talento con sus cortometrajes, y la preocupación sobre las emociones y sus contradicciones, en Ausencias (2002) trabajo de fin de carrera en la Escac, donde se graduó, exploraba las carencias de diferentes personas, en Pablo (2009) planteaba una historia sobre la esquizofrenia de forma singular). Ahora, se detiene en María, una joven independiente, que vive en el norte, más concretamente en Galicia (Reguera tiene raíces gallegas en su familia paterna) parece hacer muchísimas cosas en su vida, aunque preocupada en otra vida, en aquella que nunca quiso vivir, en la que esquivó y ahora no se atreve a cambiar de dirección y empezar en otro sentido. La aparición de Cahita, la enfermera simpática que atendió a su padre y ahora se ha convertido en su novia, derrumba, en cierta manera, esa vida de apariencias y ausencias que se ha construido falsamente a su alrededor.

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Reguera sigue a su antiheroína desde la distancia, dejando al espectador que tome la palabra, que sea el quién saque sus propias conclusiones, inicialmente con tomas largas e inquietas, escenificando la propia existencia de su protagonista, para luego reposar la cámara y seguir a María desde la serenidad, investigando las emociones que se van provocando. Reguera plantea una comedia, una comedia aparentemente ligera, con apenas sobresaltos ni conflictos muy profundos, aquí el conflicto es leve, casi imperceptible, la aparición de Cachita desborda un vaso que ya estaba vacío de contenido.  María choca con su familia, sus amigos y ese con el que se acuesta, que ella se empeña en convertir en pareja, cuando no lo ha sido nunca, ni lo será. María se muestra satisfecha y autónoma, quizás demasiado, aunque en su interior todo es diferente, debería escucharse más, y lanzarse a vivir su vida, esa vida que no se atreve a vivir, por miedo a enfrentarse a sus miedos. Su familia es convencional, uno de sus hermanos, está a punto de ser padre, el otro, vive con una extranjera, pero tiene planes futuros en España. Todos ellos, observan a María desde la inquietud y la distancia, sin saber muy bien qué tipo de vida tiene y que hace con ella. Una familia que actúa como espejo deformante de esa realidad que María se niega a ver y oculta sin atreverse a mirar de frente con todas sus consecuencias. Reguera ha realizado una película sencilla, humilde y muy emocionante, que emociona desde su sinceridad, conmueve sin pretenderlo, contándonos un relato de alguien que bien podríamos ser nosotros o alguien muy cercano, de esas vidas inquietas que no nos atrevemos a vivir por miedo a fracasar, y nos mantenemos en una infelicidad que no la llena la independencia económica, a esa falsedad de vida que nos han vendido como ideal, pero que no nos llena, de vivir nuestras propias vidas, cueste lo que cueste, de sincerarnos con nosotros mismos y avanzar hacia delante sin miedos y cargados de ilusión.

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La interpretación prodigiosa, serena y absorbente de Bárbara Lennie (gran acierto de casting) nos acoge de manera sutil en su relato y sobre todo, en su mirada inquieta y nerviosa, en su torpeza, pero también, en su fragilidad, que podría ser la de nosotros mismos. José Ángel Egido nos muestra un padre serio, con ganas de vivir su vida, al contrario que María. Y los hermanos, un Pablo Derqui, que sigue en una forma estupendísima (se marca un solo interpretando de forma enérgica y simpática el tema “Como yo te amo” de la Jurado, delante de su familia) que ya había trabajado en dos cortos de Reguera, Vito Sanz (alejado de las películas de Jonás Trueba, aquí, de hermano algo bobalicón y novio entregado) Aixa Villagrán (en otro momentazo cómico de la película, expulsando males y hechizos de la incrédula María), Marina Skell (la argentina enfermera que viene a trastocar los planes de María, situación parecida que se vivía en Tots volem el millor per a ella)y Julián Villagrán (como antipático e interesao amante). En el guión, encontramos a Valentina Viso (escritora de Mar Coll, y el Blog, de Elena Trapé), el montaje de Aina Calleja (que también estuvo en Tots volem… y en Family Tour, de Liliana Torres) y la fotografía de Aitor Echevarría (que ya había trabajado en las Ausencias con Reguera).

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Nely Reguera se suma a Mar Coll, Elena Trapé, Roser Aguilar y Liliana Torres, en otro brote de talento maravilloso surgido de la Escac, en la que a través de excelentes y profundos retratos femeninos centrados en mujeres que pasan la treintena con problemas emocionales que les cuesta horrores resolver, profundizan sobre su generación de forma concisa, libre y honesta. También, podríamos incluir en esta terna las miradas de Sergi Pérez y Marçal Forés (también surgidos de la Escac) que aunque no planteen retratos de lo femenino, si que comparten la complejidad emocional y el interés en retratar su entorno. Reguera ha hecho una película asombrosa, con muy poco, sólo centrada en su personaje, y su entorno, un paisaje a veces bello y hermoso, y en otras ocasiones, agobiante e incómodo, porque por mucho que nos empeñemos, nuestra vida depende de nosotros, no de los otros.

Después de la tormenta, de Hirokazu Kore-eda

ddlt-cartel-400pxAFRONTAR LA DERROTA.

«No todo el mundo puede convertirse en lo que desea ser».

Tras un período de formación en la televisión realizando documentales, el cineasta Horikazu Kore-eda (Nerima, Tokyo, 1962) arrancó su filmografía con After life (1998) y Distance (2001), sendos dramas que exploraban la necesidad de la memoria para soportar las tragedias de la vida, en el 2004 con Nadie sabe, aportó un ingrediente que se ha convertido en una parte esencial de su obra desde entonces: la familia. En ésta, unos niños desamparados construían en su hogar un reino propio que se veía invadido por la hostilidad del exterior. En Hana (2006) le daba la vuelta al género de samuráis con un antihéroe que encontraba su lugar en un barrio pobre, pero de fuertes relaciones humanas. Con Still walking (2008) llegó su obra cumbre con una sencilla historia con ecos de Cuentos de Tokyo, de Ozu, en la que retrataba sus temas preferidos, la memoria, camino necesario para seguir hacía delante, la muerte como reflejo de la fugacidad de la existencia y la pérdida, y como afrontarla y asumirla. Con Air doll (2009) se tomó un leve respiro de sus núcleos familiares, y retrató el concepto de soledad en las ciudades actuales, con Kiseki (2011) volvió a sus ambientes familiares, en este caso, dos hermanos separados por el divorcio de sus padres, anhelan volverse a encontrar. En De tal padre, tal hijo (2013) experimentaba en las relaciones paterno filiales a través de la identidad y los lazos familiares, y en Nuestra hermana pequeña, del año pasado, describía los lazos familiares de unas hermanas que acaban de conocer su existencia.

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Ahora, Kore-eda nos presenta a Ryota, un tipo perdido de unos cuarenta años, que vive anclado en el pasado, un tiempo en el que escribió una novela que tuvo algo de éxito, y vivía con us mujer e hijo. Un tiempo que ya no volverá.  En la actualidad, se debate en un trabajo como detective (que dice que es para la investigación de su próximo libro) su afición por las carreras de caballos y apuestas de todo tipo (que recuerda a la misma actitud del personaje que hacia Fernando Fernán-Gómez en su inolvidable El mundo sigue) que hace que ande pidiendo dinero continuamente a su hermana mayor y a su madre, y además,  le imposibilita pagar la pensión a su ex mujer (por el hijo que comparten) de la que todavía sigue enamorado y está empeñado en recuperar. Kore-eda ambienta su película en el extrarradio de Tokyo, en un barrio residencial envejecido, que añora la nostalgia de lo que pretendía ser y nunca ha sido, y ahora es habitado por ancianos, como la madre de Ryota, Yoshiko (la maravillosa actriz venerada en Japón, en su quinto trabajo con el director, habitual desde Kiseki, que hace poco vimos como la adorable cocinera de yoradakis en Una pastelería en Tokyo) encarnando a esa madre independiente y protectora, que aporta un estupendo sentido del humor a esta historia triste y delicada del director nipón.

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Kore-eda estructura en dos partes su película, en la primera, y bajo un tono de desesperanza, vemos el deambular de Ryota, dando tumbos, moviéndose por lugares que no le pertenecen, que ha caído en ellos por su mala conducta, incapaz de asumir su derrota, de dejar de compadecerse y empezar un nuevo camino de ilusión en su vida. En la segunda mitad, la amenaza del tifón, obliga a madre/abuela e hijo, junto a nieto y ex esposa a pasar la noche en la casa de la abuela. En ese instante, y en ese preciso momento, se desatarán las necesidades de unos y otros, los anhelos que han marcado a los personajes, y las ilusiones de juventud que han ido muriendo por el camino. Unos personajes golpeados por la pérdida (la abuela acaba de perder a su marido de toda la vida), el hijo (no asume la derrota de su vida y no es capaz de levantar el vuelo) la ex, Kyoko (se debate en empezar una nueva relación sin estar enamorada) y el niño (le encantaría pasar más tiempo con un padre que ve solamente unas exiguas horas una vez al mes). Una noche refugiados por el tifón que despejará dudas a unos y otros sobre como relacionarse no sólo ante ellos, sino ante los demás, y en su vida y las decisiones que deben tomar (como ocurría en la magnífica Aguas tranquilas, de Naomi Kawase) como la naturaleza describía la profundidad de las emociones interiores que viven los personajes.

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Kore-eda ha construido una obra transparente, sumamente delicada y exquisita, profundizando de manera precisa en el retrato de la cotidianidad, consiguiendo situarnos entre las cuatro paredes del piso de la abuela, de forma naturalista y tremendamente sencilla. Si Yasujiro Ozu se convirtió en el mejor retratista de las relaciones familiares en el Japón devastado por la guerra, en sus maravillosas descripciones sobre las relaciones de padres (la tradición) e hijos (la occidentalización), Kore-eda ha tomado su testigo, componiendo excelentes frescos sobre la familia actual y sus tragedias (la separación de los padres, los hijos sin la figura paterna, y las nuevas parejas de los cónyuges…) imprimiendo a sus relatos un acertado retrato sobre la cotidianidad de sus personajes, explorando sus miedos, soledades y tristezas, todo aquello que no se explica con palabras, pero la mirada de Kore-eda logra mostrarnos con suma sensibilidad, sumergiéndonos en un mundo inabarcable de emociones y sentimientos.

Entrevista a Jonás Trueba

Entrevista a Jonás Trueba, director de «La reconquista». El encuentro tuvo lugar el miércoles 28 de septiembre de 2016 en el vestíbulo de los Cines Verdi de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su paciencia, amabilidad, y cariño, y a Óscar Fernández Orengo, amigo y excelente fotógrafo, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

Entrevista a Francesco Carril

Entrevista a Francesco Carril, actor de «La reconquista», de Jonás Trueba. El encuentro tuvo lugar el miércoles 28 de septiembre de 2016 en el vestíbulo de los Cines Verdi de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Francesco Carril, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su paciencia, amabilidad, y cariño, que además, tuvieron el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

La reconquista, de Jonás Trueba

la-reconquista-definitivo-cartelEL TIEMPO EN EL AMOR.

“Pongo mi corazón en el futuro. Y espero, nada más”

Juan Antonio González Iglesias

(del poema “Confiado”)

La película se abre con el rostro de Manuela (la mirada mágica que nos enamora de Itsaso Arana, la protagonista que descubrimos en Las altas presiones) que, a continuación, la vemos esperando, llega una moto de la que se baja Olmo (Francesco Carril, alter ego de Trueba, y protagonista de tres de sus films), y sube unas escaleras hasta su encuentro, los dos jóvenes se miran, sonríen y se abrazan. Manuela y Olmo fueron pareja a los 15 años y 15 años después, vuelven a reencontrarse. El cuarto trabajo como director de Jonás Trueba (Madrid, 1981) es una película que nos habla sobre el paso del tiempo, sobre lo que fuimos, y lo que somos, sobre las ilusiones que tuvimos siendo adolescentes, y cómo todo aquello ha ido cambiando según hemos ido creciendo, sobre un tiempo añorado, perdido, un tiempo de inocencia, en el que soñábamos con un futuro positivo y lleno de esperanza, y el tiempo de ahora, un tiempo de incertidumbre, de futuro incierto, de incomodidad, y de pasos a ciegas.

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Trueba nos cuenta el relato en dos tiempos, primero, se centra en el presente, en el aquí y ahora, en el reencuentro de los dos amantes, ahora con 30 años, y los captura con suma delicadeza y belleza, durante una noche interminable, una jornada en la que dialogaran, se miraran, se abrazaran y también, recordaran aquel tiempo que soñaban con ser otros, aquel tiempo que se amaban, aquellos años de primera juventud, mientras toman cerveza, acuden a un concierto del padre de ella, en el que escuchamos las canciones de Rafael Berrio, tres canciones que definen la relación de los que fueron amantes ahora reencontrados, y sobre todo, una de ellas, Somos siempre principiantes, que se convertirá en el verdadero leit motiv del conjunto, y que volveremos a escuchar en un par de distintas fases de la película (en una de ellas cuando son adolescentes en un equipo de música de la época) también, habrá espacio para tomar algo en un bar rodeados de gente, para ir a bailar swing en una secuencia de auténtica locura en la que el sonido inunda todos los planos, momentos para mirar un cuadro en el que observamos una barca con un globo rojo en mitad de una tempestad, quizás una imagen que describe con elegancia el momento emocional por el que atraviesan Manuela y Olmo, ella, a caballo entre Madrid y Argentina, y que utiliza las noches para acostarse con un amante distinto cada vez, y él, acabado de mudarse con su novia a la que parece querer, a un piso lleno de cajas y trastos.

 


<p><a href=»https://vimeo.com/181459867″>La reconquista – Tr&aacute;iler Invierno</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Trueba filma a sus criaturas en movimiento, tanto físico como emocional, por las calles y cafés en el invierno de Madrid, con esa luz colorista, envolvente y reposada –muy del estilo de los cineastas de la Escuela de Lodz, sobre todo, en la secuencia del concierto en el interior del bar- de Santiago Racaj (cómplice que ha estado en sus cuatro films) capturando todos esos momentos de esa posible reconquista – a la que alude el título – en el que las cosas, por mucho que deseemos nunca son como las imaginamos, ahora ya no son como eran, porque ellos ya no son los mismos, lo que imaginaron, el tiempo los convirtió en otras personas, el recuerdo del primer amor continúa vivo, quizás no se acabe nunca, latente en sus almas, aunque las sensaciones frente al otro, no son como esperaban, han sufrido variaciones, sienten de otra manera, más llenas de misterio y ambigüedad. Trueba, a la mañana siguiente, deja a Manuel y Olmo, el reencuentro, el amor a los 30 años, (en la que asistimos al viaje de vuelta de Olmo, cogido desde atrás, – secuencia que nos lleva a Moretti y su viaje en vespa – mientras volvemos a escuchar las notas de Berrio, en la que Olmo vuelve a su realidad gris) y se adentra, con una preciosa transición, con ese árbol mecido por el viento, como si el viento nos pudiese trasladar a aquellos años de juventud que recordamos con tanto cariño, a finales de los 90, durante el verano, tiempo en el que asistimos al amor a los 15 años (tiempo con el que ya coqueteó Trueba en Más pena que gloria, en calidad de coguionista) cuando Manuela y Olmo se enamoraron (estupendos los debutantes Candela Recio y Pablo Hoyos, componiendo con detalles y gestos sus personajes) entre paseos, notas en medio de las clases, llamadas furtivas escondiéndose de los padres, besos y abrazos a la orilla del río (que nos recuerdan a Una historia de amor, de Roy Andersson o Mes petites amoureuses, de Eustache, dos bellísimos retratos, vivos y amargos, de los amores entre adolescentes).

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Trueba filma la luz que los acoge de forma cálida y transparente, no hay nubes negras entre ellos, se quieren y se reconocen en el otro, se cuidan y se hablan entre susurros, se aman y se acarician, mientras se miran a los ojos. Aunque no todo sigue el curso esperado, el primer amor también es la primera herida, en la que Manuela siente que todo ha ocurrido demasiado pronto, que el amor ha llamado a sus vidas con urgencia, y que todo eso les hará perderse muchas cosas. Trueba ha construido una película sobre la conciencia del tiempo, sobre nuestros anhelos e ilusiones frustrados, sobre el fracaso del amor, sobre cómo queremos a los demás, y cómo nos quieren a nosotros, envolviendo a sus personajes en palabras, gestos, melodías, sonidos, colores miradas, y sobre todo miradas. El realizador madrileño deambula junto a sus criaturas, mirándolas con honestidad, inquietud y desasosiego, sin caer en sentimentalistamos, en los que hay muchos espacios difíciles de descubrir del alma humana, explorando y haciendose preguntas y reflexiones sobre el tiempo y el amor, recogiendo el testigo de autores como Truffaut, Garrel, Rivette, Linklater o Hong Sang-Soo… cineastas que han mirado el amor y sus devaneos sentimentales de manera adulta y seria, construyendo sólidos retratos de la fragilidad de nuestras emociones acosadas por el implacable paso del tiempo.

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Trueba está construyendo una filmografía magnífica y coherente, que describe a una generación muy perdida en sus existencias, llena de incertidumbre, que se mueve en el alambre constantemente,  estructurada a través de dibujos sentimentales insatisfechos, oscuros y llenos de dudas, protagonizados por personas de su misma edad, desde Todas las canciones hablan sobre mí (2010), piedra angular de Los ilusos (en la que se encontraban sus habituales colaboradores, el ya mencionado Racaj, la editora Marta Velasco, el arte de Miguel Ángel Rebollo, y Javier Lafuente, en labores de producción) en la que se adentraba en el terreno del desamor, dejó paso a Los ilusos (2013), filmada en blanco y negro, que hablaba del cine dentro del cine, en el que asistíamos a los primeros instantes de una relación amorosa, (que podrían tratarse de los Olmo y su pareja), y Los exiliados románticos (2015), en la que un viaje de tres amigos servía para capturar el amor más pasional alejado de la realidad. La reconquista es un viaje emocional hermosísimo, filmado con una delicadeza que asombra, reposada y acogedora en su discurso, y ensencialmente, una magnífica exploración sobre la naturaleza humana, el amor y el tiempo que nos devora.


<p><a href=»https://vimeo.com/181459891″>La reconquista – Tr&aacute;iler Verano</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>