Last Days in Shibati, de Hendrick Dusollier

MEMORIA Y NO FUTURO DE UN BARRIO. 

“Es cierto que el barrio está un poco en mal estado, pero aquí vivimos todos juntos. En las torres estaremos solos frente al televisor”

Un plano general nos da la bienvenida a la película, un plano parecido nos despedirá al final de su metraje. Un plano general y cenital, en el que observamos edificios blancos y muy modernos, que dan paso a un barrio subterráneo, oscuro y lleno de inmundicia, anclado en un agujero gigantesco, último reducto de lo que fue la ciudad. Un plano que evidencia y se erige como la mejor definición de lo que la película quiere contar, y además, supone todo un gesto político y humanista ante la industrialización deshumanizada de la China contemporánea, un país sumido en la vorágine de construcción desorbitada, con el único objetivo de eliminar lo pasado y viejo para abrir innumerables ventanas a aquello nuevo, blanco y bello. Una decisión para convertirse en la corriente postmodernista de esta era que vive por y para la mercantilización y capitalización de todo, absolutamente todo, sin ningún mínimo de conciencia social hacia el pasado, hacia lo artesanal y lo popular, sólo quieren edificios uniformes y estáticos para habitar a la población, y centros comerciales, donde esa población se gaste su dinero, y vuelta a empezar. Para hablar de estos cambios profundos y veloces de la arquitectura y la economía china, el cineasta francés Hendrick Dusollier, siempre comprometido en documentar los cambios económicos de los países a través de los cambios en sus barrios populares, encontró en Shibati, un barrio en descomposición en la ciudad de Chongqing (unas de las ciudades que mayor densidad de población está sufriendo en los últimos años) el mejor ejemplo para hablarnos de estos cambios en la política china de construcción y desarrollo.

Dusollier, en apenas una hora de película, camina por las calles sucias y desiertas de un barrio al que hay que acceder bajando unas escaleras (indudable metáfora para comprender que todo lo antiguo se está sepultando bajo tierra en la China actual) en el que observamos un espacio ruinoso, un lugar con pocos habitantes, un lugar que antaño fue uno de los barrios más populares de la ciudad, donde se concentraban innumerables comerciantes y la vida crecía a raudales por sus calles, casas y vegetación. La película se mueve por sus estrechas callejuelas, parándose a hablar con unos y otros, hasta que da con algunos personajes, como el barbero que vive con su madre, que nos habla del esplendor comercial de antaño del barrio entre la melancolía y la resignación por los nuevos tiempos, aunque serán dos personajes, Zhou Hong, un niño de 9 años que ayuda a su madre a vender, sus padres esperan la asignación de la nueva vivienda para abandonar el barrio, y además, el niño se siente fascinado por “Luz de Luna”, el nuevo centro comercial blanco y luminoso, todo un reflejo del nuevo orden económico.

El otro personajes es Xue Lian, una anciana recolectora de toda clase de objetos, cachivaches y demás artilugios que se va encontrando (que guarda cierto recuerdo al señor de los encantes de Barcelona que retrató Mercedes Álvarez en Mercado de futuros) la mujer nos enseña sus objetos como obras únicas, amontonadas y desperdigadas por su casa, un espacio laberíntico y desordenado, donde la vida se cuela por cada rincón, la señora nos cuenta el origen de cada objeto y muestra resignación sabiendo que tendrá que dejarlos ya que en el piso moderno de su hijo no tendrán sitio. Dusollier desarrolla su película a lo largo de un año, en tres instantes separados en seis meses, viendo los cambios que se van produciendo, en el que retrata el barrio a través de sus últimos moradores, que nos muestran los recovecos y espacios ocultos del lugar. El director francés muestra este singular y único espacio desde el que observa, el que mira las cosas a través de aquellos que más las conocen, cediendo la palabra a estos dos personajes, tan peculiares y significativos de la memoria del barrio, completamente extrapolable al devenir de China. Memoria y futuro condensados en dos miradas, dos formas de ser y vivir. El niño, fascinado por los nuevos edificios y los colores de la modernización, y en cambio, la abuela, que ha vivido toda la vida en el barrio, tiene que aceptar el dolor de dejar el espacio que ha sido su vida desde niña, conociendo los años en que el barrio era el centro de la ciudad, y ahora, arrinconado y en vías de desaparición por la vorágine psicótica de construir y construir.

La anciana sabe lo que pierde y es consciente que ese nuevo mundo es cambiante, es un mundo en el que ella se siente extraña, diferente, extranjera, y sobre todo, un mundo no mundo, completamente deshumanizado, en el que las viviendas son idénticas, donde la vida nunca entra en esas cuatro paredes, donde no hay vida en sus calles modernas, si no es para entrar en esos centros comerciales y gastar. Un mundo bello en apariencia, muy moderno, pero vacío y sin alma, en el que todo vale si es para producir dinero, donde los más desfavorecidos y los invisibles, aquellos que viven en los márgenes, ocultos, ya no tienen cabida, y se les desplaza de sus hogares populares de toda la vida, arrebatándoles los barrios de toda su vida, y ubicándolos en nuevos espacios, espacios siniestros, donde los niños no juegan en la calle, donde las tiendas de toda la vida del barrio han dejado paso a cajeros automáticos o establecimientos especializados sin vida, donde el trato íntimo y personal con el cliente ha desaparecido, donde ya nada atiende a lo humano.

Eugenio, de Xavier Baig y Jordi Rovira

EL HOMBRE QUE HACÍA REÍR.

“El humorista… Yo creo que está de por si en contra de todo lo establecido. Entonces hace humor y es una especie de válvula de escape para evadirse de la realidad. El humor no es cuando uno está contento. El humor verdadero sale de penas, de desgracias. En aquel momento es cuando uno demuestra que tiene sentido del humor y es cuando tiene que salir el humor. En momentos trágicos.

Eugenio

Lucy, el personaje que interpretaba Lillian Gish en Lirios rotos, se ayudaba de su mano para dibujar una leva sonrisa que era el fiel reflejo de su triste existencia. La vida de Eugeni Jofra Bafalluy (1941-2001) más conocido como “Eugenio”, se acercaría mucho a ese leve gesto, al de un hombre triste que se ganaba la vida contando chistes, haciendo reír a los demás, encima de un escenario noche tras noche, con su gesto impasible, completamente de negro, detrás de unas gafas grandes y oscuras, bebiendo un whisky e inhalando el humo de sus cigarrillos, y con aquella frase que ya forma parte de la vida de tantos españoles “¿Saben aquel que diu…?”.

Eugenio, la película de Xavier Baig y Jordi Rovira, junto a Òscar Moreno en labores de producción, equipo que ya habían realizado el documental Joana Biarnés, una entre todos (2015) donde retrataban de forma rigurosa y sincera la biografía de la primera fotoperiodista española, rescatando una figura condenada al olvido. Ahora, vuelven a acercarse al retrato biográfico con una de las figuras más representativas de los 80 y 90, el inconfundible humorista Eugenio, pero no lo hacen de manera ilustrativa y siguiendo, en mayor o medida, sus suertes y desgracias, sino que van más allá, rescatando imágenes de archivo que muestran la infancia, adolescencia y juventud de Eugenio, sus calles, sus colegios y sus amoríos, y cómo no, Conchita Alcaide, el amor de su vida, la mujer que lo hizo quién era, con la que soñaba con cantar canciones protesta y triunfar en los escenarios. El destino le deparó otro éxito, el de contar chistes, aquellos que tímidamente empezó entre canción y canción.

Los directores barceloneses complementan su película con una treintena de testimonios, sus hijos, su familia, la mujer que lo amó, sus admiradores, sus colaboradores más íntimos y todos aquellos que en algún momento de su vida conocieron, debatieron y disfrutaron de la presencia y la compañía de Eugenio. Aunque la película se cimenta bajo una estructura lineal, hay saltos en el tiempo que nos llevan a la verdadera personalidad del humorista, un hombre que tuvo que sobrevivir después de la tragedia que lo azotó, viviendo entre galas y galas, llevando un éxito que en muchos momentos creía inmerecido, y viviendo sus noches interminables entre copas, cigarros, risas y demás, noches que nunca se terminaban y unas empezaban cuando aún no habían terminado las del día anterior. Descubriremos su genio, su manera original y magnífica de afrontar el humor, de su innata capacidad para la narración y sus lentos pero seguros comienzos en aquella Barcelona del tardofranquismo donde proliferaban los clubs y salas de fiesta y discotecas, la plenitud de su carrera, donde la televisión y los empresarios del espectáculo se lo rifaban, y también, conoceremos su otro lado, aquel que no atendía a sus hijos y mujer debidos a sus largas ausencias que cada vez eran más largas, sus caídas al infierno de la cocaína, problemas de salud, resucitamientos y recaídas varias, su vuelta a los escenarios y finalmente, su fallecimiento.

El retrato de Baig y Rovira evita los juicios y los sentimentalismos, retrata a aquel hombre que arrastraba su tristeza, mientras subía a los escenarios a hacer reír al público, al humorista triste que buscaba refugios muy oscuros para salir del pozo en el que se encontraba, como aquellos que se saben condenados hagan los esfuerzos que hagan para salir de sus agujeros oscuros. La película realiza un retrato honesto y sencillo sobre el artista cuando no estaba en los escenarios, cuando se convertía en Eugeni Jofre Bafalluy, un hombre que cuando se subía al escenario lo era todo con sus chistes y su manera intrínseca de hablar, mezclando el catalán y el castellano, y alimentando sus espectáculos con esas maravillosas pausas y miradas que lo eran todo. Eugenio era aquel payaso triste que hacía reír, aunque su alma siempre estuviera encerrada sin encontrar la salida, y todas aquellos resquicios de luz que se lanzó a descubrir, tarde o temprano se tapaban y Eugenio volvía a su estado de ánimo. La película cuenta muchas cosas, no deja casi nada en el tintero, acercándose con toda la humildad y sobriedad que el personaje requiere, contándonos al hombre que había detrás del humorista, aquel que se encerraba en sí mismo, el señor de negro que vivía sin ilusión ni esperanza, aunque eso sí, siempre tenía algo para contarnos, y sobre todo, para hacernos reír.

Entrevista a Marta Prus

Entrevista a Marta Prus, directora de la película «Over The Limit». El encuentro tuvo lugar el viernes 7 de septiembre de 2018 en el Hotel Evenia Rosselló en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Prus, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè Amat, por su fantástica labor como traductora, y a Ot Burgaya y Salima Jirari de El Documental del Mes, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Over The Limit, de Marta Prus

DOLOR Y GLORIA.  

“¡No eres un ser humano, eres un atleta!”

La película arranca con la mirada concentrada y seria de Margarita Mamun, una atleta de élite rusa en la disciplina de gimnasia rítmica, una mirada desprovista de cualquier expresión, una mirada fija y ausente de emoción, encerrada en su único objetivo: ser campeón olímpica. A su lado, Amina Zaripova, ex campeona mundial y su entrenadora personal, y más allá, no muy lejos de las dos, con ojo avizor, a cual mirada impertérrita de general, algo así como un “Gran Hermano”, Irina Viner, la famosa presidenta de la Federación Rusa de Gimnasia Rítmica, fabricante de grandes campeonas rusas. Durante un año, seremos testigos de los durísimos entrenamientos a los que someten a Rita, a un nivel altísimo de exigencia tanto a nivel mental como físico, como si se tratara de un soldado en régimen de acuartelamiento, una exigencia deportiva heredada de los métodos soviéticos, donde los deportistas son tratados como máquinas de trabajo, en la que no hay tiempo para las emociones, en el que cada movimiento debe ser perfecto e impecable, para conseguir ser la mejor en los diferentes campeonatos en los que participará. Rita será sometida a toda clase de insultos y desprecios por parte de Irina y Amina, situaciones que la joven atleta de 20 años aguanta estoicamente y firme, enfrascada en su objetivo.

 La puesta de largo de Marta Prus (Varsovia, Polonia, 1987) después de un tiempo de aprendizaje en el campo documental, se sitúa en el centro de la Gimnasia Rítmica, disciplina que experimentó durante 7 años en la selección de Polonia, y nos habla desde la intimidad, desde el pilar de todo, en esos espacios de entrenamientos donde se labra todo, donde se construye todo, donde se cometen errores tras otros, donde se pulen los diferentes ejercicios, donde se trabaja sin descanso para llegar a esa perfección endiablada que las llevará a los altares de los laureados. Prus enmarca su película en unos exiguos 74 minutos, donde nos habla de los entresijos de la preparación de un deportista de élite, que no trabaja para su gloria, sino la gloria de su país, de toda una nación que la mira, la observa y la juzga, cualquier error por mínimo que sea. Apenas vemos los mínimos momentos de descanso de que disfruta Rita, con las llamadas que se realiza con su novio (otro deportista de élite) y las leves visitas en casa de sus padres, donde vemos a la deportista más relajada, pero sin dejar de lado su objetivo primordial.

Prus filma con precisión y observación todos los momentos que se producen frente a su cámara, a través de una cercanía que emociona, con los mínimos detalles, sin aspavientos ni sensiblerías, tomando el pulso a cada momento, y teniendo la valentía de filmar el lado oscuro de los entrenamientos y los métodos terroríficos a los que someten a los deportistas, siendo paciente y capturando todas esas miradas y gestos que se reparten entre las entrenadoras y Rita, que asume su condición de subordinado, como un soldado obediente y callado que tiene que emplearse a nivel mental y físico de manera brutal para contentar no sólo a sus jefes, sino a su país, porque la imagen de la nación está expuesta en cada uno de sus movimientos y ejercicios. La película mantiene un ritmo pausado, pero a la que no dejan de ocurrir situaciones, cada vez más in crescendo, donde todo parece que vaya a estallar en cualquier momento, pero Rita se mantiene al igual que una estatua de piedra, tragándose todo lo que le echan, incluso cuando su padre cae gravemente enfermo, y la gimnasta sigue trabajando con la misma exigencia que se le requiere.

La cineasta polaca ha construido un retrato intimo y profundo sobre las emociones soterradas de tantos atletas rusos o soviéticos sometidos a los estrictos entrenamientos, donde no hay tiempo de respirar y sí para seguir entrenando día y noche hasta que los ejercicios provoquen la admiración de los jueces por su perfección y calidad. Una mirada hacia el deporte y los métodos que se emplean para alcanzar la gloria, una gloria solo destinada a los más fuertes, física como mentalmente, unos pocos privilegiados que deben solventar las durísimas pruebas a las que serán sometidos por sus exigentes entrenadores y preparadores, porque no todos somos capaces de enfrentarnos a nuestros propios límites e inseguridades, por mucho que nuestra pasión sea el único camino que hayamos elegido y Margarita Mamun, que esta ante su último gran competición, sabe muy bien que quizás todo no valga por un sueño, aunque ella está preparada para asumir este camino de sangre, sudor y lágrimas a la que le someten los durísimos entrenamientos de la Federación Rusa de Gimnasia Rítmica, a la que sólo le vale ganar para demostrar al mundo que sus métodos son los más eficientes.

Dolphin Man, de Lefteris Charitos

EN LA PROFUNDIDAD DEL MAR.

«El hombre que se sumerge aguantando la respiración se parece a los mamíferos marinos. Hay un delfín dormido en cada uno de nosotros”

Jacques Mayol

La película se abre con un plano general del mar, de la inmensidad del mar, de su azul radiante y transparente, de todo aquello que vemos por fuera, y también, aquello que oculta en su interior, bajo su superficie. Todo ese mundo secreto y magnífico, un mundo aparte, un mundo en otro mundo, un universo salvaje, un espacio animal y vegetal, lleno de criaturas extraordinarias, un mundo donde empezó todo, el lugar donde habitaron las primeras especies del planeta, del mismo lugar donde arrancó la evolución, de donde salió la primera criatura que más tarde acabaría en el homo sapiens. El naturista y aventurero francés Jacques Mayol (1927-2001) conocía ese mundo, fascinado por su misterio desde que era un niño en la Shanghai colonial de los años 30. El director Lefteris Charitos (Atenas, Grecia, 1969) después de una amplia experiencia como documentalista en la televisión griega, se lanza a su primera apuesta en el largometraje documental contándonos las peripecias de Jacques Mayol, y no lo hace de manera simplista o sentimental, sino de una forma humanista, dejando que los suyos, el entorno de Mayol, nos explique quién era, y los diversos testimonios consiguen hacer una radiografía, tanto personal como emocional, de uno de los precursores del buceo en apnea, esa forma de submarinismo que desafía la capacidad y los límites del ser humano, porque prescinde de la respiración artificial, y se lanza a las profundidades del mar sin más ayuda que su capacidad para no respirar.

Mayol fue el pionero de la disciplina y el primero en batir la distancia record de 100 metros de profundidad. Aunque, detrás de toda esta admiración y éxito personal, se escondía una parte muy sombría en su vida, en la que desatendió a su familia, esposa y dos hijos, distanciándose de ellos, obsesionado con su pasión del mar. Charitos nos sitúa en la Shanghai colonial, en Miami, en Las Bahamas, en la isla de Elba en Italia, en la costa de Tateyama en Japón o las islas griegas del mar Egeo, lugares donde transcurrió la vida y aventuras de Mayol, con ese físico de atleta, un deportista nato que se cuidaba, tanto físicamente como emocionalmente, practicando yoga y meditación zen, donde cuerpo y alma estaban altamente preparados para asumir los retos tan arriesgados y peligrosos que asumía cuando buceaba a esas distancias de vértigo.

La película de Charitos no sigue un orden cronológico, va dando saltos de un lugar a otro, deteniéndose en sus mayores retos, y recogiendo los testimonios de tantos colaboradores, amigos y conocidos que lo conocieron y lo trataron, construyendo una película donde conocemos y reflexionamos sobre las diferentes máscaras que tenía Mayol, desde el aventurero sin fin, una especie de Errol Flynn a la caza de tesoros, en este caso mares y océanos llenos de especies y reconocidos por su diversidad marina, o la relación con las mujeres, con ese atractivo natural y canalla que las atraía, y las amantes que tuvo, o esa familia que dejó para seguir su pasión, o ese amor frustrado por causas ajenas que lo dejó muy tocado y lo llevó a reinventarse y asumir la vida como una experiencia placentera y traumática. La película nunca se queda con una visión de Mayol, nos presenta muchos rostros, algunos muy diferentes, contradictorios y complejos, dejando salir aquella cara oculta que el propio Mayol nunca mencionaba, dejándola para su interior.

Narrada por el actor Jean-Marc Barr , que lo interpretó en la película Le Gran Bleu, de Luc Besson, en la que se narra la vida de Mayol, es una película que no sólo nos habla de la capacidad de buceo y extraordinaria personalidad de Jacques Mayol, sino que también indaga en la misión naturalista y humanista de Mayol de presentar el mar no como una inmensidad desconocida y alejada de nosotros, sino como un espacio de riquezas maravillosas, en las que las emociones se descubrían, reinterpretaban y alcanzaban su plenitud interior, en la más absoluta de las profundidades, donde el silencio se apoderaba de todo, y todo lo demás dejaba de tener sentido. Mayol nos habló de la misión de preservar la naturaleza y las especies que lo habitan, como herencia de nuestros ancestros, de nosotros mismos, y sobre todo, como un medio de conocimiento y experimentación, de ayudarlo y ayudarnos a nosotros, en el interior de un hombre que le apasionaba bucear junto a las criaturas del mar y sentirse como uno más,

 

Un hombre mejor (A Better Man), de Attiya Khan y Lawrence Jackman

ENFRENTARSE A LAS HERIDAS.

«Recuerdo que llorabas y me decías que lo sentías. Y recuerdo que yo pensaba: si de verdad lo sientes, para”

En Amores que matan, de Icíar Bollaín, un cortometraje de 20 minutos, filmado en el año 2000, se abordaba el tema de la violencia contra las mujeres desde el punto de vista de los maltratadores, imaginando un centro donde a través de terapias, se hacían sesiones terapéuticas para rehabilitar a estos hombres y averiguar las causas de sus actitudes violentas. Attiya Khan, cineasta feminista y abogada de mujeres y niños maltratados, con la ayuda del cineasta Lawrence Jackman (con amplia experiencia en el campo documental independiente) abordan su película desde la experiencia personal de Attiya, trasladándose veinte años atrás, cuando con 17 años sufrió terribles maltratos, tanto físicos como emocionales, de su entonces pareja, Steve, un año y medio mayor que ella. Pero, su manera de enfocar el tema es completamente novedoso, porque Attiya contacta con Steve y después de una primera cita donde dialogan sobre el primer momento en que se encontraron y se enamoraron, la película pasa a otro muchísimo menos placentero, cuando Steve y Attiya hablan y recuerdan aquellos momentos, el tiempo que convivieron juntos y Steve maltrató a Attiya, con la ayuda de un terapeuta.

Durante los 79 minutos de metraje, viajamos hacía las entrañas de la violencia, a la descripción verbal y exhaustiva de aquella violencia, de aquel sufrimiento y las secuelas emocionales que desde entonces arrastra Attiya. Somos testigos de las conversaciones sobre lo sucedido, las causas ocultas de aquella violencia que imponía Steve, todo el calvario que pasó y pasa Attiya, y todo se cuenta a través de la más absoluta sinceridad, sin trampa ni cartón, capturando esas miradas, esos testimonios, los rostros compungidos, y el relato del horror, con todo tipo de detalles, sin nunca entrar en lo escabroso ni el amarillismo, siendo tratado desde el más absoluto de los respetos, y capturando esa intimidad que traspasa almas y cuerpos, en un camino muy doloroso, en el encuentro con esa oscuridad que nos persigue y no nos deja vivir, enfrentándose con valentía y fuerza a todo aquello que queremos olvidar y no es posible, enfrentándose al dolor en encuentros entre víctima y maltratador, una terapia llamada justicia restaurativa, donde unos y otros explican sus recuerdos, sus emociones y todo aquello que pasó, abriéndose emocionalmente, sin tapujos ni complejos, enfrentando aquello que tanto les ha hecho daño, para así recuperarse emocionalmente y mirar hacia adelante, y que todo esta terapia y documento sirva a otros para sacarse todo su dolor y enfrentarse a sus heridas más profundas y doloras, aquellas que nadie conoce.

Quizás, los momentos más duros y a la vez, más rompedores, son cuando Attiya y Steve visitan los lugares de su relación, los espacios del horror, donde se produjeron los maltratos, los pisos que compartieron, los bares de sus primeras citas, las calles que caminaron, aquel tiempo que para que deje de doler, hay que enfrentarse a él, con valentía y coraje, transitar por el instituto, testigo del silencio de Atiiya y donde Steve encontró las primeras palabras amables para vencer su violencia. Un documento necesario, valiente y sincero, que nos transporta a las entrañas del mal cotidiano, la violencia doméstica que tanto dolor ocasiona a tantas mujeres, y ofrece una nueva terapia regresiva de aceptar el dolor mirando al rostro de aquel que lo infligía, aquel hombre del pasado que tanto daño hizo, y dialogar para sanar, para estar mejor, para dejar el miedo y la oscuridad lejos de uno, no esconderlo ni sentirse avergonzado por haber sido víctima de malos tratos por aquel que decía quererte y protegerte. Encontramos en la producción el nombre de Sarah Polley, actriz y director, en una producción procedente de Canadá, que aborda desde la intimidad más brutal, a través de la desnudez de las emociones y el dolor oculto, uno de los grandes males del mundo, la violencia cotidiana que sufren tantas mujeres en manos de sus parejas, ex parejas y demás.

Las chicas de Amanecer Dorado, de Havard Bustnes

SECCIÓN FEMENINA.

El cine en general, y el documental en particular, es un medio eficaz y asombroso para plantearse preguntas, nunca para resolver enigmas, el creador emprende un viaje de búsqueda en los que aparecerán esos conflictos que tanto le interesan y para los que no encuentra respuesta, la película será ese vehículo propicio para adentrarse en esos enigmas, actuando de guía para adentrarse en campos de difícil acceso a los que sin ese medio sería imposible acceder. Las chicas de Amanecer Dorado nace con una pregunta: ¿Qué ha pasado en Grecia? ¿Qué ha ocurrido en un país, para que la tercera fuerza política del país sea un partido de extrema derecha? Havard Bustnes, documentalista de amplia experiencia en el documental en Noruega viajó hasta Grecia adentrándose en las entrañas de Amanecer Dorado para estudiar las raíces de una realidad triste y amarga. La película, a partir de un dispositivo naturalista y sencillo, accede a la sede del partido, las viviendas de sus seguidores y locales donde organizan sus mítines, y lo hace a través de tres mujeres, Ourania Michaloliakos (hija del fundador y líder del partido Nikolaus Michaloliakos) la madre y la esposa de otros cabecillas, en un momento donde la sección femenina ha de tomar las riendas del partido ya que su cúpula (padre, hijo y esposo) han sido encarcelada por presunta vinculación con el crimen de un rapero, a manos de algunos seguidores del partido.

Las tres mujeres emprenden la campaña electoral de 2013 y consiguen un gran respaldo en las elecciones. La cámara las filma en su intimidad, sus conversaciones y su estrategia política, todo sigue un orden pensado y establecido, aunque el cineasta le pregunta por sus vinculaciones con el nazismo y al violencia, ellas se desmarcan y siguen su guión, dentro de una inteligencia marcada, en la que cada una de ellas conoce la naturaleza y su orden en el partido. Bustnes ofrece un retrato de un partido fascista, que clama por su patria y quiere expulsar a los inmigrantes, un partido que nació en los 80 como asociación nazi y luego en los 90 se erigió como partido político que concurría a las elecciones, aunque su presencia era anecdótica, fue a partir de la devastadora crisis económica de principios del nuevo siglo, que Amanecer Dorado ha conseguido lo que es, un partido con gran respaldo por la población, una población vapuleada por el fuerte impacto del paro y demás problemas económicos que ha llevado al país a la ruina, caldo de cultivo esencial para que los partidos fascistas vendan humo y se sirvan de la desilusión de las gentes para prometerles un dorado a partir de viejas consignas nacionalistas ondeando banderas y símbolos ancestrales para devolverles ese espíritu de orgullo patrio a su favor.

Amanecer Dorado lanza a los cuatro vientos un discurso popular y democrático, para convencer a sus votantes más ingenuos, ya que acumula un sinfín de altercados violentos con la policía, los periodistas y detractores. El cineasta noruego escarba y filma todo lo que le dejan, e intenta extraerles información y que respondan a sus múltiples contradicciones, aunque no lo consigue por el propio testimonio de las implicadas, si lo consigue con su película, planteando un retrato que desde las tripas del partido, junto a material de archivo que nos ayudan a completar sus orígenes y las diferentes situaciones que han protagonizado, dejando ver su verdadera ideología racista, xenófoba y nacionalista a ultranza. Esta Sección Femenina (que recuerda a aquella de Falange que moralizó y reprimió a las mujeres durante cuarenta años de franquismo) defienden a muerte su discurso basado en el miedo del otro, en un estado falsamente democrático (que permite partidos como el suyo, por cierto) y en unas ideas políticas que han llevado al país a la ruina y a una Unión Europea basada en las leyes fascistas de mercado que empobrecen a la mayoría por el bien de unos pocos.

A través de ese discurso, populista que arenga a la parte de la población más machacada por la crisis, consiguen convencer y devolverles la ilusión perdida, aunque sea de una manera facilona e hipócrita, en el que lanzan muchas verdades (aunque esas mismas situaciones se viven o se continúan viviendo en otros países del mediterráneo como España, por ejemplo) esconden un trasfondo de odio, violencia y extremismo que ayuda a crear una división irreversible en la sociedad griega. Bustnes ha construido una película sobre la política, sus desmanes y corrupción, que en algunos instantes recuerda al cine de Ulrich Seidl y partes de su documental En el sótano, pero también, sobre el miedo de una sociedad que ya no cree en la democracia, que ha sido y sigue siendo mutilada y falseada, y esa misma sociedad, se dispone a lanzarse al abismo siguiendo las banderas de una Grecia imperial que si bien les hará sonreír y ayudar para adoctrinarlos, poco a poco, sin darse cuenta, se estarán metiendo en la boca del lobo, del que desgraciadamente, no podrán salir indemnes.

Entrevista a Julia Dahr

Entrevista a Julia Dahr, directora de «Gracias por la lluvia». El encuentro tuvo lugar el jueves 1 de marzo de 2018 en la Plaza Gutenberg del Campus UPF en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Julia Dahr, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mercè, la traductora, por su amabilidad, generosidad y trabajo,  y a Ot Burgaya y Laia Aubia de El Documental del Mes, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Gracias por la lluvia, de Julia Dahr

EL GRANJERO CONCIENCIADO.

“Durante el resto de vuestra vida,  tenéis  que comprometeros  a que, antes de morir, dejareis un legado en forma de árboles”

Julia Dahr, una joven cineasta noruega viajó a África para hacer su primera película con el objetivo de filmar las consecuencias del cambio climático a través de los agricultores que lo sufren. Allí, y más concretamente en Kenia, se encontró con Kisilu, un granjero que trabaja la tierra, convirtiéndola en su medio de subsistencia para sus 7 hijos, su esposa y para él. Aunque, lo que hace realmente maravilloso a este hombre es que su conciencia le ha llevado a combatir el cambio climático desde la base, creando una comunidad de granjeros que trabajan entre sí, a través del cooperativismo, en acciones de conciencia que consisten en plantar árboles para favorecer la aparición de lluvias, y de esa manera parar los problemas que acarrean por estos cambios meteorológicos. Dahr enfoca su película a modo de diario apoyándose en la cotidianidad de Kisilu y su lucha diaria en la tierra, con su familia, capturando la cercanía de todo lo que ocurre, y además, sus continuos viajes para trabajar con los otros granjeros. Además, Kisilu tiene una cámara con la que registra su cotidianidad, donde escuchamos sus más íntimas reflexiones y análisis de todo este cambio.

La película filma desde la intimidad familiar y personal, todo lo que el cambio climático provoca en las entrañas de África, de los más afectados, desde las terribles sequías, o las incesantes lluvias, que provocan grandes inundaciones, desbordamientos y abnegación de las tierras echando a perder las cosechas, o más aún, el destrozo de techos, objetos  y enseres de los granjeros. Pero, Kisilu no es hombre de amilanarse, y seguirá en pie de guerra contra estos cambios devastadores, continuando con su objetivo, y hablando con los demás granjeros a que sigan en la lucha, y no abandonen su tierra y emigren a la ciudad a un mejor porvenir como han hecho tantos otros. La cineasta noruega pone el dedo en la llaga en las terribles consecuencias medioambientales que tienen las empresas poderosas sobre los más débiles, aquellos que viven de la tierra. Kisilu no solo trabaja para concienciar su entorno con nuevas formulas y estrategias para luchar contra el cambio climático, sino que, y gracias a Julia Dahr, acude como invitado a la convención internacional sobre el cambio climático que se celebra en París, para explicar su posición y su forma de lucha, aunque allí, se enfrenta a la oposición de las grandes empresas que no ceden y quieren continuar con su producción contaminante para seguir ganando indecentes cantidades de dinero.

Kisilu no lo tiene nada fácil, ya que se enfrenta al conflicto eterno, a la lucha histórica entre norte y sur, desde que el hombre es hombre, la guerra entre David y Goliat, entre aquellos capitalistas que utilizan los recursos naturales para enriquecerse, en contra de los granjeros como Kisilu que viven en consonancia con la naturaleza y los medios que va encontrando, sin dañar al medio ambiente. Dos formas, no solo de entender el trabajo, sino la vida y la posición vital de unos y otros, aunque Kisilu a pesar de los problemas, tanto del tiempo como de la avaricia del norte, y como no es hombre de ceder, consigue combatir la terrible oposición de las grandes empresas que contaminan y provocan con su producción las devastadores consecuencias del cambio climático, optando por continuar desde la base, convocando reuniones informativas, trabajando juntamente con sus colegas, y continuando con alegría, fe y compromiso, en la necesidad de plantar árboles, y trabajar juntos, no solo para su futuro trabajo que ayude a su familia a salir adelante, sino también para los otros granjeros, y su entorno.

Dahr construye una película humanista y política, un relato que filma lo más íntimo y cotidiano, que acaba adquiriendo connotaciones universales, hablándonos de la dignidad y la fuerza de los trabajadores de la tierra, de aquellos que las cifras y estadísticas nunca mencionan, pero están ahí, abriendo zanjas, plantando árboles y mirando de cara al cambio climático, y sobre todo, encontrado herramientas a su alcance para combatirlo, a pesar de la oposición del norte. Una cinta sobre la cara invisible de aquellos que sufren la avaricia y la codicia de los de siempre, de aquellos que ven en el trabajo un medio para enriquecerse aunque cueste la vida y el trabajo de otros, porque la cinta de Dahr no solo nos abre un diálogo sobre el cambio climático y cómo afecta a los granjeros de la otra parte del mundo, sino de la pérdida de conciencia social, de la fraternidad entre las personas, y la falsedad de una sociedad que permite que unos estén por encima económicamente de otros, como mencionaba Rousseau a finales del XVIII, cuando los más poderosos anteponían sus privilegios a costa de la vida miserable de los trabajadores, que solo demandaban unas condiciones dignas de trabajo y en consecuencia, de vida.

La hora de los deberes, de Ludovic Vieuille

MAL DE ESCUELA.

«Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil»
Albert Einstein

Hay películas que se descubren revelándonos más de lo nos imaginamos, no por su aparentemente sencillez en su forma, sino en su atrevido y complejo contenido, porque van más allá de los problemas que pretenden exponer, escarbando en el centro del problema, y explorando los múltiples recovecos que aparecen en el fondo de la cuestión. La hora de los deberes es una de ellas, y lo es porque todo en ella es una bandera de la sencillez y extremadamente cotidiana, porque nos sumerge en esa hora en el que un padre, Ludovic, y su hijo Angelo, realizan los deberes conjuntamente. Una hora que a veces se eterniza, y en otras, deviene en la más poderosa frustración, ya que Angelo no logra entender los conceptos, y se pierde en una infinidad de enunciados, tareas diversas y un léxico que, en ocasiones, es profundamente inentendible. Ludovic Vieuille es un cineasta francés, con una filmografía que abarca la decena de largometrajes y un buen puñado de cortometrajes, que fabrica una película doméstica, íntima y profundamente aleccionadora que ataca con dureza un sistema educativo caduco, tradicionalista e ineficaz, ya que pretende encajar a todos los alumnos por igual, anulando a todos aquellos que por su naturaleza no siguen el ritmo impuesto por sus estudios.

Vieuille utiliza un dispositivo extraordinariamente elemental, coloca una cámara fija que filmará a padre e hijo en sus 60 minutos de deberes, minutos que deberían ser educativos, pero acaban siendo todo lo contrario. Una película filmada durante cuatro años, donde los avances no se presentan, y el camino recorrido es de una inutilidad exasperante, en el que Angelo tiene que encajar en ese sistema educativo, eliminando de esta manera su imaginación e inventiva, esforzándose para ser uno más, eliminando de esta manera sus capacidades diversas, y su diferente manera de desarrollarse en su mundo y en su entorno. Vieuille se acerca a los maestros del cinema verité, para captar todas las emociones que se van presentando frente a nosotros, a través de las miradas y gestos de frustración e inoperancia de padre e hijo, con algunos instantes de cine de animáción y humor, con los múltiples fantasmas que afloran en sus mentes, como los suspensos, las notas de los profesores que engrandecen los errores y debilidades de Angelo, y sobre todo, los miedos de repetir curso.

Una convivencia entre padre e hijo, en la que uno mira al otro, preocupados y frustrados, se abrazan o se rinden agotados por no entender los ejercicios y perderse en una hora que acaba siendo muy triste y vacía. El padre recuerda sus años de alumno, en el que tuvo que pasar por los mismos métodos caducos educativos y su desesperación por no poder asimilar las distintas materias y seguir la normalidad del curso, una normalidad que excluye, no acepta la diversidad. Vieuille rescata el libro Mal de escuela, de Daniel Pennac, reconocido profesor y pedagógico francés, en el que no nos habla sobre la institución académica y sus males, sino en un alumno, el propio Pennac, y su zoquetería, sus múltiples problemas para encajar en el mundo de la escuela, y sus incapacidades para afrontar los trabajos que les asignaban, y el proceso triste que tuvo que vivir en sus años estudiantiles, y la frustración que le llevó a cambiar constantemente de colegio para encontrar aquel que mejor se adecuaba a sus necesidades e idiosincrasia. Un ensayo magnífico que explora la insatisfacción que provoca unos métodos académicos que no funcionan igual para todos, sino para unos cuántos, dejando fuera a todos aquellos alumnos que son diferentes, con necesidades completamente diversas.

Vieuille, a través de su pequeña película, no sólo nos habla de la relación de un padre y su hijo, sino también, y siguiendo con la maravillosa tradición de la cinematografía francesa, que ha explorado desde tiempos inmemoriales la educación y sus métodos (con nombres tan importantes como Vigo, Truffaut, Pialat, Philibert o Cantet, por citar algunos) ha construido una película sobre los males educativos en Francia, que podrían extrapolarse a muchos países occidentales, en los que el sistema falla estrepitosamente en aquellos que son diferentes, y no les concede la oportunidad de seguir otro tipo de educación, dejándolos marginados, y con la idea que son unos inútiles y no pueden pertenecer a este sistema excluyente y fascista, en un sistema educativo que no construye personas, ni mucho menos las forma para enfrentarse a la vida y a una sociedad salvaje y depredadora, sino trabajadores para un sistema capitalista en el que hay que esforzarse por ser los mejores profesionales, donde uno estudia para ganar dinero, no para ser persona, donde la humanidad y la bondad quedan completamente al margen, quedando completamente anulada y aislada en los centros de trabajo donde se fabrican números y ganancias, donde todos somos números y poco más.