Entrevista a Xinyi Ye

Entrevista a Xinyi Ye, actriz de la película «Chinas», de Arantxa Echevarría, en el Cafe Salambó en Barcelona, el miércoles 4 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xinyi Ye, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Leonor Watling

Entrevista a Leonor Watling, actriz de la película «Chinas», de Arantxa Echevarría, en el Cafe Salambó en Barcelona, el miércoles 4 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leonor Watling, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Carajita, de Silvina Schnicer y Ulises Porra

UNA NOCHE DE LLUVIA… 

“Enfermo está el mundo, donde tener y ser significan lo mismo”.

Eduardo Galeano 

Nos encontramos en una de esas casas opulentas junto al mar en la costa de la República Dominicana. En su interior, trabaja Yarisa, la criada que tiene una relación especial con Sara, la hija de los señores. Se tratan de tú a tú, se escuchan y se cuidan, como si fueran madre e hija. Toda esa relación dará un giro de 180 grados cuando Mallory, la hija de Yarisa que ha venido de visita, sufre un accidente en una noche de lluvia. A partir de ese momento, la relación se enfría, primero y desaparece, volviendo, o como decirlo, como si nunca hubiesen tenido esa relación estrecha que tenían. Vuelven a ser la criada y la hija de los señores, una hija que vive en la abundancia, en el hastío de esos nuevos ricos y corruptos, como define Sara a su padre y amigos, que malgastan en aburridas y tediosas fiestas donde nada les llena, donde nada les agrada totalmente. Bajo el marco de una desaparición, la película indaga en temas tan universales como la injusticia, la desigualdad y la eterna diferencia de clases en unas sociedades donde el progreso y el bienestar se instala en los que dirigen la economía y deciden las vidas de miles de individuos que sólo están para obedecerles y servirles. 

La segunda película de la bonaerense Silvina Schnicer y del barcelonés Ulises Porra, después de la interesantísima Tigre (2017), donde a partir del drama contaban el viaje de una mujer para recuperar a su hijo y su pasado. Al igual que ocurría en Tigre, donde la ubicación era la isla fluvial del Delta del Tigre, en Carajita, la situación geográfica también define lo que se cuenta y el devenir de sus personajes. A partir de un guion que firman Ulla Prida y la pareja de cineastas, contado bajo el prisma de lo cotidiano, de lo aparente y superficial, es decir, a través de encuentros y desencuentros en los que se habla de la situación política del país, de las relaciones superficiales de los jóvenes, y de la desidia y vacío tan frecuente en este tipo de casas y sus ocupantes. La evidencia no se remarca en ningún aspecto, sólo se va mostrando con una naturalidad que nos va absorbiendo y magnetizando a ese otro mundo, a ese universo de riqueza y burguesía en el dictan las normas y deciden que está bien o mal, porque la trama es sencilla y directa, no se anda por las ramas ni tampoco con la intención de epatar y sorprender, sino todo lo contrario, todo ocurre con una cotidianidad que da pavor, un aroma de terror en el que existimos a merced de los otros, bajo una falsa libertad que se hunde cuando hay algún conflicto y el dinero y la posición social se discute. Sometidos al yugo económico bajo esa oscuridad de existencia que los derechos y la libertad se compra con dinero y nada más. 

La interesante mezcla de drama cotidiano con el thriller resulta de una gran brillantez, porque el caso de la desaparecida, acaba eclosionando en esa madeja de intereses y poder entre los de arriba y los de abajo, que claman justicia, una idea de justicia completamente comprada y manipulada. La excelente cinematografía que firman el argentino Iván Gierasinchuk (que repite después de la experiencia en Tigre), al que conocemos sus trabajos con sus compatriotas Pablo Agüero y Carlos Sorín), y el chileno Sergio Armstrong, en películas de Sebastián Silva, Pablo Larraín y Lorenzo Vigas, entre otros. El gran trabajo de montaje que firma la argentina Delfina Castagnino, también en Tigre, que tiene en su filmografía a directores como Lisandro Alonso, Santiago Mitre, y las películas Princesita, de Marialy Rivas y Alanis, de Anahí Berneri, con un ritmo estupendo y una densidad que ayuda a entablar los diferentes roles de poder y miedo que se instalan en la película. La música de Andrés Rodríguez contribuye a crear esa atmósfera turbia y densa que planea durante la película. 

El excelente plantel de intérpretes empezando por Magnolia Núñez que hace de Yarisa, la criada que ve como su estabilidad se va al traste cuando su hija sufre el accidente, junto a la impresionante Cecile Van Welie en el rol de Sara, esa chica que sigue a sus padres, que no dice nada cuando explota el conflicto, y se oculta en sí misma. Richard Douglas como el padre que todo lo repara, Clara Luz Lozano como la madre estúpida y snob, y finalmente, Adelanny Padilla como Mallory, la accidentada. Y luego, los demás actores y actrices que ofrecen naturalidad y cotidianidad, y muchas miradas y silencios, fundamentales cuando las cosas se tuercen y te sobrepasan. Debemos de celebrar que volvamos a ver otra película procedente de la República Dominicana con coproducción con Argentina, porque no es lo habitual por estos lares, que se suma a Miriam miente (2018), curiosamente dirigida por dos cineastas, Natalia Rodrigo, dominicana, y Oriol Estrada, catalán, que reflejaba las diferencias sociales también, esta vez del racismo imperante entre los habitantes del país caribeño. Carajita tiene el aroma de ese cine intenso y reflexivo que realiza el mexicano Michel Franco, donde profundiza en las relaciones y posiciones sociales de su país, un mal endémico extrapolable a cualquier lugar del mundo. 

No dejen pasar una película como Carajita, de Silvina Schnicer y Ulises Porta, porque tiene todos los ingredientes que enganchan al público ávido de historias que expliquen cosas y sobre todo, explique detalles de la condición humana y la siniestra forma en la que nos relacionamos con los otros cuando el conflicto estalla y nos salpica. Una trama poderosa y absorbente que comienza de forma brutal con ese cuadro negro, el ruido del mar, y cuando abre, la noche encima de nosotros, y unas luces de automóivl alumbra a un lugar determinado que no logramos apreciar. Una oscuridad con poca luz y de noche, elementos que definen por donde irán los tiros en la película. Un mar, una playa, un camino, unas cabras en libertad que se mueven a su libre albredío, una mujer destrozada por el accidente de su hija, una don nadie, que mencionaba Galeano, estos don nadies a los que nadie recuerda, a los que nadie ayuda, a los que nadie ve, no porque sean invisibles, sino porque a nadie les importan, que pueden desaparecer sin más, así como si nada, porque si alguna vez existieron fue para obedecer y servir, sin nombre, que nada pueden hacer para cambiar su triste destino, porque los que pueden ni los miran, ni los existen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las dos caras de la justicia, de Jeanne Herry

ENFRENTAR EL DOLOR. 

“Qué mecanismo psicológico tan raro, y tan común, el que provoca el sentimiento de culpa y de pudor en la víctima y no en el verdugo”. 

El mundo (2207), de Juan José Millás

Hace dos temporadas nos quedamos sobrecogidos por la elogiada Maixabel, de Icíar Bollaín, donde conocíamos la historia real de la citada mujer, que quiso conocer a los asesinos de su marido. Toda una muestra de coraje, valentía y serenidad de una persona que enfrenta su dolor y rabia frente a las personas que le arrebataron una de las personas más importantes de su vida. La tercera película de Jeanne Henry (Francia, 1978), después de las interesantes Elle l’adore (2014), y En buenas manos (2018), bucea en la denominada justicia restaurativa, una actividad que consiste en enfrentar a autores de delitos enfrentándolos con víctimas de delitos parecidos. Estamos ante una película sobre el habla, sobre el diálogo, sobre el dolor, las heridas, el trauma y la reparación, cerrando todas esas roturas del alma. Una película en la que se habla mucho, peor muy bien, nada banal ni sentimentalista, sino todo lo contrario, incidiendo en los diversos conflictos de cada una de las víctimas y verdugos, con calma y pausa, con tiempo, exponiendo cada problema, cada proceso, cada mirada y cada gesto. 

No estamos ante una película más, es una película cosida a conciencia, porque tiene entre manos un tema delicado y extremadamente sensible, un tema que requiere pausa, profundidad y mucho tacto. En Las dos caras de la justicia (del original Je verrai toujours vos visages, traducido como Siempre veré tus caras), se palpa una tensión parecida a la que palpaba en la magnífica Doce hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, donde los espectadores nos convertimos en testigos privilegiados que participan en estos encuentros, resulta altamente aleccionador el arranque-prólogo de la película, cuando vemos a los voluntarios en los talleres de aprendizaje, aprendiendo y enfrentándose a futuros conflictos, y el salto a un año después, cuando entramos en materia, y vemos la realización in situ. Y no sólo la película aborda uno de los encuentros, del que hemos hablado, sino que también, explica un caso desde su primigenia, cuando una joven Chloé, se presenta en la oficina y explica su caso, víctima de abusos sexuales por su hermanastro, con el que quiere encontrarse para enfrentar su dolor. No son dos relatos paralelos que van y vienen, sino que van de la mano, porque, tanto en uno como en otro, vemos lo que ocurre después y antes del proceso de justicia restaurativa. 

Herry abandona todo sensacionalismo e impacto, ya sea visual o argumentativo, para centrarse en las personas y en su interior, con ese planos cercanísimos y en interiores, casi en su totalidad, con una narrativa desnuda y sencilla, a modo de documento, en un gran trabajo del cinematógrafo Nicolas Loir, con el que trabaja por primera vez, del que conocemos sus trabajos para Antoine de Bary y Cédric Jimenez, entre otros. Una cámara que mira y está detenida, que sigue a sus personajes del modo clásico, sólo si se mueven, una cámara-testigo como si de una película de Wiseman se tratase, que observa, filma y deja las conclusiones y reflexiones para el espectador. El montaje, construido a partir de planos cortos y cerrados, también trabaja para conseguir esa intimidad y transparencia que encoge el alma, en una película que se va a las dos horas de metraje, y hablada, con nula acción física, contada a través de diálogos que suben y bajan como si estuviéramos en una montaña rusa, elementos que componen un interesantísimo trabajo de Francis Vesin, cómplice de la directora en su tercer trabajo juntos. La estupenda música de Pascal Sangla, que ya estaba en En buenas manos, ejerce ese cruce entre drama íntimo y personal, donde no hay respiro, aparte de algún que otro diálogo entre los voluntarios que participan, consiguiendo esa finísima línea donde drama y tragedia bucea, tocándose levemente, pero sin caer en el dramatismo y la desesperanza, sino encontrando vías de comunicación, empatía y miradas cómplices. 

Una película de estas características necesita un gran plantel de intérpretes, actores y actrices que con una mirada y un gesto transmitan todo ese desequilibrio emocional que sufren sus protagonistas, donde el pasado se haga muy presente, y donde se explique lo necesario sin caer en lo reiterativo ni superfluo. Tenemos a los verdugos: Nassim, que hace Dali Benssalah, del que recientemente vimos La última reina, siendo Barbarroja, Thomas es Fred Testot, especializado en comedias locas y divertidas, Issa es Birane Ba. Frente a ellos, las víctimas: Nawelle que hace Leïla Bekhti, una actriz con amplio recorrido con nombres tan interesantes como Lafosse, Caudel, Mihaileanu, Audiard, etc…, Grégoire en la piel de Gilles Lellouche, un actor muy reconocido en el país vecino, que ya estaba en En buenas manos, y Sabine en la piel de Miou Miou, madre de la directora, también en la mencionada En buenas manos, toda una institución en Francia, que ha trabajado con grandes como Bellocchio, Tanner, Miller, Losey, Malle, Deray, Leconte, Berri, y más. Otra víctima es Chloé que tiene el rostro de Adèle Exarchopoulos, y luego están los voluntarios: Élodie Bouchez, la inolvidable protagonista de La vida soñada de los ángeles, que trabajó en la citada En buenas manos, Sulianne Brahim, que tiene películas con Amalric, Donzelli y Macaigne, y Jean-Pierre Darroussin, poco hay que decir del excelente actor fetiche de Guédiguian, entre muchos otros. 

Sólo nos queda aplaudir y hablar maravillas de uno de los grandes títulos de la temporada que acaba de comenzar, y lo decimos sin ánimo de ser demasiado indulgente ni eufórico, sino porque la película lo merece, porque plantea temas muy complejos y peculiarmente dolorosos, a partir de una forma y un fondo que son dignos de estudio, profundizando de forma digna, humanista y ejemplar, sin manejar al espectador a su antojo, elemento que reiteramos, sino dejándolo libre y generando ese espacio de observación y reflexión, tan vital para no sólo entender sino también comprender, valores en desuso en los tiempos actuales, más dados a la crítica y el desprecio facilón. Debemos quedarnos con el nombre de la cineasta Jeanne Herry no sólo por afrontar temas tan difíciles como la maternidad en su anterior y citadísima película en este texto, y ahora, la culpa, el dolor y el trauma y los caminos para afrontarlos, para mirarlos y curarse, a través de víctimas que han roto esa coraza de autocompasión y se han lanzado a participar, a ser activo, a mirar al verdugo, a enfrentarse al otro, y sobre todo, enfrentarse a su dolor y a sí mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pedro Mari Sánchez y Daniela Fejerman

Entrevista a Pedro Mari Sánchez y Daniela Fejerman, actor y codirectora de la película «Alguien que cuide de mí», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 26 de abril de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Mari Sánchez y Daniela Fejerman, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La inspiración. El gran Pirandello, de Roberto Andò

PIRANDELLO TRISTE. 

“Pero a un personaje no se le da vida en vano. Criaturas de mi espíritu, aquellos seis vivían ya una vida que era la suya propia, que había dejado de ser una vida que ya no estaba en mi poder negársela”.

Luigi Pirandello 

Nos encontramos en algún pueblecito de Sicilia, que podría ser Agrigento, el pueblo donde nació el famoso escritor y dramaturgo Luigi Pirandello en 1867. Estamos ahí porque el ama que cuidó al insigne poeta ha fallecido, y Pirandello se queda para despedirla y honrarle el último adiós. Allí, conocerá a una pareja muy peculiar de enterradores, Onofrio Principato y Sebastiano Vella, que, además de tan noble oficio, por las noches, se reúnen con un grupo de vecinos y ensayan su nueva obra de teatro, un vodevil y farsa en toda regla. El director Roberto Andò (Palermo, Italia, 1959), del que hemos visto Viva la libertad (2013), sobre la política y sus indudables máscaras, y Las confesiones (2016), en el que comparten intriga un monje y un alto mandatario del G8, ambas protagonizadas por el grandísimo Toni Servillo, un actor capaz de interpretar a tipos tan diferentes como el silencioso Titta Di Girolamo, el corrupto Giulio Andreotti y el siniestro Silvio Berlusconi, todas ellas en películas de Sorrentino. 

El cineasta italiano compone un guion junto al tándem Ugo Chiti y Massimo Gaudioso, escritores de las películas de Matteo Garrone, en el que imagina y fabula un momento de crisis creativa y tristeza del gran Pirandello, allá por la Sicilia de 1920, un hombre de reconocido prestigio y éxito, vuelve a su pueblo, y también se atasca con su nueva obra, donde una serie de personajes se le aparecen sin descanso. La historia va mucho más allá, porque a la tristeza del dramaturgo se añaden unas dosis de humor absurdo y tan italiano, en la piel del dúo cómico “Ficarra e Picone”, en la piel de un par de tipos que por sí solos ya podían tener muchas películas a sus espaldas. Pirandello se introduce casi sin quererlo en los ensayos de la obra de teatro amateur, o “unos aficionados profesionales”, como se menciona en algún momento, y vive ese otro mundo, o esos otros mundos, como comprobaremos, donde hay de todo: infidelidades, desamor, envidias, litigios y demás, con esa idea de “Por delante y por detrás”, de Michael Frayn, donde la ficción del teatro y la vida real se confunden. La mezcla de creatividad y comedia absurda y slapstick, funciona con orden y acierto, quizás podríamos decir que cuando la película se aloca se vuelve mucho más interesante y entretenida. 

Andò tiene en mente películas como El cartero y Pablo Neruda (1994), de Michael Radford, y Shakespeare enamorado (1998), de John Madden, en las que los poetas famosos lidiaban con personas anónimas y desconocidas y nos tropezamos con relatos llenos de humanidad, transparencia y muy cercanos. La película sigue a Pirandello y también a los otros, ese espejo donde el famoso dramaturgo italiano verá y se inspirará para su inmortal y magnífico texto de “Seis personajes en busca de autor”, que pondrá la piedra del teatro moderno, romperá la cuarta pared, y sobre todo, fusionará la vida, la ficción, el autor, la creatividad, la farsa, la mentira y tantas cosas imposibles de casar hasta entonces. Andò se reúne de un equipo conocido como el cinematógrafo Maurizio Calvesi, que tiene más de 100 títulos en su filmografía, y ha trabajado en las 7 de las 8 películas del director palermitano, y el mencionado Toni Servillo, ahora en la piel de un taciturno y silencioso Luigi Pirandello, en plena crisis creativa y tratando con tantos fantasmas, que recuerda a aquel Ebenezer de Dickens, y a su lado dos fichajes como el dúo cómico “Ficarra e Picone”, esos Gordo y Flaco, esos dos clowns, que podrían pulular por alguna de Valle-Inclán, por sus vidas tan sombrías y esperpénticas, muy del estilo de Buster Keaton y Chaplin y del cine silente. 

No podemos olvidar la breve aparición pero tremendamente estelar como la de Renato Carpentieri, uno de esos actores que llevamos más de cuatro décadas viendo en películas tan importantes como las de Gianni Amelio, Nanni Moretti, Alice Rohrwacher y el citado Paolo Sorrentino, y otros intérpretes maravillosos y juguetones que componen una marabunta de personajes que viven y sobreviven en ese desbarajuste de obra de teatro, que habla más de lo que ocurre en el pueblo que del vodevil que quieren representar o quizás, es al revés. La inspiración. El gran Pirandello (“La stranezza”, en el original, traducido como “La extrañeza”), viajamos al inicio de la década de 1920, en uno de esos pueblos con la textura y el tono del “realismo mágico” de García Márquez, con esos personajes tan cercanos y a la vez, tan extravagantes y curiosos, que se dejan querer y mucho, y una historia que se ve con entusiasmo, con sensibilidad y con ese aroma de fábula, de cuento de antes y de siempre, donde la realidad adquiere una fantasía que nos lleva a imaginar, a inventar y sobre todo, a vivir, porque sería la vida sin el amor por la pasión y la aventura de ser otros, de intercambiarnos y de sentir que podemos ser y sentir de diferentes formas, maneras y seguir siendo siendo otros y otras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Erich Wildpret y Johanna Juliethe

Entrevista a Erich Wildpret y Johanna Juliethe, intérpretes de la película «Jezabel», de Hernán Jabes, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el jueves 28 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Erich Wildpret y Johanna Juliethe, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cerdita, de Carlota Pereda

SARA Y LOS MONSTRUOS.

“Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y,  a veces, ellos ganan”.

Stephen King

Desde que apareció el cortometraje Cerdita en 2018, la película se ha convertido en todo un fenómeno con sus más de 300 participaciones en festivales de todo el mundo, y sus más de 90 premios. Su directora Carlota Pereda (Madrid, 1975), con amplísima experiencia en televisión como script, guionista y directora en series como Periodistas, Acacias 38, El secreto del Puente Viejo y Águila roja, entre otras, ya había hecho un par de películas cortas como Las rubias (2016), y Habrá monstruos (2019). Toda esa gran trayectoria hizo que el cortometraje se convirtiera en el largometraje que ahora nos ocupa, y Cerdita se convirtiera en su opera prima y en toda una realidad, que ahora podemos disfrutar todos los espectadores. La película se centra únicamente en una sola jornada, en la que nos cuenta la historia de Sara, una adolescente obesa y apocada, que recibe los insultos y el acoso constante de las demás chicas y chicos.

La película se sitúa en uno de esos pueblos perdidos de la provincia de Extremadura, pero podría ser otro pequeño municipio a lo largo y ancho del país. Es verano, el calor es sofocante y asqueroso tanto en el pueblo como en la carnicería que regentan sus padres. Sara aprovecha el desierto y el silencio de las calles a la hora de la siesta, para acudir a la balsa de las afueras para refrescarse. Cuando todo parece tranquilo, llegan las de siempre, Claudia, Roci y Maca, y se ceban con ella, dejándola a su suerte. Aunque, ese día, en ese lugar, y a esa hora, todo cambiará, porque un desconocido acecha a las chicas, y la realidad triste y oscura de Sara cambiará por completo. Los anteriores trabajos de Pereda se habían instalado en el género, ya fuese thriller o terror, pero sin olvidarse de la idiosincrasia tan de aquí, con toques de humor negro y exponiendo muchos temas como el miedo, los conflictos personales de identidad y con los demás, y todos los monstruos físicos y espirituales que nos habitan y en relación con nuestro entorno y con los que nos rodean.

Cerdita construye su relato a partir de todos esos elementos, personificando en la mirada y el cuerpo de su protagonista, alguien que se oculta ante el recelo y el bullying, mostrándose seca y cerrada ante los demás, alguien con un cuerpo grande, convertida en un monstruo feo y triste en su pueblo. La directora madrileña viaja por diferentes marcos en su primera película, desde el drama íntimo, los conflictos propios de la adolescencia, el despertar sexual, el psycho killer rural, y la venganza, y la redención íntima de alguien que deja ser un patito feo para convertirse en la reina del lugar, situación que la emparenta directamente con Carrie (1976), de Brian de Palma, que está basada en una novela de Stephen King. Pereda recluta algunos de sus más fervientes cómplices como Rita Noriega en la cinematografía, que ya estuvo en sus cortos de Cerdita y Habrá monstruos, y tiene en su haber películas con Kike Maíllo y Álex de la Iglesia, que consigue con esa luz que quema, toda la asfixia y el agobio del personaje y del lugar, tanto de día como esa noche oscura y fragmentada. Otro compañero de viaje es el montado David Pelegrín, también del corto Cerdita, que condensa con aplomo y pausa los cien minutos de metraje, con ese ir y venir entre Sara y el resto, entre Sara pueblo y las afueras, en un constante espejo-reflejo, donde el personaje esta en continuo conflicto consigo mismo, en que el espectador actúa como testigo-juez de sus acciones, porque al igual que ella, sabemos todo lo que ocurre.

El inmenso trabajo de sonido con Nacho Arenas, que estuvo en Las rubias y Cerdita, con más de 120 películas a sus espaldas, en un brutal composición junto a dos fenómenos como Nicolás de Poulpiquet, con más de 190 trabajos y Nicolás Mas, que ha estado en los equipos de Crudo, de Julia Ducournau y Malgré la nuit, de Philippe Grandrieux. Y las nuevas incorporaciones al universo de Pereda como la excelente música de Olivier Arson, habitual en el cine de Sorogoyen, y el gran trabajo de casting de Arantza Vélez, a la que le arropan películas como La herida, Hermosa juventud, A cambio de nada, Verónica y As bestas, que trabaja con Paula Cámara, como en Cerdita. Un reparto bien escogido y mejor trabajado encabezado por una Laura Galán, que repite el personaje de Cerdita, en una composición natural y cercanísima, en la que la vemos sufrir de todo: el infernal calor y a las personajes, esos demonios con patas que siempre serán el animal más peligroso, y la descubriremos en todos los sentidos, tanto en lo sexual y en la rabia que sacará a su debido momento, en lo exterior como en el interior.

El resto el reparto no desentona en absoluto, al contrario, le da una profundidad maravillosa, entre dos “veteranas” como las tótems Carmen Machi, como la madre de Sara, que es capaz de hacer de tía con pasta como de esposa de carnicero y madre de pueblo, y la presencia de Pilar Castro, y un ramillete de intérpretes poco conocidos en la gran pantalla que demuestra una naturalidad desbordante e intimidad, como los sorprendentes jóvenes como Irene Ferreiro como Claudia, Camille Aguilar como Roci, y Claudia Salas como Maca, José Pastor como Pedro, un tipo que estará más cerca de Sara de lo que ella cree, la peculiar pareja de civiles en los que encontramos un veterano muy eficiente como Chema del Barco y el joven Fernando Delgado-Hierro, el Juancarlitos, con esos toques de humor Berlanguiano, y finalmente, Richard Holmes como el desconocido, ese tipo que nadie sabe quién es y que nadie ha visto y que sembrará el terror en el pueblo. Celebramos con gran entusiasmo la llegada al largometraje de Carlota Pereda, porque estamos seguros que su cine seguirá ofreciéndonos relatos contundentes y sensibles sobre nuestra forma de ser, sobre la forma en que nos relaciones con los demás y sobre todo, con nosotros, y con ese aroma de cine de género, ya sea thriller o terror, incluso algo de gore, porque la fusión de relato sobrio y crónica de una sociedad y sus habitantes, con lo más oscuro de nuestro ser, resulta en Cerdita  extraordinario, lleno de fuerza, y brillante, en esta fábula de terror anclada en uno de esos lugares donde nunca pasa nada, pero cuando pasa, pasa de verdad… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los cinco diablos, de Léa Mysius

LA NIÑA OBSESIONADA POR LOS OLORES.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

La trayectoria como guionista de Léa Mysius (Bordeaux, Francia, 1989), es realmente impresionante ya que ha trabajado en películas de Jacques Audiard, Arnaud Desplechin, André Techiné, Claire Denis y Stefano Savona. Ahí es nada. Como directora nos había encantado su opera prima Ava (2017), sobre una niña de trece años que se está quedando ciega durante sus vacaciones junto a su madre, rodeada de playas y mucho sol. Para su segundo trabajo, Los cinco diablos, la directora francesa se ha ido al otro extremo, a un lugar dominado por el frío y la nieve, más concretamente a la pequeña localidad de Rhönes Alpes, al pie de las famosa cordillera, y nuevamente, en el seno de una familia, una familia muy diversa y diferente, encabezada por Joanne, la profesora de natación, el marido Jimmy, jefe de bomberos de piel negra, y la hija de ambos, Vicky, una niña mestiza que está obsesionada por los olores, que logra diferenciarlos y almacenar sus aromas en botes que etiqueta y guarda celosamente.

Toda esa apariencia tranquila, pero muy incómoda y fría, se desatará con la llegada de Julia, la hermana de Jimmy, abre una profunda grieta en el seno familiar, porque destapará un pasado oscuro y tenebroso que el matrimonio intenta olvidar. Además, Vicky descubrirá por azar que uno de sus aromas la lleva físicamente a ese pasado que los adultos se callan. Mysius enmarca su película en el género fantástico, introduciendo el terror en una fábula tremendamente cotidiana y cercanísima, para profundizar en la condición humana, en todas las secuencias de nuestros actos del pasado, y la condena de vivir con esas acciones equivocadas. Temas como la diversidad, el odio, el racismo, la transmisión, la comunicación, el amor frustrado, el peso del pasado, y sobre todo, el silencio como forma de supervivencia y sufrimiento constante. La película juega mucho con los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua, muy presentes en las existencias de los seis personajes en liza, en una estructura clásica en su forma pero enrevesada en su narración, por sus continuos flashbacks que se entienden sin problema, para generar esa oscuridad y silencio del presente y todos los acontecimientos adversos y complejos que vivieron en el pasado los diferentes actores del relato.

La cineasta francesa se rodea de estupendos técnicos para llevar a buen puerto su enigmática y a ratos, mística propuesta, y para ello recupera a dos cómplices de su primer largo, como Paul Gilhaume, que hace labores de coguionista junto a la directora y se encarga de la cinematografía, en un magnífico trabajo donde fusiona con credibilidad e intimidad lo gélido del lugar con la intensidad emocional que viven los protagonistas, donde se maneja con soltura a pesar de la complejidad de la historia, y la cómplice Florencia Di Concilio, en la música, importantísima en una película que debe callar información y construir esa inestabilidad emocional y física tan fundamental en una película de estas características, donde el silencio es tan importante como la música que escuchamos. La incorporación de Marie Loustalot en el apartado de montaje, que impone un eficaz y fabuloso ritmo de cadencia y concisión en un metraje de noventa y cinco minutos, donde abundan las miradas, los silencios y sobre todo, los abundantes secretos que se amontonan en las vidas pasadas y presentes de los personajes.

Un reparto lleno de contención y sencilla composición ayuda a la credibilidad tanto de los individuos como de la inquietante historia que se nos cuenta, encabezado por una extraordinaria Adèle Exarchopoulos como Joanne, esa madre y profesora de natación, que tanto guarda y tanto dolor lleva, con esos extraños baños en el lago helado. La niña Sally Dramé como Vicky, debutante en el cine, consigue con muy poco dar vida y aplomo a una niña que tan importante es en el relato, actuando como testigo del pasado siniestro que recorre a los adultos. Swala Emati como Julia, un personaje que parece una cosa pero es otra muy distinta, crucial en el devenir de la trama. Moustapha Mbengue, ese padre callado, casi ausente, que cada vez tendrá más presencia a medida que los acontecimientos se vayan desatando. Daphné Patakia es Nadine, amiga de Joanne, con su parte de implicación en el suceso en “Los cinco diablos”, un lugar metido en la memoria de los diferentes personajes, y finalmente, Patrick Bouchitey como el padre de Joanne, un tipo que niega muchas cosas y rechaza otras, como su racismo cotidiano, que no vocifera pero existe en mucha parte de la sociedad que no se considera racista.

Léa Mysius demuestra con Los cinco diablos (sugerente título que también es otro misterio que la película revelará a su debido momento), ha acertado de pleno con su mirada crítica a una sociedad cada vez más inmadura emocionalmente, incapaz de resolver sus conflictos, optando por la cobardía, en la que huyen por el distanciamiento y se ocultan en un silencio hipócrita y doloroso. Un relato aparentemente cotidiano, pero muy profundo en su quirúrgico análisis de la condición humana, en esta interesantísima mezcla de amores frustrados, drama íntimo y fantástico y terror, con el mejor aroma de The Innocents, de Clayton, El bebé de Rosemary, de Polanski, El resplandor, de Kubrick o más reciente Déjame entrar, de Alfredson, entre otras, para contarnos una película sobre nosotros, sobre la sociedad en la que vivimos, con nuestros prejuicios, miedos e inseguridades, en la cual debemos mirar al pasado, a todos nuestros errores, y si es posible, enmendarlos, porque el tiempo va en nuestra contra y quizás, nos estamos perdiendo a las personas que más nos han emocionado, y más hemos querido, no tarden, mañana ya es tarde, por la vida siempre pasa y más rápido de lo que nos gustaría imaginar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Loreto Mauleón

Entrevista a Loreto Mauleón, actriz de la película «Los renglones torcidos de Dios», de Oriol Paulo, en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Loreto Mauleón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA