Aprendiendo a conducir, de Isabel Coixet

7zryOagCOGER LAS RIENDAS

La directora barcelonesa Isabel Coixet, nacida en 1960, ya ha pasado de la decena de títulos en su filmografía, a parte de alguna que otra incursión en el cine documental, su cine se ha posado en relatos que se originan a partir de una situación dramática, que acarrean duramente dos personajes, un hombre y una mujer. A pesar de haber debutado con Demasiado viejo para morir joven  (1989), de resultados poco satisfactorios, será con su segunda película Cosas que nunca te dije (1996), rodada en inglés y con actores norteamericanos, y con un presupuesto independiente, que la revelará como una cineasta sumamente interesante con una voz propia que escarbaba en las emociones más profundas a partir de historias melodramáticas. En la misma línea rueda A los que aman (1998), ésta rodada en España y en castellano, le siguen Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2005), la fallida Mapa de los sonidos de Tokio  (2009), en el 2013 vuelve a España y con dos actores filma la durísima  Ayer no termina nunca, luego se acerca al género de terror en Mi otro yo (2014).

En el año 2008, y basada en la novela de Philip Roth, Coixet rueda Elegy, con Penélope Cruz y Ben Kingsley, sobre la relación sentimental de un sesentón y su alumna. Rescatando a dos intérpretes de aquel filme, el citado Kingsley y Patricia Clarkson, y con Manhattan de escenario, la directora se mete de lleno en un guión firmado por Sarah Kernochan, un texto basado en la historia real de la escritora del New Yorker Katha Pollit, que vivió un suceso parecido al que relata la cinta. A saber, Wendy, una escritora de New York acaba de ser abandonada por su marido que se ha ido con otra más joven, a partir de ese instante, y con el agravante de no disponer de vehículo propio para visitar a su única hija que se ha trasladado a las fueras, decide sacarse el carnet de conducir, su profesor es Darwan, un refugiado político hindú de la casta sij, que además trabaja de taxista. Si bien la película parte de una situación dramática, como nos tenía acostumbrados el cine de Coixet, aquí la historia se desarrolla por otros derroteros, el tono es de comedia romántica, nos cuecen la relación de dos supervivientes, dos almas perdidas que tienen que afrontar los duros golpes de la existencia y tirar pa’lante.

Coixet no cae en la lágrima fácil ni en el parternalismo, consigue en buena parte de la película crear un ambiente de comedia ligera con esos toques de negrura que le vienen como anillo al dedo, introduce los momentos de tensión, y también los gags humorísticos de forma brillante, quizás el único pero de la trama, es no haber sacado más provecho de los dos personajes, se echa en falta algo de más complejidad e incorrección, aunque el excelente trabajo de la pareja protagonista, auténticos talentos de la actuación, mantienen con dignidad y humanidad sus dos personajes. A destacar la presencia de Thelma Schoonmaker en labores de montaje, colaboradora habitual de Scorsese. Una cinta de segundas oportunidades, sobre la amistad que nace desde el corazón, desde la diferencia que nos acerca más de lo que pensamos, de lo iguales y diferentes que somos los unos y los otros, de sentir que la vida es una carrera de obstáculos y problemas, y en tratar con estos alcanzamos lo que somos, y sobre todo, sentirnos bien con nosotros mismos.

Viaggio in Italia, de Roberto Rossellini

1932ALMAS EN EL PAISAJE

“Este film abre una brecha, por la que todo el cine debe pasar bajo pena de muerte”

“Con la aparición de Viaggio in Italia, todas las películas han envejecido diez años”

Jacques Rivette

Viaggio in Italia, estrenada en nuestro país con el título Te querré siempre, nace a partir de la experiencia frustrada de Rossellini de no por finalizar la película Dov’è la libertà?.  Situación que lo llevó a un nuevo proyecto, rodar una novela de la escritora francesa Colette llamada Duo, a la que ya había adaptado un relato en el cortometraje L’invidia. La historia se centraba en un matrimonio a la deriva porque el hombre no podía responder a las necesidades sexuales y emocionales de su mujer, muy parecido a la propia realidad de su matrimonio con Ingrid Bergman, que estaban en medio de una gran crisis.  Contrató a George Sanders (actor criado en Hollywood, pero de origen ruso) e Ingrid Bergman (tercer largometraje juntos de los cinco que hicieron en total) para encarnar a la pareja protagonista. Se instalaron a principios de febrero de 1953 en Nápoles, pero fue cuando Rossellini se enteró que los derechos de la novela ya habían sido vendidos. Entonces se encontró con un equipo dispuesto  rodar pero sin guión. Así empezó la aventura, ponerse a rodar una película sin una situación dramática previa.

La película arranca con Alexander y Katherine Joyce, un matrimonio inglés de viaje en automóvil de Londres a Nápoles, se dirigen a la ciudad para vender una villa que han recibido por herencia. Alejados de su realidad e introducidos en un paisaje exterior, sin nada que hacer, pronto florecen las distensiones e incomunicación de la pareja, mientras él se aburre soberanamente y se escapa a la vecina Capri para conseguir sin éxito una aventura amorosa. Ella se refugia visitando la ciudad y sus museos, observando las figuras hieráticas –bustos o conjuntos marmóreos- , que la enfrentan a su doloroso presente desde el pasado más antiguo, también visita las catacumbas, con la compañía de una amiga, pero la observación de los muertos la conduce a verse a sí misma y la realidad sin vida y monótona que la rodea, luego se traslada a visitar  la erupción de los volcanes y demás ruinas, sintiéndose completamente identificada emocionalmente con lo que observa. La vuelta del marido y la visita de las ruinas de Pompeya, donde contemplan los cuerpos abrazados de una pareja calcinada durante la destrucción de la ciudad por la erupción del Vesubio, será ese encuentro con ese pasado y el lugar donde estallará la crisis matrimonial y los llevará a decidir separarse.

Rossellini lleva en Viaggio in Italia sus postulados cinematográficos hasta sus últimas consecuencias (que ya había investigado en sus anteriores obras como Roma, ciudad abierta, Paisà, Alemania año cero o Stromboli), con la incesante búsqueda de la realidad como forma cinematográfica, fundamental en su cine, conceptos que los críticos del momento los bautizaron como la modernidad cinematográfica, temas como la ausencia del guión, el documento (la realidad exterior) totalmente mezclada y fundida con la parte de ficción (la realidad interior), a modo de espejo transformador del interior de los personajes, un manejo brillante de los vacíos o tiempos muertos, donde la inacción prevalece en la mise en scène, un ritmo cadente y pausado donde la imagen lo es todo, donde la búsqueda de la película reside en las emociones de los personajes, una trama que construyen los espectadores que se convierten en partes esenciales para el desarrollo del film, y sobre todo, la construcción de la película se edifica a través de la relación entre lo narrado y lo mostrado. Conceptos que Rossellini encontraba a través de la búsqueda de la improvisación, de la interacción de los personajes con el entorno elegido, donde la película ni no tiene un inicio ni un fin, sino un desarrollo para explicar lo que no vemos a través de lo que se nos sugiere.

Cine mayúsculo, realizado desde la más absoluta convicción de un magnífico creador que se enfrentaba a cada película, desde la búsqueda incesante de nuevas formas y maneras de representación cinematográfica que, le ayudasen a seguir investigando conceptos complejos y extremadamente difíciles, que van desde la filosofía y otros estudios de la condición humana, donde el cineasta italiano reflexiona sobre la soledad, la angustia, y la incomunicación de la pareja. Un film capital en la historia del cine que provocó e inspiró a otros grandes cineastas que llegaron después como Antonioni, Godard, Rivette, Rohmer, Wenders… y muchos más.

Una segunda madre, de Anna Muylaert

197079EL (DES)ORDEN SOCIAL

En La regla del juego, el talento del magnífico Jean Renoir ya puso en liza la falsedad y las apariencias que insanamente malvivían en un mundo dividido entre señores y criados. La cineasta brasileña Anna Muylaert, nacida en 1964 -año en que Brasil sufrió un golpe de estado que se alargó hasta el año 1985-, también aborda el tema donde ese orden entre ricos y pobres sigue prevaleciendo. Muylaert nos muestra la vida cotidiana de Val, una empleada del hogar de una familia adinerada de Sao Paulo, donde vive interna, además de cuidar al hijo adolescente, al que ha criado desde la infancia. La llegada de la hija de Val, Jéssica, que viene a hacer el examen de la selectividad, alterará el orden establecido de la casa, como sucedía en Teorema, de Pasolini.

La joven, como su madre, también procede de un origen humilde, pero ha crecido en un Brasil diferente, donde los ciudadanos han disfrutado de libertad y derechos. Las dos maneras de entender y ver las situaciones, dificulta las relaciones entre madre e hija, además de los diez años que llevan alejadas, así como también el frágil orden que impera en el microcosmos del núcleo familiar ajeno, el de los ricos. Muylaert nos habla de una realidad social cruda y tremenda, en un país donde algunas mujeres tenían que dejar sus hijos a otras personas, y de ese modo, poder criar, paradójicamente, a los hijos de las personas a las que servían para poder salir adelante y de paso facilitar una vida mejor que las suyas a sus hijos. La tercera película de la realizadora de So Paulo combina buenas dosis de comedia, donde aligera los momentos dramáticos que se cuecen a lo largo del metraje. Una película filmada casi en su totalidad en un único escenario, en esa casa de diseño, donde se vive en la exclusividad, con un padre aburrido que no encuentra que hacer, su señora snob y altiva de apariencia y adicta a un trabajo cool, y el hijo, que fuma marihuana y pasa de estudiar, donde hay una piscina donde Val tiene prohibido bañarse, donde hay lugares proscritos para la criada, en la nevera, el intocable helado del niño, y en el sótano donde está la habitación de Val, y todo un orden establecido donde hay personas de primera y segunda clase, un orden que Jéssica romperá y tras su llegada y estancia, nada volverá a ser igual, quizás ese gesto sirva para acercar más a madre e hija.

La maravillosa composición de la actriz brasileña Regina Casé (una de las intérpretes más reconocidas de su país) hace el resto de la función, dotando a su personaje de toda la calidez y humanidad necesarias, una mujer valiente y luchadora que ha tenido que lidiar con el terrible trauma que significa vivir alejada de su hija. Una película tierna y sincera, en favor de los desposeídos, de los desplazados, de los que luchan incansablemente para darles a sus hijos una serie de derechos y libertades que ellos no gozaron. Jéssica personifica todo ese Brasil diferente que ha nacido libremente y que puede llegar a estudiar en una universidad que en un principio está destinada para los de arriba. Una enriquecedora fábula de alto contenido social que crítica con fuerza la injusticia, y nos habla de un mundo que entre todos no podremos hacer que sea mejor, pero sí más humano y solidario.

 

 

White God, de Kornél Mundruczó

255378LA REBELIÓN DE LAS BESTIAS

El arranque de la película es aterrador y espectacular, una niña en bicicleta por las calles desiertas de Budapest, de repente, una jauría, no humana, sino de perros comienza a correr tras ella. Un inicio que nos recuerda inevitablemente a pesadillas postapocalípticas como el último hombre… vivo (1971) o más recientemente 28 semanas después (2007). La quinta película de Kornél Mundruzcó (Hungría, 1975), sigue la misma línea de las vistas por estos contornos, Delta (2008) y Semilla de maldad (2010), donde hay un interés entre los conflictos del bien contra el mal en una sociedad decadente, la pérdida de la inocencia y las separaciones y reencuentros que dejan secuelas emocionales.

Ahora, nos cuenta una fábula moral que sirve como espejo metafórico de la situación actual, donde unos pocos, cada vez son más poderosos, someten y esclavizan a la mayoría, que malvive sin recursos ni derechos. En ese sentido, la película choca frontalmente como inspiradora con el cine de Miklós Jancsó (1921 – 2014), a la que Mundruczó dedica su película, un cine que ponía de relieve los abusos de poder, y que funcionaba magníficamente como alegoría de la realidad que acontecía. La trama comienza con la llegada de Lili, una niña de 13 años, a pasar un tiempo junto a su padre, veterinario de profesión. Éste no ve con buenos ojos a Hagen, el perro mestizo de Lili, además las leyes imponen un alto tributo a los canes que no son de raza. El padre abandona al perro en una cuneta, y a partir de ese momento, la cinta sigue los pasos del can, un camino tortuoso que después de escabullirse en algunas ocasiones de los empleados de la perrera que capturan perros callejeros, acabará en las cloacas y los submundos y peligros de la sociedad, donde será malvendido y adiestrado para peleas. Es en ese instante, cuando Hagen ayuda a rescatar a los suyos de la perrera y se lanzan los 250 perros a impartir justicia y apoderándose de la ciudad. El cineasta húngaro nos zambulle en una película brutal y sobrecogedora, un puñetazo moral a nuestras conciencias, un alegato a favor de los débiles, un relato construido a través de impactantes imágenes que encogen a cualquiera, con la compañía de la Rapsodia húngara, de Franz Liszt, en una cinta que mezcla géneros, arranca como un drama familiar, para adentrase en una de aventuras, para luego hacer una descripción minuciosa y crítica de una realidad social, y para finalizar, sumergirnos en una película de venganzas, muy al estilo del policíaco o del western.

Una cinta que nos lleva a pensar en otros títulos donde la (in)justicia animal ha puesto de manifiesto los abusos de poder: Los pájaros (1963), Al azar de Baltasar (1966), El perro (1976) o El perro blanco  (1981), muy alejada de las correctas y condescendientes títulos procedentes de Holywood.  Mundruczó ha hecho una película a tumba abierta, combina un ritmo pausado y frenético, sus bestias amenazan el orden establecido y saquean y asesinan despiadadamente a los hombres sin corazón que los utilizan y los machacan, quizás el excesivo metraje que se va al par de horas, juega en ocasiones en su contra. Maravillosa alegoría de no sólo la situación de los países del este, que intentan levantarse después del yugo dictatorial, sino una crítica feroz y punzante del nuevo orden social donde la Europa de los pueblos se ha convertido en una dictadura donde el único camino posible es codiciar dinero y sentirse cada vez más poderosos, y destruir a los diferentes y desposeídos.

La huella del doctor Ernesto Guevara, de Jorge Denti

la-huella-del-dr-ernesto-guevaraAVENTURA Y CONCIENCIA

Sobra decir que la figura del emblemático revolucionario Ernesto “Che” Guevara ha sido y seguirá siendo materia de estudio tanto para investigadores, estudiosos y cineastas. Basadas en este carismático personaje ya habíamos visto tanto películas documentales o de ficción, como el díptico que le dedicó Steven Soderbergh, con Benicio del Toro encarnando al guerrillero, donde explicaba sus andanzas y desventuras durante su época de revolucionario, también vimos Diarios de motocicleta, de Walter Salles, donde descubríamos los viajes de juventud por Latinoamérica que concienciaron al joven doctor y lo condujeron a su destino vital.

Jorge Denti (Argentina, 1943), pero exiliado y luego instalado en México, vuelve por los pasos de Salles. Si aquel nos presentó aquellos viajes de forma ficcional con el protagonista Gael García Bernal, ahora Denti (experimentado documentalista que ha hecho películas sobre figuras tan importantes de la literatura latinoamericana como Mario Benedetti, Eliso Diego…) nos invita a viajes junto al joven Ernesto Guevara de la serna y sus compañeros, a subirnos a una bicicleta, a lomos de una motocicleta, en tren cruzando cerros y desiertos, a surcar los mares y océanos en una balsa de madera, en automóvil por calles y plazas, o incluso subir cuestas y picos en un burro, sumergiéndonos en aquellos viajes que el joven médico desarrolló durante los años 1952-1953, con la compañía de sus dos amigos de la infancia, Alberto Granado (que tiene una breve aparición en la película, y que además el film está dedicado a su memoria) y Carlos “Calica” Ferrer. La película documenta de un modo veraz e interesante las rutas, trayectos e itinerarios del joven argentino, ayudándose de su diario, donde se van relatando lo sucedido, también las fotografía que se fueron tomando, y la correspondencia del joven doctor con su madre, su tía Beatriz y una compañera de estudios Bertha “Tita” Infante, además de los testimonios de aquellos que lo conocieron y tuvieron la oportunidad de compartir aquellos instantes de juventud inquieta y curiosa, que lo llevó a conocer una realidad triste y durísima que le cambió su vida para siempre.

El documental alcanza las dos horas de metraje, todo está en su sitio, nos describe minuciosamente todos aquellos momentos tan importantes en la vida del guerrillero, las personas que conoció, y los lugares que vio y como todo aquellos alcanzó su conciencia y le llevó a enrolarse en la revolución cubana. Una cinta que atrapa tanto a nivel histórico como a nivel político, quizás para los conocedores de la vida y obra del Che, la película les descubra algún dato que habían olvidado o dejado pasar, pero a grandes rasgos no les aportará ningún dato significativo que seguramente ya conocían. Para los otros, los que sólo se han interesado por el revolucionario (que tristemente la maquinaria nefasta y superficial de la publicidad ha acabado convirtiendo en una especie de icono de protesta y reivindicación, que utilizan vilmente como reclamo económico), descubrirán historias y anécdotas jugosas que les llevarán a conocer a la persona que había detrás, al ser humano joven, inquieto y extraordinariamente curioso, enfermo de asma, e inteligente investigador de dolencias alérgicas, que tenía unas inmensas ganas y ansías de conocerse y conocer a los que le rodean, siempre manifestando una actitud humilde y cercana.

Cherry Pie, de Lorenz Merz

Cherry_Pie-310246286-largeSIN MIRAR ATRÁS

La primera película de Lorenz Merz (1981, Zurich. Suiza) arranca como una película de los hermanos Dardenne, y más concretamente como Rosetta (1999), con la que comparte más de una idea, pero a Merz no le interesan las dificultades económicas y sociales del entorno donde los cineastas belgas instalaban su relato, sino más bien otro entorno, el emocional. Es en el estado emocional donde desarrolla su película que se inicia con la joven Zoé huyendo de un piso –impecable la composición de la actriz Lolita Chammah, con ese rostro y miradas perdidas y contenidas que acongojan y desnudan a cualquiera-  huyendo de un pasado del que se nos ofrece poca información, algunas frases/mensajes de teléfono que iremos escuchando a lo largo del metraje, y  heridas físicas que la chica va arrastrando, datos que nos llevan a intuir que escapa de algún novio-.

La huida es siempre hacía delante, la chica se interna en su propio interior y en su dolor, se pierde en el bosque, acaba en una gasolinera, lugar de paso, en el que intenta viajar, de copiloto o de polizonte. La cámara la sigue durante los 7 días y una mañana que dura tanto la película como su trayecto físico y emocional, un viaje sin destino, una road movie donde el aliento se escapa, donde el trayecto duele, donde los pasos están cargados de dudas, de incertidumbre, ocasionados por un dolor que ahoga, que no deja respirar, donde se arrastra una fuerte carga que pesa, que cuesta llevar. La cámara de Merz sigue incansablemente a su protagonista, la sumerge en lugares fríos  y vacíos, filmados con una luz tenue y blanquecina, una chica que se erige como la verdadera protagonista del relato, sólo vemos ese punto de vista, no hay ningún otro, seguimos los movimientos torpes y cansados de una joven que no sólo huye de una situación dolorosa, sino también de sí misma, de sus pensamientos, de su destino, y sobre todo, de su existencia.

Una película estructurada a través del vaciado tanto formal como argumental, un despoje brutal de todo lo tangible, que se lanza sin pértiga hacía un discurso más sensorial que físico y más emocional que verbal, que en algunos momentos parece naufragar, pero en su totalidad mantiene su propuesta de manera interesante y eficaz. Merz se adentra en terreno pantanoso, y más cuando su película se adentra en otro tiempo, en otro género, cuando en la segunda mitad del metraje, la película cambia de disfraz, y se mete de lleno en una suerte de thriller psicológico, el instante que la joven cruza el Canal de la Mancha, de polizón desde el maletero de un coche, cuando sale y en mitad de la travesía, se desplaza como una zombie por un ferry casi vacío, parece un barco fantasma, como si fuese a la deriva, sin nadie a bordo, sólo ella, que cruza el canal sin una ruta marcada, como le sucede a la protagonista que a cada paso se vuelve más invisible a los demás, a las cosas, y así misma. Después de ese trayecto, la joven pisa tierra convertida en otra, adquiriendo la actitud y el rol de un personaje. En ese nuevo lugar vive como la otra, hace las cosas destinadas para otra persona, aunque quizás la carga es demasiado fuerte para despojarse de su yo, y quizás el destino ya está escrito y uno, por mucho que lo intente y se esfuerce, no puede escaparse de sí mismo.

¡Buen Camino!, de Lydia B. Smith

A_Buen_camino-597951954-largeEL LATIDO HUMANO

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”

Antonio Machado

La realizadora estadounidense Lydia B. Smith debuta en el largometraje (después de una amplia experiencia en los departamentos de producción y cámara en películas tan importantes como Ed Wood, Matilda o Mentes peligrosas), abordando el viaje emocional y espiritual de seis personas que están haciendo el Camino de Santiago (el Camino Francés, de 800 km de recorrido desde St. Jean Pied de Port, en Francia, hasta Santiago de Compostela). Seis personas de diferentes nacionalidades, edades y creencias, todas ellas con sus propias razones y motivaciones personales que les han llevado a realizar este viaje personal e interior hacía sí mismos.

La cineasta toma una actitud honesta y humana, se aleja de subterfugios conmovedores y efectistas, y se centra en las personas, en este grupo de seres humanos y sus vivencias diarias acompañándolos en estos 40 días más o menos que dura el trayecto. Unas personas que han dejado atrás la vertiginosa vorágine del mundo, se han parado, y se han puesto a caminar, en soledad o en compañía, disfrutando de otro tiempo, un tiempo detenido, un tiempo para respirar, para escucharse, para mirar y disfrutar de cada gesto, de cada detalle, del propio paisaje y sentir sus emociones en contacto con la madre naturaleza. La directora se detiene en cada uno de ellos, se toma el tiempo necesario, nos los muestra de manera sencilla, y desde un lado espiritual, a unos, y otros como aventura y reto personal, no pretende enseñar nada sobre el camino, tampoco que su película sirva como un escaparate para empujar a otras personas a hacerlo, sino todo lo contrario, es un viaje muy personal de cada uno de ellos, mostrándonos los momentos alegres y los problemas que se van encontrando: la camaradería que reina entre los peregrinos o caminantes, la solidaridad entre ellos, la convivencia que se genera y la paz y tranquilidad que se respira a cada paso, y por otro lado, las dificultades que se van encontrando, el cansancio físico, lesiones y heridas, lluvia, sol abrasador, y demás incontinencias de la propia naturaleza del camino.

Smith aporta los testimonios de sus protagonistas, que van explican sus sensaciones y sentimientos que van experimentando a lo largo y ancho de la ruta jacobea, acompañado de las reflexiones de los expertos en el camino, sacerdotes, hospitalarios y demás personas que explican la historia, las motivaciones y el espíritu que recorre todo el trayecto religioso que recorren gentes de todo el mundo desde el siglo IX. La cineasta americana se detiene en los gestos y los detalles, pariendo un magnífico trabajo de luz que invade todos los escenarios naturales de la película, y retrata la belleza y tradiciones de los lugares y pueblos que se van encontrando durante el trayecto, su cámara camina entre los peregrinos, vive y respira la experiencia, habla cuando es necesario, y calla cuando la situación lo requiere, toma su distancia cuando las personas que filma necesitan su espacio, se introduce en sus vidas, en sus personales trayectos de búsquedas de sí mismos, de manera sutil y enriquecedora, sin caer en discursos y juicios sobre ninguno de ellos, deja que ellos se expliquen, que el propio camino los defina o simplemente, que el camino y la experiencia que están viviendo, les sumerja en un proceso vital y personal que han elegido vivir para seguir creciendo como seres humanos y descubrirse a sí mismos.

Hotel Nueva Isla, de Irene Gutiérrez

Hotel-Nueva-IslaRESISTIR ANTE LA RUINA

El origen de la película se remonta al año 2010, cuando Irene Gutiérrez (Ceuta, 1977), en compañía de Javier Labrador, su co-director, realizaban largas caminatas nocturnas por los márgenes del barrio habanero Jesús María, provistos de una cámara de fotos y una cabeza llena de historias. En una de aquellas veladas descubrieron el armazón enorme y esquelético del hotel, un alojamiento que tuvo sus días de gloria, pero ahora se ha convertido en un inmueble ruinoso y sucio que se cae a pedazos.

El relato se detiene en su último habitante, Jorge, un enjuto, enfermo y callado sesentón que sigue viviendo entre esas ruinas, una suerte de Quijote desterrado y olvidado, y Robinson Crusoe, que resiste con bravura y paciencia los embates de su existencia. Jorge sigue firme a su  propósito de encontrar alguno de los tesoros que, según él, depositaron los últimos visitantes en las paredes del hotel al huir, cuando estalló la revolución. La cámara sigue su devenir cotidiano, observando los quehaceres de Jorge, su trabajo incesante donde se va encontrando con pequeños utensilios y viejas máquinas que repara, siendo testigo de su caminar diario entre un lugar deshabitado, un espacio que tiende a desaparecer, a olvidarse, sólo los vecinos de Jorge, Waldo, un negro que al igual que él, sueña con darle un futuro mejor al envejecido hotel, y La flaca y su hija, que deciden abandonar el lugar en busca de un sitio mejor. Las visitas de Josefina, amante de Jorge, que intenta infructuosamente alejar a Jorge del hotel, y empezar una nueva vida juntos en otro lugar, sin olvidarnos del inseparable Patabán, un pequeño can que sigue inseparablemente a Jorge por todo el hotel.

La cineasta ha elegido ese único espacio, lleno de pasillos, estancias, y habitaciones cochambrosas y en peligro de derrumbe. Del exterior, sólo vemos un par de planos de la Habana vieja, el resto del metraje, se convierte en ese fuera de campo, en off, un escenario que sólo escucharemos, y veremos a través de la luz que se filtra. Gutiérrez con experiencia en el campo documental, donde ha desarrollado un trabajo muy estimulante, donde ha reflexionado profundamente sobre la problemática de las fronteras y los márgenes que resquebrajan los territorios y espacios que nos rodean. En esta película, que significa su puesta de largo, se erige como una cineasta paciente, delicadamente observadora, capacitada para sumergirnos y enfrentarnos a los espectadores a una historia fuera de lugar, donde conoceremos a unos personajes complejos y sobre todo, resistentes, unos nadies que luchan diariamente por su dignidad y su vida. Una cinta honesta y hermosa, que se mueve entre el retrato social y político,  y alberga la maravillosa capacidad de funcionar de manera implacable como brutal metáfora y espejo de la historia reciente del país caribeño, una Cuba cansada y desilusionada, que se mantiene a duras penas en pos de un futuro que todos esperan mejor, pero que por ahora, se resiste a llegar.

África 815, de Pilar Monsell

815EL PARAÍSO SOÑADO

“El mar, como el desierto, también tiene sus espejismos”

Se inicia la película ante la perspectiva de un mar en calma envuelto en  el amanecer. En ese instante, irrumpe la voz de la directora Pilar Monsell (Córdoba, 1979), que le pregunta a su padre, Manuel, que le cuente un sueño que ha tenido. Este breve y hermosísimo preludio encierra la verdadera síntesis del film, la búsqueda incesante de ese amor romántico, de la ilusión perdida, de esa belleza propia de la juventud, de un tiempo vivido y soñado… Se cerrará la película, en el mismo escenario, ahora al atardecer, y con ese mar envolviendo a Manuel y Pilar, de espaldas a nosotros, mientras hablan entre susurros de sus cosas. Monsell hace su puesta de largo en el largometraje, donde hace las funciones también de guionista, fotógrafa y montadora, después de varias piezas interesantes, con una película breve, sólo 66 minutos de metraje, y relata la visita/encuentro con su padre. Nos acoge entre las cuatro paredes de una vivienda situada en un pueblecito de la costa de Málaga. Allí, en ese lugar, nos sumerge en la memoria paterna a través de su archivo fotográfico, sus libros de memorias, imágenes en Super 8 filmadas durante sus viajes y las conversaciones que mantiene con su padre.

La vida de Manuel arranca en 1964, en la colonia española del Sáhara, en el Aaiún, donde realiza el servicio militar, allí, conoce la vida campestre, rodeado de jóvenes bellos y hermosos, después de años de represión en la península, su condición de homosexual se desata y disfruta libremente de sus coqueteos y escarceos sexuales. Un tiempo que ingresará en su memoria y permanecerá en ella para siempre, un tiempo al que querrá infructuosamente volver, sentir de nuevo esa libertad, esos amores y esa sensación de vitalidad arrolladora. La realizadora cordobesa va introduciendo su voz que va leyendo partes de las memorias: la vida militar, el matrimonio, al que llama, “Un proyecto ilusionante, pero poco realista”, sus tres hijos, y tras el divorcio, la vuelta a la región del Magreb para seguir en la búsqueda de ese amor romántico, de esa idea libre y hermosa del amor que nace de la pureza y la inocencia, sin intereses económicos y demás. Monsell ha hecho una película sencilla, hermosísima y de impecable dureza, donde no hay espacio para los juicios ni los reproches, sino de una mirada serena que acepta y entiende la vida de su padre, donde se reflexiona sobre la explotación sexual y de recursos humanos de la colonia marroquí, y también de la inmensa dificultad de amar sin condiciones y libremente.

Una obra que guarda algunos puntos y reflexiones con la excelente Cuchillo de palo (2010), de Renate Costa, y también con aquellas películas clásicas de aventuras, donde aquellos hombres aventureros se quedaban hipnotizados por gentes y lugares exóticos, sin olvidarnos de los bellos y hermosos jóvenes que jalonan el cine de Pasolini. Una cinta honesta y desagarradora, que en su humildad genera su discurso, que engancha de manera sutil y acogedora, que no se detiene sólo en la memoria personal de su progenitor, sino también en la memoria de un país, de otro tiempo, de ese tiempo mítico, en esa aventura por ser uno mismo, y en seguir fiel a los sentimientos propios sin querer ser lo que uno no es, en enfrentarse a uno, en soñar en imposibles, aunque sepamos que quizás no se producirán, pero seguir en ese camino y aceptar nuestra propia naturaleza, en aceptarnos como somos, a pesar que fracasemos, porque quizás vivir sea eso, seguir intentándolo y seguir fracasando.      

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Adersson

Una-paloma-se-poso-en-una-rama-a-reflexionar-sobre-la-existencia¿QUÉ HACEMOS, ADÓNDE VAMOS?

Primero fue Canciones del segundo piso (2000), donde se planteaba el tema de milenarismo, luego llegó La comedia de la vida (2007), que representaba un atrevido recorrido hacía los sueños, ahora nos llega Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, título cervantino y quilométrico que cierra la trilogía Viva, y además, nos devuelve a la palestra el genio y la sabiduría del inclasificable Roy Andersson. El cineasta sueco, nacido en Gotemburgo en 1943, posee una filmografía brevísima, a parte de los ya mentados, encontramos su debut en 1970 con Una historia de amor sueca, y Giliap, de 1975, rotundo fracaso que le llevó a estar un cuarto de siglo alejado del largometraje, encontrando ubicación en el mundo de la publicidad, donde ha cosechado numerosos galardones.

Su nuevo título, que se alzó con toda justicia y por unanimidad con el León de Oro de Venecia en la última edición, vuelve a plantearse las mismas inquietudes de las predecesoras: lo banal y esencial, lo trágico y cómico de las absurdas y cotidianas existencias humanas, todas ellas con la paloma del título como testigo omnipresente de las vidas de esos humanos, impregnando a las situaciones de una mirada etérea en algunas ocasiones, y en otra sarcástica y crítica. Andersson arranca su relato a modo de preludio, con “Tres encuentros con la muerte”, donde nos sitúa en tres instantes, donde se produce la muerte por parada cardíaca de un señor mientras intenta abrir una botella, y su mujer sigue en la cocina sin percatarse de lo ocurrido, en otra, una madre moribunda en el hospital se aferra endiabladamente a su bolso lleno de joyas, cuando sus tres hijos intentan arrebatárselo, y finalmente, un hombre que ha fallecido mientras elegía su comida, y la camarera ofrece su almuerzo gratis a los demás clientes. El realizador sueco nos sumerge en ese mundo compuesto de una estética abstracta, con esa luz neutra que invade el plano, y esos rostros blanquecinos e impertérritos, en la que asistimos a 39 escenas diferentes, 39 cuadros, planos secuencia que suelen cerrarse con la proclama insistente y repetitiva por parte de los personajes de la frase: Me alegro de que estés bien. Escenas donde suena una música de cuerda que actúa como leit motiv a lo largo del metraje, en la que Andersson clava la cámara, efectuando un excelente manejo de la profundidad de campo, el fuera de campo y los espacios, imprimiendo a cada situación una historia en sí misma independiente, pero estructurada dentro de la película. Se detiene en las existencias de Sam y Jonathan, que vertebran el relato, dos vendedores de artículos de fiesta, que se pelean constantemente, y que moran en un albergue. A partir de estos dos seres tristes y frustrados, Andersson compone una radiografía del mundo moderno, a través de una fusión de diferentes géneros, que van desde la comedia surrealista, el musical, lo social, y lo histórico, repasando las estructuras caducas y viles que sostienen las sociedades actuales, creando unas secuencias como si se tratasen de recuerdos o ensoñaciones. Personajes vulnerables y sensibles, que anhelan algo que ni saben ni conocen, como la profesora de flamenco que no se muestra ningún tipo de pudor en mostrar su deseo, o las protagonizadas por el rey Carlos XII (1697-1718), donde se le caricaturiza, se le dota de un sexo distraído y además se le introduce en la más absoluta de las trivialidades, y demás seres que pululan por esta magnífica obra.

Andersson recurre a referentes de toda naturaleza, desde los grabados pictóricos de Brueghel el viejo, donde su obra “Cazadores en la nieve”, sería una fuente de inspiración inagotable, el Quijote de Cervantes, o “Esperando a Godot”, de Beckett, y sus criaturas estarían cerca del hidalgo caballero y Sancho Panza, los individuos que retrata Stenbeck en su “De ratones y hombres”, en el cine de Bresson o Buñuel (al que homenajea en la secuencia del bar con el rey, cuando escuchamos el célebre twist de Ashley Beamunt, “Shimmy Doll”, que cerraba Viridiana), y en los dúos cómicos del Hollywood clásico como Laurel y Hardy, o lo que es lo mismo, el Gordo y el Flaco, sin olvidarnos de Buster Keaton, Chaplin, Tati…Cine de gran altura, de encomiable factura y diseño, que maneja la tragicomedia, Lebenlust (ganas de vivir), y un respeto fundamental por el ser humano, donde en la sociedad vive sin ningún tipo de resistencia, y muy a nuestro pesar, sufriendo la humillación del opresor frente al oprimido, la triste y anodina existencia del señor de negro perdido que, sobrevive a trompicones, a bandazos, y sin ningún tipo de esperanza ni ilusión ante una prosperidad igual de triste, oscura y desoladora.