Barbie, de Greta Gerwig

¿SUEÑAN LAS MUÑECAS CON HUMANAS REALES?. 

“(…) Estaba encerrada en el interior de aquella muñeca de mi misma y mi verdadera voz no podía salir”. 

Alias Grace (1996), de Margaret Atwood

Seguro que recuerdan aquel instante memorable en Toy Story (2010), de Lee Unkrich, cuando Barbie enfadada con Ken por ser tan Ken, convertida en una mujer decidida, cansada y aburrida de vivir siempre igual y de la misma forma. Una mujer libre y valiente que ansiaba otro tipo de vida y de circunstancias, a lo que Ken le pedía que no se fuera, que siguiera junto a él, a lo que Barbie lo miraba y se marchaba lejos. La famosísima muñeca creada por Ruth Handler para Mattel en 1959, tenía en la película de animación una parodia a su altura, poniendo en solfa a una mujer sin ataduras, feminista y sobre todo, que necesitaba hacer su camino en solitaria y sobre todo, una mujer que creía en sí misma. Porque, como deja constancia su impresionante prólogo, con homenaje incluido, estamos ante Barbie, una muñeca que dejó de ser bebé y niña, como eran las muñecas antes de ella, para convertirse en una mujer trabajadora, independiente y diferente. Una muñeca/mujer para crear niñas más ellas, más libres y más mujeres, que rompan los estereotipos sociales a los que estaban destinadas y se conviertan en lo que deseen de forma libre. 

Cuando Warner Bros. anunció el rodaje de la película sobre Barbie y por ende, mencionó que Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983), iba a ser su directora. Sí! La directora de películas tan estimulantes como Lady Bird (2017), que recorría a una dolescente que retrata mucho de su vida en su Sacramento natal, y Mujercitas (2020), una versión más feministas de la inmortal obra de Louisa Mary Alcott. Los amantes del cine marcamos la fecha de su estreno porque sabíamos que la directora estadounidense iba a sorprendernos gratamente, aún más, cuando Noah Baumbach, su pareja y director de grandes obras como Una historia de Brooklyn (2005), Mientras seamos jóvenes (2014), Historia de un matrimonio (2019), entre otras, iba a trabajar en la película como coguionista. La expectación estaba servida para ver qué podían hacer con la hiper famosa muñeca, el tándem que ya había coescrito películas tan interesantes como Frances Ha (2012) y Mistress America (2015), y trabajado como director él y actriz ella en cuatro films. El resultado es un maravilloso y alucinado pastiche, en el mejor sentido de la palabra, porque hay de todo, con ese país “Barbieland”, una flipada del reverso colorista y consumista de Alicia en el país de las maravillas, donde lo inquietante es esa perfección que asusta, donde la parodia está a la orden del día, un Mundo Feliz, de Huxley, donde todo es perfecto e imperfecto a la vez, donde el color y la superficialidad están a la orden del día, donde todo y todos son modelos falsos y terriblemente, muñecas y muñecos.

Un mundo de luz y color donde todas son Barbie y sus múltiples versiones, al igual que Ken y sus otros Ken, así como la Barbie estereotípica, la primera y piedra angular de las demás. Un mundo artificial, plastificado y falso, donde simulan una vida que ni tienen ni son. Un falso país y una falsa vida que tiene su reflejo en la vida real, no les digo más, todos ya saben. El conflicto aparece cuando Barbie, la principal, piensa en algo que no debe, y tiene pensamientos demasiado “humanos”, que sorprenden a todos. No tiene más remedio que visitar al oráculo de ese lugar, no les cuento, seguro que van a flipar cuando lo descubran, eso sí, deben ver la película. La cosa es que debe cruzar el umbral que separa la flipada vida de Barbieland e ir a la vida real, donde la realidad consumirá a la muñeca y a Ken, que se cuela en el citado viaje. En ese nuevo espacio, la parodia continúa, hay risas y cachondeo para todos, para la creadora de Barbie, para Mattel, para su consejo, ¡Qué vaya consejo”, para la sociedad y su hipocresía, su falsedad y su superficialidad, y Barbie conocerá las verdaderas dudas que la tienen en vilo, de donde procede su pesar, que tiene una relación brutal con el mundo real y tiene que ver con las niñas y sus muñecas. 

Una cuidadisima estética llena de rosa, como no podía ser de otra manera, donde la maqueta, el artificio y el cartón piedra tiene su razón de ser, con una gran cinematografía de un grande como el mexicano Rodrigo Prieto, que tiene en su haber trabajos con Scorsese, Malick, Almodóvar y Ang Lee, entre otros, la música del dúo Mark Robson y Andrew Wyatt, que vienen del mundo del videoclip en el que ha trabajado con artistas mundiales, la edición de Nick Houy, que ha montado las tres películas de la Gerwig, en una película en la que hay de todo: muchas dosis de feminismo, de machirulos, de parodia, de autoparodia, de comedi romántica tonta, comedia sofisticada, cine social, aventuras, cine musical y mucho pitorreo con todos y todo. Una película con ritmo y pausa, bien pensada y construida que se va casi a las dos horas de metraje, una duración que gusta mucho y deja con ganas de más a los entusiasmados espectadores, algunos y algunas vestidas de rosa, como manda la cita, de la primera sesión a la que asistí. El reparto también brilla en la película, porque sus intérpretes entran en ese juego de la parodia y la estupidez bien entendida, la que sirve para mofarse de los demás empezando por uno mismo, como hacían los hermanos Marx, Jerry Lewis, Mel Brooks, Monty Python, entre otros muchos, que hacen de la comedia tontorra, el mejor vehículo para troncharse de las estupideces y miserias del mundo consumista en el que existimos, que no es poco, a qué si, Cuerda. 

Tenemos a una Margot Robbie desatada y sublime como la Barbie estereotípica, tan suya, tan rígida, tan bella, tan falsa y tan cansada de ser muñeca. Junto a ella, un Ryan Gosling, que tiene algún que otro numerito musical y tontín para enmarcar, con ese look, ¡Vaya look!, será difícil que pueda superarse, bueno, es muy Zoolander (2001), de Ben Stiler, que también ha pasado por el universo Baumbach, y es otro director de la parodia y el cachondeo, como también hizo en Tropic Thunder (2008). También pululan America Ferrera, que se cruzará en el camino de Barbie, Kate McKinnon, en uno de esos personajes divertidos y muy oscuros, que parecen sacados de alguna famosa serie raruna de la tele de los sesenta, Rhea Perlman como la creadora de la muñeca, en una de las secuencias más conmovedoras de la cinta, Will Ferrel como el magnate de Mattel, o ese mandamás tonto de capirote y sus locos seguidores del consejo, todo tíos, faltaría más, y luego, toda una retahíla de buenos intérpretes que hacen de todas las versiones, réplicas y dobles de Barbies y Kens, ahí es nada. No vayan a ver Barbie con prejuicios o con demasiadas expectativas, sino que hagan totalmente lo contrario, vayan a disfrutar, a reírse, porque seguro que se van a reír, y da igual que les gusten las muñecas, faltaría más, a mi no me gustan, y nunca he tenido, y no me ha impedido emocionarme con la película, por su libertad, valentía, cachondeo, parodia y autoparodia a lo bestia, sin filtros, sin el ánimo de agradar a todos y todas, sino de construir una película al servicio de Barbie y Mattel, sino aprovechar ese mundo consumista para crear otro, tan divertido, tan lleno de errores y lleno de muñecas y muñecos que sueñan con ser humanos, o con vagina. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nicolas Cazalé

Entrevista a Nicolas Cazalé, actor de la película «Esperando a Dalí», de David Pujol, en la terraza de Gran Torino Garage Bar en Barcelona, el jueves 13 de julio de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolas Cazalé, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a David Pujol y José Ángel Egido

Entrevista a David Pujol y José Ángel Egido, director y actor de la película de la película «Esperando a Dalí», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el domingo 23 de abril de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Pujol y José Ángel Egido, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Clara Ponsot

Entrevista a Clara Ponsot, actriz de la película «Esperando a Dalí», de David Pujol, en la terraza de Gran Torino Garage Bar en Barcelona, el jueves 13 de julio de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clara Ponsot, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El caso Braibanti, de Gianni Amelio

EL ESTADO CONTRA ALDO BRAIBANTI. 

“Ser distinto, diferente, puede ser un perjuicio, pero, si haces que tu diversidad no sea solo una característica sexual sino una muestra de una personalidad diferente, no algo plano ni conformista, puedes ganar a los que te insultan”.

Gianni Amelio

Podríamos decir, sin ánimo de exagerar, que Gianni Amelio (Magisano, Calabria, Italia, 1945), pertenece a esa última gran hornada de cine italiano, y me refiero a ese cine italiano comprometido con su tiempo, crítico con la sociedad democrática que no se enfrenta a su pasado miserable y terrorífico, profundamente político, y sobre todo, un cine que todavía persiste en el tiempo porque no es sólo cine, es mucho más, es una crónica de un tiempo para entender de dónde venimos y lo mal que hemos construido esta Europa tan aparentemente moderna pero sostenida por interés económicos y poco más. Amelio que estudió filosofía y ayudante de Vittorio De Seta, forma parte de aquellos y aquellas cineastas que nacieron en los treinta e inmediatamente, después, como Liliana Cavani (de la que Amelio fue ayudante), Paolo y Vittorio Taviani, Bernardo Bertolucci y Marco Bellocchio, a los que incluimos, como no, a Pier Paolo Pasolini, nacido en los veinte, pero que empieza en los sesenta. Cineastas que hicieron cine en los sesenta y en adelante, y muchos de ellos, lo siguen haciendo, aquellos que crecieron rodeados de Neorrealismo, los que pasaron cuentas a Italia, y por ende, a esa Europa después de la guerra, que pretendía construir un continente sin armas y más humano. 

Amelio tiene películas sobre política, sobre los mecanismos del poder que va contra los más débiles como los niños o inmigrantes, películas que se han quedado en la memoria como Golpear al corazón (1983), y Puertas abiertas (1990), Niños robados (1992), Lamerica (1994), Cosi ridevano (1998), La estrella ausente (2006) y La ternura (2016), entre los veinte títulos que forman una filmografía siempre atenta a los cambios sociales y económicos, en esa eterna lucha de David contra Goliat, o lo que es lo mismo, entre el necesitado y el poder, interesado en el dinero y no en las necesidades humanas. En El caso Braibanti (del original Il signore delle formiche), inspirada en un caso real, a partir de un guion de Edoardo Petti, Federico Fava y el propio director, nos cuenta un oscuro episodio sucedido en los años sesenta, más concretamente, en 1965, que se alarga hasta 1969, y comienza en 1959, cuando el profesor de filosofía, intelectual, marxista y homosexual se encariña de Ettore Tagliaferri, un joven alumno, y entre los dos nace una bonita historia de amor consentida e igualitaria. No obstante, la madre del joven denuncia al profesor apoyándose en una ley de “subyugación moral”, vigente desde la época de Mussolini y Vibrante es detenido y llevado a juicio. 

Un suceso que lleva a muchos detractores como Ennio Scribani, un joven periodista de “L’Unità”, vinculado al Partido Comunista Italiano, pero en los sesenta, un diario al servicio de todos, o lo que es lo mismo, de lo políticamente correcto, o sea, lo que dictan las leyes. Un periodista que recibe la censura de su jefe, al que, por ejemplo, al Partido Comunista se le menciona Partido Obrero, en fin. También, está Graziella, una comunista activa que lucha contra la detención y el juicio injusta a Braibanti. Estamos frente a una película producida el año pasado, pero es una película sin tiempo, porque tiene el aroma imperecedero del cine humanista, el cine que habla de nosotros, de nuestras circunstancias, del estado represor y de las leyes injustas y conservadoras. Un cine que toma el relevo de aquel gran cine italiano como El conformista (1970), del mencionado Bertolucci, con la que la película de Amelio no estaría muy lejos, porque nos habla de esa clase fascista, ahora convertida en “ciudadanos normales y  demócratas”, que siguen usando el poder para sus intereses económicos y demás, y La clase obrera va al paraíso (1971), de Elio Petri, donde la conciencia de clase se convierte en una afrenta para el poder. 

La película se estructura a partir de la eterna lucha del individuo contra el estado, o contra el poder, un poder arbitrario que clama por la libertad y el progreso, y por la espalda, hace todo lo posible por mantener viejos valores católicos, ancestrales y mantener a unas élites y sus monopolios, por eso, atacan y persiguen a todo aquel que lee, que propone cambios, más igualdad, más derechos, y más pensamiento y razón contra la barbarie de la especulación y la arbitrariedad en las leyes. Aldo Braibanti es uno de esos hombres que sigue escondiéndose en una sociedad que vende democracia, pero que no la práctica, sólo cuando le conviene para repartir deudas. Todo esto no es nada nuevo, así seguimos en Europa años después. Una cuidadisima y detallada luz del cinematógrafo Luan Amelio, que ha trabajo en las últimas películas del maestro italiano, como Hammamet (2020), con esos claroscuros que tanto casan con lo que sucede en la Italia del momento, con secuencias que ya forman parte de nuestro recuerdo. Acompañada por un excelente trabajo de edición de la gran Simona Paggi, con más de 80 títulos en su filmografía, y 11 películas con Amelio, desde Puertas abiertas

Como es costumbre en el cine del director italiano, el reparto siempre está muy bien escogido, en el que encontramos a Luigi Lo Cascio en la piel del desdichado pero digno Aldo Braibanti, al que hemos visto en películas de Bellocchio, Marco Tullio Giordana, entre otros. Un hombre de libros, un marxista convencido cuando ya nadie cree, una especie de Don Quijote desilusionado pero no derrotado, como muchos de sus camaradas, que dejaron la militancia política para abrazar el consumismo enfermo. Braibanti es uno de esos hombres que siguen resistiendo a pesar de la sociedad, a pesar el estado, a pesar de las leyes, y a pesar de los perjuicios y el odio. Elijo Germano que era uno de los protagonistas de La ternura, y tiene cintas con Pietro Marcello, Luca Guadagnino, Gabriele Salvatores y Dario Argento, etc… Hace de periodista que, como le ocurre a Braibanti, no encaja en una sociedad muy dada a trabajar para el poder, a ser un siervo más, a no cuestionar sus miserias. Otro derrotado pero digno, un tipo desencantado pero que sigue en la lucha, otro de esos personajes que tanto le gusta retratar a Amelio. Le siguen Sara Serraiocco como Graziella, al que hemos visto recientemente en El primer día de mi vida, junto a Servillo, como la joven ilusionada que todavía no ha llegado al desencanto de los otros citados. Les acompañan dos debutantes: Leonardo Malteste como Ettore, que sufre el odio y el conservadurismo de su familia que lo aleja de Braibanti, muy a su pesar, y Anna Caterina Antonacci como Madalena, otra joven alumna del profesor y amiga de Ettore. 

Amelio lo ha vuelto hacer y ya van unas cuantas, ha vuelto a construir una película de verdad, que parece casi una excepción, en un cine actual demasiado ensimismado en las emociones y no en la sociedad que nos rodea, en esa sociedad que mata las ilusiones, que nos convierte en aquello que no queramos. El caso Braibanti es un film político, humano y de aquí y ahora, y de entonces, sin tiempo, tiene una construcción excepcional y cercanísima, es bella y trágica como las grandes historias, que retrata a aquellos años sesenta, con su poquísima libertad, siempre oculta, y frente a esa sociedad que seguía empeñada en lo más rancio, oscuro y estúpido de su más terrible pasado fascista, que perseguía a los diferentes, y con razón, porque siempre han sido los que piensan y se cuestionan los que cambian las cosas, porque son los que dicen NO, los que se detienen y buscan su lugar, su verdad y su sensibilidad, ante una sociedad que habla constantemente de libertad y de derechos, pero nunca ejerce ni hace lo posible para que las personas los ejerzan, en fin, una película no ya actual, sino inmortal, porque habla de lo que somos y cómo vivimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Francesc Ferrer, Paco Tous y Alberto Lozano

Entrevista a Francesc Ferrer, Paco Tous y Alberto Lozano, intérpretes de la película «Esperando a Dalí», de David Pujol, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el domingo 23 de abril de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Francesc Ferrer, Paco Tous y Alberto Lozano, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El regreso de las golondrinas, de Li Ruijun

EL AMOR Y LA TIERRA. 

“Se dice que el cine es el arte del tiempo. En este sentido, el trabajo es esencialmente el mismo que el de los agricultores. En la realización de películas, nosotros nos enfrentamos constantemente a cuestiones relacionadas con el tiempo y con la vida”. Los agricultores confían en la tierra y el tiempo con sus cultivos y su sustento, así nosotros debemos confiar en la tierra y en el tiempo con nuestras películas. Las palabras en papel, como semillas creciendo en una cosecha, se transforman por la cámara dentro de lo que recordamos de nuestra memoria lejana”. 

Li Riujun 

En El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, una película que retrata la durísima vida de los campesinos bergamascos en Lombardía de finales del XIX y principios del XX, pero a pesar de sus duras condiciones de existencia lo afrontan con dignidad. Situación parecida a la que vive y sufre Mao Yaoutie, un agricultor chico actual que todavía resiste en su vaciado pueblo trabajando la tierra y cultivando trigo. Su vida solitaria y lúgubre cambia un día cuando conoce a Cao Guiying, una mujer que ha sufrido acoso y todavía arrastra secuelas físicas y emocionales, ya que sus respectivas familias les obligan a un matrimonio concertado. Dos almas marginadas y apartadas que deberán compartir vida y trabajo. 

El director Li Ruijun (China, 1983), ha dirigido cinco películas, en las que se ha centrado en las relaciones humanas y la vida rural de una China en un proceso continuo de cambio, abandonando lo rural para transformarse en metrópolis muy industrializadas y consumistas. La historia que nos cuenta El regreso de las golondrinas es un cuento sencillo, sobrio y con poquísimos diálogos, con el mejor aroma de Renoir, Ozu, Bergman, Rossellini, Tarkovski, Erice, Kiarostami, Tarr y demás autores donde prevalece una mirada a la vida desde lo más profundo, desde el detalle, desde lo cotidiano, desde el mínimo gesto, sin ningún tipo de artificio y distracción estética, todo lo auténtico para contarnos lo esencial, lo vital y lo humano, vaciando el plano y el encuadre de elementos distrayentes, y concentrarse en lo mínimo y vital, en el que predomina la interpretación de los actores y actrices y los pocos elementos físicos en cuestión. Un cine que explica, un cine que nos habla, que documenta la vida, el trabajo y la existencia humana desde “la verdad”, una verdad que conocemos, que sentimos y sobre todo, una verdad que queda, que tiene aplomo y tiene historia, en un arte que comprende el tiempo como forma de mirar y comprender lo que nos rodea, o al menos, mantenernos de forma activa y seguir haciéndonos preguntas. 

Un cine que contiene una mirada profunda y sencilla, que se toma su tiempo para contarnos aquello que está viendo y por ende, retratando, a través de esta pareja de deshechos humanos, y lo digo por el modo que son tratados durante la película, y especialmente, en la secuencia que abre la película, donde no tienen voz ni voto, y ese plano fijo donde el protagonista nos da la espalda y vemos, de frente, a todos sus familiares, que tienen un status económico mucho más alto, no obstante, lo llaman “Cuarto Hermano”, que no es otra cosa que negarle su nombre y por efecto, su identidad. Una primera secuencia que no sólo describe la situación pisoteada de los dos protagonistas, sino que escenifica esa China dividida en dos. La China nueva rica, con su ropa y coches extranjeros, que somete y explota a los otros, esa China rural, esa China que todavía resiste fuera de los espacios consumistas. A pesar del continuo desprecio y explotación, tanto Ma como Cao siguen a lo suyo, en silencio y trabajando, acercándose cada vez más, descubriéndose y descubriéndonos que hay muchas formas de amor y de amar, a partir del tiempo, la paciencia, la ternura y el cariño. 

Podemos afirmar, sin ánimo de exagerar, que El regreso de las golondrinas es una de las mejores historias de amor que hemos visto en mucho tiempo, y no lo digo a modo de exageración, ya lo comprobarán ustedes cuando vean la película, así sabrán que no lo digo por decir, porque todas esas imágenes, ya sea trabajando con la tierra, con ese ir y venir diario, y ese año en el que transcurre la película, siguiendo la cosecha de trigo, con sus cambios de estaciones y circunstancias del tiempo, o esas otras, en el interior de la minúscula vivienda en la que descansan, hacen la comida sencilla, con esos panes redondos que hornean, y todos esos momentos que comparten, en el que hablan, se miran, se abrazan, se escuchan y sobre todo, sueñan con esa vida que les ha venido obligada, pero que ellos aceptan y se entienden, o lo que es lo mismo, se aman, y no desde el interés, ya sea material u emocional, sino desde la aceptación del otro, desde las circunstancias del otro, desde la verdad del otro, desde la necesidad y el cariño del otro, sin reproches, sin sometimientos, desde una posición igualitaria, sencilla, sin palabras, sólo con gestos, y con lo humano, que parece que, en la actualidad, se nos ha olvidado o obviamos por interés, egoísmo y maldad. 

Una pareja inolvidable, que ya forma parte del imaginario del cine actual, una pareja como Ma y Cao que trabajan juntos desde el respeto, desde la gratitud de lo poco que tienen, sobreviviendo en una sociedad hostil, esa que viene de fuera, la que compra y vende terrenos de forma codiciosa y estúpida, esa que no mira al otro, que vive consumida en lo superficial y la apariencia. Un cine de una grandísima calidad, tanto en lo técnico como lo artístico, con una cinematografía de Wang Weihua que plasma con dureza y sensibilidad la dura vida de Ma y Cao, pero sin ahondar en la miseria y su tragedia, sino en la realidad en la que viven sin regodearse en ella, con esos momentos interiores donde la magia y la belleza capturan cada instante, como esa caja agujereada con luces que crea ese efecto óptico de trasladarse a otra dimensión, a otro planeta, donde, quizás, los seres humanas se aman y no se odian. El gran trabajo de montaje del propio director, donde impone un maravilloso ritmo reposado y calmo, donde las cosas van sucediendo, donde la vida nos atrapa desde lo mínimo y lo invisible, donde somos testigos de ese amor puro, de verdad, de los que parecen de otro mundo. 

La excelente y pausada música del iraní Peyman Yazdanian, que trabaja indistintamente entre China y su país, donde ha trabajado con lo mejor del cine de su país como Kiarostami, Pahani y Farhadi. En el aspecto interpretativo, la película es inmensa y llena de detalles y gestos que dotan a cada plano y cada encuadre de una gran fuerza, en el que sobran las palabras y la imagen construye toda su dramaturgia y su humanidad. Dos intérpretes en estado de gracia como Wu Renlin como Ma Youtie, que ya había trabajado con Ruijun en The Old Donkey (2010) y Fly With The Crane (2012), en la piel de un campesino machacado y vilipendiado, pero sin perder su dignidad, con su trozo de tierra, su burro y sus gallinas, y su mujer, que interpreta Hai Qing en la piel de la desdichada cao Guiying, una mujer que descubrirá que la vida puede ser otra cosa y lo hará al lado de un tipo humilde y extremadamente sencillo como Ma, donde crecerá, se hará humana y sobre todo, se enamorará, un amor puro, tranquilo, de verdad, de los que no se olvidan. Estaremos muy atentos al próximo cine de Li Ruijun, que se suma a esta nueva hornada de grandísimos cineastas chinos como los Jia Zhangke, Bi Gan, diao Yinan y Hu Bo, entre otros, que, a través de sus películas abordan los cambios sociales, políticos, económicos, industriales y culturales de un mastodonte en un proceso desorbitado de industrialización y consumismo estúpido. El cine de Ruijun no estaría muy lejos de las aproximaciones a lo rural desde la verdad, con su belleza, complejidad y dolor, y lo humano como las extraordinarias La gente del arrozal (1994), de Rithy Panh, y El hombre sin nombre (2009), de Wang Bing, otro de los grandes cineastas chinos actuales. Dos películas que hablan de la vida rural, de la tierra, que no resulta nada fácil trabajarla, de la familia, del amor y de lo humano, desde la perspectiva de lo sencillo y lo profundo, alejados de ese mundanal ruido que nos quieren vender como progreso y vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Vicky Peña

Entrevista a Vicky Peña, actriz de la película «Esperando a Dalí», de David Pujol, en la terraza de Gran Torino Garage Bar en Barcelona, el jueves 13 de julio de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vicky Peña, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El hombre sin culpa, de Ivan Gergolet

LA CULPA DE LOS OTROS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia la recuerde”.

Stefan Zweig

Ángela es una mujer de unos cuarenta años que vive en Trieste, una ciudad portuaria de la costa adriática italiana. Su existencia es anodina, tiene su trabajo como limpiadora en un hospital, pone flores a la tumba de su marido, y no conecta con su joven hija rebelde. Su vida cambia de repente, cuando en el hospital ingresan a Francesco, un sesentón que acaba de sufrir un ictus que le ha paralizado la parte derecha y le impide hablar y moverse. Francesco forma parte del pasado de Ángela, ya que era el empresario que provocó la muerte de su marido al no advertirles que manipulaban amianto. A Ángela está situación le provoca rechazo, rabia y cercanía con el enfermo, y cuando es dado de alta, se convierte en su cuidadora. El hombre sin culpa, que tiene uno de los arranques más impresionantes que he visto en los últimos tiempos, en ese sala de juicios con los participantes en silencio y llenos de polvo. Una cinta que nos habla de pasado, de culpa, de castigo, y de redención, de rendir cuentas con nuestro pasado, con descansar nuestra rabia y desesperación, de cerrar puertas demasiado abiertas, de mirarnos al espejo y volver a sonreír, o al menos, perdonar y perdonarnos. 

El debut en la ficción de Ivan Gergolet (Italia, 1977), después de su documental Dancing with Maria (2014), sobre la experiencia de una bailarina de 93 años en el pleno centro de Buenos Aires, y su trabajo como activista cinematográfico como la fundación de la televisión de la calle, una asociación de cineastas en Gorizia, ciudad fronteriza entre Italia y Eslovenia. Gergolet construye un relato intenso y callado, donde prima más la mirada y el gesto, en un espléndido thriller psicológico sobre la culpa y el castigo, donde abundan los interiores, esa luz tenue e íntima, esos encuadres donde se explica todo, el pasado y el presente, o quizás, ese limbo en que el personaje de Ángela está atrapada hasta que no resuelva su dolor y tristeza. El hombre sin culpa es una película para verla sin prisas, con calma, porque propone un ritmo reposado, calmo, de los que cada mirada y cada gesto es fundamental para su desarrollo, con unos personajes complejos, entre el que destaca por encima de los demás a Ángela, el personaje vehicular del relato, porque es ella la que provoca todo, la que vive su calvario personal, y lo lleva en silencio, o a medias, porque nunca cuenta toda la verdad de su elección, o cuenta una parte, la que le conviene, la que le hace más llevadera una posición discutible, pero que ella sabe que necesita hacer, quizás no lo sabe con profundidad, y tiene dudas, pero no son las elecciones así en la vida, que nunca sabemos con seguridad lo que hacemos, lo hacemos y ya está. 

El aspecto técnico de la película es ejemplar, con la cinematografía de Debora Vrizzi, con esos tonos apagados y claroscuros, donde priman los rostros y los cuerpos, el conciso y brillante montaje de Natalie Cristiani, que ya estuvo en Dancing with Maria, y repite con un trabajo de una película nada fácil de casi dos horas de duración, y finalmente, la música de Luca Clut, que también estaba en el documental de Gergolet, que detalla y explica todo lo que no vemos pero está. La historia inquietante y difícil que cuenta la película necesitaba un rostro penetrante, un rostro que explicará mucho más que las imágenes, un rostro con todo el peso del pasado, con toda la rabia contenida tantos años, un rostro que se magnetiza con el relato, un rostro inolvidable. El rostro de Valentina Carnelutti que da vida o quizás, podríamos decir, que pone cuerpo y alma a Ángela, una mujer o lo que queda de ella, con esos gestos mecánicos en silencio cuando limpia, cuando hace cualquier cosa. Una actriz magnífica que deambula por la película como una especie de fantasma, acarreando todos los muertos del amianto a sus espaldas, un espíritu en vida, o una muerta que la vida o el destino o el azar, o vete tú a saber qué, le brinda una nueva oportunidad para vengarse. 

A Valentina Carnelutti, que hemos visto en películas tan excelentes como La mejor juventud (2003), de Marco Tullio Giordana,  El polvo del tiempo (2008), de Theo Angelopoulos, y Locas de alegría (2016), de Paolo Virzi, entre otras, resulta complicado aguantar esa mirada tan imponente que tiene durante la película, por eso la labor de los otros intérpretes es fundamental, y lo consiguen con actores y actrices que están en el mismo tono, con miradas de las que se recuerdan como el que le acompaña por esta travesía del dolor y el pasado, como “el otro”, el hombre de su pasado, el hombre responsable, Francesco que hace el actor esloveno Branko Zavrsan, un trabajo impresionante en que su cuerpo se vuelve en su contra, con poquísima movilidad, sin habla, sólo con esa mirada, con ese gesto y ese silencio. Livia Rossi es Daria, la hija difícil de Ángela, que hemos visto en un par de películas de Gianni Amelio, Enrico Elia Inserra es Enrico, el hijo de Francesco que, al igual que Daria, desconoce la relación que une a sus progenitores. Y finalmente, Rosana Mortara es Elena, amiga de Ángela, y también, afectada por el amianto como su marido, que recordamos de verla en Mia madre (2015), de Nanni Moretti, entre otras. 

Seguiremos la pista del director Ivan Gergolet, de las conexiones entre Italia y Eslovenia, de idas y venidas, de pasado y presente, del continuo reflejo que es la vida, de ese devenir hacia atrás y adelante, sin ningún orden ni concierto. Es una película para descubrir, para saborearla, para sentarse con tranquilidad, desconectarlo todo, y situarse frente a unos personajes rotos enfrentados a esa ciudad triste y melancólica, una ciudad de puerto industrial y mercantilizada que se llevó por delante su belleza y las vidas de cientos de trabajadores, de una ciudad afeada por la avaricia y codicia desmesurada de esta sociedad enferma que sólo le va el beneficio sin importarle el coste de vidas y de personas, de dolor y tristeza. Todos deberíamos ser un poco como Ángela, o al menos parecernos un poco a ella, a su voluntad, a su decisión, y sobre todo, a su valentía y su humanidad, esa condición que no viene cuando nacemos, hay que demostrarla, y créanme cuando les digo, que no resulta nada sencillo ponerlo en práctica, y si no pregúntenle a Ángela. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando a Dalí, de David Pujol

CADAQUÉS 1974.

“Ojalá que la espera no desgaste mis sueños”.

Mario Benedetti

Érase una vez aquella Barcelona del 74, una ciudad que luchaba contra el dictador moribundo, y otra, que quería abrirse hueco en el difícil mundo de la cocina de autor. Dos formas de enfrentarse a la vida, o lo que es lo mismo, dos hermanos, Alberto y Fernando, respectivamente. Dos individuos que, por la lucha del pequeño, Alberto, deben huir a Cadaqués, y más concretamente, al Surreal, un restaurante costero regentado o no por un tal Jules, un soñador, un loco, un francés, que su gran ilusión es que su vecino más ilustre, Salvador Dalí, vaya a comer a su establecimiento. Los dos hermanos se encontrarán allí una especie de microcosmos: la pareja Lola y François, que todavía andan en las calles de aquel París de 1968, sobre todo, él, porque ella, hija de Jules, es puro fuego e intensidad. Está Luis, el escudero de Jules, Tonet, otro soñador que quiere pintar todo el pueblo de azul. Rafa, un zorro marino que ahora disfruta los manjares del Mediterráneo. Y “los otros”, es decir, Arturo, el chófer de Dalí, tan serio, tan profesional, y tan “amigo”, Gala, la señora del genio, tan rusa, tan distante, y tan ella. Y el Teniente de la Guardia Civil Garrido, la ley, el que todavía nos recuerda el tiempo en el que vivimos. 

El director David Pujol, con estudios en Barcelona y EE.UU., de dirigir tv movies como Morir en tres actos, cortos como El mismo día a la misma hora, documentales como Salvador Dalí, en busca de la inmortalidad, y El Bulli. Historia de un sueño, que han sido la base de Esperando a Dalí, porque aúna dos elementos que ya había tocado como Dalí y la cocina, fundiéndolos en dos personajes, Jules, el soñador que quiere que Dalí se siente a su mesa, y Fernando, el joven chef que todavía está detrás de su lugar en el mundo. Porque la película de Pujol reúne en su historia a un grupo de náufragos que van a parar al Surreal, una especie de isla desierta que acoge a todos esos personajes desamparados, que no encajan en esa realidad tan dura de finales de los setenta, una realidad que no acepta a los soñadores, a los locos y a los diferentes. Viste su relato de fábula, que tiene mucho parentesco con aquellas deliciosas comedias italianas como Los inútiles (1953), de Fellini, Rufufú (1958), de Monicelli, que en España tuvo su reflejo con Berlanga en Bienvenido Mr. Marshall (1953), Novio a la vista (1954), Calabuch (1956), y Los jueves, milagro (1957). Todas comedias corales, con un toque agridulce, que retrataban un lugar, una forma de vida e idiosincrasia, y sobre todo, nos hablaban de soñadores y perdedores de gran corazón, porque a pesar de la dura y triste realidad, había tiempo de imaginar un mundo mejor. 

Pujol coge esa idea y nos devuelve a aquel tiempo, donde la libertad o las ansías que había, chocaba con la ley todavía anclada en los oscuros años de la dictadura, como muestra la magnífica secuencia en el que participan los hippies y sus puestos de artesanía siendo violentados por la Guardia Civil, ante la atenta mirada de Rafa, y esas otras protagonizadas por la ley. Pujol vuelve a contar en la cinematografía con Román Martínez de Bujo, para crear esa luz mediterránea, tan brillante y tan cegadora, con esos claroscuros que aportan el estado emocional de los diferentes personajes. Para el montaje también opta por un viejo cómplice como Jordi Muñoz Salló, en un relato que maneja con soltura los momentos cómicos con los dramáticos, y las situaciones surrealistas y oníricas, con un gran ritmo que no cesa en ningún instante, en una película nada fácil de ejecutar ya que se va casi a las dos horas de metraje. Por último, un gran fichaje, el compositor y maestro Pascal Comelade, con esa música tan característica, creada con instrumentos musicales infantiles, y ese aroma de cuento, de fábula espiritual que encaja a la perfección con las imágenes de la película. 

Un elemento importantísimo para una película coral es su reparto y el de Esperando a Dalí, luce de forma muy brillante e íntima, donde cada uno de los personajes está muy cerca de nosotros, unos tipos y tipas que se alegran y entristecen como hacemos por aquí. Destacan la pareja principal encarnada por José García, fantástico como histriónico y quijotesco Jules, bien acompañado por Iván Massagué como Fernando, que bien mira este actor, y ese gesto que mantiene durante la película, un tipo de pensamiento y de acción, y poco habla. Pol López es Alberto, el activista que ha de huir, siempre tan bien como ya demostró en la reciente Suro, los franceses Clara Ponsot y Nicolás Cazalé son Lola y François, personajes que se parecen pero no tanto, e importantes para los hermanos llegados de Barcelona, un viejo conocido como Francesc Ferrer hace de Tonet, esos seres tan necesarios para la vida y los lugares, Alberto Lozano es Luis, ese Sancho Panza de Jules, o lo que es lo mismo, el que siempre está ahí, para bien o para mal, Pep Cruz es Rafa, esos tipos que cuentan las mil y una, que saben tanto de Cadaqués como de la condición humana, con ese momentazo con Strauss de fondo. El siempre cercano Paco Tous como la ley, que gesto y que pose, al igual que José Angel Egido, actores curtidos en mil batallas que nunca defraudan, Varvara Vodina es una de las hippies que deambulan y tendrá su momento con uno de los hermanos, y finalmente, Vicky Peña, una gran actriz, siempre elegante, con una mirada que tan bien habla, encarnando a Gala, ni más ni menos, fantástica y tan “ella”. Ah! También está Dalí, pero tan enigmático, tan cercano como lejano, tan divino, tan genio tan “él”.  

Me ha encantado Esperando a Dalí, de David Pujol, porque no es pretenciosa, porque no usa la cocina como un reclamo, sino que está ahí, es un elemento más, como puede ser Dalí, y esa espera u obsesión, o razón, nunca lo sabremos. Es una película pequeña pero muy grande, porque cuenta una parte de un tiempo donde se empezaba a respirar, y a soñar, porque tiene amor, magia, frescura, transparencia, alegría y tristeza, por sus sueños y derrotas, porque nos habla de gentes que sueñan a pesar de esta sociedad, que ya era un dolor entonces, en ese lugar llamado El Surreal, que deben conocerlo, porque es imposible que lo olviden, se lo aseguro, lleno de almas que sueñan y hacen para que esos sueños se cumplan, aunque a veces o siempre, lo hacen torpemente, como todos y todas, ¿No?. Pero a pesar de los obstáculos y piedras en el camino siguen soñando, porque si no no hacerlo sería mucho peor. Los personajes de la película son como los cowboys que retrataba Peckinpah, unos individuos que pertenecen a este mundo, pero a un mundo que ya pasó o quizás, nunca llegó, y andan deambulando por sus propias vidas, esperando algo o alguien, quizás a Dalí o a ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA