Cosmética del enemigo, de Kike Maíllo

MIRARSE EN EL ESPEJO.

“La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar”

Antoine de Saint-Exupéry

El universo cinematográfico de Kike Maíllo (Barcelona, 1975), está repleto de criaturas azotadas por el pasado, hombres que arrastran las consecuencias de unos actos que los martirizan, y que convierten su presente en una huida constante hacia no se sabe dónde, atrapados en un laberíntico limbo de difícil salida. Tanto en Eva (2011), como en Toro (2016), el thriller psicológico inundaba relatos perturbadores y muy inquietantes, donde no había escapatoria posible, solo un camino que enfrentaba a sus atribulados protagonistas a su destino, a enfrentarse a lo que habían sido y a lo que querían ser. Con Cosmética del enemigo, los mundos de Maíllo dan un paso más allá, ya que su nuevo trabajo abre nuevos retos. El primero, trabajar en una idea ajena, como la adaptación de la exitosa novela de Amélie Nothomb, trabajo para el que rescata a dos de sus colaboradores como Cristina Clemente y Fernando Navarro, que estuvieron en los equipos de guionistas de sus anteriores películas, respectivamente. Segundo, rueda en inglés en un proyecto de envergadura con la marca europea, rodado en tres países diferentes como Alemania, Francia y España.

Aunque, quizás el reto más peliagudo para Maíllo sea plantear una película centrada en solo dos personajes, y una sola localización, la sala de espera vip de un aeropuerto como el Charles de Gaulle, en París, a partir de una trama que todo se mueve bajo las apariencias e identidades que muestran y ocultan a la vez sus protagonistas. El director barcelonés vuelve a reunirse de un equipo que pasa con creces el nivel alto, como la tensa y sombría música de Alex Baranowski (que ha trabajado con autores de la talla de Danny Boyle o Wes Anderson, entre otros), la íntima e inquietante luz de la cinematógrafa Rita Noriega (que ya había trabajado con el director en el corto La octava dimensión, y tiene en su haber películas tan recientes como Orígenes secretos o El inconveniente), la interesante y contundente edición de Martí Roca (que ha firmado interesantes thrillers como los Verónica u Hogar, que estuvo como coguionista en Eva), y la labor de sonido de un viejo conocido como Oriol Tarragó, y sin olvidarnos, la compañía en la producción de Toni Carrizosa, elemento crucial en la carrera de Maíllo.

Siguiendo la estela de películas como La huella, de Mankiewicz o Sospechosos habituales, de Bryan Singer, y ese aire hitchcockiano en que el misterio se apodera de todo lo que vemos y lo que no, el relato se desarrolla en un solo espacio y con una conversación entre Jeremiasz Angust, un exitoso arquitecto polaco que después de una conferencia en París, regresa a su casa, pero, circunstancias o no, accede a acompañar a una joven perdida que recibe el extraño nombre de Texel Textor. Finalmente, los dos deben esperar sus vuelos en la sala de espera y ella, molesta a Jeremiasz hasta el punto que le cuenta su vida, desde su infancia triste y desagradable, hasta un encuentro que le cambió la vida en París cuando era adolescente. La película va dando saltos en el tiempo, a través de flashbacks que nos van mostrando los elementos, objetos y los hechos del relato de Texel. La película nos abre muchos caminos y posibles destinos, con esos encuadres cercanos en los que podemos observar detenidamente las diferentes reacciones de Jeremiasz, en un cruel y muy perturbador tour de forcé entre la joven desconocida que quiere contar su historia, y el arquitecto que no quiere escucharla.

Maíllo consigue con pocos elementos y dos almas oscuras un potente y oscuro thriller, que nos va envolviendo en un aura de misterio y terror, donde nada es lo que parece, en que las identidades de sus personajes se disfrazan de un enigma en el cual los espectadores deben descifrarlo, en una especie de juego perverso y muy sombrío en el que todo puede ser o no, en que el relato de Texel guarda importantes secretos y revelaciones. El espacio amplio y de grandes ventanales del aeropuerto se muestra como ese lugar blanco y limpio en el que todo parece encajar y nada malo puede ocurrir, aunque la maqueta del aeropuerto del centro de la sala, en que curiosamente, Jeremiasz fue uno de sus arquitectos, va contándonos a través de sus figuritas y acciones todo lo que va ocurriendo, como si la maqueta conociese el fondo de la cuestión y nos fuese revelando aquello que ocultan los protagonistas. Incluso, las otras localizaciones de la película, como la vecindad triste de las caravanas donde Texel pasó su infancia, o el siniestro y fantástico cementerio de Montmartre, quizás el camposanto más famoso del mundo, donde también se desarrolla una parte fundamental de la historia, donde conoceremos a la enigmática mujer, pieza clave en esta traba de idas y venidas, de pasados ocultos, y de presentes reveladores.

El tándem intenso, sólido e incómodo que debe conversar y sobre todo, mirarse en el espejo, lo forman dos intérpretes que componen unos maravillosos y perversos personajes. Por un lado, tenemos a Tomasz Kot, que muchos todavía recordamos como el desdichado personaje enamorado de Cold War, de Pawel Pawlikowski, en la piel del enigmático y perfeccionista Jeremiasz Angust, con ese semblante de éxito pero que a medida que avanza la película, emergerán sus secretos más ocultos. Delante de él, una soberbia Athena Strates como la extraña Texel Textor (vista con directores de la talla de Bill Condon o Kai Wessel), alguien surgida de la nada o no, un ser que viene a rendir cuentas o no, uno de esos personajes imposibles de olvidar en una cinta de estas características, porque incomoda, perturba y sobre todo, molesta con sus relatos y sus miradas oscuras. También, nos encontramos dos personajes menores, pero igual de importantes, como la presencia siempre fabulosa de una gran actriz como Marta Nieto (que sigue dejando grandes composiciones como la que nos maravilló en Madre, de Sorogoyen), en la piel de la mujer del cementerio, un ser frágil, bello y complejo, crucial en esta trama de miradas, silencios y pasados escondidos, y Dominique Pinon, uno de esos personajes de la conciencia para el personaje del arquitecto. Maíllo ha construido una película sencilla y compleja a la vez, con una trama a modo de puzle que a veces encaja, y otras, no, que algunos instantes te faltan o te sobran piezas, pero solo en un instante, más allá del espacio y el tiempo, todas las piezas del enigmático rompecabezas encajan y ya nada ni nunca volverá a ser igual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Romance en Tokio, de Stefan Liberski

100X70_ROMANCE_TOKIO-01AMÉLIE EN EL PAIS DEL SOL NACIENTE.

“Tout ce que l’on aime devient fiction”

(Todo lo que uno ama se vuelve ficción)

Amélie Nothom

Amélie es belga y tiene 20 años. Nació y estuvo hasta los cinco años en Tokio. Ahora vuelve, fascinada por su cultura y con la intención de empaparse de todo lo que le ofrezca ese país. Pone un anuncio para dar clases de francés y conoce a Rinri, un joven de su misma edad, de familia burguesa y amante de la cultura francesa, y además, está deseando convertirse en su alumno. Se caen bien, quedan y les encanta pasar tiempo juntos hasta que se enamoran y comienzan una relación.

El director Stefan Liberski (1951, Bruselas), graduado en filosofía y literatura, y con experiencia de becario de Fellini, acomete su tercera película (basada en la novela Ni de Eva ni de Adán, de la hipnótica y fascinante Amélie Nothomb), en la que se adentra en una fábula moderna, con una estructura de cuento tradicional, en la que una joven apasionada, espontánea y aventurera se enfrenta a un país diferente al que dejó, en el que tendrá que lidiar con el choque cultural, las diferentes costumbres, el peculiar sentido del humor japonés, y sobre todo, tendrá de dirimir diferencias consigo misma, con sus miedos, contradicciones, ilusiones y demás derivas emocionales. Liberski ha fabricado una película sencilla, directa y mágica, pero también oscura y brumosa, como algunos de los ambientes por los que se mueve nuestra heroína. El relato rezuma vitalidad y sensibilidad, recorre las calles de la inmensa urbe de Tokio a modo de documental, capturando cada rincón, cada mirada, la descubrimos a través de los inquietos ojos de Amélie, su mirada será la que nos muestre ese país lleno de contrastes: por un lado, el respeto hacia los ancestros y las costumbres que conllevan rituales milenarios contrastan con problemas de la modernidad capitalista como los maratonianos horarios laborales y esa obsesión hacía el juego. Pero la piedra angular del relato, reside en la historia de amor romántica y pasional que tienen Amélie y Rinri, que descubre en la joven una sensualidad y sexualidad a través de una belleza que desconocía, y sobre todo, la conduce a un proceso de tránsito, de madurez , en el que abandonará el recuerdo de la infancia en Tokio para introducirse en la difícil existencia de la vida adulta con sus soledades, desilusiones, dudas y otros sentimientos.

TOKYO FIANCEE 10

Resulta sumamente revelador, cuando en un momento de la película, Amélie le confiesa a Christine, una amiga belga que reside en Tokio, que ser japonesa es difícil, a lo que la amiga le responde afirmativamente. Situación que perseguirá a Amélie durante todo el metraje, esa sensación de no saber quién eres ni a donde perteneces. La película también juega y muy sabiamente con el humor negro y ácido que alivia ligeramente los momentos difíciles por los que atraviesa la joven protagonista. Es de agradecer la ligereza con la que Liberski cuenta su película, pero que encierra las emociones más profundas, con ese aire poético que impregna toda narración, como cuando nos envuelve entre las brumas del bosque del monte Fuji por el que camina Amélie, ese acento tenebroso que el realizador belga impone a ese instante, que ayuda a descubrir el sentido interior que está viviendo la joven, y también las aguas termales de la isla de Onsen, donde la película desprende sensualidad y serenidad. Otro de los grandes aciertos, es la química que desprenden la pareja protagonista, que componen de forma sincera unos personajes que parecen distantes por momentos, y en otros, muy cercanos, destacando la vitalidad y complejidad de la interpretación de la joven Pauline Étienne (vista en las interesantes La religiosa y Eden). La frialdad e independencia del japonés enfrentada a la sinceridad y espontaneidad de la belga ayuda a conocer la naturaleza de un relato que pretende contarnos eso tan complicado que nos pasa en nuestras vidas, en el instante que dejamos de soñar con el niño que fuimos para convertirnos en el adulto que queremos ser, sin miedos y con la suficientemente valentía para afrontar los retos emocionales y profesionales que nos encontraremos por el camino de nuestras vidas.