The Limehouse Golem, de Juan Carlos Medina

AQUÍ ESTAMOS DE NUEVO.

La película se abre en el interior de una sala barroca de music hall donde un actor, el popular Dan leno, disfrazado de mujer muy burdamente, comienza el relato de unos asesinatos ocurridos años atrás, cuando en el barrio londinense de Limehouse acontecieron una serie de crímenes atroces que mantuvieron en vilo a toda su población. Basada en la novela “Dan Leno and he Limehouse Golem”, escrita por Dan Ackroyd en 1994, y adaptada por la prestigiosa guionista Jane Goldman (autora, entre otras, de La mujer de negro y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, o la nueva saga de X-men) nos enfrenta a dos vías de investigación, por un lado, la muerte de John Cree, fracasado dramaturgo casado con Elizabeth “Lizzie” Cree, ésta última exitosa actriz de music hall, que es acusada de su asesinato por envenenamiento. Y por el otro, los asesinatos cometidos en el barrio, sin aparente ligazón, pero todos ellos comparten que el asesino dibujó una gran letra “M” en la escena del crimen (referencia al clásico M, de Fritz Lang, donde también se andaba tras la pista de un asesino, en ese caso de niñas en la Alemania pre nazi). La investigación es encargada al inspector maduro John Kildare en una encerrona. Sus pesquisas lo llevan a un libro escrito más de medio siglo atrás, “El asesinato considerado como una de las bellas artes”, de Thomas De Quincey, donde una serie de pistas lo conducirán a esclarecer la identidad del asesino.

Juan Carlos Medina (Miami, EE.UU., 1977) que ya dio buena cuenta de su buena mano en el género de terror y suspense con Insensibles (2012), su opera prima, en la que mezclaba realidad y ficción con un relato oscuro y siniestro que destapa un caso terrible con niños durante la guerra civil española. En su segunda película, hace propio un guión ajeno para convertir una historia convencional en un trabajo serio, personal y profundo, que nos traslada al Londres victoriano de 1880, y más concretamente a Limehouse, uno de aquellos barrios llenos de miseria, inmoralidad, prostitución, suciedad, y mucha gente de baja estofa, donde los asesinatos estaban a la orden del día. En ese ambiente lúgubre, de calles malolientes, tabernas ruidosas, y cuartuchos insalubres, se sitúa la película, teniendo el teatro de music hall como uno de los escenarios principales, donde las obras actúan como reflejos de los ocurre fuera nutriéndose de sus relatos macabros. Kildare se obcecará con salvar la vida de la joven Lizzie, creyéndola inocente de la acusación de asesinato de su marido, mientras que su jefe le hostiga para que encuentre al asesino apodado por la prensa sensacionalista, como Golem (nombre basado en el ser mitológico de la cultura judía, un gigante de barro para defender los edificios de ataques antisemitas).

El director español, plantea una película de interiores, con colores etéreos y oscuros, de gran ritmo y muy agobiante, que asfixia y encoge el alma, de ahí sus planos tan cercanos, que siguen el sudor y las dudas de cada personaje, en un ambiente malsano, de pobreza moral y también física, en el que todo sucede de manera macabra y terrible. Aunque la película se presenta de manera lineal siguiendo el curso de la investigación, hay algunos flashbacks, que nos remiten al pasado tortuoso y miserable de Lizzie, y no sólo seguimos el punto de vista del inspector en su trabajo, sino que escuchamos la narración de Lizzie y todos los sucesos que le llevaron de ser una pobre criatura de los muelles (como la Lillian Gish en Lirios rotos, de Griffith) a convertirse, primero en una gran actriz del music hall y luego, ser la esposa de Cree, aunque permitiendo que la visitara su amante, la acróbata Aveline Ortega. Medina conjuga de forma admirable los distintos escenarios, la investigación policial, los secretos inmundos y las relaciones de los diferentes actores y demás en el teatro, y sobre todo, la miseria moral que reinaba en aquella época, donde todo valía y nadie, absolutamente nadie, estaba libre de caer en las trampas de la corrupción, el chantaje, el deseo o los arducias más siniestras.

Un plantel de intérpretes de auténtico lujo capitaneados por Bill Nighy, dando vida al inspector serio, sagaz y paternal con Lizzie (que recuerda al inevitable Holmes, o a la inteligencia de Laughton en Testigo de cargo) Lizzie, la cándida e inocente actriz traspasada por los acontecimientos, a la que interpreta Olivia Cooke, surgida de la serie Bates Motel, Avelina Ortega, la amante de Cree y rival de Lizzie, interpretada de manera sensual y elegante por María Valverde, Douglas Blooth da vida a Dan Leno, el actor de music hall que actúa como testigo y trovador de las historias que se suceden en el barrio, y las buenas actuaciones de Sam Reid (como el desdichado John Cree), Daniel Mays (como el agente bonachón y fiel escudero del inspector) y finalmente, el siempre efectivo Eddie Marsans, como propietario del teatro que guarda un secreto escabroso. Medina se inspira en los grandes de la cinematografía británica como Hitchcock, Powell, Russell, la Hammer, etc…, y la novela victoriana de Stoker, Poe y compañía, para conseguir ese ambiente malsano y lúgubre que acompaña toda la película, en un interesante y angustiante thriller con toques sociales, en el que las relaciones oscuras y viles entre los personajes ayudan a darle ese toque terrorífico que tanto ayuda a la película, con un grandísimo trabajo de luz y arte, que cimenta ese submundo de miserables y arpías que se mueven por un fajo de libras o por mucho menos.

Verónica, de Paco Plaza

¿HAY ALGUIEN AHÍ?.

«En  Madrid,  a  principios  de  la  década  de  los  90,  se  registraron  una  serie  de  sucesos paranormales que tuvieron un amplio eco en los medios de comunicación y un fuerte impacto  en  la  sociedad  española  del  momento.  Esta  película  está  inspirada  en  dichos acontecimientos-”.-

Cuenta el más anciano del lugar que, a principios de los 90, en un barrio del extrarradio como Vallecas, entre altos edificios de color ladrillo rojo, uniformes escolares, colegio de monjas, ambientes grises, walkman, riejus, anuncios de televisión, padres ausentes y eclipses solares, vivió una joven llamada Verónica, una chica en los albores de la pubertad, en ese camino de tránsito entre la infancia que se acaba y la pubertad que va mostrándose. Una chica que debido al trabajo de su madre Ana en un bar durante todo el día, debía hacerse cargo de sus hermanos pequeños, dos gemelas inquietas y rebeldes, y el pequeño Antoñito. Un tiempo, en el que Verónica, según cuentan, y después de asistir a una sesión con la ouija con dos amigas, para invocar al padre muerto, se vio sometida a una serie de sucesos paranormales que trastocaron su propia existencia y la de los suyos.

El 7º título de la carrera de Paco Plaza (Valencia, 1973) exceptuando algún que otro documental musical, y centrándonos sólo en su género preferido: el terror. Un género que le ha llevado a la cima con una saga antológica en nuestras pantallas, Rec, que se presentó en el 2007, con una cinta que dirigió junto a Balagueró, y le siguieron las secuelas, dirigidas en solitario por Plaza, donde se despertó de nuevo al subgénero de los zombies, pero el director valenciano arrancó su andadura como director con la interesante El segundo nombre (2002) basada en una novela de Ramsey Campbell (otra novela suya sirvió de inspiración a Balaguero para su Los sin nombre), una película rodada en inglés, donde una joven descubría el pasado oscuro de un padre al que creía un santo, le siguió Romasanta (2004) sobre los asesinatos de un hombre lobo del norte, y para televisión, dentro del homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, en la serie “Películas para no dormir”, realizó Cuento de navidad, donde una serie de niños dejaban su candorosa infancia para convertirse en sedientos justicieros, y luego la saga Rec.

En Verónica, Plaza parece volver a sus orígenes, que ya apuntaban El segundo nombre y Cuento de navidad, donde a través de historias cotidianas, pocos personajes, una atmósfera intensa y un terror in crescendo, se centraba en sucesos muy inquietantes que traspasaban los límites del terror, construyendo obras de gran calado cinematográfico a partir de elementos domésticas y lugares comunes con un sello personal y muy oscuro, inspirándose en los grandes del terror. Ahora, nos enfrenta a una serie de sucesos paranormales, situándonos en un piso cualquiera de esos edificios altos de un barrio cualquiera, en el que una chica, la Verónica del título deberá enfrentarse a dos miedos: el paranormal, donde un espíritu maligno se ha apoderado de ella y de sus hermanos, y el otro miedo, este físico, donde se convertirá en mujer, dejando la infancia acomodada, y teniendo que asumir responsabilidades en su familia haciéndose cargo de sus hermanos pequeños. Plaza nos sitúa en los albores de los 90, concretamente en el 1991, en la España preolímpica, y acota su relato en tres días, los que van del 12 al 14 de junio, de un jueves a un sábado de madrugada, en unos sucesos paranormales que asolaron Vallecas en aquellos años, basándose en los informes reales del inspector encargado de aquellos casos.

El realizador valenciano crea esa atmósfera gris desde su primer instante, como viene anunciando el breve prólogo, de cuidada factura, en el que en una pantalla en negro, escuchamos la llamada de teléfono de socorro de la niña a la policía la noche de autos, inmediatamente, vemos coches de policía que cruzan la ciudad nocturna y lluviosa hasta llegar al piso, y nos sobrepasa un grito aterrador mientras miramos los rostros atónitos de los policías, y de ahí, abre al rostro de la protagonista que lentamente se despierta. La película está contada a través de la mirada de Verónica, la adolescente fan de “Héroes del silencio”, que escucharemos en su primer camino a la escuela con sus hermanos, el “Maldito duende”, después volveremos un par de veces más a los Héroes con el tema “Hechizo” en su parte final, y también, habrá otro momento para “El rompeolas” de Loquillo y los suyos. Verónica se mueve en ese tiempo de incertidumbre, de cambios hormonales y físicos, de dejar un tiempo sin fin a otro tiempo, el de la adolescencia, donde todo cambiará, donde se hará mujer (como ilustra una de las secuencias de la películas) en el que lo que empieza siendo un juego se convertirá en unos sucesos malignos que se apoderarán de ella, y la llevarán a un aislamiento mayor, si la ausencia del padre muerto, y la madre trabajadora, ya lo habían convertido en cotidiano.

Plaza construye su trama a partir de dos caminos, si bien, la película arranca como un drama social, en su primera mitad, donde una joven se ve inmersa en cambios y su ya citado aislamiento, y descubrimiento interior, en su segundo bloque, la película se centra en los sucesos paranormales, en el piso donde viven, la presencia de espíritus malignos, puertas y ventanas que se abren y cierran inexplicablemente, manchas oscuras, y movimientos de objetos, etc… Acontecimientos que Plaza va introduciendo lentamente, sin prisas, cogiendo al espectador de la mano y apretándosela cada vez más fuerte, sumergiéndole en un estado de ansiedad y angustia, al unísono de su protagonista, sin muy bien saber que ocurre y porqué. La película no deja de lado sus inspiraciones haciéndolas visibles como el giallo itanliano, con Argento a la cabeza, el universo Carpenter, las obsesiones entre fantásticas y domésticas del cine de los setenta de Saura, en especial Cría Cuervos…  (1975), del que realiza un sentido homenaje, y además, Ana Torrent, aparece como madre y llamándose Ana, y a Chicho Ibáñez Serrador y su maravillosa ¿Quién puede matar a un niño?

El inmenso trabajo de la debutante Sandra Escacena genera ese estado de caos emocional que vive la protagonista, esta princesa atrapada en un infierno doméstico del que no sabe ni como se ha metido, y sobre todo, como escapar de él. La mirada de la chica ahonda en ese descenso al infierno que es la película, su inocencia interrumpida y expuesta a los peligros de la edad adulta, desconociendo como hacer. La inmensa presencia de la gran Consuelo Trujillo (como la Hermana Muerta, en un cruce de la Mrs. Danvers de Rebeca, de Hitchcock, o el venerable Jorge de El nombre de la rosa) una monja ciega, que parece salida de ultratumba, en una presencia mágica y alucinante de la película, y el buen hacer de los niños, creíbles y fantásticos los tres pequeños, sin olvidarnos de las secundarias, la ya mencionada Torrent, y las Leticia dolerá y Maru Valdivieso, que ya habían formado parte del universo Plaza. Un universo inquietante, oscuro, maligno, donde las pesadillas más aterradoras nunca están fuera, sino en nuestro interior, en ese caos inmenso de emociones, angustias y miedos.

Dunkerque, de Christopher Nolan

EL HORROR DE LA GUERRA.

Entre el 26 de mayo y el 10 de junio de 1940, se libró una de las batallas más horribles y espeluznantes de cuantas acontecieron durante la segunda guerra mundial. El lugar elegido de siniestro recuerdo fue Dunkerque, en Francia, donde se agolparon en su playa, desesperados, sucios y hambrientos, más de 300000 soldados británicos y franceses a la espera de ser evacuados debido al imparable avance del ejército de la Alemania nazi. La evacuación, desesperada y plagada de bajas, ya que eran atacados por tierra, mar y aire, sobre todo, por aire, con sus cazas alemanes, a todas las embarcaciones que intentaban salir de esa playa siniestra, que se convirtió en una tumba para muchos de aquellos soldados. La décima película de la filmografía de Christopher Nolan (Westminster, Londres, 1970) describe minuciosamente buena parte de todo lo que aconteció en Dunkerque durante aquellos horribles 15 días, y lo hace desde la parte más primigenia del cine, como un viaje de regresión a la narrativa cinematográfica de los inicios, cuando la pureza de la imagen cimentaban las historias a falta de sonido.

Nolan, apoyándose en el 70 mm (como también hizo Tarantino con Los odiosos ocho) recupera el analógico en su carrera para sumergirnos en el alma de aquellos días, en el interior de cada uno de los personajes que nos cuentan sus íntimas odiseas para librar su batalla. Nolan construye una magnífica epopeya bélica, en la que la gran utilización del sonido y su música, obra del gran Hans Zimmer, nos convierte en un soldado más, en uno de aquellos jóvenes que hizo lo imposible por escavar de aquel maldito infierno de playa. Y sí, la película es espectacular, pero Nolan no sólo se queda en la imagen esteticista, sino que va mucho más allá, las llena de contenido, capturando las emociones íntimas de cada uno de los personajes, y lo hace de manera sencilla y cercana, ya con su arranque deja claro las intenciones de su propuesta, cuando vemos a unos cinco soldados caminando sin temor por las teóricas calles tranquilas de Dunkerque, pero de repente, comienzan a dispararles, y todos salen despavoridos a esconderse, la cámara sigue a uno de ellos, el que sobrevive, y a partir de ese instante, seguiremos el periplo de supervivencia que experimenta el soldado para salir con vida de esa ratonera.

Nolan despieza su película en cuatro voces, o digamos, cuatro segmentos o relatos, del joven soldado pasaremos a un coronel británico que se encarga de la evacuación, de los intentos de evacuar, mejor dicho, porque asistiremos a muchos hundimientos de barcos antes de que tomen alta mar, de ahí, también seguiremos en este caso el viaje de una embarcación civil que sale de Inglaterra para auxiliar a los soldados atrapados, un padre y un hijo que rescatarán a un aviador abatido destrozado psicológicamente, con el que vivirán más de un momento de tensión, y más tarde, a otro, pero este en mejores condiciones de salud, y finalmente, la cuarta de las historias, la viviremos en el aire, a bordo de uno de los aviones ingleses, que libra una batalla a muerte intentando parar a los temibles cazas nazis que bombardean la playa y los buques con soldados. Nolan nos muestra el horror de la guerra, con su locura, caos y supervivencia, dentro de una película fría y siniestra, donde todos los soldados, intentan escapar de ese inferno, utiliando códigos propios del cine de terror, y también el de aventuras, donde penetramos en el alma horrible y caótica de la guerra, de su imapacable deshumanización.

 

El director británico combina lo humano y lo íntimo de cada uno de los personajes, con lo oficial y lo colectivo, y lo hace de una forma sincera y honesta, en una película que parece recuperar ciertas inquietudes que poblaban sus primeras películas, como Memento o Insomnia, incluso El prestigio, relatos de personajes, donde la historia se posicionaba al servicio de las emociones, centrándose en la humanidad y sentimientos de cada uno de ellos, y dejando el espectáculo circense de apabullantes efectos  que si mantienen la trilogía de Batman, exceptuando sus últimas producciones Origen o Interstellar, donde sí que había intentos de construir elementos psicológicos de los personajes que ayudasen a que la historia mantuviera su pulso firme, aunque lastradas por el excesivo metraje y unos guiones desajustados que tendían al espectáculo porque sí. Ahora, Nolan, ha encontrado el ajuste ideal, un metraje que no llega a las dos horas, 106 minutos para ser exactos, muy lejos de los 150 minutos o más, de las películas que comentábamos, un relato de cuatro puntos de vista, donde vamos descubriendo las motivaciones de cada uno de los personajes, un guión no lineal, el detalle al servicio del espectáculo, y sobre todo, la locura y el caos de la guerra, donde todo se mueve a velocidad de crucero, y los pocos respiros que se sobreviven son sólo para contar cadáveres que expulsa el mar.

Nolan respalda sus abrumadoras y terroríficas imágenes con la aportación de unos grandes intérpretes como Mark Rylance (el padre que, junto a su hijo y un amigo, emprende un viaje para salvar a soldados indefensos) Tom Hardy (el valiente aviador que se juega su vida en el aire para derribar cazas alemanes) Cillian Murphy (el aviador muerto de miedo que lucha por huir del infierno) Kenneth Branagh (el coronel que lucha incansablemente para evacuar todos los soldados posibles, contradiciendo los augurios de Churchill) y Fionn Whitehead y Harry Stiles (los jóvenes soldados que luchan infatigablemente para salvar el pellejo), un reparto de grandes intérpretes que ayuda a involucrarnos en el aspecto psicológico de la contienda. El cineasta inglés cuenta de forma ejemplar y brutal una película que se convierte en uno de los títulos de referencia del género bélico como en su día lo fueron El día más largo, Un puente lejano, entre otras, como los primeros minutos de Salvar al soldado Ryan, dando cuenta a la primera gran derrota aliada de la segunda guerra mundial que, entre otras cosas, sirvió para cambiar la estrategia bélica y así devolver el tremendo golpe que costó la vida a muchos hombres, un golpe que tuvo lugar también en Francia, en las playas de Normandía, en el famoso día D,  hora H, de aquel 6 de junio de 1944.

 

Entrevista a Alice Waddington

Entrevista a Alice Waddington, directora de «Disco inferno». El encuentro tuvo lugar el lunes 12 de septiembre de 2016 en el Parc de L’Estació del Nord en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alice Waddington, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Pablo Menéndez de Marvin&Wayne Short Film Distribution, por su amabilidad, paciencia y cariño.

 

La mina (The Night Watchman), de Miguel Ángel Jiménez

ClvM-9iWAAAV8CUEL ESTIGMA DEL PERDEDOR.

Películas como El sabor de la venganza, de Joaquín Romero Marchent, La sabina, de José Luis Borau,  Angustia, de Bigas Luna, Los otros, de Alejandro Amenábar, Bosque de sombras, de Koldo Serra, entre muchas otras, son algunos ejemplos de cine español, rodado en España y en inglés, con equipo técnico y artístico con representación internacional. La mina, en su versión española, y The night watchman, en su versión inglesa, es la última producción con este tipo de características. La película nace de la cabeza del guionista Luis Moya, que ya había trabajado anteriormente con el director Miguel Ángel Jiménez (1979, Madrid) en las interesantes y premiadas Ori, que nos trasladaba a una devastada Georgia después de la guerra y cómo sobrevivían unos seres castigados y dolientes, en Chaika, la podredumbre de Kazajistán servía como telón de fondo para contarnos un durísimo relato de unas mujeres obligadas a prostituirse. Ahora, nos lleva a Kentucky, en un ambiente podrido, desolado y asfixiante de la América profunda (en realidad filmado en los bosques de Artikutza, en Oiartzun, en el País Vasco) y cómo epicentro de la trama una mina abandonada (localizada en Monsacro, en Asturias).

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El relato arranca con la llegada de Jack, un joven treintañero que vuelve a casa (una especie de Ulises y su Ítaca soñada) después de cumplir condena en la cárcel por su pasado con las drogas, allí se reencuentra a su todavía esposa Alma, y su hijo sordomudo Raymond de 8 años, los acompaña y acoge su hermano mayor Mike, metido a predicador del pueblo. Jack empieza a trabajar como vigilante nocturno en la mina para evitar los saqueos que se producen, la relación distante y tensa con su mujer y su hermano marcan la vida de Jack, que además debe lidiar contra su pasado, de alcohol y drogas, y una extraña aparición en la mina. Jiménez nos adentra en una película densa y siniestra, con una agobiante e inquietante atmósfera, en un paisaje que ahoga y mata lentamente, un lugar perdido, alejado del mundo, y habitado por seres perdidos, en constante espera, y ajados de ilusiones y vida, en el que las apariencias y lo oculto priman sobre la sinceridad y el cariño. La película mantiene la tensión latente durante todo su metraje, sumergiéndonos suavemente en el terror irrespirable que acecha en el pueblo, y sobre todo, en las paredes y galerías olvidadas de la mina.

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El director madrileño crea a partir de la figura del desdichado Jack un relato oscuro y macabro en que el pasado terrorífico de su familia, y los consecuentes traumas del joven juegan una parte importante en el trasfondo psicológico de los personajes. Una cinta sincera y honesta que contiene el inmenso trabajo de luz de Gorka Gómez Andreu, otro habitual de Jiménez, y el preciso montaje de Iván Aledo (fetiche del cine de Medem) y una excelente producción de los veteranos José Luis Olaizola y Edmundo Gil, que nos recupera los ambientes opresivos y con lectura política del cine setentero estadounidense como Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, Defensa, de Boorman o Perros de paja, de Pekinpah, un cine que se agarraba en lo más profundo del alma, y exploraba con inteligencia las amarguras y soledades de unos seres atrapados en sus miserables pueblos, donde imperaba el fascismo y el terror inhumano hacía el otro, un cine recuperado por cineastas como Sayles, con el que comparte ciertos elementos, Jeff Nichols y sus excelentes Take Shelter y Mud, o la fascinante Winter’s bone, de Debra Granik. El trabajo interpretativo con unos enormes Matt Horan (que toca a la guitarra un par de temas), como el «losser» que huye de sí mismo, Kimberley Tell, la atractiva y atrapada esposa y madre, Jimmy Shaw, el enviado de Dios con múltiples caras, y Denis Rafter encarnando al viejo minero Stan. Un cine de gran factura que mezcla con sabiduría géneros como el drama social, el western, y el terror psicológico, con buenas dosis de suspense. Cine interesante y entretenido contado con tranquilidad y dosificando inteligentemente la información para atraparnos lentamente en su oscura madeja, expectantes ante todos los hechos  que acontecerán.

La invitación, de Karyn Kusama

002_mUNA CENA CON AMIGOS.

Las primeras imágenes de Mulholland drive (2001) de David Lynch, nos conducían por las calles pendientes y curvilíneas de esos barrios lujosos y alejados de la urbe instaladas en lo alto de las colinas. El fascinante e hipnótico film nos introducía en un mundo cerrado que ocultaba  las existencias más siniestras que podíamos imaginar. La directora Karyn Kusama (1968, Brooklyn, Nueva York), que tuvo un debut prometedor en Girlfight (2000), que se centraba en una joven latina que soñaba con ser boxeadora, y le valió varios premios en Sundance, aunque luego cambio de rumbo con dos blockbusters hechos a medida de la maquinaria hollywodiense como Aeon flux (2205), espectáculo pirotécnico de peleas y fx, a la mayor gloria de Charlize Theron, y Jennifer’s body (2009) una cinta de terror al uso con asesina atractiva cepillándose a sus amigos.

Ahora, vuelve a los mismos derroteros de su opera prima, producción independiente, basada en complejas relaciones entre los personajes, exquisita atmósfera, un guión fluido e interesante manejado con gran tensión dramática que irá in crescendo, y un buen puñado de interesantes actores desconocidos. La trama arranca con Will (personaje que nos guiará por la película) y Kira, su novia. Los dos viajan en coche por las calles en subida por uno de esos barrios que nos hablaba el genio de Lynch. No parecen muy convencidos de lo que están haciendo, dialogan si aceptar o no la invitación de sus amigos. Finalmente, aceptan y se detienen frente a una de esas casas lujosas edificadas en lo alto de las colinas. Entran y les reciben los anfitriones, Eden y David. Un grupo de amigos ya se encuentran en la casa. Así arranca la película, Kusama nos va introduciendo de manera gradual y paciente en las relaciones soterradas que se respiran entre los personajes, sobretodo, entre Eden y David. Lo que parece un encuentro entre amigos para celebrar que llevan un tiempo, dos años para ser exactos, que no se ven, virará para sumergirnos en una cinta de terror doméstico, al estilo de grandes clásicos como La semilla del diablo y otros de la década de los 70, en los que se trabajaba a través de pocos personajes y las relaciones latentes que se removían en sus interiores.

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A través de flashbacks, la directora nos cuenta que Eden y David perdieron accidentalmente a su hijo, y ella despareció. Esa noche se reencontrarán, se volverán a mirar, en la casa donde todo ocurrió. La realizadora neoyorquina se mueve entre las sombras y los fantasmas del pasado, en cómo nos enfrentamos al dolor y al sufrimiento, los mecanismos personales y ajenos para aceptar la tragedia y vivir con la culpa y seguir viviendo a pesar de todo lo que nos duele y mata. Quizás la parte final resulte previsible, y vista en otras muchas obras del género, pero no desluce en absoluto la construcción milimétrica de la película, como a través de los ojos de Will vamos conociendo los detalles que impregnan y asfixian de tensión y terror a esa noche de reunión de amigos. Los personajes raros amigos de Eden y David, parecen estar allí con una misión que hacer. Las inquietudes y desconfianza de Will, todavía en estado depresivo por la pérdida, nos lleva a pensar que está en lo cierto en algunos ocasiones, pero en otras, parece un ser consumido por el dolor que sólo ve fantasmas y pesadillas a su alrededor. Un thriller psicológico de brillante factura que te va atrapando desde el primer momento, cargado de esa luz tenue y abstracta que va contaminando cada espacio, y a cada personaje de esa casa ensombrecida y fría, con unos intérpretes que manejan de manera eficaz las emociones de sus personajes, dotándolos de incertidumbre y tensión.

Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour

Una-chica-vuelve-a-casa-sola-de-nocheLOS AMANTES DE LA NOCHE

Noche cerrada en Bad City, una joven con chador y completamente de negro, camina lentamente por las calles desiertas. Se encuentra con un joven y se abalanza hacía él mordiéndole el cuello. La debutante Ana Lily Amirpour (Gran Bretaña, 1980), de padres iraníes, abre el telón en el campo de los largometrajes con una película atípica, a contracorriente, y muy absorbente. Nos cuenta los paseos nocturnos de una joven vampira con chador que impone justicia social asesinando a los corruptos, marginados  y deshechos de una ciudad desolada y alejada de todo, sumida en la desesperación y el caos. La joven directora define su película: “Es como si Sergio Leone y David Lynch hubiesen tenido un hijo rockero, y entonces Nosferatu hubiera venido a hacerle de canguro”. El origen de la historia nació en un corto homónimo rodado en el 2011 por la directora, y el proyecto va más allá, porque también ha saltado a la novela gráfica donde continúa el deambular de esta vampira romántica y asesina.

La directora, residente en Bakersfield (EE.UU.), encontró en Taft, a 72 km de distancia, una ciudad petrolera abandonada en el desierto de California, el escenario propicio para rodar su película. Filmada en un oscuro y prominente blanco y negro, donde abundan los contrastes y las persistentes sombras, la cámara de Amirpur penetra literalmente en los cuerpos de sus criaturas, con esos travelling que los siguen incansablemente, seguidos de primeros planos y medios, cuadros donde el tiempo se dilata e incómoda (el plano final es una buena muestra de ello, que recuerda al que cerraba Stray dogs, de Tsai Ming-liang), colocando al espectador en una situación absorbente y especulativa, intrigado por el devenir o destino final de lo que sucederá a los personajes. Amirpour apenas recurre a unos pocos personajes, la joven vampira, sin nombre, muy deudor del western, del que tanto le debe la película, el joven romántico y desesperado, asfixiado y sin rumbo, que malvive con un padre yonqui que no ha podido superar la muerte de su esposa, un niño que deambula por las calles sin saber qué hacer, un proxeneta y camello que extorsiona a sus víctimas y empleados, y finalmente, una prostituta guapa y perdida que busca que alguien la quiera. Seres sin alma, incrustados en una ciudad “mala”, un lugar sin vida, sin esperanza, sin nada. La joven directora de origen iraní se vale de pocos diálogos (y los que hay son en farsí, la lengua de Irán, y también la de los orígenes de la directora). La película se instala en miradas que sobrecogen y detalles que explican lo que las palabras no hacen, un filme envuelto con la complicidad de ese manto negro nocturno que desdibuja a unos personajes convertidos en sombras, que se difuminan entre las calles y el interior de las casas que parecen iluminarse apenas con la tímida luz de las velas. Una cinta aderezada con una música de baladas tristes, aires sinfónicos, guitarras a lo Morricone, y ritmos electrónicos, que acrecientan ese aroma triste y romántico que recorre toda la película.

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Amirpour deja evidente las múltiples referencias que conforman el andamiaje y el espíritu de su historia, desde el western crepuscular y decadente de la década de los 60, el cine de loosers que tanto gustaba a Rossen, Ray o Fuller, entre otros, que recuperaron a finales de los 70 y principios de los 80 gente como Jarmusch, Lynch, Wenders…, y el cine vampírico que ha propuesto nuevos caminos y miradas interesantes, sin olvidar ni traicionar la esencia del género como Entrevista con el vampiro (1994, Neil Jordan), y el personaje de Claudia, la niña de 12 años que interpretaba una memorable y sedienta Kirsten Dunst, The Addiction (1995, Abel Ferrara) con Lili Taylor, estudiante de filosofía que se veía consumida por unos vampiros en un Nueva York triste, desolado y gélido, o Eli, la niña vampira que conocía a Oskar, su tímido vecino de 12 años en la excepcional Déjame entrar (2008, Tomas Alfredson) ambientada en la tenebrosa y fría Estocolmo de comienzos de los 80, y finalmente Jim Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven, de hace un par de temporadas, con esos románticos chupasangres Eve y Adam, que contaba con la maravillosa presencia Tilda Swinton, en un ruinoso y vacío Detroit, y luego en un Tánger cálido e igual de decadente, unos almas que seguían amándose en un mundo que ya no era el suyo, y parecía abocado a la autodestrucción. Amirpour se vampiriza de estos referentes y otros tantos, haciéndolos propios y convertirlos en elementos que respiran lentamente en su película, una puesta de largo que destila romanticismo, una love story de dos seres solitarios, que vagan por sus existencias sin saber que hacer ni adónde ir. Cine que nos devuelve el ímpetu de los buenos trabajos, que mezcla y fusiona géneros de diversa naturaleza, que continúan renovando el género fantástico y de terror, y sobre todo, incluyendo miradas personales y honestas y rompedoras que no sólo nos seducen y conmueven, sino que también ofrecen alternativas serias y huidizas al imperante y trasnochado género comercial que sigue en sus trece, con la idea fija e imperiosa de volatizar taquillas a base de traicionar ideas y géneros, abocándolos a otra cosa, a ideas que ya nada tiene que ver con el género, perdiendo completamente la identidad de un modo extremadamente superficial.

It Follows, de David Robert Mitchell

it_follows_36078LA AMENAZA INVISIBLE

La película arranca con un trepidante y enigmático prólogo donde vemos a una joven salir despavorida de su casa huyendo de algo, no sabemos qué. Su padre sale tras ella y la llama insistentemente, pero la chica sigue corriendo sin rumbo, cayéndose y volviéndose a levantar, vuelve a entrar en casa, y sale al momento, coge el coche y desaparece ante los gritos del padre. El siguiente plano vemos a la joven despedazada en una playa. De esta manera tan contundente y brutal empieza la segunda película de David Robert Mitchell (Michigan, 1974), después de su primer trabajo, El mito de la adolescencia (2010), que tuvo una excelente acogida en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, donde jugaba de forma admirable con elementos temporales, en un relato sobre el fin de la adolescencia.

Ahora se embarca en otra aventura, situada en el desolado y triste Detroit, ciudad donde el director pasó su infancia, y que recientemente servía como telón de fondo de las existencias de la pareja de vampiros de Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch-. Mitchell se centra en Jay, una chica de 19 años estudiante unviersitaria que vive en las afueras de Detroir, su vida da un giro radical cuando después de un encuentro sexual con un chico con el que sale, se verá sometida a una pesadilla psicológica y tenebrosa donde parece que no hay salida posible. Unos seres la siguen para matarla, personas que sólo ella ve, y por mucho que escape siempre aparecen, este donde este. Con la ayuda de unos amigos y su hermana pequeña, Yay afrontará con más fuerza esta amenaza terrorífica que la sigue. Mithell aborda la película desde una trama clásica, aunque se atreve con una mise en scène novedosa, toda la trama está construida a través de planos secuencia y el punto de vista subjetivo (con Hitchcock en el horizonte), que siguen incesantemente a la heroína a su maldito pesar.

La cinta logra una atmósfera recurriendo a una luz natural o con una iluminación mínima, dotando al relato de una fuerza y verosimilitudes admirables. Otro de los elementos que destacan es la mezcla de géneros, pasamos de una película de contenido social y crítico, donde parece una radiografía sobre los comportamientos de los jóvenes estadounidenses, luego a un relato donde el drama familiar parece imponerse, y todo fundido con la trama de terror que estructura toda la acción. Mitchell se apoya en elementos cotidianos para desarrollar un cuento de terror contemporáneo que asfixia y angustia a partes iguales, con unos jóvenes intérpretes que logran dar verosimilitud a sus inquietos personajes, destacando la joven Maika Monroe que encarna a la desdichada Jay, que consigue soportar el peso de la historia de forma ejemplar, quizás en el segundo tercio, el ritmo de la película decae y se vuelve algo reiterativa, pero el buen hacer del realizador estadounidense reconduce la situación y consigue mantener el interés hasta la parte final, cerrando la película de forma novedosa e interesante. Una cinta que bebe de diferentes fuentes aunque nos tendríamos que detener en el cine de terror que hizo furor en los 70 para encontrar sus referentes, los Carpenter, Kubrick, Cronenberg, Polanski, etc… planean de forma seductora en todo el aroma que desprende esta humilde, cotidiana y estupenda fábula de terror cotidiano.

Ex_Machina, de Alex Garland

exmachinaENTRE LA MÁQUINA Y LO HUMANO

En la novela Lágrimas en la lluvia (título que rinde homenaje a Blade Runner) de Rosa Montero, se pinta un futuro deshumanizado en el que conviven humanos y robots en (im) perfecta armonía, donde se aman y odian los unos a los otros. Tendencia similar reúne buena parte de la acción de Ex_Machina, que arranca con el personaje de Caleb, un joven informático que trabaja en una de las empresas de Internet más importantes del mundo,  y acaba de ganar un concurso que consiste en pasar una semana con Nathan, fundador y propietario de la compañía, en su lujosa mansión, perdida y aislada en una reserva natural. Allí, se encontrará inmerso en un mundo automatizado, sofisticado y controlado por fuertes medidas de seguridad, en el que se verá inmerso en un alucinado experimento: conocer y relacionarse con Ava, una “fembot” -cyborg con apariencia femenina-, en el que el joven protagonista tendrá que averiguar su “inteligencia artificial”, si la máquina/robot es capaz de pensar por sí misma. Alex Garland (Londres, 1970), guionista de Danny Boyle en títulos como 28 semanas después (2002) o Sunshine (2007), debuta tras las cámaras con esta fábula que homenajea a Frankenstein fabricando un excelente ejercicio de corte minimalista, en el que hace gala de una atmósfera inquietante y absorbente, en una trama repleta de trampas, máscaras, laberintos y pistas falsas, en un juego macabro e intrigante donde se desconoce a ciencia cierta quién es quién y que papel esta representando. El cineasta británico se basta de sólo tres personajes (el joven tímido y solitario de caza fácil, el gurú inteligente, elitista y con aires de prometeo, y una robot manipuladora y seductora con deseos de libertad) situados en un único escenario, un lugar por el que se mueven entre sombras y mentiras, en una cinta donde se mezcla de forma brillante la ciencia ficción, el terror y el triángulo amoroso. La cinta se aparta de las tribulaciones y pirotécnica de ciertas películas del género, para adentrarse en una trama centrada en la complejidad y los conflictos de la naturaleza humana y las relaciones que se desencadenan entre los distintos personajes, poniendo en tela de juicio las responsabilidades de crear seres y las situaciones que todo ello conlleva. Una obra que recupera el aroma de los clásicos, Metrópolis; 2001, una odisea en el espacio o la citada Blade Runner, y las películas de los años 70 que encumbraron la ciencia-ficción como THX 1138, La amenaza de Andrómeda, Solaris, Naves misteriosas, Almas de metal, El engendro mecánico o Alien… o  más recientes como Moon y Her… Cine del bueno, cine de género, pero cine reflexivo y profundamente filosófico, que ambienta sus guiones en las más avanzas tecnologías para entender el mundo que nos rodea y las cosas que nos ocurren, y forman parte de nuestras vidas.

 

Entrevista a Carlos Vermut y Bárbara Lennie

Entrevista a Carlos Vermut y Bárbara Lennie, director y actriz, respectivamente, de “Magical Girl», con Daniel Arrébola (www.apetececine.wordpress.com). El encuentro tuvo lugar el Martes 14 de octubre en Barcelona, en el quiosco de los músicos del Parque de la Ciutadella.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut y Bárbara Lennie, por su tiempo y sabiduría, a Manuel Palos de Avalon, por su paciencia y generosidad, y a Daniel Arrébola, compañero de fatigas en los pases, entrevistas y festivales, por su trabajo, compañerismo y complicidad.