Entrevista a Macu Machín

Entrevista a Macu Machín, directora de la película «La hojarasca», en el marco del D’A Film Festival en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 8 de abril de 2034.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Macu Machín, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hojarasca, de Macu Machín

TRES HERMANAS. 

“El arte es un medio para trascender la realidad y conectar con lo eterno”. 

Andréi Tarkovski

La apertura de una película es de capital importancia, porque deja constancia de los próximos compases del viaje que estamos a punto de iniciar. En La hojarasca, de Macu Machín (Las Palmas de Gran Canaria, 1975), arranca con Carmen recogiendo hojarasca/broza en uno de sus huertos, en silencio y con la cámara a una relativa distancia, observando pero sin ser invasiva, documentando un instante. Inmediatamente después, las otras dos hermanas, Elsa y Maura, vienen a lo lejos del camino entre el espesor de la bruma y la neblina, aproximándose a la cámara/nosotros, mientras en off escuchamos el cuento/encuentro trascendental de un antepasado de las mujeres con un cochino que les dejó unas tierras. Después de eso, aparece el título de la película. En muy pocos minutos, la película ha dejado clara sus líneas de exploración: estamos ante la historia de tres hermanas, muy diferentes entre sí, su reencuentro y sobre todo, el conflicto de las tierras y la herencia dichosa, y aún más, el relato se aposenta a través de los silencios y el entorno de la Isla de La Palma.

La ópera prima de la cineasta canaria, después de varios cortometrajes como Geometría del invierno (2006), El mar inmóvil (2017) o Quemar las naves (2018), entre otros, donde ha variado entre la observación y el metraje encontrado con la búsqueda de filmar lo real y lo trascendente en sus historias. En La hojarasca sigue esa línea marcada, donde la realidad y lo fantasmal se juntan en una cotidianidad natural y huyendo de lo arquetipo, componiendo una íntima sinfonía que se mueve a través de la cotidianidad de los quehaceres laborales, como recoger broza y almendras, y demás labores propias de la huerta, a través de las tres hermanas: Carmen, la que se ha quedado en las tierras familiares, Elsa, la hermana mayor que viene con Maura, que padece una enfermedad degenerativa. Tres mujeres, muy diferentes entre sí, que pasarán unos días juntas, donde se hablará, muy poco eso sí, porque no son personas de palabras, sino de miradas y gestos, los años del campo las han endurecido y las ha hecho muy hacia dentro. Tres almas compartiendo su pasado, los que estuvieron antes que ellas, el presente más inmediato y los días y las noches como actos repetitivos de la existencia más terrenal, en que el paisaje las rodea y describe sus huellas, las suyas y las de los que ya no están, donde el tiempo se desvanece y el paisaje va marcando el suyo. 

La película se nutre de una excelente factura visual con un equipo formado de extraordinarios profesionales como la pareja que forma la cinematografía como José Alayón, que tiene en su haber películas como La ciudad oculta, Blanco en Blanco y Eles transportan la morte, que también ha coproducido, y la búlgara Zhana Yordanova, en el que se erigen encuadres estáticos donde la vida y la muerte, lo real y lo trascendental se van mezclando de forma sutil, sin que nos demos cuenta, donde el documento, el western, el terror y lo social van emanando de forma pausada y concisa. La brutal música de Jonay Armas, que ya nos fijamos en su talento en sus trabajos con Alberto García, es un personaje más, con esos acordes que nos remiten al citado western y al género de lo sobrenatural en otros compases. El extraordinario sonido de un grande como Joaquín Pachón, con una filmografía de más de 60 títulos con cineastas como Isaki Lacuesta, Carla Subirana, Eloy Enciso y Rocío Mesa, entre otros, toma el pulso de todo la atmósfera entre lo cotidiano y lo inquietante por el que transita la historia, y el estupendo montaje del trío Emma Tusell, Manuel Muñoz Rivas y Ariadna Ribas, que consiguen en sólo 72 minutos de metraje un relato complejo, nada complaciente y lleno de miradas y gestos y más allá, donde todo parece envuelto en una espesa bruma sin tiempo ni lugar. 

Reivindicamos una productora como El Viaje Films, coproductora junto a la directora de la película, formada por el mencionado José Alayón y Marina Alberti, que sigue abanderando un cine de verdad, es decir, un cine que explore y profundice en las grietas del lenguaje y la forma, construyendo un imaginario diverso y encantador que es muy reconocido a nivel internacional, como han hecho con La hojarasca, el bellísimo y extraordinario debut de Macu Machín, una cineasta que ha sabido construir un universo que trasciende el tiempo, la memoria, el documento y el género mediante lo más cercano y natural, a partir de tres almas que se mueven entre lo terrenal y lo fantasmal, en las miradas, gestos y cuerpos de sus tías: Carmen y Elsa Machín y Maura Pérez, tres mujeres moviéndose en un presente que remite a otros tiempos y a esté, entre las brumas y las grietas del tiempo de los que antes nos precedieron con su legado y su memoria, y los que estamos aquí, con su legado y sus lugares que ahora pisamos y gestionamos nosotros. Una película sin tiempo ni lugar, como ya he comentado, de esas que hacían en el este allá por los sesenta y setenta, donde el paisaje iba formando la historia y las personas, como ocurría en películas como La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón y O que arde (2019), de Oliver Laxe, películas que tienen muchos lazos con la película de Machín, donde lo femenino es crucial, en esa eterna dicotomía entre el humano y entorno, memoria y presente, entre vida y muerte, donde real y lo trascendental es uno, con infinitas variaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hágase tu voluntad, de Adrián Silvestre

EL PADRE DEL CINEASTA.  

“La reconciliación es una decisión que se toma con el corazón”. 

Ingrid Betancourt

De las cuatro películas que he visto de Adrián Silvestre (Valencia, 1981), el retrato es el germen desde el que se van construyendo las historias. Con su debut Los objetos amorosos (2016), nos hablaba de desarraigo y amor en los cauces de la ficción. En sus dos siguientes largometrajes, el documental era el vehículo para contarnos sendos retratos sobre el universo trans, uno colectivo en Sedimentos (2021), en el que descubrimos a diferentes mujeres trans, con su historias e inquietudes, e individual en Mi vacío y yo (2022), en el que Raphi nos contaba en primera persona su vida y presente. Con Hágase tu voluntad, sin dejar el retrato, el cineasta valenciano hace una vuelta de tuerca en su cine, porque se refugia en su intimidad y nos habla en primera persona de él y su difícil relación con su padre Ricardo, al que lleva 23 años sin ver. Una película sobre un padre vividor, independiente y hedonista que se separó de su madre, se ennovió con una mujer que años después muere, y ahora, con más de setenta años, enfermo, solo y depresivo tiene la necesidad de volver a estar con sus hijos. 

La película va de frente y de la mano del propio cineasta que se abre en canal y nos retrata su relación con su padre, totalmente inexistente durante más de 20 años, y la intención de romper esa distancia y volver a hablar a su padre. Silvestre construye un íntimo y sensible viaje emocional que nos habla de pasado tortuoso y presente reconciliador, tratando temas muy complejos como la necesidad de recuperar al otro, las dificultades de los procesos de reconstruir vínculos personales y familiares, temas importantes como el derecho a morir dignamente y todo lo que genera en el entorno familiar como su madre, su hermana y el otro hermano mucho más reacio en la relación con el padre. La película se cuenta a través de un año más o menos, acorde con las visitas de Adrián, arrancando en verano con las fiestas de moros y cristianos, siguiendo en invierno con las navidades y después con la semana santa y demás. Un tiempo de diálogo, de recordar el pasado, la infancia, los que ya no están y demás cuestiones algunas demasiado dolorosas y oscuras. Silvestre, como nos tiene acostumbrados, no se regodea en la sensiblería ni nada que se le parezca, sino que confronta las diferentes emociones para compartirlas y sobre todo, mirarse frente a frente para contarse todo aquello que no se ha contado. 

La película tiene un brillante trabajo técnico empezando con la exquisita y cercana cinematografía de Lara Vilanova, en su primer trabajo con el director, después de sus trabados con Diana Toucedo, Alba Sotorra y Estibaliz Urresola, entre otras, en el que prevalece la naturalidad de los encuadres y esa distancia necesaria para que los diversos encuentros mantengan su delicadeza e importancia. Así como el gran trabajo de sonido firmado por Natxo Ortuzar, toda una institución con casi 80 trabajos entre los que destaca su trabajo con el fallecido Ventura Pons, estupendos documentales como Quinqui Stars y Descubriendo a José Padilla, y series recientes como La mesías y Mano de hierro, y Mafalda Alba, con películas tan esenciales como La maternal, y la música natural de Diego Pedragosa, bien acompañada por ese monumento como “Hosanna in Excelsis”, de Óscar Navarro González, que se escucha un par de veces, y el clásico de música festera “Ximo”, y el popular “Ramonet, si vas a l’hort…”, entre otros. Un magnífico montaje de Júlia R. Aymar, que conduce con ritmo y detalle todo el entramado emocional que explica en sus 98 minutos de metraje. 

La cuarta película de Adrián Silvestre es ya desde su especial título Hágase tu voluntad, un viaje de retorno, un viaje que nos propone mirar al otro, enterrar el pasado y reiniciarse de nuevo, dando y dándose otra oportunidad más, porque sí hay vida, hay otra posibilidad, donde el cine de Silvestre ha ido mucho más allá, desde su exposición porque el propio cineasta es el propio protagonista de su película junto a su padre Ricardo, que nos habla de lo que fuimos, de lo que somos, del eterno presente en el que existimos, de los errores del pasado y de las reconstrucciones en el presente, de cómo nos queremos, muchas veces muy mal, y de cómo se puede encontrar la forma de quererse o al menos, hablar para compartir y alejar el rencor y el dolor. Una película sencilla en su tono y atmósfera pero tremendamente compleja en todo lo que muestra y encierra en sí misma, dónde documento y cine se dan la mano, en el que el aparato cinematográfico también puede ser un elemento ideal para recrear la vida, la muerte y los sueños o lo que percibimos del más allá, porque el cine, como mencionaba Johan van der Keuken (1938-2001) en su excelente film Las vacaciones del cineasta (1974), es el único medio capaz de mostrar en un mismo plano la vida y la muerte, tal y como ocurre en Hágase su voluntad y su inolvidable final, donde todo ese reencuentro entre Adrián/Cineasta con su padre Ricardo tiene sentido en ese instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lucija Stojevic

Entrevista a Lucija Stojevic, directora de la película «Pepi Fandango», en la sede de la productora Noon Films en Barcelona, el martes 3 de septiembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucija Stojevic, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pepi Fandango, de Lucija Stojevic

MARCADO POR EL DOLOR. 

“Los primos sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre – vata, quiero – camelo, pan – manró, comer – jalar, cagar – jiñar, penas y duquelas. 

Pepi

Conocí el cine de Lucija Stojevic (Zagreb, Croacia, 1980), a través de La Chana (2016), su primera película en la que recuperaba la figura de la famosa bailaora, ahora olvidada, siguiéndola en su quehacer diario mediante una transparencia y naturalidad absorbentes, y recorriendo su vida artística y su memoria con imágenes de archivo. Una película de investigación y humanista que nos devolvía a alguien que el tiempo borró. Con Pepi Fandango, su segundo trabajo, vuelve a rastrear en el pasado y recupera la memoria de Peter Pérez, más conocido como Pepi, un vienés judío de 84 años, que durante niño estuvo preso durante la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración de Rivesaltes, al sur de Francia y su relación con el fandango, otra vez la música como leit motiv, que escuchaba a niños durante su estancia en el citado centro. 

La película se estructura a través de una película de carretera, o lo que es lo mismo, un western, donde el citado protagonista, con la compañía de su fiel amigo y músico Alfred, salen de Viena, pasan por Barcelona y llegan a Paterna de Rivera, al sur de Cádiz, donde se reencuentran con amigos y antiguos cantaores de fandango. Un trayecto físico y vital en el que vamos conociendo el dolor y el trauma que siempre han estado ahí, en el que Pepi ha luchado y convivido, en el que la música ha ayudado a vivir, revivir y sobrevivir, donde la película lo aborda con la poesía, sin entrar frontalmente ni ser evidente a la hora de explicar lo que sucede, si que lo hace proponiendo un interesante ejercicio de memoria, donde los recuerdos, las experiencias y el pasado se mezclan generando imágenes inconexas y complejas, con el magnífico uso del found footage, con las que se van reconstruyendo aquellos días en el campo de concentración y todo el trauma que arrastra el protagonista. El relato va sobre la vida, sobre cómo vivimos con los traumas, y lo hace desde el respeto y la honestidad sin tratar los temas de forma superficial ni nada que se le parezca, al contrario, su sensibilidad es digna de elogiar porque nos sumerge en el viaje físico de Pepi y su colega y también, en ese viaje emocional donde la psique y el alma se imponen en la historia. 

La segunda película de Lucija Stojevic tiene un gran trabajo técnico y arduo para estructurar una historia donde presente y pasado tienen mucho que ver y se debían contar a la par, donde todo encaja con la participación del respetable. Para la cinematografía, Stojevic vuelve a contar con Samuel Navarrete como hiciese en La Chana, en otro reto porque ahora la cosa iba de contar un diario-viaje en el presente y una abstracción en el pasado, y la mezcla funciona y logra, con la implicación del espectador, una simbiosis que casa de forma muy personal y emocional. Grandísimo trabajo de sonido de Diego Pedragosa, que ha trabajado con cineastas como Pau faus y Ventura Durall, entre otros, tanto en el documental como en ficción, y Laura Tomás Cascallo, en sonido adicional, y Andrés Bartos Amory en el diseño de sonido y también coproductor, junto a la directora, de la cinta, y el estupendo montaje de Mariona Solé, que tiene en su haber películas como El techo amarillo, de Isabel Coixet y Unicornios, de Àlex Lora, que maneja muy bien el tempo consiguiendo esa fusión entre realidad, sueño, trauma y pasado, en sus reposados 80 minutos de metraje. 

Una historia de estas características, en la que profundiza sobre el dolor y el trauma, era necesario algo de humor, una vis cómica que va saliendo a través de la peculiar relación de la pareja protagonista, Pepi y Alfred, una especie de Don Quijote y Sancho Panza, unos roles que se van intercambiando, eso sí, con ese aire vienés, tanto en su carácter como en su idioma, una especie de caballeros errantes o cowboys de aquel western crepuscular, donde los viajes siempre son de vuelta o quizás, son para que los monstruos dejen de molestar como es el caso de Pepi. Sólo les pido una última cosa, no vean Pepi Fandango como una película dura, que lo es, pero también es una película que habla de las cosas que hay que hablar, es decir, es sumamente liberador hablar de lo que nos duele, de los traumas que arrastramos, de aquel pasado que la vida se detuvo y todo lo que tenía sentido dejó de tenerlo, donde conocimos la maldad humana y estuvimos en el más absoluta de las oscuridades, solos y desamparados. Porque quizás recordar y enfrentar el dolor no sirva para que deje de atormentarnos, pero lo que es seguro es que dejaremos de sentirnos tan solos y al borde del abismo. Compartir nos ayudará a seguir. Por eso y cómo se muestra la enfermedad mental, gracias a Lucija y a todo su equipo por rescatar y contar la historia de Pepi. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Oskar Alegria

Entrevista a Oskar Alegria, director de la película «Zinzindurrunkarratz», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en la Plaça de les Caramelles en Barcelona, el domingo 19 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oskar Alegria, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación de L’Alternatina, por su trabajo, generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura García Pérez

Entrevista a Laura García Pérez, directora de la película «Sóc filla de ma mare», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el hall del CCCB en Barcelona, el miércoles 15 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura García Pérez, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carles Cases y Matías Boero Lutz

Entrevista a Carles Cases y Matías Boero Lutz, intérprete y actor de la película «Los intocables de Carles Cases», en el Café Salambó en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Cases y Matías Boero Lutz, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, a Alba Sala, y a Sylvie Leray de Reverso films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Boré Buika y Nansi Nsue

Entrevista a Boré Buika y Nansi Nsue, intérpretes de la película «Hate Songs», de Alejo Levis, en el marco del D’A Film Festival en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 8 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Boré Buika y Nansi Nsue, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Maria Oliva de Sideral Cinema, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hate Songs, de Alejo Levis

PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO. 

“He decidido apostar por el amor. El odio es una carga demasiada pesada”. 

Martin Luther King

El magnífico trabajo de Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972), a través de su productora Arcadia Motion Pictures, con la que ha producido más de 40 películas a cineastas de la talla de Pablo Berger, Rodrigo Sorogoyen, Claudia Llosa, Julio Medem y Enrique Urbizu, entre otros, a lo largo de dos décadas. Con Mundo Cero, el bilbaíno emprende una nueva aventura, con el ánimo de producir cine social, comprometido y humanista con la finalidad de impulsar un cambio social y recaudar fondos para apoyar el trabajo de las ONGs. La primera película que nace es Hate Songs, que se detiene en el genocidio de Ruanda que, entre abril y julio de 1994, el gobierno hegemónico hutu trató de exterminar a los tutsis, con una cifra de asesinados cercana al millón de tutsis, según las organizaciones internacionales. La película no lo hace desde la grandilocuencia y el discurso condescendiente, sino que se adentra en la emisora de radio, la RTML, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, en la que promulgaron el discurso del odio e incitaron a la población hutu a salir a las calles a exterminar tutsis, dando todo tipo de detalles de sus víctimas.  

Un único espacio, el estudio donde se ubicó la emisora, e inspirados por Musekeweya (Nuevo amanecer) que, desde 2003, utiliza la ficción radiofónica para ayudar a la reconciliación y al perdón entre los ruandeses. El director barcelonés Alejo Levis, del que conocíamos sus trabajos como montador y cinematógrafo para Eugenio Mira o el mencionado Cormenzana en Culpa (2022), y sus dos largos con Todo parecía perfecto (2014), producida por Arcadia, donde se adentraba en un extraño amor onírico, y No quiero perderte nunca (2017), que daba vueltas a las relaciones paterno-filiales desde el fantástico. Con Hate Songs continúa instalado en los relatos sencillos, con pocos personajes, intensos y situados en una localización. Porque todo eso es la película, a partir de un guion que firman Denise Duncan, vinculada al mundo teatral, Albert Val, del que hemos visto recientemente su trabajo en El maestro que prometió el mar, y el propio director, nos sitúan en la mencionada emisora en la que se esta llevando a cabo el ensayo de una ficción sobre el genocidio de Ruanda. Estamos en abril pero en el 2019, con Simon, un técnico y director belga, y Nansi Nsue y Ncuti, dos intérpretes ruandeses. El ensayo y el recuerdo de aquella infausta radio que alentó el odio y el asesinato, pronto destaparán muchos fantasmas, los de aquellos que perecieron en aquel tiempo de horror, y las tensiones entre los tres participantes, en el que parece que hay mucho que reparar todavía, y donde el perdón y la reconciliación están presentes, pero todavía requeiren de mucho trabajo. 

Tomando de inspiración la excelente Doce hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, y otras experiencias del gran director estadounidense, el relato lleno de tensión, con una atmósfera que se va cargando generando un aire irrespirable, con tres personajes que escenifican los tres elementos en conflicto: occidente, hutus y tutsis. Tres personajes que irán subidos en esta montaña rusa de emociones, sentimientos y tensiones, que irán cambiando el rol y su posición en ese trabajo que no va a resultar tan sencillo como parecía. La parte técnica ayuda a establecer los códigos de este entramado thriller psicológico que te agarra y no te suelta, con la participación de la debutante Lali Rubio en la cinematografía que, firma junto al director, un excelente trabajo de luz, apoyada en los rostros y los primerísimos planos, y los encuadres con el cristal de por medio, una gran idea que resalta las tremendas diferencias y sus respectivos roles cambiantes entre unos y otros. Otro debutante es el músico Asier Renteria, que impone una melodía que no se limita a acompañar, sino a sumergirse en las emociones complejas de los personajes, y el montaje, también de Levis, que en sus excelentes 82 minutos de metraje, nos lleva por un relato lleno de furia, de rencor, y también, de amor, memoria y reconciliación.

Con un trío de intérpretes maravillosos como Àlex Brendemühl, qué decir de uno de los actores más extraordinarios de nuestro cine, y de cualquier cine, siendo el técnico y el director belga, componiendo esa mirada hipócrita y cínica de occidente, con esa mirada condescendiente y oportunista del blanco. A su lado, Nansi Nsue, la actriz ecuatoguineana, que hemos visto en películas recién estrenadas como El salto, de Benito Zambrano, y de Clara Roquet, entre otros, hace de Stephanie, la actriz tutsi que recordará a los suyos, en un viaje al alma, a su memoria, y sobre todo, a la redención y al perdón que tanto ansía, aunque duela y mucho. Frente a ella, Boré Buika, mallorquín de ascendencia ecuatoguineana, que hemos visto en series de éxito como La mesías y Mar de plástico, entre otras, es el actor hutu, que también tendrá su viaje particular hacia el dolor, la reconciliación y la memoria. Tres intérpretes que no sólo transmiten verdad y emoción en sus diferentes personajes, sino que lo hacen mirándonos de frente, sin artificios ni estridencias ni nada que se le parezca, en unas composiciones difíciles, que demandan actitud, serenidad y aplomo, para no sólo viajar por la memoria, y las diferentes cargas y duelos personales, sino por la memoria de todo un país que hace casi 30 años se sumió en las más terrible de las oscuridades. 

Damos la bienvenida a la propuesta de la productora de Mundo Cero y su primera película Hate Songs, porque hace aquello que ha hecho grande el cine, en su espacio de conocer, recordar, y por ende, a no olvidar, a volver al terror de Ruanda, pero no desde la revancha sino desde la reconciliación, en un acto de memoria, tan necesario, aunque cueste tanto recordar, porque recordar significa volver al dolor, volver a aquello que nos hizo daño, y requiere valentía y coraje, porque recordar siempre es un acto difícil y muy doloroso, pero vital para seguir mirándonos los unos a los otros, perdonarse y sobre todo, perdonar a los otros, porque sino todo lo que se edifica en ese sentido nunca está del todo bien construido, porque está lleno de faltas, de pedazos inconclusos, de taras que no se han resuelto. Todo camino de perdón es complejo y oscuro, y por eso cuesta mucho empezar, pero es tremendamente necesario para uno mismo y para los demás, por la convivencia y el amor, tan faltos en este mundo donde impera el egoísmo, el silencio y dejar pasar el tiempo. Recuerden que nunca es tarde para pedir perdón, porque además de ser un acto muy generoso hacia el otro, es el acto más valiente que existe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA