Funan, de Denis Do

UNA MADRE FRENTE A LA BARBARIE.

“Durante muchos años he buscado una imagen perdida: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 por los Jemeres Rojos cuando gobernaban en Camboya. Por supuesto que una imagen por sí sola no puede ser la prueba de un genocidio, pero nos hace pensar, nos fuerza a meditar, a registrar la Historia. La he buscado en vano en archivos, en viejos papeles, en las aldeas de Camboya. Hoy lo sé: esta imagen debe estar perdida. Así que la he creado. Lo que les ofrezco no es la búsqueda de una imagen única si no la imagen de una búsqueda; la búsqueda que permite el cine“.

Rithy Panh

Si hay algún cineasta camboyano ha documentado el genocidio de los Jemeres Rojos ese no es otro que Rithy Panh (Phnom Penh, 1964) que vivió en sus carnes el horror de Pol Pot y los suyos, descargando todos sus recuerdos cuando fue capturado junto a su familia y llevado a los “campos de rehabilitación” alejado de los suyos. Con S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos (2003) llevó a los torturados a los centros donde se practicaban deleznables actividades, en La imagen perdida (2013) ante la imposibilidad de rescatar documentación sobre la cotidianidad en los campos de trabajo forzados, entre otras cosas porque no existen, inventó las imágenes con figuras de arcilla y dioramas, explicando tantas historias que vivió y escuchó de tantos represaliados por el régimen sangriento que asesinó cerca de 2 millones de personas, un tercio de la población camboyana.

Ante esa ausencia de imágenes de archivo, otra manera podría ser la animación, opción por la que ha optado Denis Do (París, 1985) que hace su puesta de largo mirando a sus orígenes camboyanos y explicando los relatos que le contó su madre, en una película que se centra en la vida de Chou, una mujer que vive en Phnom Penh, con su marido e hijo, cuando en abril de 1975 los Jemeres Rojos entran en la capital y después de hacerse con el poder, imponen un régimen de horror que consistió en llevar a las personas a campos agrícolas, donde se cultivaba principalmente arroz, y obligarlas a trabajar hasta la extenuación, separando a las familias y manteniéndolas en barracones insalubres y miserables. Do opta por una animación artesanal, construida a través del dibujo a mano y el 2D, creando un universo bello y horrible a la vez, a través de una forma y estética apabullante, en el que la película mira los pliegues del horror desde la intimidad, desde aquello que no vemos, desde los sentimientos más ocultos de los personajes, en el que seguimos a Chou y su familia y demás parientes, en su miserable periplo en diversos campos de trabajo forzado, la desintegración de la familia y todos los problemas a los deberán enfrentarse, resistiendo cómo pueden los embates del extenuante trabajo, escasísimo alimento y los asesinatos e injusticias morales que se cometían contra ellos.

El cineasta francés de origen camboyano muestra el horror sin mostrarlo, introduciendo el fuera de campo y las elipsis para los momentos horribles que viven los personajes, eso sí, nos muestra el antes y el después de esos acontecimientos horribles, y cómo afectan emocionalmente esas vivencias. El relato abarca los cuatro años que duró el régimen de Pol Pot, que acabó con la invasión de Vietnam en enero de 1979, caminando a buen ritmo y no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales, narrando esa cotidianidad miserable en la que resisten, viendo los cambios en sus cuerpos y sobretodo, en sus miradas, manteniendo algunos ese espíritu indomable que hace fuerte al personaje de la madre, que a pesar de estar separada de su único hijo, mantiene una valentía y una fuerza encomiables. Do mira hacia sus personajes, haciendo hincapié en las diferentes formas de reacción de los diferentes miembros de la familia ante los hechos que presencian, en las continuas posiciones alejadas entre ellos, las dificultades de algunos de supervivencia ante el horror diario, las diferentes formas de moral ante unos y otros que optan por acercarse a los guardianes para sobrevivir en mejores condiciones, o las ideas de fugas de unos pocos, con la idea de huir de ese maldito lugar.

Una película que recuerda a las no menos logradas cintas de animación que también exploran el pasado desde la honestidad y la crudeza de sus acontecimientos como ocurría en Persépolis (2007) de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, donde explicaban en forma de humor y tragedia la situación de una niña y luego mujer bajo el régimen de Homeini en Irán, o Vals con Bashir (2009) de Ari Folman, que narraba los duros acontecimientos de un grupo de soldados israelíes en la primera guerra del Líbano a comienzos de los ochenta, y la más reciente, Un día más con vida, del año pasado, dirigida por Raúl de la Fuente y Damian Nenow, donde seguía la cotidianidad del periodista Ryszard Kapuściński en la guerra de Angola en 1975. Todas ellas reconstrucciones históricas a través de los testimonios directos de las personas que lo vivieron, a partir de lo íntimo y lo personal en su forma de abordar la historia, dejando los grandes momentos en un segundo plano o simplemente como marco histórico.

Do ha construido una admirable y necesaria película sobre el horror, sobre el terrorismo de estado, sobre la barbarie, sobre la condición humana, tanto la más cruel como la más humanista, sobre la capacidad de supervivencia en situaciones límite, en espacios donde el calor abrasa, en que el estómago vacío nos deja sin aliento y vida, en que unos y otros avanzan en estos campos del horror, donde cultivaban los inabarcables campos agrícolas y donde nada de aquello iba para ellos, y sobreviviendo sin fuerzas, sin energía, dejándose llevar por ese horror instalado en el alma, en lo más profundo del ser, un cuerpo cadavérico, un cuerpo sin ilusión ni esperanza, que se mueve sin más, esperando lo inevitable, sobreviviendo un día más o un día menos, llegando al crepúsculo de una jornada sin fin, siguiendo remando en un río sin agua, pero creyendo que algún día habrá agua, volverá la vida, y reiremos después de tantos años que ni recuerdan, como siente la madre, con esa actitud férrea y sincera, como ese aire que le sopla su marido, ese mismo aire que sueña con volver a sentir sin rencor, sin miedo y libre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paloma Zapata

Entrevista a Paloma Zapata, directora de la película «Peret, yo soy la rumba», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 13 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paloma Zapata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Peret, yo soy la rumba, de Paloma Zapata

EL HOMBRE Y EL ARTISTA.

Fue a finales de los sesenta, más concretamente en 1968, cuando una canción arrasaba en cada sitio que se escuchaba, convirtiéndose en un éxito sin precedentes, la canción era “Borriquito”, y la cantaba y tocaba a la guitarra un tal Peret (1935-2014) acompañado de dos palmeros, su inconfundible estilo de guitarreo a ritmo del ventilador, el repiqueo de las palmas y una música nueva y diferente, nacida del rock de los cincuenta de Elvis Presley o Chuck Berry, los ritmos caribeños y el flamenco o música gitana, iba a convertirse en la década de los setenta la banda sonora para muchos, tanto propios y extraños. La directora Paloma Zapata (Murcia, 1979) después de Casamance: La banda sonora de un viaje (2016) un viaje por la música africana a través de Senegal, vuelve al género musical haciendo un recorrido por la vida del artista gitano Peret, desde los corrales de Mataró donde el artista nació en los albores de la Guerra Civil, pasando por la famosa calle de la Acera en el barrio del Raval de Barcelona, cuna de los gitanos, hasta recorrer medio mundo con sus rumbas, pasando por películas, éxitos y otros sinsabores que la vida le tenía guardados. Conoceremos a Pedro Pubill Calaf, al Peret más íntimo, más desconocido, más familiar y más sencillo, cuando era un niño que se ganaba la vida engañando en los mercadillos, o aquel que enamoraba a putas y chicas de Barcelona, o aquel otro que se ganaba unos duros divirtiendo a turistas alemanes en Lloret, o el que empezaba a asombrar a propios y extraños con su ritmo diferente y muy divertido. Del niño con penurias al artista consagrado, al desconocido, mitad gitano mitad payo, sus raíces, los suyos y otros que lo conocieron, lo trataron y lo amaron.

La directora murciana, afincada en Barcelona, mezcla varios tiempos y miradas para contarnos la vida de Peret. Desde el presente, a través de su familia, su mujer, sus hijos y sus nietas, en que nos hablan de la terrible vacío dejado por el músico, lo que se le añora y recuerda, hablándonos entre susurros de su intimidad, de aquel artista sin focos, sin luces, solo con los suyos en el ámbito doméstico, del hombre que había detrás o delante, del padre, del esposo, del patriarca que escuchaba, que hablaba con serenidad y el que ayuda a todos. También, desde el pasado, con imágenes de archivo donde vemos al Peret de niño, con sus primeras motocicletas, su caída que le arrastró una dolencia de por vida, sus primeras actuaciones cuando era uno más, sus grandes éxitos, su carisma como músico, como cantante, como virtuoso de la guitarra, que la utilizaba a modo de percusión, y sus letras que nos hablaban de alegría, tristeza, de amor, de los sinsabores de la vida. Canciones sentidas y propias que dibujaban un sentir muy íntimo de la vida, de aquellos duros años del franquismo y los otros, menos duros y más placenteros, donde la familia guardaba una parte de su gran corazón.

También, escucharemos a los músicos de su entorno, a aquellos que todavía quedan como el percusionista Petitet o la bailaora La Chana y otros músicos, arreglistas, productores, representantes que acompañaron a Peret en su periplo artístico, y por último, veremos unas ficciones que recorren algunos asuntos de la vida y milagros de Peret, filmados en un excelente blanco y negro y narrados por Andreu Buenafuente, al que se le asemeja la voz con el artista. Y claro, no podía faltar la banda sonora de la película, donde escucharemos las canciones más famosas de Peret y algunas de su primera etapa menos populares. La estructura de la película va hacia delante y hacia atrás, de un lado para otro, sin detenerse, con un ritmo acorde con las canciones rumberas de Peret, sin descanso, recorriendo su vida y todos aquellos que lo rodearon, o el momento cuando a principios de los ochenta, el artista decidió dejar su carrera musical exitosa y abrazar la fe de Dios haciendo pastor de una iglesia evangélica. Labor que se alargó hasta la década de los noventa en que el músico volvió a los ruedos musicales y volvió a su éxito, después vinieron los últimos éxitos, los homenajes, el reconocimiento de los más jóvenes y recién llegados, y finalmente, su enfermedad, su despedida y fallecimiento.

Zapata nos lleva en volandas de un espacio a otro y de un tiempo a otro, en sus 90 minutos frenéticos, donde hay tiempo para todo, para cantar, tocar la guitarra, palmear el ritmo, disfrutar de la vida y del éxito, pero también, hay tiempo para estar con los tuyos, para mirar atrás, para acordarse de aquellos que ya no están, o para recogerte en tu interior y ver el camino recorrido y todo lo hecho hasta ahora, sin rencores ni tristezas, sino viendo todo lo vivido y dejado, todos aquellos que conocisteis y todos aquellos que te auparon. La película tiene ese aroma de reivindicación, de devolver a una figura la importante de su tiempo y su legado a los nuevos tiempos, mismo proyecto que hicieron con la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015) de Joan Capdevila y David Casademunt, que rescataba del olvido al famoso grupo rumbero de Barcelona, o las recientes La Chana (2016) de Lucija Stojevic y Petitet (2018) de Carles Bosch, éstas dos últimas, junto a Peret, yo soy la rumba, podrían ser una especie de trilogía sobre figuras de la música gitana que revolucionaron la escena musical a través de lo más profundo del alma. Una película biográfica de uno de los artistas más grandes de la música gitana o rumbera, alguien que nunca abandonó sus raíces, a pesar de todo lo que le vino encima, que recoge lo mejor y lo peor de una época oscura, en la que quizás cantar y bailar era el mejor refugio para olvidar las tristezas de una realidad demasiado negra y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Óscar Catacora

Entrevista a Óscar Catacora, director de la película «Wiñaypacha», en los Cines Verdi en Barcelona, el viernes 30 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Catacora, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Àlex Tovar de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Con el viento, de Meritxell Colell

MÓNICA Y SU FAMILIA.

La película se abre de forma abstracta y ambigua, en la que vemos a Mónica ensayar una coreografía que la hace ir y venir con movimientos rápidos y bruscos, donde su respiración se mezcla con sus agitaciones corporales. Corte a Mónica caminando de forma agitada por las calles de Buenos Aires con una cámara que se mantiene muy cerca, encima de ella, donde los planos nerviosos y rápidos se amontonan uno tras otro. Sigue a una cena entre amigos distendida. Suena el teléfono, Mónica lo coge, y su hermana Elena le comunica que el padre se está muriendo. Mónica, sin dudarlo un instante, emprende viaje a un pequeño pueblo de Burgos a reunirse con su familia y sus raíces. La puesta de largo de Meritxell Colell (Barcelona, 1983) es una película ambientada en el mundo rural, donde Mónica se reencontrará, no solo con la familia que dejó hace años para convertirse en una bailarina reputada, sino también con sus raíces, aquellos espacios y objetos que formaron parte de su infancia, un tiempo alejado, extraño, como si otro lo hubiese vivido, como si nunca hubiera existido. Mónica es una extraña en ese lugar, alguien que ha perdido el vínculo con esos espacios rurales, con esa casa fría, y con esa forma de vida ancestral que el tiempo está borrando. La muerte del padre y la idea de vender la casa, contribuirán que la relación de Mónica con su familia adquiere elementos diferentes, porque todo ese mundo que le rodea ha comenzado su epílogo, su despedida, casi sin tiempo para volver a relacionarse con la tierra, la casa, su madre y los demás, con ese viento fiel y violento que acompaña  esa atmósfera de silencios y soledad.

La cineasta barcelonesa de raíces burgalesas, hecha la mirada atrás, a su propia infancia, no obstante dedica la película a sus abuelos, para contarnos una herida, una ruptura entre Mónica y su familia, un hilo roto entre el tiempo ausente de Mónica y el tiempo vivido entre esas cuatro paredes cuando Elena, su hermana, y Berta, su sobrina, se hicieron cargo de un padre enfermo. Un tiempo que Mónica, con los días de inviernos que pasa junto a su madre y sus raíces, y las visitas de la hermana y sobrina, tendrá que aproximarse a él desde la quietud, desde lo más profundo de su alma, en silencio, expresando con su cuerpo y su baile, todo aquello que no se puede expresar en palabras, porque no se encuentran o no existen. Colell apoya su relato en el rostro y el cuerpo de Mónica, arrancando con una forma nerviosa y enérgica, de planos cortos y rápidos, una dramaturgia que irá dejando paso a planos secuencia más largos, donde la cámara dejará de ser testigo inmediato para convertirse en observador paciente y certero, convirtiendo este drama femenino de cuatro voces, íntimo y muy personal, en una disección profunda y sobria sobre la condición humana y sobre la (re) construcción de los lazos familiares.

La cinta fusiona de forma natural y magnífica dos mundos, uno vivo y enfrentado, con  las relaciones difíciles y calladas entre las hermanas, en las que existe todo un mundo de separación, y la madre y sobrina, y otro mundo, aquel que de forma antropológica nos retrata esa vida que se extingue, que desaparece, que muere junto al abuelo fallecido y con la venta de la casa familiar, como el toque de campanas a muerto, lavarse el pelo con cazos, recoger patatas, cortar y apilar leña, plantar cebolletas, o toda una serie de objetos que pertenecen a otro tiempo, otro instante que albergó esa casa, como la máquina de hacer chorizos, los arreos propios del trabajo con el trigo o las albarcas, que cómo bien dice la abuela, de poco sirven en la capital. Una relación íntima y personal con unos objetos que ya dejaron de existir, que tuvieron su tiempo, y ahora se encuentran amontonados y llenos de polvo, objetos que las nuevas generaciones como la nieta quiere conservarlos, mientras la abuela quiere desprenderse de ellos, porque sabe que su tiempo de utilidad dejó de tener vida.

Colell ha hecho una película hermosísima y llena de detalles, en la que cimenta este  pequeño y cercano universo de forma natural y concisa, mirándolo de forma honesta e íntima, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, ya desde la ausencia de música extradiegética, sólo algunos temas, pocos, un viejo bolero o algún que otro tema clásico que acompaña a las danzas, una de Pina Bausch y otra, que sólo escucharemos. Los sonidos que escuchamos son aquellos propios de la naturaleza y domésticos, y los pocos diálogos que tiene la película, consiguiendo de esa forma ese entramado emocional de miradas, gestos y detalles por los que camina la película, en un tempo cinematográfico que irá, a medida que avanza el metraje, adquiriendo ese poso reposado, sin prisas, y sin pausa, donde la directora va cociendo a fuego lento la telaraña de relaciones y vínculos familiares que se van tejiendo a poca luz y con paciencia. La magnífica luz que nos atrapa en esa atmósfera sensible y violenta emocionalmente hablando, obra de Julián Elizalde (que también estuvo en Penélope o Las distancias, películas de reencuentros y roturas emocionales entre familia o amigos) y Aurélie Py, consiguen acercarnos de forma sencilla a ese universo de desayunos tranquilos, de partidas a la brisca, o de noches de deseos, donde los habitantes son parcos en palabras y más en gestos.

El extraordinario montaje de Ana Pfaff (imprescindible su mirada en este tipo de relatos íntimos, cargados de profundidad emocional, donde el detalle adquiere una dimensión muy profunda) contribuye a tejer con sensibilidad todo el entramado visual y emocional que arroja la película, construyendo de forma íntima toda la poesía y vida que respira el relato, conmoviéndonos desde lo más profundo, desde aquello que sentimos, donde se tejen con delicadeza los vínculos que nos hacen pertenecer a una tierra, su olor, su viento, su nieve y su aire. Una película que se mira en el neorrealismo en su forma de narrar una vida que desparece y trazar una realidad emocional difícil con múltiples detalles, o el cine de Antonioni en la relación de los personajes con el espacio, o el cine de Saura, en los tejidos familiares y el pasado como forma de entendernos y seguir caminando, donde tendría su más cercana mirada en Elisa, vida mía, donde una hija regresa a la casa del padre envuelta en recuerdos, miedos y relaciones rotas.

El fantástico cuarteto protagonista nos acerca, sin construcciones complejas, a todo ese universo de relaciones difíciles y soterradas que anidan en esa casa y entre las mujeres, empezando por Mónica García, brillante bailarina y coreógrafa,  que debuta en el cine con un personaje complicado, pero que sabe sacar adelante con brillantez, fusionando con matices todo lo que le une y separa con su tierra y los suyos, a su lado, Concha Canal, la maravillosa abuela en su primera incursión en el cine, con su maravillosa naturalidad y belleza que encarna a la tierra y a ese tiempo extinguido, con frases maravillosas como: “El frío nos conserva a todos”, “No te enteras de la fiesta” o “La brisca, mujer. Es más bonito”. A su lado, Elena Martín como esa nieta que no sabe qué hacer con su vida, si quedarse o marcharse fuera, y finalmente, Ana Fernández como Elena, la hermana mayor que ha tenido que hacerse cargo de sus padres con resignación y cariño. Cuatro mujeres, cuatro formas de entender y relacionarse con la tierra y sus raíces, que tejen en silencio y soledad todo aquello que les alegre y entristece, todo aquello que no se ve, todo aquel pasado y presente que vive y respira en esa casa, en esa tierra, en ese frío, y en ese viento.


<p><a href=»https://vimeo.com/290329355″>Trailer CON EL VIENTO (Meritxell Colell, 2018)</a> from <a href=»https://vimeo.com/numax»>NUMAX</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Eva Vila

Entrevista a Eva Vila, directora de la película «Penélope». El encuentro tuvo lugar el miércoles 5 de septiembre de 2018 en el hall del Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eva Vila, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Penélope, de Eva Vila

MIENTRAS LA MUJER ESPERA.

Una mujer casi centenaria entra en cuadro, la estancia está casi a oscuras, entre sombras, observamos a la mujer abrir una de las ventanas de par en par, la leve luz de un amanecer nublado iluminada casi a hurtadillas el comedor. La mujer se queda un instante mirando a través de la ventana. Fuera, la quietud y el silencio son aplastantes, como si el tiempo se hubiera detenido en ese lugar, con la firme intención de dejar de avanzar más. Con la premisa de la Odisea, de Homero, la película reconstruye el mito y lo reinterpreta trasladándolo al tiempo contemporáneo, ubicándolo en Santa Maria d’Oló (en la comarca del Moianès) un pequeño pueblo en el corazón de Cataluña, situado entre montañas, en el que el foco del relato ya no es el trayecto de Ulises regresando a esta Ítaca moderna, sino que la mirada de la historia se focaliza en Penélope, una modista casi en la centena que recibe el nombre de Carme Tarté Vilardell, que a diferencia del relato no solamente espera, sino que sigue con su vida mientras espera, situándose en el centro del relato.

La directora Eva Vila (Barcelona, 1975) enfocó sus dos primeros largos en la música, una de sus grandes pasiones, en Bside  (2010) recorrió Barcelona filmando a los músicos entre bambalinas, explorando sus procesos creativos cuando se apagaban las luces, en Bajarí (2014) se centró en los barrios gitanos de Barcelona y todos aquellos incipientes artistas flamencos que continuaban con el legado de la inmortal bailaora Carmen Amaya. En su tercer trabajo, Vila se ha trasladado a la tierra de su abuela, y ha construido un relato preciosista, extremadamente intimista y sensible sobre la generación de su abuela, mujeres resistentes, duras y demasiado acostumbradas al desaliento y la tristeza, pero no por eso, mujeres amilanas y cobardes, sino todo lo contrario, una estirpe de mujeres valientes, trabajadoras e independientes, que han hecho de la ausencia su mejor valor humano, un espacio en el que seguir hacia adelante a pesar de esas ausencias físicas y emocionales, a pesar de que el tiempo y sus circunstancias las trataron de manera adversa y hostil.

Vila ha cimentado una película híbrida a medio camino entre el documento y la ficción, entre la realidad y el sueño, entre el mito y la historia, a través de un guión escrito por el escritor Pep Puig y la propia Vila, a través de una luz velada e intimista obra de Julián Elizalde, y la construcción del sonido que absorbe y transmuta en todo el espacio, obra de dos de las mejores del ramo como Eva Valiño y Amanda Villavieja, con un montaje sereno y audaz obra de Diana Toucedo y la propia directora, con la especial y acogedora voz de Anna Subirana que nos va narrando momentos de la Odisea donde hacen mención a Penélope y su situación y circunstancias. Vila logra con pocos elementos una película sencilla y tremendamente conmovedora, filmando las prominentes y amenazadoras montañas de Montserrat, mirando esos paisajes desde lo más alto, como si fuesen las grietas del tiempo que se han instalado no sólo en esa Ítaca imaginaria, sino también en las diferentes pieles de esas ancianas que han vivido tanto, y sobre todo, han visto tanto.

La cámara se mueve entre esas huellas del tiempo, tanto físico como emocional, entre las sombras y las luces de un tiempo que se extingue, de un tiempo que deja paso a otro, de ese tiempo que devuelve a Ulises encarnado por Marc Clotet Sala, con esa barba blanca frondosa y esa mirada ajena y triste, un hombre que ya no se reconoce a sí mismo, ni a su pueblo, un hombre convertido en extranjero después de treinta años de ausencia, un hombre que no es reconocido por Penélope, ni por nadie, que llama y no recibe respuesta, que vaga como un fantasma perdido y sin cobijo (como le ocurría a Robert Mitchum en Hombres errantes, de Ray). Vila se mira en ese espejo en el que maestros como Erice, Saura o Patino, siguieron a personajes que volvían a sus orígenes, y que sólo se reconocían en el pasado, cuando eran niños, como un lugar donde imposiblemente pueden volver, un lugar mágico, un lugar para soñar, un lugar del que por muchos años que transcurran, siempre será igual y al que siempre querrán volver, porque ya no se reconocen en nadie ni en ningún otro lugar.

Vila ha salido airosa de tamaña empresa, de rehacer y reconstruir el espíritu del mito, reinterpretándolo de manera contemporánea, donde la mujer y su imagen se erigen las protagonistas absolutos del relato, sacando del pozo del olvido a tantas mujeres que siguieron en la lucha, en la batalla diaria, trabajando, tejiendo y descosiendo, tantas y tantas veces, esperando a ese alguien ausente que tardó en volver, o en algunos casos, jamás volvió, pero ellas siguieron levantándose cada día para seguir con su labor, faenando para que esa ausencia triste se convirtiese en un ausencia donde ellas tomaban el mando del hogar y hacían y deshacían según su conveniencia. La Penélope de Vila, ahora llamada Carme Tardé Vilardell, sigue en pie, con su Singer a toda marcha cosiendo y cosiendo, abriendo la ventana al amanecer y cerrando cuando se hace de noche, escuchando la radio mientras pedalea en su máquina de coser, jugando a las cartas con sus amistades, o manteniéndose calmada cuando necesita esa ayuda del exterior, sin perder su sentido del humor, alegre y combativo, porque mientras regresa o no Ulises, la vida continua en el pequeño pueblo, porque el tiempo nunca se detiene, siempre continua hacia adelante, sin prisas ni sin pausa, un tiempo que lo cambia todo, el paisaje, los rostros y la memoria de propios y extraños.

Miss Dalí, de Ventura Pons

DALÍ POR ANNA MARIA.

La trayectoria de Ventura Pons (Barcelona, 1945) recuerda a otros tiempos, a aquellos cineastas clásicos que no cesaban de rodar películas, ya que su filmografía en la que suma ya la friolera de 31 títulos, una carrera que arrancó hace más de cuatro décadas, en 1977 con el documental Ocaña, retrat intermitent, después de haber dirigido una veintena de obras de teatro. Después de una primera parte digamos localista, dedicada a comedias más o menos dulces o trágicas, entre las que destacarían El vicari d’Olot, La rossa del bar o Puta miseria!. A partir de 1994 con El perquè de tot plegat, basada en una novela de Quim Monzó, su cine cambia de rumbo y adquiere una notoriedad internacional y filmando siempre en catalán (a excepción de algún título en inglés) llega a un público más amplio, que en sucesivas películas, basadas en novelas o obras de teatro de autores contemporáneos interesantes de la talla de Benet i Jornet, Belbel, Baulenas o Torrent, en las que rueda una peli anual, incluso un par, entre las que podríamos destacar, Actrius, Amic/Amat, Animals ferits o Amor idiota, y también algunos documentales que repasa figuras de la cultura catalana que mantuvieron una gran amistad con el cineasta.

Su película número 31 captura la figura peculiar, controvertida y singular de Salvador Dalí (1904-1989) uno de los pintores más importantes del siglo XX, pero no lo hace a través de su figura, sino a través de la mirada de su hermana Anna Maria, tres años menor que él, y su primera musa. Pons plantea una película sumamente atractiva y fascinante, en la que arranca con la visita de Maggie, una antigua amiga inglesa de la hermana a Cadaqués, en la que las dos señoras octogenarias mantendrán una conversación larguísima en la que se repasaran la vida y milagros de los Dalí, desde aquellos años de esplendor en la España republicana donde la familia y los hermanos se avenían, con las visitas de Lorca en aquellos veranos donde el sol bañaba los campos, las playas y la luz estallaba de alegría y las noches nunca se acababan, pasando la guerra, el distanciamiento de los hermanos que duró cuarenta años, el éxito de Salvador y demás. El cineasta barcelonés da buena cuenta de casi ochenta años en la familia Dalí, convertida en una tragedia griega, donde las risas y las alegrías de los inicios dan paso a la tristeza y el dolor, cuando el pintor alcanzará su extraordinario éxito mundial con su arte y se casará con Gala.

Pons construye una película centrada en la familia, en las relaciones tormentosas y en la amistad y el amor de dos hermanos que el tiempo y las diferentes miradas distanció en una relación irreconciliable. La película destila humanidad y sencillez, en la que destaca Cadaqués, el lugar neurálgico de la vida de los Dalí, esa Arcadia feliz de los primeros años, ese lugar donde volver, donde siempre ser niños, donde el tiempo parecía detenido, y donde su fuerte tramuntana parecía volver locos a todos, en el que la vida tenía sentido, y donde los recuerdos y la memoria permanecía intacta y bella, como si el tiempo fuera incapaz de borrarlos, como si no pudiese ejercer su inquebrantable destino sobre ese lugar donde los sueños se hacían realidad y la vida parecía vida y nada más. El director catalán desestructura su película con idas y venidas en el tiempo, como se va recordando, como mencionaba García Márquez, en los que Anna Maria nos cuenta y no susurra describiendo aquellos años, donde vemos crecer a Salvador, sus pinturas (que por cierto, no veremos ningún cuadro durante el metraje) sus relaciones, los amores frustrados, su codicia, su éxito, y todos aquellos que pululaban en su entorno, unos con buenas intenciones, y otros, no tanto.

Una vida contada en la que hay alegrías y tristezas, risas y dolor, en el que la familia se ubica en el pilar de Salvador y su hermana, y el éxito y otras personas separó irremediablemente,  pero que Pons no toma partido por ningún personaje, ni tampoco juzga, cuenta su versión, los hechos que unos y otros explican, donde Anna Maria se encuentra en el centro de la tragedia familiar, porque en este tipo de casos todos tienen su responsabilidad, ya sea de manera consciente o no. Un reparto muy extenso y con gran oficio entre los que destacan Siân Phillips y Clarie Bloom, dos excelentes actrices británicas, de grandísima trayectoria, que interpretan en inglés, a Anna Maria y su amiga Maggie, la estupenda presencia de Josep Maria Pou como el patriarca de los Dalí,  el fantástico y enérgico Joan Carreras como Dalí, los debutantes Eulàlia Ballart y Jose Carmona como la Anna Maria joven y Lorca sacan cum laude en sus respectivas interpretaciones, y después, como es habitual en el cine de Pons, una buena representación de la escena catalana con los siempre efectivos y naturales Marta Angelat, Vicky Peña, Joan Pera, Mercè Pons, Joan Crosas, Carme Sansa, etc…

Pons ha construido una película bellísima y encantadora, quizás una de las mejores de su extensa filmografía, que en ningún momento notamos su largo metraje (165 minutos) porque todo sucede de manera pausada y bien definida y acomodada, donde cada personaje adquiere su protagonismo, donde las cosas se van contando de manera que se recuerdan, donde viajamos por diferentes países y continentes, donde todo sucede como si estuviéramos soñando, en algunas ocasiones, y en otras, como si la realidad se convirtiese en un azote maligno, donde hay luz y tinieblas, en el que somos testigos de la existencia y la vida de una familia a lo largo del convulso y cambiante siglo XX, a través de la vida y las relaciones convulsas de una saga de puertas adentro, cuando nadie ve y lo de fuera queda lejos, cuando las cosas se dicen a la cara, y donde las verdades y mentiras salen a relucir, cuando cada persona manifiesta sus sentimientos y las emociones se imponen, cuando el tiempo y la distancia ocurre en un abrir de ojos o un abismo los separa y se pierden en el tiempo que no volverá jamás.


<p><a href=»https://vimeo.com/251932302″>MISS DAL&Iacute; TRAILER ESP</a> from <a href=»https://vimeo.com/user9396362″>Els Films de la Rambla</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Marcela Zamora Chamorro

Entrevista a Marcela Zamora Chamorro, directora de «Los ofendidos», en el marco del DocsBarcelona. El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de mayo de 2017 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcela Zamora Chamorro, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño.

Entrevista a Carmen Machi, Asier Etxeandía y Marina Seresesky

Entrevista a Carmen Machi, Asier Etxeandía y Marina Seresesky, intérpretes y directora de «La puerta abierta». El encuentro tuvo lugar el lunes 29 de agosto de 2016, en una de las salas de los Cines Boliche de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carmen Machi, Asier Etxeandía y Marina Seresesky, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Javier Giner de Prensa, por su paciencia, amabilidad, y cariño, y a un compañero de los pases, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.