Puan, de María Alché y Benjamín Naishat

LAS RAZONES DE MI INEXISTENCIA. 

“El único conocimiento verdadero es saber que no sabes nada”.

Sócrates 

El cine debería ser un reflejo de la situación política y social de los tiempos que nos han tocado vivir, o al menos, el buen cine. Pienso en ese cine que mira a su alrededor y nos explica historias sobre personajes que hacen cosas como nosotros, que sobreviven a duras penas en una realidad muy hostil, incluso violenta, que no les ayuda a ser ellos mismos y sobre todo, a vivir digna y honestamente. La película Puan es ese cine. Porque es una película que nace por muchos motivos. El primero sería el más claro y evidente, el de reivindicar la enseñanza pública frente a esos burócratas elitistas que nunca la conocieron, luego, porque el tema a tratar es la filosofía, la rama educativa más dañada y violentada por esos mismos que se hacen llamar demócratas y en realidad, sólo son un esbirros de lo privado y sus triquiñuelas ilegales. Ante este panorama, la película nos muestra una serie de vidas en continua precariedad, que deben hacer miles de trabajitos para llegar, y sobre todo, para seguir haciendo lo que aman, a pesar de todos aquellos políticos que defienden lo contrario. 

Puan nace como reivindicación a las políticas fascistas de un tipo como Milei, el nuevo mesías derechista que venderá su país al mejor postor. De su pareja de directores tenía algunas referencias. María Alché (Buenos Aires, Argentina, 1983), que empezó como actriz en La niña santa, de Lucrecia Martel, hace 20 años, y trabajó en otras películas, e hizo cortos y dirigió una cinta en solitario, Familia sumergida (2018), un drama protagonizado por Mercedes Morán. De Benjamín Naishat (Buenos Aires, Argentina, 1986), director de tres títulos, entre el que conozco Rojo (2018), un thriller político en los albores de la dictadura argentina con unos formidables Darío Grandinetti y Alfredo Castro. Con Puan, nos sitúan en la famosa calle homónima del barrio Caballito, centro neurálgico de la capital, donde en el número 480 encontramos la Facultad de Filosofía y Letras, centro de lucha reivindicativa y resistencia por antonomasia. La trama es sencilla y muy intensa, muy reflexiva y tremendamente física, y está protagonizada por Marcelo Pena, uno de esos profesores tímidos, academicistas y llenos de dudas y miedos, a la sombra siempre de alguien, de su mujer, luchadora y resistente, y de su mentor, que acaba de morir. La muerte provoca un vacío que coloca a Pena en un disyuntiva, no sólo profesional sino también existencial. La cosa se pone más dura con la aparición de su némesis, el tal Rafael Sujarchuk, un profesor con don de gentes, apasionado, con trayectoria internacional, un hombre de mundo y renovador, que además también opta a la cátedra como Pena. 

Como mencionaba Azcona aquello que: “La comedia es el mejor invento para soportar la realidad triste y gris”. Alché y Naishat optan por mirar esa realidad difícil de profes que no cobran y cuando lo hacen no les llega para vivir, donde Pena debe hacer unas cuántas actividades para sacar dinero extra. Una universidad en dificultades económicas y un país en estado de inquietud constante. La comedia alivia tanto desastre social, una comedia punzante, corrosiva, muy divertida, y a veces, tremendamente negrísima, en la que seguimos las andanzas de Pena, un personaje quijotesco y nada atrayente, pero dentro de su torpeza y su desorientación, encontramos a un hombre que ama su trabajo, que debe reivindicarse, aunque le cueste, y hacerse fuerte ahora que su puesto se ve seriamente amenazado por los nuevos vientos. Una historia directa, sincera y nada artificial, con la luz de una grande como la cinematógrafa Hélène Louvert, que ya estuvo en Familia sumergida, amén de grandes como Varda, Denis, Doillon, Klotz, Rohrwacher, entre otros. Su luz es cotidiana, íntima y acogedora, donde se mezcla con astucia la realidad dura con la comedia más irreverente. 

La excelente música de Santiago Dolan, con ese aroma de comedia italiana a lo Monicelli, De Sica y Risi, en que la música no sólo sirve para explicar, sino para mirar hacia dentro de los personajes y las situaciones que viven. En el mismo tono se encuentra el montaje que firma la brasileña Livia Serpa, otra reclutada de Familia Sumergida, donde prima el caleidoscópico de la trama, con mucho movimiento y diferentes espacios, donde abundan lo acotado y lo mínimo, para aumentar el acoso físico y mental en el que se encuentra el omnipresente protagonista Marcelo Pena. Un gran actor como Marcelo Subiotto, en su primer protagonista, que también estaba en Familia sumergida, bien acompañado, y también sufrido, por un profe más moderno y más diferente en todo como Leonardo Sbaraglia en su papel de Rafael Sujarchuk, todo un lince en ese mundo de profes carcas con olor a naftalina. Y otros intérpretes importantes como Mara Bestelli y Andrea Frigerio, que vimos en Rojo, y demás actrices, con oficio y experiencia como Julieta Zylberger, Alejandra Flechner, Cristina Banegas, entre otros, forman un reparto que transmite transparencia y naturalidad. 

No dejen escapar una película como Puan, de María Alché y Benjamín Naishat, porque les hará pasar un rato divertido, pero no el de risa fácil, sin más, no, aquí hay mucho que rascar, porque se habla de cosas importantes pero sin ser trascendentes ni mucho menos, aburridos. Los directores argentinos se lo montan estupendamente, porque nos hablan de temas importantísimos como la enseñanza pública, la filosofía como herramienta indispensable para resistir ante una sociedad sin valores y obsesionada con la apariencia y el materialismo. Películas como Puan son muy reconfortantes y llenas de valores y muchas más cosas. Agradecemos que existan porque su financiación no ha resultada nada sencilla, ya que encontramos hasta cinco países envueltos en su producción, y eso, aún la hace más fundamental, por su arrojo y su valentía para hablar de temas, que históricamente han sido demasiado profundos y alejados de todos, y ellos los hacen cercanos y cotidianos, y le ponen ese punto de comedia tan de verdad y tan zavattiniana y azconiana, de las que nos han de la “realidad” y sus cosas, sus tristezas y esperanzas de gentes que viven en nuestra misma calle o en la calle de atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Perfect Days, de Wim Wenders

CUENTO DE TOKIO. 

“Por mucho que sea típicamente japonés, este cine es, al mismo tiempo, universal. Yo he reconocido a todas las familias del mundo entero, y también a mis padres, a mi hermano y a mí mismo. Para mí, el cine nunca había estado, ni antes ni después, tan cerca de su esencia y de su objetivo: ofrecer una imagen del hombre de nuestro siglo… Una imagen útil, verdadera y válida con la que identificarse, pero, sobre todo, desde la cual se puede aprender algo de uno mismo”.

Wim Wenders en Tokio-Ga (1985) sobre el cine de Yasujiro Ozu

La relación de Wim Wenders (Düsseldorf, República Federal Alemania, 1945), con Yasujiro Ozu (1903-1963), se inició cuando el director alemán vio en New York algunas de las películas del maestro japonés, sobre todo, Cuentos de Tokio (1953), que un día llegó a ver tres veces seguidas. A partir de ese momento la figura de Ozu siempre estuvo ligada a la forma de mirar y hacer su cine. En 1985 rindió homenaje al cineasta japonés en la mencionada Tokio-Ga, magnífico documento en el que retrataba las huellas y los restos del cine de Ozu que quedaban en la citada ciudad. Así como, estupendos testimonios de algunos de los colaboradores más estrechos del cineasta. Un país al que volvió cuatro años más tarde para hacer Notebook on Cities and Clothes, otro documento sobre el diseñador japonés Yohji Yamamoto. Wenders y Tokio eran un destino que más tarde o temprano iban a volver unir sus caminos, así que una película como Perfect Days no debería sorprendernos, sino todo lo contrario, es una película, no esperada, pero sí que muy bienvenida, porque Wenders ha vuelto a mirar Japón como solía mirar en su cine que tanto reconocimiento le ha dado. 

La película está magnetizada por el espíritu de Ozu, en su eterno tema entre la lucha entre padres e hijos, o lo que es lo mismo, entre lo tradicional y la occidentalización del país, y las secuelas enormes que dejó la Segunda Guerra Mundial. Hirayama podría estar en una de las obras del japonés, porque es una persona sencilla dentro de una historia sencilla, que sigue su quehacer diario y poco más. De su protagonista, Hirayama sabemos muy poco, que pasa de los sesenta, que vive en un apartamento pequeño, y poco más. Su rutina diaria consiste en limpiar los baños públicos, que se afana con esmero y mucha dedicación. De camino al trabajo escucha rock en cassettes, en sus ratos libres hace fotos analógicas de un árbol específico a contraluz, acude a un baño público, cena en un restaurante subterráneo y lava su ropa en una lavandería. Algunos fines de semana se permite comer en un restaurante que le encanta. Y así pasa sus días, sin más o con poco, con una rutina repetitiva pero agradecida por él. Desconocemos su pasado, pero los días y la llegada de alguien de su pasado, revelará mucho más de lo que podemos ver a simple vista. Un Hirayama que está muy cerca de Kanji Watanabe, el protagonista de Ikiru (1952), de Akira Kurosawa, otro de los tótems de Wenders, tanto en su tono, su forma y su profundidad.

A partir de un guion de Takuma Takasaki, que actúa como coproductor, y el propio Wenders, entramos de lleno en la vida de Hirayama, y también en su cotidianidad, repleta de silencio y gestos. Una excelente cinematografía de Franz Lustig, que ya le acompañó en Tierra de abundancia (2004), Llamando a las puertas del cielo (2005), y en otros trabajos, en la que a partir de la luz natural y las diferentes sombras, se va construyendo los diferentes matices emocionales del protagonista, sutiles eso sí, pero reveladores si se mira con atención, porque la película revela su misterio sin estridencias ni piruetas argumentales, ni falta que le hace, dosifica su ritmo pausado y aletargado a través de los movimientos mecánicos del trabajo de Hirayama y esos momentos de parón en los que la vida mecánica deja paso a una existencia más lenta, más de detenerse y mirar a tu alrededor. Para el montaje también recurre a otro cómplice como Tom Froschhammer, que estuvo en Pina (2011), el excepcional documental filmado en 3D sobre el legado de la bailarina Pina Bausch, en un delicado y sensible trabajo que recoge esa pausa que impone la película sin alardes, en una edición tranquila y nada evidente, diríamos invisible, que condensa con audacia y sabiduría los avatares cotidianos y urbanos del protagonista, en una película que se va a los 124 minutos de metraje. 

El apartado musical merece capítulo aparte, porque el relato está construido a modo episódico que arrancan a través de temas rockeros con el The House of the Rising Sun, de los Animals, siguiendo otros cortes de Patti Smith, los Stones, Velvet Underground, Otis Redding, los Kinks, Van Morrison, y el tema de la película, el Perfect Day, de Lou Reed, que además del título, es la clave de lo que estamos viendo, al igual que las otras canciones, que dan buena cuenta de los diferentes estados emocionales por los que pasa Hirayama. Un gran reparto encabezado por Kôji Yakusho, un veterano actor con más de 70 películas en su filmografía con nombres tan prestigiosos como los de Shôhei Imamura, que fue ayudante de Ozu,  Kiyoshi Kurosawa y Hirokazu Koreeda, y películas internacionales con Rob Marshall y en Babel, de Iñarritu. Su Hirayama es pura poesía, puro amor, un tipo que parece extraterrestre en una sociedad tan deshumanizada y automatizada, con esos instantes donde la sociedad se detiene y todo parece más claro y transparente. Le acompañan la debutante Arisa Nakano, en un personaje que devolverá algo de lo perdido al protagonista, la presencia de otros veteranos como Tomokazu Miura, que mantiene un encuentro inesperado y muy interesante con Hirayama, que tiene en su haber trabajos con Kon Ichikawa, Nobuhiro Suwa y Takeshi Kitano, y Min Tanaka, con uno de esos personajes que no se olvidan fácil, que ha trabajado con Yôji Yamada, otro ayudante de Ozu, Takashi Miike, Naomi Kawase, y estuvo en los Mapas de los sonidos de Tokio, de Coixet, entre otras. 

Los últimos títulos de Wenders nos habían dejado indiferentes, nos parecían que no estaban dirigidos por el director que nos había entusiasmado con películas del calibre de Alicia en las ciudades (1974), El amigo americano (1977), París, Texas (1984), El cielo sobre Berlín (1987), Lisboa Story (1994) y Buena Vista Club Social (1999), por citar algunos de sus más de 40 obras entre ficciones y documentales, en una prolífica carrera que empezó en 1968. No sólo estamos satisfechos de una película como Perfect Days, sino que celebramos muy profundamente que exista una película como esta, porque no sólo ha hecho el mejor homenaje que podría hacerle al Yasujiro Ozu, sino que es una película muy íntima y extremadamente cercana que puede ser valorada por cualquier tipo de público, y eso es muy difícil, que devuelve al mejor Wenders, aquel que nos emocionó con sus historias de pocos personajes, perseguidos por las sombras del pasado y sobre todo, tipos que huyen sin saber adónde, y que a más tardar, deberán volver y volverse por donde vinieron, o quizás, enfrentar a aquello que un día les hizo daño, y dialogar con el espectador para que sepa de dónde viene tanto silencio y dolor. Si en Tokio-Ga, la marabunta del consumismo se había hecho, veinte años más tarde con la ciudad, y el occidentalismo que ya estaba tan presente en el cine de Ozu, en Perfect Days a pesar de ese capitalismo feroz, de consumo rápido y efímero, existen otros tipos de vida como ejemplifica la vida de Hirayama, un tipo normal dentro de la anormalidad de la sociedad, apartado de la tecnología, construyendo un mundo analógico, pero lleno de silencio, verdad y pura emoción. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iban del Campo

Entrevista a Iban del Campo, director de la película «Sorbeltza», en el marco del D’A Film Festival en los Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el viernes 31 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iban del Campo, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a la cineasta Silvia Rey, por las gestiones y su amistad, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La estrella azul, de Javier Macipe

LA ESTRELLA ANÓNIMA.   

“ (…) Sé que ya nada va a ocurrir. Pero ahora estoy contra las cuerdas. Y no veo ni una forma de salir. Pero, voy a apostar fuerte mientras pueda”. 

De la canción “Apuesta por el rock ‘n roll”, de Mauricio Aznar y Gabriel Sopeña

Cuando el cine aborda la vida de un artista acostumbra a hacer un extenso recorrido sobre sus hazañas dejando, en muchos casos, las partes más oscuras y aquellas que puedan asustar a una audiencia masiva. No obstante, hay casos en los que se alejan del famoso y del éxito para adentrarse en otros terrenos, de aquellos artistas que nunca tocaron la gloria, que quedaron en el camino, o esos otros que algún día tocaron algo, pero el tiempo los ha olvidado y han quedado en la memoria de los más allegados. La estrella azul, la ópera prima de Javier Macipe (Zaragoza, 1987), es una de esas películas que se detiene en la figura de Mauricio Aznar (1964-2000), un músico y paisano suyo, uno de esos artistas que vivieron a la espera de un éxito o no, que entendían la música como una forma de vida y del espíritu, una vida en continuo camino, viajando y encontrándose con la música más auténtica y de verdad. 

El cineasta zaragozano apuesta por un retrato que va más allá de la simple sucesión de hechos más o menos importantes, aquí no hay nada de eso, sino una forma de mirar hacia adentro, como deja plasmado en sus primeras imágenes, donde vemos el guion con la secuencia que abre la película, en un extraordinario juego de realidades, espejos y ficciones para crear no sólo el retrato de una persona que soñaba con hacer canciones, sino con un entorno específico, la Zaragoza de los 90 y la Argentina más rural en la que Mauricio conocerá a la familia santiaguera Carabajal con Don Carlos a la cabez, uno de los padres del folklore argentino, donde volverá a aprender la esencia de la música y del rock and roll, y vivirá experiencias difíciles de olvidar. La película es un viaje, tanto físico como espiritual, de alguien que hacía música por y para estar y relacionarse con el mundo, tiene la historia muchas similitudes con aquella joya que fue Bound for Glory (aquí llamada “Esta tierra es mi tierra”), del gran Hal Ashby de 1976, inspirada en la vida del músico country Woody Guthrie, donde las experiencias con el otro y con el desconocido es una forma de ser y estar con uno mismo y con los demás. También, es una historia de amor, con la música y con la mujer que Mauricio amaba, y cómo no, de desamor, con sus idas y venidas, sus dudas, sus excesos y sus tristezas. 

Tiene la película el alma triste de una figura incomprendida, que la asemeja con la idea de Quijote de Cervantes, donde el alma inquieta de alguien choca con los convencionalismos de la sociedad y todas esas cosas que no se hacen aunque se quieran. Contribuye a esa idea entre lo romántico y lo duro de la vida, la excelente cinematografía de Álvaro Medina, que ya trabajó con Macipe en el cortometraje Gastos incluidos (2019), realiza un exhaustivo trabajo de luz natural en que la cercanía llena todo el cuadro, acercándonos el estar y el espíritu de Mauricio y esa Argentina rural que tanto amó, buscando la música más ancestral, cuna del rock como la que hacía Atahualpa Yupanqui (1908-1992), el auténtico maestro del folklore argentino. Estamos ante una película que se toma su tiempo para contarnos el viaje y las peripecias de Mauricio, con sus 129 minutos de metraje, en un trabajo de Nacho Blasco y el propio director, en el que miran su película sin prisas, construyendo un ritmo pausado, sereno y transparente, en un acto revolucionario en un cine como el actual más construido para los adolescentes que pare el público que quiere ver y saborear las historias. 

Como no, hay tiempo para escuchar las canciones que cantaba Mauricio Aznar, muy rockabilly como las que popularizó con su banda “Más birras”, las de “Maldita sea mi suerte”, “Tren de medianoche”, “Esa chica llamada soledad”, entre otras, y la más conocida y mencionada “Apuesta por el rock ‘n roll”, que versionó Bunbury con sus Héroes del Silencio, su única versión, donde vemos que no era un músico más, sino alguien que amaba hacer canciones y que explicaban no sólo historias, sino un estado del espíritu y de la existencia en aquella España de mediados de los noventa. La labor de encontrar a un actor que diese vida a Mauricio no era tarea fácil, y Pepe Lorente, que se ha curtido en muchas series televisivas, lo consigue sin hacer ninguna clase de aspavientos, y sobre todo, compone una interpretación desde el alma, desde la sencillez y la naturalidad, con su forma de moverse, de hablar y de relacionarse con los demás, con esa sencillez del músico que siempre está aprendiendo y escuchando, y muy atento a todo lo que se mueve a su alrededor. Lo de Pepe Lorente debería estudiarse en las escuelas de cine o por todo aquel que quiera interpretar a alguien que existió, porque se aleja de lo convencional, porque va más allá de la simple semejanza y sus gestos y miradas. 

Le acompañan Bruna Cusí como la novia de Mauricio, una relación complicada con el músico que toma drogas, con su naturalidad y cercanía habituales, una actriz que elige muy bien sus proyectos, muy diferentes y retadores, Marc Rodríguez es el hermano mayor del artista, tan difícil como complejo pero lleno de amor, Catalina Sopelana como Mara, otra artista que se relaciona con Mauricio, y la familia Carabajal,  que muchos se interpretan a sí mismos, y otros como Don Cuti que hace de su hermano Carlos, y otros santiagueros que participan en la película siendo ellos e interpelando a Mauricio, en una suerte maravillosa de ficción, documento y recreación vital, donde el cine se convierte en el género perfecto para hacer una película como La estrella azul, que reivindica la figura de Mauricio Aznar Müller, y sobre todo, la trae a nuestros días, desenterrando a todos esos artistas que fueron y ya no son, con sus luces y sombras, con sus cosas y sus otras cosas, como la película La estrella errante (2018), de Alberto Gracia, que nos devolvía la figura del músico Rober Perdut, en un film-viaje lleno de sombras, claroscuros, en un tiempo indefinido donde todo parecía y ya nada es. Nos alegramos que una película como La estrella azul, de Javier Macipe exista y tenga esa voluntad de mirar a la música y al músico de forma diferente, dejando el oropel y la superficialidad, y adentrándose en un espacio más rico e interesante que más tiene que ver con la búsqueda y los procesos artísticos y la forma de relacionarse con la música, con la vida, con las personas, con el rock y lo tradicional, todo aquello que son los orígenes y a la postre, de dónde venimos y lo que nos ha llevado a ser lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tierra prometida (The Bastard), de Nikolaj Arcel

LOS DESHEREDADOS.  

“Hay en mí una obstinación que me impide doblegarme ante la voluntad de los demás. Mi valor aumenta cuando intentan intimidarme”. 

De la novela “Orgullo y prejuicio”, de Jane Austen 

Muchos de ustedes recordarán la existencia de Cable Hogue, aquel tipo abandonado a su suerte en mitad del desierto. Un tipo que encontró agua. Un tipo al que los poderosos le dieron la espalda, y sólo los expulsados como un predicador borrachín sin parroquia y sin siervos, una prostituta de la que se enamora, y demás personajes que pasan por allí, y encuentran refugio en el hogar de Hogue en mitad de la nada. La película es La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah, quizás la obra más personal, más profunda y más humanista de cuántas hizo el cineasta californiano. Pues digo todo esto, porque la sexta película de Nikolaj Arcel (Copenhague, Dinamarca, 1972), tiene mucho del espíritu que recorría la cinta de Peckinpah, en sus continuas semejanzas en su protagonista, Ludvig Kahlen, un veterano capitán que quiere crear un hogar en mitad de un páramo desierto y sin nada, al que se le juntarán otros expulsados que huyen de la civilización, como un matrimonio de criados que huye de la violencia del gobernador de turno, o un grupo gentes que tienen el robo y el saqueo como forma de subsistencia, y demás almas que buscan refugio. 

Del cineasta danés me encantó Un asunto real (2012), en la que seguía la amistad del rey Cristián VII y un doctor intelectual y progresista, que hacía Mads Mikkelsen, que se enamora de la reina Carolina Matilde. Un historia ambientada en la segunda mitad del siglo XVIII al igual que La tierra prometida (The Bastard), (Bastarden, del original, traducido como “Los bastardos”), con la que guarda muchas similitudes, porque estamos también ante una historia “Basada en hechos reales”, basada en la novela homónima de ida Jensen, con un guion que firma el director y guionista Anders Thomas Jensen (con guiones en el movimiento Dogma, Susanne Bier y Lone Scherfig, etc…), y el propio director, en su segundo trabajo después de La torre oscura (2017), que adapta un novela de Stephen King, a partir de una trama en la que sus protagonistas quieren vivir en paz y trabajar la tierra, y cambiar las cosas, y otros, los nobles de turno, sólo quieren mantener sus privilegios a costa del pueblo trabajador. La nobleza ahora es Frederik de Schinkel, un despiadado gobernador que impone su poder y abusa sexual y violentamente de todo aquel que le sirve. Aunque, el veterano capitán no se dejará avasallar, ya que tiene el permiso del rey, y se mostrará firme ante las acciones violentas del mencionado gobernador. 

Una minuciosa reconstrucción histórica que tiene el western crepuscular como base con una excelente cinematografía de Rasmus Videback, que ha trabajado en los 6 largometrajes de Arcel, en la que construye una planificación excelsa dando protagonismo a los rostros y sin embellecer el paisaje, todo lo contrario, apostando por la negrura de un lugar que continuamente se ve amenazado. La música de Dan Romer (con películas para Jonas Carpignano, Sara Dosa y Cary Joji Fukunaga), acentúa la balada y la sensibilidad de la historia, sin caer nunca en el tremendismo, en una película que hay violencia y mucha dureza, pero contada con cercanía y humanismo. Tenemos en el montaje un nombre como el de Olivier Bugge, que ha editado las 6 películas del director, a parte de las obras de Joachim Trier, amén de las del documentalista Fredrik Gertten, y una serie con Nicolas Winding Refn), llevando una película de metraje largo que alcanza los 127 minutos, pero que en ningún instante se hace pesado ni repetitivo, sino todo lo contrario, tiene dinamismo, naturalidad, y sobre todo, la pausa necesaria para contar una historia lineal, pero llena de interés por la complejidad moral de sus personajes. 

Como sucedía en Un asunto real, estamos ante un reparto bien elegido y mejor interpretado encabezado por un grande e inmenso Mads Mikkelsen, que ya estuvo en la citada como el doctor humanista, ahora enfundado en un capitán retirado que todavía cree en los imposibles y no dejará amedrentar por la violencia del gobernador, y seguirá, con dudas e inseguridades, firme en su idea de convertir el árido y desierto páramo en un hogar cueste lo que cueste. Le acompañan el “enemigo” en la piel del mencionado De Schinkel, que compone un soberbio Simon Bennebjerg, que hemos visto en película interesantes como el policíaco The Guilty, el drama El pacto, de Bille August, o en la magnífica serie sobre política Borgen. Tenemos a Ann Barbara, la criada huida del gobernador, que hace la actriz Amanda Collin, que se convierte en la sombra de Kahlen, una mujer que no cesará en su propósito de seguir entera junto al capitán, el cura de los desheredados Anton Eklund lo hace Gustav Lindh, del que habíamos visto Reina de corazones, Jinetes de la justicia, que nació de una idea de Anders Thomas Jensen, y tenía de protagonista a Mikkelsen, y en El hombre del norte, de Robert Eggers, y finalmente, Edel Helene, la prima prometida del gobernador que interpreta Kristine Krujath Thorp, que la vimos como protagonista en las comedias divertida de Ninjababy, y en la negra Stick of Myself, encarnado a esa joven, como ocurría con la reina que hacía Alicia Vikander, atrapada por las decisiones económicas y políticas de su familia a un matrimonio que no desea. 

La historia que cuenta La tierra prometida (The Bastard) es  una historia que hemos visto muchas veces, porque como mencionaba el poeta, la historia de la humanidad o lo que queda de ella, siempre fue la humanidad  luchando contra la maldad, y sus leyes, civilización y demás. Estamos ante un relato nada complaciente ni mucho menos cómoda, es una historia llena de oscuridad y violencia, pero también, es una historia de humanismo, de un pedazo de la historia de Dinamarca, y como todas, llenas de mucha explotación, impunidad y sangre, que tiene un personaje como Ludvig Kahlen que hace frente a la tiranía con lo que tiene, sus manos y su inteligencia, y su obstinación, porque cuando las cosas se ponen difíciles es cuando debemos seguir, porque sino siempre se vivirá a merced de los demás, de unos pocos privilegiados e inútiles que sólo desean su beneficio y volver a las cavernas y las cadenas. El capitán veterano y Ann Barbara encarnas a todos esos que nunca se rindieron, que siguieron batallando contra la injusticia, contra la maldad, y sobre todo, sosteniéndose el uno al otro, porque seguramente no conseguiremos lo que deseamos, pero sí alcanzaremos algo mucho mejor, encontrarnos aquello que no esperábamos y eso, por pequeño que sea, será mucho más de lo que nunca hemos soñado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mientras seas tú, de Claudia Pinto Emperador

COMPARTIR LA VIDA Y LA ENFERMEDAD.  

“A mi amigo Al no se le nota. No es ruidoso y no duele, no te parte el corazón y no te deja el cuerpo dolorido ni la autoestima en la basura. Es muy discreto. Simplemente te va abandonando de puntillas: un día se lleva una muda, otro día algún abrigo, otro día calcetines y así hasta que el armario se quede vacío. Solo con la estructura”.

Carme Elias sobre el Alzheimer en su libro “Cuando ya no sea yo”.

En un instante de la magnífica Relámpago sobre el agua (1980), de Wim Wenders, vemos al director Nicholas Ray en el vestíbulo de un cine sentado y quejoso. Dentro, en la sala, se proyecta una de sus películas. La cámara está fuera, en la intimidad de un hombre enfermo, alejado de todo, de lo que fue, de su cine, en un espacio que nunca vemos que ahora se hace presente, un lugar que, podríamos decir, que estamos en el otro lado del espejo, el que se queda ausente de los espectadores. La misma mirada y textura la encontramos en la película Mientras seas tú, de Claudia Pinto Emperador (Caracas, Venezuela, 1977), que ha ido rodando junto a su amiga y actriz Carme Elias (Barcelona, 1951), un relato oculto a la mirada ajena, un relato que sigue el presente de la mencionada actriz después de ser diagnosticada con Alzheimer. 

La relación entre directora y actriz nació cuando rodaban en Venezuela la película La distancia más larga (2013), en que la actriz hacía de Martina, una mujer que deseaba hacer un viaje final a la montaña Roraima para despedirse porque tiene una enfermedad incurable. La amistad siguió con Las distancias (2021), en que la actriz hacía de Teresa, la abuela de una familia compleja, donde en una secuencia en cuestión la desmemoria de la actriz provocó la visita al doctor y el fatídico diagnóstico. Lo que empezó como una forma de filmar el presente, filmar la amistad, la vida, y la enfermedad, se ha convertido en una cinta que explora esos ratos íntimos y alejados de alguien como Carme Elias, una actriz que ya no puede ser actriz, una mujer que debe vivir con una enfermedad, alguien que acepta su dolencia, y quiere tener una muerte digna cuando ya no sea yo, como citaba en su libro. La mirada de Pinto nace desde la verdad y la honestidad, se acerca como una amiga, como una persona que quiere filmar aquello que no se ve, una intimidad cotidiana, un espacio donde se repasa la extensísima carrera de la actriz, con más de medio siglo como intérprete, que empezó allá por 1969 en el teatro, en el cine y la televisión, saltando de un medio a otro, convirtiéndola en una de las actriz más valoradas de nuestro país. 

Todo se cuenta desde lo sensible y la caricia, sin caer nunca en el manido tremendismo, la estúpida sensiblería o demasiado edulcorado, aquí no hay nada de eso, hay verdad y dolor, pero desde lo humano y lo complejo, como esos momentos donde la actriz y el maestro y director de actores Juan Carlos Corazza dialogan en un intenso ejercicio de teatro, que recuerda a muchos pasajes de Tras el ensayo (1984), de Bergman, en la que repasan sus personajes teatrales, donde las emociones de aquellos y de la actriz se confunden, se emparentan y resignifican el presente de forma certera y demoledora. La excelente cinematografía que construye un lugar transparente y exquisitamente natural que firma Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto Canto cósmico. Niño de Elche (2021), y la reciente La imatge permanent. La dulce y acogedora música de Vanessa Garde, con más de 25 títulos con gente como Álvaro Fernández Armero, Icíar Bollaín, entre otros. El sencillo y pausado montaje de Vicente Navarro, que cimenta sin darnos cuenta una película profunda y llena de instantes de una emoción intensísima, en una película breve de apenas 73 minutos de metraje. El diseño de sonido de Fernando Novillo también ayuda a acercarnos a la sutileza de todo lo que se cuenta, sin ningún tipo de alarde ni virguería, que tiene en su haber trabajos con Agustí Villaronga, Isaki Lacuesta y Carla Subirana, entre otras. 

En menos de un año, se han estrenado tres cintas que tienen el alzheimer como tema central, visto desde miradas diferentes como la cineasta que mira sus abuelos en Toda una vida, de Marta Romero Coll, la cineasta que mira a una pareja, y finalmente, Mientras seas tú, tres formas de acercarse a la enfermedad, desde lo humano, la sensibilidad, y la sencillez, explorando las dificultades, las alegrías y la complejidad, y los recuerdos de las personas afectadas, y sobre todo, las tres obras lo hacen desde la verdad, donde no hay espacio para la grandilocuencia, sino todo lo contrario, desde lo natural, lo cotidiano y la transparencia de lo que se cuenta y con quién se está contando, en este caso, desde la mirada de una directora a su actriz y amiga, y dejar en forma de película todos esos momentos donde la vida y la enfermedad se funden, se mezclan y comparten todo. Si el cine debe mirar la vida y filmarla, aunque no la entienda, en la película Mientras seas tú, se consigue una película que se hace mientras la vemos, un ensayo sobre la vida, la memoria, son impagables las imágenes de archivo, desde las domésticas, las de los trabajos de Carme en el teatro, el cine y la televisión, y en alguna que otra entrevista, y en las zonas de backstage, donde vemos a la actriz, siendo testimonios de aquello que filma la película, esos momentos donde la persona se queda sola y a solas, sin nadie, con ella misma, con su enfermedad, sentimientos, miedos y existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La zona de interés, de Jonathan Glazer

EL HORROR ESTÁ AL OTRO LADO DEL MURO. 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. 

Del libro: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt. 

En la monumental Shoah (1985), de Claude Lanzmann, quizás la reflexión más humana y profunda de lo que significó el exterminio nazi, se obvian las imágenes de archivo, y se da el protagonismo al relato, al testimonio de aquellos que lo conocieron y sufrieron. La película se decanta por no mostrar, por no enseñar el horror y la muerte. Todas las imágenes que hemos visto en muchas ocasiones son imágenes que filmaron una vez que se liberaron los campos de exterminio. De las imágenes cotidianas en los campos no tenemos constancia, incluso los nazis no las filmaron. Así que, puestos a retratar ese horror, debemos inventarlas, o irnos hacia el otro lado, no mostrarlas. Obviando la mayoría de películas sobre el mismo tema que las inventaron, decisión que no comparto, nos vamos a centrar en esas otras, como Shoah, que las obviaron, y como se hizo en El hijo de Saúl (2015), de László Nemes, donde el off complementa esa ausencia del horror, que no vemos pero esta muy presente, porque lo escuchamos y sentimos. 

En La zona de interés, de Jonathan Glazer (London, Reino Unido, 1965), basada en la novela homónima del británico Martin Amis (1949-2023), se centra en Auschwitz, pero no en el campo y lo que sucedía allí dentro, sino lo que hay al otro lado del muro, la casa colindante del comandante jefe Rudolf Höss, su mujer Hedwig y sus cuatro hijos, y el servicio. El relato se centra en los quehaceres diarios de la casa, el detalle perfeccionista de Hedwig en mantener limpio y bello su gran jardín, y en ser una excelente anfitriona con sus visitas, y tener una dedicación a sus hijos. La película filma la “normalidad” de unas personas “normales”, como menciona Arendt en la frase que encabeza este texto. La naturalización del horror, porque no pasa en su casa, sino al otro lado del muro, donde nos vienen gritos, ráfagas de metralleta, ladridos de perros y el incesante humo de los hornos crematorios que se confunden con los sonidos de la cotidianidad del hogar, como ya anunciaba su ejemplar arranque con ese cuadro negro en el que escuchamos gritos de horror a lo lejos, y poco a poco, se van y aparecen el sonido de pájaros, el río y unos niños hasta que se abre y vemos una estampa familiar, la de los Höss pasando un día en la naturaleza. Un cuadro que llena de una naturalidad que inquieta y perturba hasta la extenuación, como esos instantes que vemos vestirse al comandante y mirándose al espejo, al que vemos de espaldas, con ese peculiar corte de pelo, y esa forma de caminar, tan seguro y tan convencida. 

Estamos ante una película de gestos, nada extravagantes ni estridentes, sólo cotidianos, filmados en un estatismo que incómoda y una forma cuadrada que evidencia ese voyeurismo en el que está planificada todas las secuencias, estamos ahí, miramos y escuchamos, y somos testigos del horror que no vemos, mirando a unas personas que lo provocan, y que viven así, como si nada. Un espectacular trabajo de cinematografía del polaco Lukasz Zal, del que conocíamos por sus películas con Pawel Pawlikowski en Ida (2013) y Cold War (2018), y en Loving Vincent (2017), y en Estoy pensando en dejarlo (2020), de Kaufman, en una exhaustiva planificación donde el plano se mantiene firme y sólido, con apenas algún movimiento, y con esa luz natural que duele, o podríamos decirlo de otra forma, que se mueve entre lo artificial y lo natural, entre lo bello y la fealdad, entre lo físico y lo emocional, en ese limbo e intermedio en el que todo convive, la vida y la muerte apenas separadas por los pocos centímetros de un muro. Un exquisito trabajo de sonido del dúo Johnnie Burn, del que lo conocíamos por sus trabajos con Lanthimos y la tercera colaboración con Glazer, y Tarn Willers, con una trayectoria de más de 70 títulos, construyen un sonido que se mueve entre la cotidianidad del hogar y las conversaciones, con aquellos que provienen del otro lado, que sin llenar el cuadro, también están presentes y se convierten en algo físico. 

El mismo trabajo del sonido podríamos decir de la estupenda música de Mica Levi, con un tratamiento entre lo perturbador, muy al estilo del cine de terror clásico, con algunas distorsiones que dan ese tono de horror en el que se vive sin más, una música que se convierte en un estado más de ese siniestro lugar, como ya hizo en películas como Jackie (2016), de Larraín, y en Monos (2019), de Alejandro Landes, en su segunda cinta con Glazer después de Under the Skin, donde también jugaba a ese sonido/musical que convertía la historia en un siniestro y perturbador cuento de terror muy íntimo, como hace en La zona de interés. El montaje de Paul Watts, que casi todo su trabajo ha estado vinculado al de Glazer, se mueve entre el corte limpio, y una edición donde prima los diferentes planos y encuadres desde varios puntos de vista, en el que nos muestran al detalle esa casa y su jardín, lo bello y lo normalizado en contraposición a lo que sucede al otro lado del muro, en una trama sencilla, directa y sobre todo, inquietamente natural en sus poderosos 106 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y sobre todo, nos incomodan, sólo enseñándonos eso, junto a lo otro. 

Del reparto destacamos tres figuras esenciales para la película: tenemos a la deslumbrante y “perfecta” Sandra Hüller, que también protagoniza este año otro gran filme como Anatomía de una caída, de Justine Triet, hace de Hedwig, la señora de la casa, tanto en su forma de vestir, de peinarse, de caminar y toda su figura y su desplazamiento la hace de una normalidad que perturba, donde el horror no reside en lo que hace, que es de lo más sencillo y natural, sino en el lugar que ha convertido su hogar, que es la muerte para tantos. Le acompaña Christian Friedel que hace de su esposo, padre de sus hijos y comandante de Auschwitz, que ya lo habíamos visto en La cinta blanca (2009), de Haneke, y Amor Fou (2014), de Jessica Hausner, entre otras, su nazi no es un tipo que da pavor, sino uno más de la maquinaria, un funcionario que llevaba a cabo las órdenes sin rechistar y creyendo que hacía el bien de su ideología, nada más, por eso da más miedo, porque podríamos ser nosotros, y luego están otros intérpretes alemanes que dan esa profundidad tan necesaria en una película estática pero muy física. 

Glazer que hasta ahora se había en el género: el thriller en Sexy Beast (2000), el fantástico en Birth (2004) y en el terror en Under the Skin (2013), vuelve una década después con su mejor obra, por todo lo que hemos explicado anteriormente, y sobre todo, porque esa naturalización del horror tan presente en nuestros días, eso sí, al otro lado del muro de Melilla, de México, y de tantos otros muros de la vergüenza y el horror que los países enriquecidos alzan para que aquellos invisibles que provienen de los países empobrecidos sigan siendo “los otros”, los que no se muestran, los que mueren y los que desaparecen. Se habla mucho de la memoria, de recordar, de tener presentes los desmanes pasados, con museos y demás. Pero, ¿De qué sirve recordar? ¿Hemos aprendido algo? Seguramente, no. Visto el presente donde el orden mundial sigue alimentando guerras, injusticias y muros para que el horror quede al otro lado, y sigan habiendo funcionarios como los nazis que materializan tantas órdenes miserables que atentan contra la vida de los invisibles, desposeídos, de los nadies que mencionaba Galeano. En fin, un horror Quedémonos con películas como La zona de interés, de Glazer, que profundizan y reflexionan sobre lo que fuimos, lo que somos y en lo fácil que es convertirse en un monstruo y seguir siendo una persona “normal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fallen Leaves, de Aki Kaurismäki

LA MUJER QUE ME ENSEÑÓ EL AMOR. 

“Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay”.

Emily Dickinson

La primera vez que vi una película de Aki Kaurismäki (Orimattila, Finlandia, 1957), fue Nubes pasajeras (1996). Sus dos protagonistas Ilona y Lauri perdían sus trabajos y se sumían en una triste y solitaria existencia donde los problemas económicos eran su pan diario. Aunque no tenían nada si les quedaba lo más importante: el amor que se tenían, que pese a quién pesará, seguía firme en su interior. A día de hoy, sigo recordando como me conmovió lo que sentían el uno por el otro a pesar de las tremendas dificultades. Al acabar la película, pensé si alguna vez sentiría un amor parecido como el que se tenían Ilona y Lauri. He visto casi todas las películas del cineasta finés, y todas, absolutamente todas, se instalan a partir de dos pilares fundamentales: el trabajo y el amor, o dicho de otra manera, el trabajo como espacio de miseria, explotación y tristeza, y el amor como el otro lado del espejo, o quizás, el espacio donde encontrarnos a nosotros mismos ante tanta desgracia laboral, y sobre todo, encontrar a esa persona donde compartir nuestra soledad, nuestras emociones y sobre todo, sentir que el mundo en el que vivimos tiene ilusión y esperanza, en cierta medida, un poco más humano. 

En la película número 17 de Kaurismäki, nos encontramos a Ansa y Holappa, dos personas invisibles de cualquier ciudad del mundo occidental, que tienen sus empleos insatisfechos, vidas tranquilas, quizás demasiado, y poco más. Una noche, la noche del viernes hay karaoke en uno de esos bares tan característicos en la filmografía del finlandés, se miran y se atraen, pero como ocurre en la vida y en las películas del director finlandés, las circunstancias van impidiendo que esa atracción se materialice y la “posible” pareja no se encuentra. Tanto la forma como en el fondo, la película no camufla sus inspiraciones, todo lo contrario, las hace muy evidentes, desde Tiempos modernos, de Chaplin, donde se evidencia esa deshumanización del trabajo y las condiciones miserables que padecen los trabajadores. El humanismo y la intimidad de Cuentos de Tokio, de Ozu, y la austeridad y el minimalismo de Bresson, a los que habría que añadir el Made in Kaurismäki: las actuaciones musicales que usa como leit motiv de lo que está contando, y la falta de empatía y el no sentimentalismo de la actuación de sus personajes, amén de unos diálogos nada empáticos y cortos, en los que profundiza el carácter nórdico, donde es mejor mantenerse en silencio que hablar demasiado. 

Un cine apoyado en todo aquello que no se ve como el silencio, que remite al cine mudo, como ya hizo Kaurismäki con Juha, que no necesita alardes ni subrayados, sino una mirada y un gesto, más que en la palabra, lleno de personajes solitarios, de vidas anodinas, y caracteres reservados, que acostumbran a vivir con poco y junto a ellos mismos, que como todos, desean encontrar a alguien, pero a alguien de verdad, a alguien con quién mirarse, compartir soledades y caminar en silencio en la misma dirección. Una cinematografía basada en los claroscuros, que acompañan leves luces de neón, muy del estilo de Ozu, en que el rostro de los protagonistas es el centro de la acción, más por lo que no dicen, con esos maravilloso momentos donde los vemos viajar en tren y tranvías, con esa atmósfera atemporal que tiene el cine del finlandés, que firma Timo Salminen, que ha no iluminado toda la filmografía de Kaurismäki, erigiéndose no solo en su más fiel colaborador, sino en una persona indispensable para emocionarnos con el cine del finlandés. El montaje que vuelve a firmar Samuel Keikkilä, como ya hiciese con la anterior, El otro lado de la esperanza, vuelve a ser todo un alarde de condensación y ritmo, con su corta historia, apenas alcanza los 81 minutos de metraje, donde está todo lo que se tiene que decir y de la forma que se tiene que decir. Todo una lección sin pretenderlo. 

Solo podemos rendirnos a las interpretaciones de su pareja protagonista, porque es maravilloso cómo componen sus personajes, desde lo que no se dice, desde la mirada profunda, contenida y sostenida, aquella que lo dice todo. Una pareja que amamos al instante, por sus silencios y su sencillez. Tenemos a  Alma Pöysti es Ansa, que debuta en el universo Kaurismäki, componiendo una mujer sencilla y muy solitaria, con todos esos trabajos cada vez más duros y más sucios, pero con una entereza brutal, una guía para todos porque su fuerza inquebrantable es admirable, que tiene muy claro que no quiere un alcohólico en su vida como le espeta a Holappa, que interpreta Jussi Vatanen, que también debuta junto al realizador finés, que arrastra su alcoholismo y le lleva a ser rechazado. Junto a ellos, intérpretes que repiten con Kaurismäki como Janne Hyytiäinen que hace de amigo con problemas sentimentales y aficionado al karaoke, que fue Kostinen, el atribulado guardia de seguridad de Luces al atardecer, también está Nuppu Koivu como amiga de Ansa, con los mismos conflictos que el anterior, pero sin ser muy del karaoke, y Sherwan Haji, que era el refugiado sirio de El otro lado de la esperanza, aquí como breve compañero laboral del protagonista. 

La última película de Kaurismäki recibe el nombre de Fallen Leaves, esas “Hojas caídas” que nos describen el otoño, esa estación intermedio, y hace alusión al poema y a la canción que escuchamos, no es una historia de amor, es una historia sobre el amor, sobre ir al cine y mirar a la persona que tenemos al lado, que precisamente van a ver Los muertos no mueren, de Jarmusch, con esos carteles del vestíbulo en los que podemos ver los de Breve encuentro, de Lean, clara referencia a la película, porque Kaurismäki habla sobre cine en cada una de sus películas, y no lo hace desde la referencia, sino desde el amor, del que siempre ha reivindicado en un mundo cada vez más lleno de guerras (como evidencia la constante información de la invasión de Rusia a Ucrania), un amor a las cosas de nos hacen humanos: la fraternidad, el compañerismo, la mirada al otro, la empatía, la compasión, el humanismo, que tanto ha explicado en sus películas, donde el amor se ha visto en sus múltiples formas, texturas y conceptos como sucedía en Sombras en el paraíso, Contraté a un asesino a sueldo, La vida de bohemia, la mencionada Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado, y la citada Luces al atardecer. Amores tranquilos, amores cotidianos, amores sencillos en un mundo precario y periférico, amores como el que tienen Ansa a Holappa, que le pide lo que le pide para estar con ella, como ese instante donde ella junto a la perra abandonada… y hasta aquí puedo leer. Una mujer que enseña a amar a Holappa, a amar de verdad, a ser mejor persona, a descubrirse a sí mismo, a dejar todo lo que le hace mal, y sobre todo, a compartir la soledad, una mirada, una película en un cine, una cena con una flor en medio, a compartir un silencio en mitad de la noche, y a ser mejores personas a pesar de este mundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Maite Alberdi

Entrevista a Maite Alberdi, directora de la película «La memoria infinita», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el viernes 15 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maite Alberdi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara P. Caminha y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Paulina Urrutia

Entrevista a Paulina Urrutia, protagonista de la película «La memoria infinita», de Maite Alberdi, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 9 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paulina Urrutia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Lara P. Caminha y Sergio Martínez de BTeam Pictures, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.