2046, de Wong Kar-wai

EL RECUERDO DEL AMOR.

“Todo en cuanto al amor es una cuestión de tiempo. No es bueno encontrarse con la persona adecuada muy pronto o muy tarde.”

Hay películas que van mucho más allá de la propia experiencia cinematográfica, ya sea por sus características técnicas, su contenido emocional o quizás, sea por lo que vive en nosotros, porque pasado el tiempo, siguen alimentándonos con su espíritu, algo así como una especie de dominio, como si nos poseyera, como si la propia materia intangible de la película se convirtiese en una segunda piel. Nunca sabremos los verdaderos motivos por el cual se produce este fenómeno indescriptible en nuestro cuerpo y mente, pero lo que si podemos afirmar que nosotros, tarde o temprano, siempre volvemos a sus imágenes, a aquel instante en que la vimos por primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado, en ese preciso momento en que entramos en un cine, las luces se apagaron, el silencio envolvió la sala, y las imágenes empezaron a proyectarse.

Después de la fantástica idea de la distribuidora Avalon de rescatar una serie de películas de Wong Kar-wai (Shanghái, China, 1958), en los cines, encabezada por Deseando amar (2000), con motivo de su veinte aniversario, debido a su éxito de público, reestrenan en más cines una de ese grupo de films estrenados bajo el título “El universo de Kar-wai”, y no es otra que 2046, la continuación de Deseando amar, donde volvemos a encontrarnos con el Sr. Chow, cuatro años después de la anterior, en ese 1966 tan vacío, sombrío y triste, convertido en un escritor afamado que vive en el Hotel Oriente de Hong Kong, en la habitación 2046, la habitación que compartió con la Sra. Chan, el espacio en el que no pudo consumar su amor. Después de un viaje a Singapur, debe ocupar la habitación 2047, ya que la suya está ocupada. El Sr. Chow se mueve por inercia, abrumado por el recuerdo del amor perdido, en una existencia más propia del que lo ha perdido todo, el que ya no desea más, ni sobre todo a nadie.

Kar-wai vuelve a hacer gala de un estilismo muy depurado y detallista, con esas imágenes ralentizadas, a las que incorpora otras a cámara rápida, donde la cámara sigue de cerca a los personajes, casi como una segunda piel, escrutándolos tanto a nivel físico como emocional, en una película muy fragmentada, donde cada encuadre nos muestra una ínfima parte del espacio, aprisionando a los personajes como si fuesen bestias enjauladas, oprimidas y vaciadas en su propio estado a la deriva, con esa amalgama de colores rojo, verde, amarillos, fluorescentes, pero sombríos y decadentes, como las no vidas de los personajes, con la cinematografía de Christopher Doyle, juntamente con Kwan Pun Leung y Lai Yiu-fai. La vida o no vida del Sr. Chan se llena de noches, de apuestas, de alcohol, y muchas mujeres, como si lo poco que le quedase de vida, quisiera encontrarla en el cariño femenino. Mujeres prostitutas en su mayoría, donde el amor se compra, donde todo vale lo que dura el dinero, donde todo se hace por un interés, quizás la metáfora más evidente de la no vida de Chan.

Chan conocerá a mujeres muy distintas entre ellas, una que se acuesta con el mejor postor, otra, Bai Ling (la natural y atractiva Zhang Ziyi, que despuntaba en el cine de Zhang Yimou, uno de los productores de la cinta), la joven y bella hija del dueño del hotel, enamorada de un japonés (la cercana y joven actriz) Faye Wong, y finalmente, Su Li-Zhen, con el mismo nombre que la añorada Sra. Chan. Ahora, una jugadora de cartas profesional, apodada como la “Araña Negra”, una femme fatale en toda regla, la típica mujer solitaria de un lugar oscuro y de perdición como los sitios de Singapur, en la piel de una extraordinaria Gong Li, durante muchos años la “musa” de Yimou, al que los más cinéfilos recordarán por títulos tan célebres como Sorgo rojo o La linterna roja, entre otros. El cineasta chino nos envuelve en una singular y maravillosa película, llena de personajes perdidos, que no encuentran su lugar, llevados por una decadencia tanto moral como física, donde las emociones intentan infructuosamente salvarse de lo inevitable, con el peso del tiempo otra vez como implacable con su ley de lo efímero y su fugacidad, en que el centro de la trama recae en el Sr. Chow, un extraordinario Tony Leung, que encarna a ese antihéroe del amor perdido, del recuerdo imborrable de la Sra. Chan, como el Rick de Casablanca, como un caballero sin armadura, un vagabundo del amor, deambulando sin destino, un aventurero errante, buscando un amor imposible, enamorado de aquella mujer que no puede olvidar, preso de sus recuerdos que, utiliza la ficción para recordar su amor, con ese viaje en tren solo de ida, donde sus personajes en su novela, que llama 2046, viajan a un futuro distópico, en el cual puede revivir recuerdos perdidos, una ficción donde va colocando a los personajes reales de su vida, en otro juego estupendo de la película, donde la vida no deja de ser un reflejo de todas las ficciones reales o inventadas que hemos vivido o no.

2046 es una tragedia, porque aunque no muere nadie físicamente, si que lo hace emocionalmente, acompañada con esa banda sonora que, al igual que ocurría en Deseando amar, es una interesantísima mezcla de versiones y brillantes temas como los del músico Shigeru Umebayasi, que vuelve a componer dos temas que son oro puro para los sentidos, o las dos versiones de “Siboney”, célebre tema de los sesenta, que por un lado escuchamos la instrumental de la Orquesta de Xavier Cugat, del que también oiremos “Perfidia”, y la versión en castellano de Connie Frances, alguna de Nat King Cole, y la joya de la corona, “Julien et Barbara”, el tema de Georges Delerue para Vivamente el domingo de Truffaut, otro drama romántico con amor oculto e imposible. 2046 es una desgarradora historia de amor imposible y vencido, como lo eran la citada Casablanca, de Curtiz o Tú y yo, de McCarey, bellas y tristes dramas románticos, que no solamente nos hablan de la parte oscura y difícil del amor, sino de su recuerdo, de ese recuerdo imborrable que no desaparece con el tiempo, que sigue alimentando nuestra alma y nuestra vida, que creemos inútil volver a reanimarlo con otras mujeres, peor es inútil, porque ninguna persona es igual a aquella, a aquella mujer que nos devoró el alma, o mejor dicho, aquel amor que nos embrujó, que nos dinamitó todo, que seguimos añorando, que nos descubrió la vida, el amor,  sobre todo, a nosotros mismos, porque en este mundo hay muchas Señoras Chan que el tiempo no ha borrado, que siguen tan cercanas e íntimas en nosotros, porque el amor puede volver a nuestra vida, con otros rostros y en otros cuerpos y emociones, pero nunca como aquel que tuvimos, aquel que seguimos teniendo en sueños, aquel que sigue latiendo tan presente, aquel que el paso del tiempo no consigue borrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA.

Deseando amar, de Wong Kar-wai

LA IMPOSIBILIDAD DEL AMOR.

“¿Por qué nos hacemos tantas preguntas? No es necesario conocerse para quererse. Además, quizá no necesitamos querernos”.

Monica Vitti en El eclipse

Hace casi veinte años, en febrero del 2001, conocí a la Sra. Chan, y al Sr. Chow, dos vecinos en aquel Hong Kong de 1962. La primera vez siempre es especial, esa primera vez donde descubres una historia, donde esa historia se apodera de ti, porque la primera vez de una película como In the Mood for Love, de Wong Kar-wai (Shanghái, China, 1958), deja una huella imborrable, una huella que te perseguirá siempre, porque la película no solo cuenta un amor imposible, un amor que no fue, un amor que se perdió, un amor antes del amor, sino que es mucho más, desde sus maravillosos encuadres, su calculadísima composición narrativa, con esos pequeños apartamentos, y ese pasillo con las puertas a un lado u otro, y esas personas que van y vienen, que entran y salen, con los incesantes cambios de puntos de vista, de idas y venidas, que recuerda a la planificación de las películas domésticas de Yasujiro Ozu, los coloridos y estéticos vestidos de cuello hasta las rodillas de la Sra. Chan, que nos van contando el paso del tiempo de la película, ese tiempo de 1962, la interacción con el resto de los vecinos y en las oficinas donde trabajan, donde la vida social e íntima chocan y se reflejan en un sentido capital en sus vidas, porque fingen y mienten una vida para los demás, y realmente, sienten otra más oculta, la verdadera, sentimientos que quedan reflejados en ese magnífico juego con los espejos, donde dobla a sus personajes en conjunción con lo que sienten.

Imposible olvidar la recurrente música del tema de “Yumeji’s Theme”, que compuso Shigeru Umebayashi, que acompaña esas imágenes ralentizadas, imágenes que se repiten, desde diferentes ángulos, pero que siguen siendo el mismo mirado desde otra perspectiva, como si el tiempo se pausara, como si el destino se empeñase en dar una última oportunidad a dos personas que se conocen e intiman porque sus respectivos enamorados se han enamorado, dos individuos que comen, pasean y viajan en taxi juntos, compartiendo un tiempo que no les pertenece, un tiempo que pertenece a otros, a esos otros ausentes que todavía siguen tan presentes en sus almas. Las figuras enigmáticas, rotas y desoladas de Maggie Cheung y Tony Leung, intérpretes fetiche del director, que encarnan de forma sobria y prodigiosa dos almas a la deriva, dos criaturas entre dos mundos, entre el pasado y el presente, arrastrados al dolor, al deseo del otro, y el amor no correspondido y el que puede venir. Fa yeung nin wa, el título original chino, que viene a decirnos algo como “La época de florecer” o “Los años floridos”, adoptó el título internacional por la canción “I’m in the Mood for Love”, de Bryan Ferry, tuvo una primera incursión tanto en ambientes como en personajes en Days of Being Wild (1990), en un marco distinto, en el thriller más oscuro y errante, en 2046 (2004), volverá a los mismos personajes, con el Sr. Chow, que sigue anclado a ese pasado y a la Sra. Chan, intentando encontrarla en otras mujeres.

Kar-wai ha desarrollado una carrera de relatos poliédricos, llenos de desamor, amargura y personajes desolados, movidos por la pasión, las vidas en tránsito, y rotos por el pasado. Con Deseando amar recupera la esencia del Hong Kong colonial, mezclado de occidente y tradición, para introducirla en otro relato, en el de la vida de ciudadanos de Shanghái en el Hong Kong de 1962, para contarnos la infidelidad de un hombre y una mujer casados, a los que solo escucharemos o veremos de espaldas, aunque para el director chino este hecho es solo una mera excusa para centrarse en lo que realmente le interesa, la reacción de los traicionados, los otros, la Sra. Chan, que se llama Su Li-zhen, y el Sr. Chow, que se miran, como se miran, que comparten el tiempo, simulando como actuaron sus respectivas parejas, cómo empezó todo, que hacían, como se miraban, en fin, ser ellos, parecerse a ellos, sentir como ellos, para quizás, llegar a tener algo como ellos. El relato, con la maravillosa y poética luz de Christopher Doyle, que desde Days of Being Wild, trabajaba construyendo de manera precisa y elegante el universo colorido, íntimo, sensual y romántico del autor chino, porque la mirada de Kar-wai del Hong Kong de su infancia, no es una mirada real ni de “verdad”, sino que está impregnada de sus recuerdos infantiles, de esa forma estilizada que tiene cada fotograma de la película, donde brillan los colores de los vestidos de ella, las luces de neón y los ambientes humeantes de las comidas o los espacios claroscuros, todos elementos significativos de su cine, que le han hecho mundialmente descriptivo en su forma de mirar y construir el cine.

Una atmósfera muy personal y característica, donde envuelve a sus personajes en pequeños espacios, cargados y tensos, donde la vida, la cotidianidad y la desesperación personal se mezclan en escasos metros, donde realidad y sueño se mezclan confundiéndolos y confundiéndonos, donde la naturaleza de los personajes y la trama real está escondida, en otra capa, más soterrada y nada complaciente, porque Kar-wai no quiere que nos lancemos al abismo sin más, sino que lo va cociendo a fuego lento, como los guisos que vemos en sus películas, porque en el instante que queremos darnos cuenta, ya estamos en plena caída, impregnados e hipnotizados por sus espacios, por su compleja y excelsa planificación narrativa, donde cada encuadre nos descubre un nuevo universo, donde cada espacio tiene su peculiar luz, ensombrecida como no podía ser de otra manera, con sus personajes envueltos en la bruma del tiempo y del caprichoso destino. Con las oportunas y clarificadoras canciones, algunas chinas muy populares de la época, o las del gran Nat King Cole, con “Aquellos ojos verdes”, “Te quiero dijiste” o “Quizás, quizás, quizás”, magistralmente elegidas que explican con exactitud lo que están sintiendo cada personaje.

Encontramos huellas del romanticismo colorista y sombrío del cine de Douglas Sirk, con esos ambientes de la clase acomodada estadounidense de los cincuenta, que también retrató Yates en sus novelas, donde lo social y lo doméstico, o lo que es lo mismo, la vida de fuera y la íntima, siempre andan en continua disputa, donde las emociones de los personajes se debaten entre lo que sienten y las circunstancias que están viviendo, la eterna lucha entre lo racional y lo emocional. Y cómo podíamos dejar sin mencionar el desamor de Vittoria y Piero, las criaturas de El eclipse, de Antonioni, probablemente una de las historias de no amor más fascinantes y tristes de la historia del cine, en una relación que estaría Deseando amar, sin ningún tipo de dudas, con todo ese amor que sienten, y sobre todo, como lo describe y lo filma Antonioni, con esos espacios cuando los llenan con sus idas y venidas y sus circunstancias, y luego, cuando se quedan vacíos, y todavía los siguen ocupando, ya en la imaginación de los espectadores, lo que fue y ya no es, con toda esa vida no vivida, con todo ese deseo y esa pasión consumida, con todas las huellas y sombras que dejan las emociones que ya no serán, que se perderán en el abismo del tiempo, donde el amor vive en el recuerdo, donde el amor, si realmente hubo, se convertirá en una huella que el tiempo irá borrando sin remedio, o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA