Safari, de Ulrich Seidl

CAZADOR BLANCO EN EL ÁFRICA NEGRA.

El universo cinematográfico del cineasta Ulrich Seidl (Viena, 1952) se compone de dos elementos muy característicos, por un lado, tenemos su materia prima, el objeto retratado, sus conciudadanos austriacos que son filmados mientras llevan a cabo sus actividades domésticas e íntimas. Y por otro lado, la naturaleza de esas actividades que vemos en pantalla filmadas desde la más absoluta impunidad y proximidad. Seidl ha construido una filmografía punzante y crítica con el sistema de vida, no sólo de sus paisanos, sino de una Europa deshumanizada, un continente ensimismado en su imagen e identidad, que utiliza y explota a su antojo, cualquier lugar o espacio del mundo que le venga en gana, además de practicar todo tipo de actividades, a cuál más miserable, para soportar una sociedad abocada al materialismo, la individualidad y el éxito.

Su cine arrancó a principios de los noventa con títulos tan significativos como Love animal (1996) donde retrataba a una serie de personas que llevaban hasta la locura su amor por los animales, o Models (1999) que exploraba el mundo artificial y vacío del mundo de la moda y la imagen, con Import/Export (2007) se adentraba en la absurdidad de la Europa comunitaria que dejaba sin oportunidades laborables tanto a los de aquí como les de los países colindantes, con su trilogía Paraíso: Amor, Fe y Esperanza (2012) estudiaba, a través de tres películas, las distintas formas de afrontar la vida y sus consecuencias con una turista cincuentona que encontraba cariños en los brazos de los jóvenes nigerianos a la caza del blanco (trasunto reverso de Safari, donde, tantos unos como otros, andaban a la caza para paliar sus miserias), en la segunda, las consecuencias de una fe llevada hasta el extremo, y por último, una niña obesa intentaba adelgazar en un campamento para tal asunto. En su última película, En el sótano (2014) filmaba las distintas actividades que practicaban los austriacos en sus sótanos, donde daban rienda suelta a sus instintos más primarios.

En Safari, al contrario que sucedía en Love animal, aquí los austriacos viajan a África para matar animales, también los aman, según explican, pero de otra forma, un amor que los lleva a querer matarlos, por todo lo que ello les provoca como una forma de poseerlos. Seidl filma a sus criaturas caminando sigilosamente por la sábana en busca y caza los animales que quieren abatir, mientras escuchamos sus diálogos, entre susurros. También, captura a sus cazadores (en sus característicos “Tableaux Vivants”) rodeados de los animales disecados, mientras hablan sobre las características de sus armas, la excitación que les produce matar a un animal u otro y los motivos de su cacería, justificándola y aceptándola como algo natural en sus vidas y en la sociedad en la que viven, secuencias que Seidl mezcla con planos fijos de los empelados negros que trabajan para el disfrute de los turistas blancos, aunque a estos no los escuchamos, y finalmente, el cineasta austríaco nos muestra el traslado del animal muerto (que suele tratarse de caza mayor como impalas, cebras, ñus… ) y posterior descuartizamientos de los animales por parte de los negros, sin música, sin diálogos, sólo el ruido de los diferentes utensilios que son empleados para realizar la actividad, recuperando, en cierta medida, el espíritu de Le sang des bêtes, de Georges Franju.

Seidl se mantiene en esa distancia de observador, no toma partido, filma a sus personas/personaje de manera sencilla, retratando sus vacaciones y escuchándolos, sin caer en ninguna posición moral, función que deja a gusto del espectador, que sea él quién los juzgue. Seidl construye relatos incisivos, críticos y provocadores, sobre una sociedad que todo lo vale si tienes dinero, que el colonialismo sigue tan vivo como lo fue, pero transformando en otra cosa, explotando al que no tiene porque el que puede no lo permite. El cineasta austriaco investiga las miserias humanas y su tremenda complejidad, y lo hace de forma incisiva, mostrando aquello que nadie quiere ver, aquello que duele, que te provoca un posicionamiento moral, lo que se esconde bajo la alfombra, lo que todos saben que está mal que exista, pero nadie hace nada y mira hacia otro lado, un lado más amable, aunque sea falso.

Entrevista a Guillaume Senez

Entrevista a Guillaume Senez, director de “9 meses”. El encuentro tuvo lugar el martes 7 de marzo de 2017 en la sala de cine del Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillaume Senez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Shadow Girl (Niña sombra), de María Teresa Larraín

poster_castLA ÚLTIMA PELÍCULA.

“Recuerdo que cuando era niña mi mamá me llevó al oculista por primera vez y el doctor nos dijo que, yo había heredado la condición de mi madre, miopía progresiva, y que un día como ella, yo me quedaría ciega. Yo no sabía lo que era miopía progresiva, no sabía lo que era miopía, ni lo que era progresiva, pero cuando salimos de la oficina del doctor, le pregunté a mi mamá: ¿Mamá, cuando nos vamos a quedar ciegas? Y mi mamá me dijo: Nunca. Sí, me dijo que nunca”

En el magnífico documental El cielo gira, de Mercedes Álvarez, en la que su directora nos cuenta el pasado y el presente de su pueblo Aldeaseñor, filmando a los 14 habitantes del pueblo, entre ellos, al pintor Pello Azquera, que está perdiendo la vista, y sigue retratando los lugares que un día sólo existirán en sus lienzos y memoria. Un proceso parecido experimenta María Teresa Larraín (Santiago de Chile, 1951) en esta película, su Niña sombra es un retrato sobre su intimidad, sobre el proceso de su ceguera progresiva. El relato se inicia en Toronto (Cánada) donde la cineasta se exilió en el año 1976 huyendo de la represión de la dictadura de Pinochet. Allí, hizo su vida, estudió y se formó como directora de cine independiente en los que ha abordado en sus películas temáticas de índole social (diversidad, inclusión, minorías) dotando a sus historias de un gran carácter humano. Larraín nos cuenta en primera persona su pasado y su presente, desde el momento que su vida empezó a cambiar, cuando empezó a perder la vista, heredando así la enfermedad que también padeció su madre.

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La realizadora chilena se embarca en un viaje que, como ella explica, será su última película, la película que registrará el proceso que está viviendo, en el que Larraín, con la ayuda de un pequeño equipo, registrará todos los acontecimientos que se sucederán en su vida. Arrancaremos en Toronto, en el exilio, en el que Larraín comenzará a vivir su enfermedad en soledad, por decisión propia, explicando a sus allegados lo que le está sucediendo, mostrándose sin ningún tipo de pudor, abriéndonos su alma, mencionando sus miedos, tanto presentes como del futuro, y sobre todo, todos los cambios que se producirán en su vida. Larraín envuelve a su película de un tono naturalista, sin caer en sentimentalismos, ni nada por el estilo, sino todo lo contrario, retrata a una mujer que se desnuda emocionalmente ante nosotros, filmando todos los cambios que se van produciendo en su cotidianidad. Su vuelta a Chile, después de la muerte de su madre, la visita a su único hijo a Costa Rica, y pasar un tiempo con sus nietas, y finalmente, su nueva vida en Chile, y descubrir a otros como ella, los vendedores ambulantes de La Alameda, la avenida principal de Santiago de Chile.

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Larraín construye un diario personal sobre su enfermedad, y muy inteligentemente y con extrema sutileza, nos introduce la temática social que han estructurado toda su filmografía, capturando los diferentes vendedores que se va encontrando en su deambular por las calles de su ciudad, y dialogando con ellos, conociendo todas sus dificultades y problemáticas que viven en su precaria existencia. Larraín recoge el testigo de otros documentalistas que también han hecho de su experiencia vital el material fílmico de sus trabajos como Johan Van der Keuken que filmó su maravillosa Las vacaciones del cineasta, en la que se centraba en su pasado y presente familiar, las películas/retratos de Naomi Kawase sobre su orígenes, su abuela, su embarazo y posterior alumbramiento, o más recientemente, Luis Ospina en Todo comenzó por el fin, en la que el cineasta colombiano se filma enfermo de cáncer en el hospital, y registra todo el proceso y sus reflexiones. Una película que nos habla sobre la dignidad de las personas ciegas, de todo aquello que pueden seguir aportando a la sociedad a pesar de su discapacidad. Larraín edifica un maravilloso alegato sobre la dignidad, desde una mirada poética y humanista, filmando a sus “nuevos amigos” desde la proximidad, acariciando sus vidas, escuchando sus (des)ilusiones y tendiéndoles la mano.

Dentro del armario, de Sophia Luvarà

poster_castMENTIR PARA SER ACEPTADO.

“Tu padre entró en el armario cuando tú saliste de él”

El universo cinematográfico del genial Yasujiro Ozu investigó y exploró la difícil convivencia y los conflictos internos que se generan entre padres e hijos, entre la tradición y el respecto al pasado que representan los mayores, en contraposición, con la modernidad y los nuevos valores de los jóvenes. La primera película de Sophia Luvarà (Regio de Calabria, Italia, 1982) camina por los mismos parámetros, colocando el foco en la China actual, ese país en plena expansión económica y tecnológica, que en cambio, sigue arraigada en fuertes tradiciones que siguen manteniéndose del pasado, como ciertos valores familiares en el que casarse y tener hijos se entiende como una forma de respeto hacia los padres. Luvarà se cansó de trabajar en un laboratorio y se marchó a Londres para realizar documentales, sus trabajos cortos los dedicó a la mafia calabresa en The great mafia orange squeeze (2011), y en el mismo año, Road to Fueridis, en la que filmaba a un grupo de mujeres musulmanas y judías en su propósito de hacer una película.

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En Dentro del armario, sigue las vidas de Cherry, una lesbiana casada, pero hostigada por sus padres para que tenga descendencia, por la vía de adopción, que destapa una cruda realidad de la miseria que se oculta (vientres de alquiler, niños robados de hospitales, etc…) y la vida de Andy, homosexual, que acaba de salir del armario, pero su padre le obliga a contraer matrimonio y tener hijos. Luvarà los filma en la intimidad, y desde la cercanía, aquí no hay estridencias ni sensiblería, sino todo lo contrario, la crudeza de las situaciones que viven tanto uno como otro, son tratadas de forma sencilla y honesta, capturando esos instantes de cercanía en sus quehaceres cotidianos, sobre todo, mientras preparan la comida o comen, una tradición en la vida asiática: las citas para preparar el posible matrimonio, las visitas a los padres y todo lo que les separa, y esos momentos en la soledad del piso, en el que explican sus sentimientos y miedos. La cineasta calabresa ha construido una película en primera persona, que nos susurra en la oreja, sobre el colectivo gay y las consecuencias que la condición sexual tiene en China, que no la prohíbe, pero en cierto modo la estigmatiza y la desplaza del orden familiar, porque choca fuertemente contra la tradición de unos padres que no acaban de aceptar la condición natural de sus hijos, unos hijos que, debido al respeto que guardan a sus progenitores, tratan de contentarles, aunque eso signifique un sinfín de problemas, tanto emocionales como físicos.

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Cherry y Andy, sólo son las caras visibles de otros millones, dos existencias que explican sin tapujos ni vericuetos sus vidas, y lo hacen de manera abierta, sin pretender ser lo que no son, ni aparentar otra cosa, en cierta manera, el cine hace aquí un función ejemplar y maravillosa, la película de Luvarà actúa como espejo acogedor y amigo, porque filma y escucha a unas personas que en su cotidianidad y sobre todo, frente a sus padres, deben aparentar lo que no son, aquello que va en contra de su decisión, y sobre todo, de sus vidas, unas vidas que ellos han decidido que sean de una manera, y no como la desean otros, por muy padres que sean, resulta especialmente conmovedor el instante en que Andy dialoga con una madre de un asociación que apoya a los padres e hijos de la comunidad gay, en los que se ayuda a aceptar a los hijos, independientemente de su condición sexual, para así construir nuevos caminos de comprensión y respeto para que la convivencia entre padres e hijos sea sincera y abierta, para que los mayores acepten a sus hijos y los hijos sean aceptados.

El perdido, de Christophe Farnarier

elperdido_v3_72dpiLA LLAMADA DE LO SALVAJE.

La película arranca con un amanecer en pleno epicentro del pirineo catalán, un hombre subido a una moto y una escopeta colgada, circula camino arriba, rasgando el silencio sepulcral que reina en la placidez de la montaña. Llega a  una cabaña, se detiene y se aproxima hacia un árbol donde se apoya. Se apunta con el arma para acabar con su vida, pero después de unos instantes, no se atreve y desiste de su empeño. Se levanta y se pierde hacia el interior de la montaña. De esta forma tan contundente y enérgica se abre el nuevo trabajo de Christophe Farnarier (Marsella, Francia, 1963) que ha sido cinematógrafo de Albert Serra y de Lluís Miñarro, y autor de una filmografía muy interesante que arrancó en el 2008 con El somni, película que abordaba el último viaje del pastor Joan “Pipa” por los montes guiando su gran rebaño, luego siguió con La primavera (2012), en la que se adentraba en la figura de Carmen, una campesina y su familia. Ahora, y siguiendo con la naturaleza como paisaje atávico y libre que estructura su mirada, vuelve a centrarse en un personaje que deberá enfrentarse a sí mismo y en un entorno hostil, un paisaje natural con sus formas, sus cambios y sus elementos en constante cambio.

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Farnarier toma como referencia la vida real de un campesino andaluz que estuvo 14 años viviendo por voluntad propia en las montañas, aunque hay se acaban las similitudes, la propuesta de Farnaier se encamina pro otros derroteros. Su película abandona todo elemento verbal, es una película sin diálogos, para centrarse en la figura humana (interpretado de forma ejemplar por Adri Miserachs, sin ninguna experiencia previa y amigo del director) y en su cotidianidad más elemental, de espíritu en total libertad con la naturaleza, la cámara lo sigue ininterrumpidamente, no vemos a otra persona durante todo el metraje de la película, y sólo otro ser vivo, la inclusión de un perro. El director francés pero afincado en Banyoles, tampoco emite ningún juicio psicológico ni motivación de su personaje, sólo conocemos, y tomando el arranque como medida, que viene de algún lugar oscuro, ya que tiene intención de suicidarse, pero, a partir de ese momento, no sabremos nada de su pasado, sólo su inmediato presente, y su capacidad para sobrevivir en la naturaleza y convertirse en uno más.

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Farnarier filmó su película alrededor de un año, siguiendo con naturalidad y firmeza los pasos de su criatura, y cómo iban afectando los cambios de los diferentes elementos y las estaciones que se iban produciendo. La película abandona toda clase de artificios cinematográficos, se impone la atmósfera natural y agobiante del bosque y las montañas, en que el silencio del bosque se apodera del ambiente, solo roto por los sonidos propios provocados por los trabajos y las acciones del hombre, en la que prima la luz natural y la cámara en mano, filmando tomas largas y de detalle, consiguiendo esa cercanía que describe con minuciosidad la experiencia/aventura de este hombre de una forma penetrante y humana, muy visceral y orgánica, como nos contaron Henry David Thoreau en su magnífico libro Walden, la vida en los bosques (1854), en la que retrataba dos años de vida en una cabaña en el bosque, del que la película suscribe muchas de las enseñanzas y experiencias de su aventura, y las novelas de Jack London, que enfrenta al hombre con su vertiente más primitiva y salvaje, enfrentándose a su entorno natural y su forma de sobrevivir, recuperando los orígenes perdidos por el mundo civilizado.

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Farnarier consigue transmitirnos la humanidad de su hombre, traspasando no sólo su fisicidad, sino su interior, un espacio en el que a través de sus movimientos y su trabajo diario logramos introducirnos de la forma más natural y sencilla, sin remarcarlo a través de la palabra, sólo apoyado en sus tareas cotidianas. La película respira el espíritu de Robert Bresson, en su capacidad de mostrar lo profundo a través de lo más sencillo y ordinario, sin necesidad de explicaciones innecesarias, Farnarier opta por filmar con detalle y paciencia esos trabajos, capturando el movimiento de las manos trabajadoras que rasgan la piel del jabalí, derriban los árboles para construirse su hogar, preparan el fuego, prueban los utensilios que va encontrando en casas abandonadas (mostrando el éxodo de los habitantes a la ciudad dejando los lugares rurales vacíos y en ruina) y cogen las hierbas comestibles que se cruzan en su camino, etc. Un viaje introspectivo y humanista que avanza hacia delante, sin detenerse pero sin prisa, con otro ritmo, pausado y con sublime serenidad, disfrutando y viviendo intensamente cada momento. Una película que arranca como un viaje de la aventura de la humanidad, iniciándose desde los orígenes, recorriendo la experiencia del hombre, desde la caverna (como nos explicaba Platón) para lentamente, avanzando hacia la naturaleza y a convivir en ese escenario, valiéndose por sí mismo, alejado de toda civilización, huido de todo aquello que para él ha perdido todo su sentido, en una forma de empezar de nuevo, de renacer, reconstruirse o morir para volver a nacer, pero ya en un entorno natural.

Un hogar en el mundo, de Andreas Koefoed

poster_castUNA NUEVA VIDA.

Nos encontramos en la pequeña localidad de Lynge (Dinamarca) en la escuela de la Cruz roja, que acoge 120 niños refugiados, niños que aprenden danés mientras esperan a ser admitidos en el país. Son sólo unos cientos, de los más de 2000 niños que piden asilo cada año en Dinamarca, de un total de más de 14000 refugiados. Todos huyen de sus países de origen por el mismo problema: la guerra. El cineasta Andreas Koefoed (Copenhague, Dinamarca, 1979) cone xperiencia desde el 2001 en el campo documental en el que ha trabajdo sobre temas diversos en el que el foco principal se posa en la existencia humana y sus conflictos. Aquí, sigue a cinco niños, muy diferentes entre sí, que sueñan con tener una vida tranquila, lejos de las bombas y las penurias de sus vidas en sus países de origen. Se inicia con Magomed, de Chechenia, y la película se estructurará a través de la cotidianidad, y sobre todo, en la mirada de este niño, un niño introvertido, al que le cuesta adaptarse y comunicarse, aunque destaca por su inteligencia. Luego, conocemos a Sehmuz, de Siria, en su paso a la escuela pública, después de la concesión de su asilo. También, sabremos de Alí, de Afganistán, de Heda, también de Chechenia, y finalmente, de Amel, de Bosnia. Todos ellos, niños que han crecido en situaciones de guerra, que han conocido la huida, el miedo, y la desesperación.

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La mirada de Koefoed es serena y reposada, seguimos la cotidianidad de las clases, y vamos viendo los diferentes niveles por donde irán pasando estos niños en su ansiado sueño de obtener el asilo, y pasar a la escuela pública, y permanecer junto a su familia en un país diferente, donde hay oportunidades, y sobre todo, no hay guerra. El cineasta danés filma su película desde la cercanía, mostrando sensible al tema que maneja, pero sin agobiar a sus personajes, dejándolos ser ellos mismos, olvidándose de que los están filmando, capturando desde la intimidad su tiempo y espacio, explorando sus miradas, sus gestos, y manteniéndose a la distancia suficiente para filmar sus emociones, sus miedos, sus disgustos, sus preocupaciones, y todo aquello que les hace felices, amenaza o les preocupa. Koefoed es sensible y delicado en su forma de penetrar en las paredes de este colegio-milagro (que desgraciadamente a día de hoy ya no existe, los recortes del gobierno danés han provocado su cierre), en filmar con proximidad y delicadeza los conflictos que se generan entre unos y otros, entre los educadores y los alumnos, en un entorno que se respira pedagogía de grandísima altura, donde la adquisición de conocimientos es importante, porque los llevará a tener herramientas necesarias para desenvolverse por sí mismos en el país extranjero, aunque también, se valoran las cualidades emocionales, se prevalece en favor de su libertad individual, y en aumentar sus capacidades emotivas.

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Koefoed no olvida a los progenitores de estos niños, a los que también les ofrece su espacio, aquellos que luchan diariamente con la estúpida e inhumana burocracia para conseguir quedarse en el país de acogida. Unos padres que hablan con los docentes, explicándoles las diversas situaciones en las que se encuentran. La mirada de Koefoed a la cotidianidad de la escuela, a sus clases, a sus horas de patio, y los momentos de manualidades, recuerdan a otros cineastas que también han abordado con inteligencia y emoción la realidad de la educación como François Truffaut, Bertrand Tavernier, Nicolas Philibert, Vittorio de Setta, Hana Makmalbaf, Mariana Otero, entre otros, que con igual fortuna se han adentrado en el maravilloso mundo de aprender, en los que tratan temas y conflictos, desde una forma naturalista, contando historias sociales, en las que reflexionan y profundizan sobre una realidad cercana, una realidad que los gobernantes olvidan y no aportan todos los medios humanos y materiales para solucionar los problemas. Koefoed ha hecho una película sencilla y maravillosa, porque no decirlo, construida sobre una base humanista, siguiendo las vidas de unos niños demasiado jóvenes para vivir esas vidas, y demasiado inocentes para entender el mundo tan inhumano que les rodea. Un cine humanista desde la emoción más pura, que visibiliza sobre los temas actuales, los temas que hay que hablar, aquellos que no se pueden ocultar, ni mirar hacia otro lado, y el cine, como medio artístico que explora el ser humano debe extudiarlo como mencionaba Brecht: “Un arte para el pueblo y por el pueblo, que hable de los temas sociales, culturales y políticos”. Un cine que atrapa las miradas de los seres humanos en continuo conflicto emocional con ellos mismos y su entorno, unas personas que sólo necesitan sentirse bien consigo mismos en un lugar que los entiendan y sobre todo, que los cuide y los proteja, no los violente y tampoco los mate.

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de “La muerte de Luis XIV”. El encuentro tuvo lugar el jueves 17 de noviembre de 2016 en el ático del Institut Francès en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, generosidad, y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue y Diana Santamaría de Capricci Cine, por su paciencia, amabilidad y cariño, que además tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza esta publicación.