Time to Love, de Metin Erksan

DEL AMOR Y OTRAS SOLEDADES. 

“No decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe”. 

Luis Cernuda

Hay muchas historias del cine. Tenemos la oficial, la que todos los que hemos estudiado cine conocemos, con sus nombres, películas y demás. Pero también hay otras, las que no conocemos, las que se reescriben cada año, porque cada año en lo más recóndito de una filmoteca o una casa olvidada, se descubren otros nombres y películas, descubriendo a cineastas que, desgraciadamente, quedaron en el olvido o muy pocos recuerdan. El nombre de Metin Erksan (Çanakkale, Turquía, 1929 – Bakirköy, Turquía, 2012), es uno de ellos, un cineasta que dirigió 42 títulos amén de una veintena de guiones para otros directores. Este descubrimiento viene con su última película, Sevmek zamani, traducida como Time to Love, en la que nos cuenta la fascinación de Halil, un pintor que decora las casas de los ricos, por un retrato, el retrato de Meral, una de esas jóvenes ricas que pasa su tiempo en casa de ricos suyas o de amigos. Los dos se conocen y se enamoran, aunque Halil tiene miedo, ese miedo del enamorado que sabe que la diferencia entre ellos, de posición social sobre todo, hará añicos el amor y por ende su vida. 

El extraordinario arranque de la película con ese mar rodeado de un profundo bosque de árboles altos acompañado de un silencio sepulcral, que escenifica los barrotes de una prisión, igual que sucedía en Los amantes crucificados (1954), de Kenji Mizoguchi, nos lleva a pensar que estamos frente a un amor difícil, un “amour fou”, que mencionaba el gran Buñuel. La película ya tiene ese aroma triste y melancólico, con esa secuencia del inicio con la lluvia, una lluvia fiel compañera de este amor tan difícil como pasional, y el protagonista mirando a través de la ventana del café, y luego sale y la cámara lo sigue hasta la casa, donde entra y en soledad se queda embelesado mirando el retrato de la citada Meral. Un tono y unos paisajes tristes, desolados y vacíos que recuerdan enormemente el cine del bloque comunista, con nombres como Kieslowski y Béla Tarr, entre otros. El blanco y negro acentúa ese aire pesado y asfixiante de unas vidas sin más, unas existencias anodinas, sin esperanza y muy solitarias, en consonancia con el formato cuadrado que evidencia esa cárcel de la que hablábamos, en un gran trabajo del cinematógrafo Mengü Yegin, con más de 70 títulos a sus espaldas, y la música, constante y que resalta esas emociones contradictorias de ambos protagonistas, que firma Metin Bükey, con más de 130 películas en su filmografía, y el preciso y sólido trabajo de sonido de Yorgo Ilyadis con 80 títulos en su haber. 

Halil y Meral son dos almas enamoradas, pero también son dos almas muy diferentes, pertenecen a clases sociales antagónicas, y eso lo cambia todo, porque una cosa es el amor y otra muy distinta, la del patrimonio que se dispone, porque nunca habrá un amor que no esté sometido a las leyes de lo material, y en esas están los dos personajes. Erksan construye una película tan real como poética, donde cada plano y cada encuadre evidencia la distancia y la cercanía que reside entre Halil y Meral, y ese entorno duro y agreste, donde deja claro la influencia de aquellos años sesenta, la inspiración de los “nuevos cines”, de los Antonioni, de esos paisajes dolientes y desiertos, de esas playas desiertas, donde el mar rompe y desgasta, de esos caminos pedregosos y embarrados en mitad de alguna montaña, o esos lagos, donde el agua es densa y poco clara, rodeados de naturaleza y también, de aislamiento, de ese mundo interior, tan complejo y tan difícil de interpretar, de constantes huidas y (des) encuentros y reencuentros, de diálogos en silencio, de palabras duras y cortantes, de miedos, de inseguridades, de querer alejarse o quedarse para siempre, de saber y no saber, de sentir y no saber qué sentir, de dudas, de incertidumbres, y sobre todo, de amor y otras soledades. 

El cine de Erksan tiene inspiraciones literarias, que se centraba en los problemas de las gentes del campo, convierte esa isla, que no es otra que las Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, en Turquía, en la isla del amor, o mejor dicho, en la isla donde nace el amor, primero en forma de retrato/fotografía, que lo emparenta con Jennie (1948), de William Dieterle, y con Laura, de Otto Preminger y La mujer del cuadro, de Fritz Lang, ambas producidas en 1944, donde la obsesión por la imagen de una mujer deviene un trasunto más allá del amor y el deseo, con raíces más profundas donde el sujeto se sacia con la mera contemplación del retrato sin querer ir más allá cuando la mujer se manifiesta en carne y hueso. Pero no sólo están los enamorados Halil y Meral, excelentemente interpretados por Müsfik Kenter y Sema Özcan, respectivamente, componiendo ese amor tan cercano y lejano, ese amor único, ese amor bello e intenso, ese amor rodeado de las circunstancias, y los demás, como Basar, el novio de Meral, al que da vida Süleyman Tekcan, un tipo que recuerda a los matones del cine negro hollywodiense, con su séquito y toda su rabia después que su amor se haya ido con el desconocido pintor de brocha gorda, y también, está Mustafa que interpreta Fadil Garan, una especie de padre-escudero de Halil, un amigo, un confesor y una ayuda, que trabaja con él, y canta con esa voz en la que recuerda a través de su guitarra turca, en la que la melancolía y la memoria se cruzan invocando otros tiempos, otros lugares y otros sentimientos. 

Celebramos la restauración en 4K de Mubi, y la gran idea de Vitrine Filmes de distribuirla para que la historia del cine siga en su proceso de reescritura infinito, y los mortales como yo y todos aquellos que amamos el cine, sigamos disfrutando de miradas, propuestas y reflexiones como Time to Love, y la historia de amor y no amor de Halil y Meral, y su entorno y sus circunstancias. Sólo nos queda añadir que si tienen oportunidad de verla en pantalla grande no duden en hacerlo, porque ahora que estamos rodeados de pantallas de ínfima calidad y tamaño, la calidad y la experiencia que ofrece un cine y su pantalla no es comparable, haganme caso, vale la pena el desplazamiento y disfrutar de esa sensación cuando la sala está a oscuras, la película empieza a proyectarse y el mundo no existe, el tiempo menos aún, y sólo quedan la película y su historia, que nos traslada al lejano año de 1965, a Turquía, y más concretamente a la Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, y conocemos una crónica de amor, el amor de Halil y Meral, y la vida adquiere el más profundo de los sentidos, cuando finalice la película será otra historia, pero mientras sigamos disfrutando y sobre todo, soñando con el cine y la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una bonita mañana, de Mia Hansen-Love

SANDRA EN LA MUERTE Y EN EL AMOR. 

“Nada más grueso que la hoja de un cuchillo separa la felicidad de la melancolía”. 

Virginia Woolf

El cine de Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), es de una gran belleza, y no sólo por lo que reflexiona, sino como lo muestra, porque en su aparentemente superficialidad y ligereza, oculta todo un entramado emocional complejo e inquietante, en el que sus personajes se mueven siempre entre contradicciones, paradojas y callejones de difícil salida. En Una bonita mañana, que nos llega con apenas ocho meses de diferencia respecto a su anterior película, La isla de Bergman, pone el foco en la vida de Sandra, una joven y viuda madre que vive junto a su hija Linn de ocho años y trabaja como intérprete, y acude a menudo a ver a su padre Georg, eminente profesor de filosofía, ahora muy delicado de salud. Dos situaciones van a alterar considerablemente su existencia. Por un lado, su padre debe ingresar en una residencia porque su estado empeora, y por otro, ha comenzado una relación intermitente con Clément, un antiguo amigo casado y con un hijo. Y así están las cosas para Sandra, debe despedirse de un padre que todavía está vivo pero ya no es él, y embarcarse o no en una relación con un casado. 

Desde su maravilloso arranque cuando la protagonista explica a su padre como abrir la puerta de casa desde el otro lado, deja bien claro que, a veces, los momentos más duros e insalvables se encuentran a una puerta de por miedo, que puede significar un gran obstáculo por el que hay que pasar inevitablemente, aunque no queramos. La familia, siempre importante en el imaginario de la directora francesa, tiene aquí un importancia abrumadora, como la tenía en su ópera prima Toda esta perdonado (2007), en la que también una hija debía pasar cuentas con su padre desaparecido, y en El porvenir (2016), cuando una esposa y madre tenía que volver a reconstruirse cuando su marido se iba de casa con una más joven. Como en casi toda su filmografía, la mujer es el centro de todo, mujeres de diferentes edades y una posición acomodada, mujeres con problemas sentimentales, casi siempre esperanzadas en un amor que les salve de la vida o de los conflictos internos que padecen, que en realidad están escondiendo esos miedos e inseguridades que todos tenemos a lo largo de nuestra vida, ya sean unos u otros. Sandra debe lidiar muchos frentes, batallas diarias que lleva con mucha entereza a pesar de todo, navegando por este temporal en una existencia anodina hasta ahora, en esos cinco años de soledad, o mejor digamos, de aparente felicidad, no por deseada sino porque no ocurría nada que altere esa vida o eso qué hacemos con nuestra vida o algo que se le parezca. 

En poco tiempo, Sandra se ve inmersa en dos frentes de órdago, dos luchas en las que se sumerge como puede, como hacemos todos, dos elementos contradictorios y sumamente complejos, porque debe decir adiós a su padre, a su referente y a su guía, que le ha enseñado el mundo del pensamiento y la palabra, y por otro lado, llega Clément, con su “problema”, que le ofrece una no relación de idas y venidas, en la que el cuerpo y la carne lo son todo. La imagen de 35mm, que usa en sus ocho películas hasta la fecha, si exceptuamos Edén (2014), da a cada encuadre y cada secuencia esa ligereza de la que hablábamos, ese tono tan cercano e íntimo que emanan los instantes del cine de Hansen-Love, como sus añorados Varda, Rohmer y Truffaut, con esos planos de paseos por París, por sus calles empedradas, sus largos escalones, sus plazas y miradores, en la que vuelve a contar con la mirada de Denis Lenoir, al igual que en el montaje, en la que la presencia de Marion Monnier, fiel compañera en toda su filmografía, dota de pausa y encanto a las casi dos horas de metraje, una duración que vemos sin prisa, pero con mucha intensidad y emoción. 

El tema musical “Liksom en herdinna”, de Jan Johansson, actúa como leitmotiv, porque lo escuchamos en varias ocasiones durante la película, que dice mucho de los entresijos emocionales por los que están pasando sus individuos. El buen manejo de la directora a la hora de componer sus personajes junto a intérpretes tan especiales como Léa Seydoux, que nos lleva de la mano con su inolvidable Sandra, una mujer entre dos frentes, y vaya frentes, despedirse de la persona que más has querido, y sobre todo, la persona que te ha guiado a ser quién querías ser, y esa otra persona que llega a tu vida con luz e ilusión, aunque traiga una mochila muy pesada, quién dijo que la felicidad venía fácil no sabía que era la felicidad y mucho menos la vida, esa cosa que nos da vida y nos mata y nos confunde, nos desoriente y sobre todo, ese densidad agridulce de no sé sabe qué. Al lado de Seidoux, nos cruzamos con el actor Rohmeriano Pascal Greggory en el papel de padre de Sandra, ese hombre que no ve, que ya no lee ni sus palabras ni las de otros, (Qué momentazo cuando la hija menciona que lo siente más en sus libros que cuando lo visita en la residencia), ni en su vida, sólo en el amor de su compañera.

Tenemos a otro pupilo de Rohmer como Melvil Poupaud haciendo de Clément, el casado que se ha enamorado de Sandra, con la que vive un amor de ida y venida, un amor de sexo y la complicidad y ternura que Sandra necesita en ese momento, no el mejor pero si el que necesita. Una estupenda Nicole García, con ese rollo de concienciada burguesa a su manera, con sus batalliltas sociales, como la exmujer y madre de Sandra, que después de 25 años divorciados, aún está presente cuando el padre se vuelve dependiente. Una bonita mañana habla sin estridencias ni sentimentalismos de temas muy importantes y muy difíciles emocionalmente hablando, de esos momentos cuando la vida te castiga y te lanza contra la tristeza y la desesperanza, temas que Hansen-Love los aborda desde una mirada desacomplejada y de verdad, en el que sentimos de todo y nos emociona, cuando caminamos por esas residencias, por esos lugares donde la vida se detiene y de qué manera, cuando los “otros” como Sandra miran a su alrededor y miran a su padre, al padre que ya no las conoce, al padre ausente, a la vida que se le va por un lado, y a la vida que empieza por otro, la vida en lo que es, una maraña de contradicciones y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuego fatuo, de Joâo Pedro Rodrigues

EL ROMANCE DEL PRÍNCIPE Y EL BOMBERO. 

¿Por qué volvéis a la memoria mía,

tristes recuerdos del placer perdido…?

José de Espronceda 

El universo cinematográfico de Joâo Pedro Rodrigues (Lisboa, Portugal, 1966), es un cine libre, diferente y muy revolucionario, porque se atreve con todo, a mostrar un mundo mutante y lleno de imaginación y tremendamente inventivo, donde predomina una libertad absoluta para retratar e indagar en la sexualidad que muestra sin tapujos y de forma explícita, en que los géneros desaparecen para fluir y mezclarse de formas y texturas asombrosas. Un cine que viaja por lo más sofísticado a lo más burdo, por la elegancia a lo basto, de lo sucio a lo más pulcro, contradicciones y complejidades que hacen del cine del director portugues una experiencia muy intensa y de descubrimiento constante. Tenemos ejemplos en sus más de veinte años de experiencia en corto y largometrajes como como El fantasma (2000), Odette (2005), Morir como un hombre (2009), La última vez que vi Macau (2012), y El ornitólogo (2016), entre otros títulos. Un cine en continúa búsqueda, que no cesa de preguntarse sobre sí mismo, un cine que experimenta, que muestra sin cortapisas y sobre todo, un cine sensitivo, muy corpóreo y un inmenso agitador en todos los sentidos. 

Con Fuego fatuo el cineasta lisboeta construye un híbrido impresionante y repleto de una gran inventiva para contarnos una fantasía musical, como la misma película advierte a su inicio, en la que fusiona de forma admirable y fabulosa la comedia, género que explora por primera vez de forma contundente, el musical, el romanticismo, el sexo, la biografía, la memoria, el ecologismo, la coreografía y sobre todo, una película-sensación que nos transporta a una fábula que tiene el aroma de aquellas de Perceval el galés (1978), y El romance de Astrea y Celadon (2007), ambas de Rohmer, en que la realidad transmuta en uncuento fantástico con resonancias directas a los problemas de la actualidad. Rodrigues construye un guion con su más ferviente cómplice que no es otro que Joâo Rui Guerra de Mata, con el que ha codirigido alguna que otra película, y Paulo Lopes Graça, en el que nos cuenta los recuerdos de Alfredo, un rey sin reino en su lecho de muerte, y sobre todo, cuando siendo príncipe tuvo una relación muy profunda con un bombero llamado Alfonso. 

La película tiene una duración breve, apenas llega a los setenta y siete minutos de metraje, pero nunca tenemos esa sensación, ya que su limpieza visual y la intimidad y la pulcritud que desprende es asombrosa, con esa luz tan cercana y natural que firma Rui Poças, que firma muchas películas del director, amén de haber trabajado con nombres tan significativos como los de Margarita Ledo, Miguel Gomes y Lucrecia Martel, entre otros. El exquisito y conciso montaje de otra cómplice del cineasta luso como Mariana Galvâo, contribuye a manejar con estilo y gracia esa fusión brutal entre realidad y ficción, entre lo real y el sueño, entre lo físico y lo espiritual, entre lo vivido y lo soñado, entre las emociones y la carne, entre aquello que vemos y lo que intuimos. Una película diferente, extraña y cercana, un cine que se descubre a cada encuadre, a cada secuencia, en una aventura que nunca acaba, en el que nunca sabemos qué ocurrirá y sobre todo, como ocurrirá, donde la música también juega esa mezcla de lo sublime con lo más cercano, en la que escuchamos a Mozart, y cantamos y bailamos al son de Joel Branco en una canción naif ecologista, o de Paulo Bragança en un fado intenso y conmovedor. 

Tenemos una pareja extraordinaria que componen unos personajes libres y totalmente abiertos a experimentar por los placeres sexuales, donde hay deseo y carne, y pollas erectas, como Mauro Costa como el príncipe que quiere experimentar, que quiere vivir de verdad, alejado de la rectitud y la superficialidad de su casa real sin reino, que decide ser bombero para salvar a los bosques, elemento esencial en el cine de Rodrigues, y que encuentra a Alfonso, que interpreta el bailarín André Cabral, un bombero que tendrá un tórrido romance con el príncipe, experimentando los placeres de la carne y demás. Fuego fatuo, de Joâo Pedro Rodrigues es una película que invita a dejarse llevar en todos los sentidos, a mirar la vida sin prisas ni prejuicios, solo dejarse llevar, que aunque parezca fácil y extraordinariamente muy placentero, muy poca gente lo practica, porque la película invita a mirarla, a descubrirla, a verla como si fuéramos niños otra vez, a recuperar unas imágenes que nos traspasan, que son una fiesta del cuerpo y el sexo, a detenerse, a mirar cada detalle, cada situación y cada follada, y sobre todo, descubrir para él que no lo haya hecho todavía, el cine del cineasta lisboeta, porque es un cine que se descubre y descubre a cada instante, que nos remueve y nos hace disfrutar a lo grande, porque es tremendamente imaginativo, lleno de incréibles hallazgos tanto de forma como de fondo, y huye de las estúpidas etiquetas y de la servidumbre comercial de tanta película sin vida y vacías, aquí es todo lo contrario porque es un cine que abre muchísimas puertas para el disfrute y para sorprenderse con cada personaje, cada situación, cone se humor irónico, perverso y disparatado, porque la vida y lo que ocurre con ella, es más llevadera si le ponemos humor, si nos reímos a carcajadas de ella y sobre todo, de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crónica de un amor efímero, de Emmanuel Mouret

LAS MANIOBRAS DEL AMOR. 

“Bueno, iba a demostrar algo. Veréis: sucedió hace unos meses, pero sigue sucediendo en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor”.

Del libro “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, de Raymond Carver

Es una noche de primavera como otra cualquiera, pero no para Charlotte y Simon, porque para ellos es su primera cita. Una cita que los acabará llevando a casa de ella a hacer el amor. Y así irán pasando los días y sus citas, una o dos veces por semana, que los llevará a conocerse a través del placer y sus largas charlas sobre la vida y todas las demás cuestiones. Tanto ella como él no quieren enamorarse, solo quieren quedar y pasarlo bien, sin ningún compromiso, como cuando eran jóvenes despreocupados. Ella está libre pero no quiere ataduras de ningún tipo, él está casado y tampoco quiere atarse. Pero… ¿De verdad sólo quieren placer y nada más? O quizás… no se atreven a expresar lo que sienten, o también, están atados a ese pacto de no enamorarse, como si el amor fuese un sentimiento que podemos controlar y manejar a nuestro antojo y/o circunstancias. 

Estamos ante el 14 trabajo de Emmanuel Mouret (Marsella, Francia, 1970), un director que ha construido de forma sencilla y natural relatos sobre las cuestiones sentimentales, y todo lo que ello comporta, a través de historias de amor o no amor, en el que sus personajes deambulan por sus emociones de forma perdida, a la deriva y sin tener la más remota idea. Nos acordamos de El arte de amar (2011), Caprice (2015), Mademoiselle de Joncquiéres (2018), Las cosas que decimos, las cosas que hacemos (2020), y Crónica de un amor efímero, la que nos ocupa, que ya contiene un misterio en su propio título, la de una relación con fecha de caducidad, quizás todas la tienen, y en un inicio no parece importarle a sus dos personajes, incluso lo agradecen, quitándose ese peso de la duración de las relaciones. Aunque, la vida tiene sus propios planes, y no digamos los sentimientos, y nosotras sólo somos unos títeres guiados por unas cuerdas muy invisibles. Una trama bien construida y apoyada en cimientos firmes y muy sólidos en un guion que firman Pierre Giraud, que ya trabajó en la mencionada Mademoiselle de Joncquiéres, y el propio director, en el que sólo con dos almas crean y recrean ese pequeño y sensible universo de paseos por la ciudad, visitando exposiciones, deambulando por parques, citándose en hoteles para dar rienda suelta al placer y la carne, y esos largos paseos por el campo, en bicicleta o tumbados disfrutando de la brisa. 

La suave e íntima luz que firma Laurent Smet, ocho películas con Mouret, le da ese tono y textura adecuados para un relato donde no hay tensiones ni gritos entre esta pareja de temporada, como escenifica en esa tarde de cine viendo en uno de esos cines de antes la inmortal Secretos de un matrimonio (1974), de Bergman, una pareja que es todo lo contrario a ellos, porque sí verbaliza cruelmente toda la rabia y la tensión de años de pareja. El exquisito y conciso trabajo de montaje de Martial Salomon, otro habitual del cine de Emmanuel Mouret, que impone la ligereza y la naturalidad alejándose del artificio y la impostura para crear unas secuencias que se ven como una brisa de viento, pero que albergan toda la complejidad y la profundidad que sienten interiormente tanto uno como otro. Tiene el tono y el aroma tan característico de la cinematografía francesa en la que se habla de amor y la vida a través de largos e interesantes diálogos, en el que el cine traspasa la pantalla y son hijas de su tiempo y de cualquier tiempo, como las célebres y recordadas historias de amor y no amor como Las maniobras del amor (1955), de René Clair, La piel suave (1964), de François Truffaut, Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch,  L’amour fou (1969), de Jacques Rivette, Nosotros no envejeceremos juntos (1972), de Maurice Pialat, El amor después del mediodía (1972), de Eric Rohmer, La mamá y la puta (1973), de Jean Eustache, Una vida de mujer (1978), de Claude Sautet, entre otras. 

Charlotte y Simon no son una pareja modelo, pasan de los cuarenta, parecen felices con sus carreras profesionales, o quizás sólo lo fingen. Los dos forman una pareja atípica y nada convencional siendo los protagonistas de esta cercana historia de amor o lo que sea, dos almas sometidas a la prisa y la locura de esta sociedad mercantilista, y que encuentran en sus citas más que una vía de escape, sino una forma de relajarse, de olvidarse de ellos mismos, y sobre todo, recuperar aquello perdido del placer y esas relaciones donde prima el futuro y no el presente. La natural y encantadora Sandrine Kiberlain es Charlotte, una mujer que se siente libre y desinhibida en el amor y las relaciones, acepta lo que encuentra y se va metamorfoseando según las personas y sus circunstancias. Frente a ella, un adorable y simpático pascal Macaigne es Simon, ese especialista en la preparación del parto, que tiene una vida triste y una mujer a la que quiere pero no mucho, que encuentra en su relación con Charlotte aquello que necesita, quedar, pasarlo bien, hablar sin preocupaciones y sin más, y olvidarse de los sentimientos. 

Los dos protagonistas parecen tener claro lo que sienten y lo que buscan en la relación diferente que tienen, aunque esto siempre resulta aparente porque en verdad es eso lo que sienten, o quizás, sienten otra cosa, porque la vida dicta sus normas, el amor las suyas y nosotros las que podemos. Si les gustó la anterior película de Mouret, la sencilla y fantástica Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, que estoy seguro que así fue, no se pierdan Crónica de un amor efímero, porque tiene la transparencia, la sutileza y el encanto de las grandes películas sobre el amor que tan bien hacen en el país vecino, y además, les hará reflexionar muchísimo sobre sus sentimientos, sobre sus relaciones sean íntimas o no, y sobre todo, y esto es lo que más importante me parece, es que tiene esa melodía, porque las películas buenas la tienen, esa melodía que te atrapa con lo más sencillo e íntimo, y te sumerge en otro tiempo, en otro estado, en otra vida, en otro amor, esos que aparecen sin avisar, los que te pillan desprevenido, los que te hacen sentir emociones que hasta ahora desconocías que podías sentir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sick of Myself, de Kristoffer Borgli

GANAR O MORIR. 

“Solemos amarnos a nosotros mismos en el otro, pero no al otro por sí mismo”.

Valérie Tasso

Cuenta la historia que había una joven llamada Signe que trabajaba en una cafetería en uno de esos veranos en Oslo (Noruega). Signe vivía con su chico Thomas, un artista contemporáneo que empieza a llamar la atención en el universo del arte. Hecho que destroza a Signe, que ve como su posición en la relación está pasando a un segundo plano. Pero la joven no se quedará quieta y emprende un diabólico plan para volver a ser el centro de atención. Se tomará unas pastillas prohibidas que le desfiguran el rostro y ahí empezará su protagonismo, pero también su más terrible pesadilla. El director Kirstoffer Borgli (Noruega, 1985), ha destacado con sus cortometrajes que ha presentado en festivales tan prestigiosos como el de Sundance, SXSW, IDFA y CPH:DOX, entre otros. Con Sick of Myself entra en el mundo del largometraje por la puerta grande, planteándonos una fábula muy de nuestro tiempo, porque habla directamente de relaciones superficiales, basadas en la estúpida competitividad, la sobreexposición en las redes sociales, y sobre todo, de salud mental. 

La película coge a un personaje como Signe, un alma perdida y a la deriva cuando su pareja empieza a ser el protagonista gracias por su trabajo, y la joven, en una especie de proceso a lo Doctor Jekyll se convierte en un Mister Hyde, alguien que se convierte en el protagonista, en ese “Yo” supremo al que todos adoran, pero para conseguir eso se mete pastillas adulteradas que destrozan su rostro, llenándolo de cicatrices y heridas. Aunque el tema podría dar a una película muy oscura y enfermiza, que lo es, en su aspecto no cae en estereotipos y se aleja completamente de la película convencional de terror o vete tú a saber qué, porque la película está cortada como si fuese una comedia negrísima con una luz brillante y ese calor nórdico de la ciudad de Oslo, una comedia que pasa sin complejos y sin ningún tipo de titubeos por el realismo social, la sátira, la parábola, lo cómico, lo absurdo y la tragedia, haciendo hincapié en ese otro lado del espejo de la comedia romántica, tan vapuleada y chapucera en estos tiempos, construyendo una comedia no romántica, o mejor dicho, un romanticismo real, pegado a la vida, y no esas fantasías de Barbie y Ken en lo que ha degenerado un género que dió grandes títulos. 

Borgli ha contado con la producción de Oslo Pictures, los responsables de películas tan importantes como Hope (2021), de Maria Sodahl, y la premiada La peor persona del mundo (2022), de Joachim Trier, un magnífico trabajo de cinematografía que firma Benjamin Loeb, del que hemos visto películas como Mandy (2018), de Panos Cosmatos, y Fragmentos de una mujer (2020), de Kornél Mundruczó, donde brilla el 35 mm que le da un toque muy especial a todo lo que se cuenta, con esa luz tan cercana y a la vez, tan alejada, siguiendo los estados de ánimo tan complejos y convulsos de la protagonista. Una música que combina los temas technos del momento con composiciones clásicas, siguiendo la personalidad oscura y aparentemente dolida de Signe. Un gran montaje que firma el propio director Kristoffer Borgli, que condensa y dota de un feroz y pausado ritmo en sus tensos y concisos noventa y cinco minutos de metraje. También cabe destacar el estupendo trabajo de todos los intérpretes de la película, cabe mencionar la breve aparición de Anders Danielsen Lie, el querido protagonista de grandes títulos como Oslo, 31 de agosto y la mencionada La peor persona del mundo, ambas de Trier, y la reciente La isla de Bergman, de Mia Hansen-Love, entre otras, el artista visual Erik Saether en el papel de Thomas, ese artista enamorado de Signe, con la que mantiene una relación de destrucción, desdén, y ego terribles, lo que ahora se llama una relación tóxica, y que siempre ha sido una relación de mierda. 

Y finalmente, tenemos a Kristine Kujath Thorp, que la recordemos en la brillante y reciente Ninjababy, de Yngvild Sve Flikke, donde daba vida a Rakel, que se metía en un lío de narices por un embarazo accidental. Ahora,   se mete en la piel, y nunca mejor dicho, de la trastornada Signe, una mujer que hará lo que sea para conseguir ser el centro de todos y todo, una mujer que compite con ella misma y con los demás de forma enfermiza, haciéndose y haciendo daño, provocándose dolor y llevando hasta las últimas consecuencias su maldito ego. Viendo Sick of Myself nos acordamos de novelas como El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, y películas como Los ojos sin rostro (1960), de Georges Franju, por esas prótesis alucinantes y oscurisimas que ocultan el deformado rostro de la protagonista, en este peculiar e interesantísimo cruce de comedia no romántica, cuento de terror clásico, en el que no hay sustos, pero sí inquietud y sobre todo, locura, esa que te hiela la sangre, la que sacude la conciencia, la que transporta a otro estado, la que roba la identidad y te convierte en un monstruo despiadado en todos los sentidos, en aquellos que dañan a los demás, pero sobre todo, a uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Quiet Girl, de Colm Bairéad

LA NIÑA QUE NO CONOCÍA EL AMOR.    

“En el pequeño mundo en que los niños tienen su vida, sea quien quiera la persona que los cría, no hay nada que se perciba con tanta delicadeza y que se sienta tanto como una injusticia”.

“Grandes esperanzas”, de Charles Dickens

Erase una vez… Una niña llamada Cáit de nueve años de edad, que vivía en uno de esos pequeños pueblos perdidos de la Irlanda rural, allá por el año 1981. La mayoría del tiempo la niña lo pasa en soledad, huye del colegio y se pierde por el bosque, descubriendo y descubriéndose, y sobre todo, alejada de su familia, un entorno numeroso y muy hostil, donde ella se relaciona a través de su silencio, porque el dolor en el que existe es insoportable. Pero, todo cambiará para Cáit, porque ese verano será llevada con unos parientes sin hijos, en un entorno completamente diferente, en el que la niña descubrirá que la vida puede ser distinta, y en el que las cosas tienen otra forma, huelen diferente, y sobre todo, crecerá en todos los sentidos. 

The Quiet Girl es la primera película de ficción de Colm Bairéad (Dublín, Irlanda, 1981), después de unos importantes trabajos reconocidos internacionalmente en el campo del cortometraje y en el documental, que nace a partir del relato “Foster”, de Claire Keegan, que nos cuenta la existencia de una niña que no tiene cariño, una niña perdida y triste que vive en el seno de una familia difícil, desestructurada y muy inquietante. El director irlandés compone una película muy sencilla, con pocos personajes, y llena de silencios y detalles, donde el idioma irlandés predominante se combina con el inglés, y usando el formato 4:3, y con el reposo y la pausa de una película que cuenta todo aquello que no se ve y está tan presente en las vidas de cualquier persona. Todos sus espacios oscuros, todo el dolor de su interior y todo aquello que le asfixia y calla por miedo, por vergüenza y por no tener con quién compartirlo. Todo se explica de una manera sutil, sin ningún tiempo de estridencias ni argumentales ni mucho menos formales, la sobriedad y lo conciso alimentan cada plano, cada encuadre, cada mirada y cada gesto que vemos durante la historia. 

Todos los elementos, cuidados hasta el más mínimo detalles, consiguen sumergirnos en un relato íntimo y muy personal, en que el gesto es el reflejo de una alma herida y perdida, una niña que está inmersa en un laberinto de inquietud y tristeza, en el que se ahoga cada día un poco más. La película es un alarde de técnica elaboradísima como la delicada música que escuchamos, obra de Stephen Rennicks, que no acompaña la película, sino que incide en todos aquellos aspectos emocionales que no se explican pero que ahí están, así como el grandísimo trabajo de cinematografía de Kate McCullough, con esa luz naturalista y velada, contrastando con los interiores oscuros del inicio para ir poco a poco abriendo la luz y la historia, siguiendo el proceso de la protagonista, en el que la sensibilidad y la emoción latente siempre está presente, al igual que el espléndido montaje de John Murphy, que condensa con ritmo y sensibilidad todos los detalles y las miradas en las que se sustenta el relato, en una película de duración precisa en el que no falta ni sobra nada en sus ajustados y medidos noventa y cinco minutos de metraje. 

Bairéad opta por componer un reparto en el que no hay rostros conocidos, sino todo lo contrario, porque no busca la empatía con el espectador, la quiere ir elaborando a medida que va avanzando la película, por eso encontramos a intérpretes muy transparentes y cercanísimos que, a través de la distancia prudencia, se nos van acercando y transmitiendo casi sin palabras todo lo que sienten y sufren en su interior, porque son personajes heridos, seres que lloran en silencio, y sobre todo, con roturas como las nuestras o las personas de nuestro entorno. Tenemos a la especial y arrolladora Catherine Clinch en la piel de Cáit, que llena la pantalla, que la sobrepasa, y que dice tanto sin decir nada, en uno de los más sorprendentes debuts en el cine que recordamos, que recuerda a Ana, la niña que sentía a los espíritus en la inolvidable El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, o a Frida, la niña que no podía llorar de Estiu 1993 (2017), de Carla Simón, y otras niñas que siempre escapaban, que siempre salen huyendo del tremendo desorden familiar en el que viven. Le acompañan los adultos, el matrimonio que la acoge ese maravilloso verano, los Carrie Crowley y Andrew Bennett en la piel de los Eibhlín y Seán Cinnsealach, y después, los padres de Cáit, Michael Patric y Kat Nic Chonaonaigh como Athair y Máthair, que contraponen esas dos formas tan alejadas de cuidar y amar a una niña. 

La ópera prima de ficción de Colm Bairéad no es sólo una película que nos habla de la infancia herida, la que no tiene ni conocimientos ni medios para expresar tanto dolor, sino que es una película que tiene un argumento extraordinario, pero lo que la hace tan especial y excelente, es su forma de contarlo, porque opta por la mirada de cineastas como Ozu, porque antepone la contención, la desnudez formal y la interpretación de la mirada y el silencio, alejándose de todo artificio, tanto argumental como formal, que adorne innecesariamente todo lo que acontezca, primordiando todo lo invisible, que sabemo de su existencia, pero por circunstancias obvias no sale a la superficie. Enfrenta dos mundos antagónicos como el de adultos y niños, pero que veremos que no son tan distantes, porque los dos continuamente se reflejan, porque tanto uno como otro, comparten heridas, un dolor difícil de describir y muchos menos compartir, y todos necesitan ese cariño, ese cuidado, ese escuchar y esa mano que haga sentir que no estamos tan solos como sentimos. Porque en un mundo tan individualista y competitivo en el que cada uno hace la suya, esta película resulta muy revolucionario en lo que cuenta y como lo cuenta, porque opta por la mirada encontrada, por la necesidad del otro, y sobre todo, en el detenerse y expresar todos nuestros miedos, inseguridades y dolor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Venus, de Víctor Conde

LOS AMORES IMPOSIBLES. 

“(…) Je suis là, devant toi, toujours la même. Oh! Pourquoi est-ce encore toi que j’aime, que j’aime, que j’aime, que j’aime, tu es là, devant moi, toujours le même, Oh! Pourquoi ne puis-je pas te dire: Je t’aime, je t’aime, je t’aime”.

“Voilà”, de Françoise Hardy 

La ópera prima Venus, de Víctor Conde, fue primero una obra de teatro que se estrenó en el Pavón-Kamikaze en septiembre de 2017, cosechando un gran éxito que le llevó a los Teatros del Canal, donde también fue muy bien acogida. Ahora, nos llega su adaptación al cine, en un relato que nos sitúa en un café de uno de esos barrios obreros que crecieron durante los setenta, en una historia que nos lleva de la mano de Jorge, un personaje que ha pasado los cuarenta y ha vuelto al barrio por el funeral de su padre. Allí, entre idas y venidas, se convierte en un testigo privilegiado las personas que han formado parte de su vida en los últimos cuarenta años. La película viaja desde finales de los setenta hasta la actualidad, de forma desordenada y arbitrariamente, mezclando personajes y situaciones de diferentes épocas, generando una realidad diferente y muy hipnotizadora donde todos las personas en cuestión revivirán amores que han marcado sus existencias. 

El director Víctor Conde que ha tenido una amplia carrera en las tablas, y había dirigido algunos cortometrajes, hace su puesta de largo con una película que hace de su modestia y sencillez su mayor virtud, en que el omnipresente escenario del café se convierte en un universo en sí mismo, donde la totalidad de las cuatro décadas confluyen alrededor de unas mesas, una máquina de discos, un teléfono de monedas y unos cafés y mahous. Los personajes de Venus son individuos que tienen muchas cuentas pendientes con otros y otras y sobre todo, con ellos mismos, presos de esos amores imposibles, esos amores perdidos, esos amores que deambulan en busca de amantes sin miedo, de seres que quieran amar en libertad, de personas que sean capaces de sentir de verdad, de amar de verdad, de cecir y gritarlo en voz alta. Con una estética muy deudora de la Nouvelle Vague, arrancando con ese primoroso y cálido blanco y negro, que recuerda mucho a la mirada de Truffaut y Godard, con esos constantes guiños a Bande à part (1964), Una mujer casada (1964), y demás texturas, luces y demás, en un buen trabajo de Pol Turrents, del que hemos visto Negro Buenos Aires, de Ramón Térmens, Serie B, de Ricard Reguant, amén de Las invasoras (2016), uno de los cortos de Conde. 

La música de Alfonso Casado, que construye esa atmósfera de melancolía y realidad que tan bien le viene a la historia, con unos personajes que siempre deben lidiar entre lo que sueñan y lo que la realidad les va imponiendo. El estupendo trabajo de montaje de la debutante Mar Jorge Sotelo y un grande como Bernat Aragonés, que ha trabajado en películas de Isabel Coixet, del recientemente desaparecido Agustí Villaronga y Belén Funes, donde consiguen una naturalidad absorbente y mágica en una película que viaja tanto en el tiempo pero nada chirría ni resulta empalagoso en un metraje que se va a los noventa y siete minutos. El reparto, reclutado mayoritariamente de intérpretes que han trabajado en series de televisión, brilla con elegancia y sencillez en una película que pide tranquilidad y pausa, en esa idea que recorre todo el entramado que el tiempo no existe y es transparente. Tenemos a una presencia que dota de cercanía e intimidad como la de Antonio Hortelano dando vida a Jorge, el hilo conductor de la historia, el que va y viene y deambula por sus recuerdos. 

El personaje de Jorge, en ese viaje al tiempo y al amor se encontrará con el amor y con su amor escenificado en Alicia, a la que da vida Arina Bruguera, una estupenda Paula Muñoz haciendo de Paula, que tiene esa voz tan especial como comprobamos con los dos temazos que se marca, amén de las canciones que escuchamos de “De paso”, de Aute, y el tema central de la película, esa oda bellísima al amor imposible que es “Voilà”, interpretada por la gran Fraçoise Hardy, Carlos Gorbe es Miguel, ese cantautor que quiere formar un dúo con voz de Dylan, y Carlos Serrano-Clark como Mario, el fotógrafo amigo del grupo “Venus”. Luego, en breves apariciones vemos a Elena Furiase, Lolita, Miquel Fernández, que tiene una de esas pequeñas historias paralelas de la trama y que tanto se agradecen y sobre todo, llenan de profundidad todo lo que se cuenta, un breve instante de Ricardo Gómez, que estaban en Las invasoras, otro de Ana Rujas y ese otro impagable del desaparecido Juan Diego, uno de los mejores actores de la historia, que solo con su presencia se llena la pantalla de sabiduría. ¡Qué secuencia se marca con Hortelano!. 

Venus, la primera película de Víctor Conde, tiene sus cosas, como diría aquel, no es una película perfecta ni tampoco pretende serlo, porque no quiere ser más que una historia que nos interpela directamente a los espectadores y espectadoras, que nos mira de frente, que nos hace pensar en el amor que dejamos, que no supimos querer, o que simplemente no era el momento, porque a veces, y esto es verdad, aunque dos personas se quieran, y como se dice, están predestinadas a estar juntos, en ocasiones no es posible ese amor, y quién sabe, quizás en el futuro, porque eso nadie lo sabe, ese amor vuelva, ese mismo sentimiento vuelva, o en el fondo, ese amor nunca se ha ido, y hemos estado entretenidos con otros u otras creyendo que eso era amor, y el tiempo iba pasando y las cosas parecía que también, pero un día, resulta que vuelves al barrio donde creciste, al bar de siempre, y resulta que ese amor sigue ahí, ese amor sigue esperándote, así que, no demores el amor y vuelve donde una vez fuiste feliz, porque relaciones hay muchas, pero amores de verdad no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La amiga de mi amiga, de Zaida Carmona

ZAIDA Y EL AMOR. 

“Aunque el amor llegue un día, me da miedo que tan sólo sea esto; y, aunque el amor llegue un día, también me da miedo que sea mucho más”

Sylvia Plath

Había una vez… Una mujer llamada Zaida en la treintena con un trabajo que le gustaría dejar y en el comienzo de una ruptura amorosa con Gabriela que la devuelve a la ciudad. La amiga intensa Rocío la invita a su casa para que conozca a su nueva novia Lara, de la que Zaida queda prendida. Mientras tanto le gusta Aroa que anda sí y no con Julia que, a su vez, se enrolla con muchas entre las que están Rocío. Todas son mujeres lesbianas que viven en Barcelona, en sus calles, en sus locales, en sus viviendas, en sus baños y en sus amores que van y vienen, en esa perpetua búsqueda del amor o de aquello que creemos del amor, porque como les ocurre a estas cinco mujeres, el amor es eso que nos ronda y nos seduce, pero es como una especie de fantasma, que rara vez se manifiesta, y cuando lo hace, en la mayoría de ocasiones lo confundimos con deseo, soledad y qué se yo, y aún más, no sabemos si es real o no.

A Zaida Carmona la conocíamos por sus trabajos en el cortometraje con películas tan interesantes como Son ilusiones (2020), y su participación como actriz y cantante ocasional en las películas de Marc Ferrer, con La amiga de mi amiga debuta en el largometraje y no podemos estar más contentos de su ópera prima, porque hemos sufrido por amor, nos hemos reído y sobre todo, nos hemos visto reflejados en las deambulaciones y tropiezos del amor y desamor que tienen sus protagonistas. Unas mujeres como nosotras, en busca del amor y acaban encontrando deseo, amistad y malos rollos. La directora castellonense que coescribe el guion con el mencionado Marc Ferrer, construye sus películas a través de su vida y sus amores, donde su vida y ficción se mezclan y fusionan, en los que no podía faltar el cine como vehículo para relacionarnos o no con la vida, como ese maravilloso ciclo de Eric Rohmer con sus “Comedias y Proverbios”, que ponen en el imperdible Cine Zumzeig, entre las que destacan las sesiones de El rayo verde y El amigo de mi amiga, inspiración en el título de la película. También hay librerías como La carbonera, locales de la nuit y mucha música, pop y que habla de todas nosotras y lo que nos pasa, como el tema “La séquence”, de Julie et Joe, que se convierte en una especie de leit motiv de la cinta, “La juventud”, de Rocío Saiz, esa maravillosa versión del “Lady dilema”, de Berlanga y Canut, en la que se luce Aroa, con la complicidad de la propia Zaida, y el “Tú por mí”, de Christina Rosenvinge, entre otras, la mayoría surgidas de Elefant Records.

La directora afincada en Barcelona se rodea de sus amigas como Rocío Saiz y Aroa Elvira, que ambas actúan y cantan, Alba Cros, una de las directoras de Les amigues de l’Àgata (2015), como actriz y cinematógrafa, y finalmente, Thaïs Cuadreny, que actúa, y Eric Monteagudo como montador, ambos colaboradores del universo de Marc Ferrer, las breves apariciones de Nausicaa Bonnín, la divertidísima de Christina Rosenvinge y el jugoso cameo de las “amigas” Júlia Betrian y el propio Marc Ferrer, y otras muchas, amigas y componentes del equipo artístico y técnico, en una película hecha con mucho amor, dedicación y talento, levantada con pocos recursos surgidos de una campaña de Verkami. Carmona nos habla sin complejos ni prejuicios de su mundo y el de las otras, sobre todo tipo de temas como el mundo queer, sexo, drogas y demás, donde todo se desarrolla con una fluidez y encanto maravillosos, con una mezcla de ligereza y fantasía que no quita esos lugares y emociones oscuras y extrañas que se van sucediendo entre las cinco almas de la película. Podría funcionar como un retrato de las treintañeras en el amor, pero la intención de la directora no va por ahí, porque su intención no es otro que retratar el amor o las diferentes formas de relacionarse y de amar que existen en el interior de la cinco mujeres, que hay otras, pero la película muestra y retrata estas, que ya son un buen ejemplo de cómo nos relacionamos, lo que sufrimos y sobre todo, lo que nos engañamos, tanto a los demás como a nosotros mismos.

Tiene la frescura, la cercanía y la intimidad de las desacomplejadas comedias sentimentales españolas de principios de los ochenta que hacían los Colomo, Trueba, Almodóvar, sin olvidar las comedias-pop de los sesenta, en la que Un, dos tres… al escondite inglés (1969), de Iván Zulueta, sería la punta de lanza de la irreverencia y el desparpajo, y también, el universo cálido y oscuro de las películas de Miranda July, y hits del cine queer noventero como Go Fish y High Art, entre otras, que abrieron el camino para que ahora podamos ver películas tan estimulantes como La amiga de mi amiga. Celebramos una película como esta, porque el cine necesita películas rodadas con ese espíritu libre que tanto hace falta, películas que hablen de nosotras, de todo lo que nos pasa, de todos esos estados de ánimo que no sabemos interpretar, de toda esa extrañeza de estos tiempos, tanto a nivel laboral como sentimental, de tantos tumbos y deambulaciones que damos nosotras y las demás, en este vivir y sinvivir que nos pasa con el amor o eso que creemos que es el amor, como le sucede a Rocío, Lara, Aroa, Júlia y Zaida, nuestras cinco heroínas de la búsqueda del amor, de los sentimientos, de la sinceridad, de ese maremoto de emociones, miedos, inseguridades y demás que nos suceden con el amor o mejor dicho, cuando creemos que hemos encontrado el amor o algo que se parece a ello o la idea que tenemos de eso que llamamos amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La vida sin ti, de Laurent Larivière

JOAN FRENTE A SUS RECUERDOS.

“Cada momento induce a la imaginación en cada momento. Lo sabemos bien: la realidad es totalmente subjetiva”.

Paul Valéry

En su extraordinario libro de memorias “Vivir para contarla”, Gabriel García Márquez deja bien claro que la vida no se cuenta como sucedió, sino como se recuerda. La misma actitud toma, qué remedio, Joan Verra, la protagonista de La vida sin ti (del original, À propos de Joan), segundo trabajo de Laurent Larivière (Montpellier, Francia, 1972), después del interesante Je suis un soldat (2015), que también nos hacía un retrato sobre una mujer, más joven y en un mundo dominado por hombres. Desde su arranque, la película deja clara su camino, con esa mirada de la protagonista hacia nosotros, en un gesto de aquí estoy y aquí está mi vida, donde comienza a contarnos su existencia, desde el volante de su automóvil y en mitad de una noche con lluvia. Asistimos a su vida, o mejor dicho, a sus recuerdos, a lo que ella recuerda y también, inventa, porque lo que recordamos siempre está envuelto en muchas cosas, todo aquello que hemos experimentado, lo bueno y lo no tan bueno, y lo que nos queda de todo lo vivido y lo que no hemos vivido.

El director francés vuelve a contar con su guionista François Decodts, como ya hiciese en la mencionada Je suis un soldat, para armar una historia que acoge cuarenta años de la vida de Joan, es decir, una historia que va y viene, a través de los recuerdos de Joan Verra, tanto de joven como adulta, viviendo los momentos que han marcado su existencia, esos instantes que vuelven a nuestra memoria una y otra vez, como si el tiempo se hubiera detenido. Volvemos a experimentar cuando conoció a su primer amor, el tal Doug, en la Irlanda setentera, el nacimiento de su hijo Nathan, la huida de su madre, su trabajo como editora, la entrada en su vida de Tim Ardenne, todo contado a través de elegantes y sutiles flashbacks, desordenados y sin seguir ninguna línea racional, sino emocional, porque estamos en el interior de la protagonista, sintiendo sus emociones, experimentando con ella esos momentos que nos van definiendo el carácter y nuestra actitud ante la vida, viviendo o haciendo lo que podemos con las cosas que nos van pasando, en las alegrías y tristezas.

La excelente cinematografía de Céline Bozon, que ha trabajado con cineastas tan interesantes como Valérie Donzelli y Claire Simon, entre otras, consigue crear esa idea de sueño romántico que tiene toda la película, donde se huye del realismo para adentrarse en un viaje sentimental y duro de la protagonista, que sin aspavientos y con suma delicadeza, cambia de un tiempo a otro, matizando con sutileza todos los cambios, cambios que se decantan por la emocionalidad, más que por el realismo, la suave y acogedora música de Jérôme Rebotier con más de cuarenta bandas sonoras en su filmografía, también resulta hipnotizadora para una película que sienta todo su entramado en lo de dentro, y el gran montaje de Marie-Pierre Frappier, que repite con Larivière, que sabe centrar el volumen de hechos y lugares en una dinámica brillante y profunda, como en esos momentos donde la película se recoge en sí misma y mira hacia lo invisible.

En una película que necesita varios intérpretes para un mismo personaje, es imprescindible acertar no en la apariencia física, sino en los gestos y en las emociones que se quieren transmitir, y Larivière lo consigue con creces con un reparto lleno de miradas, gestos y no verbalidad con una apabullante y esplendorosa Isabelle Huppert convertida en maestra de ceremonias, qué poco hay que decir de ella, en un personaje complejo, que todo es hacia dentro, y ella lo hace de manera bella, con esa frialdad que la caracteriza, y sobre todo transmitiéndolo todo. La Huppert tiene a Freya Mayor, una actriz que transmite intimidad, haciendo de la Joan joven, y cumple con creces dando vida a una mujer enamorada, pero también desilusionada y sola. Al igual que Éanna Hardwicke en el rol de Doug de joven, con ese entusiasmo, esa vitalidad y ese ser. Florence Loiret Caille hace de Madeleine, la madre de Joan, una mujer llena de vida, que resulta una mujer inquietante y misteriosa para todas. El actor alemán Lars Eidinger hace de escritor maldito, un tipo ensombrecido y talentoso, atormentado por el amor a Joan, y finalmente, Swan Arlaud es Nathan, el hijo de la protagonista, dividido en tres etapas, de niño, de adolescente y joven, y con una relación muy peculiar con su madre, con muchas idas y venidas.

El cineasta francés ha construido una película hermosísima, que se ve sin dificultad y nos hace pensar mucho en nosotros mismos y la vida y las vidas que hemos y no hemos vivido, que no solo habla de los recuerdos durante cuarenta años de una vida, sino que va mucho más allá, porque se adentra en todo aquello que nos ha marcado: aquel amor, aquel hijo, aquella madre, y sobre todo, nos devuelve a nuestras reacciones, nuestros pensamientos y nuestras emociones, las que tuvimos y las que recordamos, y también, las que nos inventamos, porque si la vida, que no tiene sentido, como menciona la protagonista en alguno de los soliloquios que nos dirige, tiene mucho de ficción, de mentira, porque la realidad siempre es subjetiva, y además, nunca parece real, porque depende de lo que sintamos en ese momento, y no de la situación que estamos viviendo, en fin, toda una vida cabe en muy poco espacio, o quizás, la vida solo existe dentro de nosotros y fuera es otra cosa tan irreal que debemos inventarla para soportarla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias

Entrevista a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias, directora y actriz de la película «Qué buena broma, Bromelia», en una cafetería del Borne en Barcelona, el viernes 2 de diciembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Efterpi Charalambidis e Irabe Seguias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA