Entrevista a Manuela Vellés

Entrevista a Manuela Vellés, actriz de la película «Alegría Tristeza», de Ibon Cormenzana, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 15 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuela Vellés, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Alegría Tristeza, de Ibon Cormenzana

EL HOMBRE QUE NO PODÍA LLORAR.

La película se abre de forma brutal y desatando el conflicto interno que sufren los personajes. Marcos, el padre protagonista, cena junto a su hija Lola, en silencio, y sin que aparezcan juntos en los cuadros. Marcos no acaba su cena y se marcha, nos quedamos con la mirada inquieta de la niña. De repente, empezamos a escuchar unos golpes secos y fuertes que provienen de la aseo de la vivienda. Lola se dirige hacia el aseo y allí, sin mediar palabra, abraza a su padre que tiene el puño de la mano derecha ensangrentada. De esta manera, áspera y sin aliento, arranca la tercera película como director de Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972) con una interesante trayectoria como productor de autores tan importantes como Pablo Berger, Julio Medem, Claudia Llosa o Celia Rico, en la dirección se ha prodigado menos con sólo dos títulos muy espaciados en el tiempo, su debut con Jaizkibel (2000) planteaba un película que abordaba el tema del suicidio a través de las investigaciones de un director de cine, en la siguiente, Los Totenwackers (2007) narraba una aventura infantil destinada para los más pequeños.

Con Alegría Tristeza, vuelve a los mismos parámetros que ya retrata en su opera prima, ambientes cotidianos y un drama desgarrador y bien narrada, dónde la contención y la sobriedad son las armas para enfrentarse a los conflictos emocionales de los personajes. Marcos es un bombero habituado a las situaciones límite, aunque la vida le pondrá en la tesitura de lidiar con un durísimo golpe que le hará entrar en un estado depresivo, donde ha perdido la empatía emocional, no siente ni sabe sentir a los demás. Todo este problema le llevará a un hospital a tratarse psiquiátricamente, donde un doctor veterano le impondrá un método más convencional para ayudarle,  en cambio, una joven doctora empleará otros mecanismos, más personales, para hacer volver a sentir. Cormenzana nos cuenta la película con un guión preciso y lleno de detalles interesantes, un narración escrita junto a Jordi Vallejo (guionista de series como Sin identidad o Nit i dia, o películas como El pacto) consiguiendo de forma sutil y emocionante, llevarnos por los problemas de Marcos y aquello que lo trastorno, y sus relaciones con su hija y su mejor amigo, que también es compañero de trabajo.

El director bilbaíno nos sumerge en una película sencilla y honesta, sin estridencias sentimentales ni giros nerviosos de guión, sino adentrarnos con pausa en el mundo del protagonista, y su nuevo ambiente del hospital, contándonos de forma sutil y sobria los métodos médicos que va experimentando, y sus nuevos compañeros, como Andrés Gertrudix, con un personaje que sufre esquizofrenia, una de las presencias inquietantes de la película, o la relación íntima y personal con la doctora Luna, que consigue traspasar la barrera profesional y adentrarse en esa maraña de no sentimientos que padece Marcos. La película pide atención por parte del espectador, y sobre todo, dejarse llevar por un cuento bien narrado, que utiliza de forma admirable los espacios y la relación de ellos con los personajes, creando esa atmósfera que nos hace empatizar con ellos, no de forma evidente y sin gracia, sino todo lo contrario, acompañándolos en su experiencia dramática y caminando junto a Marcos, experimentando con él todos sus conflictos internos y su depresión, mirándolo a los ojos y viviendo sus problemas.

La elección de Roberto Álamo para el personaje de Marcos es todo un gran acierto, porque Álamo vuelve a darnos una lección de sencillez y contención encarnando a un hombre ausente, perdido y a la deriva, recordándonos al Brando de La ley del silencio, esos personajes que deben afrontar sus miedos e inseguridades, y nos e ven capaces a enfrentarse a ellos y desnudarse emocionalmente. Bien acompañado por la dulzura y valentía de Manuela Vellés como esa doctora idealista que se enfrenta a su superior (maravillosamente bien interpretado por la sobriedad de Pedro Casablanc) porque desaprueba sus métodos médicos, la eficiente y calidez de la niña Claudia Placer lidiando con un padre triste, y las presencias de Carlos Bardem y Maggie Civantos, como amigo y esposa del protagonista. Cormenzana ha vuelto a dirigir consiguiendo atraparnos en un drama cotidiano y sencillo, conmoviéndonos con tiempo y mesura, una tragedia de nuestro tiempo, en que el conflicto emocional de Marcos es de aquí y ahora, algo que nos podría suceder a cualquiera de nosotros, un problema mental al que debemos enfrentarnos de forma durísima y sin titubeos, sacando aquello que nos duele y nos revienta, aquello que no nos deja vivir, aquello que nos ha alejado de los nuestros, y nos ha encerrado en ese estado de tristeza permanente y ausencia. Un estado que con la ayuda de los que más queremos y con profesionales, podemos salir adelante y empezar a vivir, respirar y volver a sentir.

Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico Clavellino

QUERER ES DEJAR IR.

“La tragedia de la vida comienza con el vínculo afectivo entre padres e hijos”.

Yasujiro Ozu

Es invierno en Constantina, uno de esos pequeños pueblos donde apenas ocurre nada reseñable, como sucede en tantos, una pequeña localidad de la que sólo veremos algunas calles solitarias y el constante rumor de sus gentes, un lugar donde vive Estrella, costurera de oficio, junto a Leonor, su hija, que ha empezado a planchar en un taller. La armonía y la comprensión reinan en el piso que comparten, mientras la vida va sucediendo sin más, entre comidas y series recostadas una junta a la otra, mientras pasan las horas resguardadas en el brasero de gas de la mesa-camilla, en ese espacio pasan los días bien pegaditas, combatiendo el frío hibernal. Pero, toda esa aparente tranquilidad y sosiego de la cotidianidad instalada, se rompe, se resquebraja, todo contando de manera sutil, casi imperceptible, cuando Leonor tiene la necesidad de abandonar el nido familiar y vivir su propia vida. Su intención es ir a Londres, un lugar que imagina diferente, donde poder ser ella misma, y enfrentarse a las cosas vitales por sí misma (aunque al final sea para lavar platos o cuidar de niños). Leonor no sabe como decírselo a su madre, le cuesta, lo evita. La madre que vive siendo madre, deberá mirarse al espejo y descubrir quién es ahora que su hija ya no está en casa.

La puesta de largo de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982) es una película íntima y personal, que nos sitúa en el espacio doméstico, donde la película se desarrolla casi en su totalidad, en el que nos habla de forma muy cercana, como si nos estuvieran susurrando al oído, las relaciones afectivas, no siempre suaves, de una madre y una hija. Dos personas que han creado un universo propio, en el que se han convertido en uno sólo, donde hay confidencias, intimidades y amor. La película nos mueve y emociona al ritmo que marcan las dos mujeres, moviéndose entre el reducido espacio, entre las paredes y las habitaciones de la casa, como esos encuadres donde vemos el cuarto de la hija desde el punto de vista del cuarto de la madre que se ubica enfrente, o ese plano frontal en el que madre e hija reposan sobre el sofá o apoyadas en la mesa mientras escuchamos el sonido de la televisión. La película construye en ese espacio doméstico toda la vida de estas dos mujeres, donde lo que sucede fuera parece no importar, el mundo sucede en esas cuatro paredes, en las cosas que comparten y en las miradas y gestos cómplices o esquivos, que tanto madre como hija se dedican.

Las dos mujeres se mueven por un ambiente cálido y sencillo, sólo roto por el sonido de la televisión, o esos otros sonidos más cotidianos y repetitivos como el de la máquina de coser, el de la máquina de plastificar al vacío el embutido o el del click del brasero al enchufarlo, en el que el magnífico trabajo de sonido de una especialista en la materia como Amanda Villavieja. Sonidos de ellas, de su vida, de sus relaciones, no siempre en línea recta, de las ausencias y las distancias que forman todo su universo. Esa luz velada, con todos grises y colores poco intensos, obra del reputado Santiago Racaj, forman parte del microcosmos familiar, en el que esos planos fijos y sobrios van desplazando el relato imprimiendo ternura y rechazo a esos espacios que forman la relación materno-filial. Con el conciso y depurado montaje de un experto como Fernando Franco, ayudan a convertir ese piso en caldo de cultivo de todas las relaciones visibles e invisibles que cuecen entre las dos mujeres.

Un relato estructurado en tres instantes, en el primero, seremos testigos de la unión y familiaridad entre madre e hija, en el segundo bloque, la hija se irá a Londres y viviremos el punto de vista de la madre, sentiremos el peso de la ausencia y la vida de Estrella sin su hija, su cotidianidad y sus emociones, donde tendrá que descubrirse como mujer y vivir de otra forma diferente, y por último, en el tercer tramo, el regreso de Leonor, en el que tanto madre como hija se volverán a reencontrarse mirándose de manera extraña, pero sabiendo que siempre habrá algo que las vuelva a reencontrarse, porque hay lazos que aunque se alejen nunca se rompen, porque la distancia más dura no es la física, sino emocional, un estado emocional que en ocasiones crea vínculos que, aunque el ser querido se halle lejos, siguen latiendo en el fondo de nuestra alma.

Las primorosas y sobrias interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo consiguen a través de lo mínimo lo máximo, a través de detalles y miradas consiguen que esa madre e hija, respectivamente, formen parte de nuestra familia, las encontremos cercanas, como si las conociésemos de toda la vida, cimentando con sumo cuidado y precisión todas esas relaciones soterradas que nos vemos a simple vista, pero están ahí, cociéndose a fuego lento, como si las emociones más importantes de nuestra vida, ocurriesen así casi sin darnos cuenta. Rico Clavellino ha construido una película sencilla y muy conmovedora, sin provocarlo ni echando mano a sentimentalismos, sino basándose en su mirada inquieta y curiosa de cineasta observadora que mira con atención todos esos pequeños detalles, a veces mínimos y muy frágiles, en los que se sustentan las relaciones materno-filiales, como hace con habilidad y sencillez el cine de Mike Leigh, donde todo el mundo ocurre en cuatro paredes. Una película que homenajea a todas las madres, a todas aquellas madres de sus hijos e hijas, que se desviven por sus primogénitos, pase lo que pase, y en las circunstancias que sean, porque no conoceremos un amor tan grande como el de una madre a un hijo o hija.

 

El cine de aquí que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- MIMOSAS, de Oliver Laxe

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2.- PSICONAUTAS, LOS NIÑOS OLVIDADOS, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

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3.- INCERTA GLÒRIA, de Agustí Villaronga

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4.- DEMONIOS TUS OJOS, de Pedro Aguilera

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5.- JULIA IST, de Elena Martín

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6.- ESTIU 1993, de Carla Simón

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7.- VERÓNICA, de Paco Plaza

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8.- CONVERSO, de David Arratibel

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9.- HANDIA, de Aitor Arregi y Jon Garaño

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10.- MORIR, de Fernando Franco

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11.- TIERRA FIRME, de Carlos Marques-Marcet

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12.- LA LIBRERÍA, de Isabel Coixet

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13.- EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca

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14.- MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO, de Gustavo Salmerón

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Marguerite Duras. París 1944, de Emmanuel Finkiel

LA MUJER QUE ESPERA.

Estamos en el París ocupado por los nazis, en junio de 1944. Marguerite es una mujer de unos treinta años que participa en la resistencia junto a su marido, Robert Antelme. Un día, la Gestapo detiene a Robert y lo deporta. A partir de ese instante, comienza el particular vía crucis de Marguerite, en la que su única existencia se reduce a esperar, a convertirse en una sonámbula en su propio apartamento, y caminando sin cesar por las calles de París con el objetivo de encontrar algún indicio, por pequeño que sea, del paradero de su marido. Marguerite encuentra consuelo o rabia en Rabier, un policía colaboracionista que le facilita información del paradero de su marido, y también, sigue en contacto con miembros de la resistencia como Dionys. El director Emmanuel Finkiel (Boulogne-Bilancourt, Francia, 1961) ayudante de Tavernier, Kieslowksi o Godard, encuentra en el texto biográfico de “El dolor”, de Marguerite Duras (1914-1996) la base para construir su relato, un relato en el que también hace memoria de su propia familia, ya que muchos de sus miembros fueron deportados. Finkiel nos habla de las presencias, y sobre todo, de las ausencias y el tiempo, del dolor de una mujer que ha dejado de vivir, sólo existe para su marido, aquel que no está, aquel que no sabe dónde se encuentra, y sobre todo, que fue de él.

Finkiel acota su película en un período de un año más o menos, aquel que va desde junio del 1944 a abril de 1945, un espacio de tiempo, donde París será liberada y la alegría de unos, la mayoría, contrasta con la tristeza y la desesperación de unos pocos que ven que los suyos no regresan y el tiempo, el maldito tiempo, pesa como una losa, como si no quisiera avanzar, como si fuese esa agua estancada que huele a podrido, un tiempo pesado, dolorido y triste. La luz de Alexis Kavyrchine consigue encerrarnos en esa prisión de ausencia en la que se encuentra instalada, muy a su pesar, Marguerite, con ese rostro triste, de no vida, ese rostro en mitad de la nada, en mitad de no sabe dónde, con esa mirada caída, sin fuerzas, de una mujer herida, que sólo espera, como si su espera fuese un aliento de vida tan frágil que despertarse y caminar cada día en busca de noticias, fuese casi un milagro, como si fuese el último día, porque quizás mañana no tendrá fuerzas suficientes para emprender su rutina diaria.

Finkiel captura el alma triste y despojada de esa ciudad ocupada, entre colaboracionistas, delatores, deportaciones, y sobre todo, ese miedo que te entra en las entrañas y te desgarra por dentro, ese miedo instalado en cualquier rincón de la ciudad, donde todo se mueve con sigilo y nervios, donde cualquiera se ha convertido en extraño y enemigo, donde hasta el más perdido, puede delatarte. El cineasta francés ha hecho una película de corte clásico, pero tristemente actual por su contenido, en el que la ética y la moral tanto de unos y otros, vencedores o vencidos, se debate entre aquello que hacemos para conseguir con vida, aunque sea a costa de otros que en realidad son inocentes, y nuestra conducta ante la maldad cotidiana, esa que vemos y sabemos, pero que callamos por miedo a la represalia. Finkiel construye una intriga psicológica de gran calado cinematográfico, en el que seguimos la existencia durísima y triste de Marguerite, por un lado, y por el otro, el contexto de la guerra en las ciudades, donde la guerra era demasiado presente, donde el invasor y aquellos que le ayudaban, sembraban el terror en cada calle, en cada esquina y en cada apartamento, sin lugar a respirar, con un ahogo continuo donde nadie está a salvo.

Finkiel convierte en la ciudad en un personaje más, inundando sus calles de miedo, de dolor, de tristeza, como un espacio sin vida, reflejo del trasfondo psicológico que experimentan sus personajes, desde Marguerite, impresionante la composición de la actriz Mélanie Thierry (que habíamos visto como cooperante en la guerra de los Balcanes en Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa) en la que consigue con sutileza y sobriedad capturar todas las emociones que tiene su personaje, esa Marguerite rota por el dolor, con sus angustias y pesares, sin recurrir a las estridencias y la gestualidad tan recurrentes en este tipo de personajes tristes. Le acompañan Benoît Magimel, como colaboracionista, y completamente irreconocible, con bastantes kilos de más, con esa soberbia y prepotencia del vencedor, y esos trajes impolutos en los que demuestra su posición en tiempos tan amargos y de carencias, en una interpretación modélica, en la que como su partenaire, retrata desde la contención y el detalle más ínfimo, y esta terna la completa Benjamin Biolay como uno de los jefes de la resistencia, y principal apoya emocional de Marguerite, con ese aire de Belmondo, en el que compone una interpretación intensa y sobre todo, de miradas, desde la sobriedad del conjunto de la película. Finkiel ha creado una obra con mayúsculas, sin recurrir a trucos efectistas ni maniobras argumentales facilonas, sino todo lo contrario, mostrando la ausencia y ese dolor que provoca, ese dolor que se agarra al alma y no la deja respirar, que acaba corrompiendo tus sentimientos, tus fuerzas para seguir, tu coraje para seguir esperando, aunque sea lo más duro de tu vida, porque seguir alimentando la esperanza es lo único a lo que puedes agarrarte cuando ya nada más importa y existe.

Entrevista a Mario Casas y Samu Fuentes

Entrevista a Mario casas y Samu Fuentes, actor y director de «Bajo la piel de lobo». El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Mario casas y Samu Fuentes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Quimet Pla

Entrevista a Quimet Pla, actor en «Bajo la piel de lobo», de Samu Fuentes. El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Quimet Pla, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Ruth Díaz

Entrevista a Ruth Díaz, actriz en «Bajo la piel de lobo», de Samu Fuentes. El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Ruth Díaz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Bajo la piel de lobo, de Samu Fuentes

EL LADO ANIMAL.

El arranque de la película resulta ejemplar para el devenir de los acontecimientos de los cuales seremos testigos a lo largo del metraje. Martinón, un alimañero que se mueve por los montes del norte allá por el primer tercio del siglo XX, encañona a lo lejos a un ciervo (un medalla de oro por sus cinco puntas) y tras dispararle y seguir su rastro, lo encuentra agonizando, la cámara se detiene en el rostro del cazador, y a continuación, en el rostro del animal moribundo, en la que el silencio del bosque, queda interrumpido por los últimos alientos de vida del animal, que lentamente se va apagando hasta morir. Seguidamente, Martinón agarra su cuchillo y empieza a despiezar la carne. La puesta de largo de Samu Fuentes (Noreña, Asturias, 1972) después de foguearse en el cortometraje, y trabajar en los equipos de dirección de Sergi G. Sánchez o Tom Fernández, se enfrenta a su primer largo situándolo en su tierra, en los lugares que más conoce, a través de lo más carpetovetónico del hacer ibérico, en una trama en el que hay montes, lobos, pueblos, caza y demás, y lo hace con la mirada solitaria e individual de un hombre que vive en la alta montaña, en un pueblo deshabitado, viviendo de la tierra y lo que caza, con su deambular cotidiano por los montes nevados.

Una vida que en primavera le lleva a los valles, bajando a los pueblos a vender las pieles de los lobos y comprar lo necesario. En una de esas bajadas, y apremiado por un lugareño que podría ser un espejo donde mirarse, le incita a introducir una mujer en su vida, y sobrellevar las duras condiciones de vida que tiene durante el invierno allá arriba en el monte. A partir de ese instante, la vida callada y de solitud de Martinón, se ve interrumpida por la aparición de una mujer, que será la hija del molinero. Aunque, la vida en el monte en invierno es durísima y no todos saben adaptarse y sufrirla como Martinón. Fuentes construye una película intimista y brillante, en el que son reconocibles varios palos como la esencia de Furtivos, de Borau, en que la libertad individual se veía truncada por la intransigencia de la ley, mismo dilema que también se planteaba en Las aventuras de Jeremiah Johnson, de Pollack, donde un trampero se alejaba de todos para sentirse libre, y sobre todo, en Dersu Uzala, de Kurosawa, donde se dirimía el choque entre la vida libre y salvaje con la vida civilizada y convencional, en las figuras del cazador mongol y el oficial soviético.

El cineasta asturiano plantea una película nada complaciente y arriesgada, en que sobresale la excelsa cinematografía de Aitor Mantxola (colaborador de Cobeaga, entre otros) capturando esa luz contrastada de los inviernos norteños, con esa otra luz sombría de los interiores, o el espectacular sonido de Eva Valiño, donde sabe captar la esencia de los montes, y el quehacer cotidiano en la huerta y la casa de Martinón. La película es casi una película de Melville, donde sus personajes hablan muy poco y en contadas ocasiones, tipos que no paran de hacer cosas, moviéndose de un lugar a otro, sin descanso, donde el detalle de sus actividades es sumamente importante, en el que vemos constantemente el trabajo de las manos y los diferentes trabajos cotidianos como ese caminar pesado y dificultoso por el bosque nevado acarreando enseres y demás, la preparación de cepos para las trampas, el despiece de animales, curtir las pieles, labrar la tierra, y las diferentes comidas, y los actos sexuales, una rutina endémica e impenetrable, donde los inviernos van pasando con su dureza, sus rutinas y unos personajes que se retroalimentan de esa naturaleza libre, salvaje, bella e indómita.

Los personajes de Fuentes son gente de pocas palabras, gentes del mundo rural, mundos hostiles y de extrema dureza por entonces, donde el trabajo era durísimo y las pocas oportunidades de vida eran heredar el trabajo familiar o trabajar la difícil tierra, donde las mujeres, como muestra la película, eran para casarse y poco más, donde quedarse preñada fuera del matrimonio era una tragedia. Martinón es un animal salvaje, respetuoso con la naturaleza de la que coge lo que necesita, nada más, pero que trata como una bestia a las mujeres que entran en su vida, no por maldad, sino por su condición. Dos hermanas que entrarán en la vida del alimañero, primero una, y luego la otra, en la que representan dos mundos eternamente enfrentados, entre la sociabilidad del hombre con su animalidad, en la que no hay víctimas ni verdugos, donde el devenir de la naturaleza con sus continuas estaciones establece una mezcla y una confusión, una especie de permeabilidad con las personas que habitan ese paisaje tan duro, pesado y en ocasiones, terrorífico.

La interpretación contenida y sublime de Mario Casas (acertadísima la elección de su director, porque a través de su aspecto físico, esa barba dejada, ese cabello largo, sus kilos, su corporeidad, su vestuario, y esa mirada que lo expresa todo, ayudan, de manera sencilla y audaz,  a reflejar su condición y cotidianidad) que parece más un animal libre y salvaje, cuando está solo, y una bestia enjaulado y débil, cuando entran las mujeres en su hogar. Un actor que desde Grupo 7 de Alberto Rodríguez ha emprendido un cambio de registro en su carrera, encarado con otro deseo su carrera actoral, aceptando roles muy diferentes a los que había hecho, unos personajes que le exigen unas composiciones extremas, empezando por su físico donde sufre una verdadera transformación en las que parece otra persona (algo parecido le ocurría a Bardem en Los lunes al sol). El personaje de Casas es un tipo callado, salvaje y de condición animal, que sabe que su vida solo depende de él, de su trabajo, de su caza y su adaptación al medio hostil donde vive.

Le acompañan en su aventura en lo alto de la montaña, primero Ruth Díaz y más tarde, Irene Escolar, las hijas del molinero, en dos interpretaciones apoyadas en las miradas, sus gestos y su silencio, mujeres sin más porvenir que una boda y una vida sumisa con su esposo, aunque son dos mujeres diferentes, de carácter alejados, que cada una de ellas, se acondicionará al hogar del alimañero de maneras distintas y tendrán un provenir muy distinto. También, aparecen Josean Bengoetxea como el alcalde, y los dos veteranos Quimet Pla, haciendo del pobre diablo del molinero, y Kandido Uranga como Marcial, quizás esa parte paterna en el que se refleja Martinón. Fuentes ha realizado una película extraordinaria, donde el tempo de su metraje viaja a otro ritmo, en consonancia con el paisaje y las existencias que filma, donde humanos y bestias se relacionan y se mezclan, sacando lo salvaje y vulnerable de cada uno, en un drama sombrío y cercano, donde la capacidad de soportar y vivir en circunstancias tan hostiles y brutales se convierten en una necesidad para sobrevivir.

Algo muy gordo, de Carlo Padial

LA SOLEDAD DEL CREADOR.

En una de las secuencias que estructuran la inclasificable, demoledora y satírica Holy motors (2012) de Leos Carax, su protagonista que, adopta diferentes personalidades a lo largo del metraje, entra en una nave industrial y después de enfundarse un traje ceñido de color verde con numerosos puntos de referencia para capturar imágenes generadas por ordenador (CGI) comienza una serie de movimientos en solitario. En un momento dado, se une una mujer que, sin tocarse, se suma a sus movimientos en una coreografía al unísono. Inmediatamente después, vemos las imágenes generadas en pantalla donde si hay contacto físico y la correspondiente escena sexual. La tercera película de Carlo Padial (Barcelona, 1977) es una suerte de fábula de la imagen capturada por ordenador en la que nos adentramos en la realización de la comedia más ambiciosa de la historia llena de efectos especiales de última generación. Algo muy gordo sigue los parámetros, tanto argumentales como formales, de  sus anteriores trabajos, Mi loco Erasmus (2012) su debut que, seguía las andanzas de un artista que pretendía realizar un documental sobre los estudiantes extranjeros en Barcelona, y su segunda película, Taller Capuchoc (2014) una peculiar aventura de un escritor que conseguía ganarse la vida realizando un taller literario.

Padial es un artista multidisciplinar, también es autor de varios libros, cortometrajes, director de web series, donde ha creado una filmografía a contracorriente de lo establecido, una serie de trabajos audiovisuales donde hace gala de un irreverente humor, crítico, incómodo y alejado de modas, una suerte que el crítico Jordi Costa acuño como post-humor, definido por él mismo como “La comedia donde la obtención de la risa ya no es la primera prioridad. Es un humor que puede primar la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas. Puede servir para hacer comentarios sociales, políticos o puramente filosófico”. Un humor diferente, catártico y genial que, a veces puede irritar, y en cambio otras, resulta genial. Un humor practicado por Buster Keaton o Jerry Lewis (una fuente de inspiración en la película como esa idea de mostrar las entrañas de los procesos cinematográficos) que en nuestro país tiene a referentes como Gila, Tip y Coll, Faemino y Cansado, Rubianes, Eugenio, etc… testigo que han recogido gente como Muchachada Nui, Carlos vermut y Venga Monjas, Juan Cavestany, Canódromo abandonado, Ignatius Farray, etc… Todos ellos practican un humor no humor, un humor que mezcla elementos muy alejados como el absurdo, satírico, esperpéntico, crítico, cotidiano, burdo,  feo, disparatado o aquello más elemental, pero sin caer nunca en lo grosero, armas contra ese humor correcto y convencional, y sobre todo, expandir el humor como resistencia entre tanta vulgaridad.

Algo muy gordo sigue ese humor o no humor, en una película que no deja títere con cabeza, que va a degüello con todo y todos, convirtiéndose en un gran paso hacia delante en la filmografía de Padial, una película con el espíritu del low cost de sus anteriores películas pero con el armazón de una producción convencional, escrita junto a Berto Romero, un humorista mainstream, pero aquí llevado a tumba abierta a una parábola sobre la creación artística y las formas de construcción cinematográfica, tanto físicas como emocionales, porque la película podríamos definirla como una especie de documental sobre el rodaje de una película. Un making of de una película que nunca veremos (de argumento tan estúpido como en el que Berto volverá al colegio porque no tiene el graduado y vivirá una serie de peripecias que van desde el drama, la comedia, el thriller o la ciencia ficción, ahí es nada) asistiremos y observaremos las entrañas de un rodaje y todos sus intrincados métodos creativos, pero todo se construye mediante una ficción, las diferentes personas que vemos en la película-rodaje ensayo error, no son Berto Romero o Carlo Padial, éstos interpretan otros personajes con su mismo nombre, desde Berto, el cómico que quiere dar un giro a su carrera realizando una película de CGI, como el personaje de Carax, donde todo lo interpreta él, embutido en un ridículo traje negro lleno de puntos dorados de referencia, y colgado de un arnés para generar esas secuencias en solitario, o en otras ocasiones, con atrezo simulado, como ese momento rodeado de enanos que hacen de niños en un baile absurdo, etc…

Padial interpreta a ese director que no sabe comunicarse ni generar ideas para su película, un tipo hermético, obsesivo y siniestro que, se mueve por el set con un aire de misticismo. Y los demás intérpretes juegan a ser una versión patética y cutre de ellos mismos, de ese mundillo de lo artístico con tanta impostura, donde se mofan de ellos mismos, y de la estupidez y esnobismo que, encierran en muchas ocasiones los procesos del mundo artístico. La película sigue al equipo mientras filman la película en sus conversaciones y conflictos, la mayoría de un sinsentido abrumador, hablan y hablan sobre secuencias que no filmaran y momentos que tampoco incluirán en el filme, todos opinan, todos deciden, pero sin saber muy bien el qué y sobre todo, para qué. Padial vuelve a crear un absurdo universo de egos, de patetismo y soledades, filmando a esos personajes fracasados y egoístas que pululan en sus trabajos, tipos de pobreza creativa que, en cambio, se sienten marginados por la sociedad que no logra entender su arte ni a ellos mismos.

Resultan brutales la secuencia de Miguel Noguera (habitual en la carrera de Padial) donde discuten sobre un salto después de una explosión, en un tono de seriedad y absurdidad en el que todos los implicados dicen la suya y a cual más gorda, y aquella otra en que falla la explosión del único automóvil que tienen. Padial que cuenta con un espectacular reparto desde Carlos Areces (uno de los ex muchachada) Carolina Bang, Javier Botet, entre otros,  tiene en Berto su más fiel escudero para transmitir esa sensación de soledad, vacío y estupidez que genera un rodaje de estas características, en el que el actor tiene que lidiar él solo con las secuencias, sin la réplica del compañero, experiencia que le llevan a sentirse muy frágil, lleno de incertidumbres y sobre todo, un alien en medio de la nada, en el sindiós que es el rodaje, y las comprensibles dudas sobre la presumiblemente película que están creando, porque Padial no sólo habla de los complejos procesos creativos, y todo ese mundillo que lo rodea, sino de la imposibilidad de materializar aquellas ideas del artista, sobre el humor, la vida y demás, sobre la soledad que se enfrenta el creador, y el fracaso que lo acompaña a lo largo de su carrera, porque hay ideas que no son posibles de realizar en el mundo creativo existente e inexistente, por diferentes y arduos motivos que se escapan de nuestro alcance.