Entrevista a Nyika Jancsó, cinematógrafo e hijo de Márta Mészáros, cineasta a la que la Filmoteca de Catalunya le dedica una retrospectiva, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 14 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nyika Jancsó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos, a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”.
Barón Pierre de Coubertin
En abril de 2015, en un ciclo de Cine contemporáneo polaco que tuvo lugar en la Filmoteca de Cataluña, visioné la película Mundial. Gra o wszystko, de Michal Bielawski. Un documental que se aproximaba a la experiencia de la selección polaca del fútbol en el Mundial del 82 celebrado en España, mientras en su país había protestas, ley marcial, militares en las calles y opositores inundando las cárceles. Una extraordinaria exploración sobre el deporte y la política, sobre lo personal y lo colectivo. Un proceso parecido al que ha realizado el cineasta Elie Grappe (Lyon, Francia, 1994), que después de dirigir un cortometraje sobre danza, inmediatamente después codirigió un documental sobre una orquesta, donde conoció la experiencia de una violinista ucraniana que llegó a Suiza justo antes del Euromaidán (el nombre al que se le dio a las revueltas y protestas del pueblo ucraniano, entre noviembre 2013 y febrero de 2014, que derrocaron al presidente Víktor Janukóvich). A partir de esa idea nació Olga, su primer largometraje.
Con un guion de Raphaëlle Desplechin (del que hemos visto películas tan interesantes como Tournée, de Mathieu Amalric o Curiosa, de Lou Jeunet, entre otras), con el protagonismo de la citada Olga, una niña ucraniana de quince años, gimnasta de élite que debido a los ataques que sufre su madre periodista opositora al gobierno, es enviada a Suiza, la patria de un padre que apenas conoció, y a seguir entrenando para participar en el Campeonato de Europa que sirve de preparación para los Juegos Olímpicos. El director francés fusiona extraordinariamente el documento, rescatando imágenes reales de las protestas grabadas con el móvil por los propios manifestantes ucranianos con esas otras imágenes construidas para la película, que también podrían enmarcarse en el documento, ya que utiliza gimnastas de élite, pero pasado por el filtro de la ficción, creando un relato de muchísima fuerza, tensión, ejemplar naturalidad y sobre todo, una brillante y concienzuda aproximación a la complejidad de una persona exiliada por obligación y compitiendo, mientras su país está en mitad de un proceso revolucionario histórico.
Una apabullante cinematografía de Lucie Baudinaud, que ya estuvo en Suspendú (2015), cortometraje de Grappe, en la que sobresale su férrea cercanía, en la que filma los rostros, los cuerpos y el movimiento de las gimnastas. El estupendo montaje de Suzana Pedro, consigue sumergirnos de forma brutal e inmersiva tanto en ese mundo interior contradictorio y lleno de tensión en el que vive la protagonista, tanto en lo emocional, recibiendo esas imágenes, los videos con su madre y Sasha, su amiga y también gimnasta, como en lo físico, con sus duros entrenamientos, sacrifico y fuerza, y ese espacio de Magglingen, sobre Biena, encerrada en esas meseta estrecha de duro invierno y aislada. El magnífico trabajo interpretativo de la debutante Anastasia Budiashkina en la piel de la antiheroína que, al igual que Sabrina Rubtsova, que se mete en la piel de la citada Sasha, pertenecen al equipo de reserva de la selección de Ucrania de gimnasia, situación que le da a la película y a lo que está contando una verosimilitud y una intimidad extraordinarias, al igual que ocurre con el resto del reparto, todos son integrantes de equipos de gimnasia de élite, tanto preparadores como deportistas.
Estamos ante una película llena de matices, de complejidades y de una honestidad profunda y bien construida, donde no hay buenos ni males, ni ese odioso mensaje de superación ni nada que se le acerque. Aquí hay verdad, a través de la ficción, pero una ficción que podría ser la de cualquier persona que se halle en una situación tan difícil y dolorosa como la que vive Olga, una niña que se va a hacer mayor de repente y de forma intensa, y como pasa en estos casos, todo será traumático, violento y tremendamente tortuoso, una experiencia que la joven la vivirá como puede, entre dos aguas, entre su país, entre todo lo que ha quedado allí, su madre, su amiga del alma, sus raíces, su vida, contra donde está ahora, un exilio forzoso, una salvación que deberá gestionar emocionalmente y físicamente ente durísimos entrenamientos, un nuevo idioma del que no entiende la jerga y una nueva vida, que no resultará nada sencilla debido a los conflictos emocionales en los que está inmersa. Una protagonista que a pesar de los inconvenientes en los que se encuentra inmersa, demostrará una grandísima fuerza y compromiso ante todo y todos. Olga es una película que deberían ver todos los estudiantes y deportistas del mundo, porque no solo se acerca a la vida y al deporte como es, con sus alegrías, tristezas y vuelta a empezar. Toda una enseñanza y lo hace desde la humildad y la humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Justin Lerner, director de la película «Cadejo blanco», en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 14 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Justin Lerner, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”.
Georges Flaconnet y Nadine Lefaucheur (1975)
El relato arranca en la mirada y cuerpo de Daniel, del que sabremos que ha sido expulsado de su empleo como instructor de policía por agredir a uno de sus alumnos. Su vida se pierde atendiendo a su padre demente y teniendo una relación fría con su hermana pequeña. Su único aliciente en la vida es Sara, una mujer a la que no conoce personalmente, pero mantiene una relación online. Un día, agobiado por todo, deja Curitiba, en el sur de Brasil, y con su ranchera se lanza a hacer 3000 kilómetros para darle una sorpresa a Sara, que vive en Sobradinho, al noreste del país.
El director Aly Muritiba (Mairi, Bahía, Brasil, 1979), plantea en su tercera película en solitario, un guion que firman Henrique dos Santos y él mismo, a través de una historia de contrastes, de opuestos, ya desde su pareja protagonista, el mencionado Daniel, que vive al sur, en la fría y conservadora Curitiba, y frente, lo contrario, porque Sara vive en la noreste, cálida y libre Sobradinho. Una trama que parte de una búsqueda, de una forma de encontrar lo que somos de verdad, de nuestra forma de estar en el mundo y sobre todo, la manera de relacionarnos con los demás. También habla de transformación, de tránsito, de dejar quién parece ser que has de ser para ser quién de verdad eres, de dejar de tener miedo, de escucharte, de sentirse y dejar de autoengañarse. El cineasta brasileño no edulcora ni sentimentaliza su película, al contrario, la construye a partir de la verdad, de la intimidad de sus personajes, tejiendo con sumo cuidado un relato donde se indaga en lo social, en las dificultades exteriores e interiores de cada individuo, generando una empatía que va más allá de la apariencia, donde nos habla de un encuentro, un encuentro que cambiará las existencias oscuras y silenciosas de los dos protagonistas, que viven a su manera, en una cárcel social y propia.
Una estructura interesante en la que nos muestran la vida de Daniel, sus conflictos y sus amarguras, y tras veinte minutos, aparecen los títulos de crédito iniciales. Luego, pasamos a la vida de Sara, en la que la veremos en su cotidianidad, su trabajo, su vida con su abuela, y la relación de amistad con su amigo del alma, y su no vida de ocultación y de negarse ante una sociedad que lo rechaza y quiere “curarlo”, como le espeta el sacerdote de su iglesia. Finalmente, la película muestra este encuentro con sus desencuentros, una relación diferente, de autoconocimiento, de libertad, de dejar la oscuridad para abrazar la luz, a través del deseo y el amor, un amor inesperado, de cuerpos y piel, muy erótico, un amor que estaba esperando a materializarse por dos seres que se esperaban, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. La excelente cinematografía de Luis Armando Arteaga, del que hemos visto sus trabajos con Jayro Bustamante y en Las herederas (2018), de Marcelo Martinessi, donde los cuerpos y la piel están pegados a la cámara, sintiendo todo ese vacío, esa búsqueda y esa soledad que tanto acompaña a los protagonistas, que recuerda a la misma luz de Beau travail (1999), de Claire Denis.
La excelente música de Felipe Ayres, ejecutada a la perfección que no limita para acompañar en su periplo vital y de autoconocimiento a los protagonistas, sino que se esfuerza en explicar todo aquello que los diálogos no dicen pero está, con la inclusión del tema ochentero “Total Eclipse of the Heart·, de Bonnie Tyler, que acompaña dos momentos muy importantes de la cinta. El exquisito y magnífico montaje de una grande como Patricia Saramago, que ha trabajado ni más ni menos con dos tótems del cine portugués como Pedro Costa y Rita Azaevedo Gomes, y en Longa noite (2019), de Eloy Enciso, que condensa muy bien la información y la relación in crescendo de los dos personajes, en un metraje amplio que se va hasta los ciento veinticinco minutos. Desierto particular no solo funciona como un drama interior muy psicológico, sino que también realiza una concisión de los diferentes estratos sociales y las múltiples complejidades que hay ahora en un país como Brasil, con sus antagónicas formas de pensamiento y alejamiento en cuestiones humanas, sociales y culturales.
Una película basada tanto en el interior de unos personajes asfixiados por ellos mismos y sobre todo, por el conservadurismo y tradicionalidad de una sociedad arcaica en muchos sentidos, y más con la llegada del fascista Jair Bolsonaro a la presidencia del país desde 2019, donde la comunidad LGBTQIA+ se ha visto fuertemente atacada, vejada y asesinada, debía tener un par de excelentes intérpretes como Arntonio Saboia, al que hemos visto en películas tan interesantes como El lobo detrás de la puerta y Bacurau, entre otras, en la piel de Daniel, un rudo y malcarado policía, ahora expulsado, atrapado en esa masculinidad marcada por los estereotipos y prejuicios ancestrales, frente a la juventud de Pedro Fasanaro en la piel de Sara, el objeto de deseo de Daniel, el joven que debuta en el cine, marcándose un doble rol que eriza la piel, transmitiendo toda la naturalidad posible, metiéndose en un personaje que no está muy lejos de la oscuridad por la que atraviesa Daniel. Una pareja atípica en apariencia, pero que resultará que no están tan lejos, porque sus desiertos particulares están llenos de demasiadas cosas que hasta la fecha habían tristemente obviado y aún más, cosas que les hubieran sacada de su ostracismo y su tristeza. Viva el amor y sobre todo, el amor hacía uno mismo, sin miedo y sin cárceles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“hay una manera de salir del bosque oscuro, pero la mala noticia es que el camino atraviesa el infierno. Y”
Mihaly Csikszentmihalyi
Según la Real Academia de la Lengua Española, el término “cadejo”, recoge la siguiente definición: En la mitología popular de países como Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, se trata de un animal fantástica al que se le atribuye aparecerse a algunas personas para asustarlas o llevárselas. A partir de esta premisa, el cineasta Justin Lerner (State College, Pensilvania, EE.UU., 1980), en un viaje para abrir una escuela de cine en la Ciudad de Guatemala, conoció las “cliclas”, bandas desorganizadas e ilegales llenas de jóvenes delincuentes que se dedican al narcotráfico, al robo y al asesinato. Con todos estos elementos imagina la historia de Sarita, una joven guatemalteca que, una noche después de desaparecer su hermana Bea, sigue al ex novio de esta, Andrés, que la llevará a la ciudad portuaria de Puerto Barrios, en el noreste del país, en la que se infiltrará en la banda a la que pertenece el joven para conocer el paradero de su hermana desaparecida.
Con un guion escrito por el propio Lerner, seguimos el descenso a los infiernos que protagoniza Sarita, una joven sin nada, que nada tiene que perder, y sobre todo, le obsesiona la desaparición de su hermana, un objetivo que no la detendrá a pesar de meterse en lo más profundo de la violencia extrema de Guatemala. Con un gran trabajo de cinematografía que firma el austriaco Roman Kasseroller, del que conocíamos sus trabajos en Juana a los 12, de Martin Shanly, y Cocote, de Nelson Cairo de los Santos Arias, el relato se centra en la mirada y la posición de la protagonista, sumergiéndonos en ese infierno en el que Sarita hará todo y mucho más para ser una más y ganarse la confianza de los delincuentes y así saber que fue de su hermana. Un gran trabajo de montaje del propio director y César Díaz (del que hemos visto su película como director Nuestras madres, sobre los desaparecidos de la dictadura de Guatemala), en el que prima la pausa y el realismo crudo y sucio para una película de ritmo intenso y oscuro que se va a las dos horas.
Díaz también actúa como productor, junto a otros grandes nombres del cine independiente como Mauricio Escobar, en los trabajos de Jayro Bustamante, y el productor estadounidense Ryan Friedkin, responsable de películas como Monos, de Alejandro Landes, y la última de Ruben Ostlund, y Gino Falsetto, detrás de nombres tan potentes como Clint Eastwood y Martin Scorsese. El espectacular trabajo de sonido de un grande como Frank Gaeta, que está al frente de películas de Alexander Payne, Walter Salles y otros productos blockbuster. Un grandísimo reparto encabezado por Karen Martínez dando vida a Sarita, inolvidable protagonista de La jaula de oro, de Diego Quemada-Díez, que ejecuta a la perfección un personaje aislado, que se mete en la boca del lobo en soledad, con valentía y mucho de inconsciencia,. Una joven temeraria y tenaz en su propósito sin calibrar las consecuencias de tan tamaña y peligrosa empresa. Una mujer que radia fragilidad, belleza, fuerza y un coraje inquebrantable.
Un reparto que se completa con Rudy Rodríguez como Andrés, un antiguo miembro de una “clica”, que bajo las órdenes de Tatiana Palomo, una prestigiosa coach de actores no profesionales que, aprendió en la escuela de Carlos Reygadas, actúa de forma natural ante la cámara, al igual que los otros amateur de la película que forman la “banda”. También encontramos a otro de La jaula de oro, el actor Brandon López como Damian, otro de los “gallitos” de la cinta, y al actor guatemalteco Juan Pablo Olyslager, que hemos visto como protagonista en Temblores, y en el reparto de La llorona, ambas de Jayro Bustamante, en un rol de gánster y malcarado. Cadejo blanco tiene el aroma de películas como Accattone (1961), de Pasolini, con esos jóvenes de la periferia, sin futuro y echados al crimen como una salida para sobrevivir, o títulos como Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en los tugurios del sexo más depravado, y en Matar a Jesús (2017), de Laura Mora, donde una joven se introducía en los bajos fondos de la violencia en Colombia para vengar el asesinato de su padre. Bajo una apariencia de thriller de investigación, el relato nos guía por un país muy desigual e injusto, muy bien reflejado en la relación de Sarita y el joven de clase alta con el que se relaciona sexualmente.
Un país en el que una buena parte de su población está destinada a vivir de forma pobre y miserable o eligiendo salidas como las “clicas” dirigidas por sinvergüenzas como “el patrón”, un tipo aparentemente buen ciudadano, padre de familia y simpático, que capitanea esa legión de jóvenes delincuentes que hacen el trabajo sucio para su enriquecimiento. Un gran acierto es no hacer una película condescendiente ni edulcorada, donde las cosas sean blancas o negras, sino llenas de matices e innumerables grises, en que la línea que separa lo honesto y la violencia es finísima, donde uno o una debe cuidarse a sí mismo y hacer lo que tiene que hacer, a pesar de cruzar todas las líneas posibles e imposibles. Sarita no quiere vengarse, solo quiere saber qué ha sido de su hermana, y para ello, no se detendrá ante nada ni nadie, siendo consciente o no del peligro que corre su vida, pero cuando has perdido lo que más querías, porque no arriesgarse en conocer la verdad, aunque está te haga cruzar el lado más oscuro de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Era la vida lo que los separaba, la sangre que bombeaba aún con demasiada fuerza”
“Nadie está a salvo” (2011), de Margaret Mazzantini
En la edición número veinte de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, me llamó muchísimo la atención una película alemana de título Das merkwürdige Kätzchen, que se llamó El extraño gatito, de Ramón Zürcher (Aarberg, Suiza, 1982), una extraña comedia absurda, surrealista y cotidiana sobre una excéntrica familia en Berlín. Nueve años después vuelvo a encontrarme con una película de Zürcher, que ahora escribe y dirige junto a su hermano gemelo Silvan, y nos vuelve a deleitar con otra película con una estructura muy parecida a la anterior. La acción es sencilla y muy minimalista, nos encontramos en un par de días y su noche, en la que Lisa, una joven deja su piso compartido con Mara y Markus, para irse a vivir sola. La acción es muy activa y tremendamente física, porque asistimos a los quehaceres cotidianos de una mudanza en la nueva vivienda, donde unos van y vienen, el ruido de los golpes, los muebles y demás enseres arrastrándose y el trasiego de los habitantes que allí se encuentran, con la inclusión de los vecinos alertados que entran a ver qué ocurre.
Una coreografía serigrafiada en el que abundan los géneros mezclados, porque encontramos tragicomedia, amistades que se rompen, amores que parecen empezar, tensiones y encuentros sexuales, y ese marco de cuento de hadas urbano e íntimo, donde se mezcla el movimiento físico, las penetrantes miradas que se dedican unos a otros, y una cámara generalmente muy estática que recoge todo ese mundo y submundo que está sucediendo en directo para nosotros. Durante la noche, se celebra una fiesta en el piso que deja Lisa, en el que muchas cosas abiertas durante la mañana se resolverán y otras se abrirán entre los diferentes personajes, y la incorporación a la trama de unas vecinas. Vemos la película desde la posición emocional de Mara, extraña y esquiva, que está pero no ayuda ni mucho menos participa en el trabajo observa detenidamente, habla poco, mira muchísimo más. La película no necesita del diálogo para exponer los conflictos que están, lo desenvuelve casi todo mediante las miradas y el sonido, añadiendo música de piano de Philipp Moll, el vals bielorruso “Gramophone”, de Eugene Doga, que actúa como visagra de los diferentes actos de la acción, y el tema ochentero “Voyage, Voyage”, de Desireless, que rastrea con suma delicadeza el estado emocional de Mara.
El arrollador y extremo dispositivo ayuda a generar ese espacio doméstico convertido en un enredado laberinto emocional, generando las múltiples tensiones y conflictos emocionales, así como las pulsiones sentimentales y sexuales entre los personajes, entre la herida de la separación entre Lisa y Mara, el deseo sexual entre Astrid, la madre de Lisa y Jurek, el jefe de mudanzas, la atracción entre Jan, el ayudante de mudanzas y Mara, la tensión sexual entre Markus y Kerstin, la vecina de abajo, y las neuras gatunas, otra vez un gato en el relato, de Ms. Arnold, la anciana rarísima del piso de arriba. Todo funciona con brillantez y armonía desde la grandísima cinematografía de Alexander Haiskerl, que repite con los Zürcher, el tremendo trabajo de montaje que estructura ritmo y agilidad a una película de noventa y ocho minutos de metraje que firman Katharina Bhend y Ramón Zürcher, el trabajadísimo sonido que apabulla y genera un nerviosismo atroz en el espacio que firman Balthasar Jucker y Luces Oliver Geissler. Una película casi en su totalidad de interiores, de espacios reducidos y tensos, en el que hay algún que otro momento exterior en el que los personajes miran hacia la vida en la calle, o ese otro fantástico con las miradas entre los del piso y la camarera a través del gran ventanal de la cafetería. Un grandísimo reparto que compone con naturalidad, sutileza y calidez unos personajes complejos y muy callados, en el que encontramos a Henriette Confurius como Mara, Liliane Amuat es Lisa, Ursina Lardi como Astrid, Flurin Giger es Jan, Dagna Litzenberger Vinet es Kerstin, Lea Draeger es Nora, entre otros.
Estamos ante una narración directa, que está ocurriendo en ese momento y muy acotada en el tiempo, a penas veinticuatro horas en la vida de estas personas, eso sí, pocas horas que marcará el final de una etapa importante en Lisa y Mara y el comienzo de otra, otra en la que ya no estarán juntas, otra que empezará con la añoranza del pasado y la vulnerabilidad ante un tiempo incierto y misterioso, como marcan las ensoñaciones con la antigua morada de la habitación de Lisa, que se supone que es una camarera de barco, o los flashbacks que remiten a un tiempo extinguido, un tiempo pasado que no volverá. Los directores se acogen a la influencia de películas como Estaba en casa, pero… (2019), de Angela Schanelec, a la que podríamos añadir Del inconveniente de haber nacido (2020), de Sandra Wollner, y las relaciones que construía con sutileza y tensión el genio de Rohmer, donde todo parecía ligero pero encerraba una fuertísima tensión entre los personajes, y los silencios incomodísimos de Bresson y Antonioni, en los que los individuos decían mucho más que con las palabras. Aplaudimos y celebramos que la distribuidora Vitrine Films apueste por películas como La chica y la araña, porque no solo aportan una visión del cine muy personal, sino que captura la vida, sus conflictos, sus heridas, su fugacidad y su feroz vulnerabilidad e incertidumbre de forma sencilla, muy plástica y excelente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Meritxell Colell, directora de la película «Dúo», en la Plaza de la Virreina en Barcelona, el Lunes 5 de septiembre 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo y excelente fotógrafo Óscar Fernández Orengo, que ha tenido la amabilidad y generosidad de retratarnos, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¿Has dicho nuestro mirto, el árbol nuestro? En un idéntico bis que se desenvuelve hasta la trémula frase final, ¿Nosotros dos?”
Delirio (2004), de Laura Restrepo
El personaje de Mónica, una bailarina que volvía a construir lazos rotos con su familia y reencontrarse consigo mismo en sus raíces, que habíamos conocido en la película Con el viento (2018), ópera prima de Meritxell Colell (Barcelona, 1983), vuelve a cruzarse en nuestras vidas, ahora siguiendo el itinerario del mismo personaje en su vuelta a Argentina: Un reencuentro con ella, en otro viaje, ahora junto a Colate, su pareja artística y sentimental con el que lleva veinticinco años de relación. Como ocurría en su primera película, lo rural vuelve a ser el escenario del viaje por el norte del país, atravesando la cordillera de los Andes, mostrando su pequeño espectáculo de danza, textos y música. Su dúo se ha alejado de todos y todo, mostrando su arte a las pequeñas comunidades andinas con las que se van cruzando, desde el final del verano hasta el frío invierno. Desde la primera secuencia, íntima y reveladora, donde somos un espectador más del espectáculo itinerante de la pareja, asistimos a un amor en penuria, envuelto en lo que ya no es. Dos almas que se (des) encuentran, se tropiezan, se callan y sobre todo, se han dejado de mirar y sentir el uno con el otro.
La cámara de Sol Lopatin, magnífica cinematógrafa que ha trabajado con gente tan ilustre como Albertina Carri y Eliseo Subiela, entre otros, se convierte en una espectadora activa e invasora porque se mete entre ellos, como una piel más, pegada a ellos, una más de su entorno e interior cambiante y en silencio, con esa forma de desubicación que tenemos durante toda la película, donde todo lo que vemos se nos presenta fragmentado como una especie de puzle donde las piezas no encajan o están perdidas. El relato se desdobla constantemente, ya desde su título Dúo, como en su forma, donde la ficción y el documento se fusionan y se mezclan de forma admirable, con una naturalidad asombrosa y sin darnos cuenta, creando un espacio único en el que todo sucede de forma transparente y muy íntima. Una forma que se apoya en lo digital y el Super8mm, en el que uno sigue ese amor roto, la no historia de ellos, y su encuentro con los lugareños, y otra, el celuloide, actúa como diario intimo de Mónica, con el mismo aroma con el que se construían muchas de las piezas audiovisuales de Transoceánicas (2020), la película de misivas entre Lucia Vassallo y la propia directora. Un diario filmado por Colell junto a Julián Elizalde, cinematógrafo de Con el viento, en el que la protagonista reflexiona sobre sus orígenes, su madre, sobre su actual realidad, sobre el amor, sobre lo que queda de él, y por encima de todo, en el que hay tiempo para pensar en sus emociones, en su trabajo y en aquello que sintió y ya no.
En este sentido, el extraordinario trabajo de sonido que firma Verónica Font, que ha estado presente en todos los trabajos de la directora catalana, resulta crucial para crear esa atmósfera de diferentes sonidos, generando esa doblez que marca toda la película, de dentro a afuera y viceversa, donde todo se muestra y todo tiene su reflejo. Dúo sufrió los embates de la pandemia y dejó su rodaje a la mitad, hecho que provocó reinventar la película, por eso el preciso y brillante trabajo de montaje que firman la propia directora junto a Ana Pfaff (que poco hay que decir de una editora que ha trabajado en películas tan importantes como Alcarràs, Libertad, Espíritu sagrado, Ainhoa, yo no soy esa y Trinta Lumes, entre otras), que vuelve al cine de Colell, resulta un trabajo arduo, donde se encaja con sabiduría los ciento siete minutos que abarca la película, lleno de aciertos, detalles y compuesto por esa dualidad que atraviesa todo el relato, donde todo está envuelto en una suerte de viaje muy físico, donde sentimos y escuchamos cada piedra, cada diálogo y cada obstáculo, y muy interior, donde el silencio y el susurro se apoderan de todo, en un continuo contrapunto entre lo que se dice y lo que no, lo que se siente y no.
Dos poderosos intérpretes, dos almas a la deriva, náufragas de ese amor derrotado, de ese amor que se aleja sin remedio. Dos cuerpos que se abrazan pero ya no como antes, dos sentimientos tan cercanos como opuestos. Una Mónica García en la piel y el alma de Mónica, que después de su retiro de un año en su pueblo burgalés, vuelve, pero ya transformada y en constante cambio, caminando por esa delicada línea entre lo terrenal y lo emocional, en la incertidumbre de estar y no, con su especial intimidad con las mujeres del altiplano, donde se ve, se reconoce y se reconforta ante tanta soledad y tristeza. Frente a ella, que no junto a ella, Colate en la piel de un inmenso Gonzalo Cunill, un actor de raza, carácter, de aspecto marcado y salvaje, una especie de Vincent Cassel, al que hemos visto en películas tan estupendas como Stella Cadente, La silla, Occidente, Arnugán, entre otras. Aquí dando vida al otro, al hombre, al que fue el guía, el compañero y todo para Mónica, ahora perdido en esa inmensidad que les separa, en ese adiós que tanto cuesta, en todas esas cosas que han vivido juntos y ya no viven, estando sin estar.
Una película que tiene el aroma de los silencios y las soledades que tanto capturaban Bresson, y Antonioni en sus almas perdidas de La aventura, El eclipse y El desierto rojo, en que el personaje de la Vitti no estaría muy lejos del de Mónica, o los solitarios y callados individuos que no formaban la pareja de Viaggio in Italia, de Rossellini, o esa no pareja, también de viaje, que se perdía por Copia certificada, de Kiarostami. No nos cansamos de sumergirnos en el cine de Meritxell Colell, al contrario, cada vez nos fascina muchísimo más, porque construye películas muy íntimas, muy cercanas, llenas de inteligencia y sobriedad, donde todo se cuenta desde el alma, desde la profundidad, sintiendo cada plano, cada encuadre, cada silencio, cada mirada, donde el viaje es visible e invisible, en el que se nos habla de memoria, de dónde venimos, hacia donde vamos, qué somos, y sobre todo, dónde estamos, que hemos dejado atrás, hacía donde nos movemos y sobre todo, que sentimos y que no. En fin, toda la incertidumbre de la vida y la existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“En enero de 2007, el alcalde del pueblo calabrés donde estaba rodando Le Quattro volte, me llevó a dar una vuelta por el Pollino. “¡Tienes que ver las maravillas de estas montañas!”, me dijo. Me llevó a un sumidero en el que se veía un escaso corte en el suelo. Me quedé perplejo, decepcionado. El alcalde, en cambio, entusiasmado y orgulloso, lanzó una gran piedra a ese vacío. Se la tragó la oscuridad. El fondo era tan profundo que no se podía ver ni oír nada. Esa desaparición, esa falta de respuesta, me produjo una emoción muy fuerte. Ese extraño lugar se me quedó grabado, llamándome a volver a él años después, para cuestionarlo y crear un proyecto dentro de la silenciosa negrura del Abismo de Bifurto”.
Michelangelo Frammartino
Muchos de los que nos consideramos amantes del cine nos quedamos gratamente sorprendidos con la aparición de una película como Le Quattro volte (2203), del director Michelangelo Frammartino (Milán, Italia, 1968). Una bellísima película ambientada en el sur de Italia, en la región de Calabria, en los pequeños pueblos de Alessandria del Carretto, Caulonia y Serra San Bruno, sobre los ciclos naturales de la vida y la naturaleza, donde se hacia una profunda exploración y reflexión sobre los oficios y las vidas rurales que se perdían y la película dejaba huella de toda esa lenta e irreparable desaparición.
Siete años antes, el cineasta milanés ya había debutado con Il Dono, donde desde el mencionado Caulonia, ya advertía de la terrible despoblación. Con Alberi (2013), rodada en Armanto, también de la región calabresa, una película de veintiocho minutos que formaba parte de una instalación que pasó por el MoMA y el Pompidou, en la que recuperaba la antigua tradición de los Romiti, los hombres que se cubrían con hiedra, los hombres-árbol que pedían limosna y custodiaban los secretos del bosque. Un cine sobre el tiempo, las huellas del pasado, la naturaleza y la vida rural, campesina y pastoril, unas vidas que el tiempo va borrando, y el cine de Frammartino, con su peculiar estilo de fusión de ficción y documento, recupera esas vidas, esos lugares, esas actividades, y sobre todo, unas gentes y la memoria del territorio de Calabria. Sus estudios de arquitectura en que el espacio físico se convierte en terreno de estudio junto a las imágenes de cine y video, se han convertido en tema esencial de sus películas.
En Il Buco, en un guion de Giovanna Giuliani y el propio director, nos traslada a la Italia del milagro económico de los sesenta, más concretamente a 1961, en un contexto en que se había inaugurado el edifico Pirelli, entonces, el rascacielos más alto de Europa en 1958, en la ciudad de Milán, al norte del país. En el otro lado, en el sur, unos jóvenes se fueron, no a surcar los cielos, sino a sumergirse bajo tierra, en un agujero abierto en mitad de la meseta del Pollino, capitaneados por Giulio Gècchele y su joven grupo espeleológico de Piamonte. Los expedicionarios se adentraron en la grieta y descubrieron una cueva a 700 metros bajo tierra, la segunda cueva más grande de la Tierra en aquel momento. Frammartino recoge aquella historia real de la aventura espeleológica y filma con su peculiar fusión de realidad e imaginación, en el que no solo se sigue a la expedición bajo tierra, con las herramientas de entonces, donde cada metro se explora y se va descubriendo, en la más inmensa oscuridad, en un camino que es totalmente incierto lo que va a ocurrir y con lo que se van a encontrar. También, nos habla de la superficie y se centra en un anciano pastor que ha enfermado.
La película tiene el característico aroma del mejor Herzog, en sus aventuras-películas, en que lo imprevisto de la naturaleza y la vida salvaje se recoge con naturalidad y dejando constancia de la belleza y lo terrible de lo natural. También, encontramos ecos de la experiencia extrasensorial e inmersión absoluta que ya estaba en La ciudad oculta (2018), de Víctor Moreno, en la que se adentraba bajo la tierra de la urbe de Madrid, acompañando a los trabajadores del suelo. La oscuridad y el leve sonido de los espeleólogos se apodera de la pantalla, donde nos perdemos en el abismo profundo de la cueva, un universo por descubrir, un universo desconocido, y sobre todo, un mundo incierto, donde todo está por conocer y descubrir, en el que la imagen se construye a oscuras, en el que destaca con intensidad el grandísimo trabajo de cinematografía del legendario Renato Berta, toda una institución del cine europeo, ya que lleva trabajando hace más de medio siglo y con nombres tan ilustres como los de Godard, Gitaï, Resnais, entre otros. El ejemplar montaje de Bennie Atria, el maravilloso sonido de Simone Paolo Olivero, ambos en el equipo de Le Quattro Volte. La película usa pocos diálogos, deja todo al sonido natural del interior de la cueva, y algún leve diálogo entre los conquistadores de aquello que no vemos, entre estas personas que se lanzan hacia abajo a explorar ese submundo. Esa otra tierra, ese otro sonido y esa otra cosa, como una especie de monstruo que solo muestra la entrada y nunca la salida, la salida está ahí, pero no se sabe a qué profundidad.
Con Il Buco, el director italiano elabora un ejercicio no solo de memoria, sino de humanismo y de experimentación que el cine prodiga poco, porque la experiencia cinematográfica de ver una película de Frammartino es muy especial, y nos deja una huella donde hay tiempo para sombrarse, descubrir y sumergirse en el interior de la tierra y en el interior de uno mismo. Una experiencia que devuelve al cine la capacidad de asombro y magnificencia que tenía en sus orígenes, cuando todo estaba por hacer, y cuando todo lo que aparecía en la pantalla era una novedad, porque la experiencia filmada de Frammartino va más allá de su forma de reivindicación el trabajo de estos espeleólogos que, en su día pasó totalmente desapercibido por los medios y demás, sino que vuelve a detenerse y a mirar la región de Calabria, tanto en su superficie como en su interior, filmando cada detalle, cada mirada, cada suspiro, cada gesto, cada animal, con momentos mágicos y hermosísimos como ese de los recién llegados pasando de noche por una plaza donde unos lugareños miran la televisión atentamente, o ese otro de la cotidianidad de los propios espeleólogos y la rutina de los pastores y las gentes con sus trabajos y sus intimidades
Una forma de filmar y acercarse a lo rural y sobre todo, a sus gentes que, remite completamente a los trabajos en el campo documental de Vittorio de Seta entre 1955 y 1959, que pudieron verse el pasado febrero en la imperdible Filmoteca de Cataluña, o los más recientes de Raymond Depardon, donde lo rural, ese mundo atávico y extraño, adquiere su dimensión de cercanía, de belleza y de universo imborrable en la memoria de tantos, aunque la modernidad y los cambios constantes de la vida y de la mano del progreso se lleven por delante una forma de vida ancestral que andaba de la mano de la naturaleza, observándola y trabajándola, como una comunión perfecta entre humano y naturaleza. Nos alegramos enormemente que una distribuidora como La Aventura apueste por el cine de Frammartino y estrene una película de estas características, porque no solo engrandece la idea de hacer cine, sino que consigue llevarnos a otros mundos, a otros universos y lo más curioso de todo, es que se encuentran en este, bajo tierra, como aquel viaje que nos proponía Verne, un viaje que en ciertos momentos parece espacial, por toda esa oscuridad y ese silencio, y no es otro mundo que el que se encuentra bajo nuestros pies, en el interior de la tierra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Yvan y Ben Attal, director y protagonista de la película «El acusado», en el marco del BCN Film Fest en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el domingo 24 de abril de 2022
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Yvan y Ben Attal, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Arantxa Sánchez de Karma Films, y al equipo de comunicación del festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA