El oficio de aprender, de François Favrat

NAËLLE APRENDE A AYUDARSE.

“Me pareció que la vida me hacía una advertencia y me enseñaba para siempre una lección: la lección del honor escondido, de la fraternidad que no conocemos, de la belleza que florece en la oscuridad”.

Pablo Neruda

Erase una vez una chica llamada Naëlle de 19 años de edad, que vive en Bellevue, uno de los barrios más deprimidos de Nantes. Naëlle hace trabajos de reinserción por su mala conducta. Conoce a Heléne, una de sus formadoras que le habla de “Compagnons du Devoir”, una asociación especializada en trabajos artesanales que reivindica la validez de los trabajos manuales, y le da una oportunidad a la chica para que aprenda un oficio. El cuarto trabajo de François Favrat (Lyon, Francia, 1967), después de abordar el drama y el thriller político, se mete de lleno en el drama, pero esta vez con un marcado acento social, porque se detiene en un barrio de chicos con padres inmigrantes, donde hay pocas salidas y la más recurrente, con la droga. Naëlle tiene una vida dura, hace de niñera de su hermana pequeña, no conoce a su padre, y su madre trabaja de sol a sol. Su pasión son los grafitis y sus amigos.

El director francés no hace un relato condescendiente, sino todo lo contrario, mira esa realidad difícil para muchos jóvenes como la protagonista, y no se queda en el marco, sino que va más allá, porque aparece la asociación, y tampoco en su aprendizaje del oficio las cosas resultarán fáciles, porque habrá conflictos, sobre todo, con ella misma, y con el resto. Un guion serio y conciso que firman Johanne Bernard y el propio director, que describe este periodo en la existencia de Naëlle, sin edulcorantes, retratándola a través de esta experiencia de salir del pozo y aprender y aprenderse, descubrir una vida totalmente diferente, y generar lazos de confianza y fraternidad con las personas que quieren ayudarla, porque no es nada fácil aprender a ayudar y ayudarse cuando se ha vivido en un entorno de desconfianza, de soledad y de dolor. Si la parte argumental no desentona en absoluto, la parte técnica no se queda atrás, porque aboga por la naturalidad y las sólidas y profundas relaciones que se van creando, en un estupendo trabajo de cinematografía de una grande como Joanne Lapoirie, con más de ochenta títulos a sus espaldas, con una filmografía con tremendos nombres de la cinematografía francesa como Techiné, Ozon, Valeria Bruni Tedeschi y Robin Campillo, y Paul Verhoeven, ahí es nada.

El conciso y rítmico montaje de Clémence Samson, que sabe contar con detalle y precisión un relato que se va casi a las dos horas de metraje. La excelente música de Éric Neveux, que tiene más de ochenta títulos en su carrera, en películas tan importantes como Intimidad, de Patrice Chéreau y la reciente El insulto, de Ziad Doueiri, que es su segunda colaboración con Favrat después de Boomerang (2015). Una música original que se mezcla con los temas rap que escucha como rebeldía la protagonista. Un excelente trío protagonista encabeza esta sensible y actual historia, donde los personajes son de carne y hueso, con su complejidad y conflictos, tanto internos como exteriores, que ayuda a profundizar en todos los aspectos emocionales que se generan durante el relato, entre los que destaca una magnífica Najaa en la piel de Naëlle, en su tercer trabajo para la gran pantalla, compone un personaje solitario, metido en un pozo, que desea salir pero es muy compleja su existencia y en el complicado barrio en el que vive, donde hay que ser fuerte y parece que los demás valores humanos han pasado largo, en los Compagnons descubrirá otra forma de ser, de mirar, de relacionarse, y sobre todo, de compartir y crecer.

Junto a Najaa, encontramos a dos intérpretes de gran soltura y convicción como una grande del cine francés como Agnès Jaoui como Helène, el ángel de la guarda para Naëlle, con sus conflictos personales y sociales, que repite con Favrat después de la experiencia en Le rôle de sa vie (2004), al igual que Paul que interpreta Pio Marmaï, con amplia experiencia el cine francés, al que hemos visto en películas de Kaplisch, Audrey Diwan, Catherine Corsini, y más recientemente, en Un escándalo de estado, de Thierry de Peretty. Sin olvidarnos del resto de jóvenes que acompañan a la protagonista, chicos y chicas de verdad, que son y están. Favrat ha construido una película social, pero de verdad y muy humana, creando ese espacio de intimidad y cercanía que tanto demandan las historias de estas características, porque lo que cuenta tiene corazón y profundidad, y es una película realmente didáctica en todos los sentidos, porque no solo se cierne en la protagonista, sino que a través de las relaciones que se van exponiendo, vemos los entresijos de cada personaje, con sus verdades y mentiras, con sus defectos y virtudes, y además, nos muestran una asociación como los Compagnons du Devoir, que existe en la realidad, y no solo sacan del atolladero a cientos de jóvenes, sino que les educan en valores, y mucho más, como aprender a ayudar y sobre todo, a ayudarse, que en la sociedad actual hace tanta falta, porque nos hemos vuelto individualistas y competitivos, y ya no miramos al otro, y mucho menos lo que siente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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