Tolyatti Adrift, de Laura Sisteró

LOS JÓVENES DE TOLYATTI.

“La juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu”.

Mateo Alemán

La ciudad de Tolyatti, situada en la parte sudeste del país de Rusia, a orillas del Volga, creció enormemente en la extinta Unión Soviética a razón de su empresa automovilística AvtoVAZ, la compañía que inundó de modelos Lada todo el país y parte del extranjero, convirtiéndose en la imagen próspero de la industria soviética. En la actualidad, con la desaparición del gigante soviético y la competitividad capitalista, la ciudad se ha convertido en un espejismo de lo que fue, erigiéndose en una de las ciudades más pobres del país, donde los jóvenes están perdidos, deambulando en una especie de limbo-bucle y sin ninguna perspectiva de vida. Tolyatti Adrift (que podríamos traducir como “Tolyatti a la deriva”), no sumerge en esa realidad asfixiante que viven cientos de jóvenes rusos en la ciudad mencionada, y sobre todo, en su afición, en el que compran viejos coches Lada, los tunean, y los hacen derrapar, en un espacio de rebeldía, de resistencia y de felicidad, aunque sea solo por un breve espacio de tiempo.

La directora Laura Sisteró (Barcelona, 1986), pasó por la Emav, y luego fue a la Escac a estudiar documental, y conoció la realidad actual de Tolyatti a través de un artículo y se marchó a conocer in situ esa realidad. La cámara se posa en tres vidas, las de los jóvenes Slava, Misha y Lera, y sus respectivas circunstancias, uno de ellos quiere librarse del servicio militar obligatorio, el otro, siendo el alumno con mejores calificaciones, se ve abocado a un futuro incierto, y finalmente, la chica, que trabaja muchas horas como cocinera y sueña con tener un Lada y ser una más de este movimiento joven y rebelde. Durante un año, como esas vidas en continuo bucle, asistimos de forma íntima y profunda, a ser testigos de esas existencias detenidas, difíciles y llenas de incertidumbre, en una dualidad constante entre el pasado glorioso soviético y la miseria actual, entre los mayores y los jóvenes, entre lo de fuera y dentro, entre no saber qué hacer ni adónde ir, una especie de reflejo-doble donde los Lada y sus derrapes adquieren toda la fuerza y libertad para unos jóvenes que parecen zombies anclados en una realidad muy sucia y muerta, que deambulan sin rumbo esperando que suceda alguna cosa.

La directora catalana se ha rodeado de un excelente equipo como el cinematógrafo Artur-Pol Camprubí, debutante en estas lides y alma de la película, con esa luz, casi siempre nocturna, entre sombras y abstracta en ocasiones, que recuerda al cine de terror, y una cotidianidad dura, que duele. El trío de montaje con la magnífica Ariadna Ribas, Alissa Doubrovitskaia, que ha trabajado en los equipos de películas como La vida de Adèle, e Yves Saint Laurent, y la propia directora, que consiguen sumergirnos con precisión y sensibilidad a esa irrealidad tan real en unos setenta minutos breves de metraje. El gran trabajo de sonido que firman un grande como Jordi Ribas, que conocemos de sus películas con Albert Serra, Gerard Tàrrega Amorós, que ha trabajado con Mar Coll, Neus Ballús y Elena Trapé, etc… E Iban R. Gabarró, que ha firmado películas con Miguel Ángel Blanca. Y el fantástico equipo de producción con Boogaloo Films con Bernat Manzano y Miguel Ángel Blanca, y la francesa Les Films d’Ici, con la que vuelven a coproducir después de la experiencia del documental Hayati (2018), de Sofi Escudé y Liliana Torres.

Sisteró ha construido una película que va más allá de la propia realidad que retrata, porque en muchos instantes nos olvidamos del documento y nos adentramos en terreno de ficción, donde entran el cine de género, como Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven (2013), que imaginó unos vampiros vagando por esa fantasmal Detroit, también epicentro de la industria automóvil antaño, ahora una lugar reducido a cenizas y sombras. La película retrata una realidad fragmentada, una realidad espectral, una realidad que no tiene futuro, adentrándose en una juventud perdida y desorientada, sin rumbo ni nada qué hacer, solo con sus Lada, con ese mundo del motor, de sus piezas y los derrapes, mirando a una realidad durísima peor sin tremendismo, una mirada que se asemeja a las del citado Miguel Ángel Blanca en sus magníficas Quiero lo eterno (2017) y Magaluf Ghost Town (2021), sendas aproximaciones a la primera juventud, a ese limbo que parece irreal, donde unos jóvenes andan de aquí para allá, sin saber, sin hacer y sobre todo, sin sentir. Aplaudimos la opera prima de Laura Sisteró y nos alegramos no solamente que nos descubra la realidad de una ciudad como Tolyatt de la Rusia de Putin, y también, esa otra Rusia, más cotidiana y cercana, que alberga muchas vidas y almas como los jóvenes que aquí se retratan y otros que están también ahí, que difieren muchísimo de esa realidad tan superficial que continuamente nos venden desde los medios y el poder que los financia que, a la postre, no dejan de ser el mismo mecanismo de falsedad y sometimiento a su “verdad”, cuando vemos que la realidad siempre es diversa, complejísima y llena de subterfugios y demás zonas muy profundas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Diego López-Fernández

Entrevista a Diego López-Fernández, director de la película «[REC] Terror sin pausa», en la Plaza de la Virreina en Barcelona, el martes 25 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diego López-Fernández, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Utama, de Alejandro Loayza Grisi

EL PAISAJE OLVIDADO.

“Cualquier paisaje es un estado del espíritu”.

Henri-Frédéric Amiel

En un momento de la magnífica Wild Bunch (1968), de Sam Peckinpah, el líder de la banda de forajidos mayores que se hace llamar Pike Bishop, que interpreta magistralmente un envejecido William Holden, al toparse con un automóvil, mira a los suyos que están atónitos ante semejante objeto, y se mira hacia sí mismo, sabiendo que el progreso acabará con sus vidas de caballos, libertad y paisajes. Un sentimiento parecido alberga Virginio, un pastor de llamas quechua que ha vivido toda la vida en el altiplano boliviano junto a su mujer, Sisa. Varios factores tambalean la existencia de Virginio y las otras vidas que todavía resisten en tan vasto y dificultoso lugar, como la tremenda sequía que sufren, la avanzada edad que viene acompañada de enfermedad y la visita inesperada de Clever, el nieto que viene de la ciudad con la intención de llevárselos consigo. Aunque, el anciano se resiste a dejar su lugar, a abandonar su paisaje y sobre todo, a si mismo, oponiéndose tanto a su mujer y su nieto, que ven con buenos ojos el traslado a la ciudad.

El director Alejandro Loayza Grisi (La Paz, Bolivia, 1985), ha dirigido cortometrajes y videoclips dando prioridad a la estética y la forma, debuta en el largometraje con Utama (traducido como “Nuestro hogar”), a medio camino entre el documento y la ficción, con el mejor aroma de Rossellini, Kiarostami y demás, adentrándose en el complejo y durísimo paisaje del altiplano boliviano, y sumergiéndonos en la existencia de una pareja de ancianos quechuas, mimetizándonos con su paisaje, el rebaño de llamas y el sonido y el movimiento de ese caminar diario. Un relato donde se habla poco, todo se construye a través de las miradas y el silencio entre los tres únicos personajes, amén de otros que condensan una realidad de sequía y dificultades para los pastores y agricultores. El director boliviano se ha rodeado de su familia con la que firma la producción de la cinta, junto al padre Marcos Loayza, santo y seña de los últimos casi treinta años del cine boliviano, con el que Alejandro ha trabajado en sus dos últimas películas hasta la fecha, encontramos a sus hermanos Santiago y Mario Julián.

En el apartado técnico encontramos a dos grandes de la cinematografía latinoamericana, como no podía ser de otra manera, conociendo el concienzudo trabajo estético del director en sus anteriores trabajos,  como la cinematógrafa Bárbara Álvarez, que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, que algunos recordarán como los directores de Whisky, Lucrecia Martel, Dominga Sotomayor y Anna Muylaert, entre otros, dotando a la historia de belleza plástica que contrasta la dureza de los elementos naturales entre los que se mueven como mencionaba Renoir. Encontramos otro gran nombre en el montaje con Fernando Epstein, que amén de trabajar con los mencionados Rebella y Stoll, también ha trabajado con Lisandro Alonso, Marcelo Martinessi y Gabriel Mascaro, imponiendo un excelente ritmo para contar sus ochenta y siete minutos de metraje pausado para una historia que necesita que el espectador se detenga y la mire, se deje llevar por su no tiempo y su pesadez en el paso y en el hacer.

Otro elemento destacable de la película es su reparto, escogido minuciosamente entre las gentes mayores del altiplano, que no solo aportan veracidad y naturalidad a los personajes, sino que es imposible expresar tanto con tan poco, porque aportan sabiduría en muchos sentidos: la vital, la emocional y sobre todo, la experiencia vivida en un lugar que se pierde, en un espacio que ha dejado de ser, una vida que se aleja. Los tres enromes seres y debutantes en estas lides de lo cinematográfico, que dan vida a los personajes en cuestión son José Calcina dando vida a Virginio, el anciano terco como una mula, muy callado que, como los viejos hidalgos de antaño, se resiste a renunciar a su vida y a su paisaje, peleándose con todos y sobre todo, consigo mismo, como aquel que residía en algún lugar de la mancha… A su lado, Luisa Quispe es Sisa, la mujer de Virginio, la serenidad ante el final de la vida, adaptándose a las circunstancias adversas y a la vida, que también se termina, que apoya la idea de Clever, el nieto, que hace Santos Choque, un joven que intenta convencer al abuelo, aunque no le será nada fácil.

Loayza Grisi ha construido un relato que va desde el drama íntimo, el paisaje y las formas de vida como documento antropológico, muy en la línea de Flaherty y Grierson, y el western crepuscular, desenterrando las entrañas y la decadencia de una forma de ser y vivir, muy en el marco del citado Peckinpah y los Leone, Corbucci y los Pollack, Brooks, Penn y demás outsiders del otro cine estadounidense. Una película cocida a fuego lento, sin prisas, con ese temple y reposo un relato que retrotrae a las historias clásicas y universales, porque la localización del altiplano y el idioma quechua que saben los abuelos y no el nieto, podrían ser de cualquier otro lugar y cualquier otra época de la historia, porque de los que habla Utama, no es otra cosa que del final de la vida, de decir adiós a la vida, siendo agradecido y no dejando que el pasado se imponga al presente. Utama nos habla de vida, de memoria, de paisaje, y también, de olvido, de una vida que se termina, de un tiempo que ya fue, de una forma de vida que, como les ocurre a muchos de los personajes de Peckinpah, se resisten a dejar y vencerse, aunque ya el tiempo, el progreso y las nuevas formas de vida e ideas, haya pasado por delante y los haya dejado fuera de lugar, de tiempo y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

[REC] Terror sin pausa, de Diego López-Fernández

REC, 15 AÑOS DESPUÉS.

“Pablo, grábalo todo, ¡por tu puta madre!”

El principal destinatario del cine es siempre el espectador. El público es el que recibe la película y la juzga según sus criterios personales y emocionales. No es extraño que esos mismos espectadores deseen homenajear esas películas que para ellos y ellas han significado no solo un momento de fascinación, sino un aprendizaje en muchos sentidos. Hay muchos documentales sobre películas como los recordados Corazones en tinieblas (1991), de Eleanor Coppola, Mi enemigo íntimo (1999), de Werner Herzog, Lost in la Mancha (2004), de Louis Pepe y Keith Fulton, Dangerous Days: Making Blade Runner (2007), de Charles de Lauzirikza, Jodorowsky’s Dune (2013), de Frank Pavich, entre otros. Son películas que recorren todos aquellos momentos de la película que no vemos, que pertenecen a sus rodajes, y a todo aquello que queda fuera de nuestro alcance. Detrás de [REC] Terror sin pausa nos encontramos a Diego López-Fernández (Barcelona, 1977), que muchos conocemos por su trabajo de hace más de un lustro con “El buque maldito”, una publicación especializada en cine fantástico, y de su cometido como programador en el Festival de Sitges hace más de diez años.

El director barcelonés no es la primera vez que se coloca detrás de las cámaras para hablarnos de cine, y más concretamente, de sus filias cinematográficas, ya lo hizo junto a David Pizarro en sendos documentales, Los perversos rostros de Víctor Israel (2010) y Herederos de la bestia (2016), y en solitario, con un par de cortos dedicados a Jack Taylor y Helga Liné. López-Fernández se centra en su cine fantástico y de terror. Unas veces, devolviendo a la actualidad nombres olvidados de figuras que tuvieron su lugar en el género, en otras, como hace en Herederos de la bestia, y vuelve a hacer en [REC] Terror sin pausa, reivindicando dos títulos paradigmáticos del género Fantaterror, un género de per si vilipendiado durante décadas pro muchos sectores de la crítica especializada y organismos oficiales, y reducido al cine popular y comercial, sin ningún ápice de valor cinematográfico, como detallaba el imperdible documental Sesión salvaje (2019), de Paco Limón y Julio César Sánchez.

Después de ese incomprensible desierto, y exceptuando algunos títulos, llegaron los noventa y apareció El día de la bestia (1995), de Álex de la Iglesia, que demostró que sí se podía hacer cine de terror para todos los públicos y de calidad y abrió un gran camino para muchos jóvenes que hacían cortos de cine de género, como Nacho Cerdà y sus Aftermath y Génesis, Jaume Balagueró con sus Alicia y Días sin luz, y Paco Plaza con Abuelitos, entre otros. El documental hace un recorrido exhaustivo y detalladísimo de todos los antes, durante y después de [REC], donde en una gran charla entre Balagueró y Plaza, sus dos directores, escuchamos la idea, la preparación, los entresijos y dificultades del rodaje en el mítico edificio de Rambla de Cataluña en Barcelona, su estética, sus ensayos y error durante su filmación, y demás historias, relatos y anécdotas. Y no solo ellos, sino parte de su equipo técnico y artístico nos cuentan más cosas sobre la mítica película que, hasta la fecha, ha tenido tres secuelas y se ha convertido en un fenómeno a escala mundial.

El recorrido por los equipos artísticos y técnicos de [REC] es impresionante y muy didáctico y divertido. Pero el documento no se  queda ahí, porque al igual que ocurría en Herederos de la bestia, este especial recorrido se alimenta de los “otros”, fans de la película como el propio director, tales como Ángel Sala, director del Festival de Sitges, Pablo Guisa Koestinger, director del Mórbido Film Fest de México, los directores Koldo Serra y Nacho Vigalondo, que el testimonio de este último resulta de lo mejor, con su análisis certero y emocionante de la película. López-Fernández vuelve a rodearse de su equipo habitual con Sevi Subinyà en la cinematografía, Albert Calveres en el montaje y Buio Mondo en la música, en una película de ciento cinco minutos de metraje, en la que se cuenta todo, o casi todo, haciéndonos participe de un viaje brutal y fascinante por todos los que flipemos en la sala de cine viendo [REC] allá por noviembre de 2007 cuando llegó a los cines.

La película fascinará a todos aquellos que somos fans de la magnífica película de terror, aunque es cierto que para aquellos que no sean fans de la película e incluso no la hayan podido ver, el documental les resultará muy interesante, porque habla de cómo se hace el cine, de todos los problemas y conflictos que se generan en un rodaje, y de todos los miedos, alegrías, inseguridades y demás de todos los integrantes del proceso de producir una película, y lo que resulta más extraordinario de [REC} Terror sin pausa, es que se habla entre amigos, se habla con absoluta libertad, con momentos llenos de humor, de miedo, de creación, y sobre todo, se habla de todo lo que ha cambiado el cine, su forma de explotación, y lo que es ahora, un negocio sujeto a los últimos avances tecnológicos y a los gustos del público. El documental es un excelente trabajo-homenaje y nos quedamos siempre con ganas de más, es lo que tiene una película como [REC], que reventó taquillas y además, ha quedado como piedra angular de un cine fantástico español de calidad e internacional, que no  es nada fácil crear una película así. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Unicorn Wars, de Alberto Vázquez

OSITOS AMOROSOS VS. UNICORNIOS.

“El mal está sólo en tu mente y no en lo externo. La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa, pero la mala se encarga de inventar el mal”.

Goethe

Recuerdo la primera vez que vi Bird Boy (2011), de Pedro Rivero y Alberto Vázquez (A Coruña, 1980), me estalló la cabeza, estuve tiempo flipando con sus imágenes en blanco y negro y muy oscuras e inquietantes, sus personajes infantiles pero con conflictos de adultos y contemporáneos, y la impactante idea de un mundo postapocalíptico, donde la miseria moral y la violencia se han instalado. Cuatro años después, dirigido por el mismo tándem, se estreno el largometraje Psiconautas, los niños olvidados, protagonizaba nuevamente por Bird Boy y Dinki, una pareja de amigos que intentaba sobrevivir ante semejante paisaje dantesco. Vi más trabajos de Vázquez, ahora en solitario, como Decorado (2016) y Homeless Home (2020), y Sangre de unicornio (2013) que, al igual que sucedió con Bird Boy, se ha convertido en un largometraje llamado Unicorn Wars.

El director gallego, ilustrador y dibujante de cómics, sigue explorando la condición humana, sus zonas más oscuras y violentas, y vuelve a construir personajes infantiles pero con almas en conflicto. El centro de la trama está contado a partir de dos personajes, dos hermanos, un Caín y Abel, dos ositos amorosos, dos almas muy diferentes. Uno, Azulín, es un ser abyecto, corroído por la rabia y violento, que se disputa desde niño el amor de su madre con su hermano gemelo Gordi, un osito obeso, torpe y acomplejado, pero lleno de amor. Dos almas contrarias que acaban en el campo Corazón, un campo de entrenamiento militar en el que reza el lema “Honor, dolor y mimos”, en el que se preparan para combatir contra los unicornios, sus enemigos ancestrales en que combaten para apoderarse el Bosque Mágico. El relato explota cuando Azulín, Gordi y un grupo de ositos emprenden una misión al citado bosque para encontrar a un destacamento que ha desaparecido, y la conquista de la sangre de los unicornios, que parece tener efectos inmortales. Vázquez vuelve a enmarcar su historia en un no mundo donde reina el mal, la competitividad, la oscuridad y la violencia gratuita, en una guerra fratricida, que recuerda  aquel cortometraje Carne de cañón (1995), de Katsuhiro Otomo, que muchos recordamos por su inolvidable film Akira (1988), donde en una ciudad futurista se dispara un cañonazo diario contra un enemigo invisible.

A medida que la misión de los ositos amorosos avanza nos encontraremos con un Bosque Mágico que dista mucho del paraíso que los jerarcas militares y el cura, con sus proclamas religiosas, les han inculcado a los soldados. La película construye una dualidad constante, a partir del conflicto entre los que quieren guerra y los que no. Guerra entre hermanos, guerra entre ositos, masculinos, contra unicornios, que son femeninos, al igual que las demás criaturas del bosque, entre civilización contra naturaleza, entre el bien contra el mal. Nos maravillamos con esa profunda y grave del narrador que nos es otro que el excelente actor Ramón Barea. Guerra y diferencias que quedan muy marcadas a nivel cromático y composición musical, donde Vázquez cuenta con cómplices que le han acompañado a lo largo de su filmografía como Iván Miñambres, en tareas de producción, Joseba Hernández en fx, Joseba Beristain en música, y Víctor García, en música adicional, y la aportación de Estanis Bañuelos e Iñigo Gómez en el montaje. La película viaja por diferentes géneros como el drama íntimo y personal, la fantasía y el terror, y una explícita violencia que saca lo peor del alma humana, hay poco espacio para la felicidad y la alegría, elementos que cuestan en un mundo dominado por la guerra, el militarismo y la violencia sin sentido.

Una película como Unicorn Wars es tristemente, una auténtica rareza en el panorama cinematográfico español, por eso deberíamos celebrar con gran entusiasmo que exista y sobre todo, ir a verla en masa, porque no solo abre vías de exploración en el mundo de la animación para adultos, sino que engrosa como una más a los grandes del género como Ralph Bakshi, Gerald Potterton, René Laloux, Katsuhiro Otomo, Hayao Miyazaki, Isao Takahata, Satoshi Kon, y las agradables aportaciones de Wes Anderson, con sus zorros y sus perros, y otros cineastas que usan la animación convencional para romper los códigos, dadles la vuelta y construir relatos que hablen de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, en un mundo cada vez más triste, más autómata y carente de valores humanos. Unicorn Wars es una película marcadamente antibelicista, atacando a todos aquellos males que someten al ser humano, como la religión dominante que incita a la guerra y la destrucción, y una miseria moral, como la reparte Azulín, un ser que usa la violencia y la mentira para escalar posiciones sociales y aniquilar a sus oponentes cueste lo que cueste.

La cinta no oculta sus referentes como Apocalypse Now y Platoon, con continuas referencias a la religión y a la biblia, mezclando los mitos y las leyendas en un relato sobre la deshumanización de la humanidad, y abocada al individualismo, la competitividad y la maldad como medio de supervivencia imponiendo las ideas de unos contra otros, y sobre todo, destruyendo sin ningún miramiento nuestra entorno, generando un lugar lleno de oscuridad y terror como el llamado Bosque Mágico, trasunto de la sociedad actual en la que vivimos, donde vale más lo que hacemos que lo que somos, en el que todo se consume, se agota y se sacia a ritmo frenético, dejando el mundo como un espacio vacío, siniestro y caduco. Deseamos y esperamos que Alberto Vázquez siga regalándonos historias como las que suele hacer, porque no solo son grandes películas, convertidas en clásicos de culto al instante, sino que resultan películas completamente universales, porque habla de lo hacemos diariamente, y sobre todo, como nos comportamos con la naturaleza, con los otros, y con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Isabel Sáez Pérez

Entrevista a Isabel Sáez Pérez, directora de la película «Chicas prepago», en la Plaza Osca en Barcelona, el jueves 31 de marzo de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Sáez Pérez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Andrés García de la Riva de Nueve Cartas, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los cinco diablos, de Léa Mysius

LA NIÑA OBSESIONADA POR LOS OLORES.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

La trayectoria como guionista de Léa Mysius (Bordeaux, Francia, 1989), es realmente impresionante ya que ha trabajado en películas de Jacques Audiard, Arnaud Desplechin, André Techiné, Claire Denis y Stefano Savona. Ahí es nada. Como directora nos había encantado su opera prima Ava (2017), sobre una niña de trece años que se está quedando ciega durante sus vacaciones junto a su madre, rodeada de playas y mucho sol. Para su segundo trabajo, Los cinco diablos, la directora francesa se ha ido al otro extremo, a un lugar dominado por el frío y la nieve, más concretamente a la pequeña localidad de Rhönes Alpes, al pie de las famosa cordillera, y nuevamente, en el seno de una familia, una familia muy diversa y diferente, encabezada por Joanne, la profesora de natación, el marido Jimmy, jefe de bomberos de piel negra, y la hija de ambos, Vicky, una niña mestiza que está obsesionada por los olores, que logra diferenciarlos y almacenar sus aromas en botes que etiqueta y guarda celosamente.

Toda esa apariencia tranquila, pero muy incómoda y fría, se desatará con la llegada de Julia, la hermana de Jimmy, abre una profunda grieta en el seno familiar, porque destapará un pasado oscuro y tenebroso que el matrimonio intenta olvidar. Además, Vicky descubrirá por azar que uno de sus aromas la lleva físicamente a ese pasado que los adultos se callan. Mysius enmarca su película en el género fantástico, introduciendo el terror en una fábula tremendamente cotidiana y cercanísima, para profundizar en la condición humana, en todas las secuencias de nuestros actos del pasado, y la condena de vivir con esas acciones equivocadas. Temas como la diversidad, el odio, el racismo, la transmisión, la comunicación, el amor frustrado, el peso del pasado, y sobre todo, el silencio como forma de supervivencia y sufrimiento constante. La película juega mucho con los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua, muy presentes en las existencias de los seis personajes en liza, en una estructura clásica en su forma pero enrevesada en su narración, por sus continuos flashbacks que se entienden sin problema, para generar esa oscuridad y silencio del presente y todos los acontecimientos adversos y complejos que vivieron en el pasado los diferentes actores del relato.

La cineasta francesa se rodea de estupendos técnicos para llevar a buen puerto su enigmática y a ratos, mística propuesta, y para ello recupera a dos cómplices de su primer largo, como Paul Gilhaume, que hace labores de coguionista junto a la directora y se encarga de la cinematografía, en un magnífico trabajo donde fusiona con credibilidad e intimidad lo gélido del lugar con la intensidad emocional que viven los protagonistas, donde se maneja con soltura a pesar de la complejidad de la historia, y la cómplice Florencia Di Concilio, en la música, importantísima en una película que debe callar información y construir esa inestabilidad emocional y física tan fundamental en una película de estas características, donde el silencio es tan importante como la música que escuchamos. La incorporación de Marie Loustalot en el apartado de montaje, que impone un eficaz y fabuloso ritmo de cadencia y concisión en un metraje de noventa y cinco minutos, donde abundan las miradas, los silencios y sobre todo, los abundantes secretos que se amontonan en las vidas pasadas y presentes de los personajes.

Un reparto lleno de contención y sencilla composición ayuda a la credibilidad tanto de los individuos como de la inquietante historia que se nos cuenta, encabezado por una extraordinaria Adèle Exarchopoulos como Joanne, esa madre y profesora de natación, que tanto guarda y tanto dolor lleva, con esos extraños baños en el lago helado. La niña Sally Dramé como Vicky, debutante en el cine, consigue con muy poco dar vida y aplomo a una niña que tan importante es en el relato, actuando como testigo del pasado siniestro que recorre a los adultos. Swala Emati como Julia, un personaje que parece una cosa pero es otra muy distinta, crucial en el devenir de la trama. Moustapha Mbengue, ese padre callado, casi ausente, que cada vez tendrá más presencia a medida que los acontecimientos se vayan desatando. Daphné Patakia es Nadine, amiga de Joanne, con su parte de implicación en el suceso en “Los cinco diablos”, un lugar metido en la memoria de los diferentes personajes, y finalmente, Patrick Bouchitey como el padre de Joanne, un tipo que niega muchas cosas y rechaza otras, como su racismo cotidiano, que no vocifera pero existe en mucha parte de la sociedad que no se considera racista.

Léa Mysius demuestra con Los cinco diablos (sugerente título que también es otro misterio que la película revelará a su debido momento), ha acertado de pleno con su mirada crítica a una sociedad cada vez más inmadura emocionalmente, incapaz de resolver sus conflictos, optando por la cobardía, en la que huyen por el distanciamiento y se ocultan en un silencio hipócrita y doloroso. Un relato aparentemente cotidiano, pero muy profundo en su quirúrgico análisis de la condición humana, en esta interesantísima mezcla de amores frustrados, drama íntimo y fantástico y terror, con el mejor aroma de The Innocents, de Clayton, El bebé de Rosemary, de Polanski, El resplandor, de Kubrick o más reciente Déjame entrar, de Alfredson, entre otras, para contarnos una película sobre nosotros, sobre la sociedad en la que vivimos, con nuestros prejuicios, miedos e inseguridades, en la cual debemos mirar al pasado, a todos nuestros errores, y si es posible, enmendarlos, porque el tiempo va en nuestra contra y quizás, nos estamos perdiendo a las personas que más nos han emocionado, y más hemos querido, no tarden, mañana ya es tarde, por la vida siempre pasa y más rápido de lo que nos gustaría imaginar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Francesc Garrido, Joan-Marc Zapata y Agustina Leoni

Entrevista a Francesc Garrido, Agustina Leoni y Joan-Marc Zapata, intérpretes y director de la película «El color del cielo», en los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 18 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Francesc Garrido, Agustina Leoni y Joan-Marc Zapata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El color del cielo, de Joan-Marc Zapata

EL TIEMPO QUE FUIMOS.

“Nunca renuncies a pensar que te mereces algo mejor”.

Recuerdan al personaje de Rick que hacía Bogart en Casablanca, totalmente abatido por la casualidad, lamentándose porque Ilsa, su amor perdido en París, volvía a cruzarse en su vida entrando en su café americano. Una situación parecida les ocurre a la pareja protagonista de El color del cielo, la opera prima de Joan-Marc Zapata (Barcelona, 1989), porque ella, Olivia Brontë, una actriz de éxito internacional, vuelve a reencontrarse con alguien de su pasado, con él, Tristán del Val, un afamado filósofo existencialista, con el que tuvo un romance cuando eran jóvenes y soñaban con ser seres diferentes a lo que son ahora mismo. El lugar que los vuelve a cruzar es un lujoso hotel suizo, cercano a la ciudad de Lucerna. Zapata ha dirigido cortometrajes que han tenido recorrido internacional, como Bright side in D Minor (2018), que protagonizaban Núria Prims y Francesc Garrido, en el que nos hablaba de un matrimonio roto por la muerte de su hijo.

Para su debut en el largometraje, vuelve a contar con Garrido, y parte de su equipo como el productor Ivan Geisser, el editor Lluís Van Eeckhout, que vuelve a coescribir el guion junto al director, y el cinematógrafo Álex Pizzigallo, a los que se les une Marc Orts, una eminencia en el sonido, que tiene en su filmografía más de 150 títulos y nombres tan importantes de nuestro cine como Almodóvar, Isaki Lacuesta y Juanjo Giménez Peña, entre otros. Estamos ante una película que cuida con detalle la imagen con el formato de 4/3, que ayuda a profundizar en esas vidas rotas de los personajes, esas existencias perdidas y vacías, que se mueven entre dos mundos, aquello que se ve y aquello otro que ocultan. Como el especial y preciso trabajo de montaje que condensa con buen ritmo y pausa los ochenta y nueve minutos de metraje. El exquisito trabajo de sonido, en el que podemos escucharlo todo, hasta los detalles más superfluos, en ese espacio que asfixia a estos individuos que parecen estancados, sin alma. Un lugar tan gélido por el que se mueven los personajes, un espacio de lujo, pero totalmente desangelado, en ocasiones, fantasmal, donde todos los movimientos parecen obedecer al automatismo, a seres mecánicos, vacíos de vida, de ilusiones y simplemente, están sin más.

El color del cielo  es elegante en su forma y su fondo, con momentos de auténtica emoción, como ese paseo matinal por Lucerna, y ese paseo en barco observando la ciudad, con otros más tristes como todos esos instantes en el coctel del seminario de filosofía, o esos otros en la playa, una playa que parece cualquier cosa menos un lugar agradable. Aunque hay que resaltar que la película sería otra muy diferente sin la inmensa y magnífica pareja protagonista, que dotan de fragilidad y naturalidad a unos personajes que parecen haber conseguido muchas cosas en la vida, pero en realidad, se sienten vacíos, extraños de sí mismos y envueltos en una existencia que no desean y además, sienten que quieren huir de ella y sobre todo, de ellos mismos. Hacía tiempo que no veíamos a Marta Etura tan estupenda en una película, porque sabe transmitir toda esa coraza de éxito que solo sirve para esconder tanta desesperación y amargura, y frente a ella, un gran Francesc Garrido, que nunca está mal, volviendo a apostar por gente que empieza como hizo en Asamblea (2018), de Álex Montoya y en Occidente (2020), de Jorge Acebo Canedo, en otro personaje para enmarcar, ahora un hombre de pensamiento, pero también atrapado en una vida que no desea, que le arrastra a algo que le desespera, en fin, una vida que quería y ahora odia, con ese momentazo del cigarrillo y la explicación que acompaña, tantas cosas se pueden decir con esa interpretación de temple y sabia que es oro puro.

La presencia de Agustina Leoni, que debuta en el cine con un personaje que actúa como testigo de este reencuentro, con ese rol de youtuber desatada obsesionado con likes, que tiene esos increíbles momentos de miradas con los dos protagonistas, que dicen tanto de lo que hay en su interior sin emitir ningún diálogo. El color del cielo bajo su apariencia de elegancia y ambiente lujoso, oculta unas existencias amargas, vidas que deseaban tanto lo que tienen y se les olvidó de ser, de psicoanalizarse para no perder lo que fueron, como queda claro en toda esa secuencia donde se habla tanto de todo lo que había y ahora solo son meras sombras o cenizas. Una cinta que nos habla, que nos interpela al espectador, a todos nosotros, que algunos ansían una vida material, una vida de tener y no de ser, que al fin y al cabo es lo que hace que seamos y sobre todo, sintamos, porque Olivia, Tristán y Alabama no dejan de ser fachadas sin alma, meras existencias que se quedaron en el camino, que ya no les llena nada, que siguen buscando y olvidaron buscarse, que esa felicidad que se suponía que iban a conseguir se quedó perdida en algún lugar que ahora no recuerdan, y andan cansados de ser quiénes no son, y llamando a gritos sordos a la persona que un día fueron y si querían, quizás todavía estén a tiempo de recuperarla, o quizás, ya están demasiado ensimismados en todo lo que tienen y ya no hace falta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En los márgenes, de Juan Diego Botto

LA DIGNIDAD DE LOS NADIES.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Fragmento de “Los nadies”, de Eduardo Galeano.

En el imprescindible documental La dignidad de los nadies (2005), del gran Pino Solanas, se situaba en el centro del relato a las historias y los testimonios de la resistencia social Argentina frente al feroz y caníbal neoliberalismo. En la película En los márgenes, la opera prima de Juan Diego Botto (Buenos Aires, Argentina, 1975), la voz se la cede también a los de abajo, a todas aquellas personas que sufren las terribles consecuencias de eso que algunos llaman mercado liberal.

La primera vez que me fijé en Botto en el cine fue como actor, en la película Ovejas negras (1989), de José María Carreño, en la que daba vida a Adolfo, un chaval solitario del Madrid de los cincuenta con miedo a la religión, al pecado y casi todo. Luego siguieron películas industriales, y otras más comprometidas con cineastas de la talla de Montxo Armendaríz, Adolfo Aristarain, John Malkovich, Joaquín Oristrell, entre otros. Amén de su compromiso y activismo social y político, que nunca ha ocultado ni renegado. Por todo eso, no nos extraña en absoluto que para su debut en la gran pantalla, opte por una película social y activista, dos pilares fundamentales en su vida personal y profesional, y lo hace desde la verdad, sin edulcoramientos ni condescendencia, y mirando hacia los desahucios, que junto al desempleo, son los problemas más importantes del país. Habíamos visto un par de películas de ficción interesantes sobre el mismo tema en Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo, y Cerca de tu casa (2016), de Eduard Cortés.

La historia que cuenta la película, en un magnífico guion que firman el propio directo y Olga Rodríguez, periodista especializada en los conflictos de Oriente Medio, del que le ha dedicado buena parte de su trabajo y algunos libros, que debuta con esta película, tiene el desahucio como epicentro de la trama, pero pivota por diferentes historias del entorno, en un guion que se centra en veinticuatro horas vertiginosas, feroces y llenas de tensión, en una trama apropiada del cine negro, donde conoceremos una realidad amarga, que duele mucho y llena de tristeza y desilusión. Tenemos a Azucena, amenazada de desahucio, intentando pararlo como sea, en el banco que no la escuchan y en la asociación que la ayudan. Teodora, una madre que abaló a su hijo, Germán, y ahora están a punto de desahuciarla, y Rafa, un abogado activista, que ayuda a todos los que puede, en ese día, intenta localizar a una madre marroquí para informarla que su hija se la ha llevado la policía por desamparo. Un compromiso que le está afectando en su relación de pareja y en la relación con su hijastro. Será con Rafa, al que la cámara sigue como una parte más de su cuerpo, con el que conoceremos las diferentes realidades.

Un espectacular trabajo del cinematógrafo Arnau Valls, que ha trabajo con Javier Ruiz Caldera, Kike Maíllo y en Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, otro gran actor-director. Una música que ayuda a explicar sin manipular al espectador, en una estupenda composición de Eduardo Cruz, al que hemos escuchado en Volver a nacer, de Sergio Castellito y en Competencia oficial, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. El cuidadoso y concienzudo trabajo de montaje de Mapa Pastor, que tiene en su filmografía los nombres de Daniel Monzón y Cesc Gay, entre otros, en una película que mezcla con inteligencia lo físico de la propuesta con lo emocional, sin regodearse en absoluto en el tremendismo y en la porno-miseria que diría nuestro querido Luis Ospina. Botto ha tenido mucho cuidado en acompañarse de un reparto que fusiona caras muy conocidas como Penélope Cruz, con la que estudió en la escuela de Cristina Rota, madre de Juan Diego, y compartieron amores y desengaños en La celestina (1996), de Gerardo Vera, en este maravilloso reencuentro cinematográfico en que la actriz de Alcobendas recupera esos personas rotos por la vida y las circunstancias que ha hecho con el citado Castellito, Almodóvar, Coixet y Medem, donde no hay maquillaje y si mucha verdad, mucha calle y mucha tristeza. Su Azucena es una mujer de barrio, de entereza, de lucha y sobre todo, de dignidad.

Otro de los rostros de la película es Luis Tosar, su Rafa es pura pasión por ayudar al necesitado, al débil, al que no puede, pero también, se desayuda a sí mismo, y a los de su alrededor, la dura tarea de ayudar sin desayudarse, todo un reto mayúsculo para su personaje, en otro rol inolvidable para el lucense que nos tiene muy acostumbrados a tipos llenos de furia pero su con corazoncito. Aunque la película también opta por caras menos conocidas pero igualmente poderosas, como Aixa Villagrán, que siempre nos encanta, ya sea haciéndonos reír como encogernos el alma como hace con su Helena, la sufrida pareja de Rafa, Adelfa Calvo es otro de esos rostros auténticos, su Teodora es la que más duele, por su valentía y su arrojo, a Christian Checa, que le hemos visto en algunas series, hace de Raúl, ese hijastro que vivirá muchas cosas en ese día junto a Rafa, Font García al que hemos visto mucho en televisión, es Germán, el hijo de Adelfa, un tipo que se oculta por miedo y vergüenza, Nur Levi es una activista que tendrá su importancia en la conciencia del mencionado Raúl, y finalmente, Juan Diego Botto, que se reserva un papel, con una secuencia memorable, que es mejor no detallar por su importancia en la película, breve pero muy intensa.

En los márgenes nunca se le pude reprochar por ser una película que mire a la realidad más inmediata, y por hacerlo como lo hace, porque no embellece nada ni nadie, y centra en personajes e historias no de una sola pieza, sino sumamente complejas, y muestra algo de esperanza, la que hay que luchar y trabajar diariamente, la que cuesta, porque en esta sociedad todo cuesta mucho, desgraciadamente, porque es una película digna, llena de humanismo, que nace de las entrañas, al mejor estilo del cine de Loach como Ladybird, Ladybird y Mi nombre es Joe, entre otras, donde se habla de trabajo, de su falta, de los problemas cotidianos de gentes sin nombre, gentes-nadie, gentes anónimas, invisibles, sombras de un sistema atroz, salvaje, aniquilador y lleno de terror e implacable con el más débil y necesitado. El bonaerense adoptado por Madrid, no solo ha hecho una película, sino también un documento sobre el “problema” de este país, ese problema que los medios solo hablan cuando hay muertos y mencionan sus números, cifras sin rostros, sin vidas y sin nada, Botto les da su importancia, sus vidas, sus rostros, sus cuerpos, su dolor, su amargura, sus ilusiones enterradas, esas vidas sin vida, esos recuerdos echados en los contenedores de algún vertedero olvidado.

En los márgenes es una película social, de las pocas que se hacen en España, y tanta falta hacen, para entender que ocurre y porque ocurre, y sobre todo, para que cuando pasen los años y miremos atrás, tengamos documentos y archivo de todo lo que nos pasa porque nos pasa, de donde viene toda esa miseria, todo esa pobreza, toda esa sociedad individualizada y competitiva, una sociedad que se ha olvidado de la vida y solo piensa en por y para el dinero, y olvida a las personas y sus necesidades. La película de Botto las coloca en el centro, para que todos las veamos frente a frente, a sus rostros, porque quizás un día, nosotros también seamos ellos, y como mencionaba Martin Niemöller, quizás cuando venga a por nosotros, ya sea demasiado tarde. Miren a su alrededor, porque quizás su vecino o ese amigo que habla poco, tiene el “problema”, y por miedo, por tristeza o por vergüenza se calla y no dice nada. Hemos de estar atentos porque esta sociedad es una aniquiladora de vidas y no tiene piedad con nadie. Hay que organizarse, compartir los problemas y el dolor, porque juntos somos más. Sean valientes, nunca dejen de luchar, codo con codo, y nunca pierdan la dignidad, como nos explicaba el personaje de Darín en Luna de Avellaneda, porque si la pierden, lo perdieron todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA