Spencer, de Pablo Larraín

LA PRINCESA TRISTE.

“Y entonces la princesa entendió que su felicidad no dependía del príncipe, sino de ella misma”.

De los nueve títulos que conforman la filmografía como director de Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976), muchos son retratos de personajes atrapados en unas circunstancias especiales, personas que luchan a contracorriente, sometidos a unos accidentes sociales como emocionales difíciles de llevar. Tenemos al tipo que quiere ser alguien en el mundo del espectáculo en Tony Manero (2008), a aquel otro empleado de la morgue que busca con ahínco a una mujer en los albores de la dictadura chilena en Post Mortem (2010), el publicista que diseña la campaña del “No” contra Pinochet en No (2012), los cuatro sacerdotes en penitencia de El club (2015), el poeta Neruda perseguido por su gobierno en Neruda (2016), Jackie Kennedy después del asesinato de su marido en Jackie (2016), la rebeldía y la culpa de una joven en Ema (2019). El director chileno continúa con sus retratos íntimos y profundos con Spencer, y mirándose al espejo de Jackie, acota en tres días su acción, los que van de la Nochebuena al día de San Esteban, y casi en una sola localización, la finca de Sandringham, donde la familia real británica pasará estos días de Navidad.

Larraín nos cuenta estas 72 horas en la mirada de la princesa Diana, una mujer perdida y solitaria, como deja bien reflejado la apertura de la película con Diana a toda velocidad en su flamante bólido, pero se detiene y no sabe hacia adonde ir, y entra en un bar de carretera, dejando a los parroquianos atónitos con su presencia. Llegará la última, y hará lo imposible para estar con sus dos hijos y pasar de las celebraciones de la familia. La veremos vagando por los alrededores, hablando con algunos empleados hostiles como el Mayor Alistair Gregoy, un sabueso guardián recto y serio como la familia real, y otros, más cercanos y fantásticos como Maggie, su vestidora, que se tratan como amigas del colegio. La película crea una atmósfera propia del cine de terror, con esa neblina y oscuridad, obra de la cinematógrafa Claire Mathon (responsable de películas como El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, y Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma), y la princesa convertida en un fantasma errante que vaga entre las tinieblas sin ningún tipo de consuelo, arrastrando unas cadenas muy pesadas.

El guion de Steven Knight (que ha escrito para autores tan importantes como Frears, Cronenberg, y ha dirigido sus propias películas y ha creado series exitosas como Peaky Blinders), lo mira todo desde el rostro triste y melancólico de Diana, una presa que hace lo imposible por huir y ser ella misma, junto a sus hijos, alejándose de una familia llena de apariencias, falsedad e hipocresía, como dejará evidente sus encuentros con el príncipe Carlos y Camilla, y con la Reina, donde abundan las miradas cortantes y los silencios incómodos. La excelente banda sonora de Jonny Greengood (guitarrista de los Radiohead y ahora metido a compositor para el cine en su estrechísima colaboración con el gran director Paul Thomas Anderson), ayuda a crear ese deambular cansino y pesado de Diana, y esos momentos sobrenaturales, donde la princesa refleja su estado de ánimo en sus visiones del pasado y de los suyos), el montaje de Sebastián Sepúlveda, la cuarta que hace para Larraín, condensa de forma brillante y ágil toda ese camino laberíntico que siente Diana.

El reparto está inconmensurable, lleno de matices y espacios oscuros como evidencian el citado Mayor, que hace un extraordinario Timothy Spall, del que sobran las presentaciones, bien secundado por Jack Farthing como Príncipe Carlos (que hemos visto en la serie Poldark, y a las órdenes de Lone Scherfig, entre otros), y también, tenemos la otra cara, mucho más amable e íntima en la piel de una fantástica Sally Hawkins. Aunque la parte fundamental de la película, donde se apoya todo su entramado es en Kristen Stewart, impresionante en la piel de la princesa Diana, en uno de los personajes de su vida, amén de los que hizo para Kelly Reichardt y Olivier Assayas, a la que vemos completamente insertada en Diana, con ese imponente vestuario que firma una grande como Jacqueline Durran (que trabajó en Eyes Wide Shut, de Kubrick, y en las películas de Joe Wright), y como se mueve, como mira y como habla y calla, revelándose como la excelente actriz que es, y que ya había dejado varias muestras en las películas citadas. Diana no es solo un personaje más para Stewart, es la confirmación de que otros trabajos, igual de intensos, la esperaran muy pronto.

Larraín consigue una película dura, reveladora y llena de misterio, con una Diana magnetizada, casi hipnótica, llena de secretos, presa de su familia real, de un esposo que ya está con otra, y una reina que no la soporta, porque Diana es una mujer valiente, llena de esperanza, que no quiere pudrirse entre oro y poder, sino vivir su propia vida y ser ella misma, aunque le cueste el ostracismo y la sacudida de la realeza británica y de la prensa del corazón, que no la deja en ningún instante. El director chileno nos muestra todo aquello que ocurre detrás de las puertas, que en la realidad nunca sabremos la verdad al detalle, pero la película lo imagina y quizás, las cosas en la realidad hayan ocurrido de otra manera, pero los sentimientos de Diana, seguramente no están muy lejos del retrato que hace la película, porque todo se puede disimular y engañar, pero la mirada nunca miente, la mirada refleja todo lo que nos ocurre, todo lo que se cuece en nuestro interior, porque la mirada por mucho que se empeñe, nunca puede mentir, y siempre reflejará lo que somos y como nos sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miki Esparbé

Entrevista a Miki Esparbé, actor de la película «Tres», de Juanjo Giménez, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 27 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miki Esparbé, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juanjo Giménez

Entrevista a Juanjo Giménez, director de la película «Tres», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 27 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juanjo Giménez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tres, de Juanjo Giménez

ESTOY FUERA DE SINCRO. 

“Un sonido nunca debe acudir en auxilio de una imagen, ni una imagen en auxilio del sonido (…) La imagen y el sonido no tienen que prestarse ayuda, sino que han de trabajar cada uno a su vez por una suerte de relevo”.

Robert Bresson

La carrera cinematográfica de Juanjo Giménez (Barcelona, 1963), ha tocado todos los palos, como dirían en el flamenco, porque ha sido muy heterogénea y movida. Ha dirigido cortos y largos, indistintamente, tanto de ficción como documental, también, ha producido varias películas, entre ellas las de Adán Aliaga tan interesantes como La casa de mi abuela, Estigmas y El arca de Noé, y sobre todo, ha cimentado una originalísima y peculiar filmografía donde cada trabajo tenía un peldaño más, una forma de experimentar tanto con la imagen como el sonido. Sus reveladores y magníficos trabajos en este campo son Nitbus (2007), magnífica pieza de nueve minutos, filmada en un plano fijo, donde la profundidad de campo es fundamental, en un relato sobre un trío sentimental, donde imagen y sonido se confabulaban para mostrarnos una realidad oculta. En Timecode (2016), un cortometraje de 15 minutos que le llevó a ganar el primer premio del prestigioso Festival de Cannes, en un relato sobre la imagen, a través de las cámaras de circuito cerrado, en una historia de amor, a través del movimiento y la danza, donde no había sonido.

En Tres, escrita por Pere Altimira, junto al propio director, con el que ya había escrito las fundamentales Nitbus y Timecode, Giménez parece ponerse al otro lado del espejo de Timecode, porque en su nuevo trabajo lo que prevalece es el sonido, y todas sus laberínticos caminos. Todo lo que había experimentado y reconocido en Nitbus, vuelve en Tres con muchísima fuerza, sumergiéndonos en la existencia de una mujer, al que se le llama C., o una mujer sin nombre, y sin identidad, claves en la trama, que trabaja como ingeniera de sonido, y descubre que el sonido va a con tres frames de retraso, y más adelante, la mujer escucha el sonido minuto y medio después, y el problema irá en aumento, adentrándose en un relato sobre la identidad y la memoria, donde la absoluta protagonista es C., en el que la película no solo nos muestra de forma física y corporal, sino también, emocional y sensorial, con esos silencios inquietantes, que dicen mucho más que las imágenes, aunque eso sí, la película nos envuelve en un enigmático ejercicio donde todo adquiere situaciones surrealistas y de corte fantástico.

Una película filmada en Barcelona y alrededores, en esos espacios no comunes de la ciudad, con esas calles empinadas, esos lugares no lugares, faltos de identidad y lúgubres, con esa luz mortecina, donde los cielos grises y plomizos y la levedad de la luz en el estudio, van apoderándose de la vida y el conflicto de C., en un grandioso trabajo de luz del cinematógrafo Javier Arrontes, que ya había sido el responsable de Nitbus, y de la película tu vida en 65 minutos, de María Ripoll, y la excelente música del lituano Domas Strupinskas, que nos va envolviendo en una trama personal y profunda donde el pasado de C., y su identidad, serán claves para enfrentarse a su problema y poder resolverlo. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Cristóbal Fernández (autor entre otras, de trabajos de Oliver Laxe, León Siminiani, y la reciente My Mexican Bretzel, de Núria Giménez Lorang), clave en un trabajo donde imagen y sonido están desincronizados, y vemos las cosas y todo lo que sucede, a través de C. y su problema, con el sonido que le viene más tarde, en una absorbente fusión entre cotidianidad, intimidad y terror naturalista, donde los monstruos que nos atacan no vienen de fuera, sino de nuestro interior.

Tres tiene el aroma del cine polaco de los ochenta, como Kiéslowski, donde lo personal, lo político y lo fantástico, casaban de forma eficaz y brillantísima en títulos como Sin fin (1985), y La doble vida de Verónica (1991), y otros, como La posesión (1981), de Zulawski, películas en los que penetrábamos en el mundo de la protagonista, en ese nuevo estado físico y mental, donde las cosas, los objetos, la existencia, y sobre todo, la memoria se volvían del revés, diferente, sumidos en una extrañeza terrorífica, donde todo se tornaba enfermizo y perturbador, y había que bucear en la memoria para comprender todo lo que estaba sucediendo, y sobre todo, hacia donde íbamos, en un viaje psíquico sobre nuestra identidad y memoria. La magnífica e hipnótica Marta Nieto es nuestra anti heroína que se mete en la piel y en la mente de C., una mujer obsesionada con su trabajo, que deberá lidiar con el conflicto que tiene, que la someterá y aislará, y la llevará a reencontrarse consigo misma, y emprender un viaje hacia lo más profundo de su alma y reconocerse en el espejo como le ocurría a Alicia, a verse de otra manera, y ver de otra manera, porque ella había cambiado, y todo había que mirar y sobre todo, relacionarse de formas diferentes.

C., a pesar de su envoltorio de rigidez y soledad, tiene a Iván, ese compañero que la quiere ayudar, una especie de ángel de la guarda para C., que interpreta con oficio y brillantez un estupendo Miki Esparbé, un tipo que estará a su lado, a pesar del aislamiento que se impone una mujer tan independiente como C., con esa maravillosa secuencia de la cafetería y el cine, que revela mucho tanto del problema de C., como de la relación que hay entre ellos dos, y otro personaje también revelador en la vida de C., como el de su madre, que hace Cristina García, que le ayudará a entender y a mirar en su pasado, donde se origina todo y es clave para entender que le ocurre. Giménez ha construido una película que no deja indiferente en absoluto, que sigue la senda de Nitbus y Timecode, donde la experimentación con la imagen y el sonido convierten lo más mínimo y el detalle más insignificante en algo extraordinario, done lo cotidiano se vuelve diferente porque uno se detiene a mirarlo desde otra perspectiva, donde el sonido es más un objeto físico, una especie de memoria en continuo movimiento, que nos puede ayudar a saber quiénes somos y sobre todo, quiénes son aquellos que nos rodean. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un segundo, de Zhang Yimou

LA VIDA EN UNA BOBINA.

“La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños”.

Friedrich Schiller

Desde Regreso a casa (2014), las tres siguientes películas de Zhang Yimou (Xi’An, China, 1950), eran cintas épicas y llenas de acción sobre acontecimientos históricos relevantes de la historia de China, en la que destacaba Sombra (2018), que retrataba las cruentas guerras de clanes en la China medieval, estilizadísima y con una cinematografía espectacular en tonos grisáceos. Con Un segundo, el director chino nos devuelve a la etapa de la Revolución cultural (1966-1978), en la que trabajó como operador textil durante una década, a la que ya ha dedicado algunas de sus historias. En ¡Vivir! (1994), ya tocaba el tema en una película que abordaba cuarenta años de historia política de su país, la citada Regreso a casa, sobre la vuelta al hogar de un disidente después de años encarcelado. En Amor bajo el espino blanco (2010), una sensible historia de amor de una colegiala ingenua que, junto a su familia, ha sido trasladada para su “reeducación”.

En su nueva película, Yimou nos sitúa en el noroeste del país, en una zona muy desértica y hostil, en que un fugitivo huye de su “reeducación” después de atacar a un guardia, porque tiene el propósito de ver la película “Hijos heroicos”, ya que en su noticiario aparece su joven hija, a la que lleva años sin ver. Aunque todo se tuerce, cuando una joven roba la bobina porque quiere hacer una lámpara con el celuloide para que su hermano pequeño pueda estudiar. El cineasta chino vuelve al tono y marco de películas como Happy Times (2000) y La búsqueda (2005), en la que vuelve a contar con Zhou Jingzhi, guionista de la última, para construir un retrato sobre dos desplazados, dos outsiders de aquella China desigual. Dos solitarios que tienen un objetivo que los hace tropezar, en una historia sobre dos individuos que verán que sus diferencias no lo son tanto, y a medida que avanza su relato, se darán cuenta que los dos desean lo mismo, un poco de aliento y la mirada del otro. A través de una grandísima cinematografía que firma Zhao Xiaoding, el fotógrafo de referencia para Yimou, construye una película muy física, muy seca y muy pedregosa, en su primera parte, y más cálida y cooperante, en su segundo tramo. Un ágil y rítmico montaje que hace Du Yuan, viejo conocido de Yimou, así como Tao Jing en sonido, y el arte de Lin Chaoxiang, que ha trabajado con cineastas tan importantes como Lu Chan y Hu Mei.

Yimou ha construido una película humanista y sincera, donde conviven de forma natural el drama íntimo, la comedia burlesca, la road movie, y sobre todo, un grandísimo trabajo de recreación histórica muy alejada de las grandes urbes, centrada en el rural, en esos pequeños pueblos donde cansados de trabajar de sol a sol, tenían en el cine su mayor distracción y su vida. Porque Yimou nos habla de cine, de aquello grandioso que conseguía el cine en el siglo pasado, juntar a decenas de espectadores, reunidos todos en comunión viendo una película, disfrutando de esa compañía, que en muchos casos ya ha desaparecido. El cineasta chino elabora un cuidadísimo y particular homenaje al oficio al que ha dedicado casi 40 títulos como director, y lo hace desde el backstage, desde toda esa maquinaria imaginativa que desarrolla el personaje llamado el Sr. Películas, para limpiar la película que ha sido accidentalmente arrastrada por el desierto. La durísima realidad social de la película deja paso a otra realidad, donde la fraternidad de todos ayuda a limpiar la película, donde la mirada de Yimou nos sumerge en otro mundo, en un universo poético, muy personal y profundo, donde las mujeres del cine, cobran todo el protagonismo, las personas que cuidaban con mimo el celuloide de las películas.

Muchos admirarán los grandes y crudísimos dramas rurales y personales de la primera etapa del cine de Yimou, aquella que comprende la iniciada con Sorgo Rojo (1988), y va hasta la mencionada ¡Vivir!. Otros, posiblemente, se quedarán con sus películas más épicas e historicistas que arrancó con Hero (2002), cintas popularísimas como La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006), aupadas por el boom del género Wuxia. Y solo algunos, admirarán el talento de Yimou para atreverse con todo tipo de marcos y géneros, desde el cine más personal que lo hizo mundialmente conocido y respetado en los festivales más prestigiosos, a las películas de género, donde tanto en unas como en otras, siempre se caracterizaba por ese especial cuidado de la planificación formal, la sofisticación técnica, y la exquisita composición de sus intérpretes, para contarnos su mirada profunda y muy personal sobre la China rural, los cambios de su país del nuevo siglo, con la mirada puesta en el pasado en el convulso siglo XX.

En Un segundo destaca enormemente la naturalidad y la sobriedad con la que actúan los intérpretes, encabezados por Yi Zhang, visto en películas de grandes autores chinos como Chen Kaige, Jia Zhangke y Feng Xiaogang, entre otros, que da vida al fugitivo, alguien en continua huida con un único deseo, ver a su hija, aunque sea solo un segundo en un trozo de película, porque para él, es breve instante, lo es todo, ese segundo es su razón de existir y hará todo lo impensable para poder verlo. Acompañado por la joven Haocun Liu como su “adversaria”, una desamparada chica que, solo tiene a su hermano pequeño en  un entorno muy hostil, donde se vive con muy poco y todo cuesta la vida entera, encontrará en el fugitivo una especie de tutor, a alguien a quién mirar, sentirse protegida y aprender. Y finalmente, Fan Wei, que empezó como cómico y luego ha trabajado con los citados Lu Chan y Fen Xiaogang, es el Sr. Películas, ese proyeccionista-héroe para todos los del pueblo que acuden al cine a olvidarse de sus tristes vidas y soñar con otros mundos y otras vidas, tan diferentes a las suyas. Una especie de mago, dirigente y su gran amor por el cine y todo lo que engloba.

Un segundo tiene ese aroma de la magia que desprendía en Ana e Isabel, las niñas de El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, cuando miraban asombradas el monstruo de Frankenstein en la pantalla, el mismo efecto hipnotizador también se producía con la película Cinema Paradiso (1988), de Tornatore, donde el cine es mucho más que una experiencia de ver una película rodeado de gente, es un retrato sobre un tiempo, sobre una forma de vivir, y sobre todo, es un homenaje a todas esas personas invisibles y trabajadoras del cine que transportaban el cine de pueblo a pueblo. Yimou ha conseguido un sensible y conmovedor retrato humano y fraternal sobre dos seres olvidados y escondidos a su pesar, que siempre andan ocultándose de los demás, erigiéndose como el reflejo de todo lo que nos ha ido contando en su cine Yimou, interesándose por las diferencias entre unos y otros, y encontrando la manera de romperlas y acercarse al otro, quizás sea esa la única forma de soportar tanta realidad, como también lo es ver películas, y soñar por capturar un segundo, como explica el film, un segundo que para la vida del protagonista lo es todo, un segundo nada más, que bien puede ser la vida entera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Titane, de Julia Ducournau

ALMAS OSCURAS.

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio. Todos nosotros estamos tratando de experimentar para encontrar una manera de vivir, para resolver problemas, para defenderse de la locura y el caos”.

David Cronenberg

Desde sus inicios, la cineasta Julia Ducournau (París, Francia, 1983), ha encontrado en el género fantástico una forma de hablar de las obsesiones y oscuridades de la condición humana. En Junior (2011), un cortometraje de 22 minutos, protagonizado por Justine/Junior, a la que daba vida la actriz Garance Marillier, revelaba los continuos cambios de la pubertad a través de un extraño virus estomacal que provocaba una rara metamorfosis. En su opera prima, Crudo (2016), nuevamente con Garance Marillier en un personaje que volvía a llamarse Justine, nos envolvía en una oscurísima fábula de iniciación en que el fantástico hacía acto de presencia a través del canibalismo, en un viaje muy incómodo y transgresor sobre los cambios en la entrada de la adultez. En su segundo trabajo, Titane, que le ha valido el reconocimiento internacional con la consecución de la última Palma de Oro en el prestigioso Festival de Cannes, sigue la estela y la incomodidad que ya estaba en sus anteriores películas.

Titane es un brutal descenso a los infiernos de Alexia, en la que conocemos a una bailarina asesina que mueve sus caderas encima de coches tuneados para deleite de curiosos, con la peculiaridad de tener incrustada una placa de titanio, junto a su oreja derecha, por a un accidente cuando era niña. Cuando la policía le pisa los talones, Alexia cambia su look y se hace pasar por un niño desparecido y se relaciona con Vincent, el padre del niño. La directora francesa construye una película crudísima, descarnada y muy violenta, sin concesiones y transgresora, con dos vidas al límite, dos existencias autodestructivas que se agarran a un hierro candente para seguir de pie, donde la violencia se hace imprescindible para soportar unas realidades oscuras, con unas mentes muy perturbadas que no tienen descanso. Titane son dos películas en una, en dos partes muy diferenciadas, que va de la oscuridad más violenta y siniestra a una leve esperanza en forma de amor. En la primera, asistimos a la vida de Alexia, en su universo violento y sangriento en el que se mueve, donde la cámara pegada a ella, se convierte en una extremidad más, envuelta en una locura sin fin y sin justificación, sedienta de sangre como si fuera una criatura salvaje que no se detiene en su locura, que no está muy lejos de la Justine de Crudo. En la segunda, la película da una vuelta de giro muy importante, la sangre, la noche, y la extrema violencia, dejan paso a las vidas y sobre todo, al encuentro de dos seres enfermos, dos seres que se necesitan, dos almas rotas, perdidas y autodestructivas.

Alexia encuentra algo de amor en su vida, y Vincent, el padre derrotado por la desaparición de su hijo, vive en un limbo muy oscuro, donde cree en cualquier cosa, aunque sea mentira, con tal de estar mejor. Ducournau vuelve a contar con su equipo de Crudo, en la cinematografía tenemos a Ruben Impens, con una imagen espectacular y tremendamente visual, llena de colores brillantes, neones y claroscuros, donde el contraste es la piedra angular de la película, sustentado entre el frío y el calor, en las múltiples máquinas que vemos durante la historia, ya sean automóviles, equipo de incendios, y demás, y el fuego, como síntoma de esa liberación imposible que tanto les cuesta a los personajes de alcanzar. El rítmico y ágil montaje de la primera mitad, en contraste con el pausado de la segunda parte, en que la cámara se detiene y mira el interior de los personajes,  que firma Jean-Christope Bouzy, y el llamativo diseño sonoro, fundamental en una película de estas características, de Fabrice osinsky y Séverin Favriau, y la banda sonora de Jim Williams, que, juntamente con la variopinta selección de temas de diferentes estilos y formas, acompaña de forma afilada a sus imágenes, convergiendo en una sola, donde imagen y sonido contribuyen a explorar a tumba abierta las dos mentes perversas y complejas de los protagonistas.

La película bebe mucho de los relatos sobre la psique humana de Cronenberg, en los que se aborda la locura, la violencia y el cuerpo como un organismo vivo y putrefacto, de manera directa y sin complejos, así como ocurre en el cine de Claire Denis, donde lo cotidiano acoge con naturalidad lo fantástico, creando mundos imposibles, extraños y envueltos en viajes sobre la identidad, lo psicológico y lo terrible de nosotros mismos, a través de todos esos mundos y especies interiores. Y el cine de Bertrand Bonello, con la referencia evidente, ya que el cineasta se reserva el papel de padre de Alexia, otro de los autores que sabe manejar y retratar todos esos mundos oscurísimos y llenos de monstruos de la mente humana. Titane no es una película que pretenda gustar a una mayoría, porque se trata de una obra profundamente personal y profunda, que nos sumerge en lo peor de todos nosotros, en todos esos habitáculos que también forma parte de lo que somos, aunque nos resulte incomodísimo de aceptar, de hablar de ello, porque tanto Alexia, una chica sometida a una huida imposible y un dolor que mitiga asesinando personas, y luego, adoptando un nueva identidad que engaña a alguien que está en su mismo proceso de dolor, sufrimiento y autodestrucción, solo ese choque de perversión, complejidad y violencia, puede terminar de manera incierta y llena de interrogantes.

En el reparto encontramos al citado Bonello, en un breve pero interesante rol, Garance Marillier que vuelve a encarnar un personaje llamado Justine, que tiene una relevancia importante en la vida de Alexia, Vincent Lindon, con su cuerpo musculado y potente, a lo Harvey Keitel de Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara (otro de los autores no muy lejos del universo infernal de Ducournau), en un personaje totalmente perturbado, que se castiga y se droga para soportar tanto dolor y vacío que, extrañamente encontrará en la nueva identidad de Alexia, una esperanza de seguir hacia adelante, aunque sea a través de la mentira. Y finalmente, la debutante Agathe Rousselle es Alexia, una chica en constante huida malévola y sangrienta, con ese aspecto frágil, llena de rabia y andrógino, que deberá ser otro para huir y sin saberlo, reencontrarse con cosas que creía imposibles, con esa transformación orgánica de su cuerpo, en el que aparece lo visceral fundido en lo metálico, todo contado de forma directa, sin tapujos, salvaje y violento, desde una cotidianidad que nos va envolviendo en el fantástico, para construir una mirada crítica a una sociedad cada vez más alienada, vacía e infeliz, como ocurría en las interesantísimas La región salvaje (2016), de Amat Escalante, y Ema (2019), de Pablo Larraín.

Ducournau no quiere que entendamos a sus protagonistas, sino que los acompañemos en su proceso doloroso y lleno de rabia, miseria y violencia, que no es nada fácil, porque debemos estar dispuestos a ver cosas que no nos gustan, y ser testigos de situaciones demasiado dolorosas y terroríficas, pero que sobre todo, la película es una invitación a lo oscuro del alma, a que no dejemos de mirar sus existencias, y las exploremos, olvidando cualquier tipo de prejuicio y enjuiciamiento, que sepamos acercarnos a sus crudísimas existencias y logremos verlos como dos seres humanos con problemas, llenos de batallas interiores, y sobre todo, que no nos resulte incómodo ni difícil  sus vidas y aquello que hacen y sienten, porque ellos, podríamos ser alguno de nosotros, en algún momento, recorriendo un cuento de monstruos y monstruosidades en este tenebroso y frenético viaje hacia lo más profundo del alma, a esa parte negra que todos tenemos, esa parte terrorífica, donde abundan nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestros infiernos particulares. Titane  no tiene término medio, o gusta o se detesta, porque lo que cuenta tampoco lo tiene, no resulta nada complaciente, sino todo lo contrario, porque indaga en aquello que no queremos ver en el otro, aquello que nos hace ser quién no queremos ser, aquello que nos convierte en un ser abyecto y sin sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La noche de los reyes, de Philippe Lacôte

BIENVENIDOS A LA MACA.

“Si Dios dice que sí, nadie puede decir que no.”

El cine africano resulta casi invisible en nuestras pantallas, por eso el estreno de una película como La noche de los reyes, de Philippe Lacôte (Abiyán, Costa de Marfil, 1969), no es solo un hecho extraordinario, sino que es una oportunidad inmejorable, casi única, de ver una obra concebida en el continente africano, además, por sus singularidades tanto formales como narrativas, nos encontramos ante una obra de una belleza plástica y argumental, con esa estructura de muñecas rusas y fusionando realidad con ficción, la hacen muy interesante y espectacular. De Lacôte conocíamos la película Run (2014), el relato de la huida imposible de un joven que asesina al Primer Ministro de Costa de Marfil. En La noche de los reyes, vuelve a ponernos en la piel de un joven metido en un berenjenal de muy y señor mío, ya que entra en una de las cárceles más grandes de toda África occidental, situada en pleno bosque en Costa de Marfil. “La Maca” es un lugar inhóspito y salvaje que se rige por sus propias reglas, donde existe Barbanegra, el jefe de todos, en un reino donde hay príncipes y lacayos.

El director marfileño nos coloca en un día especial, el de la Luna Roja, donde Barbanegra, aquejado de una grave enfermedad respiratoria que le impide seguir ejerciendo sus funciones de liderazgo, debe acabar con su vida, y que el resto encuentre un sucesor. Antes, decide nombrar como “El Roman” al recién llegado. Un fabulador que deberá entretener al personal contando una historia. El joven trovador elige la historia de Zama King, un chico de 19 años gánster ídolo en la prisión, y lo mezcla con una historia de su país precolonial donde existen reyes y reinas, en el que se mezclan realidad social, política, cultura, luchas y anacronismos, donde los demás reclusos y oyentes van representándola a través de música, canto y baile. Lacôte parte de la tradición oral de su tierra, y del funcionamiento real de “La Maca”, para desarrollar una película absorbente, fascinante y con un ritmo febril, alucinante, donde nunca hay descanso, y todo se desarrolla a través de los diferentes tiempos que cohabitan en el film. Tenemos esa noche oscura e inquietante, donde el pasado va a dejar paso a otro tiempo, diferente y regido por otro jefe, y el tiempo de la narración del joven orador, en el que coexisten dos tiempos, el del delincuente Zama King, y el otro, el del pasado donde sin caer en ningún tipo de realismo se cuentan relatos donde la riqueza y los grandes espectáculos eran la nota predominante, con la referencia de Sherezade, la narradora principal de “Las mil y una noches”.

La magnífica parte técnica de la película, donde destaca la brutal cinematografía del canadiense Tobie Marier Robitaille, que sabe manejar las continuas corredizas y la luz negra que se apodera de esa noche larga e incierta que se espera en la cárcel. Y el no menos contundente y trabajadísimo montaje que firma la también canadiense Aube Foglia, componiendo un relato que aunque centrado en un par de personajes, es también un relato coral, donde intervienen un gran grupo de figurantes que son el núcleo de los reclusos de la prisión. La parte artística del conjunto es maravillosa, encabezada por el debutante Koné Bakary, dando vida al narrador que acepta con agrado su rol y hace lo imposible para gustar, aunque no resulte nada sencillo, transmitiendo una naturalidad que hiela la sangre, bien acompañada de una mirada llena de humanidad y contenida. Le acompañan Steve Tientcheu en el papel de Barbanegra (al que conocíamos de su rol en la imprescindible Los miserables, de Ladj Ly, de hace un par de temporadas), en un personaje que se va muriendo, que debe dejar espacio a otros, de un jefe que se despide de su vida y de La Maca.

Cabe destacar dos presencias magníficas en La noche de los reyes, la del veterano intérprete Rasmané Ouédraogo, toda una institución del cine africano, que ha trabajado con uno de los grandes nombres del cine africano como Idrissa Ouédraogo, y en La promesa, de los Dardenne. Y otra presencia, esta de uno de esos actores de raza y piel, capaz de metamorfosearse en cualquier individuo por muy raro y peculiar que parezca, y no es otro que Denis Lavant, con un personaje no muy extenso, pero muy interesante, el Silencioso, un personaje testigo que parece de otro mundo y el único blanco del lugar. El actor francés es un actor dotado de un cuerpo camaleónico, una mirada y una forma de interpretar única y llena de magnetismo y fabulación. Lacôte ha construido una película fascinante y muy física, llena de corporeidad y muy sonora, con una atmósfera asfixiante y liberadora, que consigue atraparnos con todas esas historias y relatos orales muy de la tradición africana, sumergiéndonos en un universo que mezcla con naturalidad y sabiduría la realidad más cercana de África, con sus desigualdades e injusticias, con ese mundo de ficción, de fábula, de mentira, donde todo es posible, donde todo puede ocurrir, donde todo se puede soñar, y llenar de ilusión y esperanza, en un lugar como una cárcel donde todo parece haberse detenido y donde todo tiene la apariencia de un reino en decadencia, a punto de desmoronarse, proponiendo como su única salvación la de imaginar otros mundos, otras realidades más bellas, llenas de color y de luz, muy diferente a la cotidiana de la cárcel. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát

LA DOBLE VIDA DE MARTA.

“El Big Bang, el universo, todos nosotros aceptamos estas cosas como un inmenso y excepcional misterio que nos rodea. En realidad, todos formamos parte de este misterio, pero desde dentro del microcosmos de nuestra propia consciencia”.

En el 2017, la película húngara En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi, distribuida también por Karma films, capturaba de forma delicada y sobria un imaginativo relato romántico con dos seres grises y anodinos que compartían el mismo sueño en el que eran dos ciervos macho y hembra. Su elegante composición formal y el excelente trabajo de sus dos intérpretes, la hizo convertirse en uno de los títulos sorpresa de la temporada. Ahora nos llega otra película del país magiar, de título larguísimo, Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido, de Lili Horvát (Budapest, Hungría, 1982), una directora que ya hizo una primera película con East of the West (2015), la historia de una joven pareja que vive en la periferia y lucha para recuperar la custodia de la hija.

Con su nuevo trabajo nos sumerge en un sofisticado y apasionante misterio que protagoniza Marta Vizy, una prestigiosa neurocirujana de 40 años, que después de un encuentro con Janós Drexler, otro neurocirujano, en New Yersey, EE.UU., del que se enamora perdidamente, lo deja todo y vuelve a Budapest en su búsqueda. La directora húngara nos sitúa en la existencia y psique de Marta, y sobre todo, en su enigmática mirada, en su mundo, un universo que fusiona realidad e imaginación, en una película que conjuga de forma sencilla y brillante lo romántico con el thriller, siguiendo la estela de películas como Vértigo, de Hitchcock, y La doble vida de Verónica, de Kieslowski, incluso con Repulsión, de Polanski, en algunos aspectos de narrativa y composición, donde todo lo que vemos, vivimos e intuimos, lo hacemos a través de sus protagonistas con esa sombra de duda que constantemente nos sobrevuela, si las situaciones que siente y cree haber vivido la protagonista han sucedido o no.

Tenemos varios misterios e incógnitas, el que cuenta la propia película, y otro, el nuestro propio, pero Horvát no solo se centra en desvelar el misterio, aun más, solo lo usa para mover a sus personajes, como una especie de macguffin, porque también su interés reside en la dualidad psicológica que presenta el personaje de Marta. Una película construida a partir de dos miradas. Por un lado, tenemos el universo laboral de Marta, donde es una eminencia en el campo de la neurocirugía, y por el otro, tenemos su aspecto psíquico, en el que constantemente está al borde del precipicio, a punto de caer, generando todas esas situaciones inverosímiles y muy extrañas, surrealistas, con una vida atada a un hombre al que apenas conoce, un hombre que se ha convertido en su destino, en su obsesión, pero también en su condena. Localizada en un Budapest grisáceo, siempre nublado o nocturno, con esos espacios cerrados del hospital o la vivienda de Marta, casi vacía, todo muy inquietante, pero extremadamente cotidiano.

Un grandísimo trabajo de cinematografía de Róbert Maly, que trabaja con Horvát desde la Universidad, filmado en 35 mm, componiendo una textura y una imperfección que ayuda a introducirse en el mundo psicológico de la protagonista, creando ese doble, enigmático y asfixiante, con el que está construido toda la película, donde los reflejos, el otro, y las miradas juegan un papel fundamental para dejarse llevar y cautivarse por esta película que se mueve entre la extrañeza, lo cotidiano y lo misterioso. Una película que se apoya tanto en la imagen, en todo lo que vemos y lo que no, y sobre todo, en sus inquietantes silencios y miradas, debía tener un plantel que funcionará sin apenas decir nada. Natasa Stork que da vida a Marta, recrea no solo una mujer que se mueve entre el amor fou, y la imaginación, siempre en el límite de la cordura y la locura, con esa forma de mirar, porque su mirada lo es todo, ahondando más en ese misterio que la rodea, entre la realidad y el sueño, esa existencia turbia y condenada por un enamoramiento que no sabemos si es real o no, o quizás la necesidad de ese amor la ha llevado a volver a empezar por un sueño que debe construir.

A Marta le acompañan dos hombres, muy diferentes entre sí. Tenemos a  Viktor Bodó, que interpreta a János Drexler, el hombre que ha enamorado a Marta, sin saberlo, con esa primera frase, pilar en el que está edificada la película, que dice no conocerla, cuando la citada le explica su encuentro en EE.UU. Y finalmente, Benett Vilmányi, que pone la piel de Alex, un estudiante de medicina que se enamora de Marta y la intenta seducir. Lili Horvát compone una película sencilla, con una grandísima sensibilidad a la hora de adentrarse en el complejo mundo de los sentimientos, todos aquellos que parecen reales, los que no lo parecen, y sobre todo, la película puede verse como un extraordinario estudio psicológico del funcionamiento de nuestra psique cuando nos enamoramos o creemos estarlo, de toda esa fabulación o no que nos somete a nosotros mismos, en ese estado de atontamiento, lleno de incertidumbre, donde dejamos de ser quiénes somos para convertirnos en otros, quizás nuestros peores enemigos o por el contrario, los únicos que nos pueden ayudar para salir del atolladero que nuestras emociones nos han metido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fauna, de Nicolás Pereda

REPRESENTAR LA VIOLENCIA.

“El mundo, para nosotros, es representación, como decía Schopenhauer; no es una realidad absoluta, sino un reflejo de ideas esenciales”

Pío Baroja

El cineasta Nicolás Pereda (Ciudad de México, 1982), es uno de los directores mexicanos más potentes de la actualidad, al igual que otros nombres como los de Carlos Reygadas, Michel Franco, Lila Avilés, Amat Escalante, Julia Hernández Cordón, Tatiana Huezo, Luis Estrada, Diego Quemada-Diez, entre otros. Miradas contemporáneas sobre su país, miradas críticas, profundas, muy personales, que inciden en mostrar la realidad social, económica y cultural mexicana muy alejada del conservadurismo oficialista. Un cine para observar, un cine que no solo plantea relatos durísimos, de carne y hueso, muy cercanos, de gentes como nosotros, sino que, también, se plantean desde una búsqueda interesante sobre la planificación, una mise en scene llena de grandes hallazgos formales, donde cada plano y encuadre obedece a una forma en la que tanto lo que se cuenta, como lo que se cuenta van completamente de la mano, generando una serie de ideas sobre cómo representamos la sociedad y las formas infinitas de hacerlo.

Pereda ha dirigido cuatro cortos y nueve largometrajes, moviéndose indistintamente entre la ficción y el documental, y en las múltiples variaciones de los distintos géneros y formas. Su cine, siempre en ese presente del aquí y el ahora, en la que sus metrajes rondan los setenta minutos, como la que aquí nos ocupa, profundiza en el entorno rural, donde abundan las relaciones familiares, siempre bajo el marco de un tono minimalista y profundamente íntimo, en la que hay pocos personajes, y siempre con la ayuda del colectivo teatral Lagartijas tiradas al sol, presentes en toda su filmografía, encabezados por Luisa Pardo, Gabino Rodríguez y Francisco Barreiro, en la que sus historias son un mero marco para desarrollar conflictos familiares entre padres e hijos, la representación como línea de trabajo, donde se detiene en la historia mexicana, en todo su imaginario, y la violencia, tema que expone en Fauna, su última película. El cineasta mexicano usa un dispositivo singular, y extraordinariamente sencillo, donde abundan los planos secuencias largos, con unos encuadres quietos donde coloca a sus personajes y donde se desarrollará la acción. Una trama en la que las situaciones que se van generando están pegadas a la realidad, pero también, al extenderlas, se van generando situaciones extrañas, surrealistas e hilarantes, donde la metaficción se va colando en una especie de muñecas rusas donde todo es representación, todo es ficción, pero también, realidad, una realidad cotidiana y muy cercana.

Fauna nos cuenta la llegada de Luisa y su novio Paco a un pueblo minero del norte, donde se encontrarán con Gabino, el hermano de ella, de visita a casa de sus padres. Con ese arranque donde la pareja se extravía, la espera cuando llegan, el suceso con los cigarrillos, y después, en el bar, cuando Gabino y el padre de Luisa le piden a Paco que interprete una de las escenas de su trabajo en la serie Narcos. A la mañana siguiente, una conversación de Gabino y Luisa, nos introducirá en otra ficción, la del libro que está leyendo Gabino, protagonizado por ellos mismos, donde un hombre busca a otro hombre desaparecido, mientras se va involucrando en una trama de espionaje, crimen organizado y mujeres fatales. Vida que se confunde con la ficción, y aún más, ficción dentro de otra ficción, y en realidad, una especie de falso documental donde se habla de cine, de interpretación, de la representación, y en este caso como el imaginario colectivo se va impregnando de la ficción televisiva en un país azotado por la violencia, como la ficción falsa, llena de convencionalismos y atada al espectáculo de la violencia, va contaminando a la población, y va cambiando su imaginación, donde la violencia real, cruda y oscura, acaba siendo sustituida por una más amable, más irreal y sobre todo, más cómoda, donde todo se suaviza y regla una idea completamente falsa de la violencia que campa a sus anchas en un país como el mexicano.

Pereda ha construido una película magnífica, donde todo es verdad o no, donde propone un magnífico y laberíntico juego que plantea es rompedor, seco y veraz, donde desconoces en qué lugar empieza y acaba, en el que se toma muy en serio la representación de la violencia, y nos ofrece muchos puntos de vista acerca de ella, en una película que pretende hacernos reflexionar como la ficción más comercial y popular, con su apariencia de entretenimiento, acaba resultando una fuente de propaganda donde todo la violencia resulta gratuita, donde carece de una reflexión profunda y donde los matones resultan simpáticos, toda una monstruosidad en la que la película contraataca con su sencillez, profundidad y humor, porque siempre queda la última palabra del espectador, la credibilidad que le da a lo que ve y cómo lo ve, y sobre todo, a rechazar todos esas ficciones visuales y apabullantes que bajo esa apariencia de espectáculo sin más, encierran amenazas que pervierten al espectador y todo su imaginario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Madres verdaderas, de Naomi Kawase

LAS MADRES DE ASATO.

“Yo no te parí, pero te di la luz”

(Frase de la tía abuela en Nacimiento y maternidad)

Si hay una película que define la mirada como cineasta de Naomi Kawase (Nara, Japón, 1969), esa no es otra que Nacimiento y maternidad (2006), un documento de cuarenta minutos, donde la directora condensa su vida del pasado y el presente, contando su propio embarazo y nacimiento de su hijo, y dialoga con su tía abuela, persona que la crió cuando fue abandonada por sus padres. Una obra en la que profundiza en los temas existenciales que ha vivido la propia Kawase y luego ha trasladado a su filmografía. La búsqueda de los orígenes, la construcción de la identidad, la aceptación de la pérdida, el proceso de la maternidad, y esa intensa relación entre las emociones humanas con la naturaleza. Un cine sobre la intimidad, donde las relaciones personales y sus conflictos son tratados desde una sensibilidad estremecedora, sin caer en ningún sentimentalismo donde agradar en exceso al espectador, sino todo lo contrario, acercándose al dolor y la pérdida de forma madura y natural, donde la vida y la muerte continuamente se dan la mano, en que el vacío y la ausencia van estructurando la existencia en un solo espacio, en la que sus personajes viven entre el pasado y el presente, donde vida y muerte se mezcla, se funde y conviven en armonía.

Kawase ha construido una extensa filmografía que roza la treintena de títulos en casi tres décadas. Una carrera en la que nos encontramos tanto cortos como largometrajes, rodados indistintamente, donde conviven obras documentales como de ficción. En Madres verdaderas encontramos los temas y los elementos que constituyen su mirada, esa forma de plantear relatos cotidianos, done el tiempo desaparece y se conforman muchas y variadas capas donde pasado y presente conviven entre los personajes, en que el viaje tanto físico como emocional estructuran fábulas de nuestro tiempo donde las heridas deben acompañarse y cicatrizarse. La maternidad observada desde varias perspectivas, forman la línea argumental de la película, basada en la novela homónima de Mizuki Tsujimura, en un espléndido guion que firman Izumi Takahari junto a Kawase, en un relato construido al detalle y excelentemente bien estructura, donde el tiempo viaja al pasado y circula por el presente indistintamente, en que vamos conociendo los detalles y pormenores del conflicto en el tiempo y la forma que desea la directora para generar esa red de emociones entrecruzadas.

La historia es bien sencilla: Satoko y Kiyokazu Kurihara desean ser padres pero no pueden. Encuentran una empresa que se dedica a la adopción plenaria (acogen a chicas jóvenes en su hogar, las acompañan en su embarazo y cuando dan a luz, la criatura es adoptada por parejas que no pueden tener hijos). La pareja adopta a Asato, hijo de Hikari Katakura, una niña de 14 años que se ha quedado embarazada del compañero de clase con el que sale. Con el tiempo, Hikari quiere conocer a su hijo. Como ocurren en todas las películas de Kawase, el conflicto que se plantea es muy íntimo, corporal y sensorial, donde las emociones tienen mucho que ver, en el que las derivas del tiempo y las circunstancias azotarán a la actitud y gesto de los personajes. Unos individuos en cierta manera desamparados y perdidos, que buscan incesantemente algo de amor, un hogar, un lugar en el que sentirse escuchados y sobre todo, arropados, como le sucede a Hikari, cuando el alud de acontecimientos y experiencias la llevan a volver al hogar de Hiroshima.

Tanto Satoko como Hikari son dos mujeres con una carencia, la primera no puede ser madre, y la segunda, es madre pero no puede cuidar de su hijo por su temprana edad. Las dos son mujeres, las dos son madres, y es ahí, donde Kawase plantea la cuestión principal de su película, la maternidad en todos sus aspectos, tanto en el nacimiento como en el cuidado, sujetadas a las derivas emocionales y sociales con las que deben lidiar los personajes. Una luz mágica, brillante, que traspasa y oscurece que firma Yûta Tsukinaga, dan esa forma donde todo se cuenta desde esa verdad que tanto caracteriza al cine de la japonesa, como ese sutil y conmovedor montaje de una cómplice como Tina Baz, y Yôichi Shibuya, que ya estuvo en Viaje a Nara, en un extraordinario ejercicio de orfebrería donde el tiempo se dilata y la película salta del pasado al presente trazando un intenso y especial forma de encarar el conflicto y sobre todo, en el transcurso del tiempo, una de las características más importantes, ya no solo del cine de Kawase, sino de mucho del cine japonés. La directora japonesa cuida mucho sus detalles y trata con pausa y serenidad el desarrollo de su conflicto, anteponiendo las razones y las circunstancias de sus personajes, donde somos conscientes del paso del tiempo y las emociones que van viviendo sus personajes, cuidando con extrema sensibilidad y delicadeza todo lo que se cuenta y como se cuenta, donde la naturaleza, donde el viento y el agua esenciales como elementos físicos que explican más de los personajes que cualquier línea de diálogo que vayamos a escuchar, detallando toda la complejidad del interior de unos seres que deben lidiar con todo aquello que nos habían contado sobre la maternidad y la adopción.

Otro de los aspectos donde destacan las películas de la cineasta japonesa es la elección y la dirección de su reparto. Hiromi Nagasaku da vida a Satoko, una mujer y madre que deberá enfrentarse al pasado de su hijo, el pequeño Asato, en forma de la visita de su madre biológica, Aju Makita (que hemos visto en varias películas de Hirokazu Koreeda), da vida a Hikari, esa niña madre que con el paso del tiempo, y las hostias de la vida y el desamparo, querrá conocer al hijo que tuvo y no puede olvidar. Y finalmente, Arata Iura como Hiyokazu como el marido de Hiromi, un personaje más testigo de todo el conflicto, porque Kawase nos habla desde la profundidad, sobre el deseo de ser madre, ya sea de forma biológica o desde el cuidado, y de cómo adaptarse a todos los conflictos que vendrán, ya sea internos como exteriores, ya sean provocados por uno o por otros, y como aceptamos todo eso, desde una perspectiva emocional y de aceptación, no de enfrentamiento, porque Kawase lanza una conclusión extraordinaria y humanista en su cine, porque abandona la lucha y al tristeza, proponiendo algo muchísimo más vital y honesto, proponiendo mirar al otro, acompañar, compartir y sobre todo, abrazar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA