Querida flor, de Paolo Cognetti

LA VOZ DE LA MONTAÑA. 

“Quien ha escuchado alguna vez la voz de las montañas, nunca la podrá olvidar”. 

Proverbio Tibetano 

A día de hoy permanecen en mi memoria la historia de Piero y Bruno, los dos protagonistas de la bellísima y emocionante Las ocho montañas (2022), de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Un relato sobre la amistad de dos amigos desde la infancia en las que se habla del paso del tiempo, de los diversos caminos emprendidos, la fraternidad, el compañerismo y la libertad y el coraje de ser quién deseas ser. La película se basaba en la novela homónima de Paolo Cognetti (Milán, Italia, 1978), un novelista y cineasta enamorado de la vida y de las montañas de los Alpes, donde tiene una casa en la que se refugia en sus tiempos de soledad, paz y tranquilidad. De su amor a la montaña conocemos sus publicaciones como Il ragazzo selvático (2017) y Sin llegar nunca a la cumbre (2019), entre otras, amén de su participación como guionista y actor en el documental Sogni di Grande Nord (2021), de Dario Acocella, en que viaje de Italia hacia Alaska visitando paisajes que le inspiraron.

Con Fiore Mio (en el original, “Mi flor”), Cognetti se sitúa como guionista, director y protagonista a partir de la premisa de averiguar porque no baja apenas agua a su casa. Para ello, emprende una travesía montaña arriba con su inseparable perro Laki, en un viaje hacia las cotas más altas de Monte Rosa, en los Alpes, en el que realiza las pertinentes paradas: empezando por su vecino/amigo, siguiendo por los tres refugios que se encuentra por el camino, en el que hay tiempo para hablar de tiempos pasados y futuros, de ausentes y presentes, de caminos interiores, de muchas emociones, de interesantes excursiones para conocer el entorno, con unas imágenes espectaculares donde naturaleza y humano se mezclan en un espacio de quietud y silencio, donde lo salvaje de la naturaleza entra en escena. Cognetti plantea un relato donde interior y exterior se abrazan a través de los encuentros con los amigos, en el que cada uno de ellos exponen sus viajes personales, sus cuentas pendientes y por decidir y todo aquello que viven de la montaña y la montaña les da. Escuchamos reflexiones sobre la existencia, sobre nuestra relación con la naturaleza, las montañas y todo lo que nos encontramos. Estamos ante una película que nos invita a recogernos mientras contemplamos la montaña desde lo más arriba, reflexionando sobre nosotros y los otros. 

La película contiene imágenes que sobrecogen, donde la naturaleza y las montañas traspasan la pantalla en que la cámara recoge toda la aventura cotidiana e íntima de Paolo y sus encuentros. Tenemos al cinematógrafo belga Rubens Impens, habitual del citado Felix Van Groeningen, amén de Joël Vanhoebrouck y la directora francesa Julia Ducournau, entre otros. La música del italiano Vasco Brondi, que tiene una breve aparición en la película, con la inclusión de algunos temas musicales de diversos grupos, ayuda a contemplar unas imágenes que podían caer en una belleza superficial, pero que Cognetti no ensalza en ningún momento, sino que continuamente reflexiona y va situando esos momentos de silencio en que la música desaparece o simplemente, baja el volumen para que así la experiencia sea lo más compartida posible. El italiano Mario Marrone, que ya estuvo en la mencionada Sogni di Grande Nord, se encarga del montaje que, siendo una película de estas características, con esa conjunción entre lo humano en relación con la naturaleza, no resultaba una tarea nada fácil. La edición es brillante y nada convencional, apoyada en una narrativa que deja tiempo al espectador para escuchar las distintas voces y sobre todo, la montaña, ese rumor oculto que logramos escuchar durante muchos momentos de la película.

Si están interesados en las historias sobre la naturaleza y no les agradan los documentales al uso, que son meros descriptivos y poco más, y buscan un tipo de películas con el mejor aroma de Werner Herzog, donde exista una confrontación entre aquello filmado y el que filma, explorando los recovecos de la condición humana expuesta a su estado más primario y más emocional cuando se encuentra frente o expuesto a la fuerza y belleza de la montaña, su película es Fiore Mio, de Paolo Cognetti porque nos hace suya en un viaje hacía lo físico trepando y atravesando Monte Rosa, deteniéndose en cada escarpado, camino y ladera, y observando cada instante, con tiempo, con pausa y viendo como el tiempo se detiene y nos coge de la mano. Una película que abraza la amistad, el encuentro y el otro, mirándonos los unos a los otros, intercambiando experiencias, decisiones, alimentos, espiritualidad, y muchas emociones, porque en estos tiempos de febril agitación donde el personal anda corriendo de aquí para allá sin ningún sentido, quizás sería conveniente bajarse del mundo, como decía nuestra querida Mafalda, irse a una montaña y empezar a subirla, poco a poco, con la calma y la paciencia que tiene el que ya ha entendido que vivir es una experiencia efímera, donde cada paso es una aventura y un tiempo para mirar hacia afuera y hacia adentro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El rugir de las llamas, de Robin Petré

LA TIERRA Y EL FUEGO. 

“La Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la Tierra”. 

Proverbio indígena 

Desde el primer encuadre, con ese paisaje en llamas, igual de bello como aterrador, El rugir de las llamas (en el original, Only on Earth), de Robin Petré (Dinamarca 1985), deja clara sus intenciones, la de hablarnos con honestidad y profundidad de de una forma de vida rural, tan ancestral y en consonancia con la naturaleza, que va desapareciendo para dar lugar a una invasión de lo natural en favor a la codicia económica que está desintegrando los bosques y las zonas de pasto en objetos que expulsan lo rural y sus animales y sus gentes. La película nos sitúa en los ambientes rurales del sur de Galicia, una zona sensible en la proliferación de los incendios, y nos habla desde lo más íntimo y transparente para sumergirnos en una realidad, la de un verano que sufre los efectos de las altísimas temperaturas y la devastación de los incendios cada vez más virulentos y catastróficos que, como indica uno de los protagonistas, San, un bombero especializado en análisis de incendios, unos incendios que ya no suenan, sino que rugen como un monstruo con sed de sangre y destrucción. 

De Petré conocíamos sus documentales Pulse (2016), cortometraje de 25 minutos que nos mostraba la realidad de una granja de ciervos, y From the Wild Sea (2021), su ópera prima que nos sumergía en las relaciones humanas y los animales salvajes de las profundidades del océano. Con El rugir de las llamas se traslada a la tierra, donde humanos y caballos han convivido desde tiempos inmemoriales. Una compañía que ayudaba a que los bosques se mantengan secos de arbustos y demás matojos y así mantener un equilibrio importante que controlaba mejor los fuegos. La película se mueve entre lo bello y natural y lo triste y desolador, entre las relaciones de hombres y caballos, una actividad que está desapareciendo y dejando los bosques vacíos. La directora danesa invita a reposar, mirar y reflexionar situando su cámara y dando tiempo en una realidad que muestra la naturaleza, y sobre todo, los efectos de la mano humana que, por un lado, vive en entornos rurales y con animales, y por el otro, usa la naturaleza para sus beneficios económicos sin importarle sus devastadores efectos de esa forma de uso tan feroz. No es una película de buenos ni malos, ni mucho menos, la propuesta huye de ese maniqueísmo, porque muestra y no juzga, sí hay denuncia, pero sin señalar a nadie, sino colocando el encuadre en un entorno muy invadido que olvida su idiosincrasia, que recuerda a otras miradas “gallegas” a su rural como las de Xacio Baño, Oliver Laxe, Jaione Camborda y Lois Patiño, entre otros.  

La película tiene una grandiosa factura técnica, en la que los elementos visuales y sonoros son capitales para capturar ya adentrarse en cada uno de los detalles y miradas que existen, por eso la cineasta danesa se ha acompañado de algunos de sus técnicos cómplices que ya le acompañaron en From the Wild Sea, como al cinematógrafo María Goya Barquet, en la que cada plano emana lo visual y lo sonoro, penetrando en ese paisaje tan bello como triste, tan maravilloso como duro, tan todo y nada. El gran diseño de sonido de un grande como Thomas Perez-Pape, con más de 60 títulos en su filmografía, donde cada forma, cada textura y cada gesto se introduce en nuestro interior creando un magnífico campo donde todo se escucha de verdad y se desliza en las imágenes. La montadora Charlotte Munch Bengtsen, que estuvo en la extraordinaria The Act of Killing, construye en sus intensos y reposados 93 minutos de metraje un bello retrato donde coexisten todos los conflictos y alegrías del territorio. La música de Roger Goula, un fichaje fantástico, que se muta con las imágenes y sonidos, formando una nueva lectura en la que humanos, bestias y naturaleza cohabitan a pesar de sus alejados intereses.

Como toda buena película, del género que sea, debe tener un gran reparto y esta lo tiene. Tenemos al citado San, un especialista en el tema de los incendios, que escuchamos sus reflexiones, planes y demás frente al fuego, tan bello como destructor. Pedro, un chaval de 10 años, que vive con caballos, de los que sabe todo, y sobre todo, sueña con ser algún día un vaquero como los que le precedieron de su familia, que pone esas notas de humor. Cristina, agricultora y bombera, sabe muy bien los colores de su tierra, y conoce de primera mano lo difícil que es tratar con la tierra y sacar provecho, y cómo no, lo frágil de esa existencia porque el fuego puede acabar con todo en un abrir y cerrar de ojos. Y finalmente, Eva, veterinaria y jinete, que conoce las prioridades de la zona y sus habitantes, en contra de esas empresas invisibles que lo inundan todo. Cuatro miradas que se complementan y a la vez, son muy diferentes, que ayudan a mostrar las peculiaridades y texturas del entorno, un paisaje que sufre y está perdiéndose, quizás esos cuatro y los más que allí habitan serán los últimos náufragos de un tiempo que se va, o quizás, se convierten en los verdaderos humanos que resisten en su tierra y sobre todo, la protegen de tantas amenazas, ya sean malhechores de lo material, visitantes-domingueros que ensucian y no respetan, y cómo no, los incendios que es la terrible consecuencia de tantos desmanes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wilding, el regreso de la naturaleza, de David Allen

DERRIBAR LAS CERCAS. 

“En la naturaleza está la preservación del mundo”

Henry David Thoreau

Hemos visto muchos documentales sobre granjas que se alejan de la producción agrícola industrial y ponen el foco en otro tipo de producción, más acorde con el entorno natural y sobre todo, más humana con los animales. Películas como Mi gran pequeña granja (2018), de Jon Chester y Gunda (2020), de Viktor Kossakovsky son dos claros ejemplos de esta nueva ola de documentales que se alejan de lo convencional para abrir nuevos futuros a la granja más tradicional. En Wilding, de Tim Allen es el contraplano de ese tipo de películas, aunque siguiendo la misma línea naturista y humana, porque aquí no nos explican la experiencia de hacer un granja diferente, sino que la cosa va por el lado opuesto, porque aquí la granja situada en Knepp, en West Sussex, en el sureste de Inglaterra, la pareja Charlie Burrell e Isabella Tree heredaron la granja familiar dedicada a la agricultura intensiva y productos lácteos durante 400 años, y siguieron con la idea pero después de 17 años, en 1999, acumularon deudas y el negocio se convirtió en inviable. Entusiasmados por las ideas del ecólogo holandés Frans Vera deshicieron derribar las cercas y convertir su granja en un espacio natural para animales omnívoros, recuperando un espacio de 1400 hectáreas en el paraje conservado más importante de Europa.

Allen es un consumado cineasta de la historia natural ya que ha dedicado varios de de sus trabajos tanto director y productor como My life as a Turkey, Earth: A New Wild, H20: The Molecule that Made us, The Serengeti Rules y My Garden of a Thousand Bees, entre otros, y encontró en el libro homónimo de Isabella Tree la materia para llevar a la gran pantalla Wilding, el regreso de la naturaleza, en una película lineal y nada presuntuosa, sino explicando con detalles la travesía física y emocional de la mencionada pareja. Un documento que desde la mayor sencillez y honestidad nos llevan por el inmenso espacio y nos convierten en un testigo privilegiado del proceso recuperando a las diferentes especies de animales, algunas extintas en esos lugares, la importancia y el motivo de cada presencias, de las vacas, de los cerdos, de los castores y demás animales que van creando la simbiosis perfecta y natural que había desaparecido en en entorno industrial. Tiene una función didáctica que se agradece y además, no resulta difícil ni enrevesada, sino todo lo contrario, porque la labor de Allen es tratar el tema con dignidad, respeto y sin romanticismos, sino contando la realidad y todo lo demás. 

Las espectaculares y bellas imágenes que recorren la película son obra de Tim Gragg y Simon De Glanville, dos reputados cinematógrafos que ya habían trabajado en las producciones del citado Allen, consiguen capturar toda la cotidianidad y la intimidad del entorno y de los animales, creando un espacio casi fantástico, místico y espiritual, algo así como un Arcadia feliz perdida en los confines del universo y del tiempo, donde abunda lo cercano con lo natural sin estridencias ni nada que se le parezca. La excelente música del dúo Jon Hopkins, que tiene en su haber películas como Mi vida ahora y Nuestro momento perfecto, y Biggi Hilmars en producciones de Islandia, Suecia e Inglaterra. El montaje de Mark Fletcher con experiencia en el campo del documental de naturaleza construye en sus breves pero intensos 75 minutos de metraje introducirnos en un relato que repasa la historia de Knepp, añadiendo algunos e interesantes momentos ficcionadas en los que vemos los inicios de la aventura con unos pipiolos Charlie e Isabella, y luego, en su mayor parte, la andadura y el diario de todo el intenso y emocionante viaje de transformar una granja más en un espacio donde la naturaleza sea lo principal y el ecosistema crezca y se reproduzca desde la fauna salvaje. 

No se acerquen a una película como Wilding, el regreso de la naturaleza como una especie de quimera imposible, porque la película no pretende retratar un imposible sino una realidad, quizás, todavía estamos muy lejos que la idea y el proyecto de Knepp sea una realidad que se extienda y abarque otras conciencias y países, y quizás, no se expande mucho, aunque si que es verdad que la película relata una realidad posible y eso es lo que tenemos que observar y sobre todo, reflexionar. David Allen ha hecho una película humanista que baja la altura de su cámara a la naturaleza y a los seres que la habitan desde el más grande al más diminuto, dotándolos de importancia en el universo de la naturaleza, porque esto lo olvidamos con mucha facilidad, la cantidad de vidas minúsculas que resultan imprescindibles para el equilibrio de la naturaleza y de la vida, en la que se incluya la de los sapiens, que estamos siempre tan lejos de los proceso naturales del planeta que habitamos en los que todos: ya sean flora y fauna y humanos todos tan imprescindibles para que podamos vivir en armonía y sin destruirlo todo. Cuánto camino hemos hecho mal y quizás, todavía no es tarde o quizás ya sea tarde y algunos sí podemos salvarnos viviendo con actitudes y formas totalmente diferentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tierra baja, de Miguel Santesmases

RECUERDO QUE TE HABÍA OLVIDADO.  

“Yo nunca te olvidé. No me olvides tú a mi”. 

Los primeros instantes de Tierra baja, de Miguel Santesmases (Madrid, 1961), están concebidos para situarnos en el contexto de su protagonista, Carmen, una mujer que ha huido de Madrid, agobiada por un trabajo, el de guionista, que no la llenaba, o quizás, huyó por otras razón. Todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que ella se ha recluido en el mas de su familia, ubicado en uno de sus pueblos de la provincia de Teruel, en el Bajo Aragón. Un lugar apartado de todos y todo, exceptuando algún encuentro fortuito con sus allegados: Damián, el hombre que le ayuda al mantenimiento, María Rosa, una prima, que le insta a volver a escribir. Entre quehaceres cotidianos y ratos de mirar y otros, en una búsqueda profesional, porque los olivos, antaño muy productivos, ahora no hay negocio. Así encontramos al comienzo del relato a Carmen, que no sabe por dónde tirar, más en un tiempo de espera a su pesar. Un día recibe una postal de un tal Eduardo, un hombre que en el pasado significó algo para ella. Un algo que todavía no sabemos. En poco tiempo, la película se presenta llena de incógnitas, secretos que se irán desvelando o no. 

Del cineasta madrileño que tuvo su momento en la industria con La fuente amarilla (1999), Amor, curiosidad, prozak y dudas (2001), y Días azules (20016), escritas junto a Antón y Martín Casariego, y Lucía Etxebarría, que se movían entre el thriller y el drama sobre jóvenes. En 2016 hace Madrid, Avobe The Moon, cine de guerrilla que construye una comedia romántica nada convencional. Ahora nos llega Tierra baja, que coescribe junto a Ángeles González-Sinde, amén de dirigir tres largos, ha escrito para cineastas tan importantes como Ricardo Franco, Manuel Gutiérrez Aragón y Gerardo Herrero, entre otros. Mantiene el mismo espíritu que la anterior, donde un buen guion y estupendos intérpretes hacen el resto. Aquí se añade el impresionante paisaje que escenifica la realidad interior de la protagonista y las consecuencias de lo que se llama como la España vaciada, donde las formas de trabajo mutan y los jóvenes huyen a las grandes urbes. La historia se mueve por varias travesías. Por un lado, tenemos a la mujer que vuelve a su pueblo con la idea de instalarse, están las nuevas formas de subsistencia ante los cambios en la agricultura, bien condimentado con el drama personal, lo romántico como leit motiv, pero muy alejado de los estándares convencionales, y por último, la ficción como espacio para imaginar la realidad o simplemente, como un lugar para refugiarse para abordar las dificultades de lo que se llama realidad. 

Tiene la película de Santesmases esa atmósfera ligera y transparente de las películas de Alexander Payne, pero muy profundas en sus planteamientos emocionales, donde convergen unos personajes con ideas que chocan con los demás, pero firmes en sus decisiones quijotescas. Una película cuidada en el aspecto técnico con una cinematografía que firma Alberto Pareja, del que hemos visto la semana pasada Miocardio, de José Manuel Carrasco, y ya estaba en la citada Madrid, Avobe The Moon, en el que prima la luz natural y captar la grandiosidad del paisaje pero sin embellecerlo. La música de Alejandro Román, habitual del cineasta balear Toni Bestard, y películas como Estándar y La pasajera, consigue con un pocos temas sumergirnos en una historia muy sutil y con pocos personajes, que atrapa con muy poco. El montaje que firman Germán Roda, autor de una extensa filmografía de documentales como Marcelino, el mejor payaso del mundo y Vila y sus dobles, y el propio director, maneja con soltura y ritmo los 96 minutos de un metraje que se ve con interés y no recurre a los lugares comunes, sino que al igual que la película sobre Madrid que hemos mencionado, busca en el paisaje y su forma de encuadrarlo una mirada más personal e íntima. 

Una película como esta tan llena de matices, detalles y mucha alma necesitaba una actriz tan extraordinaria como Aitana Sánchez-Gijón, que se guarda mucho sus sentimientos y cómo los expresa cuando es totalmente imprescindible. Una intérprete con sus miradas y sutilezas alimenta de misterio y belleza un personaje como Carmen, tan cercana como esquiva, tan seria como vulnerable, que parece una versión femenina de Crusoe en su pequeña isla, unos días a la deriva y otros, no se sabe dónde y por qué. A su lado, otro tótem como Pere Arquillué, una bestia en el teatro que no se prodiga tanto en el cine como me gustaría. Su personaje Eduardo Llanos es un productor de cine algo cansado y desencantado de su oficio, o quizás, por eso, llega al reino desterrado de Carmen en busca de engancharse a la vida, o al menos, reencontrar algo que recordó que había perdido. La presencia de Itziar Miranda, un personaje clave en la trama y ahí lo dejamos. Los autóctonos como Javier Gúzman que hace de Damián, el chico para todo, Lydia Vera es María Rosa la prima que está y Sonia Bel Faci como Cristina, la otra amiga que lleva el bar, y otras almas del pueblo, dan la profundidad necesaria para no quedarse sólo en la anécdota. 

Me ha convencido la propuesta de Tierra baja, de Miguel Santesmases, por su sencillez y honestidad, por contarnos una película que habla sobre el cine o sobre los que hacen el cine, sobre los oscuros y difíciles mecanismos de la creación y la tortura y complejidad de un oficio tan enriquecedor como masoquista, que mencionaba Truman Capote, como el de la escritura, y en este caso, el de guionista. Su absorbente naturalidad y calidez que desprende la hace tan cercana que los espectadores nos vemos moviéndonos como un personaje más, donde se juega mucho en los límites de lo que entendemos como realidad y ficción. Una película que invita a aventurarnos en los espacios de la creación y la fabulación, tan necesarios en un planeta cada vez más superficial e inmediato, que olvida muy a menudo la calma y la serenidad para adentrarse en esos otros aspectos de nuestro interior, escarbando en nuestras emociones, en nuestros miedos, en los que nos hace fuertes y vulnerables, en lo que somos realmente cuando se acaba el ruido. Tierra baja es una película sobre el hecho de escucharse, rodeado de silencio, de paz y tranquilidad, espacios tan importantes para la existencia, huyendo del ruido ensordecedor de las grandes ciudades, lugares destinados para la prisa y el estrés. Quédense un rato en las imágenes que propone Santesmases y comprobarán que necesitan otra vida y porque no, algo de ficción nunca está de más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciento volando, de Arantxa Aguirre

EL PAISAJE, LA FORMA Y LOS ENCUENTROS. 

“El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo”. 

Eduardo Chillida

Es verano, amanece en San Sebastián. Junto al mar, donde las olas rompen contra la piedra, en la ubicación de la escultura del “Peine del Viento”, de Eduardo Chillida (1924-2002), se persona la actriz Jone Laspiur, que nos encantó en Ane (2020), de David Pérez Sañudo, en Akelarre (2020), de Pablo Agüero y Negu Hurbilak (2023), del Colectivo Negu, entre otras. La actriz nos guiará por Ciento volando (que acoge como título una frase recurrente del escultor), la séptima película de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965), que está dedicada a la vida y obra de Chillida, que el pasado viernes 10 de enero hubiera cumplido 100 años. La película no se dedica a mostrar sus obras y a acompañarla de expertos y admiradores de su obra que nos vayan resplandeciendo tanto su figura como su trabajo, como a veces ocurre con este tipo de trabajos. El largometraje de Aguirre no va por ahí, se decanta por otros menesteres, que escribía Cervantes, porque su trabajo nos invita a la quietud y el silencio, y nos convoca a bucear nuestra alma, sin prisas pero tampoco con excesiva pausa, y no usa mejor vehículo que un gran paseo por Chillida Leku, el museo al aire libre convertido en la obra cumbre del escultor. 

Una película se nutre de la escultura de Chillida, como no podía ser de otra manera, a través de la contemplación de sus obras, acompañada de algunas referencias históricas de su vida y obra, mediante un archivo escueto, porque la película quiere romper el tiempo convencional y restaurarlo, es decir, hablar del pasado y el futuro siempre con el presente por delante, donde el tiempo se esfuma, se revierte hacia un sentido mucho más amplio del término, despojándose de su espacio convencional para abrirlo a más formas, texturas, ideas, reflexiones y sobre todo, dibujar una obra imperecedera, sin tiempo ni lugar, aunque el cielo oscuro y plomizo del norte vasco tenga una importancia cumbre en el hierro y forjado que usaba el escultor. La película abraza el paisaje, no tiempo y los encuentros a partir de la curiosidad de la citada Jone Laspiur que, actúa como un guía inquieto y tremendamente observador, como los narradores Shakesperianos, que va dialogando con familiares, compañeros y amigos de Chillida para contarnos la parte más humana y desconocida del genio, en la que la presencia de su mujer Pilar Belzunce en su vida fue capital para entender y saber su camino como escultor y también, su pasión por su trabajo, su tierra, sus obras y todo el universo invisible y espiritual que la rodea. 

La obra de Aguirre tiene un acabado formal y narrativo exquisito, donde cada encuadre es conciso y sobrio, porque era muy fácil caer en un exceso de belleza, pero la película tiene mucho tacto en ese aspecto, porque no se recrea ni con el entorno ni con las obras. Un trabajo de cinematografía que firman tres grandes nombres de la industria vasca como Gaizka Bourgeaud, que tiene en su filmografía nombres como Ana Díez, Asier Altuna, Telmo Esnal y Lara Izagirre, entre otros, el de Rafael Reparaz, que ya hizo Dancing Beethoven (2016), con Aguirre, amén de Ira, de Jota Anorak, Asedio, de Miguel Ángel Vivas, y Carlos Arguiñano Ameztoy. Una imagen elegante y cercana, cogiendo todos esos colores grisáceos que van tan bien para mirar las obras como para descubrir su interior, El magnífico trabajo de montaje de Sergio Deustua Jochamowitz en su segunda película con la directora después de La zarza de Moisés (2018) sobre la longeva compañía teatral de Els Joglars. El gran trabajo de sonido que cuida y mima al detalle cada leve ruido que escuchamos, de un grande como Carlos de Hita, que ha trabajado con Gerardo Olivares, en documentales sobre naturaleza con Joaquín Ruiz de Hacha y Arturo Menor, e Icíar Bollaín, entre otros. 

Si no les gusta la obra de Chillida, o quizás, tampoco estén interesados en la escultura y mucho menos en su estilo, o tal vez, no tengan ni idea ni sepan interpretar sus obras, no teman, porque la película está abierta a todos los públicos, tanto los seducidos como los descreídos, porque no es sesuda ni para intelectuales, como se decía antes. Ciento volando, de Arantxa Aguirre sigue la estela de anteriores trabajos de la directora madrileña, siempre en el campo de las artes y sus creadores, los ya citados que hablaban de danza y teatro, los que ha dedicado a grandes músicos en Una rosa para Soler (2014), El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados (2018), y la pintura en Zurbarán y sus doce hijos (2020). Las obras de Aguirre son curiosas y muy inquietas, porque nos muestran universos complejos y biografías alucinantes, pero lo hace dejando la ceremonia y el bombo de otros títulos, para recorrer de una forma íntima y profunda todos los lados, texturas y formas de la obra del autor en cuestión y además, traza una incisiva y natural acercamiento a la persona, a su intimidad, a sus quehaceres cotidianos, a sus amores o no, y si faltaba alguna cosa, los devuelve al presente, los hace visibles, los hace contemporáneos y sobre todo, los hace muy cercanos y transparentes, los saca de la pompa y los hace cotidianos para que cualquier espectador pueda conocerlos, reconocerlos o simplemente descubrirlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Iberia, naturaleza infinita, de Arturo Menor

EL MARAVILLOSO UNIVERSO DE LA FAUNA IBÉRICA SALVAJE. 

“Cada planta, cada animal, incluso cada complejo minero, cada paisaje, tiene su razón de ser. No están a nuestro alcance por puro azar o capricho, sino que forma parte de nosotros mismos. El hombre no es un ovni venido de una lejana galaxia; el hombre es un poema tejido con la niebla del amanecer, con el color de las flores, con el canto de los pájaros, con el aullido del lobo o el rugido del león»

Félix Rodríguez de la Fuente

El trabajo cinematográfico del biólogo y naturalista Arturo Menor (Talavera de la Reina, Toledo, 1970), siempre ha estado enfocado a mostrar, experimentar y descubrirnos la belleza y los secretos de la fauna ibérica salvaje, dirigiendo casi veinte cortometrajes, y dos largometrajes como Wildmed, el último bosque meditérráneo (2014), sobre los bosques de Sierra Morena, Barbacana, la huella del lobo (2018), siguiendo el rastro del lobo en su hábitat natural, y ahora nos llega su tercer trabajo con Iberia, naturaleza infinita, en la que siguiendo con la mirada y premisas anteriores, seguimos el viaje de un águila real que ha perdido a su pareja y desterrada de su espacio, emprende un viaje de norte a sur, buscando su nuevo lugar. 

La película se va deteniendo en cada rincón minúsculo, en cada espacio por mínimo que sea y a modo de detective meticuloso, nos va descubriendo y mostrando los diferentes ecosistemas y la fauna que lo habita, desde el pájaro más diminuto a la nutria que vive en sus pequeños riachuelos, incluso los osos y sus crías, y demás vidas que se mueven, que pueblan con sus existencias la gran riqueza y diversidad de nuestros bosques y dehesas. La película se toma su tiempo, no tiene prisa, porque quiere que veamos la naturaleza y sus pobladores de forma diferente, deteniéndose en aquello que parece invisible, en aquello que se nos escapa, en todo lo que hay, en todo lo que está y no vemos. El espectacular trabajo técnico es uno de los elementos del cine de Arturo Menor, en el que se rodea de un equipo humano magnífico, empezando por el montaje de José M. G. Moyano, que conocemos por sus trabajos con Alberto Rodríguez y Santi Amodeo, en un preciso y conciso trabajo, lleno de detalles e intensidad y reposo, en un estupendo ejercicio de pausa y de ritmo para verlo todo y no encantarse para condensar sus increíbles setenta y cinco minutos de metraje. 

Un especial y delicado trabajo de sonido por uno de los maestros en este tipo de documentales de naturaleza como es Carlos de Hita, que es el responsable de las últimas películas sobre el tema producidas en España al lado de Gerardo Olivares, Joaquín Gutiérrez Acha y Andoni Candela, entre otros. La mezcla de sonido lo hace un gran profesional como Jorge Marín, Juan Ventura es el responsable del color y los efectos visuales, Iván Merino es el piloto FPV y Juan Luis Malpartida es el zoólogo, y el narrador Jesús Olmedo, con su voz profunda que no solo nos explica aquello que no escapa, sino que se convierte en un narrador que nos explica un cuento, una fábula de un animal que busca su lugar en el mundo, y se va encontrando con infinidad de conflictos y demás en su itinerario de huida. La película reivindica la belleza de nuestra naturaleza y su fauna salvaje, y también, la mano del humano que los ha transformado para su beneficio, también habla de la riqueza y la belleza de la diversidad de tantos animales, ya sean aves, osos, nutrias, lince ibérico, y demás vidas ocultas e invisibles para nosotros, que habitan en nuestros bosques, en esos espacios recónditos y en las dehesas, tan alejados de nosotros que parecen seres de otro mundo. 

Iberia, naturaleza infinita quiere contarnos un cuento, el que protagoniza la águila real con un viaje que sirve como excusa para ver todo lo que encuentra, lo que vemos a partir de ella, lo que sentimos y experimentamos, todo aquello que nos conecta con la naturaleza, del lugar de donde venimos y pertenecemos, aunque no queramos reconocerlo, todo aquello que fuimos y donde empezaron nuestros ancestros. Quizás la película peca a veces, en contadas ocasiones, de contarnos ese cuento del águila real, con algunas imágenes sobreimpresionadas, pero no la desmerecen en absoluto, porque todo lo que muestra y sobre todo, como lo muestra, es de una belleza, riqueza e inteligencia fuera de la norma, con un inmenso trabajo técnico y humano, donde no solo lo vemos todo, sino que también lo vemos con nitidez, con pausa y con todo lujo de detalle, haciendo un recorrido espectacular de norte a sur, pasando por mil lugares y situaciones, desde a ras del suelo a las altas cumbres donde anidan las aves, desde diversos puntos de vista, y desde miradas de todas las situaciones y circunstancias. 

Volvemos a aplaudir el magnífico trabajo de Arturo Menor y su equipo, porque con Wildmed, el último bosque mediterráneo y Barbacana, la huella del lobo, y la actual Iberia, naturaleza infinita, queremos creer que es una especie de trilogía no concebida así en un principio, pero viéndola y disfrutándola queremos imaginar que es así, ha construido una película para los sentidos y para el alma, conformando una de las más bellas, intensas, cautivadoras y sensibles aproximaciones a nuestros ecosistemas ibéricos y toda la fauna que lo habita, con el espíritu y aroma inconfundible del maestro Félix Rodríguez de la Fuente, el hombre que miró a la naturaleza y sus animales, desde una mirada humanista, una mirada que traspasa la vida y criticaba los intereses económicos del humano, o mejor dicho, del sapiens, en sus ansías y codicia de sacar provecho de todo, sin importarle nada ni nadie, destruyendo y eliminando la vida vegetal y animal. La película de Arturo Menor nos obliga a mirar diferente, desde el reposo, desde la humanidad que parece que perdimos, en un ejercicio de reconectarnos con la naturaleza y sus seres, de ese lugar de donde venimos, de ese lugar que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fire of Love, de Sara Dosa

LOS VULCANÓLOGOS ENAMORADOS.

“Es muy agradable sentirse. Tú no eres nada. No eres nada cuando estás cerca de un volcán”

Katia y Maurice Krafft

Katia y Maurice Krafft siempre fueron muy activos ante la sociedad y la política, Eran uno de los tantos jóvenes que se lanzaron a la calle en 1968 en París, para luchar por cambios y una sociedad más justa, solidaria y humana. Desencantados con la deriva social capitalista que se apoderaba del mundo occidental, encontraron en la naturaleza esa vía de escape para alejarse de todos, observar la tierra y sus misterios, y de esa forma, toparon con los volcanes en erupción, que habían sido objetos de fascinación para los dos desde la asolescencia. Katia y Maurice Krafft, geoquímica y geólogo, respectivamente, se enamoraron apasionadamente y de los volcanes, que se convirtieron en su razón de ser y estar en el mundo. Después de más de dos décadas, alrededor del mundo, observando, apuntando, reflexionando, filmando y tomando fotografías, muestras y demás de los volcanes, encontraron la muerte mientras estaban en el Monte Uzen en Japón, el 3 de junio de 1991.

Fire of Love, nuevo trabajo documental de la estadounidense Sara Dosa, cuenta su vida y su aventura con los volcanes, pero no lo hace de un modo convencional, reconstruyendo sus vidas, sino a partir de ellos, de sus miradas y reflexiones, a partir de todo su legado, un impresionante material de archivo que dejaron tras su muerte. Más de 300 horas de filmaciones en 16 mm que rodaba el propio Maurice, más de 300000 fotografías de Katia y más de 20 libros en los que contaban sus experiencias con los volcanes, e innumerable material de archivo de entrevistas y conferencias del matrimonio, y una infinidad de objetos, rocas y demás, recogidos del material que expulsaban los volcanes. Una película de noventa y tres minutos que condensa veinte años de amor por los volcanes de un matrimonio completamente singular, diferente y pionero en el estudio de la vulcanología, porque, gracias a ellos, su legado y sus investigaciones proporcionaron que se sepa más el comportamiento de los volcanes y su necesaria prevención para evitar muertes.

Un exhaustivo y preciso trabajo de montaje que firman Erin Casper, que ya había trabajado con la directora, y Jocelyne Chaput, con el que componen un fabuloso y profundo collage que va repasando las diferentes acciones de los Krafft con sus volcanes, la narración de la escritora y cineasta Miranda July, con esa voz suave y enigmática que va mucho más allá de las imágenes, porque lanza reflexiones, describe el antes y después de las imágenes, y sobre todo, nos ofrece un retrato en off de todo lo que vemos y lo que no, porque hay muchas vidas en las vidas de los Krafft, las que dejaron en imágenes y filmaciones, y aquellas otras, las que no están registradas pero también existieron. Porque si hay algo que adquiere una importancia vital en la existencia de la pareja enamorada de vulcanólogos es el misterio, y la película lo acoge de forma natural, porque siempre hay una aureola de misterio, tanto en sus vidas como en los volcanes que estudian, esos misterios infinitos de la tierra, de su pasado y sus orígenes, de todos esos fenómenos que sucedieron antes que nosotros, antes de todo, y todos esos fenómenos que suceden delante de los ojos atentos e inquietos de los Krafft.

Nunca sabremos porque los Krafft hacían lo que hacían, en el fondo, no importa, porque ellos lo hicieron y ya está, y mucho menos su forma de trabajar, acercándose tanto a los volcanes, algunos los llamaran temerarios y otros, simplemente, los envidiaran por todo lo que vivieron y lo que hicieron, porque dieron su vida, literalmente, por su pasión, por su deseo, por todo lo que eran, porque no eran otra cosa que unos apasionados de los volcanes, llenos de miedo, pero un miedo que no les impedía asomarse a los abismos que los llevaron por todo el mundo. La naturaleza y sus misterios siempre han sido objeto de estudio y reflexión en el cine de Dosa, porque en The Last Season (2014), su primer largometraje, dos ex soldados y cazadores de una difícil variante de hongo en los bosques del estado de Oregón, descubrían una forma de curar las heridas físicas y emocionales de la guerra. Con The Seer & The Unseen (2019), volvía al bosque, en este caso, en Islandia, donde una joven se comunica con elfos para salvar el ecosistema. Unos personajes que no andan muy lejos del matrimonio Krafft, que también encuentran su razón de ser en el contacto con la naturaleza, con la madre tierra.

Si algo tienen en común las personas que retrata la directora estadounidense en su cine es ese aura de seres especiales y cercanos, como una especie de desheredados y aburridos de la sociedad mercantilizada, que encuentran en la naturaleza una forma de sentir y construir una vida alejada de todo eso, estudiando y experimentando y descubriendo todos los secretos que oculta un universo tan físico y espiritual como la naturaleza, con toda su belleza y terror como los volcanes, con esas riadas de lava rojizas y anaranjadas que abruman por su exultante belleza, pero que son lenguas monstruosas de fuego que arrasan todo lo que se encuentren en el camino, o esas llamaradas de fuego que expulsan los volcanes, que nos dejan atónitos por su espectacularidad, pero que, por el contrario, destrozan todo lo que toquen. Los Krafft encontraron la muerte haciendo aquello que amaban, porque ellos no entendían la vida sin estar lo más cerca posible de un volcán en erupción, porque en el fondo, la vida hay que experimentarla y sentirla, dejándose llevar por aquello que le da sentido, y en eso, los Krafft, o lo que es lo mismo, Kati y Maurice no son solo un clarísimo ejemplo para todos, sino que también, sus incontables y profundos estudios, han servido para conocer mejor a los volcanes y evitar tragedias personales. Gracias por todo! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La fotógrafa de Monte Verità, de Stefan Jäger

EL VIAJE DE HANNA.

“Nada te puedo dar que no exista ya en tu interior. No te puedo proponer ninguna imagen que no sea tuya… Sólo te estoy ayudando a hacer visible tu propio universo”.

Hermann Hesse

Hanna Leitner es una joven madre en la Viena burguesa, rígida y conservadora de 1906. Su vida es aburrida, vacía y densa, todo está sometido a una rutina desesperada y sin salida. El psicoanalista Otto Gross que la trata, le ofrece la posibilidad de ir al sanatorio de Monte Verità, al sur de Suiza, en la colina cerca de Ascona, en el cantón del Tesino, donde se ha organizado una comunidad utópica que huye de los convencionalismos de la sociedad, en la que hombres y mujeres sanan a través de la armonía con la naturaleza, la creatividad y la relación con el otro. Un día, cansada de todo y todos, Hanna deja a sus dos hijas y llega a Monte Verità, un lugar mágico y lleno de espiritualidad, donde se ha construido un socialismo primitivo, se ha abrazado el veganismo y todos contribuyen en forma de cooperativismo en los quehaceres diarios. Un oasis, a contracorriente de la sociedad, donde las personas llegan para curarse y descubrirse a sí mismos.

El director Stefan Jäger (Uster, Suiza, 1970), lleva más de treinta años dirigiendo trabajos en el campo documental y ficción, para hacer un total de veintidós títulos. Su fascinación por el descubrimiento de Monte Verità, le ha llevado a hacer no solo una película sobre el lugar, sino hacer una película que tiene mucho de documento, porque vemos escenas de la cotidianidad del citado lugar, donde nos encontraremos con personas reales que vivieron allí, y la ficción, con el personaje de Hanna Letiner, una mujer que se parece a muchas que llegaron allí con el mismo propósito. La fusión de documento y ficción, consigue un entramado lleno de sensibilidad y poesía, porque a través de la protagonista, conocemos ese espacio lleno de espiritualidad, donde las cosas funcionan de otra manera, o quizás, podemos decir, donde las cosas se miran desde otra perspectiva. Hanna entablará relación con el anarquista Erich Mühsam, la artista Sophie Taeuber-Arp, las fundadoras Ida Hofmann y Lotte Hattermer, el escritor Hermann Hesse y la bailarina Isadora Duncan, entre otras brillantes personas que pasaron por Monte Verità.

La película con guion de Kornelija Naraks huye del sentimentalismo y la condescendencia habituales en este tipo de tramas, porque seguimos el viaje interior de Hanna, con sus complejidades y dificultades, su descubrimiento personal y su forma de atreverse a ser ella misma, a partir de la fotografía, y del conocimiento no solo espiritual, sino también carnal, donde la joven experimentará sus profundos cambios en la forma de vestir, de llevar el cabello y sobre todo, de mirar el entorno y a ella misma. Una excelente cinematografía que firma Daniela Knapp, con más de cuarenta títulos a sus espaldas, entre las que destacan Los edukadores y La suerte de Emma, que nos cautiva con su naturalidad y su acercamiento íntimo a unos personajes sencillos y profundos y al lugar que los rodea, el elaborado montaje de Noemi Preiswerk, que en su primera hora nos va acercando el presente de Monte Verità y el pasado vienés, donde conocemos los detalles del infierno en el que vive Hanna, y luego, ya instalados en el mítico lugar, donde vemos el proceso de Hannah, arduo, con altibajos y difícil, como suelen ser estos procesos interiores, y esos insertos con las fotografías en el que vamos viendo la fotografía real.

La magnífica música de Volker Bertelmann, con más de sesenta títulos en su filmografía, que ha destacado en La candidata perfecta, de Haifaa Al-Mansour, y en series como El nombre de la rosa y Your Honor, consigue envolvernos en una aura mágica y de libertad, llevando las imágenes hacia un estado más del alma y menos físico, aunque lo corpóreo también tiene su espacio en una película que nos habla de muchas cosas, pero sobre todo, nos habla de los caminos que emprendemos para ser nosotros mismos, lejos de las estructuras sociales tan marcadas que eliminan cualquier atisbo de libertad. Un extraordinario reparto de rostros conocidos en la cinematografía alemana, austriaca y suiza, como Maresi Riegner en el rol de la desdichada Hanna, a la que hemos visto en películas como Egon Schiele y The Royal Game, que hace un gran trabajo de sutileza y miradas en la piel de un personaje frágil y fuerte. Bien acompañada por Max Hubacher, uno de los soldados en El capitán, de Robert Schewentke, en el papel del doctor Otto, un ser controvertido por sus métodos que el tiempo le dio la razón, Julia Jentsch como Ida Hofmann, un pilar en Monte Verità, al igual que Lotte Hattemer que interpreta Hannah Herzsprung, que estaba en los repartos de El lector y Cuatro minutos, en la piel de un ser animal y espiritual que vive entre Monte Verità y la montaña, Joel Basman, que hemos visto recientemente en Pájaros enjaulados, se mete en la piel del insigne y joven Hermann Hesse.

La fotógrafa de Monte Verità vuelve a detenerse en una experiencia que fue la primera de otras muchas que aparecieron luego, donde una serie de individuos trabajaron para crear un espacio de libertad, de creación y sobre todo, de conocimiento personal, esa materia que la sociedad ha mercantilizado y la ha usurpado, pero que sigue siendo otra cosa, algo que nada tiene que ver con las estructuras sociales y económicas actuales, como nos explican en la película. es una película sobre y acerca de todas las mujeres que un día, dieron un golpe en la mesa, y huyeron de sus matrimonios aburridos y vacíos, y emprendieron una vida de descubrimiento personal para enfrentarse con ellas mismas y vivir como sentían. Una película feminista, brillante y llena de pasión, de arte, de utopías, que tan necesarias y vigentes siguen siendo a día de hoy, porque tal y como está el mundo, es una necesidad y virtud pensar en otra sociedad posible, porque si lo pensamos, ya estamos en el camino de poder encontrarnos con ella, como le ocurre a Hanna Leitner, una mujer valiente, decidida, humana y sobre todo, un personaje de ficción que refleja el pensamiento y el espíritu de tantas otras reales que le precedieron y le precederán a romper las cadenas y encontrarse consigo mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Raquel Marques

Entrevista a Raquel Marques, directora de la película «Tiempos de deseo», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones, en las oficinas de Drac Màgic en Barcelona, el lunes 7 de junio de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Raquel Marques, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de la Mostra, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

¡Buenos días, mundo!, de Anne-Lise Koehler y Eric Serre

LA AVENTURA DE DESCUBRIR EL MUNDO.

“Este paraje boscoso rodeado de agua puede parecer grande o pequeño. Hay muchos mundos en este mundo. Es una cuestión de perspectiva. Ya seáis enormes o diminutos, nacer significa descubrirse a uno mismo, y a los demás. Venid a verlo. Hay nuevos nacimientos en el mundo.  (…) ¿Qué quién eres? Ya te construirás tú mismo día a día. ¿Y bien, estás listo para descubrir el mundo?”

La animación francesa siempre se ha caracterizado por su sofisticación en el dibujo, la infinita imaginación en la elaboración de la técnica,  la sensibilidad de sus historias, y la capacidad de contarnos cualquier relato para todos los públicos, sin caer en el manierismo y la condescendencia. Hay títulos que han pasado a la historia como El planeta salvaje (1973), de René Laloux, Bienvenidos a Belleville  (2003), de Sylvain Chomet, Persépolis  (2007), de Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud, La tortuga roja (2016), de Michael Dudok de Wit,  La vida de calabacín (2016), de Claude Barras, y Josep (2020), de Aurel, entre muchas otras.

La pareja Anne-Lise Koehler y Eric Serre, codirectores de la película, se conocieron en la Escuela de la Imagen Gobelins, y han participado como diseñadores en películas tan prestigiosas como Kirikú y la bruja, Azur y Asmar, ambas de Michel Ocelot, Antartica!, entre otras, y ambos crearon las imágenes de animación del documental Il était une forét, de Luc Jacket. La película es asombrosa en su técnica de animación, ya que su materia prima viene principalmente del papel, las hojas de papel de los libros de la prestigiosa colección La Pléiade, para crear unos 110 títeres y centenares de esculturas para formar las 76 especies de animales, 43 de vegetales y 4 setas. Todo desde la minuciosidad, donde cada pequeño detalle y cada brizna de aire y de agua cobra vida, centrándose en el nacimiento, el crecimiento y la vida de diez animalitos, que cobran vida a través de la técnica de stop-motion. Además, los escuchamos en los que podemos oír sus deseos, esperanzas e ilusiones, y su diálogo con la narradora que interactúa con ellos y con nosotros los espectadores.

Una obra inmensa, brillantísima y conmovedora, a medio camino entre la fotografía, la escultura y el dibujo, que consigue hablarnos de un universo microscópico de forma grandiosa, sumergiéndonos en sus existencias, en sus perspectivas, en mirarlos frente a frente, hipnotizados por sus pequeños mundos, por sus alegrías y adversidades, siempre en tono naturalista, didáctico y humanista, de respeto a todo aquello que nos rodea, porque esa forma de mirar, acercarse y conocer, nos hace mejores personas, y sobre todo, nos hace descubrir el mundo y nuestro mundo, y el que no vemos, con otros ojos, otra forma de mirar, descubriendo y descubriéndonos a través de tantas diminutas vidas que no alcanzamos a ver porque no miramos. El búho chico, el somormujo lavanco, el Martín pescador, la tortuga de estanque, el nóctulo pequeño, la salamandra, el avetoro, el lucio, la libélula emperador y el castor europeo son los diez animalitos que nos acompañan en esta aventura de vivir y crecer en el mundo, en su mundo, con sus peripecias de su existencia, su propio descubrimiento y conocer el espacio que les rodea. Una vida para ser y estar, su crecimiento, el descubrimiento del amor cuando llega la primavera, la amenaza constante de ser comido, y a la inversa, de comer, la interacción con las otras especies, y todo un universo infinito, maravilloso, trágico, e inabarcable, que empieza y finaliza cada día.

¡Buenos días, mundo!, aparte de su asombrosa capacidad visual e imaginativa, su grandísima composición formal, y su extraordinario ritmo de montaje, no solo se queda ahí, en su apabullante estilo de animación, sino que va muchísimo más allá, y construye un relato inmenso y especial, centrándose en todas esas pequeñas criaturas que casi nunca vemos, en esas vidas invisibles para nosotros, en mundos pequeños y microscópicos, cerca de nosotros, a los que apenas prestamos atención, peor están ahí, y la película nos lo muestra con una naturalidad y sensibilidad que no solo entusiasmará a los más pequeños, sino que a los adultos de cualquier edad los dejará cautivados por su belleza plástica, su brillantez en su relato, y sobre todo, en su capacidad en sumergirnos en ese mundo dentro de otro, y hacernos participe de cada situación, por mínima que resulte, profundizando en todos sus huecos y rincones, en todos los detalles, en todo y en nada, sintiéndonos un pequeño ser vivo, volando, nadando y sintiendo como ellos, mirándolos y acompañándolos en sus vidas, en su forma tan peculiar y personal de sentir y descubrir su mundo, que también es el nuestro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA