Soy Nevenka, de Icíar Bollaín

LA MUJER QUE NO SE CAYÓ. 

“Estaba jugando con mi dignidad. Querían que me marchara como si hubiera hecho algo malo, como si fuera una incompetente”. 

Nevenka Fernández 

El universo cinematográfico de Icíar Bollaín (Madrid, 1967), está compuesto, principalmente, por mujeres anónimas de vidas cotidianas que las circunstancias las llevan a enfrentarse a retos aparentemente imposibles, en soledad y sobre todo, sometidas a la presión de un entorno que ni las comprende ni las ayuda. Nos acordamos en la Pilar de Te doy mis ojos (2003), que abandona a un marido violento, la Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), que concilian trabajo y familia a duras penas, la Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), que enseña en un lugar lleno de miseria, la Alma de El olivo (2016), que lucha por la dignidad de su abuelo, la Rosa de La boda de Rosa (2020), que reivindica su amor propio, la Maixabel de Maixabel (2021), una viuda que luchó por el amor y no por el odio. A esta terna de mujeres valientes y de coraje, llega Nevenka Fernández, una joven de 25 años, recién licenciada de económicas nombrada concejal de hacienda de Ponferrada en el año 2000. Todo lo que en un principio parecía una gran oportunidad para ella se convirtió en un infierno ya que el alcalde Ismael Álvarez, de 50 años, la acosó profesional y sexualmente. 

A partir de un guion escrito por Isa Campo, que ya estuvo en Maixabel, y la propia directora, basándose en el libro “Hay algo que no es como dicen. El caso de Nevenka Fernández contra la realidad”, de Juan José Millás, y el testimonio real de la víctima, construyen una película que arranca con el encuentro de la protagonista confesando los hechos, que empiezan un año antes, y a modo de flashback vamos asistiendo a todos los pormenores. Contada de forma cotidiana y cercana que tiene estructura de cuento de terror, que se mueve en dos estados. Uno cuenta la cotidianidad de Nevenka y su entrada como concejal en el ayuntamiento y en el otro, se cuenta la triste realidad en la que Nevenka se ve sometida por el alcalde. Dos realidades. Una pública en la que el alcalde es un señor amable, simpático y con un admirable don de gentes, y en la otra, oculta, vemos a un tipo poderoso, depredador y violento. La película no cae nunca en el maniqueísmo, sino que expone unos hechos difíciles, siempre desde el lado de Nevenka, que no sólo sufrió el acoso y persecución del susodicho, sino que cuando hizo pública la historia, sufrió lo mismo con su entorno, medios y la opinión pública. Una mujer acosada por todos y todas. Una mujer que vivió en un constante miedo e impotencia, que no quería huir, sino proteger su identidad y su dignidad. 

Como suele ocurrir en el cine de Bollaín, la parte técnica es de primer nivel, en que la película tiene una factura elegante y muy sólida, con la cinematografía de Gris Jordana, que ha trabajado con cineastas como Clara Roquet, Laura Jou y Carla Simón, entre otras, con una luz mortecina que describe con minuciosidad una ciudad como Ponferrada (León), tan provinciana como cerrada, con sus calles, sus interiores, en una detallada composición donde prevalecen los planos cortos e íntimos, como el estupendo trabajo de música de Xavi Font, que le hemos visto mucho por el audiovisual gallego con Dani de la Torre, y en series como Hierro, Rapa y Auga seca, en una cinta con poca música, pero la que hay está muy bien situada, y el montaje de Nacho Ruiz Capillas, en ocho títulos con la directora, con una grandísima experiencia con más de 120 títulos, en un conciso y elaborado trabajo de montaje, donde el ritmo se va imponiendo en un relato muy íntimo y muy oscuro que se va casi a las dos horas de metraje intenso, doloroso y nada complaciente. Mención especial tiene el empleo del sonido que firman Iñaki Diez, ocho películas con Icíar, Juan Ferro y Candela Palencia, en que la sutileza está muy presente sin enfatizar en los momentos más duros. 

Otro de los grandes aciertos de Soy Nevenka es la elección de su reparto, porque tenemos dos interpretaciones creíbles y nada impostadas. Por un lado, tenemos a Mireia Oriol, fogueada en películas como El pacto y series como Les del Hoquei y La treintena, que le llega un gran personaje como el de Nevenka que lo acoge, le da toda la dignidad que se merece y compone con sabiduría un personaje nada fácil que pasa por todos los estados del miedo, la soledad, la tristeza y el coraje. Frente a ella está Urko Olazabal, que también estaba en Maxiabel dando vida a uno de los etarras Luis Carrasco. Aquí hace un tipo despreciable y narcisista, muy querido por sus ponferradinos pero en la sombra un mujeriego, depredador sexual y alguien poderoso que hace y deshace a su antojo. Después hay una retahíla de grandes intérpretes que dan profundidad a la historia y a los diferentes puntos de vista como Ricardo Gómez que hace de Lucas, fiel amigo de Nevenka cuando las cosas se ponen muy feas, y Carlos Serrano, mano derecha del alcalde, Xavi Font, el abogado que ayudó a la joven, Lucía Veiga, la jefa de la oposición en el ayuntamiento, Mabel del Pozo, madre de Nevenka, y Mercedes del Castillo, compañera en el consistorio, y demás rostros que dan con naturalidad todos los matices de sus respectivos personajes.   

Seguro que conocen la historia de Nevenka Fernández, amén del libro de Millás y la serie documental donde la mencionada protagonista relataba los hechos, por eso la película Soy Nevenka, de Icíar Bollaín, aportará nuevas situaciones, porque los ficciona y se adentra en todo aquello que hemos escuchado. También pueden verla para recordar un caso que significó un antes y después en este país en los casos de acoso sexual, porque Nevenka se atrevió a lo nunca una mujer había hecho, denunciar a un político y por ende, a no callarse, a denunciar unos hechos deleznables, a alzar su voz contra el poder, la persecución y contra el silencio que tantos siglos se vieron sometidas las mujeres. Es una película sobre la dignidad, sobre el miedo, sobre el acoso, pero también es la historia de una joven que se puso de pie, enfrentándose a la hipocresía y la actitud de mierda de todos y todas, que la convirtieron en verdugo cuando era la víctima, que la depilaron injustamente, que la acusaron por denunciar al agresor. También es una película que vuelve a aquellos años 2000 y 2001 y describe un país que todavía estaba anclado en los prejuicios y las apariencias y no veía más allá de sus ojos, sin profundizar y tomarse el tiempo necesario para tomar sus decisiones. No nos pensemos que estamos mucho mejor que entonces, algo hemos cambiado, pero visto la reacción de muchas instituciones y ciudadanos cuando casos de acoso sexual, todavía queda mucho camino, pero estamos caminando ya. que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Wang Chao

Entrevista al cineasta Wang Chao, con motivo de la retrospectiva, en el marco del Asian Film Festival Barcelona, en Casa Asia en Barcelona, el martes 31 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Wang Chao, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Josep Casaus de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Dolores Fonzi

Entrevista a Dolores Fonzi, actriz y directora de la película «Blondi» en la terraza del Hotel Catalonia Barcelona 505 en Barcelona, el jueves 4 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dolores Fonzi, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blondi, de Dolores Fonzi

MAMÁ ES MI AMIGA. 

“Creo que es muy importante que cada madre encuentre su propio camino”.

Solange Knowles

Blondie tiene más de cuarenta tacos, que mencionaba Sabina, no es una madre convencional, ella es ella misma, con sus cosas y consecuencias. Si la miras de lejos parece una adolescente más, una joven con ganas de vivir el momento e irse de fiesta con sus colegas, dejándose llevar por la vida, por cada día, y sobre todo, sin mirar a ese futuro que tanto miedo meten con él. Blondi vive de forma diferente, hace encuestas, vive con su hijo Mirko veinteañero, que sueña con ser dibujante,  se ve con su madre, Pepa, viuda, pero de aquí y ahora, y mantiene una relación de amor-odio con su hermana, la “perfecta” Martina, casada y con dos hijos pequeños, pero tan infeliz como cualquiera. Blondi vive al día, sale de fiesta con su hijo y sus colegas, es una más, una “colega” más, una confidente de su hijo con el que fuma porros y habla de forma abierta y libre. Eso sí, nunca ha sido una mala madre, siempre ha estado ahí, desde que se quedó embarazada a los 15. Blondi es una madre diferente, alejada de la “normalidad”, o eso que nos han vendido que es “normal”. 

De Dolores Fonzi (Buenos Aires, Argentina, 1978), ya conocíamos de sobras su faceta como actriz en la que lleva dedicada más de 25 años en películas de cineastas tan importantes como Luis Ortega, Damián Szifrón, Fabián Bielinsky, Cesc Gay, Claudia Llosa y Santiago Mitre, entre otros. Ha sido con este último, coproductor de la cinta, con el que ha debutado en el largometraje como directora que también protagoniza, con Blondi, coescrita junto la también actriz Laura Paredes, importante intérprete que conocemos por sus trabajos con el citado Mitre y los “pampero”, entre otros,  en un relato que se mueve entre un modo desenfadado, libre y cómico, nos adentramos en el microcosmos de la citada protagoniza, con un tono ligero, directo y transparente, se adentra en conflictos que no se habían tratado en el cine, porque padres diferentes ya habíamos conocido unos cuántos, pero madres, no. Por eso, la primera película actúa de llenar un vacío, retratar a este tipo de mujeres y madres, personas que no actúan según los malditos cánones establecidos, y no por eso no son buenas madres, que lo son. Hay tantas cosas que cambiar para alejarnos de tantos modelos impuestos que sólo sirven para autocensurarse y en la mayoría de los casos, señalarnos y estigmatizar por no seguir los caminos marcados y desviarnos según lo que sentimos y según lo que deseamos. La película nos hace reír, por su gamberrismo y sorpresa constante, pero también, nos conmueve porque la cinta también habla del final de un camino, un instante que tanto madre e hijo deberán aceptar para seguir viviendo. 

La ligereza y la intimidad de sus imágenes que firma el cinematógrafo Javier Juliá, con más de 30 títulos, con nombres como los de Tristán Bauer, y los mencionados Szifrón y Mitre, construyendo una obra intimista, doméstica y con muchos interiores, donde la cámara se desliza entre los intérpretes, mostrando sin juzgar. El montaje de Susana Leunda y Andrés Pepe Estrada juega en la misma latitud, donde prevalece el ritmo y la libertad de contar y construir en una película agitada, muy física y nada complaciente en sus intensos 88 minutos de metraje. Mención aparte tiene la labor musical de la película, porque contiene 6 cortes inolvidables de la Velvet Underground, entre los que destacan “Sunday Morning” y “Run Run Run”, amén de temas como “Hice todo mal”, de Las ligas menores, y algunas más, que contribuyen, junto a la composición original de Pedro Osuna, que tiene en su haber el trabajo que hizo para Argentina, 1985 (2022), de Mitre. Un gran reparto que tiene a Carla Peterson como Martina, la hermana competidora con su momento “particular”, la gran Rita Cortese, con medio centenar de filmes, es Pepa, una madre tan y tan diferente, siguiendo el no modelo familiar que retrata la película, y Toto Rovito es Mirko, el hijo-amigo, que vimos en la reciente La sociedad de la nieve, y por último, el fantástico Leonardo Sbaraglia, todo un marido, tan y tan… pelmazo, o pelotudo, como dicen por acá. 

Hemos dejado para el final la interpretación de Dolores Fonzi, porque lo hace tan bien, es decir, transmite con tanta genialidad que nos convence desde esa primera secuencia, tan loca, tan diferente, tan domingo por la mañana, y sobre todo, tan ella, una mujer tan alejada de los convencionalismos, tan inesperada como tan auténtica, viviendo su vida, su realidad, y tan de verdad que, es imposible, no sentir que todo lo que hace es por el bien de los demás. Quizás, es el personaje más de verdad, el que más amiga es de los demás, siempre de cara, y sin juzgar a los demás. Un personaje brutal por su sinceridad y complejidad, con una composición tan magnífica como la de Paulina que hizo en La patota (2015), de Mitre. Dejense llevar por lo que propone una película como Blondi, de Fonzi, porque se darán cuenta de toda esa “verdad” de mentira que rige sus vidas y sus decisiones, porque Blondi vive de forma tan diferente, tan alejada a todo eso, siguiendo su propio camino, con sus errores y meteduras de pata, y qué más dará, cuando se vive como uno desea, como uno quiere, y eso que parece tan sencillo, no lo puede decir la mayoría de la gente, más interesada en seguir el camino marcado que el suyo propio, olvidando la persona que quiere ser, y ser la madre que siente, porque lo establecido está para cuestionarlo constantemente de manera que no te impida ser la persona que quieres ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Michel Franco

Entrevista a Michel Franco, director de la película «Memory», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 14 de junio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Michel Franco, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memory, de Michel Franco

NÁUFRAGOS SIN ISLA.  

“La cualidad del amor no depende de la persona amada, sino de nuestro estado interior”. 

Frase de “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera

En Cerrar los ojos, de Víctor Erice, había una interesante y profunda reflexión: “No sólo somos memoria, también somos emociones”. La misma reflexión se puede adoptar para Sylvia y Saul, el par de personajes que protagonizan la octava película de Michel Franco (Ciudad de México, 1979). Dos almas de New York , dos seres que arrastran sus respectivos problemas: ella quiere olvidar un pasado en el que fue alcohólica, y seguir viviendo con su hija pequeña y trabajando en una residencia. Él, que sufre demencia, lo olvida todo. Una quiere olvidar y el otro, se esfuerza por recordar. El director mexicano vuelve a enfrentarse a sus dos elementos característicos en su filmografía. Las enfermedades mentales y los conflictos familiares, siempre contados bajo un prisma de una cotidianidad muy transparente, alejándose del sentimentalismo y situando a los espectadores en esa posición de testigo privilegiado, eso sí, instado a observar y sobre todo, reflexionar sobre las actitudes y posiciones que van asumiendo los diferentes personajes. 

De los ocho títulos con Memory, ya son tres rodados en inglés con intérpretes de allá, después de las dos cintas protagonizadas por Tim Roth, Chronic (2015) y Sundown (2021), la anterior a esta, se envuelve con una extraordinaria pareja como Jessica Chastain y Peter Sarsgaard en los papeles protagonistas. El relato, tan sencillo como natural, indaga en lo más íntimo y lo transparente de los días que se van acumulando en uno de esos barrios industriales de la gran ciudad, tan alejados del turismo y de ciertas películas tan prefabricadas, aquí no hay nada de eso, todo en el cine de Franco está construido a través de los personajes, a partir de su dolor, su oscuro pasado y ese presente dificultoso, un presente confuso en el que todavía hay que seguir luchando cada día, y aportando ese plus en las relaciones que se van generando entre los diferentes individuos. La relación de esta película, muy peculiar en su origen, como suele pasar en las películas del mexicano, encuentra o quizás (des) encuentra a dos personajes que parecen haberse llamado a gritos sin saberlo, dos almas que arrastran demasiado peso de atrás, dos almas que pertenecen a ese ámbito oculto e invisible del que nadie quiere oír hablar, y Franco lo hace visible y no sólo eso, lo hace cercano y natural, y nos obliga a estar presentes.

Hablar del dolor, de la tristeza, de la depresión, de las enfermedades mentales y hacerlo de la forma que lo hace Memory tiene un mérito enorme, porque lo acerca tanto que asusta de cómo lo explica y lo expone, involucrando a cada uno de los espectadores, siendo uno más, donde la luz apagada y doméstica ayuda muchísimo. Un gran trabajo de cinematografía del francés Yves Cape, con más de tres décadas de carrera, al lado de grandes nombres como los de Dumont, Carax, Kahn, Berliner, Denis y Bonello, entre otros, en la quinta película con Franco, una unión que da unos frutos fantásticos, como la aportación en la edición del mexicano Óscar Figueroa con más de 100 títulos a sus espaldas, con directores de la talla de Alejandro Gamboa y Felipe Cazals, en el cuarto trabajo junto al cineasta mexicano, con él que vuelve a coeditar, en un sobrio y pausado montaje que consigue que la película se vea con interés y nada reiterativa en sus 103 minutos de metraje. La imagen y el montaje resultan cruciales en el cine de Franco, porque sus historias se desarrollan en pocos elementos y espacios, donde todo se posa en una verdad muy íntima, en una verdad que traspasa la pantalla, en que las emociones son muy tangibles. 

La mano de Franco con sus intérpretes se ve en cada detalle, en cada mirada y en cada gesto, tanto en cuando están en silencio como cuando hablan, desde muy adentro, sin nada de gesticulación, a partir de un estado emocional en que sus personajes deambulan como náufragos sin isla, como zombies sin muerte, como faros sin mar. Una magnífica pareja como Chastain y Sarsgaard dando vida a dos almas mutiladas, quitándose todo el oropel y neón de Hollywood y actuando y sobre todo, sintiendo cada una de sus composiciones, que no resultan nada sencillas. Dos retos mayúsculos: meterse en las existencias de dos almas en vilo, con sus problemas del pasado y del presente. Una olvidándose del alcohol que tanto daño ha hecho en su vida, y su familia, que tanto daño le ha provocado. Uno con su demencia, con sus olvidos y con su vuelta a empezar. Y van y se encuentran. Y encima se gustan y a pesar de tanta tara y obstáculo, hay están los dos, a pesar de todo, a pesar de todos. Hacía tiempo que no veíamos a dos seres con tantos problemas y que se encuentran y viven lo que viven. No podemos decir que es la película más humana de Franco, porque todas lo son y mucho, pero que tiene ese aroma de verdad y sobre todo, de amor, porque el amor, si existe, siempre aparece en las personas más insospechadas y en los lugares más oscuros y en las almas más tristes, quizás sea una ayuda para seguir sobreviviendo, o quizás, no, quizás el amor siempre está ahí, pero muchas veces, nuestras decisiones no hacen más que alejarlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ex maridos, de Noah Pritzker

HOMBRES EN CRISIS. 

“Un judío cuyos padres siguen vivos es un niño de 15 años y lo seguirá siendo hasta que se mueran (…)”

Philip Roth

Los amantes del cine recordarán Maridos (1970), de John Cassavetes, en la que tres amigos, después del entierro de un cuarto amigo, deambulaban, tanto por New York como London, perdiéndose entre sus recuerdos, sus borracheras y sus crisis particulares. Ex Maridos recoge mucho de aquella, con esa fantástica primera secuencia en el cine con Peter y su padre octogenario, con el cartel de La muerte de Louis XIV, de Serra en la entrada. Desde su forma de plantear las crisis de tres individuos, empezando por un padre, Peter que, después de 25 años, su mujer le pide el divorcio, después que su padre de 85 le ha comunicado que se separa de su madre después de 65 años. Aunque las desgracias de los Pearce no acaban ahí, porque Nick, el hijo mayor de Peter, anula su boda, y el pequeño, Mickey, tampoco encuentra un poco de amor en su vida. La película también tiene dos lugares igual que la de Cassavetes, el mencionado New York, y México, más concretamente en Tulum, uno de esos sitios que los urbanitas de la gran ciudad llenan en busca de sol, diversión y olvidar sus problemas. 

El director Noah Pritzker, que también firma el guion, debutó con Quitters (2015), otra de conflictos de adolescente hijo con su padre, sube la edad de sus personajes, y sitúa en el centro a Peter y su crisis, también dentista como el personaje de Cassavetes, y asistiendo a su desmoronamiento particular, un tipo que podría ser uno de esos amigos de Woody Allen en las películas setenteras y ochenteras del director judío, o incluso, él mismo. Peter no se deja caer y sigue remando aunque no le apetezca en absoluto, y decide tomarse un finde en Tulum, en que coincidirá con sus hijos y los colegas de éstos, ya que tanto uno como otro no han podido cancelarlo. No he visto la primera película de Pritzker, pero en ésta demuestra su buen hacer para construir una película con un tono cercano y sensible que va de la comedia al drama con talento y sin artificios de ningún tipo, como también sabe hacer otro Noah como Baumbach, donde la naturalidad y la transparencia se imponen en una historia que habla de cosas muy profundas y complejas pero sin recurrir a piruetas narrativas ni nada que se le parezca. Aquí todo está mostrado desde la cotidianidad, desde el alma atribulada de los personajes, desde sus miedos e inseguridades, mostrándose tal y como son, unos tipos que podríamos ser nosotros mismos, en una constante reflejo de espejos donde todo nos toca y de qué manera. 

La íntima y sensible cinematografía de Alfonso Herrera Salceda, del que vimos A Stormy Night (2020), de David Moragas, ayuda a ver y vernos en la pantalla, a acompañar a los Pearce en sus avatares y soledades, tan perdidos como podríamos estar nosotros mismos, en su New York, tan urbano, tan grande y tan triste, y en Tulum, esa especie de espejismo donde disfrutar y olvidar emociones, aunque eso sea una quimera como si los problemas desaparecieran sólo con viajar. Los personajes cambian de escenario, de actitud y conocen a otros y otras, aunque todo sigue ahí y les esperará de lleno a su vuelta a la ciudad mercantilizada. El montaje de Michael Taylor, del que por aquí se han visto películas como Skin y The Farewell, entre otras, con sus reposados 98 minutos de metraje que pasan casi sin darnos cuenta, construyendo un relato tranquilo y pausado, pero lleno de altibajos emocionales, tan sutiles y cercanos, que llenan la pantalla sin hacer ruido, mostrando y dejando que los espectadores seamos testigos y los más críticos los juzguen, eso sí, teniendo en cuenta que esos personajes están muy cerca de nosotros, quizás demasiado. 

Un gran reparto encabezado por un fantástico Griffin Dunne como Peter, el papá de todos, el inolvidable protagonista de Jo, ¡qué noche! (After Hours, 1985), de Scorsese, que se separa de Rosanna Arquette, su partenaire en aquella película, después de casi 35 años, otro guiño al cine, como si aquella pareja de entonces se casase y en la película de Pritzker ella decide separarse. Su Peter es un tipo simpático, agradable, cercano, y sobre todo, un tipo que se ríe mucho de su sombra, alguien que, a pesar de su situación, sigue en su quijotesca aventura de juntar a los Pierce, eso sí, sin saber todos los mejunjes que se ocultan entre los suyos. Le acompañan James Norton como Nick, al que hemos visto en series como Grantchester, Guerra y Paz y El escándalo de Christine Keeler, y en estupendas películas como Cerca de ti, Miles Heizer es Mickey, el hijo que más centrado parece en algunas cosas, pero en otras está tan perdido como los otros Pearce, y la maravillosa presencia de Richard Benjamin, como padre de Peter, que como actor lo hemos visto con el citado Woody Allen, Mike Nichols y Herbert Ross, entre otros, y como director en comedias muy populares como Esta casa es una ruina y Sirenas, entre otras. 

No dejen pasar una película como Ex maridos, y recuerden el nombre de su director y guionista, Noah Pritzker, porque menuda película se ha sacado, una historia que tiene de todo y para todos, con un tono y una forma que ya lo quisieran muchos que van de modernos, recogiendo toda esa tradición del cine de comedia seria del Hollywood clásico. Ex maridos es una película que les encantará, y además, si les gusta el cine de verdad, el que explica y nos explica, les sorprenderá gratamente. y encima, porque volverán a creer en el cine independiente americano que tanto placer trajó allá por los noventa, sí, me refiero aquel que hablaba de personas a los cuáles les sucedían cosas que no estaban tan lejanas como las que nos pasaban por aquí, y lo construían desde el alma, desde la sencillez y sobre todo, desde lo íntimo, alejándose de esos productos tan prefabricados en los que se ha convertido ese otro cine de Hollywood, ya mercantilizado por las multinacionales y convertido en otro objeto de superficialidad y vacío para entretener, y ya está, como si para entretener hubiese que ser vacuo, y sin meterse con nada ni con nadie, lo dicho, un cine para todos, y no un cine de verdad, que se haga preguntas y sobre todo, cuestione muchas cosas tan establecidas como el amor, las relaciones y los sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El mal no existe, de Ryûsuke Hamaguchi

LO BELLO Y LO OSCURO. 

“Cuando actuamos sin prisas y con prudencia, nos damos cuenta de que sólo lo grande y valioso posee existencia permanente y absoluta y de que las cuitas y placeres vanos no son sino sombra de la realidad”.

Frase de la novela «Walden», de Henry David Thoreau

Temas como la soledad, la incomunicación y el dolor ocasionado por la pérdida son elementos esenciales en Happy Hour (2015), Asako I & II (2018), La ruleta de la fortuna y fantasía (2023) y Drive My Car (2013), las tres películas que he visto de Ryûsuke Hamaguchi (Kawasaki, Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), donde el tiempo y el encuadre resultan de una magnetización absoluta entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, en una simbiosis perfecta entre los personajes, tan solitarios y perdidos, como todos y todas, y entre el espectador, donde se genera un tercer espacio, aquel en que vas reconstruyendo el pasado inmediato de estos individuos, y reflexionando sobre unas existencias anodinas, vacías y ancladas en una especie de limbo que les impide avanzar y les deja en vía muerta, en ese tiempo y emociones del pasado. 

En El mal no existe, el cineasta japonés sigue explorando todas sus obsesiones, con ese hipnótico arranque: una panorámica que muy lentamente va capturando un reguero de árboles tomados desde abajo, acompañados por la sensible y susurrada música de Eiko Ishibashi, en un maravilloso plano en el que conjuga los dos elementos que prevalecen en la historia que estamos a punto de ver: la naturaleza y la belleza, eso sí, tanto una como otra, ocultan sus negruras, su inquietud y su maldad. Hamaguchi trocea en dos partes bien diferenciadas su película. En la primera, parece que estemos en una película social, la de los de la ciudad que llegan al pueblo, cercano de Tokyo, con la intención de construir un resort para turistas, cosa que molesta a los del lugar, un remanso de paz rodeado de montañas y nieve, porque estamos en invierno, y los aturde por los conflictos que generarán los residuos en el agua pura de la que viven todos y todas. En la segunda mitad, el relato vira hacia lo abstracto, pero no en un sentido frontal, sino en una película donde impera lo invisible, lo oculto, y sobre todo, lo fantástico, donde el terror más puro se va adueñando de la historia, no con toques efectistas ni estridencias a golpe de sonido, sino todo lo contrario, a partir de una sutileza que conmueve, en ese espacio donde habitan nuestros monstruos, a partir de la ausencia, de la convulsión que se instala en el pueblo donde una pérdida va llenando de inquietud y angustia el lugar y sus habitantes. 

La maestría de Hamaguchi está fuera de toda duda, porque nos sabe atrapar con lo mínimo, llevándonos a un terreno donde impera lo extraño y sobre todo, lo enigmático, donde la película juega con nuestra imaginación, porque no sabemos muy bien lo que pasa y mucho menos, los porqués, vamos, como la vida misma, en un proceso parecido al cine de Haneke, en que la espera de que pasará o no, resulta poderosa. En la película se adueña una alucinante atmósfera que conjuga la cotidianidad y la repetición: Takumi, el protagonista y conocedor de bosques y animales, el hombre-sabio y tranquilo del lugar, cortando troncos, recogiendo a su hija Hana del colegio, y acudiendo a comer la sopa especial al pequeño restaurante de sus amigos. Un personaje silencioso que actúa como hilo conductor y base desde donde la narración empieza y termina, es decir, con su mirada vamos conociendo el pueblo, sus montañas y sus animales, y todos los códigos, visibles e invisibles que existen en ese espacio natural y oscuro. Podemos mirar El mal no existe como una forma de análisis sobre la condición humana, sobre todo aquello oculto que nos define ante los demás y ante los hechos que se producen, sobre nuestro cuestionamiento moral y sobre nuestra verdadera naturaleza. 

En ese sentido, la parte técnica potencia todos los enigmas que sobrevuelan en la historia, donde el cineasta nipón vuelve a contar con sus colaboradores más estrechos como el mencionado músico, una banda sonora llena de sutilezas y detalles, donde la sensibilidad acompaña y cuenta, sin ser obsesiva ni juzgante, al igual que la cinematografía de Yoshio Kitagawa, con esa naturalidad y cercanía del primer tramo, y luego, a partir de leves variaciones componiendo una atmósfera más abstracta, extraña e inquietante, como el montaje de Azusa Yamazaki que, en sus intensos y pausados 106 minutos, nos van envolviendo en ese aura que se mueve de puntillas entre la fascinación de la naturaleza y la condición humana oscura que la habita, y el elaborado y magnífico trabajo de sonido de Izumi Matsuno, porque tan importante es lo que vemos como aquello que se nos oculta. Con el reparto, Hamaguchi vuelve a acertar de pleno, reclutando unos intérpretes como Hitoshi Omika, que estuvo en el equipo de producción en La ruleta de la fortuna y la fantasía, y ahora encarna de forma magistral y sobria al poderoso Takumi el hombre del lugar, de la naturaleza y del silencio, Ryo Nishikawa es la pequeña Hana, Ryuji Kosaka es Takahashi y Ayaka Yibuti es Mayuzumi son los de la ciudad, y ella era una de las actrices que componían el reparto de Happy Hour, como Hazuki Kikuchi, que también estaba en la citada película, ahora como cocinera del restaurante. 

No se acerquen a ver una película como El mal no existe esperando una catarsis o algo parecido, aquí no hay nada de eso, y no lo hay, porque si conocen alguna película de Ryûsuke Hamaguchi, sabrán que su mirada a los sentimientos y los avatares vitales de sus personajes, y por ende de la existencia, carecen de esos momentos catárticos, y por el contrario, todo se envuelve en una cotidianidad a veces demasiado normalizada, otras, más extrañas, y la mayoría, sin calificar, es decir, que las experimentamos sin saber nada de lo que ocurre y sus porqués, porque como nos viene a decir, o quizás, a reflexionar el director japonés, la existencia está llena de tantos enigmas, quizás, nuestras propias existencias son enigmas demasiado profundos y complejos y no tenemos la capacidad de poder entenderlos aunque sea un poco, y en eso, reside la intimidad y la grandeza de nuestras vidas, o nuestras sombras que, en ocasiones, pueden parecer lo más naturales posibles, y otras, se convierten en una oscuridad e inquietud imposibles de descifrar y mucho menos manejar, tal y como sucede en las imágenes magnetizantes y maravillosas de la película, donde la belleza y la oscuridad se dan la mano y nos transporta a otros mundos, esos universos que nunca están fuera, sino en nuestro interior, aquello que nos inquieta tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Javier Espada

Entrevista a Javier Espada, director de la película «Buñuel, un cineasta surrealista», en la terraza del Hotel Barcelona Universal en Barcelona, el sábado 29 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Espada, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

May December (Secretos de un escándalo), de Todd Haynes

EL ESPEJO Y SU REFLEJO.  

“¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca”.

La doctora a su paciente/actriz en Persona, de Ingmar Bergman

El cine tiene una capacidad enorme para acercarse a unos hechos y ficcionarlos. Así mismo, esa misma capacidad se ve aprisionado en las limitaciones de la propia ficción, es decir, nunca tendremos la seguridad que los hechos ocurridos sean conocidos y explorados con las herramientas apropiadas, o dicho de otra manera, los hechos son de propio motu una ficción que se convertirá en otra ficción y así sucesivamente. Deberemos aceptar que los hechos llamados “reales” son y serán una ficción al conocerlos, nunca tendremos la certeza de saber la “realidad” de los hechos mencionados, eso sí, podemos fabular a partir de todos los intermedios, sumergirnos en los espacios que hay entre la supuesta realidad y la propia ficción. 

No es la primera vez que Todd Haynes (Los Ángeles, California, EE.UU., 1961), ha escogido unos hechos “reales” para convertirlos en una película, ya lo hizo, por ejemplo, en la fascinante I’m Not There (2007), sobre la vida del músico Bob Dylan, que dividía en varios intérpretes que escenificaban varios momentos de la vida del artista, cambiándolo de sexo y color. En Aguas oscuras (2019), retrataba de forma más convencional, aunque no evidente, la pericia de un abogado enfrentado a grandes corporaciones. Con May December (término que designa una relación entre alguien más joven y alguien mucho mayor), en su título original, Secretos de un escándalo (según el distribuidor, citado por Esteve Riambau), vuelve a enfrentarse a un hecho “real”, el que protagonizaron una mujer de 34 enamorada de un niño de 13 años, ocurrido a finales de los noventa. El cineasta, a partir de un guion de Samy Burch, traslada la acción veinte años más tarde, cuando la pareja vive en un pequeño pueblo de Savannah (Georgia), con sus dos hijos están a punto de graduarse para ir a la universidad. Una acción que arranca con la llegada de una actriz que quiere investigar sus vidas porque interpretará a la mujer en una película. 

Gracie Atherton-Yu es la mujer, y su marido Joe Yoo, se ven expuestos a las cuestiones de la actriz Elizabeth Berry. Haynes plantea un juego fascinante de espejos y reflejos, en los que la citada Persona, de Bergman, se convierte en ese espejo donde realidad y ficción se mezclan, incluso se fusionan, creando un espacio límbico donde nada ni nadie es ni actúa como tal, porque todo lo acontecido, el pasado que vuelve al presente, y el propio presente, se convierte en centro de cuestionamiento, de dudas, de inseguridades y miedos, en que la supuesta realidad o quizás, es mejor decir, la ficción que vamos construyendo de esos hechos pasados y el relato que inventamos en el presente, en todo lo que contamos a los demás, y todo aquello, sobre todo aquello, que no contamos, que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. La película se instale casi en una trama de género, como si estuviéramos en un thriller de investigación, donde los roles de cazador y presa se van diluyendo y cambiando constantemente, donde la realidad parece una ficción y la ficción es una actitud ante tanto espacio oscuro y sobre todo, ambiguo. La ambigüedad, posición que domina Haynes,donde la moral es una forma de ser sin ser, de estar sin estar, de ir y no ir, de quedarse en una posición que parece y no es. Una ambigüedad que ya estaba en grandes obras del cineasta californiano como las recordados Lejos del cielo (2002), donde homenajea al gran Douglas Sirk, la miniserie Mildred Pierce (2011), y Carol (2015), grandes retratos sobre mujeres, sobre las cárceles sociales y sobre las prisiones personales, las reales y las inventadas. 

El aspecto técnico, siempre riguroso y certero en el cine del realizador estadounidense, donde nada queda al azar, todo está muy pensado y donde la cámara no sólo muestra sino que atraviesa a sus personajes, de forma emocional,  aspectos que conforman una excelente filmografía que abarca ya más de tres décadas. Una forma de haces que se adapta completamente a lo que se está contando, con esa música pausada e incisiva del brasileño Marcelo Zarvos, que ya estuvo en la mencionada Aguas oscuras, y ha trabajado con cineastas de la categoría de Barry Levinson, Bruno Barreto y Tod Williams, entre otros. La estupenda cinematografía de Christopher Blauvelt, habitual del cine de Kelly Reichardt, que reincide en la idea de fantasmagoría, donde los silencios, los gestos y las diferentes capas de los personajes juegan un papel fundamental en esa ambigüedad moral y oscura que planea en cada encuadre. Y finalmente, el exquisito, ágil y rítmico uso del montaje que firma Affonso Gonçalves, editor de 5 títulos con Haynes, que se mueve como pez en el agua por la cotidianidad de lo íntimo y lo colectivo, en esos espejos distorsionantes que estructuran la trama, pasando por el drama y el terror de forma transparente, donde cada gesto y cada mirada está llena de varias lecturas y rodeados de misterio. 

Una película construida a partir de la fabulación de lo que se cuenta, generando un misterio en sí mismo, sobre todo, al espectador, que debe descifrar o quizás, sólo examinar los personajes, como si de un detective amateur se tratase. Sus personajes y sus composiciones son indispensables para crear esa idea de verdad y mentira por la que transita esta May December, por eso, las interpretaciones de su magnífica pareja protagonistas. Ese tour de force entre Julianne Moore, 5 películas con Haynes, y Natalie Portman, no sólo es la clave de lo que se cuenta y cómo se hace, sino que crea esa posición de intimidad, secretos, mentiras, verdades y demás sentimientos y emociones donde el relato se crea, se destruye y se transforma, sin saber nunca si todo lo que se cuenta es verdad o no, tampoco es importante, porque aunque tengamos la capacidad de contar historias, también tenemos la incapacidad de no comprender la “realidad” tan compleja que nos rodea. El curioso y frágil equilibrio que se genera entre ellas dos, lo completa el carismo y la sobriedad del actor Charles Melton, que conocemos de la serie Riverdale, que hace de Joe Yoo. No se pierdan la película de Todd Haynes, uno de los mejores cineastas de la actualidad, porque no sólo sabe construir historias atrayentes y estupendas, sino que lo hace desde la sutileza, la sofisticación, lo conciso y la sobriedad, y desde la complejidad y la ambigüedad de nuestras almas, nuestro entorno y nuestro pasado. Una maravilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA