A estación violenta, de Anxos Fazáns

BELLOS Y MALDITOS.  

La película se abre con la espalda de Claudia. Nos encontramos en una playa al amanecer, Claudia se mueve ensimismada, dejándose llevar por ese momento, que intuimos agradable y feliz. De repente, cuatro amigos entran en el encuadre, al mismo tiempo que la música apacible, deja paso a un guitarreo. El grupo avanza hasta la playa, desvistiéndose y bañándose entre risas y júbilo, alejados de todo, disfrutando de ese instante, que con el tiempo les parecerá imposible, como si perteneciese a un sueño lejano, como si lo hubiese soñado otro. Una apertura con un significado muy especial al desarrollo de la misma, ya que ese momento que acabamos de presenciar nos habla de tiempo, de amistad, de un tiempo pasado, un tiempo que ya jamás volverá, un tiempo al que sus personajes, en cierta manera, han quedado atrapados, absortos en esa melancolía profunda, sin posibilidad de mirar más allá, como si el futuro de sus vidas hubiese quedado detenido en aquel tiempo, en ese instante de la juventud, en ese tiempo fugaz, donde el mañana no existía y todo se movía a ritmo frenético, sin descanso. La cineasta Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992) después de varios trabajos como script, varios cortometrajes, y su trabajo en el equipo de dirección de Las altas presiones (2013) de Ángel Santos, uno de los coguionistas de la película, junto al productor Daniel Froiz, Xacobe Casas, y la propia directora, un relato libremente inspirado en la novela homónima del pontevedrés  Manuel Jabois.

Fazáns nos habla de un reencuentro, o también, podríamos decir de un (des) encuentro entre Manuel, un escritor que ya no escribe, alguien que deambula, como un fantasma, por las calles de su juventud, se mueve por un espacio que ya no reconoce, que le resulta extraño, que ya ha dejado de pertenecer, y se topará con su pasado, con sus amigos de antes, con Claudia, una ex yonqui, y David, su novio y músico. A partir de ese instante, los tres se juntaran, compartir una casa en la playa, y saldrán de fiesta, escucharán música y se moverán juntos, como si fuese un tiempo de recuerdo, un verano para sentir aquello que ya no sienten, un verano de solitud interior, de estados de ánimo tristes, vacíos, anulados, como si aquel tiempo los hubiera consumido para el resto de su vida. Hablarán poco, quizás las palabras ya no salen, o no saben que decirse, porque se les acabaron las ideas, o cualquier cosa que digan les parece de más, o les puede llevar a situaciones incómodas, situaciones para que las que no están preparados, y a recordar momentos a los que no quieren volver, porque el pasado pesa, hace daño, porque ahora, ese tiempo es diferente, oscuro y muy terrible.

Fazáns maneja su película con valentía y aplomo, mueve a sus tres personajes, o lo que queda de ellos, vagando como almas espectrales a la espera de algo o alguien, que saben de antemano que no reencontrarán o se fue para no volver jamás, estructurando esta película sobre el tiempo, sobre lo que fuimos y ya nos seremos, a través de la música, una score de bandas gallegas (incluso la propia directora se pare un tema) en la que escuchamos rock urbano, o el tema de “El huerfanito” (cantada por una increíble Nerea Barros) canción que va como anillo a estos tres huérfanos y náufragos de su propia vida, almas en tránsito a no se sabe a qué limbo o qué dimensión. El trío protagonista encabeza por una inconmensurable Nerea Barros (que ya habíamos tomado medida de su talento como esa mujer rota, sevillana y rural de los setenta que hacía en La isla mínima) se convierte en esa Claudia dolorida, ausente y triste, que se nos muestra cansada y abatida, como buscando un refugio imposible de hallar, en una búsqueda fraudulenta por encontrar algo de paz en su vida, le acompaña Alberto Rolán como Manuel, el viajero sin viaje, el sonámbulo perdido y sin ilusión, el escritor que recuerda que escribía, el vivo-muerto, con ese pelo alborotado, esa barba salvaje y esos polvos de auxilio, y completando el trío tenemos a Xosé Barato, otra alma en pena, otro más, otro que se mueve por inercia, sin apenas ilusión, alejado de lo que fue, de aquel joven que se iba a comer el mundo, aquel joven del que ya no se acuerda nadie, ni él mismo, y la inquietante y oscura presencia del siempre magistral Antonio Durán “Morris” como Dante (una especie de “Madre superiora”, el personaje que interpretaba Peter Mullan en Trainspotting).

El formato 16 mm impone esa intimidad en el interior de los personajes, junto a esa luz rota y dormida, de ese tiempo detenido, sin tiempo y sin vida, obra del cinematógrafo Alberte Branco (autor de la luz de Las altas presiones y Os fenómenos) y su duración, apenas 73 minutos, condensan ese tiempo de espera o de nada, ese tiempo que se va o ya se ha acabado, donde el pasado pesa y daña, el futuro no llegará, y el presente se ha transformado en un día eterno sin más, en una jornada interminable, donde las cosas suceden de forma invisible, casi imperceptible, como si sus vidas, aquellas que antaño estaban llenas de vida, juventud, pero también, de desfase y muchas drogas, como si nada existiera, ni ellos mismos siquiera, hubiese consumido sus almas, las hubiera vaciado, y ahora sólo tienen esos restos del naufragio, restos sin más, cuerpos desnudos y llenos de cicatrices físicas e interiores, que se alimentan de tristeza y dolor, en una marejada ingobernable de recuerdos, de sonrisas tristes, de melancolía, de amigos que se quedaron en el camino, y momentos, sólo momentos amontonados sin capacidad para descifrarlos, para retenerlos de alguna manera, para revivirlos.

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