Hotel Europa, de Danis Tanovic

cartel-hotel-europa-hdEUROPA, AYER, HOY Y SIEMPRE

Nos encontramos en el Hotel Europa (localizado en el Hotel Holiday Inn de Sarajevo inaugurado para las olimpiadas de 1984) el día 28 de junio de 2014. En el hotel reina un estado de ebullición tremendo, se preparan para los fastos del 100º aniversario del asesinato en la ciudad del archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austro-húngaro en manos del nacionalista serbio-bosnio Gavrilo Pincip, que desencadenó la Primera Guerra Mundial. La acción se abre en la azotea, cuando una periodista Vedrana entrevista a expertos en la materia sobre el fatídico suceso y su importancia en la Europa de hoy en día. De ahí, pasaremos a diversos espacios del hotel donde los empleados se debaten entre la huelga y los entresijos oscuros del gerente. De esta manera, tan convulsa y guerrera, se abre el nuevo trabajo de Danis Tanovic (Zenica, Bosnia, 1969) el 7º de su carrera, una andadura que arrancó de manera brutal, cuando en 1992, mientras estudiaba, se vio sorprendido por el estadillo de la guerra de los Balcanes, y se unió a un grupo de filmación que acompañó al ejército bosnio.

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La guerra y sus consecuencias en la cotidianidad del ser humano ha estructurado la filmografía de Tanovic desde su primer largometraje, En Tierra de nadie (2001) en la que planteaba un conflicto entre un soldado bosnio y serbio, y cómo actuaban de forma partidista la ONU y los periodistas, que se llevó los premios internacionales más prestigiosos, incluso participó en la película colectiva sobre el 11 de septiembre, en el 2002, en la que homenajeaba a las víctimas bosnias de Srebenica, hizo un paréntesis en el 2005 con L’enfer, en la que abordaba un drama de abusos en el seno de una familia en un guión escrito por Kieslowski, pero en el 2009, volvía con Tiger, en un conflicto bélico, ahora con dos periodistas y la guerra del Kurdistán, en Cirkus Columbia (2010) y en Baggage, un año después, colocaba el foco en los días del inicio de la guerra, en 1991, con la vuelta de un emigrado y sus éxitos, en la primera, y en la segunda, filmaba la vuelta de alguien después de la guerra. En La mujer del chatarrero (2013), galardonada en Berlín, exploraba la falta de cobertura sanitaria en una familia gitana sin recursos, tema que volvió a profundizar en Tigers (2014), pero esta vez en la India, en la que un hombre alzaba su voz contra un medicamento fraudulento.

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En Hotel Europa, y tomando como referencia la obra de Bernard Henry Lévy, nos habla de una serie de personajes que en cierto modo, se mueven bajo sus intereses personales, unos oportunistas que trabajan para sí mismos. Desde la periodista, Vedrana a la caza del testimonio que ayude a subir su programa, el idealista perdido que representa Gavrilo Princip, descendiente de aquel que asesinó al archiduque en 1914, la responsable de recepción Lamija que, obedece sin plantearse nada más que su éxito personal, se verá envuelta en la huelga cuando su madre, que pertenece a esa generación activista rota por la guerra, es nombrada cabecilla de la huelga, el gerente Omer, hombre de poder sin escrúpulos, que abusa de Lamija, y recurrirá al gánster, dueño del striptease en el sótano del hotel, y sus matones, para impedir la rebelión de unos empleados que llevan meses sin cobrar. Ante este panorama de miseria moral y servidumbre, llega el vip francés, el diplomático que ensaya su discurso de conmemoración que, apenas entiende lo que pasa, ni parece interesarse mucho por su alrededor, una metáfora y ejemplo devastador de la idea que tiene la Europa de Bruselas, la del poder económico, sobre Sarajero, Bosnia, y los Balcanes.

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Tanovic describe la situación política europea, pero no sólo la que vivimos diariamente, sino la de siempre, la de ayer, y si no lo remediamos, la del futuro que vendrá con la ascensión de los fascistas. Su discurso político es contundente y demoledor, no deja títere con cabeza, su cámara sigue, a través de tomas largas y en tiempo real, a sus moribundos e inquietantes personajes por los pasillos del hotel (un estilo con el aroma del Renoir de La regla del juego o el universo de Altman, y sus estupendas disecciones sobre la moral de los individuos) entrando en la recepción, en la cocina, la lavandería, el local de striptease, sumergiéndose en las entrañas de un lugar inquietante y sombrío, que tuvo mejores días, alegoría de esa Europa que aparentemente aboga por la unión y la fraternidad de todos sus pueblos, pero que en el fondo, esconde una realidad siniestra y maquiavélica en la que unos mantienen el poder, y otros obedecen sin rechistar, pagando las terribles consecuencias económicas de los que los pisotean.

Dentro del armario, de Sophia Luvarà

poster_castMENTIR PARA SER ACEPTADO.

“Tu padre entró en el armario cuando tú saliste de él”

El universo cinematográfico del genial Yasujiro Ozu investigó y exploró la difícil convivencia y los conflictos internos que se generan entre padres e hijos, entre la tradición y el respecto al pasado que representan los mayores, en contraposición, con la modernidad y los nuevos valores de los jóvenes. La primera película de Sophia Luvarà (Regio de Calabria, Italia, 1982) camina por los mismos parámetros, colocando el foco en la China actual, ese país en plena expansión económica y tecnológica, que en cambio, sigue arraigada en fuertes tradiciones que siguen manteniéndose del pasado, como ciertos valores familiares en el que casarse y tener hijos se entiende como una forma de respeto hacia los padres. Luvarà se cansó de trabajar en un laboratorio y se marchó a Londres para realizar documentales, sus trabajos cortos los dedicó a la mafia calabresa en The great mafia orange squeeze (2011), y en el mismo año, Road to Fueridis, en la que filmaba a un grupo de mujeres musulmanas y judías en su propósito de hacer una película.

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En Dentro del armario, sigue las vidas de Cherry, una lesbiana casada, pero hostigada por sus padres para que tenga descendencia, por la vía de adopción, que destapa una cruda realidad de la miseria que se oculta (vientres de alquiler, niños robados de hospitales, etc…) y la vida de Andy, homosexual, que acaba de salir del armario, pero su padre le obliga a contraer matrimonio y tener hijos. Luvarà los filma en la intimidad, y desde la cercanía, aquí no hay estridencias ni sensiblería, sino todo lo contrario, la crudeza de las situaciones que viven tanto uno como otro, son tratadas de forma sencilla y honesta, capturando esos instantes de cercanía en sus quehaceres cotidianos, sobre todo, mientras preparan la comida o comen, una tradición en la vida asiática: las citas para preparar el posible matrimonio, las visitas a los padres y todo lo que les separa, y esos momentos en la soledad del piso, en el que explican sus sentimientos y miedos. La cineasta calabresa ha construido una película en primera persona, que nos susurra en la oreja, sobre el colectivo gay y las consecuencias que la condición sexual tiene en China, que no la prohíbe, pero en cierto modo la estigmatiza y la desplaza del orden familiar, porque choca fuertemente contra la tradición de unos padres que no acaban de aceptar la condición natural de sus hijos, unos hijos que, debido al respeto que guardan a sus progenitores, tratan de contentarles, aunque eso signifique un sinfín de problemas, tanto emocionales como físicos.

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Cherry y Andy, sólo son las caras visibles de otros millones, dos existencias que explican sin tapujos ni vericuetos sus vidas, y lo hacen de manera abierta, sin pretender ser lo que no son, ni aparentar otra cosa, en cierta manera, el cine hace aquí un función ejemplar y maravillosa, la película de Luvarà actúa como espejo acogedor y amigo, porque filma y escucha a unas personas que en su cotidianidad y sobre todo, frente a sus padres, deben aparentar lo que no son, aquello que va en contra de su decisión, y sobre todo, de sus vidas, unas vidas que ellos han decidido que sean de una manera, y no como la desean otros, por muy padres que sean, resulta especialmente conmovedor el instante en que Andy dialoga con una madre de un asociación que apoya a los padres e hijos de la comunidad gay, en los que se ayuda a aceptar a los hijos, independientemente de su condición sexual, para así construir nuevos caminos de comprensión y respeto para que la convivencia entre padres e hijos sea sincera y abierta, para que los mayores acepten a sus hijos y los hijos sean aceptados.

Las plantas, de Roberto Doveris

las-plantas-posterLA INVASIÓN DE LOS CUERPOS.

“Todo se detiene, el tiempo se paraliza. Es hora de dormir, es tiempo de soñar. Porque nadie puede estar despierto hoy. Nadie puede ser testigo de lo que va a ocurrir aquí. Nada puede detener lo que está predestinado. La fiesta nacional el sueño ha comenzado. Todos duermen en Buenos Aires, menos nosotras, las plantas nocturnas. Llegué un poco tarde a la fiesta. Así que esto era la fiesta nacional del sueño? Todos duermen. Aviones de guerra. Que hacen acá? Nosotros estamos en medio de todo es y juntos somos únicos, somos únicos…”

Florencia tiene 17 años, acude al instituto y es un amante del anime y del baile que ensaya con un par de amigos. Además, visita a su madre hospitalizada y cuida de su hermano vegetativo. La existencia de la adolescente es cotidiana, aburrida y solitaria, las visitas de sus amigos apenas llenan el vacío de una vida no completa, en la que sus familiares ausentes, por un lado, y una casa con jardín, vacía y casi sin vida, por el otro, no acaban de completar la falta que tiene la vida de Florencia.

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El cineasta Roberto Doveris, natural de Chile, aborda en su primer largometraje, un tiempo de transición, un tiempo de cambios, de descubrimiento, en el que Florencia pasará de ser una niña a coger las riendas de su vida y sobre todo, su cuerpo y sexualidad, afrontando los retos de cuidar de un hermano inerte, y de experimentar con sus deseos más íntimos, como vía de escape de esa existencia en el que las horas parecen pesar y los días se mantienen quietos, parados, como si el tiempo hubiera pasado de largo de su vida. Doveris plantea un relato íntimo y cercano, en el que las acciones repetitivas de sus trayectos al instituto, las horas compartidas con sus amigos, o las salidas con éstos, forman parte de algo que no acaba de hacer sentir a Florencia lo que debería. Doveris filma todos estos momentos desde la distancia, con planos y encuadres no frontales, siempre desde una perspectiva en la que los objetos o la poca luz invaden el espacio, como si fuésemos testigos ausentes de esa vida que ya no avanza, que se ha quedado detenida. Florencia descubrirá en internet, y a través de chat calientes, una forma de ser ella misma, de penetrar en un mundo oculto, donde dejarse llevar por sus deseos íntimos, en el que los jóvenes se masturbaran ante ella, a través de un cristal, sin atreverse a abrir la puerta y tocarse, ir más allá, dejarse llevar por un mundo que le atrae, pero también, le produce inquietud.

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El cineasta chileno nos cuenta su cinta de manera pausada, sin sobresaltos ni estridencias, siguiendo a su criatura, el drama, que lo hay, es sutil y preciso, planteando una película que coquetea con lo social, el género fantástico, a través del universo paralelo que se plantea a través del cómic, una aventura en la que las plantas poseen el cuerpo de los humanos, algo así como ocurría en el clásico de serie B, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), en que la ficción es capaz de producir lo que la realidad no admite, en el que el estatismo de su vida, de su casa y su hermano, adquieren vida y movimiento. Doveris ha construido una película iniciática, con el aroma de Verano del 42  o No amarás, pero con la salvedad que aquí el objeto de deseo no  es una mujer, sino un hombre, aquí es la niña-mujer (magnífica la interpetación de la joven Violeta Castillo, que a través de su mirada, su rostro y su cuerpo se convierten en el motor del relato) que experimenta su sexualidad, a través de esos encuentros en los que muestra su cuerpo y sus partes sexuales, experimentando un mundo a través del juego de la seducción y la pasión, en el que descubrirá un mundo nuevo, un mundo en el que las cosas pueden ser de otra manera, en el que la realidad no cuesta tanto, en el que su entorno parece con otro color, más vivo, más suave, en la que los sentidos adquieren su protagonismo, apartándose de esa realidad gris y oscura, y demasiado triste.


<p><a href=»https://vimeo.com/195323832″>Las Plantas</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmburo»>Film Bur&oacute;</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Regreso a casa, de Zhang Yimou

489857LAS HERIDAS DE LA TIRANÍA.

La cinematografía de Zhang Yimou (1951, Xi’an, China) se dio a conocer internacionalmente en 1988, en el Festival de Berlín, con la película Sorgo rojo, que obtuvo el Oso de Oro. Protagonizada por Gong Li, nos relataba la durísima experiencia de una joven obligada a casarse con un terrateniente en la China rural de los años treinta. La fructífera relación entre ambos dio 5 títulos más: Ju dou (1990), La linterna roja (1991), Qui Ju, una mujer china (1992), ¡Vivir! (1994) y La joya de Shangai (1995), obras de extraordinaria belleza poética, que se caracterizan por desarrollar historias dramáticas, protagonizada por una mujer fuerte y valiente, que se ve inmersa en situaciones hostiles y muy adversas, teniendo todas ellas un marcado carácter político que crítica con dureza al estado opresor. En 1997, el cine de Yimou, rota su colaboración con Gong Li, empieza otra etapa, marcada por Keep Cool, que se centraba en los cambios sociales y económicos de la China contemporánea, le seguirán tres obras (Ni uno menos, El camino a casa y Happy times) protagonizadas por jóvenes adolescentes en las que vuelve a tocar temas ya expuestos en obras anteriores: las complejas relaciones entre los individuos y las dificultades tanto en entornos rurales como urbanos. En el 2002 con Hero, empieza su etapa menos interesante a nivel cinematográfico que, abarcará hasta el 2009, no obstante, todas ellas siguen disfrutando de la extraordinaria capacidad visual de Yimou y su sabiduría en plasmar relatos románticos con fuerza y energía, aunque sus guiones son menos punzantes y más condescendientes, con películas del género “Wu Xia”, de espadachines y caballeros errantes, muy populares en países asiáticos.

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En 2010 con Amor bajo el espino blanco, el cine de Yimou entra en otro campo, en un intento de recuperar el honor perdido, el cine que le hizo ganarse un espacio en el panorama de la cinematografía internacional, que se materializará con la obra Regreso a casa, décimo octavo título en la carrera de Yimou, que además de recuperar a su actriz fetiche, Gong Li (no obstante ya habían trabajado juntos en La maldición de la flor dorada de 2006, pero en un rol y contextos diferentes) en el personaje de una mujer fuerte (como los que protagonizará antaño) que tiene que tirar hacia adelante acarreando con la detención de su marido en plena Revolución Cultural (1966-1976) y criar a su hija, una excelente bailarina que opta a protagonizar una obra que ensalza las virtudes del líder Mao Zedong. Basada en la novela de Yan Geling (adaptada por realizadores chinos de prestigio como Joan Chen y Chen Kaige, y por el propio Yimou en Las flores de la guerra) y contando con el guionista Zou Jinzhi (que ya había colaborado con Yimou en La búsqueda, en la que un hombre emprende un largo viaje para estar cerca de su hijo gravemente enfermo del que lleva años sin saber nada) se adentra en los años de la tiranía de Mao Zedong, en el que todo aquel que se posicionaba en contra de su régimen inhumano era encarcelado y torturado. Yimou nos introduce en un ambiente íntimo a través de la sutileza de las miradas y gestos de sus personajes, que tienen que lidiar con un ambiente muy hostil, en un escenario de apariencias y mentiras, en el que hay que esconderse por miedo a ser delatado por algún camarada político, en unos años de purgas, desaparecidos y sangre.

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El cineasta chino logra recuperar la magia de su cine de antaño, dotando a sus personajes de una complejidad humana, a través de una sencillez conmovedora, además de lograr con enorme talento y sabiduría fundir la cotidianidad de sus criaturas que sobreviven en un contexto histórico terribles, explorando un pasado oscuro de la historia reciente de su país. A pesar de las penurias en las que viven sus personajes, Yimou logra en apenas un par de espacios y alguna que otra localización accidental, componer una obra de gran belleza, consiguiendo envolvernos en esa madeja tanto histórica como cotidiana en la que se mueven el padre, un opositor que debido a su lucha acaba escondiéndose y detenido en campos de trabajo, una mujer, que debido a las largas ausencias y la angustia sufrida acaba perdiendo la cabeza y sufriendo una enfermedad amnésica, y por último, la hija, la joven que olvida sus raíces y delata a su progenitor por miedo a perder la interpretación de su vida, y luego deberá asimilar su pasado familiar y reconciliarse con los suyos.

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Yimou ha vuelto, regresa a su cine, con esa gran dama del cine que es Gong Li, de extraordinaria belleza interpretativa, dotando de sensibilidad a un personaje que ha olvidado, no recuerda, su marido a través de cartas, fotografías y canciones intentará lo imposible,  con este drama de grandísima altura, filmado con sencillez y honestidad, que nos introduce en un tiempo de sombras, terrorífico, en que el estado eliminaba a todo aquel que pensaba diferente. Una obra sobre la voluntad humana, sobre la infinita paciencia, y capacidad inventiva de los seres humanos, y el trabajo emocional diario para reconstruir a alguien a recordar y ser quién era, una película sobre la identidad, la capacidad de los seres humanos por seguir hacia adelante, a pesar de los horrores que hayan sufrido o les haya tocado vivir. Una película excelente, que nos habla sobre la importancia de la memoria tanto histórica de un país como la personal, de cuidar lo que somos, de dónde venimos, y hacía adónde vamos, de reconstruirnos constantemente, y sobre todo, nunca perder la fe en nosotros mismos, independientemente de las situaciones adversas que tengamos que soportar. Yimou se destapa con una historia de extraordinaria humanidad que, encierra entre sus cimientos una de las historias de amor más bonitas y sensibles del cine de los últimos tiempos, a la altura de aquella que padecieron Lara y el Dr. Zhivago en medio del caos, la desesperanza y el terror, en el relato de Yimou, Lu Yanshi y su esposa, Feng Wanyu, deberán volver hacia atrás para seguir en pie y adelante, recuperar lo olvidado para volver a sentirse personas y seguir creyendo en ellos y en el amor que sienten.

Entrevista a Olivier Ducastel

Entrevista a Olivier Ducastel, codirector de «Théo & Hugo, París 05:59». El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de julio de 2016, en la terraza del Instituto Francés de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Olivier Ducastel, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Théo & Hugo, París 05:59, de Olivier Ducastel y Jacques Martineau

THEO_HUGO_CARTEL_70X1001EL NACIMIENTO DEL AMOR.

La película arranca de forma sorprendente, que no dejará a nadie indiferente, nos introducen en la atmósfera de un club gay, en el que varios hombres desnudos intercambian caricias, besos, felaciones y coitos, de forma desenfrenada y lujuriosa, capturados de forma explícita (que recuerda a Shortbus), durante cerca de 20 minutos. No hay diálogos, sólo escuchamos los sonidos propios del placer y el deseo sexual, que se mezclan con una música electrónica ambiente que los acompaña. Las miradas invaden un escenario pintado de tonos rojos y oscuros. En un instante, la cámara se detiene en la atracción que sienten un par de jóvenes que se dejan llevar por el deseo sexual. La séptima película del tándem formado por los directores franceses Olivier Ducastel (1962, Lyon) y Jacques Martineau (1963, Montpellier) se centra en dos hombres que después de conocerse a través del sexo, salen a la calle y empiezan a conocerse. El ambiente irreal del club dejará paso a un tono realista de las calles del París nocturno. La película está contada a tiempo real (en un claro guiño a Rivette, el cineasta del tiempo real por antonomasia, y a la película de Agnès Varda, Cleo de 5 a 7), se abre a las 4:27 y se cerrará 92 minutos después, a las 5:59.

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Un relato que nos descubre un París poco conocido, la zona oriental, nocturna, un paisaje nocturno, con el que nos cruzamos con luces difusas, algún viandante y la tranquilidad de la ciudad dormida, interrumpida por algún sonido, y nuestros dos almas que comienzan a enamorarse, dos jóvenes inquietos que la cámara los sigue por su deambular por la noche. Se desata un conflicto entre ellos (que no desvelaré) y la historia gira hacia otros derroteros, el drama se convierte en thriller social y personal, algo se interpone entre ellos, algo que los acercará y alejará a partes iguales. Ducastel y Martineau construyen una película sobre los primeros instantes del amor, de una historia que desconocemos su destino, si saldrá adelante o no, los directores se centran en los conflictos emocionales de dos personas que una noche se conocen y descubren algo especial, instante en el que deberán plantearse varias situaciones que están sintiendo, emociones contradictorias que surgen en ese momento, enfrentarse a ellos mismos y sobre todo, a la persona que tienen delante, entablar diálogo con sus sentimientos y saber que desean y que van hacer con ello. Una película sobre el amor, sobre la capacidad de los seres humanos para sentir amor, asumir un riesgo que no sabemos hacía donde nos llevará, dejarnos ir o no, dar rienda suelta q lo que sentimos o pararnos, y dar media vuelta, recogiendo el aroma de obras notables como El hombre herido (1983, Patrice Chéreau) o la más reciente, Weekend (2011, Andrew Haigh), películas de contenido homosexual para todos los públicos.

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Además, la película propone un conflicto personal que llega de forma completamente accidental, que retuerce aún más si cabe la situación que se ha generado, proponiendo una película en la que interpela directamente a los espectadores sobre las decisiones morales y personales que deben de tomar los personajes. El gran trabajo interpretativo de la pareja protagonista Geoffrey Couët y François Nambot (reclutados en un casting) consigue transmitir la veracidad y humanidad necesarias para sumergirnos en su amor naciente y el conflicto que los ata. Ducastel y Martineau nos cogen desde el primer instante de su película, y no nos sueltan en ningún momento, saben involucrarnos de manera sencilla y humana, escarbando en nuestro más profundo interior, a través de una mise en scene pulcra y honesta, construida con tomas largas que acompañan a sus protagonistas, sin abandonarlos a lo largo del metraje, en la que nos movemos por ese paisaje nocturno, lleno de dudas, incertidumbres y demás conflictos humanos. Una película viva, emocionante y contemporánea que se sumerge en la naturaleza de las relaciones humanas, cómo nos enfrentamos a ellas, y también, todo aquello desconocido y oculto que nos descubre y revela de nosotros mismos.


<p><a href=»https://vimeo.com/172598292″>THEO &amp; HUGO, PARIS 5:59 TRAILER V.O.S.E</a> from <a href=»https://vimeo.com/surtseyfilms»>Surtsey Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté

Verano_Sangaile_CartelAMÁNDOSE EN LA HIERBA.

Había una vez una joven de 17 años llamada Sangailé que vivía fascinada por los aviones acrobáticos, pero su vértigo le hacía imposible aprender a pilotarlos. Sangailé vive con sus padres una vida acomodada en una casa en medio de un bosque, en una habitación vacía, en una existencia traumática que la ha llevado a una vida de aislamiento y distante con su familia. Un día, conoce a Austé, de su misma edad, pero de personalidad totalmente diferente, Austé es entusiasta y vitalista, vive junto a su madre en un piso alto sin ascensor de un barrio obrero de Vilnius, y tiene la habitación repleta de sus diseños de ropa y decoración. Alanté Kavaïté (1973, Vilnius, Lituania) después de su opera prima rodada en Francia con Écoute le temps (2006), con Émile Dequenne (la Rossetta de los Dardenne, entre otras) en la que nos hablaba de una joven que investiga la muerte de su madre en extrañas circunstancias, y un par de incursiones como guionista de Lucile Hadzihalilovic (en Tropique, del 2010, y en Évolution, del 2014) vuelve a centrarse en la figura de una joven que, en este caso, se encuentra en pleno tránsito de abandonar la infancia y convertirse en adulta, con todas las decisiones que conlleva ese proceso. Sangailé no hace nada, vive rodeada de miedos y frustraciones, no sabe qué camino elegir, y va dando tumbos y mostrándose aislada ante las personas que la quieren. Frente a ella, y en un maravilloso contrapunto en la película, nos encontramos a Austé, de orígenes humildes que, además de prepararse para ingresar en la escuela de diseño, trabaja en una cafetería en verano, y su personalidad arrolladora y soñadora se convierten en la persona que removerá a la perdida Sangailé para conocerse a sí misma y de esta manera, encarar sus miedos y complejos.

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Kavaïté ha construido un bellísimo relato ambientado en verano, con una luz preciosa que baña suavemente los paisajes, la luz brillante de esos días de veraneo, con el agua cristalina del mar, y los atardeceres que nos atrapan el alma, y esas noches silenciosas o a la luz de un fuego con amigos. Días de verano, días para conocer a alguien que nos despierte lo que ocultamos, o nos atrevemos a sacar, entre risas, miradas y confidencias Sangailé y Austé se enamoran, se besan, hacen el amor, observamos sus cuerpos retozando en la hierba, impregnándose de esa naturaleza salvaje y libre, o en la intimidad de la habitación de Austé (abarrotada de sus diseños a cual más estrambótico y rompedor, pero sobre todo, viscerales, nacidos desde el interior de un alma inquieta, observadora y vital). Dos almas jóvenes, dos cuerpos al sol, acariciándose, disfrutando del sexo de forma natural, sensual, que las invade y atrapa. Una historia mínima en la que seguimos la respiración, el roce de los cuerpos, el deseo sexual, y los deseos y dudas, contradicciones y miedos de dos mujeres jóvenes que despiertan a un amor sincero y puro.

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Kavaïté que, acompaña su película de un grandioso trabajo de sonido, en el que nos invade una sonoridad que recorre de forma hipnótica nuestros sentidos, junto a  la radiante y acogedora música de JeanBenoît Dunckel (autor de los score de las películas de Sofia Coppola) edifica una película muy íntima, minimalista, de deseo y carnalidad, que nos sobrecoge desde su sencillez, pero de una energía desbordante y arrolladora, con esos momentos mágicos, llenos de una poesía abrumadora, que nos arrastran hasta ese mundo de la iniciación de la juventud donde todavía todo es posible, (instantes que nos recuerdan a la forma y tratamiento de la naturaleza que impregnaba Peter Weir en la maravillosa Picnic en Hanging Rock), tiempo de verano, de amigos, de amores en la hierba, descubriéndonos a nosotros mismos, a través de los ojos de otros, superando lo que nos atenaza y nos detiene, en el que sólo nosotros somos capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas, y posiblemente, las personas que tenemos a nuestro lado pueden hacer mucho más por nuestras vidas de lo que imaginamos, si somos capaces de abrirnos a ellas y escucharlas.


<p><a href=»https://vimeo.com/171896009″>El verano de Sangailė Tr&aacute;iler VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

La Orilla (Beira-Mar), de Filipe Matzembacher y Marcio Reolon

BM-Cartaz-A3-BR-2015BENTRE NOSOTROS.

Dos amigos de la infancia Martín y Tomaz, emprenden un viaje hacía una localidad costera cercana durante el invierno. Allí, Martin tiene el encargo de su padre de visitar a sus parientes paternos para pedirles un documento. Filipe Matzembacher (1988) y Marcio Reolon (1984) son dos cineastas nacidos en Porto Alegre, Rio Grande do Sul, en Brasil (zona ubicada en el extremo sur de Brasil, en el que el clima es frío y la gente más reservada, muy alejada del estereotipo que tenemos de Brasil), y desde que se conocieron en la universidad, mientras estudiaban cine, trabajan juntos en una aventura común, que les ha llevado a infinidad de festivales con sus cortometrajes, trabajos en los que se han detenido en los problemes propios de sugeneración: la amistad, hacerse mayores y la sexualidad. Temas que también forman parte del núcleo narrativo de su primera película.

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Un relato que filma a dos jóvenes durante 48 horas, un par de días, en los que experimentaran diversos conlictos y experiencias emocionales. Los directores han optado por desarrollar una película minimalista, sencilla y profundamente poética, en la que seguimos, a  estas almas perdidas que vagan sin rumbo por la noche, apurando un cigarro, muertos de frío, sin saber muy bien qué hacer, también tienen tiempo para divertirse con amigos, y se pierden a solas en sus pensamientos y en sus cosas. Una película que explora varios niveles de narración, por un lado, tenemos a Martin, que se encuentra con el rechazo familiar, unas personas que apenas recuerda, y se muestran muy hostiles con su presencia, y lo que representa, ese padre ausente, que rehuye enfrentarse a su família, y envia a su hijo. Por el otro lado, Tomaz, que lentamente iremos descubriendo, y conoceremos los sentimientos ocultos que experimenta hacía Martin.

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La cinta, de manera sutil y tranquila, registra ese último viaje de la infancia a la edad adulta, el preciso instante en que dejamos de ser niños para convertirnos en adultos, en la responsabilidad de tomar decisiones, enfrentándonos a los demás, y sobre todo, a nosotros mismos, a preguntarnos por nuestras necesidades y deseos personales, a conocernos y relacionarnos con nuestro entorno y con las personas que lo componen. La película de Matzembacher y Reolon está contada a través de los silencios y el rumor de ese mar que no deja de zumbar, y que siempre tenemos presente, pero que apenas se deja ver, que actúa, al igual que el frío que azota el pasiaje, como refeljo de los sentimientos que inundan el interior de los personajes. Los cineastas se detienen en los tiempos muertos, en esos momentos en que estamos con nosotros, sin nadie más, en esos instantes en que aprendemos a aceptarnos y a descubrir lo que sentimos realmente. A medida que avanza la película, los personajes, distantes al principio, se irán mostrando más cercanos, y mostrando lo que sienten, a medida que van surgiendo los acontecimientos, irán descubriendo que tienen más en común lo que un primer momento creían.

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Una hermosa y cuidada película, contada con suma delicadeza y sensibiliadad, que oculta una hermosa historia de amor, que se erige como una obra que captura de forma brillante y elegante, los momentos íntimos de cada uno de los personajes, a través de una forma basada en la mirada de cada uno de ellos, mostrando los diferentes puntos de vista de los dos protagonistas que nos guían por esta fábula sobre el descubrimiento, el amor y el sexo, que tiene muchos elementos comunes con el cine de Robert Mulligan, y su Verano del 42, el cineasta estadounidense que también su po retratar ese tránsito que se produce cuando empezamos a darnos cuenta que las cosas no son como las veíamos hasta ahora, porque nosotros hemos cambiado y ya no las vemos como las veíamos, el continuo aprendizaje vital y descubrimiento en el que estamo sometidos constantemente, en ese afán por querermos a nosotros mismos, y querer a los demás,  que nos acepten y nos entiendan, un refugio para soportar los avatares emocionales a los que nos tendremos que enfrentar durante nuestra existencia.

Mi «perfecta» hermana, de Sanna Lenken

min_lilla_syster_my_skinny_sister-701289940-largeLAS MISERIAS DEL ÉXITO.

“En el mar del amor. Nadaré hasta ti. Eres tan hermosa y estás en mi corazón para siempre”

Stella tiene 11 años, no muy agraciada, y saca buenas notas. Pero ella adora a su hermana mayor, Katja, que es guapa y una excelente patinadora, y sus padres están encantados. Stella la imita, hace patinaje artístico, pero no está muy dotada para ello, e intenta llamar su atención. Un día, Stella se da cuenta de un terrible secreto que esconde Katja, y la relación entre ambas dará un vuelco inesperado. La puesta de largo de Sanna Lenken (1978, Gotemburgo, Suecia), con experiencia un par de temporadas con la serie juvenil Double life, y trabajos que le han llevado por festivales de todo el mundo.

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Su película se centra en la mirada de una niña de 11 años, en el tránsito de dejar la infancia y entrar en la adolescencia, con todos los cambios que conlleva, y la relación que tiene con su hermana, una relación de amor-odio, y sobre todo, de una idea falsa de cómo tienen que ser los adolescentes hoy en día. Una idea basada en el éxito y la perfección, elementos que nos pueden llevar a los lugares más oscuros y siniestros.Lenken cuenta su película con extrema delicadeza y sensibilidad, el conflicto va apareciendo de un modo sencillo, sin aspavientos ni grandes complejidades, de una forma cotidiana, un problema que va afectando a las dos hermanas y luego, invade de lleno el núcleo familiar. Una película compleja, que se sumerge en el oscuro mundo de las emociones, que explora el difícil mundo de la adolescencia, con todas sus contradicciones y anhelos, centrándose en los problemas de trastorno alimentario, que cada vez atacan sin piedad a los jóvenes que quieren ser las personas que se espera de ellos, y se olvidan, de quiénes son realmente. Dejan de lado sus sueños e ilusiones, para convertirse en seres obsesionados con el estudio o el deporte para ser los mejores, para llegar a más, subir más alto, para finalmente, no encontrar la satisfacción esperada.

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La cineasta sueca filma a sus criaturas optando por la cercanía, en los que podemos seguir sus respiraciones, alegrías o angustias, cierra sus planos, acotando el espacio cinematográfico para no perder detalle de lo que se nos cuenta, en la que el primer plano de los personajes se convierte en protagonista de la acción, invadiendo nuestra mirada. El excelente trabajo de todos los intérpretes, mención especial tienen las dos jóvenes protagonistas que componen a las dos hermanas, Rebecka Josephson y Amy Deasismont (escogidas después de un arduo casting que se alargó un año), que dotan de una gran humanidad y credibilidad a sus personajes. Una cinta que recoge el espíritu de la novela El retrato de Dorian Grey, de Wilde y también, cierto aroma a ¿Qué fue de Baby Jane?, en la que también hay cabida para el humor, que nos habla de secretos, de manipulación y vergüenza, del miedo que sentimos por no llegar a ser quién se espera de nosotros, y en ese mundo oscuro y terrible el que nos adentramos, para seguir siendo esa persona extraña en la que nos estamos convirtiendo, encerrándonos en nosotros y perdiendo la verdadera razón que nos empujó a disfrutar con lo que hacíamos. Una sociedad deshumanizada y perversa que nos obliga a siempre tener éxito y crecer cada día más, sin importar verdaderamente las circunstancias, siempre hacía arriba, olvidándonos de que queremos en realidad y sobre todo, de quiénes somos, de nuestra verdadera identidad y nuestros sueños.

El botón de nácar, de Patricio Guzmán

12705527_1028679973857624_32083216987786260_nLO QUE NOS CUENTA EL AGUA.

“La actividad de pensar se parece al agua gracias a su capacidad de amoldarse a todo. Las leyes del pensamiento son las mismas que el agua, que está siempre dispuesta a amoldarse a todo”.

Theodor Schwenk

La cinematografía de Patricio Guzmán (1941, Santiago de Chile) está estructurada a través de dos temas fundamentales: el golpe de estado de Chile en 1973 y la posterior dictadura, y la construcción de la memoria de ese período y de su país. En su primera película El primer año (1972), registraba el primer año de gobierno de Allende, y a continuación, realiza La batalla de Chile, un monumental trabajo dividido en tres partes que cuenta los eventos ocurridos entre 1972 hasta septiembre de 1973, cuando el golpe de estado acabó con la democracia. En La cruz del sur, se centraba en la religiosidad de América Latina, El caso Pinochet, sobre el conflicto de extradición del tirano cuando se encontraba en Londres, Salvador Allende, sobre la figura emblemática del político chileno. Una filmografía compuesta por más de una docena de largometrajes, y un buen número de piezas cortas, donde el cineasta chileno ha demostrado una mirada crítica y serena, en la que se ha aproximado a temas complejos de fuerte contenido político y social. Guzmán cuenta sus películas a modo de fábulas, con gran sentido poético, acercándose a lo más íntimo y oculto, a lo que permanece olvidado e invisible a nuestros ojos, y valiéndose de unas imágenes elegantes y con una puesta de escena enorme, las envuelve en cine puro y emocionante, logrando que el documento-suceso trascienda a lo universal e imperecedero.

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En el 2010, arrancó una trilogía que se inició con Nostalgia de la luz, un valioso trabajo filmado en el desierto de Atacama, el lugar más árido de la tierra, donde la cámara de Guzmán observaba a los astrónomos mirando a las estrellas, y a los familiares buscando a sus desaparecidos, para hacer un documento sobre la memoria del cosmos y la tierra, a través de lo humano y lo divino. Ahora, nos entrega la segunda parte con El botón de nácar, donde el documentalista chileno nos sumerge en las aguas de la Patagonia Occidental, en el sur de Chile, en el archipiélago más grande de la tierra, en el que existen unos 74.000 km de costa. Una zona vasta e inabarcable que la película recorre minuciosamente para ofrecer luz a lo que la historia se ha empeñado en borrar y olvidar. Guzmán vertebra su documento a través de dos objetos, dos botones rescatados de la memoria, uno, fue encontrado en la superficie de un raíl oxidado, el único vestigio que resta de los miles de chilenos arrojados al mar durante la dictadura de Pinochet, y el otro, el de Jimmy Button, un nativo que en 1830 recibió como regalo del capitán Fitzroy, un conquistador que le arrebató la memoria, la identidad y su vida. Dos objetos insignificantes que explican la memoria ancestral de esos lugares perdidos y olvidados.

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Un escenario en el que Guzmán se adentra en un viaje como si fuera un explorador intrépido de antaño, y se empeña en sacar a la luz. Se centra en los nativos indígenas que poblaban aquellas tierras de frío polar, en la que apenas había alimento, nos muestra sus rostros, mediante fotografías, también sus costumbres, su cultura, su forma de vida, y cómo se relacionaban con la naturaleza, a la que escuchaban, respetaban y cuidaban, sin olvidar a los descendientes que restan vivos, a los cuales escucha y ofrece su cámara para que den testimonio de su cultura y su lengua. También, registra el testimonio de un poeta, de un letrado, un musicógrafo, todos nos acercan los secretos del agua, lo que descubre y lo que oculta. La película viaje con elegancia y armonía de un lugar a otro, deteniéndose en la belleza de sus paisajes, el sonido de su universo, los accidentes naturales que se producen, y sobre todo, Guzmán nos muestra una memoria perdida y olvidada, una identidad lejana y a la vez, muy cercana, un tiempo en el que las cosas y las personas viajaban a otro ritmo, en otra dimensión, de otra forma. El cineasta chileno nos vuelve a enamorar con su ritmo cadencioso, su voz acogedora nos atrapa sigilosamente, descubriendo la historia que encierra esas aguas que no paran de viajar, en continuo movimiento. Una película que además de desenterrar una parte de la historia que pocos recuerdan, nos enfrenta a nuestro pasado colonialista y destructor, y también, a nosotros mismos, porque conocer nuestro pasado nos hace mirar nuestro presento y futuro, siendo más humildes y humanos.