Shadow Girl (Niña sombra), de María Teresa Larraín

poster_castLA ÚLTIMA PELÍCULA.

“Recuerdo que cuando era niña mi mamá me llevó al oculista por primera vez y el doctor nos dijo que, yo había heredado la condición de mi madre, miopía progresiva, y que un día como ella, yo me quedaría ciega. Yo no sabía lo que era miopía progresiva, no sabía lo que era miopía, ni lo que era progresiva, pero cuando salimos de la oficina del doctor, le pregunté a mi mamá: ¿Mamá, cuando nos vamos a quedar ciegas? Y mi mamá me dijo: Nunca. Sí, me dijo que nunca”

En el magnífico documental El cielo gira, de Mercedes Álvarez, en la que su directora nos cuenta el pasado y el presente de su pueblo Aldeaseñor, filmando a los 14 habitantes del pueblo, entre ellos, al pintor Pello Azquera, que está perdiendo la vista, y sigue retratando los lugares que un día sólo existirán en sus lienzos y memoria. Un proceso parecido experimenta María Teresa Larraín (Santiago de Chile, 1951) en esta película, su Niña sombra es un retrato sobre su intimidad, sobre el proceso de su ceguera progresiva. El relato se inicia en Toronto (Cánada) donde la cineasta se exilió en el año 1976 huyendo de la represión de la dictadura de Pinochet. Allí, hizo su vida, estudió y se formó como directora de cine independiente en los que ha abordado en sus películas temáticas de índole social (diversidad, inclusión, minorías) dotando a sus historias de un gran carácter humano. Larraín nos cuenta en primera persona su pasado y su presente, desde el momento que su vida empezó a cambiar, cuando empezó a perder la vista, heredando así la enfermedad que también padeció su madre.

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La realizadora chilena se embarca en un viaje que, como ella explica, será su última película, la película que registrará el proceso que está viviendo, en el que Larraín, con la ayuda de un pequeño equipo, registrará todos los acontecimientos que se sucederán en su vida. Arrancaremos en Toronto, en el exilio, en el que Larraín comenzará a vivir su enfermedad en soledad, por decisión propia, explicando a sus allegados lo que le está sucediendo, mostrándose sin ningún tipo de pudor, abriéndonos su alma, mencionando sus miedos, tanto presentes como del futuro, y sobre todo, todos los cambios que se producirán en su vida. Larraín envuelve a su película de un tono naturalista, sin caer en sentimentalismos, ni nada por el estilo, sino todo lo contrario, retrata a una mujer que se desnuda emocionalmente ante nosotros, filmando todos los cambios que se van produciendo en su cotidianidad. Su vuelta a Chile, después de la muerte de su madre, la visita a su único hijo a Costa Rica, y pasar un tiempo con sus nietas, y finalmente, su nueva vida en Chile, y descubrir a otros como ella, los vendedores ambulantes de La Alameda, la avenida principal de Santiago de Chile.

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Larraín construye un diario personal sobre su enfermedad, y muy inteligentemente y con extrema sutileza, nos introduce la temática social que han estructurado toda su filmografía, capturando los diferentes vendedores que se va encontrando en su deambular por las calles de su ciudad, y dialogando con ellos, conociendo todas sus dificultades y problemáticas que viven en su precaria existencia. Larraín recoge el testigo de otros documentalistas que también han hecho de su experiencia vital el material fílmico de sus trabajos como Johan Van der Keuken que filmó su maravillosa Las vacaciones del cineasta, en la que se centraba en su pasado y presente familiar, las películas/retratos de Naomi Kawase sobre su orígenes, su abuela, su embarazo y posterior alumbramiento, o más recientemente, Luis Ospina en Todo comenzó por el fin, en la que el cineasta colombiano se filma enfermo de cáncer en el hospital, y registra todo el proceso y sus reflexiones. Una película que nos habla sobre la dignidad de las personas ciegas, de todo aquello que pueden seguir aportando a la sociedad a pesar de su discapacidad. Larraín edifica un maravilloso alegato sobre la dignidad, desde una mirada poética y humanista, filmando a sus “nuevos amigos” desde la proximidad, acariciando sus vidas, escuchando sus (des)ilusiones y tendiéndoles la mano.

Entrevista a Elena López Riera

Entrevista a Elena López Riera, directora de «Las vísceras». El encuentro tuvo lugar el viernes 18 de noviembre de 2016 en el Teatre CCCB durante el marco de la XXIII l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de  Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena López Riera, por su generosidad, sabiduría y tiempo, a Cristina Riera, Tess Renaudo, Marc Vaillo y a todo el quipo de L’Alternativa, por su trabajo, dedicación, resistencia y cariño, a Marta Suriol y Maria Gracia de La Costa Comunicació, por su trabajo, amabilidad, paciencia y cariño, y a todas las entidades que hacen posible la existencia de L’alternativa.

Entrevista a Alberto Vázquez y Pedro Rivero

Entrevista a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, directores de «Psiconautas. Los niños olvidados». El encuentro tuvo lugar el miércoles 15 de febrero de 2017 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto Vázquez y Pedro Rivero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Alejandro Muñoz de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño, que además tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Fences, de Denzel Washington

fencesLOS PATIOS TRASEROS.

Nos encontramos a mediados de los años cincuenta, en Pittsburg, en uno de esos barrios obreros donde subsistían gentes humildes con empleos poco atractivos, que vivían con sus familias en ristras de casas con pocos lujos, y que pasaban los fines de semana, después de una dura semana de trabajo, entre cervezas en el bar de siempre, haciendo chapuzas en casa o compartiendo recuerdos de otro tiempo entre amigos en los patios traseros. La tercera incursión en la dirección del prolífico y laureado actor Denzel Washington (Mount Vernon, Nueva York, 1954) después de una larga carrera como intérprete que le ha llevado a trabajar con directores de la talla de Attenborough, Spike Lee, Pakula, Demme, Fuqua o Ridley Scott… consiguiendo dos preciadas estatuillas de la Academia, ha tenido tiempo para dirigir dos películas, en el 2002 Antwone Fisher, la vida de un joven marino que tiene que superar un pasado traumático, y cinco años después, dirigió The great debaters, en la que seguía los pasos del profesor Melvin B. Tolson, docente que alimentó los debates humanísticos entre sus alumnos.

Stephen McKinley Henderson plays Jim Bono, Denzel Washington plays Troy Maxson and Russell Hornsby plays Lyons in Fences from Paramount Pictures. Directed by Denzel Washington from a screenplay by August Wilson.

En Fences, que Washington ya había interpretado en las tablas de Broadway, escrita por August Wilson, premio Pulitzer, también se hace cargo de dirigirla, coproducirla y además, interpretar el rol del protagonista, Troy Maxson, el eje del cual gira toda la trama. Troy es un hombre de mediana edad de raza negra, trabaja recogiendo basura junto a su fiel amigo Bono, que le escucha y aconseja cuando debe, vive en una casa que ha pagado letra a letra con el sudor de su frente, que apenas tiene cuatro comodidades, pero es su casa, junto a él su mujer, la compañera Rose, mujer paciente que ama con locura a Troy, también, está su hijo, un vástago que sueña con ser jugador de fútbol profesional, su padre probó suerte con el beisbol, pero en su época se prohibía a los negros jugar con los blancos, y cuando se levantó la prohibición, Troy ya era demasiado mayor, trauma que no lo abandonado desde entonces. Por la casa, también se dejan caer un hijo treintañero de Troy que sueña con ser músico, y el hermano pequeño de Troy que, la maldita guerra lo ha dejado retrasado mental.

Denzel Washington plays Troy Maxson and Jovan Adepo plays Cory in Fences from Paramount Pictures. Directed by Denzel Washington from a screenplay by August Wilson.

Como le ocurría a Willy Loman de Muerte de un viajante (con la que guarda cierto parentesco, dicho sea de paso) o a Eddie Carbone de Panorama desde el puente, ambas piezas teatrales de Arthur Miller, Troy es un “looser”, un perdedor en toda regla, alguien que nunca a llegó a coger las oportunidades que se le presentaron en la vida, ese tipo de personas que crecen en ambientes conflictivos, que a corta edad tienen que buscarse el pan y sufrir penurias de todo tipo, que en muchas ocasiones acaban con sus maltrechos huesos en alguna penitenciaría perdida de algún pueblucho al que llegaron escapando y no encontraron ningún provenir. Esos tipos que llamados a ser alguien en la vida, quedaron por el camino, sucumbidos a la dureza de una sociedad implacable que convierte en sueños rotos las esperanzas de los de abajo, como también describió la mirada de Miller. Troy es un pobre hombre que en su afán de querer proteger a su familia, acaba por pagar con ellos las desilusiones que ha tenido que acarrear en su existencia, todas aquellas esperanzas caídas en saco roto como tantos otros jóvenes que fueron soldados en la segunda guerra mundial, y nunca levantaron cabeza, quedando convertidos en sombras desdibujadas de las vidas que aparentemente les esperaban como el Terry Malloy (Marlon Brando) en La ley del silencio o el Charlie Davis (John Garfield) en Cuerpo y alma, por citar sólo a un par.

Denzel Washington plays Troy Maxson and Viola Davis plays Rose Maxson in Fences from Paramount Pictures. Directed by Denzel Washington from a screenplay by August Wilson.

Washington no oculta el origen teatral de la película, le saca todo el provecho que el texto le permite, conjugando inteligentemente todas las piezas del entramado, unos jugosos personajes que aportan carisma, realismo y veracidad, entre los que destacan el propio Washington dando vida a Troy, dotando a su personaje de energía, oscuridad y complejidad, Stephen Henderson dando vida a Bono, el amigo fiel, confesor y paternal, que es un fiel compañero, aunque también le aconseja por donde nunca debe tirar a Troy, y finalmente, Viola Davis, magnífica intérprete que nos regala una actuación de órdago, en una composición llena de matices, detalles, y miradas, construye un personaje maternal, firme y lleno de dignidad. Quizás el excesivo metraje (las película se va a los 139 min) alarga algunas situaciones dramáticas, pero que no enturbian demasiado el resultado final. Una película que combina con agilidad la alegría y la amargura, los momentos tensos entre el matrimonio, y el padre y el hijo, y la desazón amarga que deja toda la película, en su fiel y realista descripción de los barrios que nada tenían que ver con el American way of life, tan vendido después de la guerra, y los ambientes humeantes y polvorientos, de claroscuros, y miseria moral, que se manejaban muchos de los desplazados de la sociedad.

Psiconautas, los niños olvidados, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

cartel_a4_rgb_es_goyaLOS MONSTRUOS QUE NOS ACECHAN.

Erase una vez una isla que sufrió un terrible accidente industrial que la convirtió en un enjambre de sombras y dolorosos recuerdos. Los adultos transmutaron en un férreo control religioso a sus hijos, que éstos, agobiados y con nulas expectativas laborales o sociales, sucumbían sus días entre drogas, aislamiento y grandes deseos de abandonar la isla y emigrar a la ciudad. Alberto Vázquez (A Coruña, 1980) y Pedro Rivero (Bilbao, 1969) son los artífices de esta película de animación fantástica, pero cargada de crítica a la sociedad actual, una cinta que nació como novela gráfica del primero, y luego fue un cortometraje Birdboy (2010) en el que se apuntaban ciertos rasgos de la película. Los directores nos conducen hasta un lugar en el que el tiempo se ha parado, sus personajes remiten al pasado, a ese espacio en el que las cosas funcionaban de otra manera, y nos presentan un no mundo lleno de horrores, tanto físicos como emocionales, unos padres dementes que tratan a sus hijos como reos, unos perros policía que matan para mantener un orden fascista, los niños sin esperanza que sucumben a todo tipo de drogas, y luego está el vertedero, donde se almacenan montañas de basura y suciedad, en el que las ratas sobreviven buscando cobre y comiendo desperdicios.

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La historia gira en torno a Birdboy, un chico-pájaro angustiado por la pérdida de su padre y la incapacidad que tiene para abandonar la isla, y Dinki, una chica-ratón, con la que mantiene un romance, y los amigos de Dinki, Sandra, la chica-conejo, y Zorrito, tres amigos que emprenden un viaje para abandonar la isla e irse a la ciudad, y finalmente, el chico-cerdo, que tiene que cuidar de su madre enferma y se ha convertido en el traficante de la zona. Vázquez y Rivero (que ya debutó en la animación con La crisis carnívora, en el 2008) han realizado una cinta de indudable factura técnica, en el que abundan los contrastes, colores vivos con claroscuros, muy expresionistas, y en el que exploran, a través de una fábula fantástica, muchos de los problemas que acechan a la sociedad en la que vivimos: falta de expectativas laborales, control familiar y social, en el que se dispara a todo aquel diferente que se sale de lo establecido, el consumo de drogas entre los más jóvenes, una contaminación brutal, las enfermedades emocionales, y un sistema clasista que hunde a los más necesitados, y favorece a los que no les falta de nada.

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La película conserva cierto aroma de la ilustración y el tono de Maus, el fabuloso cómic de Art Spiegelman, sobre el holocausto judío, en el que los gatos eran nazis y los ratones, judíos, así como del expresionismo, en los que las formas y los colores explicaban el mundo interior de los personajes, y con títulos de la animación para adultos, como El planeta salvaje, La tumba de las luciérnagas, Persépolis, Cuando el viento sopla… todos ellos trabajos oscuros y terribles que, no sólo manifestaban la buenísima salud de un género con infinitas posibilidades artísticas, sino que también eran vehículos para criticar con dureza todos aquellos conflictos a los que las personas nos enfrentamos diariamente. Vázquez y Rivero han construido una película magnífica, bellísima en su armazón, pero dolorosa en su argumento, que nos habla sobre la amistad, el amor y la esperanza, en el que sus personajes siguen en pie y en el camino a pesar de todo lo terrible que se encuentran, con unos admirables personajes secundarios con las voces de Ramón Barea o Enrique San Francisco, entre otros, que hablan de una película minuciosa en los detalles, no sólo con la historia que cuenta, sino también, con todo el mundo interior de los personajes, esos monstruos que anidan en cada uno de nosotros, y nos obligan a tener que lidiar con ellos, para de esa manera, seguir hacía delante, aunque duela.

Entrevista a Andrés Duque

Entrevista a Andrés Duque, director de «Oleg y las raras artes». El encuentro tuvo lugar el martes 22 de noviembre de 2016 en los Jardines del recinto de la Escuela Industrial en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrés Duque, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes, por sus complicidades, amabilidades, paciencias y cariño, y al estudiante transeúnte, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Entrevista a Alice Waddington

Entrevista a Alice Waddington, directora de «Disco inferno». El encuentro tuvo lugar el lunes 12 de septiembre de 2016 en el Parc de L’Estació del Nord en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alice Waddington, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Pablo Menéndez de Marvin&Wayne Short Film Distribution, por su amabilidad, paciencia y cariño.

 

Jackie, de Pablo Larraín

jackie_posterUNA MUJER FRENTE AL ESPEJO.

“Nancy, ya no soy la primera dama. Puedes llamarme Jackie”

El viernes 22 de noviembre de 1963, alrededor de las 12:30, en la ciudad de Dallas, moría asesinado John Fitzgerald Kennedy, el trigésimo quinto presidente de los EE.UU. La película de Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976) arranca con la entrevista que un periodista hará a su viuda Jacqueline Kennedy, en la que esta hablará de frente, sin tapujos ni nimiedades, sobre los tres días siguientes al fatídico suceso. El cine de Larraín en el que la búsqueda, tanto física como interior,  estructuran su discurso, que se inició en el 2006 con Fuga, en la que un mediocre músico buscaba el espíritu de un colega atormentado, a la que siguieron vehículos políticos centrados en diversas experiencias en torno a la dictadura de Pinochet, Tony Manero (2008) y Post mortem (2010), y No (2012), en El club (2015) exploraba las miserias de cuatro sacerdotes recluidos en una casa en la que tenían que expiar sus pecados, y finalmente en Neruda, realizada el año pasado, filmaba los sucesos ambientados en 1948, cuando González Videla, presidente de Chile, mandó arrestar al político y poeta Neruda, porque este denunció el acecho contra el partido comunista del que era diputado. Larraín huye de la figura universal de Neruda, para desmitificarlo en todos los sentidos, y hacerlo un tipo de carne y hueso, con sus alegrías y tristezas, sus dudas y sus miserias, filmándolo en continua huida y en una existencia oscura llena de contrastes.

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En Jackie, continúa por los mismos parámetros, describiendo a una mujer desolada y rota por el dolor, con manchas de sangre de su marido todavía en el vestido, desnudándola en todos los sentidos, colocando su foco, no solamente en su rostro, sino en su alma, en esas 72 horas fatídicas donde el mundo de oropel adornado con flores frescas se vino abajo en un instante, el tiempo que duró el disparo que penetró en la cabeza de su marido, JFK. Larraín filma el primer plano de Jackie, su personaje nos contará la versión de los hechos, y lo hará de forma franca, mirándonos a nosotros, acariciando cada palabra, cada gesto, centrándose en cada detalle, cada mirada, cada instante que vivió en esas horas durísimas, en las que tuvo que mantenerse firme y clara, y estudiando cada acto y situación, ya que todo el mundo estaba pendiente de ella. El cineasta chileno captura al personaje invocando a la mujer que vive en su interior, mira a su personaje de frente, extrayendo su espíritu, lo que no vemos, desnudándola en todos los sentidos, tanto emocionalmente como físicamente, penetrando en el alma de una mujer que debe empezar de nuevo, dejar lo vivido, despertar del sueño, y volver a mirarse hacia dentro, valorando la figura de su marido, hablando al mundo de su legado, y de su memoria.

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La película está contada a través de flashbacks, en las que nos muestran todos los instantes de esos tres días, desde el magnicidio hasta el entierro, en los que Jackie habla de todos los preparativos del funeral de su marido, con su cuñado, Bobby Kennedy, su asistente Nancy, sus hijos, el vicepresidente Lyndon B. Johnson, nombrado presidente el mismo día del asesinato, y el secretario de defensa de éste. Larraín nos habla de la intimidad de una mujer rota, una mujer que deberá mirarse de frente, una mujer expuesta no sólo a los ojos de una nación, sino a los de todo el mundo, en aquellos convulsos años 60, donde la televisión empezaba a ser un instrumento al que se tenía que tener muy en cuenta. Larraín filma su película con un tono naturalista, casi como un documental, un cinema vérite,  como si estuviéramos asistiendo a un ensayo de aquello que fue, una película/retrato/personaje, que nada tiene que ver de los típicos biopic made in Hollywood donde se ensalzan figuras, en el que nos muestran a un personaje como nosotros, con su dolor, sus miedos e inseguridades, y todo aquello que queda fuera del objetivo mediático, la realidad que te persigue a diario, la verdad de quién eres realmente, el reflejo que el espejo te devuelve cada mañana.

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Una película con aroma de gran cine político y humano, sobe la desmitificación de un personaje, para mostrar su mirada, su gesto y su cuerpo, alejado de lo que conocemos de él, filmándolo al natural, no como una celebridad, sino como un ser humano, como hizo John Ford con El joven Lincoln  o Spielberg con el mismo personaje en Lincoln (2012), o Sorrentino con Andreotti en Il divo (2008), o Sokurov en su trilogía sobre las figuras políticas del siglo XX, en Moloch, Taurus y Sol, o Albert Serra con sus retratos sobre figuras históricas, extrayendo la esencia de la figura, en muchas ocasiones muy alejada de la imagen que teníamos. También, la película se acerca al espíritu de Vincere (2009), en la que Bellocchio se acercaba a la figura de Mussolini a través de su amante Ida Dasler, o las películas de Oliver Stone sobre figuras políticas, desde Nixon (1995) pasando por Fidel Castro o Hugo Chávez, o JFK (1991), con la que guarda algunas similitudes, como la utilización de imágenes de archivo reales con las imágenes de ficción de la película, creando un retrato inteligente y audaz que, no sólo aporta una verosimilitud extraordinaria a todo lo que se cuenta, sino que involucra de una forma humanista a los espectadores.

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Amén de la interpretación asombrosa y naturalista de una inmensa Natalie Portman, que hace un retrato excelente de Jacqueline Kennedy, mostrándonos una persona como nosotros, con sus defectos y virtudes, fuera del foco, caminando como una sonámbula en medio del caos que reina en su vida en esos tres días infernales que tuvo que (sobre)vivir como fuese. A su lado, brillan Peter Sarsgaard como Bobby, Greta Gerwig (la heroína del cine Baumbach) aquí como la asistenta de la primera dama, y John Hurt, en una de sus últimas apariciones, como el cura que habla con Jackie para darle un poco de luz en esos días tan oscuros. La fotografía de Stéphane Fontaine (habitual de Desplechin) con tonos opacos, en un ejercicio de luz naturalista ejemplar, y el montaje, mezclando tomas largas con planos medios, obra de Sebastián Sepúlveda, que ya estuvo en El club, y la producción del habitual de Larraín, Juan de Dios Larraín, y el cineasta Darren Aronofsky, hacen de Jackie una película cercana, mostrando una mujer próxima, con dudas y conflictos interiores, que debe seguir con vida después del naufragio, una mujer serena, perdida que, deberá lamerse sus heridas y seguir en pie, con dignidad y enfrentándose a todos, y sobre todo, a ella misma para seguir caminando.

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra

Encuentro con Jean-Pierre Léaud y Albert Serra con motivo de la presentación de la película «La mort de Luis XIV», junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el jueves 17 de noviembre de 2016 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre Léaud y Albert Serra, por su tiempo, conocimiento, y cariño, a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, y a Eva Herrero de Madavenue y Diana Santamaría de Capricci Cine, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Felices sueños, de Marco Bellocchio

felices_suenos_poster_lowMIA CARA MAMMA.

La película número 30 de Marco Bellocchio (Piacenza, Italia, 1939) arranca en Turín en el año 1969, cuando la vida idílica de Massimo, un niño de 9 años, se ve gravemente truncada por la muerte de su madre. A partir de ese momento, la vida de Massimo se verá perseguida por el recuerdo de su madre y su incapacidad para las relaciones personales y reconciliarse con ese pasado tormentoso que le invoca. Bellocchio que se inició hace más de medio siglo con Las manos en los bolsillos (1965) durísimo retrato sobre unos adolescentes y su posterior rebelión, ha construido una filmografía muy crítica con la sociedad italiana en la que ha crecido, con un fuerte compromiso político, social y cultural de una Italiana convulsa, realizando películas en las que ataca ferozmente las injusticias y desigualdades, el fuerte componente religioso en la cultura italiana, y las consecuencias de la ausencia y el peso de la figura materna, en títulos que se han convertido en una verdadera reflexión y documentos imprescindibles para conocer la historia de Italia de los últimos 50 años, como Noticias de una violación en primera página (1972), Marcha triunfal (1976), La condena (1990), La baila (1999), Buenos días, noche (2003) o Vincere (2009), por citar sólo algunos títulos más significativos de su larga trayectoria.

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En su trigésimo largometraje, basado en la novela “Fai bei sogni”, de Massimo Gramellini,  nos envuelve en una drama familiar, en un denso y emotivo retrato de un hombre desde que es un niño, en el que tendrá que lidiar con el dolor y la pérdida de la madre, en el recuerdo de aquella mujer protectora y maternal que siempre tenía una sonrisa o una abrazo para él, como sucedía en La sonrisa de mi madre (2002), en el que Bellocchio retrataba, a través de la mirada de Sergio Castellitto, como un hijo se enfrentaba al recuerdo de una madre y a sus propias convicciones morales. Bellocchio filma una película desestructura que viaja en el tiempo en continuos saltos en el tiempo, tanto en el paso como en la época actual, un tiempo que le ayuda a retratar esa Italia de finales de los 60 hasta nuestros días, con sus continuos cambios políticos, sociales y culturales, y lo hace desde una mirada crítica, explorando los detalles de la vida familiar y cotidiana, desde una perspectiva humana y sencilla, sin emitir ninguna proclama aleccionadora ni nada por el estilo, sólo observa y se deja llevar por esa mirada de observador impecable y crítico que recorre toda su filmografía.

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El cineasta italiano retrata a un hombre roto, demolido y angustiado por aquella pérdida, su madre se ha convertido en ese espectro que ha ensombrecido su existencia (como sucedía en Sangue del mio sangue (2015), en la que Bellocchio nos introducía en una sutil y escabrosa historia de fantasmas) una vida de escritor de éxito, pero que le ha llevado a lidiar con la muerte y la dificultad, como reportero de guerra, y le ha apartado de una vida feliz. Bellocchio nos cuenta su drama de forma pausada, en la que la música tiene un importancia ejemplar, ya en su arranque, asistimos a un baile improvisado, torpe y desenfadado, entre la madre y el hijo, mientras se dejan llevar por un twist, momento que tendrá su contrapunto, más adelante, cuando Massimo, treinta años después, baila el Surfin Bird (éxito de los 60) en un instante de locura y dar rienda suelta a todo lo que le ahoga, junto a Elisa, la doctora que le ayudará a mirar al pasado sin miedo y a cerrar las heridas del pasado.

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El gran cierto de Bellocchio es asomarse a una drama tremendo sin caer en el maniqueísmo ni en la desmesura, sino en todo lo contrario, sabe manejar con eficacia e inteligencia todos los ingredientes del drama que atraviesa la vida de Massimo, construyendo una película admirable en su contención y sobriedad, capturando todos los detalles y dosificando de manera sobresaliente la información, en la que ayuda de manera eficaz la inmensa luz de Daniele Cirpì (que ya trabajó en Sangue del mio sangue) que recoge la luz velada de aquella Italia de los 60, con los partidos del Torino los domingos, los bailes a mediodía y las confidencias con la mamma, y la sobriedad y los claroscuros de la época actual, remarcando el recuerdo dramático que sigue en Misino. Las estupendas composiciones de Valerio Mastandrea como el Massimo, ese ángel roto que arrastra su dolor, y Bérénice Bejo, con su calidez, belleza y sensualidad será como ese ángel protector que aparece en la vida de Massimo para rescatarlo y sobre todo, escucharlo. Bellocchio ha realizado un drama impecable, de exquisito trazo que, se erige como un homenaje a la “mamma” italiana, aquella madre protectora, de carácter, sensible y pura dinamita que también encarnaron la Magnani en Roma, ciudad abierta o Mamma Roma, y la Loren en Dos mujeres, y otras tantas mujeres que han sabido escenificar ese coraje innato de las madres italianas que se han levantado y han protestado en pie sin decaer en ningún momento y fieles a los suyos.