El orden divino, de Petra Volpe

MUJERES EN PIE DE GUERRA.

El ritmo de la canción “Soulshake” de Peggy Scott y Jo Jo Benson nos da la bienvenida a la película (volverá a sonar en otro instante de la cinta, muy significativo en el devenir de los hechos) mientras vamos viendo imágenes documentales de finales de los 60, en plena ebullición de libertad, alegría, rock ‘n roll y amor. De golpe, las imágenes se detienen en seco, y nos sitúan en un pequeño pueblo de Suiza de 1971, donde se respiraba, por así decirlo, otro ambiente, más oscuro, conservador y católico, un lugar donde ese tiempo de cambios políticos, sociales, económicos y culturales, que estaban despertando al mundo occidental, todavía no habían llegado a ese país, ni por ese lugar. La película se sitúa en la mirada de Nora (que al igual que la heroína de Ibsen, deberá tomar las riendas de su vida) madre de dos hijos y feliz mente casada, o al menos así lo cree, una serie de circunstancias familiares y la negativa de su marido Hans para que acepte un empleo, le harán convertirse en la líder del movimiento de mujeres para reclamar derechos y liberaciones, así como el derecho al voto femenino. Se le sumarán otras mujeres como Theresa, su cuñada, que vive infeliz junto a su marido depresivo y una hija adolescente muy díscola, también, Vroni, una veterana de la lucha femenina, y finalmente, Graziella, una italiana inmigrada que vive a lo suyo sin necesidad de marido. Otras mujeres reticentes al principio, se acabarán sumando a la causa femenina, dejando sus maridos, sus hijos y sus hogares a su merced.

La directora Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970) construye una película sobre mujeres, sobre política y sobre la necesidad de abrirse al mundo, de la protesta ante los abusos del patriarcado, de una película que nos habla de un tiempo en concreto, pero que aquella lucha que rompió muchas barreras, sigue igual de vigente, porque todavía sigue habiendo otros muros que tirar. La cinta de Volpe tiene un ritmo endiablado, lleno de energía y sabiduría, en el que seguimos a este grupo de mujeres encabezado por Nora que descubre un mundo maravilloso, liberador y lleno de esperanza, un camino duro y complejo, pero en el que dejarán de ser las esposas, madres y cuidadoras, para ser ellas mismas, descubrir sus cuerpos, sus vaginas, sus orgasmos, y sentirse plenas, luchadoras y en paz, sabiendo y conociéndose como cualquier hombre, en igual y equidad de condiciones íntimas y sociables.

Una película donde la reivindicación política está llena de alegría y cooperativismo, de amistad y compromiso, alejada de algunos títulos soporíferos donde la política se convierte en aburrida y sesuda, aquí no hay nada de eso, la política es una fiesta, un proyecto común para luchar por sus derechos femeninos, un grito de libertad de las mujeres, un golpe de rabia para conseguir derechos y no sentirse menospreciadas por sus hombres y el entorno conservador. Volpe ha hecho una película llena de drama, porque lo que hay y mucho, pero sin caer en el dramatismo, explicando las diferentes situaciones hostiles a las que tenían que enfrentarse aquellas mujeres sometidas al amparo del patriarcado, aunque, también hay humor, mucho humor, donde la música juego un papel determinante, como motor para narrar todos aquellos cambios que se estaban produciendo en el mundo. La fantástica interpretación del grupo de mujeres, donde destaca la composición de Marie Leuenberger, que da vida a Nora, desde su cambio de imagen, soltándose el pelo, dejando esas faldas alisadas de cuadros, y dejando paso a los tejanos ajustados, y a las botas camperas, y las camisas de rayas y las chaquetas de cuero, y sobre todo, dejando salir todo lo que siente, lo que bulle en su interior, levantándose del yugo masculino, y dando un golpe en la mesa, en ese pueblo, y en toda Suiza.

Volpe ha cimentado una película de grandes hechuras, que seduce con su naturalidad, exponiendo sus temas desde muchos puntos de vista, sin caer en la condescendencia ni el sentimentalismo, dejando cocer a fuego lento sus imágenes, profundizando en todos los aspectos de la lucha femenina, y como éstos afectan a los hombres, tanto abuelos, padres e hijos, sin tomar partido, ni mucho menos juzgando, haciendo cine serio, riguroso, imaginativo y lleno de energía y humor, en el que describe fabulosamente el contexto histórico de la época, mostrando lo bueno, y no tan bueno, lo que alegra, y lo que entristece, en ese camino que emprendieron tantas mujeres por romper el medievalismo de la mujer, tanto en su hogar como en la sociedad, y abriendo una puerta a un mundo de sueños, de libertad, de justicia y de orgasmos, donde la mujer será lo que ella quiera ser, sin necesidad del amparo masculino, descubriendo su cuerpo, su vagina, experimentando su sexualidad, sus acciones, su experiencia laboral, su vida, al fin y al cabo, en libertad y armonía con sus ideas, reflexiones y pensamientos, vivir como le plazca, sin obstáculos ni muros que se lo impiden, lanzándose a la vida por ellas mismas, una lucha que todavía continúa.

Entrevista a Julia Solomonoff

Entrevista a Julia Solomonoff, directora de la película «Nadie nos mira», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el miércoles 2 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julia Solomonoff, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Las guardianas, de Xavier Beauvois

LAS MUJERES RESISTENTES. 

Hortense es la matriarca de una granja en la Francia de 1915, cuando la mayoría de los hombres válidos se dejaban la vida en los campos de batalla. Hortense, debido al volumen de trabajo, que comparte junto a su hija Solange, decide rescatar a Francine, una huérfana que se convierte en una fiel y entregada empleada. La guerra sucede lejos, fuera de su alcance, aunque de tanto en tanto, los hombres de la casa, los hijos de Hortense, vuelven unos días de permiso. En una de esas visitas, Constante, el menor de los hijos, se enamora de Francine. El nuevo trabajo de Xavier Beauvois (Auchel, Francia, 1967) basada en la novela homónima de Ernest Perochon, nos cuenta la retaguardia de la guerra, lo que queda después que los hombres vayan a la guerra, la vida cotidiana en una granja a través de las mujeres. Unas mujeres trabajadoras, valientes, tenaces y decididas, que se emplean a fondo para sacar todo el trabajo, en ausencia de la mano masculina. Si bien la película mantiene las ideas y reflexiones que ya estaban en el cine de Beauvois, como la comunidad, el tema social, la complejidad de los personajes, y un tema central, que suele ser externo, que contextualiza los hechos y provoca las dificultades en las que se sumergen sus personajes, como por ejemplo, ocurría en uno de sus títulos más celebrados, De dioses y hombres (2010) en el que explicaba el devenir de unos monjes cistercienses, que instalados en un monasterio en las montañas del Magreb, se veían envueltos en una ola de violencia, pero decidían quedarse y resistir.

Ahora, se centra en estas tres mujeres, en la que podemos primero de todo, ver la película como una experiencia antropológica, donde vemos las formas de vida de primeros de siglo en la Francia rural, así como los diferentes trabajos y las formas de convivencia en una granja. Por otro lado, las diferentes relaciones que se desarrollan en un contexto dificultoso como ese, en el que la ausencia de noticias de la guerra y el devenir de los suyos, somete la voluntad y el ánimo de las mujeres. Beauvois nos habla también de esperanza, de cooperativismo y de resistencia, en el que la primer parte del filme, pivota entre estas ideas, donde parece que, a pesar de la guerra y sus desastres, la vida y el amor pueden crecer y mantener la ilusión por unos tiempos futuros mejores, aunque algo lejanos. La segunda mitad del relato, la película se ensombrece, y las circunstancias del momento, convierten a los personajes en víctimas de su propio destino, donde unos toman posiciones demasiado intransigentes para favorecer a unos en detrimento de otros, quizás aquellos más desafortunados o débiles.

El cineasta francés agiliza una trama de 135 minutos, en el que no cesan de suceder situaciones de todo tipo, en que las cosas ocurren de manera sencilla y honesta, sin caer en ningún instante en el sentimentalismo o la crueldad excesiva, hay dureza, pero entendible, dejando ver con claridad cada circunstancia que motivan las decisiones de los personajes. La formidable y pictórica luz de la película, obra de la cinematógrafa Caroline Champetier (una experta en la materia que ya estuvo en De dioses y hombres, y otras obras de gran calidad como Holy Motors, Las inocentes o Hannah Arendt, entre otras) recuerda a la pintura de Millet, Coubert o Renoir, en sus trabajos sobre el campo francés (y esa luz que también bañaba las imágenes de la reciente La mujer que sabía leer) y la magnífica música del veterano Michel Legrand (auténtica eminencia con más de 60 años de carrera) se acoplan perfectamente al aroma que recorría aquella Francia rural de los convulsos y terroríficos años de la Gran Guerra.

Beauvois estructura su trama a través de una historia de amor, sencilla y conmovedora, llena de sensibilidad (como las películas campestres de Renoir) en la que no faltará de nada, porque ya lo dicen que en el amor y en la guerra, todo vale, y las argucias más miserables están a la que saltan, anteponiendo la apariencia ante cualquier eventualidad. El magnífico trío protagonista encabezada por la siempre eficaz y sublime Nathalie Baye (en su tercer trabajo con el director, después de Según Mattieu y El pequeño teniente) en un personaje de armas tomar, que irá cambiando a medida que las noticias de la guerra vayan cayendo como una losa, en una matriarca de las de antes, aquellas a las que no se les escapaba nada, aquellas siempre atentas, dirigiendo el rebaño, y atajando cualquier rebelión en su contra o contra los suyos, le acompaña Laura Smet (que algunos recordarán como La dama de honor, uno de los últimos títulos de Chabrol) dando vida a Solange, la hija de la patrona (también hija en la vida real) encarnando a esas mujeres con sus hombres en la guerra, que quedaban al amparo de cualquier forastero, y también, de sus ganas de cama, reflejando esas mujeres abiertas a los cambios y las modernidades propias de la época.

Finalmente, la auténtica revelación de la película, la debutante Iris Bry, con ese rostro angelical y a pesar de su juventud, lleno de dureza emocional, que vaga con la esperanza de encontrar trabajo, acomodo y un hogar en su existencia. Bry compone a la desamparada Francine, una mujer joven, pero vivaz y sencilla, que llega a la granja para quedarse, demostrando trabajo, lealtad y sinceridad, convirtiéndose, a su pesar y a pesar de todos sus esfuerzos, en una víctima más de la guerra, como hubieron tantas, en una de esas mujeres que todo lo tienen que luchar y pelear, porque no tienen otra, porque no tienen a nadie, y deben seguir remando por su vida y por su destino. Beauvois ha construido una película excelente y bellísima, tanto en su imagen como en su contenido, un hermosísimo canto a la mujer, a la femineidad, a su cuerpo, a su fisicidad, a su trabajo, y a sus sentimientos, a todo aquello que sienten, a quién aman y su lugar en el mundo, porque aunque la guerra siga en el frente, hay otras guerras donde nos e disparan tiros, son esas otras guerras a las que hay que enfrentarse en el día a día, con entusiasmo, garra y valentía.

Nadie nos mira, de Julia Solomonoff

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

En una de las primeras secuencias de la película, vemos a su protagonista, Nico, 30 años, argentino y actor, cuidando de un bebé, junto a otras mujeres de origen latino que hacen lo propio, en un parque céntrico de Nueva York. De repente, ocurre algo, y una estadounidense avisa a la policía, y como si fuese un efecto rebote, casi todas las mujeres con sus respectivos bebés, huyen a escape del lugar. Un instante que marcará todo el estado de ánimo de la película, un lugar de oportunidades, sí, pero también, un lugar oscuro, donde si no eres legal, te conviertes en un perseguido, en un clandestino, en alguien en perpetua huida, situación, que vivirá constantemente el protagonista de la cinta. El tercer trabajo como directora de Julia Solomonoff (Rosario, Argentina, 1968) nos habla de soledad, desarraigo, huida y pérdida, temas que ya estaban en sus dos primeras películas, en Hermanas (2005) exploraba los años de la dictadura argentina a través del (des) encuentro de dos hermanas después de años de desaparición, y en El último verano de la Boyita (2009) se centraba en una niña en ese tránsito de la infancia a la adultez, a través del descubrimiento de la vida en un ambiente rural, ambas películas ambientadas en los ochenta.

En Nadie nos mira, la trama que pivota en el aquí y ahora, gira en torno a Nico, un tipo que se gana la vida cuidando un bebé de una paisana, y como camarero, instalado en Nueva York, huyendo de la fama de actor de telenovelas en Argentina, y también, dejando una relación tóxica. Su vida en la Gran Manzana no es la esperada, se mueve como si estuviese en un laberinto, de aquí para allá, con esa incertidumbre del que todo es temporal, de su sitio no está en ese lugar, porque simplemente está de paso no sabe hacia adonde. Nico sueña con encontrar la oportunidad de demostrar su valía como actor, en un país difícil y complejo, donde las oportunidades escasean y además, deberá enfrentarse a la durísima competitividad, y a los prejuicios propios del estadounidense medio. Un argentino rubio y de piel clara, no es el prototipo de latino que las barras y estrellas consideran como tal.

Solomonoff no juzga a su personaje, no emite ninguna posición ni emocional ni ideológica, lo filma desde todos los puntos posibles, y lo relaciona con personas de diferentes clases sociales, desde la argentina que se ha casado con el yanqui y se ha convertido en uno de ellos, de aquellos estadounidenses más liberales, pero que en el fondo sus ansías de posición económica los lleva a sentirse de una manera, pero actuar de otra, muy convencional, o el actor argentino, amigo de Nico, que viene de visita y se queda maravillado por el lugar, desde la perspectiva del turista, que no conoce los verdaderos cimientos en los que se sustentan toda esa maquinaria de luces y neones, o la propia perplejidad y contradicciones de Nico, que no sabe muy bien que hace en una ciudad que da poco y exige tanto, en un estado de extrañeza constante y pérdida de sí mismo, de desconocerse cada día un poco más, y de náufrago a la deriva en esa inmensa isla, donde tampoco las relaciones íntimas le ofrecen estabilidad emocional, porque todavía arrastra ese pasado que le agobia y le ha llevado a esta huida sin fin y traumática.

La fantástica y contenida interpretación de Guillermo Pfening dando vida a Nico, consigue traspasar su mirada y descubrir su interior, todo aquello que hierve en esa alma rota e inquieta, en ese cuerpo que se mueve de un lugar a otro, ya sea en bici o en metro, ya sea con un bebé que no es suyo, pero que lo quiere como tal, o a la espera de que ocurra algo, aunque a veces haya perdido toda fe en eso, o lo que es más grave, haya perdido la fe en sí mismo, porque no desconoce qué hacer, y sobre todo, hacia adónde ir. Y no sólo la composición de Pfening, sino cada uno de los intérpretes que aparece en la película transmite verdad y naturalidad, componiendo un caleidoscopio interesante y diferente de una ciudad cosmopolita, interesante, atractiva, pero también salvaje, despiadada y que en ocasiones, puede resultar muy hostil y oscura para los recién llegados o aquellos a los que les cuesta adaptarse a sus costumbres y reglas, y a su ritmo endiablado.

 Solomonoff es una gran todoterreno en esto del cine, ya que ha sido asistente de gente como Puenzo o Salles, ha producido a Celina Murga o Julia Murat, entre otros/as, y lleva años dando clases en EE.UU., y en Nadie nos mira, parece explicarnos su experiencia como extranjera en ese país de acogida, sus sentimientos y percepciones como diferente, como latina, aunque sea como su protagonista, rubia y de piel clara, rompiendo los estereotipos de ese ciudadano medio yanqui, en un relato que nos muestra como un diario del inmigrante que llega a esa ciudad querida y soñada, peor que se dará de bruces con la realidad del lugar, y sobre todo su propia realidad, porque como bien reflexionaba Muñoz Molina: “Uno cuando viaja, no deja sus problemas en casa, sino que los lleva consigo mismo”, y el bueno de Nico, tiene todavía muchas cuentas pendientes no con Argentina o Nueva York, sino consigo mismo, con sus emociones y sentimientos, con el hombre al que amó o todavía ama, y su destino como actor, y en un espacio ajeno y extraño, en una huida constante, no de nada ni nadie, sino de sí mismo.


<p><a href=»https://vimeo.com/265529148″>Trailer Nadie nos mira</a> from <a href=»https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Miss Kiet’s Children, de Petra Lataster-Czisch y Peter Lataster

ELOGIO A LA MAESTRA.

“Hay una solución para cada problema”

En la escuela de un pequeño pueblo de Holanda, conoceremos a Kiet Engels, una maestra al cargo de una clase de recién llegados, niños inmigrantes en su mayoría refugiados de guerra. La señorita Kiet es una maestra digna de elogio, se muestra estricta, pero comprensible, cercana pero no condescendiente, sensible pero no maternal, es un faro para estos niños, una guía para enfrentarse a lo nuevo, a un nuevo país, nuevas costumbres, una nueva escuela, otro idioma y demás. Kiet se mueve entre ellos, escuchándoles, atendiendo sus peticiones, pero imponiendo una manera ordenada y disciplinada, sin ser severa o amenazante, sino todo lo contrario, empática con sus conflictos, armada de una infinita paciencia, va tejiendo las costuras emocionales de estos niños a los que la vida les ha dado una nueva oportunidad, una nueva vida. Los directores Petra Lataster-Czisch (Dessau, Alemania, 1954) y Peter Lataster (Amsterdam, Holanda, 1955) matrimonio de cineastas, y veteranos en estas lides, ya que llevan trabajando juntos desde 1989, no sitúan en las cuatro paredes de la escuela, en la aula, donde se desarrollará el grueso del filme, algunos pasillos, siempre desde el punto de vista de la aula, el recreo, y el gimnasio, adoptando la mirada de los pequeños alumnos (como hacía Ozu en su cine, donde la cámara se situaba a la altura de la mirada de sus personajes, cuando éstos se mostraban sentados al estilo oriental) en una posición adecuada, donde miraremos la película a través de las miradas de esos niños, conociendo este universo escolar, y sobre todo, a ellos, auténticos protagonistas de la película.

La señorita Kiet se agachará o se inclinará para encontrarse a la altura de sus miradas, los atenderá en orden, y les abrirá el mundo a la enseñanza, a la maravillosa tarea de aprender, desde el amor, la comprensión y la diversión. Kiet los escuchará atentamente cuando se muestran enfadados o reacios, intentando que se abran a ella y a los demás compañeros, explicándoles con atención, tratándolos como personas, hablándoles de las ventajas del aprendizaje, a través de la actuación, de las diferentes tareas que tienen que realizar, felicitándolos con recompensas como pegatinas o diplomas cuando acaban con éxito las tareas, y por el contrario, cuando no consiguen hacer la tarea, instándolos a seguir trabajando y estudiando las causas que han motivado esa actitud ante la tarea. Cualquier conflicto que sucede en el recinto escolar, la señorita Kiet lo ataja a través del diálogo y la actividad, exponiendo los hechos con los protagonistas y los diferentes puntos de vista de los testigos, aclarando las situaciones conflictivas, y mediando para que sus alumnos asuman sus actos y acepten al otro, así como sus complejidades y deseos, reconciliándolos y obligándolos a pedir disculpas y trabajar para que no vuelvan a producirse hechos semejantes.

Los directores han construido un bellísimo y necesario documento sobre el humanismo, sobre nosotros mismos, y sobre el otro, en el que adoptan la mirada de observación, dejando que la vida cotidiana escolar se desarrolle con normalidad, colocando su cámara desde una posición cercana y como un alumno más, capturando la naturalidad y la realidad que allí acontecen, sin entrevistas ni música, escuchando los sonidos propios de los diálogos entre los jóvenes protagonistas y el sonido propio del aula. Conoceremos a Haya, Leanne, Branche, Jorj y Maksim, niños refugiados sirios, y asistiremos a todo su proceso, desde sus primeros días, sus ilusiones y deseos, su adaptación a la clase, al idioma holandés, y sus relaciones con los demás compañeros, y con la señorita Kiet, todo contado con extrema intimidad y sensibilidad, filmando con paciencia y naturalidad todo este proceso, no exento de problemas y conflictos varios, pero, a través de la habilidad y el trabajo sencillo y cercano de Kiet, integrándose en el transcurso de las clases, y despertando el interés de cada uno de ellos, y el amor a aprender, a conocer, a descubrir un mundo infinito y apasionante.

La película está hermanada en muchos puntos en común con otro grandioso relato sobre la educación como es Ser y tener, de Nicolas Philibert, en el que también nos encontrábamos en un ambiente rural, con niños de diferentes edades, aunque sin el condicionante de niños refugiados de la guerra que hablan otro idioma, pero si emparentada con los métodos de enseñanza que empleaba el maestro Geroges López, muy parecidos a los de la señorita Kiet, profesionales vitalistas y humanistas, entregados al oficio de enseñar, aprendiendo de sus alumnos, de caminar junto a sus alumnos, a través del interés por las cosas, aunque sean mínimas, aunque a simple vista no tengan importancia, pero acercándose a ellas, se descubren cosas maravillosas, a dotarles de herramientas para conocerse más a sí mismos, y a relacionarse con los demás, a aceptarse y aceptar la diferencia, al otro, que aunque sea diferente, pude estar muy cerca de ellos, a aprender del conflicto, y dejarse llevar por el maravilloso mundo del aprendizaje, de sus inquietudes, de sus intereses, y sobre todo, abrazar la vida.


<p><a href=»https://vimeo.com/267785050″>Tr&aacute;iler castellano | Miss Kiet’s Children</a> from <a href=»https://vimeo.com/user34637086″>Pack M&agrave;gic</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

FIRE!! 23a Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià 2018

El pasado domingo 17 de junio se cerró el telón del FIRE!! 23 Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià, en su sede habitual del Instituto Francés en Barcelona. Este año el tema central del festival se ha centrado en la adolescencia, en ese período capital donde, tanto niños como niñas, experimentan su propia intimidad, en el descubrimiento sexual, el rechazo y estigma social, y los conflictos propios de la edad. Las películas que han formado parte de las diferentes secciones, de procedencias diversas y formatos, han incidido en el deber de mostrar a cada uno como se siente, y en trabajar para la aceptación, tanto a nivel personal como a nivel social. Mi primera aventura en el FIRE!! Arrancó con la película MA VIE AVEC JAMES DEAN, de Dominique Choisy. La primera película del director francés es un hermoso y divertido cruce entre el cine de Eric Rohmer y Wes Anderson, en el que Géraud, un joven cineasta independiente presenta su película (que da nombre al título de la película) en lugares costeros donde el cineclub se mantiene gracias a la voluntariedad de algunos románticos. Una cinta donde el amor se presenta como algo que choca con la libertad individual, las ansías de ser uno mismo, en un relato lleno de ironía, donde en que el amor abierto y sincero, se mueve entre contradicciones, pasados revueltos y situaciones rocambolescas, y más propias del cine cómico de antaño. Choisy nos hace pasar un rato agradable, mezclando paisajes bellos, personajes solitarios y amores difíciles, en una película donde se habla de amor libre, de personas que no lo son tanto, más por sus propios miedos, y el rechazo de los suyos.

Continúe con la película 1:54, de Yan England. La cinta se centra en Tim, un adolescente que siente el rechazo y la presión social de su instituto por el hecho de ser diferente. El cineasta canadiense muestra el acoso escolar, la soledad que provoca y la fascinación de las redes sociales como herramienta para provocar dolor en los demás, y lo hace en un relato que muestra crudeza y violencia, pero de un modo sincero y directo, sin caer en la condescendencia  o el discurso fácil, sino en ahondar en las violencias adolescentes y en los conflictos que todo eso provoca en un joven, que encontrará en el deporte un aliciente para combatir tanta crueldad y hostilidad, planteando una historia donde la falta de comunicación deviene en un conflicto de compleja solución. La poderosa interpretación de Antoine Olivier ayuda a convencernos de la amarga situación que viven muchos adolescentes en su cotidianidad en sus institutos. La siguiente película que tuve oportunidad de ver fue LOVE, CECIL, de Lisa Immordino Vreeland. Documento didáctico e interesante sobre Cecil Beaton, uno de los fotógrafos, escritores y pintores más influyentes del siglo XX, que se codeó con artistas de toda índole y la realeza europea. Su controvertida personalidad queda patente a lo largo de su vida, sus aires de dandi, su amor por la belleza y el glamur, y su pasión por la vida y el arte, le llevó a amar a hombres y mujeres, siempre con esa pasión que le caracterizaba. Vreeland, una experta en la biografía, traza una película que recorre la vida de Beaton, desde muchos ángulos, desde la complejidad del personaje, y sin ningún atisbo de endiosamiento, dejando entrever todas sus caras y facetas, desde lo íntimo hasta lo más abierto y social, presentando a un hombre marcado por su infancia, amante de la poesía, de la clase y la extravagancia, que siempre deseó capturar la belleza, aunque sólo durase un suspiro.

Después me acerqué a EVA + CANDELA, de Ruth Caudeli. La ópera prima de la directora española afincada en Colombia, es un retrato sobre el amor, arrancando con la pasión devoradora de los primeros momentos, continuando con la convivencia y los proyectos en común, y finalmente, el desgaste de la relación y el distanciamiento por intereses diferentes. Todo contado desde el mundo del cine, ya que una de ellas es directora, y la otra, actriz, capturando la intimidad del hogar, los sueños comunes y como estos se van resquebrajando con el inevitable paso del tiempo y las diferentes circunstancias a las que tienen que enfrentarse. Caudell nos habla de amor, de pasión, pero también, de la difícil vida en común, de compartir sueños y de los conflictos que se van generando por el cariz diferente que van adquiriendo las respectivas carreras profesionales, en un relato íntimo y natural, en el que destacan la interpretación de su maravilloso dúo protagonista. Después, le tocó el turno a LOS MODERNOS, de Marcela Matta y Mauro Sarser. La primera película que dirigen conjuntamente los cineastas uruguayos, es una película fresca, inteligente y sencilla, en la que con un primoroso blando y negro, nos retratan la vida de tres parejas y sus conflictos sobre la paternidad, la realización personal a través de una profesión artística, y la libertad sexual, creando situaciones divertidas, dramáticas y surrealistas, en una película que crítica con ironía la impostura del arte, sus excesos y miserias, a través de unos personajes íntimos, contradictorios y perdidos, dejando entrever el mundo moderno, donde las relaciones siempre penden de un hilo muy frágil, la vulnerabilidad de las emociones, y la incertidumbre de una sociedad cada vez más superficial, en el que las personas se mueven casi a tientas y con un excesivo temor a los cambios personales y profesionales.

Seguí con la película THEY, de Anahita Ghazvinizadeh. La directora iraní nos sitúa en los suburbios de Chicago para hablarnos de J, adolescente que se encuentra en un tiempo de transición, en el que ha dejado el tratamiento hormonal, para decidir sobre su identidad de género. La realizadora nos habla de un período corto, un fin de semana donde J recibirá la visita de su hermana mayor y el mejor amigo de ésta, en un instante, en el que los tres personajes se encuentran en la tesitura de tomar decisiones, de encaminar una vida hacía un lugar u otro. Una película contada de manera cadente e íntima, como si fuera una leve brisa, donde el tiempo pesa y las situaciones mezclan conflictos emocionales, la incertidumbre profesional, el desarraigo del inmigrante, y demás problemas a los que los personajes saben que tarde o temprano deberán enfrentarse. Mención especial a la interpretación de Rhys Fehrenbacher, que encarna con sutilidad y honestidad los conflictos del adolescente en ese trance de decidir su género. Finalmente, vi la película MARVIN OU LA BELLE ÉDUCATION, de Anne Fontaine. La experimentada cineasta francesa retrata en dos tiempos la vida de Marvin, inspirada en una experiencia real, donde vemos la dura y conflictiva infancia de un adolescente con su familia en su pueblo, y luego, en su juventud, cuando se prepara como actor de teatro. Fontaine, con su estilo naturalista y cercano, huye de cualquier atisbo de panfleto y sentimentalismo, retratando a un chaval solitario y acosado, que encontrará en el teatro una vía de escape y una oportunidad para salir de ese ambiente opresivo, tanto en el instituto como familiar. En la ciudad, con más edad, también, se topará con un ambiente sofisticado, pero también no carente de miseria emocional e hipocresía. Un titulo estupendo y profundo que maneja con soltura e intimidad temas complejos y dolorosos, pero lo hace desde muchos prismas posibles, y dejando libertad a los espectadores, en la que podemos disfrutar de la maravillosa presencia de Isabelle Hupert interpretándose a sí misma. Hasta aquí mi aventura en la 23 edición del FIRE!! un festival interesante, muy concurrido y cercano, que nos acerca un cine que nos habla de primera mano y con honestidad sobre los problemas del colectivo LGTBI, que no sólo afectan a las personas que los sufren en carne viva, sino a toda una sociedad que necesita imperiosamente mirar al otro, sin prejuicios ni convencionalismos, y dejándose llevar por el amor y la educación. LARGA VIDA AL FIRE Y HASTA EL AÑO PRÓXIMO!!!

 

Entrevista a Anxos Fazáns

Entrevista a Anxos Fazáns, directora de la película «A estación violenta», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el viernes 27 de abril de 2018 en la cafetería del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anxos Fazáns, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

A estación violenta, de Anxos Fazáns

BELLOS Y MALDITOS.  

La película se abre con la espalda de Claudia. Nos encontramos en una playa al amanecer, Claudia se mueve ensimismada, dejándose llevar por ese momento, que intuimos agradable y feliz. De repente, cuatro amigos entran en el encuadre, al mismo tiempo que la música apacible, deja paso a un guitarreo. El grupo avanza hasta la playa, desvistiéndose y bañándose entre risas y júbilo, alejados de todo, disfrutando de ese instante, que con el tiempo les parecerá imposible, como si perteneciese a un sueño lejano, como si lo hubiese soñado otro. Una apertura con un significado muy especial al desarrollo de la misma, ya que ese momento que acabamos de presenciar nos habla de tiempo, de amistad, de un tiempo pasado, un tiempo que ya jamás volverá, un tiempo al que sus personajes, en cierta manera, han quedado atrapados, absortos en esa melancolía profunda, sin posibilidad de mirar más allá, como si el futuro de sus vidas hubiese quedado detenido en aquel tiempo, en ese instante de la juventud, en ese tiempo fugaz, donde el mañana no existía y todo se movía a ritmo frenético, sin descanso. La cineasta Anxos Fazáns (Pontevedra, 1992) después de varios trabajos como script, varios cortometrajes, y su trabajo en el equipo de dirección de Las altas presiones (2013) de Ángel Santos, uno de los coguionistas de la película, junto al productor Daniel Froiz, Xacobe Casas, y la propia directora, un relato libremente inspirado en la novela homónima del pontevedrés  Manuel Jabois.

Fazáns nos habla de un reencuentro, o también, podríamos decir de un (des) encuentro entre Manuel, un escritor que ya no escribe, alguien que deambula, como un fantasma, por las calles de su juventud, se mueve por un espacio que ya no reconoce, que le resulta extraño, que ya ha dejado de pertenecer, y se topará con su pasado, con sus amigos de antes, con Claudia, una ex yonqui, y David, su novio y músico. A partir de ese instante, los tres se juntaran, compartir una casa en la playa, y saldrán de fiesta, escucharán música y se moverán juntos, como si fuese un tiempo de recuerdo, un verano para sentir aquello que ya no sienten, un verano de solitud interior, de estados de ánimo tristes, vacíos, anulados, como si aquel tiempo los hubiera consumido para el resto de su vida. Hablarán poco, quizás las palabras ya no salen, o no saben que decirse, porque se les acabaron las ideas, o cualquier cosa que digan les parece de más, o les puede llevar a situaciones incómodas, situaciones para que las que no están preparados, y a recordar momentos a los que no quieren volver, porque el pasado pesa, hace daño, porque ahora, ese tiempo es diferente, oscuro y muy terrible.

Fazáns maneja su película con valentía y aplomo, mueve a sus tres personajes, o lo que queda de ellos, vagando como almas espectrales a la espera de algo o alguien, que saben de antemano que no reencontrarán o se fue para no volver jamás, estructurando esta película sobre el tiempo, sobre lo que fuimos y ya nos seremos, a través de la música, una score de bandas gallegas (incluso la propia directora se pare un tema) en la que escuchamos rock urbano, o el tema de “El huerfanito” (cantada por una increíble Nerea Barros) canción que va como anillo a estos tres huérfanos y náufragos de su propia vida, almas en tránsito a no se sabe a qué limbo o qué dimensión. El trío protagonista encabeza por una inconmensurable Nerea Barros (que ya habíamos tomado medida de su talento como esa mujer rota, sevillana y rural de los setenta que hacía en La isla mínima) se convierte en esa Claudia dolorida, ausente y triste, que se nos muestra cansada y abatida, como buscando un refugio imposible de hallar, en una búsqueda fraudulenta por encontrar algo de paz en su vida, le acompaña Alberto Rolán como Manuel, el viajero sin viaje, el sonámbulo perdido y sin ilusión, el escritor que recuerda que escribía, el vivo-muerto, con ese pelo alborotado, esa barba salvaje y esos polvos de auxilio, y completando el trío tenemos a Xosé Barato, otra alma en pena, otro más, otro que se mueve por inercia, sin apenas ilusión, alejado de lo que fue, de aquel joven que se iba a comer el mundo, aquel joven del que ya no se acuerda nadie, ni él mismo, y la inquietante y oscura presencia del siempre magistral Antonio Durán «Morris» como Dante (una especie de «Madre superiora», el personaje que interpretaba Peter Mullan en Trainspotting).

El formato 16 mm impone esa intimidad en el interior de los personajes, junto a esa luz rota y dormida, de ese tiempo detenido, sin tiempo y sin vida, obra del cinematógrafo Alberte Branco (autor de la luz de Las altas presiones y Os fenómenos) y su duración, apenas 73 minutos, condensan ese tiempo de espera o de nada, ese tiempo que se va o ya se ha acabado, donde el pasado pesa y daña, el futuro no llegará, y el presente se ha transformado en un día eterno sin más, en una jornada interminable, donde las cosas suceden de forma invisible, casi imperceptible, como si sus vidas, aquellas que antaño estaban llenas de vida, juventud, pero también, de desfase y muchas drogas, como si nada existiera, ni ellos mismos siquiera, hubiese consumido sus almas, las hubiera vaciado, y ahora sólo tienen esos restos del naufragio, restos sin más, cuerpos desnudos y llenos de cicatrices físicas e interiores, que se alimentan de tristeza y dolor, en una marejada ingobernable de recuerdos, de sonrisas tristes, de melancolía, de amigos que se quedaron en el camino, y momentos, sólo momentos amontonados sin capacidad para descifrarlos, para retenerlos de alguna manera, para revivirlos.

Entrevista a Mariona Guiu y Ariadna Relea

Entrevista a Mariona Guiu y Ariadna Relea, directoras de la película «Singled (Out)». El encuentro tuvo lugar el viernes 8 de junio de 2018 en La Bonne. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mariona Guiu y Ariadna Relea, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de La Bonne, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Singled (Out), de Mariona Guiu y Ariadna Relea

EL ESTIGMA DE LA SOLTERA.

«Los hombres buscan una mujer que ya no existe. Las mujeres buscan un hombre que aún no existe. En otras palabras, los hombres buscan una mujer del pasado y las mujeres buscan un hombre del futuro»

Albert Esteve, Centro de Estudios Demográficos de la UAB

En el mundo actual, la soltería todavía arrastra convenciones y prejuicios sociales, y sigue viéndose como algo negativo y perjudicial para la vida de las personas. En el caso de las mujeres, los problemas y las miradas juiciosas aumentan considerablemente, ya que la mujer es vista como un ser indefenso y maternal, que necesita la protección masculina o cualquier tipo de ayuda en su cotidianidad. Aunque todavía hay mucha tela que cortar, la película se centra en el caso de cinco mujeres y su soltería. Las directoras Mariona Guiu (Barcelona, 1980) y Ariadna Relea (Barcelona, 1977) tienen amplia experiencia en el campo documental, en los que han trabajado en proyectos sociales preocupándose por la situación de los más desfavorecidos de Cuba, Guatemala o el Sahara, o la memoria histórica, centrándose en la mujer, y sus entornos y contextos, para su primera película juntas, han viajado a cuatro lugares del mundo, muy distintos entre sí, donde ser mujer y soltera es toda una odisea, en una sociedad cada vez más preocupada del individualismo y el éxito económico y olvidada completamente de las emociones.

Todas las mujeres que conoceremos y miraremos son mujeres independientes económicamente, con empleos que les permiten unas comodidades y un estilo de vida moderna, y viven su vida conforme a sus valores y principios. La película viaja a diferentes lugares y entornos, donde nos explican sus singularidades sociales y culturales. En Melbourne, nos presentan a Jules, que tiene las páginas de contactos para encontrar pareja, aunque sin mucha fortuna, donde la película se centra en la falta de hombres en el país. Nos trasladaremos a Barcelona a conocer a Manu, de casi 40 años, también con la idea de la pareja, pero añadiendo el objetivo de ser madre. En Estambul, estaremos con Melek, una joven que quiere estudiar en el extranjero, y olvidarse de una sociedad que se mueve entre la modernidad y las tradiciones más arcaicas, y finalmente, en Shanghái, descubriremos a dos mujeres, a Shu y Yang, en un país donde la tasa de hombres es muchísimo menor que el de las mujeres, y eso ha provocado que muchas mujeres sean consideradas “sobrantes”.

La película sigue de forma honesta e íntima la cotidianidad de estas mujeres, entrando en sus viviendas, sus familias, y sus conversaciones, reflexiones y declaraciones sobre su presente y su futuro, sin entrar en ningún juicio de valores ni nada parecido, dejando que ellas comuniquen su vida y sus miedos e ilusiones, filmándolas desde el respecto y capturando su esencia, mujeres todas ellas, sinceras e inteligentes, que desnudan su alma delante de la cámara, en el que exploramos su vida desde una posición privilegiada, conociendo diferentes formas de soltería, aceptada o no, pero siendo consecuentes con sus actos y sobre todo, manteniéndose firme en un entorno hostil y juicioso, más preocupado de las apariencias que de los verdaderos sentimientos. Pero, la película no sólo muestra cinco solteras y sus modos de vida, sino que también, escuchamos a varios expertos en sociología, derecho y demografía, que nos explican las diferentes situaciones políticas, económicas, sociales y culturales de los diferentes países que visitamos, además, de reflexionar sobre el individuo, las diferentes formas de vida, y la decisión de estar solo, y las múltiples formas de aceptación personal, de vida y sociabilidad de los diferentes entornos.

Guiu y Relea, a través de su mirada inquieta y curiosa, nos descubren su película a través de la sencillez y la intimidad, como si estuviéramos mirándola a través de una agujero en la pared sin ser nunca descubiertos, con la libertad del que mira, adentrándonos en otras vidas, en otras formas de vida y valores, moviéndose por una sociedad que al igual que sucede en Turquía, se presenta como moderna, pero todavía, en lo más profundo, alberga raíces muy conservadoras sobre cómo vivir y sobre todo, con quién vivir, arrastrando convenciones y conductas sociales oscuras y medievales, que se niegan a aceptar que como dice la canción: “Que los tiempos están cambiando”, y existen tantas formas de vida como personas existen en el planeta, ni mejores ni peores, solamente diferentes, vidas que merecen ser escuchadas y comprendidas, vidas que viajaban libres, a pesar de las dificultades sociales, y ese estigma que las sigue como una sombra culpabilizadora, que las sigue sin descanso, aunque ellas, estas mujeres seguirán confiando en sí mismas, y dejándose llevar por sus vidas, sus sueños, sus miedos y hacía adelante.


<p><a href=»https://vimeo.com/227864197″>SINGLED [OUT] – TRAILER VO CAST</a> from <a href=»https://vimeo.com/singledoutthefilm»>SINGLED OUT FILM</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>