Entrevista a Iván Massagué, actor de la película «Esmorza amb mi», de Iván Morales, en la Biblioteca de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona, el lunes 2 de junio de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Massagué, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cuando hablamos de precariedad tendemos a relacionarla con precariedad laboral y económica, pero la precariedad adopta hoy formas diversas, formas de vulnerabilidad que hablan de la inestabilidad y la exposición a una flexibilidad y temporalidad constante, de la ansiedad en las formas de vivir el tiempo, del tono desechable de las prácticas y de la información…”
Remedios Zafra
Los dos primeros largometrajes de Ignacio Estaregui (Zaragoza, 1978), tanto Justi&Cia (2014), como Miau (2018), se adentran en un tono de comedia para hablarnos de crisis laborales y de vejez. En En Racha (2020), un cortometraje de 17 minutos nos situaba en la mirada de un guardia de seguridad de un palacio en su turno de noche donde el tono era de drama. En Rider, el drama vuelve a estar presente, donde conocemos a Fiorella los 72 minutos de metraje, en el que la joven a bordo de una bicicleta y asumiendo el rol de su compañera de piso, va entregando los respectivos pedidos, mientras va atiendo llamadas de los de allá, de los de acá, y sobre todo, se sumergirá en la entrega de un pedido especial, quizás demasiado oscuro para ella.
El director zaragozano habla de existencias precarias en todos los sentidos: de trabajo, de vivienda y de estudios. Todo está contado en una especie de contrarreloj donde la bomba está a punto de explotar. Una carrera hacia la nada, perseguida por todos y todas, en una constante huida por las calles de Zaragoza, y la urbe humana y demás que pulula por esos espacios más allá de medianoche. Un mundo de sombras, de unos que salen a divertirse o eso es lo que creen, y otros, como Fiona, que no vive en la precariedad más absoluta, temblando cada día por si no le llega la pasta, no puede pagar esto o aquello de más allá. Es una película dura pero no se regodea en la mierda, es decir, cuenta una realidad que rompe el alma, sí, pero lo hace con dignidad, valentía y sobre todo, humanidad, porque hay algo de luz entre tanta desigualmente, desesperanza y deshumanización. El tiempo de la película, el aquí y ahora, es un grandísimo acierto para meternos en la piel y el cuerpo de la protagonista, porque todo es agitación, fisicidad y movimiento, que evidencia el estado emocional tan frágil en el que debe vivir Fio. Aunque a parte de la realidad más cercana y tensa, hay tiempo para esos breve momentos donde la joven circulando en una ciudad casi vacía, reflexiona en una especie de letargo sin fin.
Estaregui se ha reunido de algunos de sus técnicos más cómplices como el guionista S. Sureño, que ya trabajaron juntos en el mencionado En racha, el cinematógrafo Adrián Barcelona, que estuvo en las citadas Miau y En racha, y en películas tan estimables como Para entrar a vivir y Ullate. La Danza de la vida, en una luz que sigue y psicoanaliza a la protagonista, con esos largos travellings que ayudan a crear la sensación de huida y sometimiento. El montador José Manuel Jiménez, también En racha, que tiene una gran filmografía al lado de Achero Mañas, Miguel Ángel Vivas, Isabel de Ayguavives, Koldo Serra y Salvador Simó, entre otros otros, y la ayudante Lucía Casal, que ha trabajado con Jaime Rosales y Àlex Montoya, en un destacado trabajo donde sus citados 72 minutos de metraje son adrenalina pura, agitación y tensión deslumbrantes. El estupendo sonido que firma Pablo Lizárraga, que estuvo en Miau, y en series como El Cid y Las abogadas, y en los equipos de La estrella azul y Saben aquell, que se metamorfosea junto a la música de Luis Giménez, que ha estado en todos los trabajos de Estaregui, donde la película construye un microcosmos auténtico y nada impostado.
Cabe destacar la magnífica interpretación de la actriz venezolana Mariela Martínez, que estuvo en La jefa (2022), de Fran Torres, haciendo de la omnipresente Fio, que pedaleando por la noche maña, se verá expuesta a todo y a todos sumergiéndose aún más en las zonas más oscuras de la ciudad. Una composición que recuerda a la misma situación que vivía Tom Hardy en Locke (2013), rodeado de voces. Este interesante cruce de terror hitchockiano con lo social, con lo de verdad y lo humano, que coproduce Centuria Films, una compañía que ha hecho interesantes producciones como documentales como Garbo, el espía y, Hotel Explotación. Las Kellys y ficciones como Cuando dejes de quererme, entre otras. Recordemos el nombre de su director Ignacio Estaregui, y recuperaremos sus dos anteriores largos, porque nos ha gustado mucho esta pequeña e inmensa película que con talento y verdad ha conseguido acercarnos la vida de muchos de estos “riders” y todo lo que hay detrás de sus vidas como las que se contaban en La historia de Souleyman, de Boris Lojkine, apenas estrenada hace un mes y algo, que también nos situaba en la cotidianidad de un rider en las calles de París y sus innumerables circunstancias de supervivencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Miguel Rellán, actor de la película «La buena suerte», de Gracia Querejeta, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el lunes 28 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Rellán, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Maria Salas, actriz de la película «Esmorza amb mi», de Iván Morales, en la Biblioteca de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona, el lunes 2 de junio de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marina Salas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Hugo Silva, actor de la película «La buena suerte», de Gracia Querejeta, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el lunes 28 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Silva, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¿Qué le sucede al hombre que ha huido frente a su miedo? No le ocurre nada, sólo que no aprenderá nunca”.
Carlos Castaneda
Después de debutar con la estimable Una estación de paso (1996), Gracia Querejeta (Madrid, 1962), adaptó la novela “Todas las almas”, de Javier Marías en una película que se llamó El último viaje de Robert Rylands (1996), en inglés y con un reparto internacional en un relato admirable sobre el compromiso del amor y la solidaridad. Han tenido que pasar 7 largos entre los que destacan Cuando vuelvas a mi lado (1999), Siete mesas de billar francés (2007) e Invisibles (2020), algunas series, tantos cortometrajes y demás trabajos, para que la hija del célebre Elías Querejeta adaptará una novela, en este caso la de Rosa Montero bajo el título La buena suerte. Estamos ante un interesante cruce de historia intimista y thriller cotidiano donde un padre abrumado por los delitos de su único hijo, intenta dejarlo todo y huir a un pueblo cualquiera en el que refugiarse de tanto dolor y desesperación.
Si bien la película se encuadra en una cinta que obedece a cierto academicismo, donde todo está muy bien encuadrado y contado, aunque se aparta un poco de esa convencionalidad para irnos descubriendo una historia que aparentemente parece una cosa pero esconde otras que sorprenderán y mucho. Seguimos la existencia de Pablo, un arquitecto de éxito en Madrid que huye dejándolo atrás y acabando en un pequeño pueblo perdido en algún lugar de la provincia de La Rioja. En ese recóndito lugar, conocerá a Raluca, mitad rumana-española que trabaja en el macro súper de la zona, a Felipe, una especie de viejo marino que pasa sus días entre escepticismo y lo sarcástico, y el Urraca, el mota broncas del lugar que acosa a Raluca. En ese microcosmos, Pablo hará lo imposible para olvidarse de quién era, o quizás, empezar de nuevo o simplemente, dejarse llevar mientras se oculta de otros acontecimientos que lo mantendrán alerta. Con un guion de María Ruiz (actriz que conocemos por su faceta como actriz en El camino de los ingleses y Un buen día lo tiene cualquiera, y posteriormente, como traductora y adaptadora de textos en musicales que dirige Antonio Banderas) y la propia directora obedece al cine intimista, de personajes y naturalista que tanto gusta a Querejeta.
La directora madrileña se ha acompañado de dos de sus cómplices como son Juan Carlos Gómez, con casi el centenar de títulos en la cinematografía, en su cuarto trabajo juntos, con una luz cercana, nada impostada que recoge todo el momento emocional que tiene el protagonista, perdido en mitad de un cruce y ante un abismo que se acerca inexorablemente. Leire Alonso en el montaje, más de 35 largometrajes, también el cuarto largometraje con la directora, en un trabajo conciso y sobrio donde apenas hay sobresaltos, todo contado con una sencillez y clarividencia que recuerda aquel cine clásico y algún que otro western de personajes cayendo de no sé sabe donde en unos 90 minutos que no dejan indiferente. La música de Vanessa Garde que debuta en el universo Querejeta, después de una larga trayectoria de más de 30 películas con nombres tan interesantes como Raúl Arévalo, Daniel Sánchez-Arévalo, Álvaro Fernández Armero e Imanol Uribe, entre otros, consigue seducirnos con unas melodías honestas que saben captar todo el desbarajuste sentimental que sufre Pablo, sin hacer esa música que simplemente acompaña sin más.
Un reparto que brilla con honestidad y capta con sinceridad todas las capas de unos personajes muy perdidos o simplemente dejando que la vida vaya pasando, esperando algo, alguien o vete tú a saber. Tenemos a unos estupendos Hugo Silva como Pablo y Megan Montaner como Raluca, que repiten después de la estimable Dioses y perros (2014), aquí haciendo un dúo que sin saberlo, parecen estar bajo la misma barca de náufragos. Miguel Rellán es Felipe, un actor que lleva casi medio siglo de oficio con más de 150 títulos añadiendo todos esos toques de realidad y sobriedad al protagonista y por ende, a la película. Y luego, nos encontramos una retahíla de personajes que con su breve presencia dan a la historia una profundidad tan necesaria como humana, que encontramos en otras obras de la cineasta como Ismael Martínez en Urraca, una especie de antagonista y una amenaza constante, otra más. Eva Ugarte es la socia de Pablo, que ya habíamos visto por la factoría Tornasol. Chani Martín como un Guardia Civil con mucho sentido irónico, y no podemos olvidar a la pareja de polis que hacen Francisca Horcajo y Josean Bengoetxea, unos roper bien/mal avenidos de la ley.
La nueva película de Gracia Querejeta sigue la estela de su cine, aunque ahora parta de la base del genio de Rosa Montero, porque tiene muchos elementos que la directora madrileña ha ido construyendo en una larga filmografía que arrancó casi tres década con personajes de clase media/alta que se ven sumergidos en conflictos que los traspasan de tal manera que entran en barrena, es decir, en una deriva laberíntica que los enfrenta con sí mismos, con sus propios ideales, prejuicios y demás. En La buena suerte encontramos muchas de estas cosas, con la añadidura del thriller como hizo en Ola de crímenes (2018), eso sí, bajo otro tono, donde hay había humor negro, aquí hay un tono más amargo y más duro, donde un padre se ve violentado por las terribles fechorías de su primogénito, donde un padre tiene miedo a su propio hijo. Un tema que está tratado con inteligencia y sin caer en lo burdo ni en lo mundano. La película se ve con pausa, sin grandes peripecias de guion ni de forma, porque Gracia Querejeta no va por ahí, sino por contar una historia interesante con solvencia, respetando al espectador y sobre todo, siguiendo las formas de cómo se ha hecho cine durante tanto tiempo, atrapando al espectador con lo más mínimo y llevándolo sin sobresaltos, pero con solidez y sin atajos tramposos, que tanto hay en el cine de nuestro tiempo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ibon Cormenzana y Manuela Vellés, director y actriz de la película «Cuatro paredes», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el viernes 25 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ibon Cormenzana y Manuela Vellés, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”.
Václav Havel
Cuando pensamos cómo se ha reflejado el continente africano, nos asaltan imágenes comunes que muestran las aristas, injusticias y violencias que han sufrido y sufren sus habitantes. Son imágenes de inmigración, desesperación, tristeza y abandono por parte de las naciones europeas que las siguen sometiendo e imponiendo una colonización de sus recursos y libertades. Por eso, una película como Pequeños acróbatas (en el original, “Jump Out”), se erige como un acercamiento diferente e inusual de la imagen que tenemos instalada de su situación. Porque la película, aunque muestre una realidad difícil y llena de carencias, no se regodea en eso, al contrario, la muestra, pero también lo hace desde el rigor y la voluntad, y desvía la cámara hacia el rostro y la mirada de dos chavales de nueve años, los Ian y Pro, los protagonistas de esta historia que sueñan con actuar como acróbatas en Europa.
La directora Nika Saravanja (Croacia, 1985), que conocemos por su primer largometraje Dusk Chorus – Based on Fragments of Extinction (2016), codirigido con Alessandro D’Emilia, que se centraba en el impacto del humano contra la naturaleza capturando los sonidos de los hábitats naturales. Para su segunda película se ha trasladado a los duros suburbios de Nairobi en Kenia, situándonos en la existencia común y diaria de los dos niños citados que, al igual que otros, y bajo las órdenes y el amor de Steve, un entrenador humanista y carismático que ayuda a que estos chavales se levanten cada día con esperanza y una actitud que, con trabajo y constancia, se pueden alcanzar cosas y ya veremos cuáles son. La cámara de Mark Modric sigue a sus jóvenes protagonistas por las estrechas casas y pasillos de su barrio, mirando con atención y sensibilidad sus vidas, sus madres y abuelas que los ayudan y ese entorno tan duro como esperanzador, en un intercambio de complejidades y contradicciones que choca constantemente entre unos niños que aman la vida y les ha tocado en un sitio nada fácil. La película los mira sin condescendencia ni sensiblería, sino registrando con atención y humanidad las ilusiones y sueños de unos niños como los de cualquier otra parte del planeta.
Uno de los grandes aciertos de Pequeños acróbatas es desmarcarse de la típica película estadounidense de marcado carácter palomitero, donde los manidos temas de superación y positivismo generan esa falsa idea de qué con trabajo se puede conseguir todo lo que te propongas, y aún más, convertirse en popular y millonario. En esta película no hay nada de eso. Porque seguimos los entrenamientos de los chicos, con sus caídas, frustraciones y enfados, como no podía ser de otra manera, construyendo un relato de “verdad”, es decir, donde los altibajos de la existencia se muestran y no se embellecen mostrando sólo una parte sino un todo. La película muestra muchas realidades, la de estos niños que no tienen un centro de entrenamiento, y lo hacen junto a la línea del tren o en cualquier espacio que usan para entrenar sus acrobacias, donde sus cuerpos vuelan muy alto, en que las piruetas y equilibrios y fuerza se ponen al servicio de un sueño que han tenido otros más mayores y ahora buscan Ian y Pro. Hay tiempo para todo, donde la vida va pasando, con sus pequeñas alegrías, tristezas, despedidas y demás situaciones que van siendo otro personaje en la historia.
Si quieren ver una película que les hable de los sueños e ilusiones de unos niños que viven con casi nada, que demuestran con su voluntad, trabajo y constancia que no hay nada imposible y que, a pesar de las carencias y obstáculos a los que se enfrentan diariamente, y la escasez en la que viven su vida, las cosas pueden tornarse de otro color, porque lo que evidencia Pequeños acróbatas, de Nika Saravanja es que con sólo el cuerpo y sus saltos, acrobacias, piruetas y demás desafíos a la gravedad se pueden trazar caminos de esperanza, de libertad y de un espíritu de equipo y de grupo generando comunidad como hace Steve, una de esas personas que hace que los niños crean en ellos, sepan que significa el amor a uno mismo, el trabajo por conseguir el objetivo de realizar una coreografía para hacer un espectáculo con garra, fuerza y que maraville al público europeo. Estamos ante una película que habla de una porción de realidad que se desarrolla en una ciudad condenada, aunque siempre hay un resquicio de luz si se trabaja, se hace colectivo y sobre todo, se trabaja fuertemente creyendo en uno mismo y en el otro, porque en esta vida como mencionaba Groucho Marx: “Las cosas que más importan de la vida no cuestan dinero, pero cuestan tanto”, una frase que los Ian y Pro se han grabado a fuego en el alma. Crean en ellos porque ellos creen en ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ken Scott, director de la película «Érase una vez mi madre», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el miércoles 28 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ken Scott, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Marien Piniés de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El amor de una madre por un hijo no se puede comparar con ninguna otra cosa en el mundo. No conoce ley ni piedad, se atreve a todo y aplasta cuanto se le opone”.
Agatha Christie
Si pensamos en madres coraje nos vienen a la memoria Maddalena Cecconi, el personaje que hacía la gran Anna Magnani en Bellísima (1951), de Luchino Visconti, y también, Cesira que componía la otra grande Sophia Loren en La ciociara (1960), de De Sica. Dos madres imperfectas. Dos madres corajudas. Dos madres luchadoras. Dos madres que pelean contra molinos-gigantes como hacía aquel hidalgo, con el propósito de conseguir que sus vástagos lleguen donde se proponen por muchos obstáculos y males en su contra. A este dúo podríamos incluir sin ningún género de dudas a Esther Pérez, la madre que protagoniza Érase una vez mi madre (en el original, Ma Mère, Dieu et Sylvie Vartan), el séptimo largometraje de Ken Scott (Quebec, Canadá, 1970), que muchos recordarán su gran éxito con De la India a París en un armario de Ikea (2018). En su nueva película, basada en la novela homónima de Roland Pérez, la citada Esther se enfrenta a que, su sexto hijo, Roland, naze con una malformación en un pie en el París de los sesenta, y ella, tozuda como una mula, se niegue a aceptar la incapacidad del niño y agarrada a su convicción, su esperanza y una voluntad de hierro luche contra viento y marea para cambiar el destino de su hijo.
Como en sus anteriores trabajos, el director canadiense construye una interesante mezcla de drama, comedia, con toques de costumbrismo y social con un tratamiento de fábula al mejor estilo de películas como Amélie y Big Fish, donde recorremos la infancia de Roland en su peregrinaje con médicos, especialistas y vendedores de elixires que lo tratan y le ofrecen una salida de discapacitado. La madre erre que erre y seguirá consultando con otros y otras para que el sueño de ser alguien normal para su hijo se haga realidad. La gran valedora y sostenedora de este cuento de hadas no es otra que Leïla Bekhti, la gran actriz que recordamos por su participación en película como Un amor tranquilo, de Lafosse, y Querida desconocida, de Bureau y la más reciente Maria Montessori, de Todorov, compone una extraordinaria Esther Pérez pasando por medio siglo de una vida siendo esa madre protectora, torpe, valiente, sagaz y sobre todo, amorosa, quizás demasiado, con su Roland. Una interpretación que mantiene a flote la película porque hace lo difícil de forma muy natural y transparente, nada impostado, creando una mujer y madre de verdad, que no se arruga ante la adversidad y sigue pa’lante.
Hay que hacer mención a los técnicos que acompañan a Scott como dos de sus habituales que les han acompañado en cuatro películas como son el editor Yvann Thibaudeau, con casi tres décadas de carrera con más de 70 títulos en su filmografía, y el músico Nicolas Errèra, en medio centenar de películas, amén de tener en su haber los nombres de Larry Yang, Frédèric Jardin y Patrick Timist. Y la presencia del cinematógrafo Guillaume Schiffman, también con más de 50 películas entre las que destacan títulos de Claude Miller, Michel Hazanavicius, Emmanuel Bercot y Martin Provost. Y otro editor Dorian Rigal-Ansous, que ha estado en 8 películas del famoso dúo de directores Olivier Nakache y Eric Toledano, que muchos recordarán por su popular Intocable. Todos ellos realizan un gran trabajo, al igual que los equipos de arte, caracterización y vestuario para hacer creíble aquellos sesenta tan convulsos y domésticos, donde se reflejan los pequeños detalles de toda una época y su característica forma de vivir, vestir y hacer. Sin olvidar, por supuesto, las canciones de Sylvie Vartan, tan importantes en la vida del pequeño Roland, ya sabrán porque les menciono. Unos temas que le dan calidez, paz y esperanza a Roland, a Esther y la familia.
Acompana a Bekhti la presencia de Jonathan Coen, siendo Roland de adulto, que hemos visto hace poco siendo uno de los Dalís de Daaaaaalí!, del inconfundible Dupieux, la citada Bartan que hace de sí misma como no podía ser de otra forma, y la impertinente Madame Fleury que hace Jeanne Balibar, una especie de ogro en este cuento atemporal, sensible y esperanzador, que mientras te van contando el drama de un niño que debe arrastrarse por su piso y ser llevado en brazos por una madre que no se detendrá ante el destino que le anticipan los doctores a su hijo. Érase una vez mi madre es el relato de un niño, ya adulto, que nos cuenta su vida, y sobre todo, la relación con su madre. Una señora Pérez demasiado protectora, demasiado presente, pero ante todo, demasiado en todos los sentidos, para bien y para mal. Se puede ver la película como una historia lo que significa ser madre y también, ser hijo, dentro de las torpezas e imperfecciones de una y otro, porque lo que es este historia es el relato de unas personas de verdad, que aciertan e hierran a partes iguales, y consigue emocionarnos con una película pequeña, de unos inmigrantes en el París de los años sesenta, porque mientras unos querían cambiar el orden imperante y establecido, otros, como la señora Pérez se obstinaba en cambiar su mundo escenificado por su pequeño Roland. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA