Dantza, de Telmo Esnal

BAILAR, BAILAR Y BAILAR.

“Dantza hau amaitu lehen utzi gaituzuenoi”

La película se abre de manera sencilla y a la vez, espectacular, en la que su obertura nos remonta a la propia génesis de la tierra, de la naturaleza, en la que de forma brillante nos sitúa en las Bardenas Reales, desierto de tierra y roca plana y seca, en que un hombre vestido de forma tradicional y con la azada al hombre se dirige con paso firme hacia un lugar. Se detiene en una planicie, donde se puede divisar parte del lugar, comienza a surcar la tierra seca y bañada por el sol radiante, lo hace como si se tratara de un ritmo musical, casi sin darnos cuenta, un grupo de más de una decena de hombres llegan a su encuentro y comienzan a seguirle el ritmo. En un instante, el hombre se detiene y comienza a bailar de forma tradicional, unos cuantos lo siguen, luego los demás, y así sucesivamente. La tierra, la naturaleza, la vida, el movimiento casan de forma mágica, como si todo perteneciera a ese todo que danza en hermandad con el universo. Después de presenciar este baile, desde la tierra seca, a la que caerá lluvia, emergerá una planta y luego un árbol, del cual nacerán unas figuras que vestidas de colores vivos y radiantes, danzando a ritmo pausado y ceremonioso en torno al árbol, sujetadas a través de siete lianas, en una explosión brutal e incesante de vida, naturaleza y danza.

El tercer largometraje de Telmo Esnal (Zarautz, Gipuzkoa, 1967) se sumerge en las danzas tradicionales vascas para contarnos un relato cíclico, donde arrancamos con el nacimiento de la naturaleza, con sus elementos de tierra, agua, fuego y aire, para seguir con los hombres y mujeres que sembrarán esa tierra y luego recogerán sus frutos. El director vasco nos sumerge en las diferentes danzas, a modo de “Tableau Vivant” en movimiento, en el que se van sucediendo las diferentes coreografías (obra del afamado Juan Antonio Urbeltz, que se reserva una breve presencia en el instante donde un grupo numeroso baila al son de la música en un pueblo) en la que cada uno representa las diferentes costumbres ancestrales, cuando hombres y mujeres vivían en consonancia con la naturaleza y sus diferentes ritmos, donde los cuerpos se dejan llevar por el ritmo de las diferentes músicas (obras de los historiadores musicólogos Marian Arregi y su hijo Mikel Urbeltz, arregladas por Pascal Gaigne, autor entre otras de Loreak, Handia o el cine de Bollaín) ataviados por diferentes trajes tradicionales que van escenificando los diferentes motivos y costumbres de antaño.

La película nos lleva por diferentes espacios, como en la citada Bardena con el sol como compañía, en una cueva, sobre el agua, sobre la piedra a la luz de la luna, dejándose llevar por las calles y la plaza del pueblo, guiados por la fiesta, todos al unísono, celebrando la cosecha, donde el amor despertará, y también, en el interior de talleres y casas, o en monumentos en mitad del bosque, en una explosión de cuerpos, movimientos, colores y bellísimas imágenes que van acompañando las diferentes danzas, con ese vestuario de infinitos colores y heterogéneo, que va desde la ropa sencilla medieval hasta lo más extraño e inquietante (obra de Arantxa Ezquerro, que ya había hecho el de La novia)  en que la luz va dibujando con maestría y belleza los movimientos de los bailes (obra de Javier Agirre, colaborador del propio Esnal, Altuna y los creadores de Loreak, y Handia), donde la película recuerda a los musicales atípicos y visuales de Carlos Saura sobre el flamenco, y en otros instantes, parece absorver la magia del Rohmer de El romance de Astrea y Celadón o el Maravilloso Boccaccio de los Taviani.

La película irradia vida y alegría, donde lo tradicional deviene modernidad, donde cada instante se convierte en esencial, a través de su inmensa factura visual, donde todo es posible, donde todo casa de forma extraordinaria, convirtiendo lo más cotidiano en universal, y viceversa, donde la belleza lo impregna todo, hasta el movimiento más imperceptible, en el que todo parece moverse en un orden universal, y a la vez, caótico, en el que lo tradicional y las formas de vida ancestrales se convierten en el epicentro de la película, en el que los bailes nos van guiando, sin necesidad de diálogos, donde la danza y la música, nos explican todos los pormenores y diferentes relaciones personales y con la naturaleza que se van sucediendo al ritmo brutal y espectacular de los bailes., en que el extraordinario montaje firmado por Laurent Dufreche (responsable entre otras de El cielo gira, Amama o Handia) capta de forma extraordinaria y activa, captando con detalle y precisión de cirujano todos los movimientos veloces y bellos de los diferentes bailarines y bailarinas.

Esnal ha construido un maravilloso y espectacular poema visual, que nos invita a viajar sobre las danzas y costumbres ancestrales, sumergiéndonos en un película hipnótica e inabarcable, llena de luz, de amor, de pasión, de belleza, de poesía, donde todo empieza y finaliza de forma espectacular, en el que las danzas nos hipnotizan y nos dejamos llevar por ese universo donde lo tradicional y lo antiguo toma nuestras vidas, y nos atrapa convirtiéndonos en espectadores activos y fascinados por esas danzas, esos movimientos, donde todo tiene vida, tiene amor, tiene libertad, en que tantos hombres y mujeres dialogan a través de sus pasos, sus ritmos y sus acrobacias imposibles, en qué todo el cuerpo nos explica emociones a raudales, donde el verbo desaparece para dejar paso al cuerpo y sus movimientos, donde la danza nos explica todo el mundo, toda la vida y todo lo que nos rodea, incluso aquello que no vemos, pero podemos sentir. Una película de una belleza inusitada, acaparadora para todos nuestros sentidos, que se mueve desde lo más mundano e íntimo hasta aquello más universal e inalcanzable, porque todo este mundo y todo aquello que podemos ver, y lo que no, no tiene porqué tener explicación, sólo hace falta sentirlo, dejarse llevar por las emociones, simplemente bailar, bailar y bailar.

Entrevista a Asier Altuna

Entrevista a Asier Altuna, director de “Amama”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de octubre de 2015 en el hall de los Cines Boliche de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Asier Altuna, por su tiempo, simpatía y generosidad, a Lorea Elso de Golem Distribución, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a Iraia Elias

Entrevista a Iraia Elias, actriz protagonista de “Amama”, de Asier Altuna. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de octubre de 2015 en el hall de los Cines Boliche de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iraia Elias, por su tiempo, energía, simpatía y generosidad, y a Lorea Elso de Golem Distribución, por su paciencia, amabilidad y cariño.

Amama, de Asier Altuna

Cartel-AmamaENTRE LA TRADICIÓN Y LA MODERNIDAD

Cuenta la tradición que en los caseríos vascos cuando nacía un hijo se plantaba un árbol y la abuela los pintaba con el color que les asignaba. A Xabi, el mayor, el blanco, por su condición de vago e inútil, a Gaizka, heredero del caserío, el rojo, y finalmente, el tercer hijo, Amaia, el color negro, por su rebeldía y cuestionamiento de lo inamovible. Asier Altuna (Bergara – Gipuzkoa, 1969) realizó Aupa Etxebeste (2005), co-dirigido con su colaborador Telmo Esnal, y el documental Bertsolari (2011), que explicaba la tradición oral a través de un improvisador de versos cantados en euskera. Ahora nos llega su segundo largo de ficción, situado en un caserío en medio de un frondoso bosque, la cierta armonía del lugar se ve trastocada por el hijo mayor, Asier que decide marcharse, y de esta manera no sigue con la tradición ancestral de continuar con el trabajo heredado en el caserío. El segundo hijo, denostado y desplazado por el padre ya ha hecho su vida fuera, donde tiene mujer e hijos. La tercera en discordia, Amaia, se revela ante la imposición paternal y rompe con la tradición, el padre terco y huraño, se niega a aceptar el devenir de la modernidad, y se agarra como animal herido a su caserío, su tierra y la memoria de sus antepasados.

Altuna nos sumerge en una película de poderosa y fuerza visual, en uno escenarios filmados de manera asombrosa que sobrecogen y atrapan desde el primer instante, donde el simbolismo compone una función elemental para entender el devenir familiar y las películas de super 8 que alimentan el imaginario de cada uno de ellos y lo que fueron. El eterno conflicto entre padres e hijos, entre la tradición y la modernidad, entre la mirada de lo antiguo frente a unos tiempo nuevos, ni mejores ni peores, sino diferentes, y todo la situación emocional que genera entre padres y progenitores. Aquí, el conflicto se desata con el padre y la hija menor, Amaia, la rebelde, la contestataria, la que rompe y aniquila y desaprueba un modo de vida ya extinguido y moribundo. Una vida que ya murió, que se pasea como un fantasma en pena por un bosque que ya no es el que es, y un quehacer que pasó al olvido. Altuna maneja su historia de forma ejemplar y excelente, la cuenta de forma cadenciosa y pausada, como aquellos cuentos que se contaban alrededor de una hoguera en las noches de invierno, nos muestra un paisaje bellísimo, con una luz oscura de fuertes contrastes y sombras, en el interior del caserío y el bosque, y para la ciudad, nos reserva una fría luz y etérea, su cámara filma de forma asombrosa, posándose en las miradas y silencios que hielan, explicando sin necesidad de subrayados y diálogos todo lo que hierve entre los personajes que habitan en esa casa milenaria.

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Una música que mezcla los sonidos tradicionales vascos con la música electrónica, creando una atmósfera asfixiante y respirable según el instante. Un reparto bien escogido hace el resto, sobresalen las composiciones del veterano Kandido Uranga, curtido en mil batallas, que interpreta a ese padre anclado en el pasado, Amparo Badiola, encarnando a Amama, la abuela omnipresente y silente, que explica sin hablar todo lo que se siente en el caserío y en el conflicto que se ha desatado, y finalmente, la auténtica revelación de la película, la maravillosa y contenida interpretación de la debutante Iraia Elias, una joven actriz que viene del teatro independiente, nos regala una composición hacia dentro, que encoge el alma con una mirada y unos gestos que sobrecogen y hacen entendible todo lo que se está cociendo en el alma de los personajes. Además, su personaje artista de profesión, captura la esencia de la memoria familiar a través de fundir la tradición y la modernidad. Una cinematografía obra de Javier Aguirre Erauso, que ya había trabajado con Altuna, haciendo un trabajo soberbio del manejo de la luz natural de grandísima altura, que le coloca a la altura de otros maestros de la luz como Cuadrado, Escamilla o Alcaine… Una película que entronca directamente con Primavera tardía, de Ozu, donde en la posguerra en Tokio, una hija, Noriko, se negaba a casarse y se rebelaba ante la imposición paterna, el genio japonés seguía planteando los eternos conflictos entre padres e hijos que edifican su filmografía, entre el Japón milenario contra ese Japón modernizado. Amama continúa la tradición del cine español en dialogar entre lo rural y lo urbano como ya lo había hecho en Furtivos, Tasio, o Vacas, donde algunos miembros de la película ya repetían hace dos decenios, o con la esencia de elementos dramáticos de La mitad del cielo, de Manuel Gutiérrez Aragón, donde una joven Ángela Molina se abría camino en la fauna urbana siguiendo los sabios consejos de su difunta abuela Rosa. Altuna ha parido una obra de grandes dimensiones cinematográficas que se erige con sabiduría y encanto, y manifiesta la buenísima salud del cine vasco, hablado en euskera, después de la imponente Loreak, de la temporada pasada, donde algunos técnicos e intérpretes repiten, siguiendo aquella estela de la generación de los Urbizu, Medem, Bajo Ulloa… que surgieron a principios de los 90.

<p><a href=”https://vimeo.com/134258577″>AMAMA_TRAILER</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/user3148570″>txintxua</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>