El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra

413697EL ALMA DE LA SELVA.

“No me es posible saber en este momento, querido lector, si ya la infinita selva ha iniciado en mí el proceso que ha llevado a tantos otros que hasta aquí se han aventurado, a la locura total e irremediable. Si es ese el caso, sólo me queda disculparme y pedir tu comprensión, ya que el despliegue que presencié durante esas encantadas horas fue tal que me parece imposible describirlo en un lenguaje que haga entender a otros su belleza y esplendor; sólo sé que, como todos para los que se ha descorrido el tupido velo que los cegaba, cuando regresé a mis sentidos, ya me había convertido en otro hombre.”

(Extracto fechado en 1907 del diario de Theodor Koch-Grunberg)

En el momento que el western contó las películas desde el punto de vista del indio, el género completó la parte de la historia desconocida, la que no conocíamos, adquiriendo en ese instante su verdadera dimensión. El arranque de la película describe con minuciosidad y detalle la verdadera naturaleza del relato. El encuentro entre occidente y la naturaleza. Un indígena joven y fuerte de la selva amazónica se detiene en un claro de la selva frente a un río. Ha observado algo en la distancia. Por el río, y dirigiéndose hacía él, se le acerca una barca en la que van Manduca, un joven indígena con ropas occidentales que hace de guía y compañía, y Theo, (que interpreta el actor belga Jan Bijvoet, el ser inquietante y perverso de Borgman) un científico alemán gravemente enfermo. Cuando los tiene delante, el indígena los rechaza y se marcha. De esta manera, tan potente y observacional, arranca la tercera película de Ciro Guerra (1981, Río de Oro, Cesar, Colombia) en la que sigue explorando los límites del ser humano y el entorno que lo rodea. En su primera película, La sombra del caminante (2004) se centraba en las dificultades económicas que encontraban dos desplazados en una sociedad que los ignoraba, en la segunda, Los viajes del viento (2009) la trama giraba en torno en un juglar que viajaba junto a un aprendiz para devolver su acordeón a su anciano maestro.

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En el abrazo de la serpiente, vuelve a contar con su inseparable Cristina Gallego en labores de producción, para levantar una película que ha necesitado de un gran esfuerzo económico y humano en el que han tenido que sortear las dificultades de un rodaje en plena selva amazónica, para conseguir un retrato fiel, humanista y realista de los pueblos indígenas que poblaron durante miles de años esas tierras. La película se centra en el encuentro del hombre blanco con el indígena de la Amazonía colombiana. Basada en los diarios del etnólogo alemán Theodor Koch-Grunberg y del biólogo estadounidense Evan Schultes. La cinta gira en torno a la búsqueda de los explorados-científicos de la yakruna, una planta sagrada que permite soñar. Para ello, necesitarán la sabiduría y la protección de Karamakate, un chamán que es el último sobreviviente de su pueblo. Los tres emprenden un viaje por el río en busca de la preciada planta. Contada a través del punto de vista del indígena, y en dos tiempos, separados por 40 años de distancia, Guerra plantea la misma búsqueda, la condición materialista del blanco frente a la sabiduría de la naturaleza del indígena. El cineasta colombiano nos convoca a una cinta naturalista, metafísica y sobria, filmada en 35mm y en blanco y negro, (una cinematografía basada en las fotografías que hicieron estos explorados en sus viajes en el pasado), donde el viaje se centra en lo espiritual y divino, más que en lo físico y terrenal. Un viaje a lo oculto, a lo misterioso, al descubrimiento de una forma de vida que ya no existe, donde se hablan varios idiomas, desde castellano, portugués, alemán, latín, catalán, y las lenguas indígenas, cubeo, wanano, tikuna y huitoto. El relato nace desde lo interior y viaja a lo divino, a lo que no se ve, a lo intangible, a lo que se escapa de nuestros sentidos.

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El director nos acerca una riqueza cultural, comunitaria y espiritual diferente, ajena y tremendamente humana y generosa. Su trama se mueve en la idea de justicia y reparación de esas comunidades indígenas que han sido exterminadas y olvidadas por la fuerza y la codicia de los hombres occidentales que han invadido esas tierras con la idea de arrebatárselas y robarles los elementos naturales (tema que también explora Patricio Guzmán en su reciente El botón de nácar). Una película visualmente muy potente, en la que abruma su estudiada y brillante forma, que presenta de forma directa y brutal a los personajes y el bellísimo e inabarcable entorno natural que los rodea. Un relato magnético, asombroso y sobrecogedor, que mira con crudeza y realismo el exterminio de esos pueblos a través de un relato en el que se habla de amista, lealtad y traición. Un viaje sin tiempo, sin espacio, sobre el conocimiento de uno mismo y del otro, en el que todo está por descubrir y por conocer. Recoge el testigo de la intensidad y el riesgo de las aventuras clásicas de viajes a lo desconocido y oculto, también, refleja la incertidumbre y el aroma de las novelas de Conrad, donde se relata el encuentro entre occidente y lo natural, entre formas de vivir y pensar diferentes, entre la razón y la locura, entre lo terrenal y lo ancestral, temas que también han tratado cineastas como Murnau y Flaherty en Tabú, o Herzog en sus viajes físicos y psicológicos, en el que sus personajes se enfrentan a su locura interior y exterior en Aguirre, la cólera de Dios o Fitzcarraldo, sin olvidarnos de la aventura apocalíptica y psicótica de Coppola y su viaje salvaje por esa guerra que enloquece a los soldados en Apocalypse Now. Guerra ha parido una película de fuerte contenido social y dramático, donde no hay espacio para la condescendencia ni el manierismo. Sus imágenes contienen una fuerza y un poderío visual que sobrecoge la mirada y mantiene un pulso narrativo de enorme sentido que nos sumerge en un viaje fuera de todo alcance, en el que lo material ha desaparecido, no hay nada conocido, sólo una espiritualidad en consonancia con la naturaleza que no podemos observar ni mirar.

Entrevista a Jonás Trueba

Entrevista a Jonás Trueba, director de «Los exiliados románticos». El encuentro tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2015 en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, simpatía y generosidad, a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cercanía, y al equipo del Cine Zumzeig, por acogerme con tanto cariño y simpatía.

Entrevista a Vito Sanz

Entrevista a Vito Sanz, uno de los actores de «Los exiliados románticos», de Jonás Trueba. El encuentro tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2015 en el hall del Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vito Sanz, por su tiempo, simpatía y generosidad, y a Eva Herrero de MadAvenue, por su paciencia, amabilidad y cercanía.

Los exiliados románticos, de Jonás Trueba

Los_exiliados_rom_nticos-624520968-largeLAS MUJERES QUE AMAMOS

El último trabajo de Jonás Trueba (Madrid, 1981) tiene la efervescencia del momento, de la película hecha sobre la marcha, cómo él mismo explica, de extensión leve (70 minutos de duración), esa historia ligada a un instante, a filmar ese momento que no volverá a repetirse, rodeado de unos amigos que emprenden un viaje subidos en una furgoneta Volkswagen modelo California, a los que les envuelve la amistad de muchos años, las conversaciones nocturnas tomando unos vinos, hablando de sus cosas y de las de los demás, de las mujeres que amaron y amaran, y aquellas que creyeron haber amado, y muchas más situaciones y momentos que siguen permaneciendo en el interior de cada uno de ellos.

La película sigue el camino emprendido por el pequeño de los Trueba en sus anteriores trabajos, ya como coguionista junto a Víctor García León, en aquellos brotes de talento que fueron las comedias agridulces Más pena que gloria y Vete de mí, y continuaron ya como director en solitario, en su debut con Todas las canciones hablan de mí, a la que siguió Los ilusos, dos excelentes muestras, concebidas desde puntos de vistas y momentos diferentes, pero las dos forman parte de un ideario que contempla el pulso narrativo de la cinematografía actual. Ahora nos llega una película de carretera, una road movie, donde tres colegas emprenden un viaje que tiene su partida una mañana en Madrid,  que pasará por Toulouse, donde recogerán a Renata, una italiana, que se encontrará con Francesco, y luego seguirán camino hasta París, donde Luis ha quedado con Isabelle, una suiza-alemana, y finalmente, sin dejar la ciudad de la luz, Vito se verá, en los jardines de Luxemburgo, con Vahina, una francesa que conoció ese verano en Salou, y para cerrar el viaje, una parada en un lago de Annecy. Tres citas, tres encuentros con mujeres, con esos amores efímeros, esos romances leves, esos encontronazos con el amor, esos sueños perdidos de una juventud alargada. Trueba, al contrario que ocurrió con Los ilusos, un rodaje que se dilató en el tiempo, filma su película en apenas 12 días, recorre 4000 kms a lomos de sus personajes, que continúan, como hasta ahora en su filmografía, siendo hombres inmaduros, jóvenes perdidos, confusos con ellos mismos y con todo lo que le rodea, incapaces de enfrentarse a sus propias vidas, y encontrando excusas vanales para no tomar decisiones importantes.

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Trueba no hace alarde tratando temas trascendentales ni nada por el estilo, filma con modestia a sus amigos hablando y comiendo, yendo de un lugar a otro, donde ríen y piensan en ellos mismos y en los otros, donde estar con amigos de viaje visitando mujeres sea el único viaje y nada más. Dentro de su aparente ligereza, la cinta contiene temas interesantes y complejos como el final de la juventud, del ocaso de un manera de vivir o simplemente, el tránsito inevitable de convertirse en algo en lo que no habías ni imaginado. Quizás para arribar a un lugar de ti mismo en el que no habías pensado, por miedo a sentir que todo había acabado y que nada volvería a ser como antes. Trueba pare una película donde sus amigos-personajes hablan de cine (el aroma del cine de Rohmer y Truffaut es fácil de reconocer, y  el cine amistad y vida de Tanner, en sus películas setenteras como La salamandra, Jonás que cumplirá 25 años en el año 2000 o Messidor, forman parte de los referentes y el encanto que reside y transita en la película), también hablan de literatura (se cita el libro Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg), hay tiempo para citar a Marx y a otros pensadores, y todo aquello que se soñó pero se quedó en la cuneta, y por supuesto, también hay espacio para la música, incluso se atreven a cantar. Las canciones de Tulsa, que aparece en varios instantes de la película-viaje, actuando ante los personajes o con ellos, y cantando sus emociones y estados de ánimo. La luz de Santiago Racaj ayuda a crear esa atmósfera suave y melancólica que baña todo el metraje.

Un canto no sólo a la vida, sino al cine, a la amistad real y al amor, fabricada desde la inquietud de un creador sincero y honesto, alguien que ama lo que hace y lo explica, y filma de esa forma, sin artificios ni subrayados.  Un cine que se destapa como ligero, que se digiere tranquilo, con pausa, sin sobresaltos, que no hiere, pero que esconde en su forraje e interior, toda una idea o sentimiento que se palpa en los jóvenes actuales, (como aquel cine español de la transición que recogía en su humildad, los temas que estaban candentes en el sentir del momento), una idea sobre esa incertidumbre e invisibilidad que nos condena una sociedad cada vez más moderna, y menos humana.

El padre (The Cut), de Fatih Akin

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«Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis.»

Nos encontramos alrededor de 1915, en Mardin, ciudad turca cercana a la frontera de Siria. Allí, Nazaret Manoogian, un joven herrero vive en compañía de su mujer y sus dos hijas gemelas, y el resto de su familia. Estalla la I Guerra Mundial, y muchas minorías pasan a considerarse enemigas del Impero Otomano. Una noche, el ejército turco lo detiene junto a los demás hombres y los llevan al desierto a trabajos forzados lejos de su familia. Después de escapar in extremis de la muerte, se alía con un grupo de desertores y durante un ataque, un conocido le habla de un lugar, en medio del desierto, donde llevaron a su familia.

Con El Padre (The Cut), Fatih Akin (Hamburgo, 1973), finaliza su particular trilogía “El amor, la muerte y el diablo”, que arrancó en Contra la pared (2004), que le valió el Oso de Oro en la Berlinale, donde relataba la relación tormentosa de una turca y un hombre de origen turco alemán con aires fatalistas, le siguió Al otro lado (2007), donde el destino de seis personas se cruzaban a través de la muerte. Akin emprendió el trayecto de esta aventura personal y brutal, como nos tiene acostumbrados en su cine, después de leer el libro 1915: Ermeni Soykirim (1915: El genocidio armenio), del conocido periodista turco Hasan Cemal. El realizador turco-alemán asegura haberse documentado leyendo más de 100 libros sobre el tema. Su película desentierra un pasado oscuro que las autoridades turcas incluso hoy día siguen negando. Akin utiliza el genocidio contra el pueblo armenio como telón de fondo en su película, para centrarse en la terrible y épica odisea que tiene que vivir el joven Nazaret, que arranca en su pueblo en 1915 y sigue por los tortuosos caminos y las tormentas de arena del desierto de Mesopotamia, para encontrar asilo en una fábrica de jabón reconvertida en hogar para refugiados, seguir visitando orfanatos y prostíbulos en busca de la huella de sus hijas, cambiar de continente y llegar hasta La Habana (Cuba) para con la ayuda de un paisano seguir la búsqueda y finalmente, llegar hasta el año 1922, 7 años después, y encontrar su destino y el final de su viaje en un pequeño pueblo helado de Dakota del Norte, en los EE.UU.

Akin nos cuenta dos historias, dividida en dos partes, la primera relata la supervivencia de Nazaret, y luego, una pausa, en el que su vida emprende un nuevo objetivo, y ahí se inicia su segundo segmento, la incesante y difícil búsqueda de sus hijas que creía fallecidas. El cineasta de origen turco, muestra el horror y la muerte en su crudeza, el camino interior de alguien, que después de lo que ha vivido, ha perdido su fe, ya no cree en Dios, sólo cree en sí mismo, y sobrevive a duras penas con el objetivo de reencontrarse con los suyos. Akin nos ofrece una película histórica, un fresco sobre la vida y la muerte, sobre la maldad y la solidaridad humanas, una odisea que alterna en su viaje por la mezcla de géneros, desde el western épico y crepuscular, hasta las cintas exóticas de aventuras por el desierto, y el género social, la descomposición y composición familiar, la emigración al nuevo mundo, la intolerancia de los unos contra los otros, elementos que tendrían como espejos transformadores títulos de la grandiosidad de Centauros del desierto, de John Ford, o América, América, de Elia Kazan.

Una película construida a partir de la figura de su protagonista, Tahar Rahim, único punto de vista y la mirada del cineasta, (que fue contratado por su magnífica composición en Un profeta, de Jacques Audiard), además de realizar un trabajo brillante, tiene la desventaja de pasarse casi toda la película sin hablar, por el corte que le producen, el elemento musical juega un papel fundamental, pues sitúa palabras allí donde no las hay. Además, Akin ha podido contar en el guión con la grandísima aportación de Mardik Martin, (el guionista estadounidense de origen armenio, que había trabajado con Scorsese en Toro Salvaje y New York, Ney York, que llevaba más de tres décadas sin trabajar para el cine). Otro de los grandes momentos del film se desarrolla cuando en 1921, una noche, el protagonista ve El chico, de Chaplin, bajo un cielo estrellado, instante mágico donde el cine capta la emoción de los sentimientos y anhelos del protagonista. Una película contundente, de gran belleza plástica, que a ratos enmudece y en otros, sobrecoge. Una de esas cintas como las que se filmaban antes, de las que firmaba David Lean, con su grandiosidad y su épica, que recorre los años terribles y sobrecogedores de un ser humano en busca de su familia y sobre todo, de sí mismo.

Entrevista a Lydia B. Smith

Entrevista a Lydia B. Smith, directora de «¡Buen Camino!». El encuentro tuvo lugar el lunes 15 de junio de 2015, en Barcelona, en el Parque El Putxet.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lydia B. Smith, por su tiempo y generosidad, y a Alex Tovar (autor de la instantánea que ilustra esta publicación), Agente de prensa, por su paciencia, generosidad y amabilidad.

La huella del doctor Ernesto Guevara, de Jorge Denti

la-huella-del-dr-ernesto-guevaraAVENTURA Y CONCIENCIA

Sobra decir que la figura del emblemático revolucionario Ernesto “Che” Guevara ha sido y seguirá siendo materia de estudio tanto para investigadores, estudiosos y cineastas. Basadas en este carismático personaje ya habíamos visto tanto películas documentales o de ficción, como el díptico que le dedicó Steven Soderbergh, con Benicio del Toro encarnando al guerrillero, donde explicaba sus andanzas y desventuras durante su época de revolucionario, también vimos Diarios de motocicleta, de Walter Salles, donde descubríamos los viajes de juventud por Latinoamérica que concienciaron al joven doctor y lo condujeron a su destino vital.

Jorge Denti (Argentina, 1943), pero exiliado y luego instalado en México, vuelve por los pasos de Salles. Si aquel nos presentó aquellos viajes de forma ficcional con el protagonista Gael García Bernal, ahora Denti (experimentado documentalista que ha hecho películas sobre figuras tan importantes de la literatura latinoamericana como Mario Benedetti, Eliso Diego…) nos invita a viajes junto al joven Ernesto Guevara de la serna y sus compañeros, a subirnos a una bicicleta, a lomos de una motocicleta, en tren cruzando cerros y desiertos, a surcar los mares y océanos en una balsa de madera, en automóvil por calles y plazas, o incluso subir cuestas y picos en un burro, sumergiéndonos en aquellos viajes que el joven médico desarrolló durante los años 1952-1953, con la compañía de sus dos amigos de la infancia, Alberto Granado (que tiene una breve aparición en la película, y que además el film está dedicado a su memoria) y Carlos “Calica” Ferrer. La película documenta de un modo veraz e interesante las rutas, trayectos e itinerarios del joven argentino, ayudándose de su diario, donde se van relatando lo sucedido, también las fotografía que se fueron tomando, y la correspondencia del joven doctor con su madre, su tía Beatriz y una compañera de estudios Bertha “Tita” Infante, además de los testimonios de aquellos que lo conocieron y tuvieron la oportunidad de compartir aquellos instantes de juventud inquieta y curiosa, que lo llevó a conocer una realidad triste y durísima que le cambió su vida para siempre.

El documental alcanza las dos horas de metraje, todo está en su sitio, nos describe minuciosamente todos aquellos momentos tan importantes en la vida del guerrillero, las personas que conoció, y los lugares que vio y como todo aquellos alcanzó su conciencia y le llevó a enrolarse en la revolución cubana. Una cinta que atrapa tanto a nivel histórico como a nivel político, quizás para los conocedores de la vida y obra del Che, la película les descubra algún dato que habían olvidado o dejado pasar, pero a grandes rasgos no les aportará ningún dato significativo que seguramente ya conocían. Para los otros, los que sólo se han interesado por el revolucionario (que tristemente la maquinaria nefasta y superficial de la publicidad ha acabado convirtiendo en una especie de icono de protesta y reivindicación, que utilizan vilmente como reclamo económico), descubrirán historias y anécdotas jugosas que les llevarán a conocer a la persona que había detrás, al ser humano joven, inquieto y extraordinariamente curioso, enfermo de asma, e inteligente investigador de dolencias alérgicas, que tenía unas inmensas ganas y ansías de conocerse y conocer a los que le rodean, siempre manifestando una actitud humilde y cercana.

Cherry Pie, de Lorenz Merz

Cherry_Pie-310246286-largeSIN MIRAR ATRÁS

La primera película de Lorenz Merz (1981, Zurich. Suiza) arranca como una película de los hermanos Dardenne, y más concretamente como Rosetta (1999), con la que comparte más de una idea, pero a Merz no le interesan las dificultades económicas y sociales del entorno donde los cineastas belgas instalaban su relato, sino más bien otro entorno, el emocional. Es en el estado emocional donde desarrolla su película que se inicia con la joven Zoé huyendo de un piso –impecable la composición de la actriz Lolita Chammah, con ese rostro y miradas perdidas y contenidas que acongojan y desnudan a cualquiera-  huyendo de un pasado del que se nos ofrece poca información, algunas frases/mensajes de teléfono que iremos escuchando a lo largo del metraje, y  heridas físicas que la chica va arrastrando, datos que nos llevan a intuir que escapa de algún novio-.

La huida es siempre hacía delante, la chica se interna en su propio interior y en su dolor, se pierde en el bosque, acaba en una gasolinera, lugar de paso, en el que intenta viajar, de copiloto o de polizonte. La cámara la sigue durante los 7 días y una mañana que dura tanto la película como su trayecto físico y emocional, un viaje sin destino, una road movie donde el aliento se escapa, donde el trayecto duele, donde los pasos están cargados de dudas, de incertidumbre, ocasionados por un dolor que ahoga, que no deja respirar, donde se arrastra una fuerte carga que pesa, que cuesta llevar. La cámara de Merz sigue incansablemente a su protagonista, la sumerge en lugares fríos  y vacíos, filmados con una luz tenue y blanquecina, una chica que se erige como la verdadera protagonista del relato, sólo vemos ese punto de vista, no hay ningún otro, seguimos los movimientos torpes y cansados de una joven que no sólo huye de una situación dolorosa, sino también de sí misma, de sus pensamientos, de su destino, y sobre todo, de su existencia.

Una película estructurada a través del vaciado tanto formal como argumental, un despoje brutal de todo lo tangible, que se lanza sin pértiga hacía un discurso más sensorial que físico y más emocional que verbal, que en algunos momentos parece naufragar, pero en su totalidad mantiene su propuesta de manera interesante y eficaz. Merz se adentra en terreno pantanoso, y más cuando su película se adentra en otro tiempo, en otro género, cuando en la segunda mitad del metraje, la película cambia de disfraz, y se mete de lleno en una suerte de thriller psicológico, el instante que la joven cruza el Canal de la Mancha, de polizón desde el maletero de un coche, cuando sale y en mitad de la travesía, se desplaza como una zombie por un ferry casi vacío, parece un barco fantasma, como si fuese a la deriva, sin nadie a bordo, sólo ella, que cruza el canal sin una ruta marcada, como le sucede a la protagonista que a cada paso se vuelve más invisible a los demás, a las cosas, y así misma. Después de ese trayecto, la joven pisa tierra convertida en otra, adquiriendo la actitud y el rol de un personaje. En ese nuevo lugar vive como la otra, hace las cosas destinadas para otra persona, aunque quizás la carga es demasiado fuerte para despojarse de su yo, y quizás el destino ya está escrito y uno, por mucho que lo intente y se esfuerce, no puede escaparse de sí mismo.

Entrevista a Pilar Monsell

Entrevista a Pilar Monsell, directora de “África 815″. El encuentro tuvo lugar el Sábado 24 de enero de 2015, en Barcelona, en el Espai Capra, ubicado en pleno corazón del barrio de Poble Sec.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pilar Monsell, por su tiempo, generosidad y sabiduría, al equipo del Festival de Cine Márgenes, por descubrirme la película, y a un cliente del Espai, que amablemente tomó la fotografía que ilustra la publicación.

Entrevista a Meritxell Soler

Entrevista a Meritxell Soler, directora de “Movie». El encuentro tuvo lugar el Lunes 24 de noviembre en Barcelona, en las plazas Sant Felip Neri y Del Rei, en el marco de la XXI L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell soler, por su tiempo y sabiduría, a L’Alternativa y La Costa comunicación, por su generosidad y paciencia, a Pau Pérez, autor de la edición, por su trabajo y complicidad, y a Julián Vázquez, compañero y socio de Meritxell, que es el autor de la fotografía que ilustra esta publicación.