Naza, de Yuval Abraham y Rachel Szor

NOCHE Y NIEBLA EN GAZA. 

“La banalidad del mal nos muestra que los peores crímenes pueden ser cometidos por personas normales”.

Hannah Arendt

En Noche y niebla (1956), de Alain Resnais, demoledor documento sobre el horror nazi, en uno de sus grandes momentos de sus breves pero intensos 32 minutos, vemos a un oficial nazi declarando en uno de los juicios que, al ser preguntado por la responsabilidad de sus atroces crímenes, exclama lo siguiente: “Yo no soy responsable. El responsable es otro. Yo solamente cumplía órdenes”. Una respuesta directa, sintética y deshumanizada, en la que deja evidencia del significado del mal en estado puro. La deshumanización hacia el otro, y dejando la responsabilidad en manos de sus superiores, y alejándose de lo emocional, de la sinrazón en pos a una idea y nada más. Una declaración de hacia dónde como especie podemos llegar y rebasar, donde el otro, el “enemigo” no es más que un número que eliminar, un nadie que perjudica aquello que se defiende, aquello que sí tiene sentido. 

Con No Other Land, la pareja de cineastas Yuval Abraham (Beerseba, Israel, 1995) y Rachel Szor (Jerusalén, Israel, 1994), documentaron el testimonio desgarrador y sin tapujos de Basel Ardra junto a Hamdan Ballal, dos activistas palestinos de Masafer Yatta en Cisjordania que, a través de sus filmaciones domésticas registran el acoso, la violencia y los asesinatos que sufren de soldados y colonos israelíes que los expulsan de sus tierras. Siguiendo la misma línea, pero ahora del otro lado, en un acto de girar la cámara, de ver el contraplano de tanta atrocidad y situar el objetivo en aquellos que generan tanto horror y muerte. Porque Naza (término usado por el ejército israelí para describir los “daños colaterales”, las muertes civiles que se producen en los diversos ataques en Palestina), es un documento de los de aquí y ahora, de recoger los testimonios de 24 oficiales del servicio de inteligencia de Israel que participan en los ataques sistemáticos contra Gaza, donde se asesinan deliberadamente población civil. El dispositivo es directo, ensombreciendo los rostros de los mencionados, y situándose de noche en los tejados de Tel Aviv, la capital de Israel, a través de la escucha y las preguntas de Yuval Abraham.  

La cinematografía de Rachel Szor es sencilla y nada complaciente, acompañados por la oscuridad de la noche, entre sombras y tinieblas propias de las horas nocturnas, somos testigos de los testimonios de los mencionados oficiales explicando con detalles todos los pormenores y situaciones vividas en los ataques contra una población indefensa y sin recursos. La palabra de estos soldados se impone sobrecogiendo la pantalla y dejando una información que no deja indiferente a nadie. La cámara está quieta, algún que otro plano de los edificios de enfrente en los que se vislumbra alguna escena cotidiana dentro del hogar, y otros del bullicio y el frenesí de la circulación de abajo repleta de automóviles, luces parpadeantes y demás situaciones de cualquier urbe poblada. El montaje corre a cargo del dúo de cineastas Abraham y Szor, donde abundan los planos secuencias, porque la película no quiere que nos distraigamos y nos concentremos en la escucha, en el horror de lo que escuchamos, en aquello que se explica de forma frontal, directa y sin concesiones en sus 80 minutos de metraje. El sonido no permite ninguna interferencia, todo se genera para que la escucha sea lo más nítida posible, apenas algún rasgo de la capital, tampoco escuchamos música, porque cualquier injerencia podría restar peso a todo aquello que se explica.

Entre los productores encontramos al cineasta Jonathan Glazer, autor de La zona de interés, que también se centraba en el mal a través de la cotidianidad del oficial jefe de Auschwitz, y a su productor James Wilson, productor de En realidad, nunca estuviste aquí y La voz de Hind, otra película-denuncia sobre el horror de Palestina. El cine es un medio fuerte y sólido, aunque no tiene la capacidad de detener guerras y horrores, eso sí, tiene la capacidad de registrar y documentar las guerras y los horrores, ya sea desde la ficción o el documental, sea como sea, Naza no debería existir, eso significa que lo de Palestina no sucede, pero como mencionaba Chris Marker en Sans Soleil (1983): “En otra época supongo que me habría conformado con filmar chicas y gatos. Pero uno no elige su época.”. Esta es la época y ahora mismo sucede el horror de Palestina y los cineastas deben contarlo y hacerlo de formas diferentes y acceder a aquello que no se puede o parece imposible, porque una película como Naza parece un verdadero milagro que los dos cineastas hayan podido filmar estos testimonios tan reveladores y mostrarlos a todos, un contraplano que evidencia que como especie humana estamos a años luz del significado del amor, la paz y la libertad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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