Bandido, de Luciano Juncos

BALADA TRISTE DEL CANTANTE.  

“Puedo darte mi soledad, mis tinieblas, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, el peligro y la derrota… El Otro, El Mismo”

Jorge Luis Borges

Nos encontramos en la ciudad de Córdoba, en Argentina, con Roberto Benítez “El Bandido”, un cantante de música popular que lo ha sido todo. Pero, en la actualidad, El Bandido se encuentra viejo y cansado, y sobre todo, agotado de la música y de sí mismo, completamente perdido, y así se lo hace saber a su manager, el intenso y materialista Antonio. Todo está preparado para comenzar su despedida, una despedida tranquila y sin traumas. Aunque, el destino tiene reservada a Roberto una sorpresa en forma de atraco, donde unos pandilleros le roban todo, y vete aquí, que encontrará a un cura que le ayuda y tropezará con Rubén, su antiguo acordeonista. En el barrio de la periferia donde viven estos, se tropezará con una realidad difícil, ya que la vecindad se halla en lucha contra una empresa que quiere instalarles una antena receptora de móviles en mitad de todo. Lo que parece un golpe más, se convertirá en una esperanza completamente inesperada.

Segundo largometraje de ficción de Luciano Juncos (Córdoba, Argentina, 1991), después de realizar La laguna (2013), un drama sobre la búsqueda de una laguna artificial que junta a un científico y a un guía lugareño. Le siguieron un par de documentales, Blackdali y Del Álamo al Molino, y ahora con la ayuda del guionista Renzo Felippa, con que el director coescribe Bandido, nos llega un relato crepuscular, que recuerda mucho a aquellos westerns de Peckinpah, donde pistoleros cansados y perdidos, emprendían su último servicio, aunque en la película, el director argentino le da una vuelta de tuerca a la atmósfera decadente y grisácea a partir del suceso del atraco, en ese instante, todo cambia para El Bandido, porque un aire fresco y vital inunda su vida, mezclada con el pasado y el recuerdo de los buenos momentos ahora olvidados. El barrio de las afueras, humilde y popular, le ofrece al protagonista aquello que ya no tiene, una vida cansada, solitaria y rodeado de su majestuosa casa residencial, porque en el barrio encuentra una vida que lucha unida, una vida compartida, una cooperativa vital, una esperanza en el que las cosas no son únicamente ganar dinero, sino que hay algo más, algo más humano y sensible.

Juncos lo cuenta de un modo sencillo, natural, sin nada de sentimentalismos ni trapicheos argumentales, siempre de frente, profundizando en sus personajes de carne y hueso, en tipos vulnerables y frágiles, que sufren, que se caen y no saben adónde ir. El cantante de éxito piensa en su retirada, separado, que recibe de su hija, una hija que está distanciada, y encima, tiene la relación más por interés que otra cosa, con su representante, un tipo que va a lo que va, a por el monís y nada más. Un reparto cercano y transparente, sobre todo, todos aquellos habitantes del barrio periférico, con ese Hernán Alvarellos como Rubén, el acordeonista reaparecido en la vida del cantante, la naturalidad de Vicky Ríos interpretando a Milagros, la hija del protagonista, el español Juan Manuel Lara, visto en mil películas, como las de Bollaín, Fesser y Albaladejo, entre otros, es el manager que va a por el negocio, con esa forma de ser tan cercana y a la vez, tan hipócrita, todo un personaje que el actor malagueño clava como es habitual en él.

Y finalmente, Osvaldo Laport, el actor uruguayo muy popular en la televisión argentina donde ha protagonizado numerosas telenovelas. En Bandido  con un registro muy diferente, más conciso y comedio, más hacia dentro, construyendo su personaje de manera soberbia, a través de la mirada y sus silencios, metiéndose en la piel envejecido y que nos abe lo que desea, solo dejar de cantar, porque ya no lo siente ni lo vive, en un momento existencialista de su vida. Un cantante que nos irá cayendo bien no por quién es, sino por la humanidad que destila cuando se encuentra con el problema en el que está involucrado su antiguo amigo de correrías musicales. Luciano Juncos ha construido una película que, en realidad, son dos películas, la del cantante cansado y perdido, que solo quiere retirarse y olvidarse de sí mismo, y la otra película, de corte social, en que el mismo cantante se reencuentra con lo que fue y con los que creció musicalmente y encuentra una forma diferente de seguir en la música. Una película que tiene mucho de balada triste, pero también, de alegría por esas pequeñas cosas de la vida, o quizás, no tan pequeñas, pero acostumbramos a olvidarnos de ellas, porque nos empecinamos en preocuparnos de otras, más llamativas, pero menos vitales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Sempere-Moya

Entrevista a Marc Sempere-Moya, codirector de la película «Canto cósmico. Niño de Elche», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el viernes 26 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Sempere-Moya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prismaideas y al equipo de prensa de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Marcús JGR

Entrevista a Marcús JGR, músico de la película «El vientre del mar», de Agustí Villaronga, en la cafetería del Conservatori del Liceu en Barcelona, el miércoles 10 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcús JGR, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pep Armengol, estimado amigo, por el retrato que acompaña la publicación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Berta Bahr

Entrevista a Berta Bahr, actriz de la obra de teatro «Angle mort», de Roc Esquius y Sergi Belbel, en su domicilio en Barcelona, el viernes 13 de agosto de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Berta Bahr, por su tiempo, sabiduría, generosidad, complicidad y cariño, y a mi querido Óscar Fernández Orengo, autor del retrato que encabeza esta publicación, por su amistad, generosidad y cariño.

Entrevista a Javier Tolentino

Entrevista a Javier Tolentino, director de la película «Un blues para Teherán» en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Tolentino, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Un blues para Teherán, de Javier Tolentino

CANCIONES PARA CONOCER UN PAÍS.  

“La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

Milan Kundera

La película se abre con unos planos que podrían ser de cualquier película de Abbas Kiarostami, con ese río, sus pesadores, esos caminos curvilíneos, la vida y las gentes del mundo rural, la cotidianidad y la intimidad de la vida, para pasar luego a plena urbe de la mano de Erfan Shafei, nuestro guía físico y espiritual por este viaje por la música y la cultura tradicional iraní, en un momento glorioso a bordo de su automóvil, en una película que nos remite a una de las últimas de Jafar Panahi, mientras a grito pelao canta el tema “Ashianeh”, de Reydoon Farrokhzah, una canción pre-revolucionaria que suena de su casete. Dos instantes únicos y espectaculares para abrir Un blues para Teherán, el sentido, personal y sincero homenaje de Javier Tolentino al cine y la cultura iraní, nacida de su fascinación por el cine de Irán, con los citados nombres a los que habría que añadir los de Mohsen Makhmalbaf, Dariush  Mehrjui,  Bahman  Ghobadi  y Mohammad Rasoulof, entre otros. Un cine que ha copado muchas horas de radio en el mítico programa que ha conducido Tolentino desde hace más de dos décadas. Un cine sobre la vida, la cotidianidad y la cultura iraní, lleno de poesía, sabiduría y talento, que, curiosamente, no tiene apenas música.

Tolentino nos ofrece un viaje por sus lugares, tanto del universo rural como urbano, acompañados de su música, sus gentes, como ese impagable momento en que un pescador explica su día a día, reflexionando sobre su familia, el trabajo y la sociedad iraní, o aquellos otros en los que músicos tradicionales muestran su arte, como la actuación de Golmehr Alami, que reivindica su derecho a mostrar su música y su cante, porque en el país se prohíbe la música a las mujeres. Erfan es el guía de este peculiar viaje musical por Irán y Kurdistán, un joven kurdo, que ha tenido que parar el rodaje de su película, por las restricciones y absurdas leyes de Irán, que también le escucharemos tocar y cantar, enfrentado a un futuro difícil, y no sabe nada del amor. La película nos habla de música, de compositores e intérpretes, y claro está, de seres humanos, y política, pero lo hace desde lo humano, como diría Gramsci, desde la vida y la naturaleza, como esos instantes de aves, ríos y mar, donde parece que el tiempo se detiene, donde la intemporalidad del cine iraní va contagiando la película, llevándonos hacia un estado espiritual sin dejar de tener los pies en la tierra.

La película tiene el aroma que recorrían Canciones para después de una guerra (1976), de Patino, y el viaje musical que proponía Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2015), de Fatih Akin, y el inicio de Cold War (2018), de Pawlikowski, donde sus protagonistas grababan música tradicional, retratos íntimos y muy personales de una tierra a través de su música, sus canciones, sus gentes, sus formas de vida, y sobre todo, sus lugares en el mundo, esa cotidianidad llena de trabajo, de política, y de vida. La película tiene momentos alucinantes como ese instante nocturno donde vemos Teherán mientras suena ese fantástico blues “Nostalgia de Teherán”, que ha compuesto especial para la película Walter Geromet, o ese otro, en la barbería, donde Erfan crítica las estúpidas leyes de Irán que le impiden contar con un inversor extranjero para su película, y la razón que en el cine iraní no haya música, y ese otro instante en que el propio Erfan habla del amor con su amiga, o la secuencia divertidísima junto a sus padres y el loro. Una parte técnica de primer nivel con las aportaciones de la extraordinaria luz del cinematógrafo Juan López, que sabe captar la belleza que transmiten los espacios iraníes, el inmenso trabajo de sonido de una grande como Verónica Font, y el magnífico trabajo de montaje de un excelso Sergi Dies, captando el ritmo de lo visual, sonoro y paisajístico del film.

La magia y la honestidad que emanan de las imágenes poéticas y de verdad de Un blues para Teherán,  la convierten en una de las películas de la temporada, por su sencillez y complejidad, por su amor al cine, a la música y al cultura iraníes, y sobre todo, a la vida, como el sentido fragmento del poema que escuchamos extraído de “El pájaro era solo un pájaro, y otros poemas”, de Forugh Farrojzad, la maravillosa poetisa y autora de una de las grandes obras del cine iraní como La casa es negra (1962). La opera prima de Javier Tolentino, coescrita con Doriam Alonso, es un inolvidable viaje musical y vital por Irán y sus gentes, encontrándonos con las diferentes formas de vivir y sobre todo, de expresarse a través de la música, capturando la idiosincrasia de sus gentes, con esa poesía que tanto anidaba en el cine iraní que enamoró a Tolentino y daba buena cuenta en su libro “El cine que me importa”. Todo ese amor es ahora devuelto en una retrato-relato que pretende asomarse de forma sencilla e íntima a todo ese universo y cultural que se oculta en un país dominado por un régimen autoritario, donde sus gentes encuentran su espacio o su libertad en la música, esa herramienta indispensable para conocer, conocerse y sobre todo, relacionarse con los demás, y con uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La violinista, de Paavo Westerberg

LA MAESTRA Y EL ALUMNO.

“La ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad”

Leon Tolstoi

Si nos preguntasen nombres de directores finlandeses actuales nos vendría el primero y más importante de todos, el de Aki Kaurismäki, si nos estrujáramos más la cabeza aparecerían los de Mika, hermano del mencionado, y también, Klaus Härö, que ha estrenado sus últimas películas por aquí. A partir de ahí, tendríamos serias dificultades para nombrar alguno más. Por este motivo, el cine producido en Finlandia, exceptuando los citados, es una gran y triste anomalía por estos lares. Por eso cuando se estrena una película del mencionado país, solo podemos dedicarle nuestra mirada y disfrutar de esa anomalía. En este caso, la película en cuestión es La violinista, de Paavo Westerberg (Helsinki, Finlandia, 1973), dedicado a la interpretación, y a los guiones como los de Frozen Land y Frozen City, por los que fue galardonado, se ha embarcado en la dirección con la serie Jälkilämpö (2010), y ahora, repite con un relato intimista, complejo y oscuro sobre la ambición y sus consecuencias.

La historia arranca con Karin Nordström, una auténtica virtuosa y reconocida violinista que, después de la última actuación de su gira, tiene un desafortunado accidente que le hace perder sensibilidad en algunos dedos y le imposibilita seguir tocando. Después de un tiempo intentando aceptar su vida y sobre todo, su cambio de profesión, no tiene otro remedio que dedicarse a la enseñanza. Conocerá a Antti, uno de sus alumnos de violín más ambiciosos, y empezarán una relación íntima y muy secreta, ya que tanto Karin como Antii, tiene parejas, la del joven, Sofía, también alumna de Karin. Todo cambiará cuando Björn Darren, famoso director busca violín solista para su nuevo espectáculo. Westerberg confía su película en la actuación de sus intérpretes y en los cálidos y oscuros interiores donde se desarrollan las diferentes acciones del metraje. El rostro y las miradas se convierten en el centro de todo, bien acompañados por las excelentes piezas clásicas que escuchamos a lo largo del relato.

La película nos habla de música, y las diferentes formas de acercarse e interpretarla, donde los personajes de Karin y Antii tiene una forma directa, individualista y demasiado ambiciosa, donde la música se convierte en una lucha constante contra sí mismos, y contra los otros, donde nada ni nadie tiene cabida. En cambio, el personaje de Sofía entiende la música desde el amor y la colaboración, donde todo es nosotros. El personaje de Björn Darren confía en su querida Karin, aunque se muestra receloso con Antii, ya que le parece que  es demasiado impetuoso y no sabrá estar a la altura de la música y la responsabilidad que conlleva ser solista en una orquesta. A pesar de sus dos horas, la película se ve con gusto, sus composiciones son de gran altura y bien construidas, donde la luz mortecina que sacude toda la película, le va como anillo al dedo a un relato sobre la música, y sus intérpretes, que siempre les pierde su pasión, una excesiva pasión que juega contra ellos. Una trama bien mezclada con lo personal, donde el amor arrebatado se acaba imponiendo en las vidas convencionales de los personajes, acciones que los llevarán a consecuencias con las deberán lidiar.

Matleena Kuusniemi interpreta a Karin, una mujer de carácter, muy ambiciosa, que  después de su fatal accidente, deberá recomponerse y amar la música desde otra posición, pero sin dejar ella misma, y sobre todo, sin dejar que nadie sea más que ella. A su lado, Olavi Uusivirta como Antii, ese alumno que le puede ser el mejor, muy perfeccionista y altivo, con un carácter que jugará en su contra. Kim Bodnia es Björn Darren, el experimentado hombre de música, pero una fiera con la música, que tendrá sus conflictos con las decisiones y métodos de Karin. Misa Lommi es Sofía, la antítesis de Antii, otra forma muy diferente de acercarse a la música, valorando todo su potencial desde el lado más romántico y humano, y finalmente, Samuli Edelmann como Jaako, el marido de Karin, comprensivo y compañero, pero que se sentirá desplazado por la pasión desmedida de una mujer que antepone su vida y todo a la música. El director finlandés ha construido una película bella y sensible, pero también, muy oscura y llena de tinieblas, y reveladora sobre las desmesuras que lleva una pasión demasiado alejada de todo y todos, y las consecuencias en los demás, y lo hace desde la sutileza y la sobriedad, sin sobresaltos ni argucias argumentales, y mucho menos narrativas, solo con un grupo de intérpretes en estado de gracia, que cuentan mucho más desde el silencio y la potencia de sus miradas, y contando una historia que indaga en la emocionalidad de sus personajes, aquello que se oculta, pero que va desvelándose a medida que las diferentes y ambiguas decisiones van en aumento sin remedio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Hurtado

Entrevista a Ana Hurtado, directora de la película «Herencia», en el Parque Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el viernes 14 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Hurtado, por su tiempo, generosidad y cariño, a Marga de Mallerich Films, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Herencia, de Ana Hurtado

CELEBRAR LA CUBANIDAD.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”

William Shakespeare

En los primeros minutos de Herencia, la opera prima de Ana Hurtado, se mueve entre músicos, entre diferentes estilos de música cubana, y algunos de sus maestros, se mueve entre personas mayores que legan su arte a los jóvenes, y es en ese instante en que la película adquiere todo su significado, porque no será otra película sobre la efervescencia de la música en Cuba, que es muchísima, sino que a través de la música, nos adentraremos en un relato-retrato poliédrico sobre lo que significa Cuba y sobre todo, ser cubano, esa cubanidad que hace de los habitantes de la isla caribeña un lugar insólito, único y complejo. La directora nacida en Úbeda (Jaén), pero criada en Sevilla, se muestra como una observado inquieta y muy curiosa, se aleja de esa mirada paternalista y sentimental que algunas películas hacen de Cuba, para mirarse como una más, para profundizar en esa cubanidad, y lo hace desde muchos puntos de vista diferentes, otorgando a la película un valor, no solo como documento excepcional, sino capturando esa otra isla, ese otro país, a través de los diferentes sentimientos religiosos, o dicho de otra forma, los diferentes caminos de acercarse a Dios.

Herencia se mueve como un cubano más, mira, retrata y dialoga con todos y todo, generando ese vínculo de los cubanos con su pasado y presente, desde el legado de sus antepasados africanos que fueron llevados por la fuerza por españoles a trabajar en Cuba como esclavos, esa mezcla que tienen los cubanos, entre africanos y españoles, hacen del país un país vasto en cultura, y una forma de ser auténtica, también, hay espacio para otra manifestación cultural como el deporte, interpretado en el país como una idea de compartir, de sumar esfuerzos, y sobre todo, de comunidad, muy alejado al deporte de occidente como negocio. Y para redondearlo todo, algunos expertos en historia e idiosincrasia cubana ofrecen sus testimonios hablándonos del pasado y presente de Cuba, de su cultura, de su música, su religiosidad y deporte. Y cómo no, también escuchamos a algunos de sus protagonistas, auténticos maestros en sus diferentes artes, que nos hablan de la Cuba de antes y ahora, el maldito bloqueo estadounidense de más de sesenta años, y las dificultades económicas cotidianas que se enfrentan los músicos y demás figuras de la cultura cubanas, obligadas a pagar en efectivo.

Hurtado no ha hecho un documento planfetario sobre Cuba y su política económica, ni mucho menos, sino una película que celebra Cuba, los cubanos y sus caminos por y para la cultura, como bien y patrimonio del país, en el que conocemos su inmenso talento para la música y demás, el apoyo gubernamental hacia la cultura, pero no desde la oficialidad, sino desde las personas, desde las personas que viven y se aprovechan de toda esa inversión cultural. La película se rodea de grandes profesionales como el gran Paco Poch en la producción, que ha producido a gente tan importante como José Luis Guerin o Isaki Lacuesta, entre muchos otros, José Luis Lobato, un cineasta cubano con más de un cuarto de siglo de experiencia, también en la producción de la isla, Luís Camilo Widmaier en la cinematografía, que fue cámara de Balseros, el estupendo documental de Carles Bosch, y Pere Marco, director de Goodbye Ringo, en labores de edición.

La directora jienense-sevillana debuta con una película que tiene una duración de apenas una hora, pero muy bien aprovechada, porque retrata con acierto y alegría todo ese universo cultural, a través de la música, la religión y el deporte,   para construir una película que siempre va más allá, que hace suya la complejidad de la cubanidad, y muestra la tremenda ebullición de unas gentes que tienen en Cuba su mejor legado, que recuerdan a sus ancestros con amor, pasión y respeto, y de toda esa mezcla fusionada, nacen verdaderas manifestaciones culturales que resultan atrayentes, apasionadas y libres, porque el estado ayuda a toda esa riqueza cultural, histórica y de carácter, en la que todo se recuerda, esa magnífica fusión afrocubana con detalles españoles, todo reunido, todo reivindicado, todo amado, todo legado, para generar esa combustión cultural infinita que los cubanos abrazan y se sirven de ella, para reivindicar su herencia, su identidad y su amor por su cultura. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dardara, de Marina Lameiro

LA ÚLTIMA FIESTA.

“He aprendido mucho en este camino, sigo siendo un ignorante. Sorprendido, presionado, amado, sobrevalorado, censurado, satisfecho, vacío, hambriento, libre. Pero esclavo de todo esto. Agradecido y orgulloso por todo lo conseguido. Tan compañero como enemigo. Abrazado por una masa de gente y solo al mismo tiempo. Gritando en silencio. Sigo aquí pero ya me encuentro en otro lugar. Deseando parar. Y con miedo de que todo termine”.

La banda de rock se llama “Berri Txarrak” (en castellano, Malas noticias), se han pasado un cuarto de siglo tocando en euskera, picando piedra no solo en su tierra y el resto del país, sino que se han lanzado a territorios inhóspitos y difíciles como Alemania, Japón, Estados Unidos o México. Después de tantos años en la carretera, que se han traducido en 9 discos de estudio, más un recopilatorio, más de mil cien conciertos, y haber contado con productores que han tenido en su carrera a gente como Nirvana, Pixies, The Cure, etc… El terceto de los “Berri Txarrak” decide parar la travesía y cambiar de camino, para ello, montan una gira de despedida, la «Ikusi Arte Tour», que girará por medio mundo con 70 directos para finalizar en noviembre de 2019. Una despedida que querían registrarla, documentar su adiós, o llamado de otra forma, la última fiesta con su público, con todos aquellos que los han seguido allí donde iban.

De Marina Lameiro (Pamplona, 1986), conocíamos su opera prima Young & Beautiful, de hace tres años, un documento íntimo y naturalista, que ponía voz a unos amigos y amigas de la directora, que llegados al borde los cuarenta, hacían balance de sus vidas y de ese futuro negro que les espera. Su segundo trabajo, aunque va por otros lares, sigue en la misma línea que su primera película, ya que la directora navarra filma la gira, con sus conciertos, que se mueven entre lo multitudinario de algunos, con las salas más pequeñas, tanto cerrados como en espacios abiertos, donde no solo seguimos y conocemos a los integrantes del grupo, sobre todo, a su líder y voz Gorka Urbizu, con todas esas contradicciones de la persona y músico, de despedir una época brutal de su vida en la cúspide, y las dudas y miedos de empezar una nueva andadura como músico con otros zapatos y en otras cuestiones. Lamiero lo filma en su intimidad, lejos del público, en su hogar, mientras camino, compone o se relaciona con los suyos, rememorando sus inicios, tanto de él como de la banda.

La película, con buen criterio e inteligencia, no solo se queda en la parte del grupo, sus canciones y sus movidas, sino que va mucho más allá, mirando al otro lado, al contraplano tan necesario en un oficio en que el público lo es todo, y captura a todos aquellos de nacionalidades y culturas diferentes que son también parte de este viaje de la banda, una alemana que sigue al grupo allá donde vaya, unos mexicanos que descubren la banda, una joven que se gasta todos sus ahorros para verlos, y una madre y su hija pequeña, auténticas fan de las canciones espirituales, sociales y reivindicativos de un grupo cañero, honesto, y sobre todo, lleno de carisma, que destilan pasión y amor por su música, por su idioma euskera, y por encima de todo, han sido fieles a su pasión y a su público, olvidándose de modas, corrientes y demás mandatos industriales. El febril, fragmentado y magnífico montaje de Diana Toucedo, que vuelve a repetir con Lameiro en su segundo trabajo, parte fundamental en una película que sigue a la banda por medio mundo, con constantes cambios de escenarios, de luz, y de circunstancias, que llevaron a la cineasta navarra y a su equipo por varias ciudades y veintitrés conciertos de los setenta que englobaba la gira.

Dardara (que viene a traducirse como “temblor”), esa pasión e intensidad de hacer y compartir la música, recoge el aroma y la maestría de otros títulos míticos del documento sobre el rock y sus nombres como los Gimme Shelter (1970), de Albert y David Maysles, Joe Strummer: The Future Is Unwritten (2007), de Julien Temple, When You’are Strange (2009), de Tom DiCillo o Searching for Sugar Man (2012), de  Malik Bendjelloul, todos grandes trabajos sobre la música, los que hay detrás y los que hay delante, recogiendo todo el computo que es un grupo de rock, y todo lo que arrastra, recogiendo ese espíritu indomable, firme, y resistente, de aquellos que creen en su pasión, en su fuerza, en su trabajo, y en las ganas y valentía que le ponen en lo que hacen, como lo ha construido Lameiro que vuelve a seducirnos y emocionarnos con un relato desde las entrañas, desde el amor a la música, y sobre los músicos, y el público que siempre está ahí, en una gira de despedida que ya no es solo eso, sino que ha originado una película que es ante todo, una historia de veinticinco años vital contada desde el presente, un presente continuo, intenso, febril, que no se detiene, que sigue y sigue, entre conciertos, reflexiones, pasado, futuro, los rostros del público, y envolviéndonos en una música que ya forma parte de la leyenda de la música en euskera, registrada de manera brillante e intimista por los siglos de los siglos. Larga vida a BERRI TXARRAK y al rock’n’roll!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA