Entrevista a Lucija Stojevic, directora de la película «Pepi Fandango», en la sede de la productora Noon Films en Barcelona, el martes 3 de septiembre de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucija Stojevic, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No creas que puedes salvar a las personas simplemente tomándolas de la mano. Pero, aún así, toma su mano”.
Las primeras imágenes de Luz del 86 (“Valoa Valoa Valoa”, en el original, traducido como “Luz Luz Luz”), de Inari Niemi (Helsinki, Finlandia, 1978), son especialmente hipnóticas y absorbentes, mientras una voz, la de Mariia de 15 años, nos informa del accidente nuclear de la central nuclear de Chernobyl, al norte de Ucrania, por aquel entonces la URSS, ocurrido el sábado 26 de abril de 1986. La voz nos comunica de los efectos de la radiación mientras cae una lluvia incesante. Unos primeros minutos del relato que ya nos pone completamente en situación emocional, donde prevalecerán las imágenes poéticas y oníricas, como refugio o vía de escape de la dura realidad que viven las dos protagonistas. La citada Mariia con una madre enferma y Mimi, la recién llegada al pequeño pueblo, aislada y solitaria, con una familia muy disfuncional y llena de problemas y alcoholismo. Entre las dos adolescentes, muy diferentes entre sí, nacerá una bonita amistad que derivará en algo más, el primer amor o quizás, dicho de otra forma, la primera mano que nos tendrán para descubrir que no estamos tan solos como imaginamos.
La directora finlandesa que antes había hecho Kesakaverit (2014), Joulumaa (2017) y la serie Mieheni vaimo (2022), donde optaba por la comedia y el drama, se enfrenta en su tercer largometraje a una historia donde la realidad se va transformando en una sensible historia de amor entre dos adolescentes y el universo que van creando en un verano nórdico, donde hay zambullidas en lagos alejados del pueblo, bailes a todo trapo en mitad del bosque, escapadas para ver el mar y sexo en la habitación de Mimi, entre otras cosas más. Con una atmósfera que se mueve entre la realidad cruda y sin futuro en la que sobrevive como puede la citada Mimi, y luego, ese otro mundo onírico y de fantasía y amor donde la vida y la existencia pueden ser más amables y quizás, felices. El guion de Juuli Niemi, que ya había trabajado con la directora, basado en la novela homónima de 2011 de Vilja-Tuulia Huotarinen, se sitúa en una atmósfera y tono envolventes, como de cuento, donde se mueve entre el verano del 86 y veinte años después, cuando el personaje de Mariia vuelve a casa porque está pasando una crisis y su madre vuelve a tener cáncer. La mayor parte del argumento se centra entre los días de verano que se tornan una aventura entre las dos chicas, unas personas que encuentran la una a la otra una razón más que suficiente para levantarse cada día y descubrirse en la otra, sin más futuro que el verano que están viviendo con intensidad y emoción.
El gran trabajo técnico de la película para conseguir esa fusión de realidad más heavy y la fábula de descubrimiento y amor, donde la directora se ha rodeado de cómplices como el cinematógrafo Sari Aaltonen, del que vimos su trabajo en la película Tiempos difíciles: Cantos por los cuidados (2022), de Susana Helke, que se vio por L’Alternativa, con ese aroma de cuento de dos niñas encerradas en el castillo de la madrastra que quieren saborear la libertad y el amor, así como el conciso y sobrio montaje de Hanna Kuirinlahti, en sus reposados e intensos 91 minutos de metraje, en el que todo se cuenta con una cercanía y una honestidad asombrosas, como el estupendo trabajo de la música de Joel Melasniemi, que capta con elegancia todo el desbarajuste emocional de las dos protagonistas, y sus relaciones tensas con los demás, sin olvidar los grandes hits de la música que se escuchaba entonces como el “Maria Magdalena”, de Sandra, que fue un boom en todo el continente, o no menos el “Smalltown”, de los Bronski Beat, todo un himno, el “Love hurts”, de Nazareth, otro temazo, o “Poskivalssi”, el clásico de los cincuenta finlandés que cantaba Olavi Virta, que acompañan con tacto cada diálogo y silencio de las dos protagonistas.
El gran acierto de la película es su magnífica pareja protagonista porque son capaces de sumergirnos en esa maraña de sentimientos, tristezas y conflictos por los que transita, sobre todo, la vida de Mimi. Dos grandes actuaciones de dos casi debutantes en el cine como Rebekka Baer en el papel de Mariia, dulce y amable, generosa y valiente, que seguramente, vivirá el mejor verano de su vida, y todavía no lo sabe, y frente a ella, Mimi, que hace Anni Iikkanen, un personaje roto, alguien que quiere huir pero no sabe dónde, desamparada y muy sola, que encuentra en Mariia una tabla de salvación, alguien a qué agarrarse, alguien que le dé un sentido a su vida, o lo que queda de ella. Tenemos a la Mariia veinte años después en el rostro de Laura Birn, que vuelve al pueblo con heridas y allí deberá enfrentarse al pasado y perdonar y perdonarse, y Pirjo Lonka, que ya trabajó con la directora en la mencionada serie, aquí como madre de Mariia, uno de esos personajes que hablan muy poco, preguntan menos, pero se dan cuenta de todo lo que ocurre a su hija. Después tenemos a una serie de intérpretes, todos muy bien escogidos en sus roles, que parecen no actuar de lo bien que actúan, como la familia de Mimi, o lo que es lo mismo la familia de la casa de los horrores, por la falta de amor, empatía y cariño reinantes.
Si tuviésemos que encontrar una película-reflejo para Luz del 86, de Inari Niemi, podríamos encontrarla en Verano del 85 (2020), de François Ozon, en que el director francés nos contaba el amor de dos jóvenes en el citado verano en la costa de Normandía, donde sonaba aquel monumento que era el “Sailing”, de Rod Stewart. Una película que también hablaba del despertar a la vida, al amor, al sexo, al dolor, a la tristeza, a ese sentimiento consciente de la efimeridad de la vida, donde todo es fugar, todo es un sueño, y todo es tan vulnerable, incluso todo lo que vemos y sentimos, porque la vida va pasando y nosotros nos quedamos allí. si se acercan a mirar la vida de Mariia y Mimi seguro que no se arrepentirán, porque les aseguro que les va encantar su historia, su amor, su juventud y sus ganas de vivir, 0 de bien seguro volverán con aquel adoelscente que fueron, o que algunos días, sin venir a cuento, recuerdan con cariño, con temor, con severidad, o quizás, la película los lleva a aquel verano, sí, aquel verano donde descubrieron el amor, la vida y su oscuridad, y querían escapar y escaparse de todo y volar o vete tú a saber. La película es también una interesante reflexión sobre el hecho de amar, de esa idea del amor como refugio para soportar las tristezas de la vida, o al menos, olvidarse de ellas por un momento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los primos sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre – vata, quiero – camelo, pan – manró, comer – jalar, cagar – jiñar, penas y duquelas.
Pepi
Conocí el cine de Lucija Stojevic (Zagreb, Croacia, 1980), a través de La Chana (2016), su primera película en la que recuperaba la figura de la famosa bailaora, ahora olvidada, siguiéndola en su quehacer diario mediante una transparencia y naturalidad absorbentes, y recorriendo su vida artística y su memoria con imágenes de archivo. Una película de investigación y humanista que nos devolvía a alguien que el tiempo borró. Con Pepi Fandango, su segundo trabajo, vuelve a rastrear en el pasado y recupera la memoria de Peter Pérez, más conocido como Pepi, un vienés judío de 84 años, que durante niño estuvo preso durante la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración de Rivesaltes, al sur de Francia y su relación con el fandango, otra vez la música como leit motiv, que escuchaba a niños durante su estancia en el citado centro.
La película se estructura a través de una película de carretera, o lo que es lo mismo, un western, donde el citado protagonista, con la compañía de su fiel amigo y músico Alfred, salen de Viena, pasan por Barcelona y llegan a Paterna de Rivera, al sur de Cádiz, donde se reencuentran con amigos y antiguos cantaores de fandango. Un trayecto físico y vital en el que vamos conociendo el dolor y el trauma que siempre han estado ahí, en el que Pepi ha luchado y convivido, en el que la música ha ayudado a vivir, revivir y sobrevivir, donde la película lo aborda con la poesía, sin entrar frontalmente ni ser evidente a la hora de explicar lo que sucede, si que lo hace proponiendo un interesante ejercicio de memoria, donde los recuerdos, las experiencias y el pasado se mezclan generando imágenes inconexas y complejas, con el magnífico uso del found footage, con las que se van reconstruyendo aquellos días en el campo de concentración y todo el trauma que arrastra el protagonista. El relato va sobre la vida, sobre cómo vivimos con los traumas, y lo hace desde el respeto y la honestidad sin tratar los temas de forma superficial ni nada que se le parezca, al contrario, su sensibilidad es digna de elogiar porque nos sumerge en el viaje físico de Pepi y su colega y también, en ese viaje emocional donde la psique y el alma se imponen en la historia.
La segunda película de Lucija Stojevic tiene un gran trabajo técnico y arduo para estructurar una historia donde presente y pasado tienen mucho que ver y se debían contar a la par, donde todo encaja con la participación del respetable. Para la cinematografía, Stojevic vuelve a contar con Samuel Navarrete como hiciese en La Chana, en otro reto porque ahora la cosa iba de contar un diario-viaje en el presente y una abstracción en el pasado, y la mezcla funciona y logra, con la implicación del espectador, una simbiosis que casa de forma muy personal y emocional. Grandísimo trabajo de sonido de Diego Pedragosa, que ha trabajado con cineastas como Pau faus y Ventura Durall, entre otros, tanto en el documental como en ficción, y Laura Tomás Cascallo, en sonido adicional, y Andrés Bartos Amory en el diseño de sonido y también coproductor, junto a la directora, de la cinta, y el estupendo montaje de Mariona Solé, que tiene en su haber películas como El techo amarillo, de Isabel Coixet y Unicornios, de Àlex Lora, que maneja muy bien el tempo consiguiendo esa fusión entre realidad, sueño, trauma y pasado, en sus reposados 80 minutos de metraje.
Una historia de estas características, en la que profundiza sobre el dolor y el trauma, era necesario algo de humor, una vis cómica que va saliendo a través de la peculiar relación de la pareja protagonista, Pepi y Alfred, una especie de Don Quijote y Sancho Panza, unos roles que se van intercambiando, eso sí, con ese aire vienés, tanto en su carácter como en su idioma, una especie de caballeros errantes o cowboys de aquel western crepuscular, donde los viajes siempre son de vuelta o quizás, son para que los monstruos dejen de molestar como es el caso de Pepi. Sólo les pido una última cosa, no vean Pepi Fandango como una película dura, que lo es, pero también es una película que habla de las cosas que hay que hablar, es decir, es sumamente liberador hablar de lo que nos duele, de los traumas que arrastramos, de aquel pasado que la vida se detuvo y todo lo que tenía sentido dejó de tenerlo, donde conocimos la maldad humana y estuvimos en el más absoluta de las oscuridades, solos y desamparados. Porque quizás recordar y enfrentar el dolor no sirva para que deje de atormentarnos, pero lo que es seguro es que dejaremos de sentirnos tan solos y al borde del abismo. Compartir nos ayudará a seguir. Por eso y cómo se muestra la enfermedad mental, gracias a Lucija y a todo su equipo por rescatar y contar la historia de Pepi. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Luis E. Parés, director de la película «La primera mirada. Historia de una escuela de cine», en el Parque de la España Industrial en Barcelona, el miércoles 19 de junio de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis E. Parés, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Nos dijeron que no mirásemos atrás porque sólo encontraríamos ruinas tristes de una España gris. Pero, no era verdad. Si miramos detenidamente, de entre las sombras, surgen otras imágenes, las de unos jóvenes que querían contar el dolor de un país. Los estudiantes de una escuela de cine, creadores sin medios, pero sin miedo. Con ellos nacía una mirada cómplice. Una mirada dispuesta a ver las cosas por primera vez”.
Todos aquellos que amamos el cine español sabemos del IIEC (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas), aunque muy pocos hemos visto alguna de las prácticas allí realizadas. Una cuestión que dice mucho del poco valor institucional que se le ha dado al patrimonio cinematográfico. Algunas pocas de esas imágenes ya habían visto la luz en De Salamanca a ninguna parte (2002), de Chema de la Peña, un valioso documento centrado en las famosas conversaciones y en el Nuevo Cine Español, en el que se le daba voz a sus protagonistas. La película La primera mirada. Historia de una escuela de cine, de Luis E. Parés (Madrid, 1982), es todo un acontecimiento en el Cine Español, porque no es sólo es la primera vez que se bucea en los archivos de Filmoteca Española, sino que se sitúa en el epicentro de lo que significó el IIEC, mostrando las valiosísimas imágenes de aquellas prácticas de los nombres que revolucionaron el lenguaje y la mirada del cine de aquí.
El recorrido cinematográfico de Parés viene de lejos: programador de Filmoteca, Cinemateca Madrid, Festival de Sevilla e inventor del programa de televisión “Historia de Nuestro Cine”, agitador, activista e historiador del Cine Español, amén de director de siete cortometrajes, entre los que se encuentran Los conspiradores (2023) y El espectro político (2024). Con todo este bagaje era la persona más que idónea para acometer una película de estas características, tan insólita como necesaria. El encargo le vino de Mario Madueño, productor de Pantalla Partida, y el bueno de Luis se sumergió en el archivo, visionando los más de medio centenar de trabajos conservados y con la ayuda de Luis Deltell y José M. Carrasco elaboraron un guion que repasa concienzudamente las peculiaridades de cada práctica, sino que se sumerge en sus características, tanto a nivel de contexto político, cultural, económico y social, mediante las voces de dos intérpretes como Aitana Sánchez-Gijón y Pedro Casablanc. Una amalgama de información que aborda sus primeros años, los que van de 1947 a 1962, bien estructurada y mejor administrada, tanto crítica como artística que da buena cuenta del valor incalculable de estas películas almacenadas tanto tiempo sin que nadie les diera luz y mucho menos, la visibilidad y su posición fundamental en la Historia del Cine Español.
Vemos secuencias de los primeros trabajos de grandes nombres como Berlanga, Bardem, que se conocieron en la cola de las pruebas de acceso, Julio Diamante, Carlos Saura, Jesús Franco, Luis Ciges, Eugenio Martín, Javier Aguirre, Basilio Martín Patino, José Luis Borau, Antonio Mercero, Joaquím Jordà, Helena Lumbreras, Víctor Erice y Francisco Regueiro, y otros menos desconocidos como José Gutiérrez Maesso, José Maria Zabalza, Manuela González-Haba, Sergio Ferrer de María, Héctor Sevillano, y muchos más. Películas de índole académico que ya nos informan de todo el arsenal de unos jóvenes que encontraron en el IIEC una isla de libertad en la que podían abordar los temas sociales y políticos que se les negaba a los profesionales. Miradas de estudiantes que hablaban de un país en dictadura dominado por la moral religiosa, la represión sexual y la pobreza y miseria de sus habitantes, en unas prácticas donde no existía la temida y malvada censura. Una escuela que fue un espacio de ideas, amistad, libertad y sobre todo, de cine, de lo cinematográfico, donde se discutía y se compartía cine, títulos, y demás cuestiones del séptimo arte. Jóvenes que querían hablar de la realidad, a través de la verdad de sus prácticas/películas, donde la única frontera era la imaginación, sin importar los pocos medios que disponían, porque se las ingeniaban para hacer un cine crítico sobre la realidad sucia y gris del país.
Una película que tiene un contenido muy trabajado, lleno de detalles e información concisa y muy directa, explorando cada encuadre, fotograma y mirada de las diferentes películas. Un excelente trabajo de found footage donde el archivo adquiere su valor histórico y cinematográfico, a partir de un concienzudo y rítmico montaje que firma Vanessa Marimbet, que ha trabajado en documentales como Flamenco, Flamenco y Las paredes hablan, ambas de Carlos Saura, y ficciones como El plan, y El buen patrón, entre otras, y la excelente y detallista música de Bruno Dozza, que resignifica cada encuadre, cada gesto y cada mirada en una composición que explica y conmueve. Una película que habla de cine con el cine, olvidándose de los testimonios que existen de archivo, porque la película de Parés quiere mostrar lo invisible, desenterrar de las catacumbas del archivo de la Filmoteca, todo este material tan valioso como olvidado, y dotar de visibilidad, acceso y contextualizarlas en el Cine Español de antes y de ahora, estableciendo los puentes que no existían y sobre todo, generando ese reflejo de espejos entre aquellos jóvenes y los de ahora, entre aquella España dictatorial y la democrática de ahora.
No se pierdan la película La primera mirada. Historia de una escuela de cine, porque les va sorprender muchísimo a todas aquellas que amamos el Cine Español, y a los que no, seguirán perdiéndose obras que hablan de ellos, de su país, de su historia, sus costumbres y su recorrido que no es poco. Si tuviésemos que encontrar un paralelismo con lo que ha hecho Parés lo encontraríamos en el trabajo del norirlandés Mark Cousins en obras de la calidad de The Story of Film: An Odissey (2011), y su análisis en the Story of Film: A New Generation (2021), A Story of Children and Film (2013), Women Make Film: A New Road Movie Through Cinema (2018), amén de sus trabajos sobre Welles, Jeremy Thomas y Hitchcock, y demás. Un cine que hable de cine, que lo mire con tiempo, con reflexión y contextualizando cada imagen, cada instante y cada coyuntura política, económica y social, construyendo un archivo de imágenes en constante diálogo, cuestionando y sobre todo, mostrando a las nuevas generaciones de cineastas, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, que no es poco, en un país que mira de forma institucional muy poco su cultura y menos a su cine. En fin, habrá que seguir trabajando, porque si no lo hacen, otros como Parés deberán hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
<p><a href=»https://vimeo.com/932447885″>LA PRIMERA MIRADA, Luis E. Parés [Clip with English subtitles]</a> from <a href=»https://vimeo.com/agfreak»>Agencia Freak</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Antes de ponernos en batalla, debemos hacer un inciso en los antecedentes. Cuando la película fue un proyecto iba a dirigirlo Jonás Trueba. Sea como fuera, el director madrileño no lo hizo y recomendó a su colega Isaki Lacuesta (Girona, 1975), quién finalmente se puso manos a la obra junto al guionista Fernando Navarro, que conocemos por sus cintas de género para directores como Paco Plaza, Kike Maíllo y Jaume Balagueró, entre otros, y nació Segundo premio, que usa el nombre de la primera canción del disco “Una semana en el motor de un autobús”, tercer álbum de la banda de rock granadina “Los Planetas”, publicado el 13 de abril de 1998. El largometraje número 11 de Lacuesta, que ha contado con la codirección de Pol Rodríguez (Barcelona, 1977), el director de Quatretondeta (2016), y ayudante de dirección de Isaki en Un año, una noche, cuenta su historia, la del proceso personal y creativo de los componentes del grupo. Pero no lo hace siguiendo un esquema racional y convencional, nada de eso, porque con el permiso de la banda, hace y deshace como le viene en gana, es decir, inventa y reinventa lo que pudo ser, lo que pudo pasar, y sobre todo, lo que el mito y la leyenda se han encargado de elaborar y mentir. No estamos ante una película al uso, nada más lejos de la realidad o la mentira, según se mire, estamos ante una película que es una mentira en toda regla, con muchísima verdad en su interior, o lo que es lo mismo, una obra que juega a imaginar una verdad, o más, bien, un estado de ánimo.
Si recuerdan Cravan vs. Cravan (2002), la primera de Lacuesta, era una cinta que investigaba los pasos del poeta y boxeador Arthur Cravan, al igual que sucedía en Los pasos dobles (2011), con otro artista François Augiéras, y no lo hacía desde el biopic trillado y bienintencionado, sino desde la ficción y la realidad, en un híbrido que tenía mucho de mentira y también, de verdad, de una sensación de que la mentira es el mejor vehículo para acercarse a la verdad, esa utopía enigmática, inquietante e imposible, porque tantas verdades y mentiras hay en cualquier personaje y sucesos, así que, el espectro de Cravan está muy presente en Segundo premio, desde su primera advertencia, cuando se nos informa de lo siguiente: “Esta no es una película sobre Los Planetas”, así que, a partir de esa premisa, la película nos convoca a un juego de ficción, o sea de mentira, pero una mentira que podría ser verdad, porque la llena de guiños y pistas documentadas, pero sin ser fiel a la realidad, o eso que llaman realidad, porque ni de eso estamos seguros, sino de la imaginación, de lo que mentimos, y en ocasiones, soñamos. La película sigue en la línea de los anteriores trabajos: la idea sobre el doble, la búsqueda, las huellas de los fantasmas, la investigación, la importancia de la música como eje para cimentar el relato, la hibridez de géneros, el tiempo y su fugacidad y su leyenda y mito, y sobre todo, esos reflejos del otro que nos convierten en un sinfín de identidades, personajes y de sentimientos contradictorios y reencontrados.
Un relato contado a través de canciones-capítulos que reciben el nombre de las canciones del mencionado disco, con esa película real y a la vez, imposible, que nunca podremos ver, y la otra película, la que inventan Isaki y los suyos, y los componentes de la banda: el cantante, y ese otro reflejo que es el guitarrista, que nunca se llaman por su nombre, salvo May, de la única que se pronuncia su nombre, la bajista que dejó el grupo, ese otro vértice, que tiene tanto de uno como del otro. Tenemos las dos ciudades, la Graná de finales de los noventa, o como dice la película, la Granada del siglo XX, y esa otra, más soñada y ficticia, el New York, con esos elementos del cine de Abel Ferrara y Jarmusch, donde Sólo los amantes sobreviven (2013), tiene un reflejo muy evocador en la película de Isaki. El universo de Lacuesta bebe de infinitas fuentes, materiales, texturas y cualquier elemento real o irreal. Sus películas transitan por diferentes géneros, ya sean de ficción, en especial el western y el cine negro, y otros documentales, y los fusiona en un plano/contraplano, conformando un cine construido desde la más absoluta de las libertades, donde las piezas van casando, sin necesidad de piruetas y estridencias narrativas ni argumentales, ni mucho menos técnicas.
Un cuadro 4/3 que nos remite al pasado, a la extrañeza y sobre todo, a la idea de la invención, como hacían los de la Nouvelle Vague, como por ejemplo Godard, en una cinematografía que firma Takuro Takeuchi, con el que Isaki coincidió en la serie Apagón, donde prima el plano claroscuro, como si estuviésemos en una especie de sueño, o en un relato que nos cuentan, en que los personajes están muy cerca, queriéndonos hablarnos desde la cercanía, a susurros, a escondidas, como si eso que nos quieren contar fuese un secreto, con esa idea de inmediatez y de letargo, donde los días y sobre todo, las noches, se funden en un tiempo lejano y cercano a la vez, un tiempo no tiempo, un estado de ánimo de verdad y de mentira a la vez, donde lo que vemos y lo que imaginamos está demasiado cerca, tan cerca que no podamos distinguir. El exquisito y rítmico montaje de Javi Frutos, del que hemos visto interesantes documentales como La muñeca del espacio y Saura(s), entre otros trabajos, aglutina con acierto los 109 minutos de metraje, que nos envuelven en esa atmósfera entre realidad, sueño y limbo, por el que se mueve la historia.
El reparto debía tener esa idea de mentira muy de verdad y se consigue con un plantel de músicos-actores que hacen de sus personajes que se parecen a Los Planetas en la realidad paralela que explica la película. Tenemos a Daniel Ibáñez, Cristalino, Stéphane Magnin, Mafo, chesco Ruiz y Edu Rejón, entre otros, que no sólo consiguen que nos creamos que ellos podrían ser ese otro grupo, sino que transmiten con muy poco las relaciones complejas y difíciles por las que se mueven, componiendo unos personajes que parecen salidos de la Hammer: un cantante que parece un vampiro, con sus aires de egolatría y ambición desmedida, roto por la soledad de la ausencia de May, un fantasma demasiado presente, y el zombie en el que se ha convertido el guitarrista, que está metido en sus problemas de drogas, más alejado que nunca del grupo, y luego, el batería, que venía de los “Lagartija Nick”, y de esa monumental obra que es “Omega”, sobre los poemas de Lorca cantados por Enrique Morente, que se escucha un fragmento del primer corte en la película. Las canciones de Los Planetas están muy presentes, como no podía ser de otra manera, bien acompañadas por la composición de Ylia, consiguiendo esas melodías que funcionan muy bien al lado de unas imágenes no reales, inventadas, abstractas, ficcionadas, fantasmales e íntimas.
(Fotografía de rodaje de Óscar Fernández Orengo).
Resulta altamente reconfortante que en apenas tres meses se han estrenado La estrella azul, de Javier Macipe, sobre el músico zaragozano Mauricio Aznar, el 23 de febrero, y el 24 de mayo la de Isaki y Rodríguez, también ambientada en los noventa, y que se dejan del calco habitual en los biopics, tan convencional, tan superficial y tan azucarado, para irse a otros lugares, más inventados, más de verdad, más íntimos, más libres y sobre todo, más sinceros, porque si quieres acercarte a la verdad, estás obligado a alejarse de ella todo lo que puedas, y ese lugar no es otro que la mentira, la de inventar, la de ficcionar, la de soñar, porque la verdad tiene poco que ver o nada con la realidad, como mencionaba Jimmie Ringo, el personaje que interpretaba Gregory Peck en esa obra imperecedera que es El pistolero (1950), de Henry King: “Todos piensan que soy así o de aquella otra manera. Arrastro una leyenda que no me deja libre. Y yo sólo quiero huir de ese mito”. Pues eso, la película Segundo premio también quiere escapar del mito de Los Planetas y ser libre, y créanme que lo han conseguido, y haciéndolo de la manera más sencilla y compleja a la vez, inventando su historia, porque de esa forma tiene más verdad que la realidad que vivieron, porque esa sólo la conocen ellos, y ahora, pasados los años, la recuerdan y ya sabemos lo que miente la memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Almudena Amor, actriz de la película «La mujer dormida», de Laura Alvea, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 29 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Almudena Amor, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Laura Alvea, directora de la película «La mujer dormida», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 29 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Alvea, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El arranque de La mujer dormida es modélico, porque se nutre de elementos comunes de los cuentos de terror. Tenemos a una mujer joven que llega a una casa aislada para cuidar a una mujer en coma. La joven compartirá casa con el marido, un hombre del que las mujeres del pueblo más cercano recelan. Aunque la película se aleja del prototipo actual del género, el susto fácil y la estridencia argumental que marea al espectador para crear una atmósfera pausada que no tiene prisa en ir construyendo el relato y sobre todo, la relación compleja entre los dos personajes. Una película que nace a partir del guion de Daniel González, Miguel Ibáñez Monroy y Marta Armengol, vinculados al audiovisual producido en Cataluña, tanto en series como en películas, donde a modo de historia detectivesca, nos iremos adentrando a través del personaje de Ana, no sólo en el presente sino en el pasado, un tiempo donde están las claves de lo que está ocurriendo, con una mujer recién llegada que desconoce lo que ocurrió, al igual que los espectadores.
La directora Laura Alvea (Sevilla, 1976), lleva dos décadas trabajando en diversos departamentos en el ámbito cinematográfico, amén de haber codirigido junto a José F. Ortuño las interesantes The Extraordinary tale (of the Times Table), en 2013 y Ánimas (2018), otro cuento de terror, entre otras, y también, la serie La chica de la nieve. Con La mujer dormida debuta en solitario en la dirección con una trama psicológica, muy del gusto de Hitchcock, con bastantes reminiscencias a Rebeca y Sospecha, que rodó casi seguidas, porque estamos en ese limbo argumental, en que el pasado de Sara, la mujer dormida, tiene una presencia no sólo física sino también psicológica, y toda la película y las diferentes pesquisas de Ana, la llevan a dudar de la verdadera identidad de Agustín. Premisas del universo hictockiano, que creó una marca de fábrica en los cuarenta con títulos a los que añadiremos La sombra de una duda y Encadenados, entre otras. La directora sevillana se ha rodeado de cómplices que le han acompañado en estos años como el cinematógrafo Fran Fernández-Pardo, que combina con gran brillantez la cotidianidad de la historia, sin sobresaltos, con la parte más emocional y oscura que va sufriendo la protagonista, creando una oscuridad sin recurrir a elementos demasiado trillados en el género.
En el montaje también hay dos compañeras como Fran G. Moyano, habitual del cine de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo, y Fátima de los Santos, ésta habitual del realizador Manuel H. Marín, que coincidieron en la serie de La peste, con una edición nada sencilla, en una película de casi dos horas de metraje, y que se cuenta con tranquilidad, saben manejar los tempos y sobre todo, ir masajeando un relato en el que no hay apenas diálogos y sí mucho de silencios, miradas y gestos. La música de Alfred Tapscott, otro compañero de viaje de la directora, del que hemos visto las interesantes La vampira de Barcelona y la más reciente Ruta salvatge, conmueve y genera ese estado de inquietud por el que transita Ana. Otro de los grandes elementos de la película es su ajustado y magnífico reparto encabezado por una gran Almudena Amor, que ya nos maravilló con sus dos estupendos debuts La abuela y El buen patrón, en la piel de Ana, una joven de aspecto frágil, pero con una mente fuerte que se enfrentará a sus alucinaciones que le harán abrir los ojos, o quizás, a darse cuenta que las apariencias nunca son lo que parecen, y en esa casa ocurren cosas que todavía no está lista para ver.
Acompañan a Almudena Amor, el otro lado del espejo, o mejor dicho, el reflejo que nadie quiere encontrarse, el personaje de Agustín que hace como siempre el efectivo y sereno Javier Rey, ya convertido en un actor capaz de cualquier individuos, porque como le sucede a Almudena, los dos miran tan bien que transmiten todo aquello que no vemos. La tercera en cuestión, la dormida Sara, lo hace Amanda Goldsmith, que la hemos visto en series y en películas como Competencia oficial, en un personaje quieto pero no tanto, porque su presencia y ausencia interceden en el personaje de Ana para que abra los ojos. Y luego una retahíla de breves personajes que ayudan a dar profundidad y complejidad al relato como Pino Montesdeoca que hace de la madre de Sara, Alicia Lobo, Emy Cazorla y Guacimara Correa, entre otras. Otro elemento capital para la película es la casa aislada y esa carretera que la separa del pueblo, creando esa dualidad en la que se mueve en todo momento la historia, a través del personaje de Ana, en mitad de todo, o quizás, en mitad de la nada, porque ella llega nueva y debe descubrir qué ha pasado, o qué debe hacer ella con lo que está pasando.
Hemos hablado de Hitchcock, aunque también la película bebe y mucho de ese cine de terror de los sesenta y setenta que, con presupuestos modestos, lograban crear inquietantes atmósferas metidos en relatos muy terroríficos, donde el universo de Polanski sería un referente idóneo, con su trilogía del apartamento compuesta por Repulsión, Rosemary’s Baby y El quimérico inquilino. Tres muestras del talento del cineasta polaco para generar tensión y agobio, con historias cotidianas y tremendamente domésticas, que inquietaban en lugares muy comunes como nuestras propias viviendas, en las que sumergía a unos personajes atrapados en universos demasiado pequeños y horribles, que nos vapulearon el aspecto psicológico. Tiene Almudena Amor esa imagen de mujer frágil pero de carácter fuerte y dispuesta a todo que no está muy lejos de la Deneuve de Repulsión, la Dorléac de Cul-de-sac, la Farrow de Rosemary’s Baby y la Adjani de El quimérico inquilino. Por estas cosas y muchas más que ustedes descubrirán, no se pierdan una película La mujer dormida, porque sin ser una obra redonda tiene grandes momentos, de esos que no se olvidan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Miguel Faus, director de la película «Calladita», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Faus, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA