Entrevista a Catherine Corsini

Entrevista a Catherine Corsini, directora de la película «Regreso a Córcega», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el lunes 8 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Catherine Corsini, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Martin Samper, por su gran labor como intérprete, y al equipo de comunicación de Surtsey Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las jaurías, de Kamal Lazraq

NOCHE DE PERROS. 

“El cine en el que creo obliga al espectador a enfrentarse a su propia conciencia, estimulando su inteligencia”. 

Sydney Lumet

A la productora Zabriskie Films la conocíamos por producir películas de cine negro, donde primaba lo social y la verdad, consiguiendo grandes títulos como Open 24h (2011), Callback (2016) y El practicante (2020), todas dirigidas por Carles Torras, y Upon Entry (2022), de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez. Así que para su primera distribución no resulta nada extraño que la elegida haya sido una película como Las Jaurías (Les meutes, en el original), de Kamal Lazraq (Casablanca, Marruecos, 1984), que por su tono y atmósfera podría haber sido una producción muy Zabriskie, ya que comparten muchos elementos desde el cine clásico negro estadounidense, muy revestido del cine setentero a lo Lumet, aquel que usa el género de los bajos fondos para explorar con minuciosidad el modus vivendi de un país y sobre todo, de las personas que lo componen, sus actividades, fechorías y demás razones o no, además resulta toda una revelación para nosotros de una cinematografía como la marroquí tan ausente de nuestras carteleras, salvo honrosas excepciones como el cine de Nabil Ayouch que, curiosamente, también a ambientado algunas de sus películas en la Casablanca de la cinta. 

De Lazraq conocemos que se formó en la prestigiosa escuela de cine pública La Fémis de París y se graduó con Drari (2011), un cortometraje con actores no profesionales que narra la relación de dos jóvenes de ámbitos sociales antagonistas, le siguió Moul Lkelb/L’homme au chien (2014), una película de 30 minutos, también con actores naturales, ambientado en la noche y en las peleas de perros, como ocurre en Las jaurías, su primer largometraje, con el que mantiene la noche como espacio en el que todo se propicia por una pelea de perros, donde el jefe del clan, que ha perdido a su mejor perro, encarga a Hassan, uno de esos esbirros que secuestre a uno de los responsables. La cosa no sale como esperaban y las circunstancias llevan a cambiar de planes a Hassan que tiene la ayuda de su hijo Issam. El director marroquí construye una trama bien sencilla, huyendo de las piruetas argumentales y sorpresas convencionales, para centrarse en un mosaico de personajes, y sobre todo, la relación entre padre e hijo que no sólo describe muchos de los bajos fondos actuales de una ciudad como Casablanca, sino que añade la religión y lo emocional para unos personajes que se sirven de lo ilegal para sacar la cabeza a flote en un país de escasísimas oportunidades. 

Un atmósfera intensa, llena de sombras y repleta de espacios urbanos y rurales, aislados, ocultos y muy oscuros, en un gran trabajo de cinematografía de Amine Berrada, que tiene en su haber trabajos con Jean-Gabriel Périot como la formidable Nuestras derrotas (2019), donde priman los rostros y esos cuerpos espectrales de los personajes en una noche que se va tornando cada vez más difícil y terrorífica. La excelente música de P. R2B llena cada encuadre en una cinta llena de tensión donde estas dos almas se convierten en una presa fácil siempre en constante huida. El gran trabajo de sonido formado por un gran equipo encabezado por el experimentado Thomas Van Pottelberge, Thibaud Rie, Hugo Fernández y Philippe Charbonnel, en el que consiguen un estupendo trabajo crucial para contar una historia de estas características. El montaje de Héloisse Pelloquet, del que hemos visto ¡Al abordaje!, de Guillaume Brac, y la reciente Animalia, de Sofia Alaoui, otra gran muestra de cine de género proveniente de Marruecos, juega mucho al fuera de campo ya que se sitúa en la mirada de los dos protagonistas principales, donde es sumamente importante todo lo que no vemos pero está ahí, observando y condenando, al acecho constante. 

Como ya hizo en sus cortometrajes, Lazraq se acompaña en su ópera prima de un reparto de actores no profesionales en la mejor tradición del cine neorrealista italiano del que se declara deudor, así como el cine de Ken Loach y el mencionado cine estadounidense de los setenta, al que podríamos añadir el cine quinqui de aquí con películas como Deprisa, deprisa (1980), de Saura, donde a parte de la historia, tan sencilla como eficiente, comparte con Las jaurías se la participación de unos intérpretes, muchos de ellos delincuentes reales o gente de la calle que sobrevive como puede en situaciones muy hostiles. Tenemos la pareja padre e hijo que forman Abdellatif Masstouri como Hassan y Ayoub Elaid como Issam el vástago, y los otros Mohamed Hmimsa en Mohamed, Abdellah Lebkiri es Dib y Lahcen Zaimouzen como Jellouta, entre otros. Un reparto masculino que aporta verdad, esa cualidad tan exenta de mucho del cine que se produce en la actualidad, donde se nota tanto la impostación, aquí no hay nada de eso, porque en muchos momentos parece que estamos en un documento sobre los bajos fondos de Casablanca y por ende, de cualquier ciudad de este planeta, si exceptuamos los elementos de tradiciones y religiones. 

Por favor, no se pierdan una película como Las jaurías, de Kamal Lazraq, aparte de su gran premio del jurado en el prestigioso Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard,  porque les va a zambullirse sin remedio ni escapatoria por su noche larguísima, por lugares donde el alma ni se atreve a entrar ni siquiera respirar, por sus zonas donde los gánsteres locales hacen y deshacen sus negocios y trapicheos diarios y nocturnos. Tiene esa atmósfera que pululaba por ese ese otro gran acontecimiento cinematográfico que fue Amores perros (2000), de Alejandro González Iñárritu, donde también había peleas de perros clandestinas, gentuza de mal vivir y peor muerte, donde a través del género negro se hacía una quirúrgica exploración y retrato profundo sobre esos bajos fondos o lo que es lo mismo, tipos y lugares sin alma, donde la vida vale una mierda, o vale lo que puedas aguantar tanta basura y tanta peligro, porque, cuando dejes de servir serás el próximo en caer, en desaparecer. Deseamos que la filmografía de Kamal Lazraq siga su curso, su suerte y sus buenas historias y volvamos a ver otra de sus películas, tan interesantes y de verdad como esta. Por último, agradecemos a Zabriskie Films por apostar por historias como esta y de esa forma conocer la capacidad de cinematografías tan cercanas como la de Marruecos y a la vez, tan desconocida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Víctor Gaviria

Entrevista a Víctor Gaviria, director de la película «La vendedora de rosas», entre otras, en el marco de la Mostra de Cinema Colombià de Barcelona, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 12 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Gaviria, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Tariq Porter de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Wang Chao

Entrevista al cineasta Wang Chao, con motivo de la retrospectiva, en el marco del Asian Film Festival Barcelona, en Casa Asia en Barcelona, el martes 31 de octubre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Wang Chao, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Josep Casaus de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rehana, de Abdullah Mohammad Saad

REHANA Y LOS OTROS.

“Los seres humanos están hechos de muchos valores diferentes y, a veces, esos valores están en tensión entre sí” 

John Mackey

El cine que más huella nos deja es aquel que no se queda en la superficie de las cosas y mucho menos, de las personas. Es decir, un cine que cuestione nuestros valores como individuos y como sociedad. Un cine que profundice en nuestra complejidad y sobre todo, en el contexto de nuestras decisiones, que se haga preguntas y reflexione sobre la sociedad que hacemos cada día entre todos. Un cine que también sea reflejo del tiempo en el que se ha producido, y además, un cine que no tenga tiempo y estudie de forma honesta y sencilla la condición humana, su fortaleza, su vulnerabilidad y sus constantes vitales, ya sean físicas y emocionales. Un cine que se sumerge en lo más profundo del alma, en todos esos espacios de nuestro interior. Un cine como Rehana, de Abdullah Mohammad Saad (Bangladesh, 1985) que, a partir de un hecho muy oscuro, bucea de forma admirable en la psique de su protagonista, una profesora adjunta sometida a una sociedad moralista y vacía que vive en la corrupción para evitar problemas. 

Después de dirigir Live from Dhaka (2016), sobre las dificultades de un hombre parcialmente discapacitado que quiere irse de la ciudad en la que vive, Saad presenta un segundo trabajo con Rehana, donde se enfrenta a un relato que se posa en el rostro de su protagonista, la extraordinaria Azmeri Haque Badhon, en una historia cerrada, tanto en su forma como en su espacio, en un hospital universitario que es como una prisión, con esas habitaciones, las puertas y los pasillos, en que la cámara está muy cerca y cierra el encuadre de forma asfixiante, donde constantemente estamos en Rehana y sus movimientos, tanto físicos como psíquicos, en un tono que se aproxima al thriller psicológico, o al suspense o incluso terror, como se decía antes, porque la protagonista se enfrenta en todo momento, a lo que tiene delante y lo de fuera, mediante el móvil, donde las situaciones se vuelcan de forma agobiante, en la que las decisiones se vienen encima en una mujer viuda que vive con su familia y tiene a su hermano soltero la única ayuda con su hija pequeña. Rehana es, en muchos momentos, una especie de isla a la deriva, que debe lidiar con su decisión casi en soledad, sin más armas que su conciencia y su honestidad. Un personaje que cree en una estudiante que denuncia que ha sufrido un abuso por parte de su profesor. Ante eso, Rehana decide denunciar y por ende, enfrentarse a la moralidad de mierda de un sistema que oculta los abusos para seguir manteniendo una posición altiva, superficial y clasista.

La magnífica cinematografía de Tuhin Tamijul, donde la cámara es una extensión más de la protagonista, donde no se juzga en ningún momento lo que ocurre, porque mantiene una posición de testigo, y nada más, y deja todo eso al espectador que pasa por muchos altibajos emocionales, desde la indignación, la duda y la resignación y viceversa, porque no sólo estamos siempre en la mirada y el gesto de Rehana, sino que muchas veces nos sentimos en un enfrentamiento David contra Goliat, donde, en el fondo, podemos hacer de todo, pero en el fondo, también, sabemos que nada va a servir, aunque nuestra conciencia quede intacta, porque hemos hecho lo correcto, pero nada más. La idea que una denuncia cambie las instituciones es mucho pedir, cuando el poder sabe manejar los ataques y tiene la fuerza suficiente para volverlo en tu contra. El extraordinario montaje que firma el propio director, también ayuda a encerrarnos junto a Rehana, en sus potentes y tensos 107 minutos de metraje, que nos agarran por el cuello y no dejan de apretar, tanto en la denuncia que lleva a cabo el personaje, como la otra denuncia, la que sufre su hija, acusado de morder a un compañero de clase. Dos derivas muy bien explicadas que aumentan el riesgo psicológico al que es sometida Rehana. 

El estreno de Rehana, por parte de Paco Poch Cinema, que ya estrenó El caballo de Turín (2011), de Béla Tarr, entre otras, y Mosaico Filmes Distribución, siempre interesada en cine iberoamericano, sobre todo, a los que agradecemos enormemente su gran labor como distribuidores, es un gran acontecimiento, porque  es una gran alegría que podamos ver propuestas tan interesantes de países como Bangladesh, tan poco representados por nuestros lares. Una película que podríamos ver como un estupendo cruce entre el cine de los Dardenne, se acuerdan de Dos días, una noche (2014) y La chica desconocida (2016), el cine de Asghar Farhadi y Ayka (2018), de Sergei Dvortsevoy, también distribuida por Paco Poch Cinema, donde encontramos personajes femeninos que se ven arrastrados por situaciones harto complicadas en las que deben decidir qué hacer, poner en cuestión sus valores humanos y enfrentarse a un sistema que protege a los malvados y que invisibiliza todo aquello que causa problemas de estructura y de moral. Rehana está en el mismo lado de la sociedad que estaban Sandra y Jenny, atrapadas en sus miedos e inseguridades ante la injusticia y decidir qué camino tomar, un proceso que no resultará nada fácil y sobre todo, pondrá a prueba sus valores humanos o los que queda de ellos en una sociedad así, tan poderosa y tan poco humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eureka, de Lisandro Alonso

ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA. 

“Nosotros no heredamos la tierra de nuestros ancestros; solo la tomamos prestada de nuestros hijos”

Proverbio nativo norteamericano

Podríamos decir que el primer tramo de Eureka, de Lisandro Alonso (Buenos Aires, Argentina, 1975), entrando en el espacio de la imaginación, es la conclusión de Jauja (2014), la anterior película de Alonso. Porque el oficial danés por fin da con su hija, a la cuál buscaba con ahínco en la mencionada. Un tramo filmado en blanco y negro con un formato cuadrado, muy sucio y físico, ambientado a finales del XIX o primeros del XX, en el que un tipo aparece por un poblado mexicano, muy parecido al de Por un puñado de dólares (1964), de Sergio Leone, a tiro limpio liquidando a todos los matones que se va encontrando en su áfan por dar con su hija, cruzándose con una enigmática mujer que es la cabecilla de todos los asesinados. Aunque, la conclusión quedará para nuestra imaginación, porque de repente, pasamos a la actualidad, y más concretamente en Pine Ridge en Dakota del Sur, en una reserva india que iremos conociendo de la mano de Alania, una policía en el turno de noche, y también, su sobrina Sadie. Otro corte dejará este segundo episodio para llevarnos al tercero y último, el que se sitúa en los años setenta en pleno río Amazonas cuando un grupo de indios se afanan por encontrar oro empleados por el blanco de turno. 

El cineasta argentino completa su película más ambiciosa de su breve pero intensa filmografía, 6 títulos en 22 años. Si bien continúa sumergiéndose en tipos solitarios y errantes, alejados de todos y todo, en una trama onírica y muy física, donde el personaje, el paisaje y el alma se funden en un terreno muy cercano a aquellos no westerns de finales de los 60 y comienzos de los 70, donde se despoja tanto a la historia, el personaje y al espacio de cualquier halo cinematográfico y se humaniza todo, retratando seres perdidos, confusos con una sociedad malvada y enfrascados en cuestiones del alma. Con la citada Jauja se produjo un cambio que todavía arrastraba conceptos y miradas de sus cuatro primeros filmes, aunque ya dejaba huellas de su interés por los nativos americanos, los grandes protagonistas, muy a su pesar, de la grandeza del western y por ende de Hollywood, personificando el mal, el salvajismo y lo antinatural, cuando era todo lo contrario. Una imagen que aquel no western se encargó de desmitificar, tratando a los nativos desde la mirada del conocimiento, dándoles su importancia en la historia de Estados Unidos. Alonso parte de la ficción de su primer episodio, en el que retrata un no western, alejándose del canon hollywoodiense, y más próximo a la modernidad del no género, para mostrar dos realidades bien diferentes de la suerte de los indios americanos. Desde la cárcel en la que viven más de 50000 personas en la reserva comentada, sumidos en el olvido y totalmente alineados a la forma de consumismo occidental, y los otros, a aquellos indios del Amazonas que trabajan para hacerse ricos, pero mantienen sus tradiciones y costumbres ancestrales, tanto con el entorno y los animales, en especial, las aves.

 Tres miradas para reflexionar sobre la suerte de los nativos, para mirarlos y sobre todo, para darles su espacio e importancia en la historia. Son tres momentos que parten del género para deformarlo o mejor dicho, para desmontarlo, para quitarle toda la parafernalia y despojarlo del sometimiento occidental. Una experiencia que la película, y tomando los anteriores trabajos del cineasta bonaerense, se multiplica y suma al espectador en una experiencia más allá de lo físico en el que lo transporta a un espacio donde el espíritu se mezcla con lo más tangible, en que las tradiciones van encontrando su resquicio de luz y manifestándose. En Eureka a partir de un guion escrito por Fabian Casas (que estuvo en Jauja y en la reciente Los delincuentes, de Rodrigo Moreno), Martin Caamaño y el propio director, construyen una película muy de cine, donde prevalecen dos elementos como la presencia femenina, y  seguramente, es la película más hablada de Alonso, porque también abarca mucho, tanto pasado histórico como presente continuo, pero sin apartar lo cinematográfico, porque lo hay y mucho como ha hecho en su cine, donde cada cuadro y cada mirada adquieren un significado relacionándolo en su conjunto.

Una imagen que vuelve a tener una importancia esencial como en sus anteriores películas, con el formato cuadrado del inicio y final, con el 16:9 en el medio, donde nuevamente vuelve a contar con Timo Salminen, como hiciese en Jauja, y un segundo cinematógrafo como Mauro Herce, dos grandes de la luz para dotar a la historia de una presencia fuerte y tensa, que va desde el blanco y negro denso, y ese halo de realidad y cuerpos más cerca de las experiencias de Kelly Reichardt, o las de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, El poder del perro, de Jane Champion, Appaloosa y la reciente Hasta el fin del mundo, ambas protagonizadas por Viggo Mortensen, entre otras, pasando por lo nocturno de la reserva, que nos retrotrae al cine de los outsiders norteamericanos como Fuller, Cassavetes, Jarmusch y los Cohen, entre otros, para finalizar en ese río Amazonas de los setenta donde emergen los Glauber Rocha, y los Nelson Pereira dos Santos, donde se desnuda el encuadre y se penetra en los rostros y el alma de los personajes. El pausado y sobrio montaje de Gonzalo del Val, que ya hizo lo mismo en Jauja, con sus 147 minutos de metraje, en el que el ritmo cadencioso y depurado enriquece enormemente la experiencia que propone la película, donde tan importante es lo que vemos como lo que sentimos y más tarde, reflexionamos, en todo eso que se ha llamado western y la imagen distorsionada de los nativos, convirtiéndolos en un mero objeto definido por sus invasores. 

El gran trabajo de sonido, donde tan importante es lo que entra y lo que no, que firman Santiago Fumagalli, que ha estado en todas las películas de Alonso, y Vincent Cosson, toda una eminencia con casi 250 títulos que le ha llevado a trabajar con Gus Van Sant y Pablo Larraín, el magnífico diseño de producción con Miguel Ángel Rebollo, habitual de Javier Rebollo y Jonás Trueba, e Yvonne Fuentes. Un reparto que tiene a su compadre Viggo Mortensen que, después de Jauja se han convertido en una hermandad de la vida y el cine, dando vida a ese tipo con sed de venganza sin caballo y cansado y sucio que se enfrenta a todos y a él mismo, que tiene ese momentazo con Chiara Mastroianni, en la piel de una capo sin palabras y como mira, Alaina Clifford es la indígena polícia en la reserva que lleva todo el peso en la segunda película, que nos tiene arrebatados en una composición que recuerda a la de Lily Gladstone, la india de otra gran película desmitificadora como Los asesinos de la luna, del gran Scorsese, Sadie Lapointe es Sadie, la sobrina que quiere huir de allí, de tanta soledad, vacío y sin futuro, y luego el mexicano José María Yazpik como capataz en el río Amazonas, Viilbjork Mailing Agger, que repite después de la experiencia de Jauja, y luego una retahíla de grandes intérpretes componiendo unos personajes cercanos y naturales. 

A los que conozcan el cine de Lisandro Alonso estarán deseosos de volver a sus historias, sus imágenes, y sobre todo, su ensoñamiento, porque hacía casi una década que no veíamos una película del argentino, tiempo que ha dedicado a otros menesteres, según explica. Así que, le estreno de Eureka, título muy bien colocado y cuando vean la película estarán conmigo, es todo un acontecimiento a sus más fieles seguidores, en los que me encuentro, y no solo eso, porque aquel que no conozca su cine, es una gran oportunidad de conocerlo, porque además de disfrutar con uno de los narradores más singulares y personales del cine actual, es también un explorador de imágenes, a través de sus encuadres y planos, de sus largos planos y de sus primeros planos, y de encuadrar a sus personajes en los espacios, donde es todo un virtuoso, y añadir ese espacio espiritual, ese paisaje que no vemos pero está ahí, y esta película lo muestra, no desde lo físico, sino desde lo espiritual, desde ese lugar del que los occidentales nos hemos alejado tanto que ya ni reconocemos, y es ahí donde los indios, por mucho que les hayan expulsado de sus tierras, siguen hablando con sus ancestros, con sus muertos, con los otros, y siguen viendo aquello que nosotros no vemos, y es en ese instante donde mejor se mueve la película de Lisandro Alonso, haciendo visible lo invisible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La patria perdida, de Vladimir Perisic

ENTRE DOS AGUAS. 

“No es un derecho inalienable de lo real hacerse reconocer” y cuando es demasiado desagradable o escandaloso “puede irse a hacer puñetas”

“El Real y su Doble”, de Clément Rosset

Entre las ruinas de una ciudad como Berlín durante 1948, se movía un joven llamado Edmund de 12 años en la magnífica Alemania año cero, de Rossellini. Un joven que estaba entre dos mundos que no entendía: el de los supervivientes que intentaban ganarse la vida como podían, y el de los otros, los que se escondían por miedo a las represalias de los aliados que dominaban el presente. Dos mundos muy difíciles de comprender para un chaval demasiado joven ante la devastación de todo un país. Stefan de 15 años, protagonista de La patria perdida, de Vladimir Perisic (Belgrado, Serbia, 1976), no está muy lejos de Edmund, porque también se debate en un limbo confuso, ya que su madre, portavoz del gobierno de MIlosevic, se aferra al poder en la Serbia de 1996, mientras las calles se llenan de estudiantes en contra de un nacionalismo a golpe de culata, muchos de ellos sus amigos. Un relato que ya tuvo sus antecedentes con Dremano oko (2003), un cortometraje de 31 minutos en el que ya avanzaba reflexiones que en el largometraje profundiza aún más, como ocurría en Ordinary People (2009), entre un chaval obligado a matar por un padre del gobierno de Milosevic.  

Tanto el corto como en La patria perdida están basados en experiencias autobiográficas, la madre del director estaba en el gobierno de Milosevic, y han dado a pie al guion que firman Alice Winocour, que coescribió el de Mustang (2015), amén de dirigir películas tan interesantes como Próxima y Revoir Paris, y el propio director, en el que siguen como hacía Rossellini y posteriormente los Dardenne, a su joven protagonista, en ese Belgrado invernal donde todo está y no está, porque vemos los ecos del gobierno y las protestas desde la mirada de Stefan, en una ida y venida, porque está siempre sin participar de frente, yendo de aquí para allá como una autómata, entre el amor de su madre y el de sus amigos y la terrible confusión que acarrea, enfrascado en su dilema, en su limbo particular, en un no saber qué hacer y hacia dónde dirigirse. Muy bien encuadrado en el formato 1:85 y filmado en 16mm, encerrando en unos espacios, muy domésticos y cotidianos, tanto el piso que comparte con su madre y las calles y el instituto con sus amigos, rodeado de colores vivos que contrastan con esa atmósfera apagada y fría, en un gran trabajo de cinematografía a dúo de Sara Blum, que ha trabajado con la cineasta Alice Diop, de la que hace poco vimos Saint Omer, y Louise Botkay Courcier. 

El estupendo sonido donde todo lo que sucede alrededor de Stefan va metiéndose en su espejo deformante, firmado por dos grandes de la cinematografía francesa como Roman Dymny y Olivier Giroud, que tienen en su filmografía a nombres tan importantes como Naomi Kawase, Olivier Assayas, Agnès Varda, Mia Hansen-Love, Justine Triet, y el estreno también de esta semana Green Border, de Agnieszka Holland. La música del dúo Alen et Nenad Sinkauz, de los que vimos la interesante Bajo el sol, de Dalibor Matanic, que también tenía la guerra balcánica de telón de fondo. El detallado y conciso montaje de la pareja Martial Salomon, cómplice de directores como Emmanuel Mouret, Pierre Léon y Nobuhiro Suwa, entre otros, y Jelena Maksimovic, con más de 30 títulos entre los que destaca La carga, de Ognjen Glavonic, lleno de primeros planos y planos secuencias en un ritmo lleno de tensión como un thriller psicológico en sus 98 minutos de metraje. Un grupo de colaboradores que ya habían trabajado con Perisic en sus anteriores trabajos, así como Los puentes de Sarajevo (2014), donde trece directores de diversas procedencias como Godard, Loznitsa, Puiu, Teresa Villaverde, Marc Recha, Ursula Meier, entre otras, sobre la mítica ciudad, su historia y su presente. 

Un estupendo reparto encabezado por el joven y debutante Jovan Ginic en la piel del perdido Stefan, en una interpretación muy complicada, porque tiene que transmitir toda la desazón de su personaje a través del silencio y las miradas. Bien acompañado por la extraordinaria Jasna Djuricic, de la que muchos recordamos en la impresionante Quo Vadis, Aida? (2020), de Jasmila Zbanic, que ya estuvo en Dremano oko, en el papel de madre y portavoz de Milosevic, con ese padre heredero de la resistencia del fascismo en el pasado, Pavle Cemerikic, uno de los líderes estudiantil, uno de los protagonistas de la citada La carga, y alguna que otra con Matanic, el estupendo Boris Isakovic, que hace poco le vimos en Ruta Salvatge, del mencionado Recha, y con Perisic ya hizo el corto y Ordinary People, en el rol de profesor que se posiciona en contra de Milosevic, con esa mirada y sobriedad de un actor enorme. Y luego, los debutantes Modrag Jovanovic, Lazar Cocic, amigos de Stefan, y sus abuelos que hacen Dûsko Valentic y Helena Buljan, entre otros, que consiguen la verosimilitud sin alardes ni florituras, capturando toda esa época convulsa que retrata la película, entre la recuperación de un pasado con más nostalgia que real, y otros, los más jóvenes, queriendo un país diferente después de tanta guerra y pérdida. 

No se pierdan una película como La patria perdida, de Vladimir Perisic, porque seguro que conocerán muchas cosas de aquel momento en la Serbia de Milosevic, hechos que todavía en esta Europa tan interesada y deshumanizada, y sobre todo, desde la mirada cotidiana y más cercana, y a través de un personaje como Stefan, un joven tan perdido, tan confuso y tan sólo, entre dos aguas, entre dos formas de ver y de ser, metido en un excelente thriller político y cotidiano, muy del aroma de las películas rumanas surgidas después de la caída de Ceaucescu, donde se profundiza sobre todos los males de la última época y las dificultades de esa Rumanía, año cero, donde los ciudadanos intentan seguir adelante como pueden. Un cine que no sólo rescata aquellos momentos convulsos de la Serbia del 96, como nos dice su intertítulo “República Federal Yugoslava”, al empezar la película, con el abuelo y Stefan, dos posiciones que entraran en confrontación, porque en ese limbo, cuando las cosas todavía no han llegado ese tiempo de monstruos, que citaba Gramsi, un tiempo que los más indefensos pueden sufrir mucho, como le sucede a Stefan, y en su particular via crucis, donde no sabe quién es, de dónde viene y lo que es peor, se siente abandonado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Javier Espada

Entrevista a Javier Espada, director de la película «Buñuel, un cineasta surrealista», en la terraza del Hotel Barcelona Universal en Barcelona, el sábado 29 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Espada, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

May December (Secretos de un escándalo), de Todd Haynes

EL ESPEJO Y SU REFLEJO.  

“¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca”.

La doctora a su paciente/actriz en Persona, de Ingmar Bergman

El cine tiene una capacidad enorme para acercarse a unos hechos y ficcionarlos. Así mismo, esa misma capacidad se ve aprisionado en las limitaciones de la propia ficción, es decir, nunca tendremos la seguridad que los hechos ocurridos sean conocidos y explorados con las herramientas apropiadas, o dicho de otra manera, los hechos son de propio motu una ficción que se convertirá en otra ficción y así sucesivamente. Deberemos aceptar que los hechos llamados “reales” son y serán una ficción al conocerlos, nunca tendremos la certeza de saber la “realidad” de los hechos mencionados, eso sí, podemos fabular a partir de todos los intermedios, sumergirnos en los espacios que hay entre la supuesta realidad y la propia ficción. 

No es la primera vez que Todd Haynes (Los Ángeles, California, EE.UU., 1961), ha escogido unos hechos “reales” para convertirlos en una película, ya lo hizo, por ejemplo, en la fascinante I’m Not There (2007), sobre la vida del músico Bob Dylan, que dividía en varios intérpretes que escenificaban varios momentos de la vida del artista, cambiándolo de sexo y color. En Aguas oscuras (2019), retrataba de forma más convencional, aunque no evidente, la pericia de un abogado enfrentado a grandes corporaciones. Con May December (término que designa una relación entre alguien más joven y alguien mucho mayor), en su título original, Secretos de un escándalo (según el distribuidor, citado por Esteve Riambau), vuelve a enfrentarse a un hecho “real”, el que protagonizaron una mujer de 34 enamorada de un niño de 13 años, ocurrido a finales de los noventa. El cineasta, a partir de un guion de Samy Burch, traslada la acción veinte años más tarde, cuando la pareja vive en un pequeño pueblo de Savannah (Georgia), con sus dos hijos están a punto de graduarse para ir a la universidad. Una acción que arranca con la llegada de una actriz que quiere investigar sus vidas porque interpretará a la mujer en una película. 

Gracie Atherton-Yu es la mujer, y su marido Joe Yoo, se ven expuestos a las cuestiones de la actriz Elizabeth Berry. Haynes plantea un juego fascinante de espejos y reflejos, en los que la citada Persona, de Bergman, se convierte en ese espejo donde realidad y ficción se mezclan, incluso se fusionan, creando un espacio límbico donde nada ni nadie es ni actúa como tal, porque todo lo acontecido, el pasado que vuelve al presente, y el propio presente, se convierte en centro de cuestionamiento, de dudas, de inseguridades y miedos, en que la supuesta realidad o quizás, es mejor decir, la ficción que vamos construyendo de esos hechos pasados y el relato que inventamos en el presente, en todo lo que contamos a los demás, y todo aquello, sobre todo aquello, que no contamos, que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. La película se instale casi en una trama de género, como si estuviéramos en un thriller de investigación, donde los roles de cazador y presa se van diluyendo y cambiando constantemente, donde la realidad parece una ficción y la ficción es una actitud ante tanto espacio oscuro y sobre todo, ambiguo. La ambigüedad, posición que domina Haynes,donde la moral es una forma de ser sin ser, de estar sin estar, de ir y no ir, de quedarse en una posición que parece y no es. Una ambigüedad que ya estaba en grandes obras del cineasta californiano como las recordados Lejos del cielo (2002), donde homenajea al gran Douglas Sirk, la miniserie Mildred Pierce (2011), y Carol (2015), grandes retratos sobre mujeres, sobre las cárceles sociales y sobre las prisiones personales, las reales y las inventadas. 

El aspecto técnico, siempre riguroso y certero en el cine del realizador estadounidense, donde nada queda al azar, todo está muy pensado y donde la cámara no sólo muestra sino que atraviesa a sus personajes, de forma emocional,  aspectos que conforman una excelente filmografía que abarca ya más de tres décadas. Una forma de haces que se adapta completamente a lo que se está contando, con esa música pausada e incisiva del brasileño Marcelo Zarvos, que ya estuvo en la mencionada Aguas oscuras, y ha trabajado con cineastas de la categoría de Barry Levinson, Bruno Barreto y Tod Williams, entre otros. La estupenda cinematografía de Christopher Blauvelt, habitual del cine de Kelly Reichardt, que reincide en la idea de fantasmagoría, donde los silencios, los gestos y las diferentes capas de los personajes juegan un papel fundamental en esa ambigüedad moral y oscura que planea en cada encuadre. Y finalmente, el exquisito, ágil y rítmico uso del montaje que firma Affonso Gonçalves, editor de 5 títulos con Haynes, que se mueve como pez en el agua por la cotidianidad de lo íntimo y lo colectivo, en esos espejos distorsionantes que estructuran la trama, pasando por el drama y el terror de forma transparente, donde cada gesto y cada mirada está llena de varias lecturas y rodeados de misterio. 

Una película construida a partir de la fabulación de lo que se cuenta, generando un misterio en sí mismo, sobre todo, al espectador, que debe descifrar o quizás, sólo examinar los personajes, como si de un detective amateur se tratase. Sus personajes y sus composiciones son indispensables para crear esa idea de verdad y mentira por la que transita esta May December, por eso, las interpretaciones de su magnífica pareja protagonistas. Ese tour de force entre Julianne Moore, 5 películas con Haynes, y Natalie Portman, no sólo es la clave de lo que se cuenta y cómo se hace, sino que crea esa posición de intimidad, secretos, mentiras, verdades y demás sentimientos y emociones donde el relato se crea, se destruye y se transforma, sin saber nunca si todo lo que se cuenta es verdad o no, tampoco es importante, porque aunque tengamos la capacidad de contar historias, también tenemos la incapacidad de no comprender la “realidad” tan compleja que nos rodea. El curioso y frágil equilibrio que se genera entre ellas dos, lo completa el carismo y la sobriedad del actor Charles Melton, que conocemos de la serie Riverdale, que hace de Joe Yoo. No se pierdan la película de Todd Haynes, uno de los mejores cineastas de la actualidad, porque no sólo sabe construir historias atrayentes y estupendas, sino que lo hace desde la sutileza, la sofisticación, lo conciso y la sobriedad, y desde la complejidad y la ambigüedad de nuestras almas, nuestro entorno y nuestro pasado. Una maravilla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Perfect Days, de Wim Wenders

CUENTO DE TOKIO. 

“Por mucho que sea típicamente japonés, este cine es, al mismo tiempo, universal. Yo he reconocido a todas las familias del mundo entero, y también a mis padres, a mi hermano y a mí mismo. Para mí, el cine nunca había estado, ni antes ni después, tan cerca de su esencia y de su objetivo: ofrecer una imagen del hombre de nuestro siglo… Una imagen útil, verdadera y válida con la que identificarse, pero, sobre todo, desde la cual se puede aprender algo de uno mismo”.

Wim Wenders en Tokio-Ga (1985) sobre el cine de Yasujiro Ozu

La relación de Wim Wenders (Düsseldorf, República Federal Alemania, 1945), con Yasujiro Ozu (1903-1963), se inició cuando el director alemán vio en New York algunas de las películas del maestro japonés, sobre todo, Cuentos de Tokio (1953), que un día llegó a ver tres veces seguidas. A partir de ese momento la figura de Ozu siempre estuvo ligada a la forma de mirar y hacer su cine. En 1985 rindió homenaje al cineasta japonés en la mencionada Tokio-Ga, magnífico documento en el que retrataba las huellas y los restos del cine de Ozu que quedaban en la citada ciudad. Así como, estupendos testimonios de algunos de los colaboradores más estrechos del cineasta. Un país al que volvió cuatro años más tarde para hacer Notebook on Cities and Clothes, otro documento sobre el diseñador japonés Yohji Yamamoto. Wenders y Tokio eran un destino que más tarde o temprano iban a volver unir sus caminos, así que una película como Perfect Days no debería sorprendernos, sino todo lo contrario, es una película, no esperada, pero sí que muy bienvenida, porque Wenders ha vuelto a mirar Japón como solía mirar en su cine que tanto reconocimiento le ha dado. 

La película está magnetizada por el espíritu de Ozu, en su eterno tema entre la lucha entre padres e hijos, o lo que es lo mismo, entre lo tradicional y la occidentalización del país, y las secuelas enormes que dejó la Segunda Guerra Mundial. Hirayama podría estar en una de las obras del japonés, porque es una persona sencilla dentro de una historia sencilla, que sigue su quehacer diario y poco más. De su protagonista, Hirayama sabemos muy poco, que pasa de los sesenta, que vive en un apartamento pequeño, y poco más. Su rutina diaria consiste en limpiar los baños públicos, que se afana con esmero y mucha dedicación. De camino al trabajo escucha rock en cassettes, en sus ratos libres hace fotos analógicas de un árbol específico a contraluz, acude a un baño público, cena en un restaurante subterráneo y lava su ropa en una lavandería. Algunos fines de semana se permite comer en un restaurante que le encanta. Y así pasa sus días, sin más o con poco, con una rutina repetitiva pero agradecida por él. Desconocemos su pasado, pero los días y la llegada de alguien de su pasado, revelará mucho más de lo que podemos ver a simple vista. Un Hirayama que está muy cerca de Kanji Watanabe, el protagonista de Ikiru (1952), de Akira Kurosawa, otro de los tótems de Wenders, tanto en su tono, su forma y su profundidad.

A partir de un guion de Takuma Takasaki, que actúa como coproductor, y el propio Wenders, entramos de lleno en la vida de Hirayama, y también en su cotidianidad, repleta de silencio y gestos. Una excelente cinematografía de Franz Lustig, que ya le acompañó en Tierra de abundancia (2004), Llamando a las puertas del cielo (2005), y en otros trabajos, en la que a partir de la luz natural y las diferentes sombras, se va construyendo los diferentes matices emocionales del protagonista, sutiles eso sí, pero reveladores si se mira con atención, porque la película revela su misterio sin estridencias ni piruetas argumentales, ni falta que le hace, dosifica su ritmo pausado y aletargado a través de los movimientos mecánicos del trabajo de Hirayama y esos momentos de parón en los que la vida mecánica deja paso a una existencia más lenta, más de detenerse y mirar a tu alrededor. Para el montaje también recurre a otro cómplice como Tom Froschhammer, que estuvo en Pina (2011), el excepcional documental filmado en 3D sobre el legado de la bailarina Pina Bausch, en un delicado y sensible trabajo que recoge esa pausa que impone la película sin alardes, en una edición tranquila y nada evidente, diríamos invisible, que condensa con audacia y sabiduría los avatares cotidianos y urbanos del protagonista, en una película que se va a los 124 minutos de metraje. 

El apartado musical merece capítulo aparte, porque el relato está construido a modo episódico que arrancan a través de temas rockeros con el The House of the Rising Sun, de los Animals, siguiendo otros cortes de Patti Smith, los Stones, Velvet Underground, Otis Redding, los Kinks, Van Morrison, y el tema de la película, el Perfect Day, de Lou Reed, que además del título, es la clave de lo que estamos viendo, al igual que las otras canciones, que dan buena cuenta de los diferentes estados emocionales por los que pasa Hirayama. Un gran reparto encabezado por Kôji Yakusho, un veterano actor con más de 70 películas en su filmografía con nombres tan prestigiosos como los de Shôhei Imamura, que fue ayudante de Ozu,  Kiyoshi Kurosawa y Hirokazu Koreeda, y películas internacionales con Rob Marshall y en Babel, de Iñarritu. Su Hirayama es pura poesía, puro amor, un tipo que parece extraterrestre en una sociedad tan deshumanizada y automatizada, con esos instantes donde la sociedad se detiene y todo parece más claro y transparente. Le acompañan la debutante Arisa Nakano, en un personaje que devolverá algo de lo perdido al protagonista, la presencia de otros veteranos como Tomokazu Miura, que mantiene un encuentro inesperado y muy interesante con Hirayama, que tiene en su haber trabajos con Kon Ichikawa, Nobuhiro Suwa y Takeshi Kitano, y Min Tanaka, con uno de esos personajes que no se olvidan fácil, que ha trabajado con Yôji Yamada, otro ayudante de Ozu, Takashi Miike, Naomi Kawase, y estuvo en los Mapas de los sonidos de Tokio, de Coixet, entre otras. 

Los últimos títulos de Wenders nos habían dejado indiferentes, nos parecían que no estaban dirigidos por el director que nos había entusiasmado con películas del calibre de Alicia en las ciudades (1974), El amigo americano (1977), París, Texas (1984), El cielo sobre Berlín (1987), Lisboa Story (1994) y Buena Vista Club Social (1999), por citar algunos de sus más de 40 obras entre ficciones y documentales, en una prolífica carrera que empezó en 1968. No sólo estamos satisfechos de una película como Perfect Days, sino que celebramos muy profundamente que exista una película como esta, porque no sólo ha hecho el mejor homenaje que podría hacerle al Yasujiro Ozu, sino que es una película muy íntima y extremadamente cercana que puede ser valorada por cualquier tipo de público, y eso es muy difícil, que devuelve al mejor Wenders, aquel que nos emocionó con sus historias de pocos personajes, perseguidos por las sombras del pasado y sobre todo, tipos que huyen sin saber adónde, y que a más tardar, deberán volver y volverse por donde vinieron, o quizás, enfrentar a aquello que un día les hizo daño, y dialogar con el espectador para que sepa de dónde viene tanto silencio y dolor. Si en Tokio-Ga, la marabunta del consumismo se había hecho, veinte años más tarde con la ciudad, y el occidentalismo que ya estaba tan presente en el cine de Ozu, en Perfect Days a pesar de ese capitalismo feroz, de consumo rápido y efímero, existen otros tipos de vida como ejemplifica la vida de Hirayama, un tipo normal dentro de la anormalidad de la sociedad, apartado de la tecnología, construyendo un mundo analógico, pero lleno de silencio, verdad y pura emoción. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA