Crash, de David Cronenberg

LOS DEMONIOS Y LA CARNE.

“Las marcas triangulares del coche se habían formado con la muerte de una criatura anónima, de identidad desvanecida, inscrita abstractamente en la geometría del vehículo. ¿Cuánto más misteriosas podían ser nuestras propias muertes, y las de los afamados y poderosos?”

J. G. Ballard de la novela “Crash”

El término “ballardiano” es recogido por el diccionario Collins bajo la siguiente definición “una modernidad distópica, un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental”. J. G. Ballard (1930-2009), describió de forma intensa y profunda los males del ser humano moderno ante una sociedad superficial, consumista y aterradora que, eliminaba el humanismo para abrazar como un salto al abismo la superficialidad y lo material como síntoma de poder, ambición y locura. Un universo peculiar, muy personal y alejado de convencionalismos, modas y demás estupideces, en títulos como La exhibición de las atrocidades, Rascacielos, Hola, América o Noches de cocaína, entre muchas otras.

Los mundos distópicos demasiado «reales» del genial novelista británico que profundiza de manera extraordinaria en todos los males de nuestra sociedad. Universos no muy alejados de los que filma David Cronenberg (Toronto, Canadá, 1943), que en su primera etapa despachó títulos como Crimes of the Future (1970), Vinieron de dentro de… (1975), Rabia (1975), Scanners (1980), o Videodrome (1983), donde implantaba los elementos que han definido su filmografía, la llamada “nueva carne”, en la que retrata de forma admirable los miedos humanos, tanto los cambios físicos y psicológicos ante la transformación física y la infección, en el que se desvanecen los límites entre lo mecánico y lo orgánico, moviéndose en dramas con tintes de terror, ciencia-ficción y el fantástico, dentro de una cotidianidad de horror. Cronenberg ha adaptado autores tan relevantes como Burroughs, King, DeLillo, entre otros. En 1996 adapta “Crash”, novela de Ballard publicada en 1972 (que tuvo una adaptación televisiva protagoniza pro el propio autor), poniendo en imágenes un relato muy oscuro y tremendamente físico y psicológico.

En Crash nos tropezamos con James Ballard, alter ego del propio autor, dedicado a la dirección televisiva, casado con Catherine, que han basado su relación en el sexo como principal estructura, un sexo liberal entre ellos y con otros. Después de un accidente automovilístico, Ballard entra en contacto con Helen Remington y entre los dos nace una atracción mutua a través del sexo y los coches. Más tarde, entrará en juego Vaughan, un tipo apasionado de los accidentes de coches, que además de escenificar accidentes históricos de grandes estrellas del cine clásico, su vida gira en torno a los accidentes, las cicatrices y el sexo, al igual que Gabrielle, una amiga que lleva una prótesis debido a un accidente. Veinticinco años después, Crash  sigue manteniendo su vigencia, quizás las psicopatías siguen igual o incluso más de acentuadas, retratando una serie de personajes abocadaos al constante peligro, en un viaje a las profundidades del alma, a su parte más oscura, más horrible, a aquello que nos negamos a admitir, a lo prohibido, a nuestras pulsiones sexuales, las más ocultas, las que no queremos desvelar.

Cronenberg se acompaña de los cómplices más cercanos como el cinematógrafo Peter Suschitzsky, el editor Ronald Sanders y el músico Howard Shore, la película nos sumerge en un mundo de poder y ambición, donde el automóvil como objeto de posición social se ha convertido en una metáfora del sexo más sucio, más animal y más pueril, donde ya no existen fronteras entre lo real y lo soñado, donde la vida carece de sentido sino es una existencia de constante peligro, donde la muerte bordea a cada instante, donde cada cicatriz y herida se convierte en una pulsión sexual, en una marca más de ese desenfreno alucinatorio y autodestructivo por el que se mueven estas criaturas atrapadas en su sexualidad y en sus objetos mecánicos, en unos automóviles que se funden en falos y vaginas, expuestas y dispuestas para ir más allá, sin pausa, a velocidad vertiginosa, donde velocidad, o lo que es lo mismo, el peligro de morir, deviene la única forma de soportar y llenar ese vacío de vidas opulentas, sí, donde falta tanto a nivel interior. Con un reparto heterodoxo y nada comercial con un James Spader en la piel del atribulado y frío Ballard, la escenificación del tipo que se adentra en la oscuridad, en su propia oscuridad, sin miedo, como si la cosa no fuese con él, pero con la determinación de que no hay marcha atrás, Deborah Kara Unger como su esposa, su amante y la compañera perfecta que también se lanza al abismo para aceptarse y descubrirse a través del sexo y lo prohibido, Holly Hunter como la Dra. Helen Remington, también abocada a la locura sexual, a ir más allá, a olvidarse de los convencionalismos y dejarse arrastrar por el sexo más superficial y la morbosidad.

Y los dos personajes más siniestros, dementes y robotizados de la película como el que hace Rosanna Arquette como Gabrielle, con esa aparatosa prótesis que le cubre las dos piernas y la profunda cicatriz que le cubre media extremidad, uno de esos personajes reservados que tanto le gustan al cineasta canadiense, ya que tiene todo aquello que le interesa, la sexualidad de un ser casi autómata, donde cada movimiento y gemido duele e hiere. Y finalmente, Elias Koteas da vida al siniestro Vaughan, un tipo que ha ido más lejos que nadie, su escenificación de los accidentes es toda una declaración de principios de un personaje psicópata convertido en la figura de macho alfa, de un tótem sexual, donde su cuerpo y todo su ser emanan sexualidad y velocidad, una especie de gurú de esta peculiar aquelarre de sexo, automóviles y muerte. El binomio Ballard-Cronenberg sigue levantándonos de la butaca, incomodándonos, martirizando nuestras pesadillas y pulsiones, y sobre todo, mostrando la oscuridad más profunda y siniestra de lo que somos, de todo aquello que nos autocensuramos, de todos nuestros miedos, de nuestros deseos, pasiones, y nuestra sexualidad, tan llena de tabúes, prejuicios y convencionalismos. Crash  se mueve entre todo lo diferente, todo aquello no aceptado por una sociedad llena de miseria moral tanto a nivel físico como emocional, en un retrato sobre la vida y la muerte, la eterna lucha entre eros y tánatos, entre nuestra existencia aceptada y todos esos infernos que habitan en nuestro interior y gritan sin cesar para salir al exterior y escenificarse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Borrell

Entrevista a Marta Borrell, protagonista de la película «Una luz en la oscuridad», de José M. Borrell, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Ignacio Acconcia

Entrevista a Ignacio Acconcia, director de la película «El niño de fuego», en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ignacio Acconcia, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

El niño de fuego, de Ignacio Acconcia

VIVIR DESPUÉS DEL FUEGO.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Cuando solo tenía 8 años, Aleixo Paz se quemó el 90% de su cuerpo en un fatídico accidente. Ahora, en plena adolescencia, sus días pasan en casa componiendo música rap, consumido por la rabia y los dolores físicos, debidos a las secuelas del fatal accidente que le han llevado a someterse a más de 40 operaciones. En la pequeña localidad de Salt (Girona), Aleixo vive con su madre, busca trabajo, visita continuamente el hospital, ve a sus hermanos y amigos, e intenta que la rabia y el dolor que siente, le dejen vivir un poco. El director Ignacio Acconcia, después de graduarse en la ESCAC, y pasar por el Máster de Documental de Creación de la UPF, donde tuvo como docente al gran cineasta, Viktor Kossakovski, con el que participó en la película conjunto Demostración (2013), hace su debut en el largometraje documental con El niño de fuego, el A.K.A. de Alexio Paz cuando se sube a rapear.

Acconcia nos sumerge en el relato de un adolescente que cumplirá 18 años durante la filmación de la película, que abarcó cinco años, en el que conoceremos el trágico pasado de Alexio, y su realidad más cotidiana. La película es de una sinceridad e intimidad abrumadoras, olvidándose del físico cicatrizado de Alexio, y centrándose en su alma, un interior roto, lleno de magulladuras y cicatrices, de las que hacen más daño, de alguien que vive arrastrando un dolor y rabia inmensos. Aunque la película muy sabiamente se aleja del producto convencional de superación y sentimentalismo, para centrarse en un viaje muy profundo y sensible, donde el joven va depurando toda esa rabia en la música rap, de la mano de su mentor musical Isaac Real “Chaka”, y también, la ayuda emocional por parte de Jan Millastre, Presidente de “Kreamics”, la Asociación de Quemados creada en Cataluña, una especie de hermano mayor que conoce muy bien lo que es vivir después del fuego.

El director afincado en Barcelona, demuestra un pulso narrativo envidiable y lleno de sabiduría, porque maneja muy bien el ritmo y la delicadeza de su relato, anteponiendo la humanidad de todo lo que cuenta, con esos planos de seguimiento filmando los desplazamientos y encuentros de Alexio. El niño de fuego se destapa como una magnífica lección de humanismo, centrada en esa difícil transición entre la infancia a la edad adulta, entre dejar la adolescencia y aceptar que las cosas funcionan de forma diferente, que ya es un estado complicado para cualquier persona, y más, cuando hemos sufrido un accidente que nos ha desfigurado el rostro y el cuerpo, y debemos trabajar en ese proceso de aceptación, encontrando y encontrándonos esa “ilusión” o “estimulo” para seguir cada día, de la que habla Jan, en la impresionante conversación que mantiene con Alexio. Acconcia se destapa como un director soberbio y humanista, sin guiar su relato y mucho menos su narración, que emana sencillez y cercanía, dejando al espectador espacio libre para que mire su película sin acritud y desprejuiciado, mostrando a un joven que debe seguir peleando por la vida, aunque emocionalmente siga lleno de rabia y dolor.

Un relato donde también hay humor y sentimientos, de los que tocan fuerte, de los que animan a seguir peleando por la vida, generando esa ilusión que a veces nos da esquinazo, llenando los días de objetivos que nos ayuden a levantarnos y pelearnos con nuestros sueños o pesadillas. Alexio con su extrema sencillez, humildad, y su parquedad en palabras, demuestra que hasta las cosas más difíciles y aquellas que cuestan tanto, siempre se pueden reconducir a la música, en este caso el rap, para expulsar toda la rabia y el dolor acumulados, demostrando una vez más que el arte es la mejor terapia para ahuyentar los fantasmas y hacer frente a los miedos e inseguridades. La experiencia de ver una película como El niño de fuego es extraordinaria y vitalista, nos acompañará durante mucho tiempo, y sobre todo, nos hará mirarnos a nuestro interior y a no dramatizar con nuestros problemas, ya que quizás no son tan importantes como creíamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Héctor Fáver

Entrevista a Héctor Fáver, director de la película «Voces rotas», en su despacho en Barcelona, el jueves 21 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Héctor Fáver, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de Prensa,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

El profesor de Persa, de Vadim Perelman

LA MEMORIA Y LA PALABRA.

“¿Pero era posible adaptarse a todo en los campos de concentración? Su pregunta es extraña. El que se adapta a todo es el que sobrevive; pero la mayoría no se adaptaba a todo y moría”

Primo Levi

El cine como reflejo de la historia y su tiempo, se ha acercado al holocausto nazi de múltiples formas, miradas e intenciones. No resulta nada sencillo mostrar y contar todo lo que allí sucedió, en muchas ocasiones, se cae en la simpleza y el sentimentalismo, en otras, utilizan el trasfondo para emplazarnos a historias que nada tienen que ver. Pero, en algunas ocasiones, pocas desgraciadamente, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras. Las historias nos sumergen de manera ejemplar y sobria a un reflejo de una parte de lo que acontecía en esos lugares de la muerte, excelentemente bien contadas, con una mirada profunda y sincera, y sobre todo, alejándose de cualquier sentimentalismo, en películas como Noche y niebla, de Resnais, La pasajera, de Munk, Shoah, de Lanzmann, La vida es bella, de Benigni o El hijo de Saúl, de Nemes, entre otras.

El profesor de persa, de Vadim Perelman (Kiev, Ucrania, 1957), podría formar parte de esta lista con todo merecimiento, porque no solo muestra el horror nazi en los campos, sino que nos brinda un relato sobrio, fascinante y magnífico de supervivencia, pero sobre todo, de la importancia capital de la memoria como única vía, no solo para seguir con vida en el infierno, sino para contar lo que ha sucedido, y que los hechos no se olviden y así, recordar a las víctimas y preservar la memoria para que futuras generaciones conozcan y no repitan los mismos errores. De Perelman, emigrado a Canadá, conocíamos, su extraordinario debut con Casa de arena y niebla (2003), relato de corte social con dos vecinos en la disputa de una casa, en La vida ante sus ojos (2007), nos contaba los traumas de sobrevivir a una tragedia, ambas películas filmadas en EE.UU., y en Buy me (2018), rodada en Rusia, sobre una joven modelo encandilada con el lujo qatarí en un relato de autodestrucción, entre alguna que otra miniserie y película.

Con El profesor de persa, basado en el relato breve “Invención de un lenguaje”, de Wolfgang Kholhaase, el cineasta ucraniano nos traslada a un campo de concentración nazi allá por el año 1942, para contarnos las vicisitudes de Gilles, un joven francés de origen judío, que detenido por las SS, y llevado a un campo de tránsito, se hace pasar por persa para salvar la vida, ya que el capitán Klaus Koch, uno de los oficiales al mano, quiere aprender el idioma para abrir un restaurante alemán en Teherán cuando acabe la guerra. Perelman se toma su tiempo, la película alcanza los 127 minutos de duración, para hablarnos de esta peculiar relación que se irá humanizando entre los dos hombres, entre el carcelero y el preso, pero no solo somos testigos de este encuentro, en el que alguien para sobrevivir inventa un lenguaje a través de su ingenio y astucia, sino también, de la cotidianidad del campo, no solo con los presos y sus constantes humillaciones, estupendamente filmadas, con la distancia y la luz idóneas, además, las relaciones cotidianas de los soldados nazis al cargo del campo, como esa terrorífica jornada en el campo con los nazis comiendo, cantando y confraternizando entre ellos, en una inmensa labor de la película por no mostrar a los nazis como monstruos, sino como seres humanos complejos y oscuros, capaces de humanidad y actos deleznables. Si el sorprendente y elegante guion que firma Ilya Zofin, nos sumerge en un relato lleno de belleza y horror.

 El maravilloso y bien elegido dúo protagonista es otro de los elementos sensacionales de la película. Con Nauel Pérez Biscayart, dando vida al desdichado y listo Gilles, un grandísimo intérprete que nos lleva enamorando en roles como el de Todos están muertos o 120 pulsaciones por minuto, un cuerpo menudo, pero capitalizado por esa mirada que traspasa, en un proceso que irá de menos a más, de objeto a hombre, de sentir que su inteligencia pude salvar no solo su vida, sino recordar la de aquellos que perecieron. Junto a él, otra bestia de la composición, como el actor Lars Eidinger como el capitán Koch, que habíamos visto en películas de Assayas o Claire Denis. Dos intérpretes diferentes de cuerpo, en una especie de lucha muy desigual, que recuerda a la de David y Goliat, que a medida que avanza la película, se irán intercambiando los roles en varias ocasiones, e iremos comprobando que detrás de los papeles que el destino les ha asignado, detrás hay mucho más, y descubriremos a dos seres que tienen en común más de lo que imaginan.

Perelman ha contado con un trabajo de producción fantástico, desde la precisa y atmosférica luz de Vladislav Opelyants (que tiene en su haber grandes trabajos como en 12, de Nikita Mikhalkov o en Leto, de Kirill Serebrennikov, entre otros), o la excelente música absorbente y limpia del tándem de hermanos Evgueni y Sacha Galperine (que han trabajado con nombres tan ilustres como François Ozon, Andréi Zviáguintsev o Kantemir Balagov, etc…), el conciso y rítmico montaje de Vessela Martschewski y Thibaut Hague. Perelman vuelve a conseguir un relato brutal y excelso, lleno de belleza y horror, que se mueve de manera hipnótica y sinuosa, mostrando todo lo que se respiraba en un lugar siniestro y deshumanizado como un campo nazi, con la memoria como punta de lanza en una historia donde alguien ha de inventar y memorizar un lenguaje inventado, su particular pseudofarsi, no solo para seguir con vida, sino para alimentar la esperanza de salir con vida de ese lugar. Frente a él, a un oficial nazi convencido e idealista de la causa que, crecerá como persona y empezará a ver a su “profesor particular” con otros ojos, quizás viéndose en él reflejado o tal vez, recordando a aquello que era o que perdió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a José M. Borrell

Entrevista a José M. Borrell, director de la película «Una luz en la oscuridad», en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 18 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José M. Borrell, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Voces rotas, de Héctor Fáver

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción”

Javier Marías

La hipnotizadora y reveladora secuencia que abre la película Voces rotas resulta de una pulcritud y audacia sorprendentes, porque define completamente el devenir del relato que veremos a continuación. Vemos a una pareja en crisis viendo una película en un cine. Los dos permanecen atentos a la pantalla, sin mirarse, y ninguna muestra leve de amor, en planos fijos en blanco y negro, mientras que la película que miran es en color. Más tarde, escuchan al director presente en la sala en un coloquio. A ella le ha gustado, a él, no. Dos personajes de ficción, en la realidad de la película, observan a otros personajes de ficción en una ficción. Esa dualidad realidad-ficción en la que pivota constantemente la película, con las propias miradas que se cruzan en una dirección u otra. Voces rotas parte de un taller de interpretación, como lo fue Shadows (1959), de John Cassavetes, la opera prima del genial cineasta independiente estadounidense, que se olvida de los conflictos raciales, para hablarnos de las dificultades personales de tres afroamericanos.

Héctor Fáver (Buenos Aires, Argentina, 1960), ya había probado la experiencia de filmar con alumnos, con casi tres décadas como director del Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, donde levantaron 11 largometrajes y más de 250 cortometrajes, algunos filmados por él mismo, José Luis Guerín y Luís Aller, entre otros. El director afincando en Barcelona, se lanza al abismo con una narración que bebe mucho de los Resnais, Marker (al que homenajea con algunas imágenes de La Jetée), Eustache, Garrel y Marguerite Duras, centrándose en una pareja en plena crisis sentimental. Ella empieza una relación tempestuosa con un director de cine fracasado que trabaja en su próxima ficción, la historia de una vieja gloria teatral encerrada en una casa. Faver cuenta con los nueve intérpretes del taller con poca experiencia Luz Portero, Eduard Fontana, Carmen Pérez, Cristina Zafra,  Montse Barriga, Keyla lterachs, Ariadna Brull y Leo Durán, de los que solo Albert Pueyo, actor profesional con más experiencia.

La película nos va sumergiendo en un juego de realidad y ficción, donde los espejos y sus reflejos construirán la narración, donde abundan los primeros planos fijos, casi siempre en interiores, y algunos exteriores nocturnos, para abordar una historia atemporal, ya que los continuos saltos en el tiempo son constantes, llevándonos de un tiempo a otro, en el que somos testigos de un amor fatalista, amores de antes y ahora que no acaban de resultar placenteros, sino todo lo contrario, reflejos de esa inconstancia sentimental, de ese vacío interior que persigue sin remedio a los personajes, contaminados de una pérdida de identidad y una desorientación brutal, muy acorde con los tiempos que estamos viviendo. Fáver que vuelve a la ficción, después de su trilogía sobre el fascismo, se ha despojado de cualquier adorno narrativo o sentimental, para construir una película sobria, elegante y fascinante, que aborda la complejidad de las relaciones personales de un modo sincero y muy íntimo, que recuerda a la misma mirada de Jordi Cadena en La amante del silencio (2016), también rodada con jóvenes talentos, en el que se abordaban lo oscuro de los sentimientos desde un prisma muy personal y profundo.

Fáver plantea un juego hipnótico y sensible donde realidad y ficción se funden, se mezclan y se confunden, donde la película resulta una suerte de muñecas rusas en el que nada ni nadie es lo que parece, donde personajes de un tiempo u otro, donde tanto realidad como ficción se miran y se ocultan, como la maravillosa voz en off en francés, escrita por Antonia Escandell, y narrada por partida doble en las voces de Claire Ducreix y Alain Chipot, que no solo van mucho más allá de la mera descripción de los hechos, psicoanalizando a los diferente personajes, sus circunstancias y sobre todo, mostrándonos verbalmente las partes ocultas de la propia construcción de la ficción-realidad. La música tensa y repetitiva de Lito Vitale, compositor en todas las películas de Fáver, ayuda a sumergirnos en esa ambivalencia de verdad-mentira que recorre todo el metraje, así como el extraordinario montaje que firman el propio director y Tomás Suárez (que ya estuvo en Lesa Humanidad), y la magnífica luz de Joan Babiloni (que ha firmado hace poco la cinematografía de Terra de telers) en un trabajo inmenso con un absorbente e hipnótico blanco y negro, que describe con precisión todas esas almas sombrías que arrastran sin remisión el grupo de personajes, en una película que investiga la condición humana desde lo esencial, aquello que ocultamos no solo a los demás, sino a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una luz en la oscuridad, de José M. Borrell

MIRAR AL OTRO. 

“Educar es formar personas aptar para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros”

Herbert Spencer

Todo empieza con un viaje de fin de curso a Marruecos, en el que Marta Borrell, una niña de 15 años del Colegio Aljarafe de Sevilla, es testigo de la triste realidad de las escuelas del país. El siguiente verano, acompañada de su familia, visita Mozambique, uno de los países africanos más pobres, donde visitará diversas escuelas rurales, donde vuelve a comprobar la difícil situación de su educación. Con toda esa información, Marta acude a entrevistarse con políticos, expertos y especialistas en el tema de la educación para preguntar porque es inexistente la educación en países africanos. El director José M. Borrell, que se ha pasado casi un lustro haciendo documentales sobre cambio climático, mujeres y demás temas sociales, para diversas organizaciones en África, América Latina y Asia, se lanza a una aventura extraordinaria, junto a su hija Marta, y Sara Fijo, su mujer, en la producción, para contarnos la inquietud y el compromiso de una niña que se hace preguntas, que quiere conocer la realidad educativa de África, y luego, exponer la situación a los dirigentes, expertos y demás elementos en la materia.

Una luz en la oscuridad no pretende hacer una radiografía exhaustiva de la educación en los países subdesarrollados del mundo, sino que, en su modestia y cercanía consigue algo más profundo, mostrar una realidad que puede ser la de muchos lugares, y lo hace con la mayor sencillez y sensibilidad, sin demagogia ni sentimentalismos, sino acercándose con respeto y honestidad a los problemas educativos de Mozambique, y escuchando a los que allí viven, que nos explican los diversos conflictos que originan la falta de escuelas y maestros apropiados. La película, quedándose en ese ámbito, el de mostrar el problema, ya sería muy interesante, pero no solo no se queda ahí, sino que va al otro lado, es decir, a hablar con los responsables educativos como los representantes de la Unesco, asesores de gobiernos occidentales, responsables de fundaciones que trabajan en la zona, y demás especialistas que, de una forma u otra, conocen de primera mano el destino de los recursos humanos y económicos y como se gestionan y distribuyen.

Marta que, en muchas ocasiones, la acompaña su amiga Berta, muestra la sinceridad y el compromiso de unos jóvenes que han crecido con internet, que conocen el mundo a través del audiovisual, al igual que los habitantes de Mozambique y otros lugares con carencias educativos, tanto a nivel físico como emocional, hecho muy significativo que los hace diferentes a otras generaciones, ahora la lucha y la reivindicación se hace y se trabaja de diferentes maneras, con la voz de Marta, que como otras muchas adolescentes en el mundo, reivindican la justicia social como arma para avanzar y crecer como planeta. José M. Borrell consigue en sus 75 minutos una película extraordinaria, ya no solo sobre la educación, sino también, sobre las herramientas que tenemos hoy en día para seguir en la lucha y en el trabajo para conseguir más igualdad en el planeta, para rebajar la distancia entre el mundo occidental y los países necesitados, exponiendo las fracasadas ideas de occidente en África, y abriendo nuevas vías resolutivas que están en África, dándoles los mecanismos, pero no diciéndoles como usarlos, reivindicando la mejor y única arma que tenemos los seres humanos para seguir avanzando que no es otra que la educación, el conocimiento, su transmisión, y sobre todo, la capacitación.

La película no muestra la resolución de los problemas, abre el debate e insta a la reflexión, convirtiéndose en un medio para la exposición y el trabajo necesario, siguiendo el mismo camino que otros trabajos que también reivindican la educación como el único medio para ayudar y ayudarse, tales como Ser y tener o Camino a la escuela, que mostraban las dificultades en la educación rural, la gran olvidada de los grandes planes económicos de los países, como muestra la película. Por una educación grande y humana que no nos haga unos meros transmisores de conocimientos, que vaya mucho más allá, y sea un vehículo maravilloso para crear personas que piensen por sí mismos, que sean críticos y respetuosos con su entorno y los demás, que tengan valores emocionales, que sientan fraternidad por los otros, que no se olviden de sí mismos, y sobre todo, que sean dignos con su condición humana. Quizás para todos estas cualidades humanas que deberían ser las de cualquier ser humano, todavía falta mucho, pero mientras llegan, si es que llegan, sigamos manteniendo el espíritu de la lucha y el trabajo por mejorar las cosas, aunque sea un leve resquicio, como esa luz en la oscuridad que sabia y honestamente reivindica la película, manteniendo esa esperanza por un mundo mejor, más humano, más justo y más cercano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/426695141″>Una Luz en la Oscuridad TRAILER</a> from <a href=»https://vimeo.com/gondolafilms»>Gondola Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Fellini de los espíritus, de Anselma Dell’Olio

FELLINI AL OTRO LADO DEL ESPEJO.

“Hablar de sueños es como hablar de películas, ya que el cine utiliza el lenguaje de los sueños: años pueden pasar en segundos y se puede saltar en un lugar a otro”

Federico Fellini

En la mítica serie francesa “Cineastas de nuestro tiempo”, muchos autores se acercaban a las figuras míticas de grandes directores de cine, y lo hacían desde ángulos y reflexiones que se alejaban del simple reportaje que aglutinaba vida y milagros del personaje en cuestión. En Fellini de los espíritus, que conmemora el centenario de su nacimiento, la figura que nos muestran del genial autor italiano es cuanto menos muy novedosa y especial, ya que la película bucea en aquello que el propio Fellini se refería como “el misterio”, todos esos universos invisibles del director, desde el mundo de los sueños, capital en su cine, el psicoanálisis, de la mano de Jung, el espiritismo y lo esotérico, todas aquellas materias sensibles en las que el cine del maestro italiano convocaba en cada una de sus películas. La directora Anselma Dell’Olio (Los Ángeles, EE.UU., 1941), con toda una vida dedicada al mundo del cine, despuntó como codiciada directora de doblaje para autores de gran prestigio como Antonioni, Fellini, Valerio Zurlini, William Friedkin y Stanley Kubrick, y autora de diversos documentales sobre cine, entre los que destaca el que dedicó a la figura de Ferreri bajo el título de La lucida follia di Marco Ferreri (2017), de la que fue amigo personal.

Dell’Olio, como si se tratase de Alicia, nos muestra «el otro lado del espejo», adentrándose en el inabarcable universo felliniano adoptando un título mítico en la carrera del cineasta italiano, el de Giuletta de los espíritus (1965), una película poliédrica, barroca y profunda sobre una mujer que, en un matrimonio en crisis, bucea en su psique y se adentra en una búsqueda incesante y espiritual, a través de su vida, su tiempo, sus sueños, el más allá, y todo aquellos mundos imperceptibles en esta dimensión, donde vida, ficción, realidad y sueño se confunden y mezclan de manera sorprendente y delicada, de ese modo tan característico en Fellini, que aunaba lo personal con lo espiritual y lo onírico. Fellini de los espíritus se impregna de manera sobresaliente y transparente del universo felliniano, creando una película muy barroca y laberíntica, que repasa todos los ámbitos de la vida y los sueños del maestro, y lo hace echando mano a múltiples materiales de archivo, desde imágenes de sus películas, como Los inútiles, La strada, La dolce vita, Fellini 8 ½, La voz de la luna, entre otras, entrevistas al propio Fellini, algunas imágenes del rodaje de sus películas, otras imágenes de Nino Rota, su músico, de Jung.

Las imágenes están bien acompañadas por un gran número de entrevistas que abarcan desde amigos y colaboradores de sus películas, o incluso historiadores de cine y expertos en su cine, como Gianluca Farinelli, Vincenzo Mollica, Annalisa Carlucci, Marina Cicogna, Nicola Piovani, Maurizio Porro, Serge Toubiana, entre otros, y directores admiradores de Fellini como William Friedkin, Damien Chazelle y Terry Gilliam, testimonios que nos muestran ese “otro lado” del director italiano, todos esos universos sin fin que se convirtieron en materia para su cine, donde todo ese mundo invisible guiaba sus pasos y el de sus criaturas. La película investiga, profundiza y deja constancia de la peculiar forma felliniana convocarnos a otros mundos, otras posibilidades, otras miradas, otros cuerpos, y otros lugares, ya sean imaginados, soñados, espirituales, de este mundo y de otros, en una mezcla y fusión sin estridencias ni sentimentalismos, solo un camino real o no, o la mezcla de ambos, en que sus personajes se adentraban en otros territorios, en sus vidas, las pasadas y las venideras, y las de ahora, creando una forma honesta y prodigiosa de mirar el mundo y como nos relacionamos con el entorno.

La película muestra “el otro lado”, ese que tanto fascinaba a Fellini, descubriendo todo lo que somos, desde el que fuimos y nunca seremos, todas esos viajes, aventuras, partidas, estados, regresos y derrotas, que conforman nuestras existencias, en una profunda y sincera búsqueda en todo aquello misterioso de nuestras vidas, adentrándonos en lo más profundo de nuestra alma, para seguir descubriendo y descubriéndonos, adoptando las vidas que dejamos, las que somos ahora, y las que seremos o no en el futuro, creando de esa manera todos los reflejos de un espejo con infinitas posiciones, ángulos y demás derivaciones y miradas. Fellini de los espíritus  es una película fascinante y maravillosa, que no solo nos muestra el cine visible del maestro italiano, sino que va más allá, mostrándonos esos otros mundos invisibles, eso misterios de la vida y la existencia que tanto le fascinaban, y lo hace desde su cine, y sus inquietudes, miedos, amores, alegrías y tristezas, con la estupenda aportación de todos aquellos que lo trataron, lo conocieron y lo soñaron, porque si Fellini dejó un grandiosa filmografía que seguimos disfrutando, también, dejó toda una sincera y profunda reflexión sobre la condición humana, y todo aquello que somos, soñados, sentimos y vemos de los demás y sobre todo, de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA