Entrevista a Marc Parramon, codirector de la película «Altsasu (Gran Hura)», en el marco del DocsBarcelona, en el Hotel Catalonia en Barcelona, el miércoles 19 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Parramon, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de DocsBarcelona, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Siempre fui consciente de que la edad adulta no contaba: a partir de la pubertad, la existencia sólo es un epílogo”.
Amélie Nothom en “El sabotaje amoroso”
El registro de la grabación con una cámara de móvil nos da la bienvenida a la película, la misma que también nos despedirá. La cámara está grabando a dos chicas jóvenes de unos dieciséis años mientras pintan una polla en la cara a un tipo durmiendo en la calle. Estamos en Berlín, en el verano del 2018, que está siendo el más caluroso de muchos años. Las chicas que corren cuando el incauto se despierta son Jule y Aylin, aunque la historia la vamos a conocer desde la mirada y la inquietud de Nora, dos años más pequeña que su hermana Jule. La directora Leonie Krippendorff (Berlín, Alemania, 1985), ya debutó en el largometraje con Looping (2016), en la que retrataba a tres mujeres de edades distintas que confluían en la habitación de un psiquiátrico, y ahora vuelve con un trabajo que se detiene en la llegada de la pubertad para la citada Nora, esa fase de la existencia donde todo son cambios y nos sentimos perdidos y llenos de inquietudes con nosotros mismos y todo lo que nos sucede.
En su segundo trabajo para la gran pantalla, que tiene el título original de “Kokon”, traducido como “tamaño”, vuelve a centrarse en un universo femenino, situándose en Nora, una niña que en el verano citado, se convertirá en una mujer, donde comenzará a descubrir su identidad, y todas esas cosas que le encanta a hacer y todavía no sabe ni que le gustan. La aparición de una nueva alumna en el instituto, la tal Romy, una chica desinhibida, diferente a su hermana y su amiga, más centradas en la imagen y el cuerpo, despertará en Nora una atracción inmediata. La excelente cinematografía de Martin Neumeyer, con el formato 4:3 que evidencia ese mundo digital y asfixiante en el que viven los personajes, con esa cámara que convertida en una segunda piel de las protagonistas, las sigue a través de una inmediatez e impulsividad constantes, en un relato muy físico y muy cercano, donde el formidable trabajo de edición de Emma Graef, también ayuda a conseguir esa agitación en la que viven las protagonistas, y condensando con astucia los noventa y dos minutos de metraje, penetrando no solo en sus pequeñas cotidianidades, sino también en el interior de sus almas, donde la mirada de Nora escruta y reflexiona con todas esas cosas que están pasando en ella y en su alrededor, sintiéndose una náufraga en muchos momentos.
La película funciona también puede verse como una radiografía actual de la juventud berlinesa, y por ende, de cualquier ciudad occidental del mundo, con una aplastante multiculturalidad, donde coexisten jóvenes de diferentes países, culturas y orígenes muy diversos, de familias desestructuradas, padres y madres ausentes, y totalmente abducidos por el universo digital donde todo pasa por ahí. Nora se mueve en dos mundos, el de su hermana y la amiga de esta, y los amigos, que se encuentran en esa adolescencia donde conviven las drogas, el amor y algo más. Y luego, el mundo de Romy, que está en un local cultural con gente mucho más mayor, y vive casi a solas porque su madre trabaja muy a menudo. Nora sometida a los cambios de su edad, tanto físicos como emocionales, va descubriendo el mundo más adulto de Romy, y también, se va descubriendo a sí misma, a su cuerpo, su primera regla, sus masturbaciones, y el amor, al igual que el deseo, el romántico, pero también, el desamor. La cineasta alemana ha construido una película de aquí y ahora, sin moralina ni sentimentalismo, hermosa, auténtica y libre, con ese espectacular momento con las performance tanto de Nora como de Romy, mientras escuchamos el “Space Oddity”, de Bowie con las imágenes de explosiones en el cuerpo de la joven, un momento que recuerda a otro muy cercano como el de Licorice Pizza, con otro tema relacionado como “Life on Mars?” del duque blanco. El despertar de Nora no está muy lejos de los trabajos de Primeras soledades (2018), de Claire Simon, Quién lo impide (2021), de Jonás Trueba y FREIZEIT oder: das Gegenteil von Nichtstun (2021), de Caroline Pitzen, películas que no solo juegan con la ficción y el documento para poner el foco en la juventud, y en todo lo que les envuelve.
Krippendorff tiene en sus jóvenes actrices la fuerza y la frescura que necesitan sus imágenes y todos los conflictos que plantean. Tenemos a Lena Klenke como Jule y Elina Vildanova como Aylin, y sobre todo, a Jella Hanse como Romy, que ya era una de las protagonista de Looping, junto a la fantástica e hipnótica Lena Urzendowsky en la piel, el cuerpo y la mirada de Nora, auténtico descubrimiento de la directora, porque no solo consigue fascinarnos con sus miedos, dudas y torpezas, sino que nos sentimos identificamos con una niña-adolescente-mujer que en ningún caso quiere ser como las demás, obsesionadas con sus cuerpos, su alimentación, la ropa y los chicos, sino que Nora quiere y siente algo diferente, algo que rompe con lo establecido, algo que la situará en el camino de conocer y conocerse, descubrir y descubriendo a los demás, y de paso, hacer todas esas cosas que jamás hubiera pensado que podía hacer, o ni siquiera, sabía que las haría y conociendo a Romy, una chica tan diferente y tan cercana a ella, porque como decía el poeta solo se es joven una vez, y cuando nos damos cuenta de verdad, ya ha pasado y solo nos queda recordar como éramos y cómo hemos cambiado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Vivianne Perelmuter e Isabelle Ingold, directoras de la película «Ailleurs, partout», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 2 de junio de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vivianne Perelmuter e Isaelle Ingold, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anne Pasek de Comunicación de la Mostra, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Siento que los peligros, la soledad y un futuro incierto no son males abrumadores mientras el cuerpo esté sano y las facultades en uso, y sobre todo, mientras la libertad nos preste sus alas y la esperanza nos guíe con su estrella”
Charlotte Brontë
Primero fueron Erik y Phillip, dos jóvenes amigos y aspirantes a escritores, con destinos dispares entre el éxito y el fracaso. Los dos protagonistas de Reprise (2006). Anders era el foco de atención en Oslo, 31 de agosto (2011), un joven en un centro de desintoxicación vive una jornada en la que se arrepiente de sus actos pasados y las oportunidades desaprovechadas con la esperanza de comenzar de nuevo. Y ahora, nos llega Julie, la protagonista de La peor persona del mundo, una joven indecisa, vital, guiada por sus sentimientos y emociones del momento, como deja claro su excelente y conciso prólogo, en el que la vemos cambiando constantemente de carrera, sin decidirse por ninguna. Julie es una mujer actual, a punto de entrar en la treintena, en esa parte de la vida en la que aparentemente y socialmente esta uno presionado para ser “normal” y aceptado por todos, o sea, tener un trabajo, una hipoteca y una pareja, y quizás, hijos. Julie no tiene nada de eso, y lo que es más, tampoco tiene nada claro que quiera hacer nada de eso.
La protagonista vive, duda, se equivoca, se enamora o no, emprendiendo relaciones íntimas, las empieza y deshace y se va recomponiendo como puede, sin pensar en el porvenir, un futuro que se le antoja como una tumba o algo peor. Tercera entrega de la trilogía de Oslo del cineasta Joachim Trier (Copenhague, Dinamarca, 1974), en la que vuelve a poner la atención en la juventud como en sus antecesoras ya citadas. Un elemento el de la juventud que ya estaba en El amor es más fuerte que las bombas (2015), su primera y hasta la fecha última experiencia en el mercado anglosajón, y en Thelma (2017), sobre la llegada a la universidad, a la edad adulta, al amor de una joven, con la atmósfera propia del género de terror y el thriller psicológico. Trier que siempre trabaja con el guionista noruego Eskil Vogt, y director, del que hemos podido ver Blind (2014), enmarca sus relatos con la omnipresencia de la enigmática y fría Oslo, ciudad-testigo y profundizando en esa etapa de la vida en la que ya somos conscientes de cada una de nuestras decisiones y opciones que nos ofrece la vida, ya sea trabajo, vivienda, y amor.
La parte técnica abrumadoramente plástica, cautivadora y llena de matices, marca de la casa en la filmografía del director afincado en Noruega, desde las potentísimas y fascinantes imágenes del cinematógrafo Kasper Tuxen, que debuta con Trier, y del que conocíamos sus trabajos en las recientes Jinetes de la justica y Entre la razón y la locura, posicionándonos ya no en el cuerpo y el rostro de la protagonista, sino en su forma de mirar y sentir, caminando junto a ella, o más bien, caminando dentro de ella, situando a la protagonista, como sucede en su cine, en el centro de todo, en el centro de su universo. Olivier Bugge Coutté en la edición, un cómplice que ha estado en toda la filmografía del director danés, condensando de manera brillante y dosificando la información de manera ejemplar, donde el tiempo se estira y se maneja de forma emocional, voluble y física. El músico Ola Flottum, otro colaborador fiel, del que hemos escuchado la composición de Fuerza mayor, de Ruben Östlund, que teje unas melodías que nos atrapan desde el primer minuto, creando esos espacios entre imaginarios, corpóreos y abstractos, dentro de una extrema cotidianidad por la que se mueven los personajes.
El fantástico guion estructurado a través de un prólogo y epílogo y en medio doce capítulos, elegidos al azar y elegantemente desestructurados, nos van encerrando en una atmósfera de apariencia ligera, pero sumergiéndonos en los conflictos y avatares vitales más profundos e intensos. Todo parece estar contado desde la perspectiva de una sofisticada comedia romántica, y su contrario, con sus rupturas necesarias, donde todo se torna de otro color y textura, y donde había romanticismo, ahora hay oscuridad y las cosas huelen con otro aroma, en que la historia se va a los problemas más propios de la existencia y todo lo que le envuelve. Julie vive sin importarle el mañana, se enamora y se desenamora, o quizás, nunca ha estado enamorada, porque es un personaje vitalista, emocional y pasional, todo lo experimenta de forma intensísima, como si el mañana no existiera, lanzándose sin red a todos sus abismos, no queriendo decidir su futuro, dejando pasar la vida o simplemente, no saber qué camino tomar por miedo a equivocarse o arrepentirse. Julie no es un personaje construido para caer bien o mal, sino para observarlo, sentir como ama o no, compartir su fragilidad y vulnerabilidad, acompañarlo a ver qué decide y vuelve a desdecirse, con esa duda permanente, en que la película hace una oda a la duda, a la incertidumbre de la vida, y sobre todo, a posponer las decisiones importantes, a mirarnos de otros ángulos, más humanos y cercanos, más de carne y hueso, alejándonos de tanta apariencia y felicidad impostada de los tiempos actuales. Mirar desde el otro lado, desde los que se equivocan, y dan marcha atrás, desde los que nada tienen claro, de los que se pierden y se encuentran cuando pueden.
La magnífica Renate Reinsve, que ya tenía un papel en Oslo, 31 de agosto, se mete en la piel de Julie, componiendo un personaje inolvidable, que se le acaba queriendo, porque es ante todo un ser humano como nosotros, llena de dudas, que toma buenas y malas decisiones a la vez, que debe aprender a soltar lastre de una familia que pasa bastante de ella, que debe amar como si no fuera un mañana, que debe decir no cuando cree que todo ha terminado, sino cuando ha dejado de querer aunque todavía siente que quiere, que no tiene porque entender todo lo que hace o dejar de hacer, que debe disfrutar de la vida, de cómo quiere vivir su vida a pesar de los otros, y sobre todo, debe no sentirse mal cuando hierra y decide volver o no a enamorarse otra vez o quizás querer de verdad a la persona que abandonó años atrás. Le acompañan el siempre comprometido y visceral Anders Danielsen Lie, protagonista de Reprise y Oslo, 31 de agosto, aquí en el rol de Aksel, un exitoso dibujante de novela gráfica, mucho más mayor que Julie, de la que está enamorado, pero con sus grandes diferencias, que no logra entender a Julie y le agobia esa indecisión constante de la joven. Herbert Nordrum, habitual en el teatro noruego, interpreta a Eivind, un tipo encantador del que Julie también se enamora o simplemente emprende una relación sentimental.
Trier ha hecho una película excelente y emocionantísima, que tiene su sentido en todo esa experiencia vital de un personaje que amamos y reivindicamos, guiados por ese deambular por la vida de Julie, que va de aquí para allá, huyendo de los problemas y dejando relaciones como quemando etapas, personas que no olvidamos porque por mucho que nos alejemos todavía siguen en nuestro corazón. Una película que nos envuelve en cada uno de sus planos, en cada una de sus situaciones, donde hace hincapié en las relaciones actuales, en cómo nos enamoramos o creemos enamorarnos, en esa incertidumbre vital, en ese desasosiego que nos ensombrece en nuestra cotidianidad, en vivir a pesar de todo y todos, y sobre todo, al derecho a equivocarnos, volver atrás y no sentirnos juzgados, a sentir la vida de verdad, olvidándonos de tanos prejuicios y presiones sociales, que no sirven para nada, solo para sentirnos infelices y alejados de nosotros mismos, porque aunque queramos o no, la vida no se detiene por nadie, simplemente continúa y no hay nada escrito, cada día escribimos nuestra vida y todo lo que vivimos o creemos vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La adolescencia es la conjugación de la infancia y la adultez”
Louise J. Kaplan
Muchos amantes al cine nos quedamos abrumados por la belleza plástica y la poesía que destilaba la película The Great Ecstasy of Woodcarver Steiner (1974), de Werner Herzog, en la que en unos sobrecogedores 44 minutos, nos mostraban la soledad y los límites del saltador de esquí Walter «Woodcarver» Steiner. La opera prima de Charlène Favier (Lyon, Francia, 1985), coescrita junto a Marie Telon y la colaboración de Antoine Lacomblez, también se mueve en el universo de los esquiadores y las montañas nevadas, en este caso a los aspirantes a esquiadores de velocidad, y nos traslada a un pueblo aislado de los Alpes, en el que seguimos la experiencia de Liz, una joven de 15 años fichada por un club de esquí, que entrena el exigente Fed. A modo de diario, asistimos a todos los procesos de entrenamiento, como su espectacular y concisa apertura con ese ejercicio de pies, que la cámara describe de forma nerviosa al movimiento de los pies, en planos muy cerrados y rápidos, para acabar en la mirada de la adolescente y ese destino-obsesivo de la montaña nevada.
A medida que avancen la intensidad y la exigencia en la preparación, la trama se centrará en varios puntos: la capacidad y auto exigencia de Liz para el esquí de velocidad, su soledad, ya que sus padres andan separados y con vidas alejadas a la de ella, y sobre todo, la relación con Fred, ex campeón de esquí, que ve en la joven una futura campeona. Su relación se irá estrechando y haciéndose más íntima, sobrepasando todos los límites habidos y por haber. Slalom está compuesta de forma admirable y muy detallada, desde sus bellísimos planos y encuadres, donde la montaña nevada adquiere esa omnipresencia reveladora para Liz, y sus compañeros, que andan al acecho, todos con el propósito de conquistarla esquiando. El excelente trabajo de cinematografía de Yann Maritaud, que ha crecido profesionalmente con la directora, y que actualmente tiene en cartel El triunfo, de Emmanuel Courcol, realiza un soberbio manejo del encuadre y la luz, con una plástica composición que describe con exactitud, tanto el exterior gélido como ese interior caliente de los personajes en liza.
El asombroso trabajo de sonido que firman el trío experimentado Gauthier Isern, Louis Molinas y Thomas Besson, dotando de fuerza y espectacularidad en todos esos vertiginosos descensos de la esquiadora, y todos los interiores de la película, con naturalidad y cercanía, así como el clarividente y conciso montaje de Maxime Pozzi García, colabora habitual de Favier, que le da ritmo e intensidad a los noventa y dos minutos en los que se desarrolla la trama de la película. Slalom necesita un gran trabajo técnico, donde en las secuencias de acción vemos las diferentes pruebas de esquí, elementos esenciales en los que se posa la película: la velocidad, el deseo de conquista, el miedo, el sacrifico, el crecimiento y la soledad de los esquiadores. La directora conjuga todos estos elementos de forma auténtica y compleja, en la que sus dos protagonistas no solo dan vida a los oscuros personajes que tienen en frente, sino que les dan esa humanidad tan necesaria para seguirlos y ser testigos de sus dudas, deseos y vulnerabilidad.
La fascinante y enigmática Noée Abita, que vuelve a trabar con la cineasta francesa después de la película corta Odol Gorri (2018), un cortometraje de 26 minutos en el que se relata la odisea de Eva, una adolescente que escapa de un taller de integración laboral y huye de polizón en un pesquero, en la que también se hablaba de soledad y el enfrentamiento a elementos externos y difíciles de superar, al igual que le ocurre a Liz, que vivirá el paso de la infancia a la edad adulta de forma brusca, asfixiada por un entrenador ambicioso y sin escrúpulos, que también la usará sexualmente y emocionalmente. Noée Abita demuestra una serenidad y una fuerza admirables para meterse en la piel de la solitaria Liz, convertida en mujer de golpe, sin transiciones ni nada, que debe lidiar con sus emociones, tanto dentro como fuera de la pista. Frente a ella, su entrenador, un tipo que no tiene límites, obsesionado con las medallas, que hará lo imposible y lo denunciable para conseguir sus objetivos y poner contra las cuerdas tanto físicamente y emocionalmente a sus pupilos. El natural y soberbio trabajo de Jérémie Renier, que aunque debutó en el 92, será en el 96 con quince años cuando interpreta El niño con los hermanos Dardenne, a las que siguieron cuatro películas más, y construir un carrerón con solo 41 años que ha continuado con directores tan importantes como Ozon, Bonello, Lafosse, Assayas y Trapero, entre otros.
Charlène Favier ha construido una película que no estaría muy lejos de lo que planteaba el excelente documento Over the Limit (2017), de Marta Prus, donde se seguía la cotidianidad del durísimo entrenamiento de Margarita Mamun, una gimnasta rítmica en su preparación para los Juegos Olímpicos. Slalom también nos habla de las intensas preparaciones a las que se somete una adolescente, en un ejemplar trabajo de verdad, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, contando sin titubeos una experiencia apabullante para una niña que está entrando en la edad adulta en soledad. La realizadora francesa ha urdido a fuego lento un relato magistral, profundo, honesto y brutal sobre el viaje iniciático de una adolescente que se topará con una realidad muy oscura y salvaje sobre la competición desmedida, y la mentira de los adultos, sin olvidarnos de otro tema crucial de la película, la pasión devoradora que nos puede llevar a infiernos sin salida, y sobre todo, la fuerza y la valentía y todo lo que hay que aprender para vivir como una mujer adulta, conviviendo con dudas y miedos, y venciendo obstáculos en forma de personas como de deseos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pablo Puyol, actor de la película «La mancha negra», de Enrique García, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Puyol, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Virginia Demorata, actriz de la película «La mancha negra», de Enrique García, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Virginia Demorata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Lo más horrible de este mundo es que todos tienen sus razones”
Jean Renoir
Después de la aventura española con Todos lo saben (2018), un reflexivo ejercicio sobre la mentira en la familia. El talento de Asghar Farhadi (Khomeini Shahr, Irán, 1972), vuelve a su país de origen, pero deja la bulliciosa y frenética Teherán para viajar hasta Shiraz, situada en el centro-sur del país. En ese lugar conoceremos a Rahim, un treintañero que sale de la cárcel con un permiso de dos días, con la intención de conseguir unos cheques que convenzan a su antiguo avalista y ex cuñado Bahram, que lo denunció por no pagar y fue encarcelado. Aunque la cosa parece resuelta, la cosa se irá complicando y mucho para los intereses del protagonista, y más, cuando su novia Farkhondeh, le dice que ha encontrado un bolso con lingotes de oro. Su primera intención es venderlas, pero el bajo precio les insta a devolverlo, cosa que lo convertirá en un héroe, en alguien ejemplar, pero todo se volverá en su contra, porque la gente empezará a sospechar de él y de sus verdaderas intenciones, y su vida será un infierno y todos se pondrán en su contra.
El cineasta iraní es un explorador de la condición humana, de sus virtudes y sobre todo, de sus contradicciones. Sitúa a sus personajes siempre en situaciones morales donde los conflictos los desnudan emocionalmente y los empujan a enfrentarse a sus miedos más ocultos. Como ocurre en la literatura kafkiana, en el cine de Farhadi nada es lo que parece, y sus individuos actúan siguiendo sus instintos y condenados a sus razones, que los llevan a enfrentarse a situaciones muy dolorosas y que los superan, obligándolos a tomar decisiones de los que intentan huir por todos los medios. Son personas llenos de dudas, moviéndose como pollos sin cabeza, que no saben ni hacen lo que quieren, abrumados por los demás, por su entorno demoledor. Rahim cree hacer lo correcto, cree que su gesto ayudará a conseguir una buena recompensa y así salir de la cárcel, no contempla las consecuencias adversas con las que deberá lidiar. El realizador iraní toca el tema de las redes sociales, un espacio donde opinar con acritud, cebándose con aquel o aquella, un escaparate donde todos somos aves de rapiña y ejecutores de nuestra verdad.
Un lugar importante para todos los involucrados, donde se premio o castiga al protagonista, donde cada acto y gesto tiene consecuencias terribles. La película se mueve al son del movimiento del protagonista, que va de aquí para allá, sin descanso, intentando por todos los medios no volver a prisión, en que la cámara del cinematógrafo de Ali Ghazi, escruta y observa detenidamente cada mirada, cada gesto y cada espacio. El magnífico y conciso montaje de Haydeh Safiyari, que trabaja con Farhadi desde A propósito de Elly (2009), que resuelve con astucia los 127 minutos de la laberíntica trama. Farhadi construye desde el guion una trama apoyada en los diálogos, se habla mucho en la película, y la acumulación de los hechos, aplastando la resistencia del protagonista, envolviéndolo en una masa de duda y rumores, donde cada persona o conjunto de personas pone en cuestión su relato y toda su necesidad, como la asociación que le ayuda a recolectar el dinero, o ese tipejo de la moral, que describe la ley iraní, donde todo está supeditado al orden moral y religioso, una moralidad ancestral, donde el honor lo es todo, y donde se castiga de manera aplastante cualquier error, como le sucede a Rahim.
La película huye de la relamida historia de buenos y malos, nunca en esa trampa infantil, sino que Farhadi compone una radiografía del pueblo iraní – que podría ser cualquier reflexión sobre la forma de hacer de muchas personas en la actualidad, independiente del lugar en el que vivan -, en el que todos se mueven por su razones y todos defienden lo suyo, anteponiendo su verdad y su prestigio, y nunca llegamos a saber quién miente y quién no, porque todos los individuos que pululan por la historia dicen la suya, explican sus motivos y razones, y todos pueden estar en su verdad, y quizás, muy alejados de la verdad, que nunca se nos detalla o se nos explica, porque a Farhadi no le interesa, le parece más interesante reflexionar sobre cómo nos comportamos y sobre todo, como nos dejamos manipular por todo aquello que leemos y escuchamos que nos alimenta del exterior, a partir de fuentes poco fiables y opiniones a la ligera, una información que, al fin y al cabo, usamos para hacernos nuestros pensamientos y llegar a nuestras ideas.
Como no podía ser de otra manera, el conjunto de intérpretes que componen unos personajes complejos, naturales y muy imperfectos, resultan de una brillantez extraordinaria y humanidad conmovedora, como sucede en todas las obras del director iraní. Encabeza el extenso reparto coral un extraordinario Amir Jadidi que se mete en la piel de un desdichado Rahim, un tipo con mala suerte, alguien que no está muy lejos de esos antihéroes del cine clásico hollywoodiense, que también retrató el cine de Frank Capra, esos tipos que hagan lo que hagan siempre saldrán trasquilados, o por ellos mismos o por la impecable multitud. Le acompañan Sahar Goldoust como Farkonden, la pareja de Rahim, que intenta ayudarle, que está junto a él, a pesar de la oposición de su hermano, a pesar de todos y contra el mundo, Mohsen Tanabandeh es Bahram, el “malo” de la película, pero con sus razones y su oposición, que la película describe en silencio, con pocos diálogos. Saleh Karimi como Siavash, el hijo pequeño de Rahim, que intenta estar con su padre y echarle una mano, al igual que la adolescente hija de Bahram, que hace Sarina Farhadi, hija del director, representando esa infancia que mira el mundo de los adultos y protegen como saben y pueden. Farhadi ha vuelto a construir una película excelente, como lo eran Nader y Simin, una separación (2011), y El vigilante (2016), en que Un héroe entra de lleno convirtiéndose en uno de sus endiablados cuentos morales, con la clara referencia al “Tema del traidor y le héroe”, que también profundizo Borges, dejando invisible esa línea que separa uno del otro, según la perspectiva de los involucrados. Una lección de cine potentísimo y lleno matices y detalles, donde todos los personajes acaban moviéndose según se parecer, no como manda lo establecido, y errando en sus decisiones, mostrando su vulnerabilidad y la fragilidad de sus ideas, de sus mundos y sus circunstancias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El amor genuino y verdadero es tan raro que cuando se encuentra en cualquier forma, es una cosa maravillosa, que es totalmente apreciado en cualquiera de sus formas”
Gwendoline Christie
La aparición del Covid nos llevó a toda la humanidad a una situación completamente inesperada. La pandemia mundial nos confinó en las cuatro paredes de nuestros hogares, obligándonos a vivir en esa situación. Los ordenadores personales se convirtieron en una herramienta indispensable para comunicarnos con el exterior y sobre todo, con las personas que no estaban confinados con nosotros. El Zoom, destinado para reuniones, se impuso como única vía con los “otros”. Host, de Rob Savage, surgida el año pasado, usó de forma inteligente este tipo de llamadas para crear una tensión terrorífica, apoyada en un excelente trabajo de sonido y fuera de campo. A partir del Zoom, la película Language Lessons, vuelve a contarnos un relato a partir de dos personajes, dos individuos separados por miles de kilómetros. Él, Adam, en Oakland, California, Estados Unidos, y ella, Cariño, en Costa Rica. Will, el marido de Adam, le regala 100 clases online de español al susodicho. Lo que empieza como una imposición, pronto se tornará como una relación intensa entre los dos, que irá mucho más allá de una relación de alumno y profesora.
Mark Duplass (New Orleans, Louisiana, 1976), es productor, director y actor, al que conocemos pro la exitosa serie Room 104, en la que conoció a Natalie Morales (Kendall, Florida, 1985), que dirigió dos episodios. Language Lessons nace de la imaginación de Duplass que coescribe el guion con Morales, amén de productores y dirección de ella. El relato pivota entre la comedia agridulce y algo oscura, hay momentos de humor irónico, pero también otros, mucho más incómodos. Adam y Cariño, que en principio no parecen tener nada en común, entablarán una amistad que nacerá a partir de unas clases nada convencionales, porque se basan en conversaciones distendidas y amenas sobre la vida, el entorno, nuestros sentimientos y demás emociones. Además, todo cambiará cuando Will, el marido de Adam, muere trágicamente. A partir de ese instante, las clases se tornarán una especie de terapia en las que tanto Adam como Cariño se irán abriendo y explicando intimidades y zonas oscuras al otro.
La tragedia para muchos que ha supuesto la pandemia, para la gran mayoría ha significado una forma de conocimiento personal, de mirarse hacia dentro, de detenerse y verse de otra forma, porque entre otras, había mucho tiempo para pensar, verse y sentirse, y luego, nuestra relación con el otro, como nos relacionamos y lo queremos. Solo dos personajes interactuando a través de las cámaras de sus ordenadores, o enviando mensajes de voz, nos va llevando a olvidarnos del exterior y centrarnos en ellos dos, en su química y en sus conversaciones íntimas y extremadamente personales. Somos testigos del nacimiento de una amistad que va más allá del romanticismo, un amor platónico, una amistad de dos seres que se dan cuenta que se necesitan, ya sea para escucharse, para entenderse, para no sentirse tan solos, y para pasar los malos tragos de la vida de otra forma, compartiendo y reconociéndose en el otro, admitiendo que se necesitan, que se quieren y están el uno para el otro, cosas muy difíciles que ocurran y cuando suceden, somos incapaces de admitirlas, que tenemos también esas necesidades del otro.
El encanto y la armonía que desprenden los dos intérpretes es crucial en la película, tanto Mard Duplass como Natalie Morales, se convierten en dos seres fascinantes y oscuros, dos seres que, a pesar de la distancia, se encuentran muy cerca, o no, porque la relación tendrá muchos altibajos, nada es fácil, y menos cuando se tratan de relaciones. Porque a estas dos personas no se comunican solo a través de pantallas y mensajes de voz, dialogan con algo muchísimo más importante, hablan de ellos, y lo hacen de verdad, sin esconderse, sin ocultarse al otro, sintiendo que hay muchas formas de mirar las cosas y sobre todo, al otro, porque en el diálogo que establecen miran hacia el interior del otro, hacia aquello que pocas veces mostramos, aquello que nos empeñamos en mantener oculto, aunque en algunas veces, raras veces, nos encontramos con alguien con el que nos sentimos tan bien con el que podemos hablar de lo que se ay como sea, de todas esas intimidades que ocultamos al resto, pero no se sabe porque, con esa persona no lo hacemos, porque nos sentimos tan cerca que podamos tocarla, sentirla y abrazarla, sea como sea y en la situación que sea, como demuestra esta sólida, honesta, sencilla y magnífica película sobre lo que somos y como nos relacionamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Enrique García, director de la película «La mancha negra», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 23 de febrero de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enrique García, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Rubén Codeseira de Comunicación-Cine, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA